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miércoles, 27 de octubre de 2010

EL TIMBÓ



Iraí!... ¡Hija mía!... ¿Dónde estás?...

¡Ven a mi lado! ¡No te apartes de tu viejo padre!... ¡Tú eres la luz de mis ojos, la alegría de mi corazón, el consuelo de mis penas, el apoyo de mi ancianidad!...

¡Tu cariño es el único sostén de mis últimos años! ¡No te alejes de mí, Iraí! ¡No me abandones nunca!

Quien así hablaba siempre a su hija era Isaraki, el viejo cacique de la tribu de los timbúes que habían establecido sus tolderías en un hermoso lugar, a orillas de nuestro Paraná.

Isaraki, que había perdido toda su familia y se encontraba ya viejo y enfermo, adoraba a su única hija. Era tan grande el cariño que le profesaba que sin su compañía el anciano sentíase solo, triste y abatido.

Iraí era para él una hija solícita y cariñosa. Lo guiaba y lo acompañaba siempre, ayudándolo en todas sus tareas de jefe de la tribu; y como era joven, alegre y bulliciosa, sus risas y sus cantos regocijaban también el corazón del padre.

Iraí había llegado a ser, para el anciano, “la luz de sus ojos, el consuelo de sus penas”, como él le dijera.

Llevaban ambos en su choza una vida tranquila y apacible.

Pero una tarde Iraí notó que su padre estaba, al parecer, muy triste y apenado.

— Padre: ¿qué pesar aflige tu corazón?
¿Qué pensamientos oscurecen tu alma y te hacen callar y pensar tanto? — le interrogó con cariño Iraí.

— Hija mía — replicó el padre con los ojos llenos de lágrimas —, desde hace tiempo un solo pensamiento me tortura.

— ¡Dímelo padre... yo te ayudaré a desecharlo para que vuelvan la calma y la alegría a tu corazón!

¿Es que ya no confías en mí? ¿No crees que mi cariño pueda disipar tu penas? ¿No sabes que daría mi vida por verte contento y feliz?

— Iraí, mi dulce y bondadosa hija...

Tú no podrías aliviar mi dolor. Si...

— Si... ¿qué? — interrumpió Iraí con viva ansiedad, deseosa de conocer el secreto temor de su padre.

— Si tú me faltaras, Iraí, me moriría de pena — continuó diciendo Isaraki.

— ¿Qué dices, padre? — interrumpió nuevamente Iraí —. ¿Por qué piensas en ello? ¿Cómo podría abandonar a mi anciano padre, a quien quiero con todas las fuerzas de mi alma y con toda la ternura de mi corazón? ¿Crees que puedo ser tan ingrata que te deje solo un instante sin mi cariño, sin mi apoyo, sin mi guía? ¡Oh, padre mío... eres injusto si así lo crees!

— Iraí — dijo el viejo cacique al comprender que con sus palabras había entristecido a su hija —, olvida lo que te he dicho. Es tal mi cariño hacia ti, que la sola idea de perderte me llena de angustia y desconsuelo. Sé que nada te separará de tu viejo padre y que viviré hasta mi último día recibiendo como siempre tus cariños y tus cuidados. Y ahora, hija mía, ríe y canta para alegrar esta choza y para que nunca vuelva a entrar en ella la tristeza.

Calló Isaraki.

Iraí guardó silencio. La naturaleza calló también: sobre el campo y sobre la selva caían los postreros rayos del sol poniente. Padre e hija sólo oyeron en aquel crepúsculo el susurro de la fronda de los árboles del bosque mecidos por la suave brisa primaveral.

Transcurrió el tiempo y un día llegó de lejanas tierras un apuesto guerrero que se prendó de la bellísima y bondadosa hija de Isaraki.

Ella se enamoró también de él y se casaron. Entonces emprendieron juntos el largo viaje hacia las tierras de donde él viniera.

El anciano cacique sintió destrozársele el corazón; pero no derramó ni una sola lágrima en la despedida. Sin embargo, le entró en el alma una tristeza honda, muy honda.

— Padre... ¡volveremos pronto! — le había dicho Iraí al partir.

Y él abrigaba esa esperanza, que era como un rayito de sol en la oscuridad de su pena.

Desde entonces, todas las tardes salía de su choza y se alejaba de ella en dirección al campo. Allí aplicaba su oreja a la tierra: el mejor medio de percibir los ruidos lejanos. Creía así oír alguna vez el paso de su hija que volvía.

Uno y otro y otro día, el anciano iba al campo y aplicaba su oreja a la buena tierra que había de avisarle el regreso de la hija ausente. Pero ésta, aunque recordaba a su padre y lo amaba como siempre lo había amado, no podía volver, y se resignaba pensando en él y pidiendo a Tupá que lo protegiera.


