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miércoles, 17 de noviembre de 2010

GASTÓN GORI

Pedro Marangoni


Nació bajo el nombre de Pedro Marangoni en la ciudad de Esperanza, provincia de Santa Fe. Estudió derecho y comenzó a ejercer como abogado, pero luego se dedicó activamente a la literatura. En sus ensayos estudió en detalle la problemática de la inmigración, y especialmente en La Forestal sobre la explotación maderera en los obrajes.

El Ministerio de Educación y Cultura y la Secretaría de Estado de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable, en conmemoración de esta efeméride, desarrollarán una campaña educativa permanente para difundir la importancia de estos recursos naturales y la necesidad de uso racional de los mismos.

La provincia de Santa Fe fomentará, en recordación de esta fecha, la plantación en los espacios públicos de especies arbóreas del bosque nativo santafesino e invitará a los municipios y comunas a adherir a estos actos.

El Poder Ejecutivo habilitará las partidas presupuestarias necesarias a los fines de la instrumentación de la citada norma legal.

El gobernador Jorge Obeid promulgó la ley N° 12.377, sancionada por la Legislatura de la provincia, por la que se declara al 17 de noviembre -fecha del nacimiento y de la muerte del escritor Gastón Gori- como el “Día de la defensa de los montes y bosques santafesinos”. Fuente: SM

GASTÓN GORI

El reconocido escritor nació el 17 de noviembre de 1915 en Esperanza, estudio en la Escuela Normal de Maestros de la cabecera del departamento Las Colonias, realizando sus estudios de derecho en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral.

Al radicarse en la ciudad de Santa Fe, ejerció la profesión de abogado y luego se dedicó en forma amplia a la actividad literaria, cuando publica su ensayo "Anatole France", en 1940.

En sus primeros libros, Gori reveló notables investigaciones sobre la entrega de campos a hacendados y agricultores y considera sin mistificaciones el trato que se dio a los extranjeros y a las colonias agrícolas.

Estudió con lucidez y rigor metodológico la problemática de la inmigración en el Litoral, entre sus obras se destacaron:

"Colonización Suiza en la Argentina" (1947);
"Ha pasado la nostalgia" (1950;
"La pampa sin gauchos" (1952);
"Familias Colonizadoras" (1954);
"El pan nuestro" (1958);
"Diario del Colonizador Enrique Vollenweider" (1958);
"Tierra, inmigrantes y colonias" (1962) e
"Inmigración y colonización en la Argentina".

En 1951 se editó uno de los ensayos fundamentales: "Vagos y mal entretenidos" y 14 años después, la primera edición de "La Forestal: la tragedia del quebracho colorado", que se mantiene como un hito en los ensayos testimoniales y de denuncia sobre la explotación en los obrajes madereros del norte santafesino.

La obra de Pedro Marangoni (nombre real de Gori) mereció innumerables distinciones, entre ellas, el Premio regional de la Comisión Nacional de Cultura; de la ASDE (Asociación Santafesina de Escritores); el Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y miembro de la Academia Argentina de Letras.

Gastón Gori falleció en la ciudad de Santa Fe, el 17 de noviembre de 2004, el día que cumplía 89 años de edad.

En homenaje a Gastón Gori, se declaró al 17 de noviembre como el “Día de la defensa de los montes y bosques”

Nota:

La Forestal (The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited) es el nombre de una empresa argentina de capitales extranjeros que manejó buena parte de la actividad política y económica de un sector del norte argentino a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX.

Su nombre es tristemente recordado por haber significado la destrucción de una parte importante de los recursos naturales, la explotación de sus trabajadores y los oscuros contactos con el poder de turno.

Fuente: http://es.wikipedia.org
http://www.sinmordaza.com
http://www.elortiba.org/forestal.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/el-quebracho-colorado.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/05/mito-del-quebracho-cine-greenpeace.html



jueves, 11 de noviembre de 2010

EL CAMALOTE


Eichhornia crassipes, jacinto de agua común, camalote
Especie invasora de planta acuática, de la familia de las Pontederiaceae; endémica del Amazonas y de la cuenca del río Paraná.

