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lunes, 1 de noviembre de 2010

MI CAMA ES UN JARDÍN

Telera de Huilla Catina, Dpto. Loreto
Santiago del Estero

"MI CAMA ES UN JARDÍN"
[1937]



Era una región más árida que muchas otras de la Provincia. De una aridez desoladora. De una árida desolación. Había un perro flaco que no ladraba, unas ovejitas cabizbajas que no balaban, sin duda porque nada podía recoger allí su voz. Junto al ranchito terroso, apenas distinto por su pequeña masa tumular, en la perspectiva de árida inmensidad en que conjugaban aquella media tarde tierra y cielo, alzábase un algarrobito de talle exiguo y follaje esquemático, que daba la impresión de que hubiera detenido voluntariamente su desarrollo y la expansión de su fronda en aquel punto, porque ¿para qué? …

Yo mismo, confieso, me sentí distendido y anulado. Y sólo mi automatismo de ser traslaticio y ambulatorio pudo llevarme a dar una vuelta al ranchito. Y fue contoneando una esquina que tropecé de manos a boca con aquello. Digo tropecé, pero en realidad lo que aconteció fue que aquello se me vino encima, me cortó el paso agresivamente. Era una colcha santiagueña desplegada al sol entre dos estacas. Estaba armada de rojos, amarillos y verdes, en haces, y cuchillas, y zigzagueantes y masas que resplandecían, y coruscaban y crepitaban, en esgrimas, disparos, proyecciones y flameos, como dirigiéndose numerosamente al bulto. Aquello era algo así como el malón del color a plena luz. Diré, en una palabra, que allí mi inermia descubría el infinito número, el múltiple alarido, la ofensiva, la carga del color descolgado. Diré que allí, en aquella desolada aridez, el color concentraba la voz, la voluntad y la forma que faltaba a las cosas. Diré que allí la nulidad unánime del cielo y la tierra, conjugando en la misma inmensidad indistinta, en la misma indiferencia, confesaba una herida sangrante, una vena alcanzada de abajo. Diré…

Busqué en mi desazón a alguien en quien fiarla, y descubrí junto a uno de los horcones del ranchito a una mujer de negro, un manto negro encuadrándole el rostro caoba. Las manos cruzadas sobre el vientre. Parecía de pronto volver el silencio estéril, la derrota muda del paisaje, con ella. Pero nada podía detener ahora mi confusa ansiedad, y me desahogué señalándole la colcha con la mano y estas palabras:

-¡Qué lindo!

Un resplandor potente rebasó sus ojos y la cara caoba se rajó en una sonrisa que dejó en descubierto un carozo blanco, y se animó el desmañado cruce de sus manos sobre el vientre. Entonces de su boca escaparon estas palabras:

-… Y si viera mi cama. Mi cama es un jardín…

Pues que lo había dicho, no necesitaba ya ver su cama. En la espesa penumbra del rancho ocluso estaría reverberando de alguna sobrecama palpitante, de colores tan vivos que parecen entrar en movimiento, animarse a la existencia biológica.

He pensado después muchas veces en aquella frase espontánea. Si nos es menester una teoría sobre el sentido plástico y la concepción estética ingenua que se enuncia en esas colchas, ahí está toda entera en esa frase. Acaso ella alcanza a darnos una clave del enigma vital del arte. Pensad en que la tejedora campesina fabrica las colchas para introducir en el orden de la vida espiritual del hombre eso que aquella mujercita llamaba casi esotéricamente “jardín”. Por contraste con la parda y árida comarca donde la escuché, brotó como con fuerza de exorcismo, de conjuro mágico, de fiat. ¿Qué sabía ella de jardines si no era su angustia, si opresión del paisaje mezquino y anulante, su esencial necesidad de color y de forma? Puesto que Dios le negaba paisaje, el alma se lo hacía tan fastuoso que compensaba con exceso la falta.

Hay que considerar, pues, que esas colchas constituyen expresiones artísticas auténticas. Pueden alguna vez no interesar al gusto a la moda, al gusto burgués siempre tan indeciso y mudable. Pero la medida de su valor estético no puede ser el gusto contingente de quien sólo encuentra las colchas como producto de mercado, sino el gusto o sentimiento de quien las hace para su vida, desde su vida.
Fauna nunca vista, fantástica flora, triángulos, signos escalonados, reptiles misteriosos, soles y lunas y estrellas de cielos ignorados.

Verdaderamente, la mano que conjura entre los cuatro palos del telar “el jardín” del alma, sabe de la magia de la creación divina.


Bernardo Canal Feijóo
“Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago del Estero”, Compañía Impresora Argentina, Buenos Aires, 1937

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/06/bernardo-canal-feijoo.html

jueves, 28 de octubre de 2010

PASIONES


Cuento del Dr. Dante Cayetano Fiorentino
(Trabajo inédito distinguido con el segundo premio del 6º Certamen de cuento corto gauchesco de la Asociación Argentina de Escritores Tradicionalistas de La Plata).

Zapatilla y pocito... zapatilla y pocito... en el camino de tierra. Un golpe duro de la única muleta y luego el asentamiento de todo el pié, el único pié, que se arquea desde el talón hacia los dedos para apoyar suavemente todos los huesitos forrados de caucho y tela.

Vuelve Pedro Rengo de trabajar en la estafeta postal donde puede estar sentado todo el tiempo, que es como se siente fuerte. Cuando peleaba, siendo niño, se tiraba al suelo para evitar que lo voltearan de una trompada y desde allí se defendía, muleta en mano tratando de derribar a su rival a muletazos, para luchar de la mitad para arriba, ya que no podía confiar en su mitad para abajo en única pierna, que más que mitad lo reducía a un cuarto. Allí, podía apelar a la fuerza descomunal de sus manos enormes, especialmente la izquierda que manejaba la muleta, afianzada en una espalda poderosamente desarrollada. Desde el suelo también estaba cerca de la tierra que podía hacerla puñado para arrojarla a los ojos de su rival si se ponía difícil la lucha.

Pedro se apropia de los sonidos de la tarde: el galope de un caballo, el ruido del tren al pasar, el croar cavernoso de los grandes escuerzos, se transforman en el ruido de chacareras o de chamamés a los que acompaña frotando las muelas rítmicamente. Se las ingenia para que su caminar, tenga ritmo musical, completándolo con algún castañeteo de su mano libre: zapatilla y pocito... zapatilla, pocito y chasquido... zapatilla, pocito y muelas... hasta que llega al bombo colgado en la galería de su casa. Se instala bajo el alero desbordado de golondrinas, descuelga el bombo de un gancho de madera incrustado en la pared, se sienta en la silla de totora, acomoda la muleta en el suelo, monta el instrumento sobre la pierna seca y se pone a tocar. Tucumta… tucúm... tucúm... tucúmta... tucúmta… tucúmta. Tucum tucúmta hasta siempre, hasta nunca. Tan cerca está el instrumento de su cuerpo que le entran las vibraciones por las entrañas, le atronan el alma y le salen por la boca, en un canto entusiasmado, vibrante, clarinadas de melodías.

Una joven, oculta entre las ramas del monte que rodean la casa de Pedro, observa al muchacho con ojos enormes y pestañudos de corzuela. Bella a pesar de la brutalidad de la adolescencia que no ha conseguido agrandarle las rodillas, siente sensaciones inexplicables arrancadas por el ritmo del bombo y la melodía que Pedro mete en el canto. Ritmo y canto se le han filtrado bajo la piel pulida de barro cocido, formándole minúsculos granitos de estremecimiento. Una incontenible saliva de gozo le inunda la boca y la conmoción le ha llegado tan hondo que la obliga a sentarse a orinar. Luego, abruptamente, aparece ante Pedro con la espontaneidad de un animal salvaje, bailando, poseída por una ansiedad de movimiento que le agita las piernas, los brazos, las caderas. Cualquiera sea el origen de la música no le permite estar quieta. Pedro no deja de tocar, seguro que si para, le va a pasar algo malo. Un par de andrajos desflecados le cubre los pechos. La falda, deforme, muy parchada, no le permite reconocer el trapo que le dio origen, y la mantiene sujeta a la cintura por una atadura de hilo sisal despeinado, que le deja el ombligo visible y rosado de tanto flotar contra la carne. El cabello lacio y renegrido le cae abundante hasta la cintura con destellos azules de tordo. Y baila, ágiles las manos, castañetea el ritmo que se le desparrama hasta los pies descalzos y voladores, que más que bailar acaricia el patio de tierra en un sinfín de giros gráciles, etéreos, justos. Pies costrosos con varias capas de piel y tierra para defender la carne de adentro. Eso le permite darle seguridad, justeza y exactitud de movimientos, para responder al repiqueteo alocado que él arranca ahora del bombo, impulsado por el entusiasmo desenfrenado y contagioso que ella arroja al aire en su danza.

Los movimientos de la muchacha, descuidados, pocos cubiertos, encienden la sangre del bombista. En la cara de la muchacha se dibuja un agradabilísimo gozo y una actitud de entusiasmado asombro por todo lo que está pasando por su cuerpo. Ni una ni otra hubieran parado, si no fuera que el día no comenzara a despedirse, con la entrada de la noche, que tiñe de azul oscuro las sombras y hace más negros los grillos.

El acordeón sopla el último acorde para dar por finalizado el baile del pueblo, en la madrugada, que ya empieza a ser alba, la joven, como tantas otras noches de baile, toma el camino solitario que la llevaba a su casa, muy adentro del monte, en el ombligo del monte donde decían que vivía, aunque nunca nadie había visto su casa. No le pesa la soledad porque la música le sigue circulando por adentro, emborrachado de desvelo.

Pedro Rengo oculto entre el montón de gente; cerveza en mano, la vio bailar sola toda la noche. La espera ahora en el enmadejado de espinas de vinal y ramas de garabato, muy a cubierto, al lado del caminito por donde debe pasar y cuando se acerca lo suficiente la toma de atrás y la tira al suelo. Antes de que empiece a gritar le tapa la boca con una mano grande mientras el otro brazo le sujeta firme el talle frágil. Se le tira encima apretándole la cadera virgen.

-¡Si te quedas quietita no te va a pasar nada..! -susurra el hombre con la voz desfigurada por el deseo.

La muchacha se siente como si su atacante tuviera un montón de manos que le arrancan la ropa, que le sujetan los brazos, que le tapan la boca para evitar el grito y ahogada de desesperación solo alcanza a girar la cabeza contra el suelo barriendo la tierra con sus cabellos matizados de polvo. Sus dientes crujen al morder la mano que la enmudece y logra un espacio para un grito terrible que estremece la madrugada. Desesperado, empieza a descargar trompadas agigantadas por el miedo de ser descubierto hasta que logra hacerla callar. Aún cuando la joven ya no se queja, Pedro sigue golpeando para hacerle pagar el deseo no satisfecho que había despertado en él. El cuerpo inerte tiene más fuerza qué la resistencia que había ofrecido hasta unos minutos antes.