Timbó colorado
(Enterolobium contortisiliquum)


Una tarde, no volvió el viejo cacique a su choza.

En la tribu se alarmaron por su ausencia y salieron buscarlo en todas direcciones. Lo hallaron sin vida, en suelo, en la misma posición de aplicar la oreja a la tierra.

Lo levantaron, y ¡cuál no sería la sorpresa que recibieron, al ver que la oreja del cacique se desprendía y se queda allí, donde tantas veces él había querido percibir la llegada de su hija!

Nuestra leyenda cuenta también que después de transcurrido un tiempo, nació en ese mismo lugar una planta que creció hasta llegar a ser un hermosísimo árbol.

Los timbúes lo llamaron Cambá-nambí, que en su lengua significa “oreja de negro”.

Es el “timbó”, también llamado pacará.

Y decían nuestros indios que en este hermoso árbol, de elevado tronco y de frondosa copa en forma de sombrilla, mora el alma del viejo cacique para divisar desde lo alto la figura de la hija cuyos pasos nunca oyó y para cobijarnos a su sombra como un amoroso padre.

REFERENCIAS (Del libro Ibakuí)

El timbó, pacará u oreja de negro, es un hermosísimo árbol que alcanza un desarrollo extraordinario destacándose en los bosques por su gran altura y su espeso follaje.

No sólo es muy apreciado por la maravillosa sombra que da su copa en forma de sombrilla, sino porque es un árbol sumamente útil.

La corteza de su tronco contiene tanino, por lo que se la emplea en las curtiembres.

La madera, aunque floja, es usada en carpintería. Cuando se seca, produce el mismo efecto que el rapé. Los frutos son vainas de color muy oscuro en forma de oreja (de allí su nombre “oreja de negro”).

Se utiliza para fabricar tinta. El tallo, la madera y el fruto contienen saponina, por lo que en las provincias del norte se los emplea como jabón.

Abunda en el norte de nuestro país y se lo ve en algunas calles y plazas de Buenos Aires.

En el barrio de Caballito, Buenos Aires, en la intersección de las calles Puán y Montes, existe actualmente un pacará histórico. Bajo su sombra, hace más de cien años, el Deán Saturnino Segurola aplicó las primeras vacunas a los vecinos del lugar. Se lo conoce con el nombre de pacará de Segurola.


Fuente: Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Tomo XX: YUQUERÍ (Mimosa - Sensitiva)
Material compilado y revisado por la educadora argentina
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org)

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/04/el-timbo.html

viernes, 15 de octubre de 2010

EL CARAU

Nombre cientifico: Aramus guarauna
Nombre Vulgar: Caraú
Foto: Pablo M. Morales




Carau es el nombre onomatopéyico de un ave zancuda, de plumaje negro, de vuelo torpe, que habita en lagunas, esteros y bañados correntinos. Como su nombre lo indica su característica es su grito que lo emite casi toda la noche o ante la proximidad de algún extraño a la comunidad en que vive.

Cuenta la leyenda que Carau fue un muchacho apuesto y muy buen bailarín, aparte de guitarrero y cantor, que vivía en compañía de su madre, para quien eran todos sus cuidados y desvelos. Pero cierta vez que ella enfermó seriamente, Carau agotó sus esfuerzos para atenderla con medicación casera, y al no tener mejoría resolvió marchar al atardecer hacia el pueblo más próximo, distante varias leguas del rancho.

En el camino encontró un baile, donde se acercó por curiosidad, pero enseguida se confundió con los bailarines, atraído por una muchacha muy agraciada, que a su vez coqueteaba con él, teniendo en cuenta que sobresalía entre todos, por su postura y elegancia. Olvidando por completo la enfermedad de su madre, continuó bailando toda la noche hasta que de madrugada un amigo le trajo la noticia que su madre había muerto.

...¡NO IMPORTA MI BUEN AMIGO - respondió Carau - hay tiempo para llorar!

Sin embargo, atormentado por el remordimiento salió del baile para hacerse cargo de su madre muerta.

Cuenta la leyenda que durante mucho tiempo peregrinó por el pago sin hallar consuelo.

La ropa oscura que usaba, desgastada y desteñida por el tiempo y la intemperie se hizo trizas transformándose después en plumas, los brazos se volvieron alas y el cuerpo adquirió la forma de un ave.

Se largó a vivir y llorar por los esteros.

Cuenta la leyenda que la muchacha que lo retuvo en el baile, también se convirtió en ave, tomando la forma de la pollona, y lo acompaña al Carau en su constante peregrinar.

domingo, 29 de agosto de 2010

EL YAGUARETÉ-ABÁ, EL HOMBRE-TIGRE

Descripción: Tríptico realizado en técnica mixta de grafito, acuarela y tinta.
Narra la leyenda del hombre tigre de la selva misionera de Argentina.
Jorge Bernard (Argentina)
Dibujo (2006)
http://www.artelista.com/obra/7579948027071986-elyaguareteaba.html




Ésta es una tradición que hunde sus raíces mucho más atrás de la conquista española. Sin embargo la transmisión actual presenta elementos culturales hispánicos.