También es usada como planta medicinal.



Ivopé, el hijo del cacique Curivai, y Atí, se casaban. Contaba ya el pretendiente con el consentimiento del padre de ella y debía cumplir, antes de realizar su propósito, la condición exigida por el cacique, siguiendo una costumbre de la raza: levantar su cabaña y tener su parcela de tierra para cultivar, a fin de poder subvenir a las necesidades de la nueva familia.

Por eso Ivopé se hallaba en plena tarea. Había cortado gruesas ramas destinadas al armazón de la vivienda y las había clavado en el suelo, en los cuatro vértices que corresponderían a un rectángulo.

Muchos troncos se amontonaban a su lado. Con ellos construiría las paredes de la cabaña, una de las cuales ya había comenzado a levantar, colocando los troncos uno al lado del otro, verticalmente. Luego los aseguraría con cañas transversales, atadas con fibras de güembé.

Una vez cumplida esta parte de la construcción, revestiría las paredes de barro, y para el techo debía hacer un armazón a dos aguas que sería recubierto con hojas de palma y paja.

Después debía pensar en el fogón, que instalaría cerca de la puerta.

Allí también pondría un mortero de madera para pisar el maíz.

Atí tejía una hamaca de algodón que colgarían en el interior de la cabaña.

Lechos formados por fuerte armazón de ramas, cubiertos con hojas de palmeras pensaba construir Ivopé una vez que terminara la vivienda.

Más de una luna le llevaría esta tarea; pero la realizaba con placer pues ésa sería su oga desde que se casara. Ese sería el hogar de su tembirecó y el de sus hijos.

La canoa, construida con el tronco de un yuchán cortado transversalmente y excavado luego, estaba en la playa, junto a las aguas del río.

A la distancia se veían varios hombres y mujeres trabajando en el campo. Unos labraban la tierra con palas de madera; otros recogían curapepé o mandi-ó.

Bajo un gran jacarandá florecido, cuyas flores de color añil, al caer, pintaban la hierba con manchas de cielo, una indiecita, sentada en el suelo, enhebraba las campanitas violadas en una delgada fibra de yuchán, y hacía collares con que adornaba su cuello y pulseras que envolvía en sus brazos.

A su lado, un indiecito de ocho años más o menos, manejaba el arco con la habilidad de un experto cazador, característica que distinguía a todos los niños de la tribu.

Bien es cierto que se trataba de un arco diferente al usado por los adultos, construido con madera más flexible y más elástica.

Era también más encorvado y de menor tamaño, unido de un extremo a otro por dos cuerdas paralelas, mantenidas a la distancia por dos palitos terminados en horquilla. Casi en el medio de las dos cuerdas, llevaba sujeta una pequeña red donde colocaban el bodoque.

Este bodoque consistía en una bola de arcilla del tamaño de una nuez, cocida al fuego. En una bolsa que tenía a su lado, había gran cantidad de esos proyectiles.

Tenían los niños guaraníes una destreza especial para utilizar esta arma. Tomaban el arco con la mano derecha, mientras con la izquierda colocaban cuatro o cinco bodoques en la red. Tendían el arco y lanzaban los proyectiles contra los pájaros que deseaban cazar y que caían en pleno vuelo, alcanzados por una lluvia de balas.

Pasó el tiempo. Ivopé y Atí tenían un niño de seis años al que llamaban Chululú.

Chululú gozaba de la predilección del cacique, su abuelo. Él le había enseñado a nadar, a manejar el arco, a dirigir una canoa, y era muy común verlos juntos en la costa, pescando con anzuelos de madera o con flechas.