Pedro Rengo, sacude la descoyuntada figura amarilla y blanda y al ver esa laxitud entre sus manos comprende que no le queda mucho por hacer. Deja el cuerpo en el suelo, se levanta de un envión como lo hacen los caballos y comienza a juntar hojas secas y ramas finas, que va acumulando muy cerca del cuerpo de la joven, zapatilla y pocito..., le va agregando ramas más gruesas, zapatilla y pocito ..., e inventa un fuego al que alimenta hasta hacer hoguera. Cuando con ayuda del viento, se declara el incendio, recién vuelve a su casa, más sereno, zapatilla y pocito..., seguro de que el fuego se ha comido su crimen. Las cenizas, blandamente, tapan los rastros, primero los pocitos, luego los de la zapatilla.

Muchos días después, el parte policial indicaba que, por el anillito de hierro en el hueso de la mano derecha y el collar de piedritas simples en las vértebras del cuello, la muerta había sido identificada como la menor que, en vida, se llamaba Telésfora Castillo, alias “Telesita” y que probablemente cayó en uno de los tanto incendios forestales en la zona.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/09/la-telesita.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/04/telesita.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/09/dante-cayetano-florentino.html

sábado, 16 de octubre de 2010

DESASTRE MINERO DE PASTA DE CONCHOS

Mina Pasta de Conchos



De Wikipedia, la enciclopedia libre


El desastre minero de Pasta de Conchos ocurrió aproximadamente a las 2:30 (Tiempo del Centro de México) el 19 de febrero de 2006.

Aún ahora, se desconocen las causas que provocaron esta tragedia, en una mina de carbón en San Juan de Sabinas, en la región de Nueva Rosita de Coahuila, México.

Las minas eran operadas por el Grupo México, la más grande compañía minera del país. Se estima que 65 mineros, pertenecientes al turno de las 22:00 hasta las 6:00, quedaron atrapados por una explosión.

Las informaciones son contradictorias sobre la profundidad a la que se encontraban atrapados los mineros. El Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos informó de que los mineros se encontraban atrapados aproximadamente a 490 metros, dentro de un túnel horizontal de 1,6 km de largo. La compañía minera Grupo México realizó declaraciones indicando que los mineros se encontraban a unos 150 metros bajo tierra.

Guadalupe Rosales Martínez, la hermana de un trabajador que fue rescatado a la entrada de la mina, informó a Los Ángeles Times que los mineros se habían quejado previamente sobre una alta concentración de gas en la mina (1). Norma Vitela, la esposa de un minero atrapado en el interior de la mina, informó al Miami Herald que su esposo se había quejado sobre la misma concentración excesiva de gas metano, muy por encima de los estándares legales para poder trabajar(2).
Hacia el 21 de febrero, los familiares de los mineros atrapados y los grupos de búsqueda de Grupo México empezaban a perder la esperanza. Cada minero tenía una reserva de transformación de CO a CO2 de seis horas. El gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, comunicó a la emisora de televisión conocida como Televisa, que el servicio de ventilación de la mina, que usa ventiladores para introducir aire y exportar gases peligrosos, estaba aún funcionando.

Sin embargo, la edición del 21 de febrero del Miami Herald informó: "Incluso entonces, no hay forma de asegurarse de que el precioso oxígeno esté llegando a donde los mineros están atrapados"(2).

El 23 de febrero, Grupo México tuvo acceso a la parte del túnel de la mina donde consideraban que dos de los 65 trabajadores estaban atrapados. No obstante, no se encontró a nadie en ese punto de la mina, lo que llevó a la compañía a pensar que la fuerza de la explosión los había arrojado más profundamente a la mina de lo que habían presupuesto.

Al día siguiente, Grupo México avanzó aproximadamente hasta la mitad de la mina, de 2,8 km de profundidad, donde esperaban encontrar a 24 mineros. De nuevo, no encontraron a nadie allí, y el Grupo México hipotetisó que, o bien los mineros se hallaban enterrados bajo escombros, o que se encontraban en una parte aun más profunda de la mina. Durante la tarde del 24 de febrero, Grupo México anunció que sus esfuerzos de búsqueda serían suspendidos por dos o tres días, debido a que el equipo de rescate había avanzado a una parte de la mina donde había grandes concentraciones de gas natural. Lo curioso es que eran similares a las que había cuando hicieron bajar a los 65 mineros a trabajar. Durante la tarde del 25 de febrero, Grupo México confirmó durante una rueda de prensa que "no había posibilidad alguna de supervivencia tras la explosión de metano", basándose en un informe científico. Al día siguiente, el ministro de trabajo, Francisco Javier Salazar Sáenz, y el gobernador Moreira anunciaron que la mina sería cerrada indefinidamente en cuanto todos los cuerpos fueran recuperados.

El Diario de Ciudad Juárez publicó un informe de los oficiales mexicanos y la Oficina de Seguridad y Salud Minera de los Estados Unidos, que declaraba que, debido a los altos niveles de gas en la mina, sería poco probable, si no imposible, rescatar a alguien con vida. El Diario también publicó informes sobre mineros que habían estado en huelga en contra de Grupo México al menos 14 veces, "no sólo por incrementos de salarios (...) sino también por su constante negativa a revisar las medidas de seguridad y salud". Grupo México declaró que la compañía, junto con el sindicato de mineros, firmó un certificado el 7 de febrero, declarando la mina segura.(3)

La Cámara de Diputados guardó un minuto de silencio en honor a los mineros caídos en la mina Pasta de Conchos y asimismo empezó una investigación de las condiciones de seguridad de la mina.

El día 23 de junio de 2006 se recuperó el primer cadáver de uno de los mineros muertos en la mina Pasta de Conchos, Felipe de Jesús Torres Reyna, que contaba con 49 años de edad.

El 1 de enero de 2007 fue localizado y rescatado el cuerpo de un segundo minero muerto en la explosión, identificado como José Manuel Peña Saucedo, vecino del cercano poblado de Palaú(4).

Se indicó que seguirían las labores de rescate de los demás mineros muertos en la mina de Pasta de Conchos, por parte de la empresa Industrial Minera México del Grupo México, dirigida por Germán Larrea Mota Velasco, pero esto no ocurrió. Varios periodistas hicieron notar que Germán Larrea y el Grupo México se vieron beneficiados económicamente por la explosión al cambiarse la ley de explotación del metano, que impedía a las mineras el usufructo de este gas producido naturalmente en la explotación de minas de carbón.(5)

Esto podría apoyar las acusaciones de negligencia que enfrenta la compañía y el propio Germán Larrea por no dar solución a las comprobadas notificaciones y alertas de seguridad que habían recibido los administradores de la mina con semanas de anterioridad a la tragedia, estas notificaciones señalaban la alta concentración de gas metano en la mina, muy por arriba de lo establecido legalmente.

Nuevos hechos han vuelto a enturbiar las investigaciones sobre la tragedia(6) y se plantean serias dudas sobre la actuación del Gobierno de México en este asunto(7)

En 2010 con motivo de las operaciones de rescate en el Derrumbe de la mina San José en Chile, han resurgidos voces críticas que comparan las reacciones del gobierno chileno y su actitud frente a los mineros atrapados, las familias de estos y frente a la empresa con la actitud del gobierno mexicano. Se destaca que los mineros chilenos fueron encontrados vivos a mayor profundidad y distancia y rescatados vivos después de 70 días de quedar atrapados. (8) (9)

Ver también

• Huelga de Nueva Rosita (1950)
• Germán Larrea (08/07/1941-) Presidente del Consejo de Administración del Grupo México, dueño de la Mina Pasta de Conchos ( Breve Biografía en Líderes Mexicanos )
• Derrumbe de la mina San José
• http://www.apiavirtual.com/2010/10/15/el-rescate-de-los-mineros-en-chile-y-pasta-de-conchos/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+apia-articulos+%28ApiaVirtual%29

Referencias

• Canción Diagonal 23, Recorrido minero sobre los hechos La Lengua, Coahuila, 25 de febrero, 2006. Se puede ver también un video que incluye la misma canción Diagonal 23 Se puede ver el Artículo original en el Periódico La Jornada
1. Explosión de gas atrapa a 65 mineros, Los Angeles Times, 19 de febrero, 2006.
2. a b Mineros pierden esperanza, The Miami Herald, 21 de febrero, 2006.
3. Búsqueda de mineros mexicanos suspendida Diario, Ciudad Juárez, 25 de febrero, 2006.
4. Identifican a minero rescatado en Pasta de Conchos El Universal, 1 de enero de 2007.
5. Se entregará a la IP la explotación de gas metano, La Jornada, 10 de marzo, 2006.
6. Roban en despacho archivos sobre Pasta de Conchos, La Jornada, 4 de septiembre, 2006.
7. Viudas de mineros muertos en Pasta de Conchos dicen que el gobierno las engañó, La Jornada, 20 de agosto, 2006.
8. Gerardo Hernández, Dos historias, dos finales 27 de agosto de 2010
9. Sindicato Minero Mexicano, "A CUATRO AÑOS Y MEDIO DE PASTA DE CONCHOS, NO SE HA HECHO JUSTICIA A VIUDAS Y DEUDOS DE LOS MINEROS MUERTOS" Martes 24 de agosto de 2010

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/10/bienvenido-hermano-minero.html

miércoles, 18 de agosto de 2010

EL MILAGRO DE LA JACARANDA




La calle parecía patoja recién peinada. Limpia, con olor a tierra mojada, las otras veces polvorienta calle, se engalanaba con rosas blancas y claveles deshojados.

Ya casi a la salida del pueblo, los vecinos habían construido un arco de corozo, que con su penetrante perfume, mantenían a su alrededor enjambres de abejas que zumbaban incansablemente. Inmediatamente después del arco, una gran alfombra de serrín pintado, servía de marco a una cruz dibujada con arena fina.

Pero después de aquel arco y aquella alfombra, la calle se transformaba en camino de tierra floja y amarillenta, de la cual se levantaban nubecillas de polvo ante el paso de las personas o cuando el viento pasaba rápido para perderse en la distancia.

A la orilla de aquel camino se levantaba un árbol, polvoriento y seco, que parecía estar muriéndose de sed bajo el implacable sol. Aislado y sin follaje, ni los pájaros lo buscaban, y el árbol permanecía solitario con sus ramas extendidas como pidiendo compasión.

Eran las tres de la tarde. Un pito lastimero anunció el momento en que la procesión salía de la iglesia. Al frente marchaban los encargados de los incensarios que, agitándolos de un lado para otro, iban dibujando nubecillas de suave fragancia. Después, en dos filas, marchaban los fieles vestidos de cucuruchos, y luego en hombros, el anda sobre la cual la imagen de Cristo vestido con una túnica que, con el reflejo del sol, parecía una llamarada lila.