Más atrás, también, de la formación misma de la nación guaraní, porque expresa la necesidad del hombre (de todos los hombres) de entender y de aceptar su lado animal.

Por eso en casi todas las culturas (sobre todo, en las que tienen una fuerte comunión con la naturaleza) han aparecido y aparecen estas transformaciones de hombres en fieras y de fieras en hombres.

En nuestra América- desde México hasta el Río de la Plata- la fiera elegida ha sido siempre el jaguar, casi el único cazador que se atreve a competir frente a frente con el hombre, el mayor de los predadores.

Porque el jaguar no sólo es la fuerza bruta burlada por la astucia del zorro. Es también el poderoso enemigo que asalta por sorpresa a una víctima desprevenida, inferior en fuerzas y frecuentemente indefensa; ni más ni menos que lo que hace un cazador o un guerrero. Y cazadores y guerreros siguieron siendo, a pesar del excelente desarrollo de su agricultura, los guaraníes.

Quizá por todo esto la tradición del yaguareté-abá sigue tan viva también en las poblaciones criollas y mestizas que, alejadas de las grandes ciudades, habitan las provincias argentinas de Entre Ríos, Corrientes, Misiones y gran parte de la República del Paraguay.

Para los viejos pobladores- que aseguraban temerlo y conocerlo, y hasta haberlo visto-, el yaguareté-abá era siempre, un indio viejo bautizado, ya hombre de pocas fuerzas, que necesitaba convertirse en tigre para vengar alguna afrenta grave.

Y así describían la forma en que lograba la transformación: en lugar solitario, preferentemente de noche y en medio del monte, el viejo se echaba sobre el cuero de un yaguareté, de izquierda a derecha, rezando al mismo tiempo un credo al revés.

Así recuperaba todo su potencial juvenil y animal y, convertido en fiera, estaba en condiciones de castigar a su enemigo. Pero los muy conocedores agregaban algo más: ese hombre transformado en el terrible felino no era exactamente igual a un jaguar, ya que tenía siempre la cola muy corta (era casi rabón) y carecía de pelos en la frente.

Para volver a la forma humana, el hombre-tigre debía repetir la misma ceremonia: revolcarse otra vez en secreto sobre el cuero de yaguareté, pero ahora de derecha a izquierda, y recitando el credo tal como se lo había enseñado de chico en la capilla del pueblo o la misión.

domingo, 30 de mayo de 2010

EL JACARANDÁ





Cuentan los que saben pues lo han oído de bocas que saben que hace ya mucho tiempo en lo que hoy conocemos como la provincia argentina de Corrientes, se instalaron los recién llegados españoles.

Vinieron los conquistadores con sus familias y entre ellos llegó un caballero que traía consigo a su hija llamada Pilar.

Era la niña una bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera, que miraba asombrada el extraño nuevo mundo al que su padre la había conducido.

Todo era nuevo para ella, los colores, los aromas, las texturas, las costumbres y los sonidos.

Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían su misión evangelizadora y civilizadora, enseñando a los guaraníes, naturales de la zona, tanto su religión como nuevos modos de cultivar la tierra.

Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos, o, como descargando en ella su furia y su impotencia al verse prisionero.

Una tarde en que Pilar salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté.

Fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos.

El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos.

Desde ese momento el indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven.

Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció con su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo.

No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que, sin palabras, sus espíritus y sus corazones se entrecruzaron y se conocieron.

Mbareté, decidido, pidió al sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Aprendió rápido las palabras necesarias para decirle a Pilar cuánto la amaba desde el primer día en que se conocieron. Día tras día buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle.

La oportunidad llegó. La joven estaba rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo, el joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron. Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español, balbuceante al principio, firme después, confesándole su amor.

Pilar confundida, y también emocionada, se ruborizó, y trató de ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.

Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas. Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo concluida, amparándose en las sombras de una noche en que Yasy, (la luna) les brindó su complicidad, escapó con su amado.

A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había desaparecido.

Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda.

Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río. Sigilosamente, tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa, con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.

El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo; de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por su propio padre.

Al ver esto, Mbareté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse. Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.

El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción.

Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus diferencias de raza.

Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja, en vez de la sangre que esperaba ver, se erguía un hermoso árbol de tronco fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la brisa.

El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.

jueves, 25 de marzo de 2010

EL POMBERO Y LOS NIÑOS.


En los montes y en los esteros de Corrientes cuentan que el Pombero es un hombre alto y flaco, cubierto con un grandísimo sombrero de paja, que recorre los lugares solitarios a la hora de siesta para proteger a los pajaritos de la selva.