Un día que la tribu se hallaba entregada a sus tareas diarias de labrar la tierra, recoger manduví, miel silvestre o judías, de hilar algodón o de tejer mantas de este material en telares rudimentarios, fueron sorprendidos por la llegada de Ñaró, que venía jadeante en busca del cacique.

Su excitación era mucha, pero el hábito de hablar con voz suave, rasgo preponderante de toda la raza y en general de los aborígenes, no le permitía gritar. Cuando estuvo al lado del jefe indígena, le informó:

-Estaba pescando en el extremo de tierra que entra en el río, cuando distinguí a lo lejos unas manchas oscuras que se acercaban. Al tenerlas un poco más cerca, he visto que son tres embarcaciones de hombres blancos...

-¿Cómo sabes que son embarcaciones de hombres blancos, si jamás han llegado hasta aquí?- preguntó el cacique dudando.

-Yo las conozco- respondió seguro Ñaró. -Yo estuve allá (señalando el sur) con los charrúas... Yo vi a los blancos apoderarse de la tierra de los charrúas...

Los que se habían acercado, al notar que sucedía algo insólito, se miraron entre sí.

Se reunieron de inmediato los principales jefes de familia y decidieron prepararse para atacar a los extranjeros que llegaban, como lo habían hecho con otras tribus, a sojuzgarlos y a apoderarse de sus tierras.

El cacique, como jefe, dio las órdenes. Los hombres dejaron sus útiles de labranza y corrieron en busca de las armas. Las mujeres y los niños se dirigieron al bosque donde estarían más seguros.

Pocos instantes después todo signo de movimiento había desaparecido del lugar. Se hubiera, dicho que era una aldea abandonada.

Cerca de la costa, detrás de los árboles y de los macizos de plantas que crecían exuberantes en esa zona tropical, se ocultaban los. guaraníes, bien armados, el oído alerta y la vista aguda en dirección al lugar donde uno e ellos, que hacía de vigía, daría el aviso del desembarco de los extranjeros.

El sol del mediodía caía a pique cuando anclaron las naves españolas. Un poco después descendían de ellas los marinos que las habían conducido.

Los indígenas miraban azorados, sin dejarse ver. Los extraños vestidos y el aspecto de los extranjeros los asombraron. El calzón corto, el jubón ajustado, la coraza y el casco refulgentes, las largas barbas, muchas de ellas de color claro, fueron motivos de inacabables y asombrosos descubrimientos.

Los españoles marchaban con cautela. Uno de ellos, al frente, observaba con atención, temiendo una desagradable sorpresa. Gente avezada y acostumbrada a estas lides, sabían a qué atenerse con respecto a los naturales. Nunca sobraban las precauciones y aunque el lugar se hallaba aparentemente deshabitado, los toldos, a lo lejos, hacían suponer lo contrario.

Cualquier ruido en la espesura, el que hacía un pájaro al levantar el vuelo, o una alimaña al arrastrarse por la hierba seca, eran motivos de prevención, temiendo, como temían, caer en una emboscada.

No era la primera vez que tenían que vérselas con los indígenas y conocían muy bien su manera de proceder.

Una flecha silbó en sus oídos. El ataque comenzaba.

Se pusieron en guardia. Prepararon sus arcabuces, tomaron puntería y dispararon sus armas parapetándose en las matas tupidas o en los troncos corpulentos que allí abundaban.

Los que habían quedado a bordo esperando este momento, se alistaron para prestar su ayuda, disponiendo los cañones a fin de hacerlos entrar en acción si la necesidad así lo requería.

Los aborígenes, aterrados ante las explosiones de las armas españolas que vomitaban fuego y proyectiles, abandonaron la lucha tratando de huir, convencidos de que, únicamente enviados de Añá, podían lanzar fuego en la forma que lo hacían los invasores.

A esto se habían agregado los cañones de las embarcaciones cuyo estampido logró aterrar a los naturales y cuyas balas, al dar muerte a varios indios, fueron razón más que eficaz para convencer a los indígenas de la superioridad extranjera, a la que no tenían más remedio que someterse.