La procesión marchó sobre las alfombras de mullido pino y sobre las trenzas de rosas y claveles rojos, luego pasó bajo el arco y finalmente, antes de salir del pueblo, se detuvo sobre la alfombra de serrín pintado. Luego abandonó la calle para marchar sobre el polvoriento camino, con dirección a la otra parte del pueblo que distaba medio kilómetro.

La procesión caminaba lentamente, el polvillo se confundía con el humo de los incensarios y el solo brillaba intensamente como si quisiera hacer más penosa la marcha. De pronto, sobre el polvo, aparecieron agujeritos, se escuchó un sordo rumor y un instante después, estaba lloviendo torrencialmente.

La procesión estaba lejos de las casas y nada ofrecía refugio, no tanto para los fieles, sino para la imagen de Cristo cuya túnica morada empezaba a mojarse. Entonces alguien vio el árbol seco, el cual con sus ramas extendidas parecía querer dar protección y ayuda olvidándose de sus propia miseria. Sin más, los vecinos cubrieron las ramas secas con algunos mantos y de ese modo, construyeron un mediano refugio para la sagrada imagen.

Tan repentinamente como empezó, dejo de llover. Los fieles, que habían permanecido con la cabeza cubierta por mantos, sombreros o pañuelos, empezaron a quitárselos y, entonces, un gran silencio se hizo en el grupo y casi sin sentir fueron cayendo de rodillas impulsados por el asombro.

El árbol seco y desprovisto de hojas, ante los ojos de los fieles, se iba cubriendo de verde follaje y en cada rama se iban encendiendo pequeñas flores lilas hasta cubrirlo totalmente y luego, como si el pobre árbol, profundamente agradecido y emocionado, no pudiera contener el llanto, fue dejando caer sus nuevas flores que, como lágrima lilas, fueron formando una maravillosa alfombra a los pies de la imagen de Cristo quien parecía sonreir lleno de ternura.

Desde entonces, todos los años para Semana Santa, la jacaranda se llena de flores lilas y forma bellas alfombras por si la imagen de Cristo vuelve a cobijarse bajo su sombra.

Doña Jacaranda
Abrió su sombrilla
Doña jacaranda
Y salió a la calle
Muy aseñorada
Una alfombra fina
Con hilos morados
Teje en estos días
De febrero y marzo.
Abra su sombrilla
Doña jacaranda
Y adorne su alfombra
Con flores moradas.