Porque el Pombero sabe que los chicos del campo, justo a esa hora, suelen escaparse de sus padres -que, sobre todo en verano, duermen largas y profundas siestas- para cazar pajaritos.

Y si el Pombero se cruza con algún chico vagando con esa intenciones -¡que no lleve, por Dios, una honda o gomera en la mano, o colgada del cuello!-, primero trata de disuadirlo, cosa que por lo general consigue. Pero, si no lo logra, ¿es capaz de llevárselo, separándolo para siempre de sus padres!

Por eso los chicos que conocen al Pombero respetan a los pajaritos de la selva, para que sigan alegrando con su canto, más y más generaciones de chicos y de grandes.

martes, 9 de marzo de 2010

URUTAÚ

URUTAÚ

Ñeambuí era hija de un aguerrido cacique guaraní, que se había instalado con su gente en un lugar hermoso, muy codiciado por sus vecinos.

La joven guardaba un recuerdo triste de las continuas luchas que su padre debió enfrentar para conservar ese paraje de la invasión de sus enemigos, y de cómo el cacique con el correr de los años se había vuelto cada vez más duro e implacable.

Hacía tiempo que Cuimaé, el joven cacique de una tribu vecina, estaba enamorado de Ñeambuí. La muchacha aceptaba los regalos que le traía su pretendiente, pero después corría al monte a jugar con los pájaros y a trenzar guirnaldas de flores para adornar sus cabellos negros.

Un día su padre le ordenó que aceptara a Cuimaé por esposo, así las dos tribus unidas podrían luchar mejor frente a cualquier invasor.

Ñeambuí obedeció el mandato de su padre y Cuimaé, feliz, comenzó los preparativos para la boda. La joven también se sintió contenta, aunque seguía recorriendo el monte a pesar de las advertencias de su enamorado, quien temía por ella, ya que conocía muy bien los peligros de la selva.

Una mañana la joven escuchó gritos y al salir de, su toldo vio a los guerreros preparándose para la lucha; una tribu vecina se aprestaba para invadirlos y el cacique, ayudado por Cuimaé iba decidido a luchar hasta las últimas consecuencias.

Después que partieron, Ñeambuí se refugió de nuevo en su toldo; no podía unirse a las otras mujeres de la tribu, que sentadas alrededor de una fogata, clamaban por el triunfo de sus hombres. Sufría demasiado al imaginar la lucha, pues pensar en los heridos y muertos de uno u otro bando, la llenaba de tristeza.

Llegó la noche y aún los guerreros no habían vuelto, cuando Ñeambuí escuchó de pronto un extraño lamento.

Primero sintió miedo, pero después casi contra su voluntad, se asomó afuera y vio la sombra de un hombre, iluminada por la luz tenue de la luna. Le pareció que se paralizaba de terror, y ya estaba a punto de pedir auxilio, cuando la sombra se desplomó. Entonces impulsada por una fuerza extraña se acercó y vio a un joven indio tendido en el suelo.

Por su vestimenta se dio cuenta que era de una tribu enemiga y al inclinarse sobre él, descubrió que tenía una profunda herida en una pierna. Supuso que, confundido, no se había dado cuenta que se introducía en el campamento del enemigo.

Sacando, fuerzas de flaqueza, la muchacha lo arrastró hasta ocultarlo detrás de su toldo, que quedaba algo apartado de los demás. Después buscó hierbas y ungüentos que aplicó sobre la herida del joven. Este abrió un momento los Ojos y al verla, la miró extasiado. No entendía cómo esa bella muchacha lo estaba cuidando. Desconcertado, pero ya más aliviado de su dolor quedó dormido.

Cuando Ñeambuí lo vio descansar tranquilo, entró rápidamente en su toldo y trató de calmarse. Temía por la suerte del joven enemigo y conociendo el carácter de su padre, deseó que el muchacho, una vez repuesto, se alejara de allí lo antes posible.

Envuelta en sus temores quedó ella también dormida y soñó con el indio herido, cuyas facciones le hablan parecido muy dulces.

La despertaron los gritos de los hombres que volvían de la lucha. Temblando se asomó afuera y escuchó que su padre y Cuimaé la saludaban; se acercó tratando de no hacer caso de los latidos de su corazón.

La mirada de los guerreros era dura; habían podido frenar los avances del enemigo, pero a costa de la pérdida de muchos hombres.

El cacique dijo a su hija:

-Muy pronto se festejarán tus esponsales con Cuimaé; es un valiente guerrero y tendremos que partir de nuevo, pero antes quiero que sea tu esposo.

La joven se inclinó ante su padre, mientras Cuimaé se adelantaba para abrazarla. En eso se escucharon gritos y algunos soldados trajeron prisionero al joven enemigo. Lo arrastraban, ya que apenas podía caminar y el cacique, ordenó que lo encerraran inmediatamente.

La muchacha no pudo evitar lanzar un suave quejido; sólo, fue escuchado por Cuimaé que observó la palidez de su rostro y mil sospechas lo invadieron. Hacía tanto que esperaba a Ñeambuí, hacía tan poco que ella le sonreía como aceptando su cariño, que ya no podía tolerar ningún rechazo. Fue así que preparó los festejos para la boda con un apuro febril.

Ñeambuí por el contrario parecía languidecer día a día y mientras las mujeres de la tribu le probaban la túnica nupcial, mientras alrededor de ella los preparativos se sucedían unos a otros, permanecía pasiva en medio del bullicio...

La mirada resignada del joven prisionero la perseguía constantemente, y a menudo paseaba como por casualidad frente al toldo donde estaba encerrado.

El joven también se había sentido hechizado por la dulce india y aunque sus miradas sólo se encontraban fugazmente, expresaban todo lo que los dos sentían.

Nadie se percató de lo que sucedía; sólo Cuimaé no perdía los gestos y miradas de la joven, y sentía su corazón estallar de dolor.

La noche anterior a la boda se celebró un festejo prenupcial; después toda la toldería quedó dormida, menos Ñeambuí. Se acercó sigilosamente al toldo del prisionero... hasta su guardián dormía. Haciendo un gran esfuerzo pudo desatar las lianas que lo sujetaban y los dos huyeron al monte.

Allí, apenas iluminados por la luna, se abrazaron; no se imaginaban que Cuimaé, enloquecido de celos los había seguido.

Desesperado, el joven cacique sacó la flecha más afilada de su carcaj y, armando su arco, la despidió con fuerza sobrehumana. Ñeambuí y el joven se desplomaron, mientras la selva vibró bruscamente, sacudida por una carcajada de loco.

Amor y odio habían sido demasiado fuertes para Cuimaé, pero los dioses se compadecieron de él y lo convirtieron en ave... Desde entonces el Urutaú recorre los campos con sus tristes lamentos. Todas las noches llora a su bienamada y recién descansa al amanecer.

miércoles, 13 de enero de 2010

LA CRUZ DE LOS MILAGROS



Hay en la Iglesia del Milagro, en Corrientes, una rústica cruz que es venerada con el nombre de "Cruz de los Milagros".

Una curiosa leyenda justifica ese nombre.

Cuenta la tradición que los españoles, cuando fundaron San Juan de Vera de las Siete Corrientes, hoy Corrientes, después de elegir el lugar y antes de levantar el fuerte, decidieron erigir una gran cruz, símbolo de su fe cristiana. La construyeron con una rama seca del bosque vecino, la plantaron luego, y a su alrededor edificaron el fuerte, con ramas y troncos de la selva.

Construido el fuerte y encerrados en él, los españoles se defendían de los asaltos que, desde el día siguiente, les llevaban sin cesar las tribus de los guaraníes, a los cuales derrotaban diariamente, con tanta astucia como denuedo.

Los indios, de una naturaleza impresionable, atribuían sus desastres a la cruz, por lo que decidieron quemarla, para destruir su maleficio.

Se retiraron a sus selvas, en espera de una ocasión favorable, la cual se les presentó un día en que los españoles, por exceso de confianza, dejaron el fuerte casi abandonado.

La indiada, en gran número, rodeó la población, en tanto que huían los pocos españoles de la guardia, escondiéndose entre los matorrales.

Con ramas de quebracho hicieron los indios una gran hoguera, al pie de la cruz que se levantaba en medio del fuerte, las llamas lamían la madera sin quemarla; un indio tomó 1 rama encendida y la acercó a los brazos del madero; entonces, en el cielo límpido, fue vista de pronto una nube, de la cual partió un rayo que dio muerte al salvaje.

Cuando los otros guaraníes lo vieron caer fulminado a los pies de la cruz, huyeron despavoridos a sus selvas, convencidos de que el mismo cielo protegía a los hombres blancos.
Los españoles, que escondidos entre la maleza presenciaban tan asombrosa escena, divulgaron luego este suceso, que no cayó, por cierto en el olvido.

En la Iglesia del Milagro, en Corrientes, se encuentra hoy la Cruz de los Milagros: se la guarda en una caja de cristal de roca, donada por la colectividad española.

miércoles, 25 de febrero de 2009

EL SOL ROJO




Entre los indios mocoretaes había uno, joven, aguerrido y valiente llamado Igtá (hábil nadador) que amaba a la más buena y hermosa de las mujeres de su tribu, Picazú (paloma torcaza), y quería casarse con ella.