Escrito en Adrian Ramírez Flores

martes, 20 de julio de 2010

EL AMIGO FIEL



Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero.
Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos tupidos bigotes grises. Su cola parecía un largo elástico negro.
Unos patitos nadaban en el estanque semejante a una bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con patas rojas, esforzábase en enseñarles a hundir la cabeza en el agua.
-No podréis ir nunca a la buena sociedad si no aprendéis a meter la cabeza -les decía.
Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la vida de sociedad.
-¡Qué criaturas más desobedientes! -exclamó la rata de agua-
¡Merecían ahogarse verdaderamente!
-¡No lo quiera Dios! -replicó la pata-. Todo tiene sus comienzos y nunca es demasiada la paciencia de los padres.
-¡Ah! No tengo la menor idea de los sentimientos paternos -dijo la rata de agua- No soy padre de familia. Jamás me he casado, ni he pensado en hacerlo. Indudablemente el amor es una buena cosa a su manera; pero la amistad vale más. Le aseguro que no conozco en el mundo nada más noble o más raro que una fiel amistad.
-Y, dígame, se lo ruego, ¿qué idea se forma usted de los deberes de un amigo fiel? -preguntó un pardillo verde que había escuchado la conversación posado sobre un sauce retorcido.
-Sí, eso es precisamente lo que quisiera yo saber -dijo la pata, y nadando hacia el extremo del estanque, hundió su cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.
-¡Necia pregunta! -gritó la rata de agua-. ¡Como es natural, entiendo por amigo fiel al que me demuestra fidelidad!
-¿Y qué hará usted en cambio? -dijo la avecilla columpiándose sobre una ramita plateada y moviendo sus alitas.
-No le comprendo a usted -respondió la rata de agua.
-Permitidme que les cuente una historia sobre el asunto -dijo el pardillo.
-¿Se refiere a mí esa historia? -preguntó la rata de agua- Si es así, la escucharé gustosa, porque a mí me vuelven loca los cuentos.
-Puede aplicarse a usted -respondió el pardillo.
Y abriendo las alas, se posó en la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.
-Había una vez -empezó el pardillo- un honrado mozo llamado Hans.
-¿Era un hombre verdaderamente distinguido? -preguntó la rata de agua.
-No -respondió el pardillo-. No creo que fuese nada distinguido, excepto por su buen corazón y por su redonda cara morena y afable.
Vivía en una pobre casita de campo y todos los días trabajaba en su jardín.
En toda la comarca no había jardín tan hermoso como el suyo.
Crecían en él claveles, alelíes, capselas, saxifragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranadas, lilas y oro y alelíes rojos y blancos.
Y según los meses y por su orden florecían agavanzos y cardaminas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas e iris de Alemania, asfodelos y claveros.
Una flor sustituía a otra. Por lo cual había siempre cosas bonitas a la vista y olores agradables que respirar.
El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más allegado a él era el gran Hugo, el molinero. Realmente, el rico molinero era tan allegado al pequeño Hans, que no visitaba nunca su jardín sin inclinarse sobre los macizos y coger un gran ramo de flores o un buen puñado de lechugas suculentas o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y de cerezas, según la estación.
-Los amigos verdaderos lo comparten todo entre sí -acostumbraba decir el molinero.
Y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonriente, sintiéndose orgulloso de tener un amigo que pensaba tan noblemente.
Algunas veces, sin embargo, el vecindario encontraba raro que el rico molinero no diese nunca nada en cambio al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran número de ganado lanar; pero Hans no se preocupó nunca por semejante cosa.
Nada le encantaba tanto como oír las bellas cosas que el molinero acostumbraba decir sobre la solidaridad de los verdaderos amigos.
Así, pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. En primavera, en verano y en otoño, sentíase muy feliz; pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, padecía mucho frío y mucha hambre, acostándose con frecuencia sin haber comido más que unas peras secas y algunas nueces rancias.
Además, en invierno, encontrábase muy solo, porque el molinero no iba nunca a verle durante aquella estación.
-No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras duren las nieves -decía muchas veces el molinero a su mujer-. Cuando las personas pasan apuros hay que dejarlas solas y no atormentarlas con visitas. Ésa es por lo menos mi opinión sobre la amistad, y estoy seguro de que es acertada. Por eso esperaré la primavera y entonces iré a verle; podrá darme un gran cesto de velloritas y eso le alegrará.
-Eres realmente solícito con los demás -le respondía su mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego de leña-. Resulta un verdadero placer oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría sobre ella tan bellas cosas como tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el meñique.
-¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans a venir aquí? -preguntaba el hijo del molinero- Si el pobre Hans pasa apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.
-¡Qué bobo eres! -exclamó el molinero-. Verdaderamente, no sé para qué sirve mandarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí, ¡pardiez!, y viera nuestro buen fuego, nuestra excelente cena y nuestra gran barrica de vino tinto, podría sentir envidia. Y la envidia es una cosa terrible que estropea los mejores caracteres. Realmente, no podría yo sufrir que el carácter de Hans se estropeara. Soy su mejor amigo, velaré siempre por él y tendré buen cuidado de no exponerle a ninguna tentación. Además, si Hans viniese aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada, lo cual no puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se escriben de un modo diferente y significan cosas muy distintas, como todo el mundo sabe.
-¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente. Me siento verdaderamente como adormecida, lo mismo que en la iglesia.
-Muchos obran bien -replicó el molinero-, pero pocos saben hablar bien, lo que prueba que hablar es, con mucho, la cosa más difícil, así como la más hermosa de las dos.
Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, que sintió tal vergüenza de sí mismo, que bajó la cabeza, se puso casi escarlata y empezó a llorar encima de su té.
¡Era tan joven, que bien pueden ustedes dispensarle!
-¿Ése es el final de la historia? -preguntó la rata de agua.
-Nada de eso -contestó el pardillo-. Ése es el comienzo.
-Entonces está usted muy atrasado con relación a su tiempo -repuso la rata de agua- Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y termina por la mitad. Es el nuevo método.
Lo he oído así de labios de un crítico que se paseaba alrededor del estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente y estoy segura de que tenía razón, porque llevaba unas gafas azules y era calvo; y cuando el joven le hacía alguna observación contestaba siempre: «¡Psé!» Pero continúe usted su historia, se lo ruego. Me agrada mucho el molinero. Yo también encierro toda clase de bellos sentimientos: por eso hay una gran simpatía entre él y yo.
-¡Bien! -dijo el pardillo brincando sobre sus dos patitas-. No bien pasó el invierno, en cuanto las velloritas empezaron a abrir sus estrellas amarillas pálidas, el molinero dijo a su mujer que iba a salir y visitar al pequeño Hans.
-¡Ah, qué buen corazón tienes! -le gritó su mujer-. Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar el cesto grande para traer las flores.
Entonces el molinero ató unas con otras las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.
-Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.
-Buenos días -contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo con toda su boca.
-¿Cómo has pasado el invierno? -preguntó el molinero.
-¡Bien, bien! -repuso Hans- Muchas gracias por tu interés. He pasado mis malos ratos, pero ahora ha vuelto la primavera y me siento casi feliz... Además, mis flores van muy bien.
-Hemos hablado de ti con mucha frecuencia este invierno, Hans -prosiguió el molinero-, preguntándonos qué sería de ti.
-¡Qué amable eres! -dijo Hans-. Temí que me hubieras olvidado.
-Hans, me sorprende oírte hablar de ese modo -dijo el molinero-. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene de admirable, aunque me temo que no comprendas la poesía de la amistad... Y entre paréntesis, ¡qué bellas están tus velloritas!
-Sí, verdaderamente están muy bellas -dijo Hans-, y es para mí una gran suerte tener tantas. Voy a llevarlas al mercado, donde las venderé a la hija del burgomaestre y con ese dinero compraré otra vez mi carretilla.
-¿Qué comprarás otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir entonces que la has vendido? Es un acto bien necio.
-Con toda seguridad, pero el hecho es -replicó Hans- que me vi obligado a ello. Como sabes, el invierno es una estación mala para mí y no tenía ningún dinero para comprar pan. Así es que vendí primero los botones de plata de mi traje de los domingos; luego vendí mi cadena de plata y después mi flauta. Por último vendí mi carretilla. Pero ahora voy a rescatarlo todo.
-Hans -dijo el molinero-, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado. Uno de los lados se ha roto y están algo torcidos los radios de la rueda, pero a pesar de esto te la daré. Sé que es muy generoso por mi parte y a mucha gente le parecerá una locura que me desprenda de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además, me he comprado una carretilla nueva. Sí, puedes estar tranquilo... Te daré mi carretilla.
-Gracias, eres muy generoso -dijo el pequeño Hans. Y su afable cara redonda resplandeció de placer-. Puedo arreglarla fácilmente porque tengo una tabla en mi casa.
-¡Una tabla! -exclamó el molinero-. ¡Muy bien! Eso es precisamente lo que necesito para la techumbre de mi granero. Hay una gran brecha y se me mojará todo el trigo si no la tapo. ¡Qué oportuno has estado! Realmente es de notar que una buena acción engendra otra siempre. Te he dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Claro es que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la amistad sincera no repara nunca en esas cosas. Dame en seguida la tabla y hoy mismo me pondré a la obra para arreglar mi granero.
-¡Ya lo creo! -replicó el pequeño Hans.
Fue corriendo a su vivienda y sacó la tabla.
-No es una tabla muy grande -dijo el molinero examinándola- y me temo que una vez hecho el arreglo de la techumbre del granero no quedará madera suficiente para el arreglo de la carretilla, pero claro es que no tengo la culpa de eso... Y ahora, en vista de que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que accederás a darme en cambio unas flores... Aquí tienes el cesto; procura llenarlo casi por completo.
-¿Casi por completo? -dijo el pequeño Hans, bastante afligido porque el cesto era de grandes dimensiones y comprendía que si lo llenaba, no tendría ya flores para llevar al mercado y estaba deseando rescatar sus botones de plata.
-A fe mía -respondió el molinero-, una vez que te doy mi carretilla no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas flores. Podré estar equivocado, pero yo me figuré que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de toda clase de egoísmo.
-Mi querido amigo, mi mejor amigo -protestó el pequeño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición, porque me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata.
Y corrió a coger las lindas velloritas y a llenar el cesto del molinero.
-¡Adiós, pequeño Hans! -dijo el molinero subiendo de nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesto al brazo.
-¡Adiós! -dijo el pequeño Hans.
Y se puso a cavar alegremente: ¡estaba tan contento de tener una carretilla!
A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Entonces saltó de su escalera y corriendo al final del jardín miró por encima del muro.
Era el molinero con un gran saco de harina a su espalda.
-Pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿querrías llevarme este saco de harina al mercado?
-¡Oh, lo siento mucho! -dijo Hans-; pero verdaderamente me encuentro hoy ocupadísimo. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, que regar todas mis flores y que segar todo el césped.
-¡Pardiez! -replicó el molinero-; creí que en consideración a que te he dado mi carretilla no te negarías a complacerme.
-¡Oh, si no me niego! -protestó el pequeño Hans-. Por nada del mundo dejaría yo de obrar como amigo tratándose de ti.
Y fue a coger su gorra y partió con el gran saco sobre el hombro.
Era un día muy caluroso y la carretera estaba terriblemente polvorienta. Antes de que Hans llegara al mojón que marcaba la sexta milla, hallábase tan fatigado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, no tardó mucho en continuar animosamente su camino, llegando por fin al mercado.
Después de esperar un rato, vendió el saco de harina a un buen precio y regresó a su casa de un tirón, porque temía encontrarse a algún salteador en el camino si se retrasaba mucho.
-¡Qué día más duro! -se dijo Hans al meterse en la cama- Pero me alegra mucho no haberme negado, porque el molinero es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.
A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero llegó por el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan rendido, que no se había levantado aún de la cama.
-¡Palabra! -exclamó el molinero-. Eres muy perezoso. Cuando pienso que acabo de darte mi carretilla, creo que podrías trabajar con más ardor. La pereza es un gran vicio y no quisiera yo que ninguno de mis amigos fuera perezoso o apático. No creas que te hablo sin miramientos. Claro es que no te hablaría así si no fuese amigo tuyo.
Pero, ¿de qué serviría la amistad sino pudiera uno decir claramente lo que piensa? Todo el mundo puede decir cosas amables y esforzarse en ser agradable y en halagar, pero un amigo sincero dice cosas molestas y no teme causar pesadumbre. Por el contrario, si es un amigo verdadero, lo prefiere, porque sabe que así hace bien.
-Lo siento mucho -respondió el pequeño Hans, restregándose los ojos y quitándose el gorro de dormir-. Pero estaba tan rendido, que creía haberme acostado hace poco y escuchaba cantar a los pájaros. ¿No sabes que trabajo siempre mejor cuando he oído cantar a los pájaros?
-¡Bueno, tanto mejor! -replicó el molinero dándole una palmada en el hombro-; porque necesito que arregles la techumbre de mi granero.
El pequeño Hans tenía gran necesidad de ir a trabajar a su jardín porque hacía dos días que no regaba sus flores, pero no quiso decir que no al molinero, que era un buen amigo para él.
-¿Crees que no sería amistoso decirte que tengo que hacer? -preguntó con voz humilde y tímida.
-No creí nunca, a fe mía -contestó el molinero-, que fuese mucho pedirte, teniendo en cuenta que acabo de regalarte mi carretilla, pero claro es que lo haré yo mismo si te niegas.
-¡Oh, de ningún modo! -exclamó el pequeño Hans, saltando de su cama.
Se vistió y fue al granero.
Trabajó allí durante todo el día hasta el anochecer, y al ponerse el sol, vino el molinero a ver hasta dónde había llegado.
-¿Has tapado el boquete del techo, pequeño Hans? -gritó el molinero con tono alegre.
-Está casi terminado -respondió Hans, bajando de la, escalera.
-¡Ah! -dijo el molinero- No hay trabajo tan delicioso como el que se hace por otro.
-¡Es un encanto oírte hablar! -respondió el pequeño Hans, que descansaba secándose la frente- Es un encanto, pero temo no tener yo nunca ideas tan hermosas como tú.
-¡Oh, ya las tendrás! -dijo el molinero-; pero habrás de tomarte más trabajo. Por ahora no posees más que la práctica de la amistad. Algún día poseerás también la teoría.
-¿Crees eso de verdad? -preguntó el pequeño Hans.
-Indudablemente -contestó el molinero-. Pero ahora que has arreglado el techo, mejor harás en volverte a tu casa a descansar, pues mañana necesito que lleves mis carneros a la montaña.
El pobre Hans no se atrevió a protestar, y al día siguiente, al amanecer, el molinero condujo sus carneros hasta cerca de su casita y Hans se marchó con ellos a la montaña. Entre ir y volver se le fue el día, y cuando regresó estaba tan cansado, que se durmió en su silla y no se despertó hasta entrada la mañana.
-¡Qué tiempo más delicioso tendrá mi jardín! -se dijo, e iba a ponerse a trabajar; pero por un motivo u otro no tuvo tiempo de echar un vistazo a sus flores; llegaba su amigo el molinero y le mandaba muy lejos a recados o le pedía que fuese a ayudar en el molino. Algunas veces el pequeño Hans se apuraba grandemente al pensar que sus flores creerían que las había olvidado; pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo.
-Además -acostumbraba a decirse- va a darme su carretilla, lo cual es un acto de puro desprendimiento.
Y el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y éste decía muchas cosas bellas sobre la amistad, cosas que Hans copiaba en su libro verde y que releía por la noche, pues era culto.
Ahora bien; sucedió que una noche, estando el pequeño Hans sentado junto al fuego, dieron un aldabonazo en la puerta.
La noche era negrísima. El viento soplaba y rugía en torno de la casa de un modo tan terrible, que Hans pensó al principio si sería el huracán el que sacudía la puerta.
Pero sonó un segundo golpe y después un tercero más violento que los otros.
-Será de algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans y corrió a la puerta.
El molinero estaba en el umbral con una linterna en una mano y un grueso garrote en la otra.
-Querido Hans -gritó el molinero-, me aflige un gran pesar, mi chico se ha caído de una escalera, hiriéndose. Voy a buscar al médico. Pero vive lejos de aquí y la noche es tan mala, que he pensado que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que te doy mi carretilla. Por eso estaría muy bien que hicieses algo por mí en cambio.
-Seguramente -exclamó el pequeño Hans-; me alegra mucho que se te haya ocurrido venir. Iré en seguida. Pero debías dejarme tu linterna, porque la noche es tan oscura, que temo caer en alguna zanja.
-Lo siento muchísimo -respondió el molinero-, pero es mi linterna nueva y sería una gran pérdida que le ocurriese algo.
-¡Bueno, no hablemos más! Me pasaré sin ella -dijo el pequeño Hans.
Se puso su gran capa de pieles, su gorro encarnado de gran abrigo, se enrolló su tapabocas alrededor del cuello y partió.
¡Qué terrible tempestad se desencadenaba!
La noche era tan negra, que el pequeño Hans no veía apenas, y el viento tan fuerte, que le costaba gran trabajo andar.
Sin embargo, él era muy animoso, y después de caminar cerca de tres horas, llegó a casa del médico y llamó a su puerta.
-¿Quién es? -gritó el doctor, asomando la cabeza a la ventana de su habitación.
-¡El pequeño Hans, doctor!
-¿Y qué deseas, pequeño Hans?
-El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido y es necesario que vaya usted en seguida.
-¡Muy bien! -replicó el doctor.
Enjaezó en el acto su caballo, se calzó sus grandes botas, y, cogiendo su linterna, bajó la escalera. Se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans a pie, detrás de él.
Pero la tormenta arreció. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ni ver por dónde iba, ni seguir al caballo.
Finalmente, perdió su camino, estuvo vagando por el páramo, que era un paraje peligroso lleno de hoyos profundos, cayó en tino de ellos el pobre Hans y se ahogó.
A la mañana siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en una gran charca y le llevaron a su casita.
Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans porque era muy querido. Y el molinero figuró a la cabeza del duelo.
-Era yo su mejor amigo -decía el molinero-; justo es que ocupe el sitio de honor.
Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo de hierbas.
-El pequeño Hans representa ciertamente una gran pérdida para todos nosotros -dijo el hojalatero una vez terminados los funerales y cuando el acompañamiento estuvo cómodamente instalado en la posada, bebiendo vino dulce y comiendo buenos pasteles.
-Es una gran pérdida, sobre todo para mí -contestó el molinero-. A fe mía que fui lo bastante bueno para comprometerme a darle mi carretilla y ahora no se qué hacer de ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado, que si la vendiera no sacaría nada. Os aseguro que de aquí en adelante no daré nada a nadie. Se pagan siempre las consecuencias de haber sido generoso.
-Y es verdad -replicó la rata de agua después de una larga pausa.
-¡Bueno! Pues nada más -dijo el pardillo.
-¿Y qué fue del molinero? -dijo la rata de agua.
-¡Oh! No lo sé a punto fijo -contesto el pardillo y verdaderamente me da igual.
-Es evidente que el carácter de usted no es nada simpático -dijo la rata de agua.
-Temo que no haya usted comprendido la moraleja de la historia -replicó el pardillo.
-¿La qué? -gritó la rata de agua.
-La moraleja.
-¿Quiere eso decir que la historia tiene una moraleja?
-¡Claro que sí! -afirmó el pardillo.
-¡Caramba! -dijo la rata con tono iracundo- Podía usted habérmelo dicho antes de empezar. De ser así no le hubiera escuchado, con toda seguridad. Le hubiese dicho indudablemente: «¡Psé!», como el crítico. Pero aun estoy a tiempo de hacerlo.
Gritó su «¡Psé!» a toda voz, y dando un coletazo, se volvió a su agujero.
-¿Qué le parece a usted la rata de agua? -preguntó la pata, que llegó chapoteando algunos minutos después- Tiene muchas buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me salten las lágrimas.
-Temo haberle molestado -respondió el pardillo-. El hecho es que le he contado una historia que tiene su moraleja.
-¡Ah, eso es siempre una cosa peligrosísima! -dijo la pata.
-Y yo comparto su opinión en absoluto.