Los padres de Picazú consintieron en que se realizase tal boda; pero siendo necesaria para ello la aprobación de la Luna, llamaron al Tuyá (adivino) de la tribu para que la consultara.

Era una noche plácida y serena.

La luz blanca, clara, brillante y hermosa de la Luna iluminaba los campos y las tolderías de los indios. Y el Tuyá interpretó:

-Esa luz que nos envía la Luna significa que ella aprueba satisfecha la boda de Igtá y Picazú.

Entonces, el Jefe de la tribu ordenó a Igtá demostrase a todos que en verdad era digno y merecedor de tomar compañera. Para ello debía arrojarse a las aguas de la laguna y nadar durante largo rato. Después, ir en busca de un gran número de presas de caza.

Igtá, que era excelente nadador y había cazado mucho desde su niñez, realizó las pruebas con el mayor éxito, pues nadó cuanto se lo pidió y trajo entre sus brazos abundante caza.
Las ceremonias de la boda se realizaron una noche, después de tres lunas. Se encendió una gran hoguera, a cuyo alrededor todos los indios comían, bebían, bailaban y cantaban, festejando tan gran acontecimiento.

Pero algo faltaba para que Igtá y Picazú fueran felices: tener la seguridad de que Tupá, su dios bueno, había aprobado también la boda. Y esperaron.

¡Cuál no sería su pena y desconsuelo, cuando llegada la noche siguiente comenzó a caer una copiosa lluvia!

Eran las lágrimas de Tupá las que caían sobre la tribu para significar el descontento y desaprobación del dios por haberse realizado la unión de los jóvenes indios.

Igtá y Picazú no podían, pues, continuar unidos perteneciendo a la tribu. Debían huir y arrojarse a las aguas de la laguna. Allí había una isla donde moraban todos los que se habían casado contrariando la voluntad de Tupá. Los dos debían ir a esa isla para no volver jamás.

Al día siguiente cesó la lluvia. Y por la tarde, a la hora en que el sol iba a ocultarse en el ocaso, Igtá y Picazú se arrojaron al agua y comenzaron a nadar.

Los indios de su tribu, reunidos a orillas de la laguna, viéndolos alejarse lentamente, los injuriaban y maldecían para aplacar el enojo de Tupá y evitar sus castigos, pues ésta era su creencia.

Igtá, hábil nadador, consiguió nadar buen trecho, ayudando también a su infortunada compañera. Poco faltaba a Igtá y Picazú para llegar sanos y salvos a la isla, cuando una nueva desgracia cayó sobre ellos: Ñuatí (Espina), un guerrero malvado de la tribu, les arrojó una flecha.

Todos los indios lo imitaron, y entonces fue una lluvia de flechas la que llegó hasta Picazú e Igtá, quienes, heridos quizás por ellas, desaparecieron de la superficie de las aguas.

En ese preciso instante el sol, que se hundía en el horizonte, tomó un intenso color rojo; y su luz tiñó la laguna e iluminó de rojo los campos y el cielo.

Esto llenó de asombro a los indios, los que, atemorizados, huyeron velozmente, alejándose de la laguna.

Mientras tanto Igtá y Picazú, ayudados sin duda por Tupá porque eran buenos, lograban salvarse y llegar a la isla, donde podrían al fin vivir felices, pues se amaban mucho.


VOCABULARIO

Tupá: Dios bueno de los guaraníes.
Tuyá: Anciano de la tribu. Consultaba los astros. Curandero y sacerdote.
Igtá: Hábil nadador.
Picazú: Paloma torcaza.
Ñuatí: Espina.


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viernes, 6 de febrero de 2009

FUTURA LUNA


Mientras Pa-pa Mirí terminaba la Tierra, apareció un chico (dios), Paí Reté Kuaraí (“Nuestro Señor Cuerpo como el Sol” – Nuestro Señor del Cuerpo Resplandeciente), uno de los primeros en poblar la Tierra. Este vivía solo, sabía cazar, pescar, conseguir comida y cocinar.

Un día mientras éste caminaba se encontró con los Seres Primitivos, que no eran hombres ni animales, sino seres malignos que comían a primeros que se les acercaban.

Primero se hicieron amigos del chico pero siempre intentaban matarlo, obviamente no podían porque el chico era un dios, por lo tanto éste no se daba cuenta de los fines de sus “amigos”.

Entonces decidieron que este se quedará con ellos mientras engordaba por si encontraban la forma de matarlo.

Como Paí Reté Kuaraí se sentía solo decidió crear una hermana, Yacyrá (“Futura Luna”). A los Seres Primitivos les agradó, por que iban a tener más comida.