Oscar Wilde

martes, 6 de julio de 2010

MILAGRO EN EL RIO SALADO

Juan Manuel Reyes Cruz 6 de julio de 2010.



LO QUE PASO EN ANAHUAC (INUNDACION).wmv
2010


1967-2010


El río llenó su cauce aquel verano de 1967. El huracán "Beulah" llegó a morir por estas tierras y en sus estertores de agonía, arrasó con represas y ranchos al desbordar arroyos y secciones del Salado, arrastrando al paso de sus aguas todos los bienes de los rancheros establecidos por las orillas.

En Ciudad Anáhuac, la gente veía pasar con una mezcla de fascinación y miedo el espectacular oleaje que lamía ya el puente ferroviario y amenazaba a cada instante con derrumbarlo y desaparecerlo en su largo cuerpo de rugientes aguas que parecían querer rebelarse al camino que el tiempo les marcó.

Por la superficie, en dantesco desfile, pasaban flotando toda clase de animales domésticos y montaraces, con los ojos desorbitados de terror por aquel forzado viaje hacia fatal destino o ya muertos; ahogados por la furiosa corriente de turbias aguas y profundos remolinos. Junto a ellos, iba también ropa, muebles y toda clase de enseres arrebatados a las casas derrumbadas.

Los más osados habitantes de Anáhuac y Rodríguez, se apostaron por las orillas y sobre el tambaleante puente, para ganar muebles o lazar animales. A los pocos minutos, familias enteras se pusieron a trabajar en equipo para ir pasando de mano en mano todos los bienes y animales rescatados de la corriente. Los animales salían temblando de espanto y frío; pero algunos lugareños rescataban hasta los cuerpos de cerdos muertos que por recién perecer, su carne aún estaba en buen estado y pronto serían convertidos en chicharrón o estofado; al fin que “a río revuelto...”

Ismael de la Cruz atrapaba a mano todo lo que pasaba cerca de él y, conocedor de las orillas, se aventuraba metiendo hasta medio cuerpo en las lodosas aguas. De pronto, descubrió un tanque de doscientos litros que pasaría un poco más retirado de sus posibilidades. Era un tambo nuevo, recién pintado; bien valía la pena arriesgarle un poco, e Ismael decidió arriesgar la vida. Confiado en la fuerza y pericia de su juventud, se adentró y logró atraparlo; pero una turbulencia repentina lo hizo perder el control, el tanque dio un salto y lo golpeó pesadamente en la cabeza haciéndolo perder el sentido. El cuerpo inanimado se hundió inmediatamente y fue arrastrado fuera de la vista de los presentes. Ismael había arriesgado la vida, y la perdió en el albur.

Sus familiares y amigos quedaron pasmados ante la súbita tragedia. Algunos reaccionaron corriendo paralelamente al cauce en búsqueda desesperada; otros fueron a dar parte a las autoridades; pero el cuerpo de aquel hombre ya no volvió a emerger. El cadáver fue devorado por la serpiente de aguas enfurecidas y ni autoridades ni amigos pudieron hacer nada; había que esperar a que bajara el nivel para empezar a explorar en su búsqueda. Lágrimas y lluvia corrían juntas por las mejillas de deudos y allegados que permanecieron de pie ante el río cruel hasta la llegada de la noche; incrédulos aún y confundidos ante lo volátil de la existencia; embargados por sentimientos de impotencia y dolor ante la muerte.

Al día siguiente, con las aguas todavía a medio nivel, empezaron a explorar desde las orillas; pero tras una larga e infructuosa jornada, el día terminó. Las aguas aún tardarían en bajar hasta su nivel normal y conjeturaban si tal vez al siguiente día toda exploración sería inútil, como así fue…

Desesperados ante la impotencia de las autoridades, aquella noche la familia del ahogado acudió a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en busca de ayuda. Tal vez Dios se compadecería de su pena y escucharía sus plegarias.

El Sacerdote los recibió y escuchó atento, pensativo. No cabía duda que eran las suyas expectativas inauditas. Era delicado e insólito el planteamiento de aquella gente; pues lo que pedían era una señal del Cielo, algo así como un rayo de luz que venido desde lo Alto, guiara a los rescatistas hasta el lugar preciso donde se encontraba el cadáver de Ismael; así de "sencillo…"

El padre José de Jesús Aviña era un joven sacerdote de gran estatura y corpulencia que con su pelo ensortijado y piel morena, nos recordaba más a un púgil de peso completo que a un hombre de Dios; sin embargo, la población se le entregó por su gran carisma y vida ejemplar. Fue el primer vicario que organizó el Viacrucis popular en Semana Santa y se atrevió a penetrar la Zona de Tolerancia para llevar la Palabra a las mujeres públicas con éxito tal, que también se les vio participar en procesiones y misas dominicales.

Eran los jóvenes sus más fieles seguidores y aunque los tenía organizados en equipos deportivos, grupos de oración y retiros espirituales, la muchachada, siempre antisolemne, a sus espaldas le apodaban con cariño y admiración el padre "Clay", en recuerdo del famoso boxeador de color campeón del mundo; pero el Párroco disimulaba paciente y comprensivo y continuaba con su vida mística, disciplinada en retiros de meditación profunda y jornadas de ayuno y oración que lo tenían en constante Gracia; y con todo su dinamismo, no podía ocultar los destellos de santidad en su mirada.

- "Vengan mañana y después de la primera misa iremos juntos al río. Tal vez no busquemos mucho; Él, nos señalará el lugar donde quedó el cuerpo de Ismael…" - dijo con la vista fija en el Crucificado.

A la mañana siguiente salió a una cita con la fe del pueblo, acompañado de aquella buena gente que en su inocencia pedía "nada más" una señal de Dios que les indicara el sitio exacto donde el cuerpo esperaba para ser llevado a la tierra santa del panteón; esto incrementaría la confianza en el Altísimo y los lazos permanentes que tiene con su pueblo.

Al llegar al punto de la tragedia, el padre sacó de la gran bolsa que llevaba, una cruz de maderas nuevas, elaborada de pino y plegarias al Supremo, y en sus cuatro extremos acomodó cabos de velas benditas pegándolos con la misma cera fundida; luego levantó mirada y cruz al cielo con inaudible oración entre los labios. En seguida, la puso a flotar al filo del agua y encendiendo las cuatro velas, explicó parcamente a los espectadores:

- ¡Esta cruz bendita será nuestra guía…!

La cruz pronto fue arrebatada al centro del cauce y empezó un agitado viaje sobre las aguas turbulentas mientras los vientos parecían respetar aquellos cuatro cabos que mantenían los pabilos encendidos.

Comenzó la marcha en seguimiento de aquel insólito guía y sobre el avance a veces presuroso, a veces lento; la veían detenerse y girar en algún remolino para luego continuar su navegación que parecía impulsada por la fe colectiva y las silentes oraciones del padre José de Jesús, que cabizbajo y con las manos entrelazadas en una súplica constante, caminaba al frente de todos.

Súbitamente, la cruz se detuvo y se fue desplazando lentamente hasta un lugar cercano a la orilla. Momentáneamente dio algunas vueltas en el mismo lugar y luego quedó quieta ante los ojos de la procesión que vio el repentino y simultáneo apagarse de las cuatro velas, como si algún invisible emisario de lo Incógnito hubiera soplado sobre ellas dando por terminada una misión.

- ¡En ese lugar se encuentra el cuerpo de Ismael! - exclamó el padre Aviña con una amplia e iluminada sonrisa.

Tres hombres se metieron al agua y, reverentes, tomaron la cruz para entregarla al sacerdote. Regresaron al punto señalado y se sumergieron para empezar una ciega búsqueda por entre las lodosas aguas. Ahí, a dos metros de profundidad, sujeto entre unas ramas, encontraron un cuerpo.

Al aviso de un rescatista, la expectación creció entre los presentes, y se acercaron más a la orilla entre esperanzados y curiosos. De pronto, los familiares estallaron en llanto al ver emerger el cuerpo abotagado y duro del que fuera un ser querido. Sus irreconocibles rasgos tenían una expresión serena y sus ojos muy abiertos y saltados parecían asomar sorprendidos a la Eternidad.

El cadáver fue sepultado de inmediato por el avanzado estado de descomposición en que se encontró y por tanto, aquella tarde la Misa no pudo ser de cuerpo presente; pero la gente acudió solemne y conmovida por la manifestación divina que pronto corrió de boca en boca.

Han pasado casi treinta años desde aquellos hechos y muchos de los protagonistas y testigos de esta historia han partido ya de nuestro mundo hacia la vida que tras la muerte nos espera; incluso, el padre José de Jesús Aviña, también se recogió ya a la casa del Señor al que tanto sirvió con fidelidad y empeño. Murió lejos de Anáhuac; y los jóvenes de entonces, hoy gente vieja o madura, lo recuerdan con cariño y al paso de los años, han ido recreando aquel acontecimiento contando a sus hijos y a sus nietos sobre aquel…

Milagro en el Río Salado…
rafael olivares b's blog

Nota del autor: "Con un agradecimiento para aquellos que se solidarizaron con el pueblo en desgracia, hoy dedico a Anáhuac, Nuevo León, esta leyenda como un regalo que les sirva para entender que aún de la tragedia, a veces, nos quedan también bellos recuerdos."

Fuente
http://www.norestense.com/inundacion-en-anahuac-nuevo-leon-leyendas-de-norestense
Imagen
noticiasdenuevolaredo.blogspot.com


http://www.youtube.com/watch?v=qUvIIC_gT1Q

viernes, 18 de junio de 2010

VIUDA DE LA RECTA DE CÁNEPA

A principio de siglo, una mujer que fue asesinada por su esposo, espeluznó por años a todo varón "mal entretenido".

Francisco Rodríguez, más conocido como el "Gordo del bar", era dueño del primero, único y último hotel de Cerrillos. "Hotel y Bar El Criollo", se llamaba el negocio de la década del veinte.

Tenía una cantina que atendía los 365 días del año hasta altas horas. Frente a la plaza, era el lugar preferido de los parroquianos. Allí disfrutaban, de unos vinos y de la música que salía de una "moderna" vitrola a cuerda primero, y luego, en tocadiscos que amenizaban la tarde-noche cerrillana, hasta fines de los 50.

El "Gordo del Bar", contaba que una noche de verano, pasada las 12, se avecinaba una fuerte tormenta. El viento azotaba los árboles y los relámpagos, iluminaban las primeras gotas. Fue en ese momento cuando llegó en su automóvil un viejo cliente vecino de La Merced.

"Recuerdo que los árboles -contaba Rodríguez- se mecían con furia, y los rayos cada vez estaban más cerca. Unos clientes permanecían en el negocio, iluminado con farol, cuando escuchamos que un auto frenaba en el negocio. De su interior salió un hombre que en dos o tres zancadas llegó hasta el bar, convencidos nosotros, que lo hacía para no mojarse con la tormenta que acababa de largarse con todo. Era Lobo.

"Entró corriendo -relataba Rodríguez- agitado y pálido. Estaba desencajado, y como pudo, se hizo entender para que le sirviera una bebida fuerte. Cognac me acuerdo que le serví.

Se sentó y cuando le pregunté si necesitaba algo me dijo: ¡la viuda! ¡La viuda!

Retrocedí, -continuó Rodríguez- esperando que se explique mejor.

Los parroquianos giraron sobre sus sillas, y atentamente, esperaron que hable, ansiosos, con los vasos de vino en la mano, paralizados a medio trayecto entre la mesa y la boca.

Después del cognac y de unos minutos, Lobo dijo, aún bastante espantado: ¡me ha salido la viuda de la recta de Cánepa!

-¿Como ha sido don Lobo? le espeté.

-Y bueno, yo venía de Salta y en medio de la recta vi una viejita de negro que caminaba para Cerrillos, al costado del camino. Me dio lástima verla a esa hora y con la lluvia que se avecinaba.

Me ofrecí acercarla hasta el pueblo. No me contestó, le insistí pues la lluvia se venía, por dos o tres veces, pensando que era medio sorda. Al no contestarme, no obstante mi insistencia, puse primera y salí rápido por temor a que el viento voltee alguna rama. Antes de San Miguel, sentí que algo venía en el estribo del auto, me di vuelta y vi un bulto negro, volví a mirar bien y un relámpago me dejó ver, casi de reojo, a la viejita que yo quería acercar hasta el pueblo. Venía agarrada del parante del auto, parada en el estribo derecho, casi a mi lado, y su cara, visible por la luz de los rayos, era una calavera. Me estremecí y aceleré -dijo Lobo-, a todo lo que da, y cuando llegue al pueblo la viuda ya no estaba.

¡Es la viuda de la recta! repetía Lobo, para agregar, que ya le habían contado que aparecía, pero que nunca había creído en esas cosas, pero desde entonces -contaba Rodríguez-
Lobo nunca más pasó después de las 12 de la noche".

Don Francisco Rodríguez murió el 5 de octubre de 1948 y en el negocio quedó su esposa, doña Cirila. Pasó el tiempo y en el "Bar de la Cirila", siempre alguien recta de la "Viuda de la recta de Cánepa".

lunes, 7 de diciembre de 2009

EL FAMILIAR

El Familiar tiene rasgos propios que le dan plena ciudadanía en nuestra cultura, en la que su imagen más difundida es un perro negro (el color de la muerte y del pecado), de refulgente mirada (hay quien dice que echa fuego por la boca y los ojos) y largas uñas, capaces de desgarrar a la víctima en un santiamén. Aunque con menor frecuencia, toma asimismo la forma de otros animales, como cerdo, viborón, tigre, puma, oveja, burro, caballo y hasta de una mujer.


Su aspecto es siempre terrible, pero no se distancia mucho de la naturaleza, si exceptuamos el caso de una serpiente de dos cabezas que merodeaba el campo santiagueño.


Cualquiera sea la forma que asuma, el Familiar se alimenta con carne humana.


El patrón de estancia o dueño de ingenio (al parecer los únicos que prohijan a este animal) tendrá que suministrarle un peón al año, que es su ración mínima, aunque hay pactos que establecen una dieta más nutrida.


La leyenda está muy difundida en las provincias de Tucumán, Salta y Noroeste de Catamarca, con irradiaciones hacia Jujuy y Santiago del Estero.


Pero por el lugar que ocupa en la vida cotidiana de los campesinos, más que una leyenda parece una realidad.


Dichos perros se multiplicaron demasiado hacia fines del siglo XIX, con el auge de la industria azucarera. Los dueños de ingenios se enriquecieron de la noche a la mañana y la mentalidad popular encontró pronto la explicación.


Había ojos de fuego que se paseaban por la noche del cañaveral.


Espantosos ruidos de cadenas.


Feroces y fugitivas formas que dejaban al pasar un fuerte olor a azufre.


Y peones golondrinas que desaparecían de pronto, sin despedirse. Corría entonces el rumor de que en los sótanos o en la chimenea del ingenio había un perro negro.


A veces el patrón lo soltaba para que eligiera la víctima a su gusto, en correrías que enloquecían a los demás perros y que sólo el canto del gallo podía interrumpir.


En otros casos, el peón, llevado con engaños por el patrón, le era entregado.

Si el patrón no cumplía con el pacto, él mismo iba a parar a las fauces del diabólico animal.


Fue tal la difusión de esta leyenda, que el ingenio que no tuviera un Familiar podía considerarse de poca importancia.


Nada le hacen las balas ni el filo de los machetes, al Familiar.


Sólo retrocede ante la cruz del puñal. Es decir, cede al poder del signo y no del arma.



Hay quien dice que se opone al progreso, citando como ejemplo al ya famoso Familiar del ingenio Santa Ana, de Tucumán, que echó en las vías del ferrocarril que unía a este ingenio con Río Chico y la red nacional, el mismo día de su inauguración, impidiendo el paso del primer convoy.


Bibliografía.

Adolfo Colombres:

Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina.

Edic. Del Sol, Bs. As., 1999.



domingo, 19 de julio de 2009

EL MUQUI DE YAURICOCHA




El "Muqui" de la mina de Yauricocha



Esta es una historia que se relata en la mina de Yauricocha: cuentan que un obreró entró a trabajar en su turno normal de 4:00 am. y su jefe le dijo: te vamos a cambiar de turno, a las 12 de la media noche.

Entonces él entró a trabajar como le asignó su jefe y cuando se dirigía al penúltimo nivel de la mina que era profundo para cuidar la bomba de presión, él dijo: mejor me duermo un momento y después cuido, y cuando estaba durmiendo se acercó un “Muky” (diablo de las minas) y le dijo: Levántate ocioso, envés que estés durmiendo debes estar trabajando, y el obrero entre sus sueños le dijo: pero solo descanso un momento, y él se despertó y trato de ver quien estaba ahí y dijo: voy a ponerme el casco con lámpara, y al momento de encender la lámpara, no prendía, y el Muky le dijo por qué te desesperas en tratar de verme si yo te conozco muy bien y a todos los que trabajan en mi casa tratando de llevarse lo que tengo.

De repente la lámpara del obrero se prendió, y vió que era pequeño y tenía casco.

El Muky se sacó el casco, y ahí vió que tenía pequeños cuernos, y le mostró muchas monedas de oro dentro de su casco y le dijo: ven trabaja conmigo y serás más rico que un rey de afuera.

Y así el Muky le mostró toda su riqueza. Ya se había cumplido el turno del obrero y el Muky le dijo: vé a tu casa y no cuentes a nadie lo que viste.

El obrero fue a su casa, y como no estaba contento con lo que había visto, entonces se le contó a su esposa.

Luego al día siguiente, regresó a su trabajo y se encontró con el Muky, entonces éste le dijo: ¿no le contaste nada a nadie no? Y el obrero le respondió que no, entonces el Muky le dijo: no me mientas, y el obrero le respondió: no te miento.

El Muky le dijo: si me sigues mintiendo te quedarás aquí conmigo. Entonces el obrero le contó lo que había pasado a su jefe y a sus compañeros.

El Muky se enteró y le dijo: tú me mentiste, le dijiste a todos lo que viste y ahora te quedarás conmigo para siempre aquí en mi casa, y el Muky le puso unas botas de oro al obrero y le dijo: con éstas andarás, sólo saldrás de aquí cuando se gaste por completo, y el obrero trataba de escapar por el camino que él conocía pero no encontraba la salida ; y ahora anda llorando y caminado por toda la mina y hasta entonces dicen que por su sufrimiento ocasiona derrumbes en la mina.

Fuente e Imagen
http://cronicasmundosocultos.blogspot.com
(Colaboración de: Martín, de Tarma, Perú)

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/10/el-muqui.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/03/el-muqui-o-muki.html

viernes, 26 de junio de 2009

NOSOTROS SOMOS AQUELLOS A LOS QUE HEMOS ESTADO ESPERANDO

Jefe hopi

Los indios hopi son el modelo de una comunidad que se toma el tiempo para sopesar cada decisión importante, teniendo en cuenta el impacto que podría tener en las siete generaciones siguientes.

Los hopi parecen comprender y experimentar la interrelación de todo lo creado.

¿Podemos tomarnos el tiempo necesario para aprender (como lo hacen este y otros pueblos indígenas) de nuestros ancianos y de nuestros niños?

Con humildad, los hopi reconocen que los niños y los ancianos son los que están más cerca de Dios, y por eso honran su sabiduría y sus consejos.

Cuando empezamos a integrar esta actitud de espiritualidad natural en nuestras vidas cotidianas, nuestra percepción y nuestra consciencia se expanden, permitiéndonos experimentar nuestra abundancia y salir del pensamiento de escasez o de no tener nunca "suficiente". Empezamos a ver como se revelan las posibilidades y cómo se desarrolla una nueva cosmovisión o un nuevo mito. Los "problemas" se convierten en "situaciones", y entonces estamos abiertos a nuevas opciones. Comenzamos a identificarnos con nuestras "bondad" en lugar de hacerlo con nuestros conflictos. Las sincronicidades (coincidencias significativas), y en ocasiones los milagros (acontecimientos positivos inexplicables), pueden ocupar su lugar natural en nuestras vidas.

Si estamos a punto de entrar en un nuevo mundo a escala personal, nacional y mundial con consecuencias multidimensionales, ¿cuál será el resultado de nuestras elecciones?

Considera la posibilidad de examinar tus actividades diarias.

¿Qué elecciones has hecho?

¿Hay incongruencia entre lo que afirmas y tu forma de vivir?

¿Eres un ejemplo de lo que predicas?

El psicólogo Carl Gustav Jung decía que estamos viviendo en una época en el que las cosmovisiones (los arquetipos) están cambiando, y que los tiempo más difíciles vendrán cuando las antiguas cosmovisiones dejen de ocupar el escenario contral y las nuevas todavía no se hayan revelado.

Nuestro gran reto será relacionarnos a partir de nuestros corazones, siendo compasivos los unos con los otros, mientras demos a luz a una nueva era y dejamos un legado viviente para nuestros hijos.

¿Podemos tener en cuenta a nuestros próximas siete generaciones?