Un día los Seres Primitivos se encontraban sin alimentos y los hermanos decidieron buscarlos por ellos. En su búsqueda vieron a un loro, le tiraron un flechazo pero la flecha no le pegó porque era un animal especial, el Loro del Discreto Hablar, que por cierto era muy sabio. Éste les informó sobre los fines de los Seres Primitivos. Para vengarse Paí Reté Kuaraí junto con su hermana, Yacyrá, les dijeron a sus “amigos” que cruzarán el río con un tronco y que del otro lado se encontrarían con abundantes alimentos.

Cuando éstos estaban cruzando, los hermanos dieron vuelta al tronco, por lo tanto cayeron; Paí Reté Kuaraí exclamó: conviértanse en animales de agua, en consecuencia se convirtieron en nutrias, yacarés, peces, etc.

Pero una mujer (embarazada) de los Seres Primitivos, muy ágil, logró saltar a la orilla. Enojado Paí Reté Kuaraí la convirtió en Yaguareté que luego tuvo mellizos, una pareja, que a la vez tuvo más crías.

Los hermanos crecieron. Paí Reté Kuaraí inventó nuevas plantas y le explicó a su hermana para que se utilizara o servían. Creó la yerba mate de los hombros de una mujer triste.

Luego, Paí Reté Kuaraí se quedó solo, porque su hermana se metía en problemas entrando en casas ajenas, por esta razón un día le tendieron una trampa y muerta de vergüenza decidió irse al cielo, al que subió por una “cuerda” hecha con flechas, como le había enseñado su hermano.

Una vez en el Cielo se convirtió en Yacy (la luna). Y ahora se lo puede ver en el cielo, todavía con la cara manchada, resultado de la trampa. Y por eso es que antes tenía bien puesto el nombre de Yacyrá, es decir “Futura Luna”.


miércoles, 7 de enero de 2009

EL GAUCHITO GIL


Santuario al Gauchito Gil al costado de la ruta. Las tacuaras con banderas coloradas son indicadores de los lugares de culto ubicados a la vera de rutas y caminos.




Antonio Mamerto Gil Núñez, correntino mercedeño, vivió al margen de la ley, obligado por las circunstancias, según los sostenedores de la leyenda.

También se le adjudica la conducta de robar a los poderosos para ayudar los pobres.

Se estima que por su fuerte y decidido amor a la libertad, que no obedecía obsecuentemente a los "señores" de su época, ganó la simpatía de muchos anónimos y resignados correntinos, que vieron en él, su reivindicación.

Siempre contó con la protección de sus paisanos, que no sólo lo escondían de la policía, sino que disimuladamente dejaban un caballo de refresco, ensillado "por si lo precisa Gil".

Cada 8 de enero, en el Paí Ubre, una encrucijada de caminos cercana a la ciudad de Mercedes, Corrientes, se dan cita miles de devotos creyentes en los favores y mercedes de este santo pagano. Además es costumbre por todos los camioneros o conductores que pasen frente a su santuario, tocar bocina para saludarlo, o detener la marcha un momento para elevarle oraciones. Llevan como souvenir cintas rojas que luego colgarán dentro de la cabina de manejo, estampas, o eligen entre una enorme variedad de objetos preparados en el mercado paralelo al de la fe que allí florece.

El 8 de enero, aniversario de su muerte, los administradores del culto (particulares) llevan la cruz del santuario hasta la iglesia de Mercedes. Una vez bendecida, es traída en procesión hasta el lugar del rito, donde comienza el incesante desfile de creyentes que depositan ofrendas de todo tipo, y se dejan llevar por el clima de fiesta, cantando y bailando al compás de alegres chamamé que interpretan conjuntos profesionales y aficionados.

Una leyenda justifica tanto fervor, y ésta está preñada de elementos católicos, cuya iglesia, a pesar de negarlo como culto oficial, ve con buenos ojos y además contribuye a la expansión del mito.

Dicen que por razones políticas, Antonio Gil debió huir a los campos, acosado por poderosos estancieros que quisieron embarcarlo como combatiente en las luchas de las fracciones políticas de Corrientes de la época, los Azules y Colorados. En la clandestinidad, carnea animales de las estancias para comer, y de paso invita a los pobrísimos gauchos lugareños.

Sorprendido por la policía, una partida lo llevaba a la ciudad de Goya para su juzgamiento. Al estilo de la época, el jefe de la partida, para evitar el agotador viaje a caballo, decide ejecutarlo, total informaría "intento de fuga". El suboficial se apresta a degollar a Antonio Gil, previamente colgado de sus pies a un algarrobo, cuando el reo le dice que espere, que un chasque traía la orden de liberación, lo cual no es escuchado. En realidad, un antiguo jefe político había conseguido el perdón.
Cuando nuevamente el policía se dispone a ejecutarlo, Gil le informa que deberá invocarlo en sus rezos al llegar a su casa, para salvar al hijo que estaba muy grave de salud. La brutal matanza se lleva a cabo. A los pocos minutos llega el mensaje con la orden de liberación, pera ya era tarde. También el agente al llegar a su casa comprueba la gravedad de la enfermedad de su hijo. Reza a Gil, y milagrosamente el niño sana. Cuando estos hechos son relatados, la noticia corre como reguero de pólvora y al lugar del asesinato llegan sinceros y sencillos habitantes para pedir gracia al milagroso gaucho. El mito crece a ritmo sorprendente y llega a nuestros días, con una proliferación de santuarios, no solo en Corrientes y Chaco, sino en el norte santafecino y provincia de Buenos Aires.