La profecía de los jefes hopi puede guiarnos:

NOSOTROS SOMOS AQUELLOS A LOS QUE HEMOS ESTADO ESPERANDO

Le habéis estado diciendo a la gente que está es la Undécima Hora.


Ahora, regresad y decidles que la Hora ha llegado, y que ahora deben pensar.


¿Dónde estáis viviendo?


¿Qué estáis haciendo?


¿Qué hay de vuestras relaciones?

¿Son relaciones correctas?


¿Dónde está vuestra agua?

Conoced vuestro Jardín.

Es hora de que cuentes tu Verdad.


Crea tu comunidad.

Sed buenos los unos con los otros.

Y no busques un Líder fuera de ti.

¡Ésta podría ser una buena época!

Ahora, el río fluye con mucha rapidez; es tan grande y tan veloz que algunos tendrán miedo y sufrirán mucho.

Debes saber que el río tiene un destino.

Ahora, debemos abandonar la orilla, ir hacia en centro con los ojos bien abiertos y manteniendo nuestras cabezas por encima del agua.

Y observa quién está ahí contigo, y ¡celebra!.

En éste momento de nuestra historia, no debemos tomarnos nada como lago personal; nosotros menos que nadie.

Porque, en el instante en que lo hagamos, nuestro viaje espiritual se detendrá.

El tiempo del Lobo Solitario ha llegado a su fin.

¡Reuníos!

Todo lo que hagamos debemos hacerlo de una forma sagrada y con una celebración.


Nosotros somos aquellos a los que hemos estado esperando.

(Profecía de los indios hopi)
Jefes de la nación hopi
Oraibi, Arizona, 2000

Creemos que no debemos dejar este objetivo en manos de nuestros políticos y otras figuras de autoridad, pues sabemos que a menudo son inconsecuentes y poco constructivos en sus actos.

Los jefes hopi concluyeron: "Nosotros somos aquellos a los que hemos estado esperando".

Empecemos dentro de nosotros mismos. Tomamos nuestros pensamientos conflictivos y los elevamos, finalmente, a la paz. Conmovemos a otras personas con este acto: es el poder de nuestra propia humildad.

Y, entonces, tenemos la esperanza de que se extenderá hasta incluir a todos los miembros del planeta.

(Texto extraído del libro titulado "El poder de la humildad". Varios autores)

Fuente
http://pensamientoliberado.blogspot.com/2011/01/nosotros-somos-aquellos-los-que-hemos.html

miércoles, 29 de abril de 2009

IMPORTANCIA DE LOS MITOS



DISCURSO DE JOAQUÍN DÍAZ

CURSO ACADEMIA VALLADOLID


El etnólogo y músico Joaquín Díaz analiza la importancia de los mitos en nuestros días en la lección con la que abrirá hoy el curso 2010-2011 de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, institución de la que forma parte desde 1982.

Con el título "Mito y realidad: dos visiones del mundo", Díaz estudia el uso de los mitos en la historia y cómo las bases del pensamiento humano se establecieron sobre antiguas creencias que generaron mitos y conformaron relatos legendarios.

A su juicio, es Plantón quien por primera vez plantea una cuestión que atraviesa los siglos creando controversias pero que se resume en lo mismo "el mundo mítico- sea transmitido oralmente o por escrito- debe someterse a la razón si pretende demostrar su utilidad para el ser humano".

Joaquín Díaz recuerda en su discurso que es raro el sistema educativo que no ha usado la poesía popular para reafirmar la hermosura de lo sencillo o que no ha tomado prestados elementos mitológicos para demostrar que siempre sucede lo que la vieja sabiduría recoge.

A modo de ejemplo, analiza la vetusta leyenda de la civilización que desaparece sepultada por un terrible diluvio, con el añadido en casos de que los que se salvan se convierten en estatua de sal por volver la vista atrás, una prohibición que ha llegado a nuestros días sin que reparemos en ella en la forma de norma de buena educación de no mirar atrás en clase.

"Sólo se repara en esas costumbres cuando se consideran o estudian dentro del proceso cultural del universo entero y siguiendo todos los pasos de su evolución, desde que son rituales o mitos con pleno sentido hasta que pierden su intención original", plantea Díaz.

El etnógrafo trata en la lección de "buscar el acuerdo universal para recordar y destacar, aún en nuestros días, la importancia de los mitos. Mitos que se dice que sirvieron para relacionarnos con lo divino y que de paso, habrían de servirnos también para investigar sobre ellos y mantener la inteligencia activa".

Concluye, con Italo Calvino, preguntándose si no será que la mente humana sólo "funciona a base de mitos y que la única alternativa consiste en adoptar un código mítico en vez de otro".

La Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción es heredera de la que nació en 1802 de la mano de Carlos IV con los fines originales de la enseñanza de las matemáticas y el dibujo.

Desde 1994 forma parte de la Confederación Española de Centros de Estudios Locales (CECEL) y desde 1996 se encuentra asociada al Instituto de España.EFE

ARTÍCULO:14-10-2010 / 16:00 h Valladolid, 14 oct (EFE).-

viernes, 30 de enero de 2009

FELICITAS GUERRERO DE ALZAGA


Corría el mes de enero 1872 y Buenos Aires amaneció sacudida por una espantosa noticia: habían asesinado a una de las mujeres más hermosas de la ciudad, Felicitas Guerrero de Alzaga. ¿Qué era lo que había sucedido?

Hacia la década de los ‘70 en el siglo pasado, Buenos Aires era una apacible ciudad con ritmo de “Gran Aldea”, si nos guiamos por la descripción que de ella nos hace Lucio V. Mansilla. Era la capital de un país que se estaba formando, y gracias una ley de la época de Mitre el gobierno nacional “alquilaba” el territorio de la ciudad de Buenos Aires para usarlo de sede. Desde 1868 el presidente era Sarmiento, que desarrollaba una firme acción de gobierno. Su lento avance urbano había sufrido los embates de la epidemia de fiebre amarilla que en 1871 azotó la ciudad, obligando a las familias ricas de comerciantes y hacendados, asentadas desde casi el inicio de nuestra historia en el barrio sur, lo que conocemos como San Telmo y Monserrat, a emigrar hacia el norte, más allá de las “Cinco esquinas” (hoy Quintana y Libertad). Esto era toda una aventura si tenemos en cuenta que la ciudad no se extendía al oeste más de la calle de las Dunas (hoy Callao). Al sur, se extendía una zona baja y anegadiza, separada del casco histórico de la ciudad por innumerables arroyos que se desbordaban con las lluvias, copiosas según cuentan los cronistas, y que eran la vía natural de desagüe de la pampa en su camino hacia el Río de la Plata y el Riachuelo. Esta zona era el lugar de las quintas que desde habían rodeado el núcleo urbano, tanto al sur como al norte y al oeste, sirviendo como lugares de abastecimiento para los pobladores ciudadanos, y de esparcimiento en los largos y calurosos veraneos.

Ese sur pantanoso, lleno de pajonales, inundable, que miraba al río y que tenía al Riachuelo como puerto de abrigo, fue el escenario de la tragedia que enlutó a Buenos Aires aquel enero de 1872.

Allí, en la intersección de las calles Montes de Oca y Pinzón se ubicaba la quinta de los Alzaga, donde en 1862 se habían radicado Martín de Alzaga, rico comerciante de edad avanzada, y su joven esposa, Felicitas Guerrero (nacida en 1846). La feliz pareja llevó una tranquila vida por un largo tiempo; tuvieron un hijo, Félix, y los tres disfrutaron de la familia que habían formado. Pero la desgracia rondaba a Felicitas. Ni toda su belleza, mencionada por los caballeros de la época, ni toda su fortuna, pudieron protegerla.

En 1869, muere Félix muy pequeño; poco después, en 1870, su esposo Martín. Felicitas queda viuda y con una enorme fortuna con tan sólo 26 años. Famosa por su dulzura y buen carácter, como por su inigualable belleza, comienza a ser pretendida por varios enamorados que la cortejan incesantemente. Ella, coqueta, no se decide abiertamente por ninguno, provocando los celos de más de uno de ellos.

Pasan los años, y en enero de 1872 Felicitas organiza en su estancia “La Postrera” a orillas del río Salado, una gran fiesta con motivo de la inauguración de un puente, fiesta que iba a contar con la presencia del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Emilio Mitre.

Atareada con los preparativos, el 29 de enero se dirige a Buenos Aires para realizar algunas compras para la ocasión. Al regresar a su quinta de Barracas por la noche, se encuentra con que uno de sus enamorados, Enrique Ocampo la estaba esperando.

¿Qué era lo que buscaba? Cegado por los celos al enterarse que no era él el elegido por el corazón de Felicitas, fue a exigirle explicaciones. No sabemos cómo se desarrolló la discusión entre los dos jóvenes, pero si sabemos cómo finalizó.

El enamorado en un arrebato le disparó por la espalda a la hermosa Felicitas, y al darse cuenta de lo que había hecho, se suicidó muriendo en el acto. La joven gravemente herida, agonizó durante toda la noche, y en la mañana del día 30 murió en los brazos de sus padres.
Ante tamaña desgracia, don Carlos Guerrero y Felicitas Cueto decidieron que la mejor manera de recordar a su hija era donando sus bienes para erigir una suntuosa capilla.

Y con esa idea hicieron construir la iglesia de Santa Felicitas en lo que fuera la quinta de su tan amada hija, colocando una placa, en la que aún hoy puede leerse “Capilla de Santa Felicitas. Fundada el 30 de enero de 1879 por Carlos J. Guerrero y Felicitas C. de Guerrero en memoria de su hija Felicitas G. de Alzaga”.



Está ubicada en Isabel La Católica, entre Pinzón y Brandsen.

“Es una historia trágica de amor que dio lugar a muchos mitos”, cuenta Diego Ziggioto, a cargo de la empresa Horizontes que realiza circuitos turísticos no convencionales. Los vecinos dicen que cada 30 de enero, fecha de su muerte, aparece el fantasma de Felicitas, que vaga ensangrentado.

“Muchas mujeres cuelgan cintitas de la reja, porque si uno se agarra fuerte conseguirá el amor de su vida, y si ya lo tiene, lo conservará.

Es una de las historias preferidas por las chicas, que corren a agarrarse de las rejas apenas la escuchan”, dice el guía.

lunes, 5 de enero de 2009

EL GIGANTE DEL BARRIO ONCE


Según cuenta una historia de larga data, por las calles de Once vaga un personaje de casi tres metros de altura que cuida a los habitantes del barrio.

Este gigante "bonachón" ha salvado a víctimas de choques y ha espantado a más de un malhechor, o al menos esto es lo que narran los vecinos de Balvanera que confían en su presencia protectora.

Algunos afirman que este ser es el mismísimo Golem, un hombre artificial creado en el siglo XVI por un rabino de Praga, llamado Judah Loew ben Bezabel.

Si bien la historia oficial habla de un solo Golem, otros afirman que Bezabel creó trece de estos humanoides de arcilla y que uno de ellos llegó a Buenos Aires, de la mano de un rabino, con los inmigrantes judíos.

De allí en más, la historia se bifurca en varias versiones: algunos cuentan que antes de morir el rabino encerró al gigante en una habitación a la que nadie puede entrar, que estaría en el anexo de un hospital, en Caballito.

Otros creen que vive en un callejón oculto, que podría ser el pasaje Colombo o el Victoria. De una u otra forma, hay vecinos que aseguran que el gigante le salvó la vida a más de uno.

domingo, 16 de noviembre de 2008

EL DUENDE DE LA INVISIBILIDAD




Algunos dicen que los duendes son simplemente un producto de la imaginación. Todos aquellos que piensan eso, no saben de esta historia. En verdad sí existen y son muy inteligentes, es más, con un coeficiente intelectual diametralmente opuesto a su tamaño real.

En promedio miden unos treinta y seis centímetros de altura, tienen la costumbre de resolver los problemas de los humanos y en el fondo ese es el ligamen que los une desde tiempos inmemoriales. Al igual que muchas otras criaturas vinculadas a esos animales que “razonan”, hablan y levantan grandes edificios, también los duendes están en peligro de extinción.

Ya quedan pocos en el planeta y al contrario de cómo pensaba el imaginario colectivo, los duendes viven por todo lado, no solamente en algún país europeo olvidado. Los pequeños genios tienen toda la contextura de un humano de principio a fin, pero son narizones en exceso, con orejas puntiagudas, de barbas blancas trenzadas y poseen unos ojos que cuando miran pueden hipnotizar a cualquiera que los ve.

Pero no todos tienen el privilegio de encontrarse con alguno y es más, se protegen de ser vistos porque sirve como un mecanismo de defensa para que no se muera alguno de los seiscientos setenta y cinco que quedan repartidos por ahí. Todos tienen un pacto: mantenerse vivos de los depredadores, de los investigadores, de los curiosos, de los niños inquietos o de aquellos que se hacen millonarios investigando los fenómenos paranormales. Y lo han logrado.

Los duendes pueden ser vistos solamente por los niños que no hablan o que apenas empiezan a desarrollar el lenguaje, aquellos “peques” menores de seis años, exclusivamente los de buenos sentimientos. Dicho de otro modo, son pocos los privilegiados, porque con la televisión y la modernidad, los infantes pierden la inocencia y la pureza cada vez a edades más tempranas.

En el clan de los duendes sobresale uno, Ñoqui, el duende de la invisibilidad. Dentro del equipo cada uno tiene una misión, todos poseen una magia particular y en el caso de Ñoqui, su fuerte es sin duda la capacidad para los inventos. Ya casi cumple los ciento treinta años de vida (por cierto, los duendes viven en promedio seiscientos años) y a su edad juvenil, puede sentirse orgulloso por ser el verdadero inventor de lo último de la tecnología de los humanos.

Si alguna vez a usado un teléfono celular, conoce los Ipod, ha navegado por Internet o se ha divertido con un GameBoy no dude en darle las gracias a la creatividad de Ñoqui. Por cierto, es el autor intelectual del concepto de la tele transportación y la usa siempre, pues la adaptó a su reloj de pulsera especial, utilizado para viajar de un lugar a otro con tan solo oprimir un botón.

Bueno... algo sí tiene este inteligente el pequeñuelo, hay inventos propios que guarda en total secreto y dice que se los va a llevar hasta la tumba, pues los seres humanos aún no están preparados para ciertos conocimientos.

El sabio Ñoqui siempre planea una estrategia. Observa a los humanos cuando duermen, los estudia mientras están despiertos y si pasan la prueba de la humildad del corazón, les habla al oído, les sugiere alguna idea novedosa, vanguardista que culmina en un invento exitoso en el mundo. La fama, el dinero y el consumo excesivo, es lo que pasa luego de que el secreto es revelado en el afortunado oído.

Por alguna extraña razón, Ñoqui tiene cierta preferencia por las orejas de gente Made In Japan.

Su invento más reciente es un aparato capaz de desaparecer los objetos y las personas, inclusive a los duendes, en realidad, cualquier cosa. Este dispositivo fue bautizado como “el control remoto de la invisibilidad”. Ñoqui pensó que sería genial para su clan, sus hermanos de sangre para que pudieran ocultarse o mostrarse a su antojo, incluso en el caso de los niños problema, capaces de revelar a sus padres el secreto de su existencia.

Pero un dilema en formato de pregunta pasaba por su creativa cabeza: ¿Los humanos estarán listos para semejante conocimiento y avance tecnológico? La respuesta que se dibujaba en su corazón era un rotundo y contundente NO del tamaño de una catedral gótica.

Los motivos serían muchos y las razones serían inmensas, pues si el duende seleccionaba mal al humano de su último invento, podría volverse loco de poder y hasta podría terminar desapareciendo a todo el mundo para llenarse de avaricia y convertirse en el hombre más rico del mundo. También desaparecería a su antojo a todos los que les caen mal o a aquellos que obstaculizaran su paso.

En resumen, el portador del secreto de la invisibilidad debería de ser una persona sencilla, pero ante todo extremadamente noble, sin mucha codicia en sus pensamientos. En verdad la tarea de la selección no era nada sencilla en esta ocasión.

El pobre de Ñoqui pasó varias noches visitando vecindarios, ciudades, urbanizaciones y cuanta casa se encontró, pero nada, nadita de nada. Todos los dueños de las orejas no eran lo suficientemente nobles de corazón.

Finalmente luego de tanta búsqueda, se metió camuflado por la puerta en la que sale el perro del dueño de la casa, una tamaño exacto y cómodo para Ñoqui, quién presuroso se escabulló por la cocina de aquel que sería el elegido.

Bernardo Mena es un científico de profesión, químico, para ser más específicos- Siempre en su laboratorio trataba de inventar cosas con un único fin: mejorar la vida de sus semejantes. No pertenecía a una familiar pudiente ni mucho menos más bien todo lo que tenía hasta su más desgastado tubo de ensayo se lo había ganado con las reacciones químicas de un cerebro que no paraba de trabajar. Pero el futuro de Mena era promisorio y además, era noble de corazón.

Luego de una experimental y agotadora jornada de trabajo Bernardo decidió irse a dormir más temprano de lo normal, a eso de la dos y quince de la madrugada. El científico vivía de manera solitaria, pues la fórmula para entender a las mujeres nunca la había encontrado. Su compañero de andanzas y guardián de sus secretos era Copérnico, su perro salchicha.

¡Que dicha que se fue a dormir más temprano!, pues la noche le tenía una sorpresa de lujo. Cuando estaba realmente dormido Bernardo soñaba cosas extrañas, pero nunca se imaginó en la posibilidad de que un duende le hablara al oído.

Ñoqui revisó a su candidato de pies a cabeza y confirmó que dormía plácidamente. Llevó su boca al oído y con voz rugosa le preguntó: “¿Cuál es tu máximo deseo en la vida?”. Él le respondió obviamente entre dientes y dormido: “Mmmmmm inventar algo impooortanteeee, para ayuuuuuudarrrrr a los demaaaaásss, eso es lo que haría un buen científicooooooooooooo por la humanidad”.

El duende lo volvió a ver fijamente y le susurró que en el mundo de los humanos ya son pocos en los que piensan en los demás, pero como él era una excepción le iba a dejar en su mesita de noche uno de sus más poderosos inventos: el control remoto de la invisibilidad. Antes de irse, sacó de un pequeño bolso el prototipo del control, apuntó hacia su pecho, oprimió el botón rojo principal y pluuuuuuuuuf se evaporó en el aire y ya no era visible.

Junto a la cama de Bernardo flotaban unas hojas con dibujos, el control remoto único en el mundo de los duendes y los humanos y una pequeña nota escrita a mano que decía:

En tus manos tienes el poder de la invisibilidad, es fácil de usar... solamente tienes que apuntar con precaución e inteligencia este control remoto. Recuerda siempre: puede ser una peligrosa arma de dolor o una encantadora herramienta de alegrías. Si le cuentas a alguien que este invento apareció mientras dormías el primero en desaparecer serás tú.

Ñoqui, un amigo.

Los científicos tienen la costumbre de levantarse en la madrugada para seguir trabajando, especialmente si tienen sueños extraños.

Exactamente así le pasó a Bernardo, quién abrió los ojos, llamó a Copérnico a viva voz, se estiró cuán largo era, prendió la lámpara de su mesita de noche y encontró la nota, escrita en un papel que nunca había visto y en letras doradas.

Lo primero que pensó fue en lo poco probable de la situación, no tenía una explicación científica. Miró el aparato, le pareció un control remoto común y silvestre, pero con el afán de quitarse la curiosidad le apuntó a la puerta de su cuarto y desapareció inmediatamente.

Para sus adentros pensó que semejante invento debería ser resguardado, protegido de los ambiciosos y decidió desaparecer el control remoto de la invisibilidad, pues el mundo aún no se lo merecía. Junto a Copérnico, buscó un espejo y cuando lo encontró hizo una prueba, colocó el control en el suelo, apuntó, oprimió el botón rojo y el espejo desapareció.

De primera entrada el control remoto no sufrió efectos secundarios, pero a los pocos segundos se fue desvaneciendo, al igual que la mano de Bernardo. Al darse cuenta de lo que ocurría, decidió utilizar el control remoto de la invisibilidad en su contra, antes de que desapareciera para siempre. Y finalmente tanto el científico como el invento ya pertenecían al mundo de lo invisible. Copérnico con su olfato logró ubicarlo aunque no lo veía y no solo eso, logró darse cuenta que aún en el cuarto observando todo se encontraba Ñoqui el duende inventor.

Aunque los duendes tienen la regla de nunca hablar con humanos, el inventor no pudo contener el deseo de preguntarle por qué había actuado de esta forma. Bernardo no tuvo miedo al ver al duende y le respondió que con la decisión lograría convertirse en un ángel y ayudarle a los demás sin ser visto nunca más.

Ñoqui no podía creer su decisión pero lo apoyó, conversó con él un gran rato, le dio algunos consejos de la esencia de la invisibilidad y le explicó que luego de hacer sus tres primeras buenas obras, siendo humano e invisible, le empezaría un leve dolor en dos zonas de la parte alta de la espalda y sería acreedor de un par de alas.

El duende había realizado una excelente elección, pero decidió guardar el secreto para él mismo pues aún los humanos no estaban listos para tales invenciones, ya tenían demasiados enredos tecnológicos. Tomó varias decisiones: guardar en su bolso los dibujos, la nota, el control remoto invisible, volver con los suyos y seguir creando más inventos. Así que cuando el lector de este cuento conozca acerca de un nuevo invento o avance de los humanos, dude un poco, porque quizás el responsable sea Ñoqui, el duende de la invisibilidad.


Imagen: linkmesh.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/10/duendes.html