Los administradores del culto, hábilmente, venden folletos contando otra historia que afirma más la fe de los devotos. Por supuesto se encargan de contarla boca a boca. Dice esta leyenda, que cuando comenzaron a llegar los seguidores de Gil a la tumba, el dueño de la estancia La Estrella con campos contiguos a ésta, consiguió permiso para trasladar los restos del gauchito hasta el cementerio de Mercedes, aduciendo rotura de alambres y excitación de la hacienda. Llevado el cuerpo al cementerio urbano, comienzan las penurias para el estanciero.

Mueren inexplicablemente sus animales, se enferman miembros de su familia, azotan sus campos tormentas y toda de clases de inconvenientes no lo dejan descansar. Convencido de que se trataba de un "mensaje", trae los restos a su lugar de emplazamiento original, terminando milagrosamente todos sus males.

viernes, 23 de mayo de 2008

EL CAZADOR VANIDOSO


Ya sabemos que el Curupí es torpe y desmañado para moverse.

Cosa rara en un duende de la selva: pero es así porque no tiene coyunturas como nosotros, y le cuesta inclinarse, por ejemplo, para revisarse la planta de los pies, que además los tiene al revés, con el talón para adelante.

Un día, el Curupí estaba echado en el suelo, quejándose y tratando de quitarse una dolorosa espina que tenía hincada en un pie (el Curupí, claro, anda siempre descalzo).

Tan absorto estaba, que ni oyó al cazador.

- ¿Qué es eso? ¿Una espina? ¡Yo te la saco! Sin terminar de decirlo, ya el ágil cazador se agachaba y el dolor del Curupí desaparecía.

-Gracias, ch`amigo -suspiró el enano-. Y para que no diga que el Curupí es desagradecido, te haré un regalo: esta flecha que jamás yerra un tiro. Eso sí –le previno-: Sólo deberás usarla para alimentar a tu familia. Si intentas matar por gusto, el Curupí te castigará.

¡Una flecha del Curupí!, pensaba el hombre mientras seguía su camino por la selva. Con esa flecha seré el mejor cazador... ¡todos me envidiarán!

Al cruzar uno de los arroyos que debía atravesar, un gran dorado se le escapó de entre las piernas, casi a flor de agua. No era fácil (bien lo sabía) pescar con flecha. Pero, confiado en el poder del Curupí, pensó que el dorado sería una buena cena. Tiró sin apuntar, y en un instante el gran pez flotaba muerto, con la flecha clavada en el corazón.

Orgulloso, llegó a su casa cargando el gran dorado, y esa noche… todos comieron muy bien.
Y ese día siguiente, y al otro, y al otro también. Todas las tardes, el cazador volvía de sus excursiones con grandes mborebíes, sabrosos taitetúes (esos feroces jabalíes americanos que los criollos llamaban chanchos del monte); con pequeños pero exquisitos tatúes, esos armadillos que son deliciosos cuando se los asa en su propio caparazón.

Pronto en toda la tekoá, en la aldea del cazador, no hubo mejor tirador que él.

Pero el payé de la comunidad, el curandero capaz de adivinar el futuro y comunicarse con el mundo sobrenatural, desconfiaba.

¿Habría hecho el cazador algún pacto con Añá, con el mismísimo Diablo? ¿O se habría hecho amigo del Curupí? Para probarlo (y como buen conocedor del alma de los hombres, sabedor de la vanidad que siempre traiciona a quienes han ganado larga fama) lo desafió:

-Has demostrado ser el mejor cazador de la tekoá –le dijo-; pero, ¿Podrías herir en el corazón, en pleno vuelo, a un diminuto minumbí, el pájaro- mosca que salta de flor en flor, más ágil que un camuatí?

Claro, ustedes imaginarán lo que sigue: picado en su vanidad, el cazador aceptó.

Y acompañado por el payé y seguido por los otros cazadores de la aldea, se internó en la selva en busca de un delicioso e indefenso picaflor. Lo encontró libando las flores de un enorme lapacho, muy alto en la copa del gran árbol, y casi sin apuntar –como hacía siempre- disparó la flecha, que describió un gran círculo para clavarse justo, cumpliendo la ley del Curupí, en el mismísimo corazón del vanidoso cazador.