Pronto terminó lucha tan desigual. Los expedicionarios, al mando del Capitán don Álvaro García de Zúñiga redujeron con facilidad a la población que, con el cacique, quedó a las órdenes de los jefes españoles.

La paz y la tranquilidad volvieron a reinar en la población levantada a orillas del Paraná.

Los blancos construyeron sus viviendas con troncos de árboles dotándolas en lo posible de algunas comodidades a que estaban acostumbrados.

De las embarcaciones bajaron muebles y utensilios traídos al efecto y en un tiempo relativamente corto, se instalaron en las nuevas viviendas.

Muchos de los tripulantes habían llegado con sus mujeres y sus hijos, pues la expedición traía, como principal objeto, colonizar estas tierras en nombre de los Reyes de España.

El Capitán García Zúñiga traía consigo a su única hija, María del Pilar.

La niña, que había perdido a su madre siendo muy pequeña, y que contaba entonces quince años, acompañaba en las expediciones a su padre, cuando las circunstancias lo permitían.

Rubia, de grandes ojos azules y de piel blanca como los pétalos de los jazmines, la niña ofrecía un vivo contraste con las jóvenes indias de piel cobriza, rasgados ojos negros y cabello lacio y renegrido.

Alegre, dulce, y sencilla, unía a su carácter afable una inclinación natural para hacer el bien a todo el que lo necesitare, sin tener en cuenta tiempo ni circunstancias.

Quería mucho a los niños y en la población indígena llegó a ser la inseparable compañera de los indiecitos, a los que enseñaba su lengua, les refería cuentos fantásticos valiéndose de gestos y de palabras sencillas, y los instruía sobre las más elementales costumbres higiénicas, haciendo para ellos vestidos apropiados y regalándoles objetos útiles que causaban la admiración de los pequeños.

Con frecuencia se la veía rodeada de su corte infantil dando paseos por el bosque, donde recogían frutos sabrosos de ñangapirí y de guaviyú que colocaban en cestos tejidos por ellos mismos con fibras de yuchán, o llenaban cántaros de barro con miel silvestre, que los mayores conseguían trepando a los árboles con agilidad y destreza.

Otras veces los paseos eran a la playa. Siendo los guaraníes un pueblo de eximios nadadores, desde pequeños se lanzaban al agua con la mayor naturalidad recorriendo largas distancias sin grandes esfuerzos.

No era raro ver a María del Pilar bajo la sombra de algún árbol corpulento, sentada en la hierba, acompañada por los pequeños indígenas que, ubicados en rueda, escuchaban su voz dulce y su palabra cada día más familiar. Repetían vocablos nuevos y aprendían a conocer a Dios y a los Santos.

Los indiecitos la adoraban y demostraban su cariño ofreciéndoles los más simples y originales presentes: una florecilla perfumada, un pajarito de vistoso plumaje, un caracol, un fruto sabroso y hasta un diminuto caí que le regalara Amangá, ya mayorcito, conseguido por él mismo en la selva, durante una excursión que hiciera con su padre.

Estás ofrendas espontáneas, que eran el orgullo de María del Pilar, enternecían a la jovencita, que las retribuía con una caricia acompañada con amables palabras de agradecimiento.

Conocía la niña, por haberlo necesitado muchas veces en su largo peregrinar con su padre, el uso de muchas medicinas, por lo que no era raro verla acudir al lado de los enfermos, a los que trataba de aliviar en sus dolores.

Su padre la admiraba sintiéndose orgulloso de tener una hija así, tan bondadosa y adornada con las mejores virtudes que le resultaba la más eficaz colaboradora en la empresa que tenía entre manos. Le recordaba a su esposa muerta, de quien María del Pilar había heredado tan bellas prendas.

Hacía más de un año que los españoles llegaran a la aldea indígena estableciéndose en ella.

El verano era sofocante. Los días hermosos, bajo un sol de fuego, eran especiales para estar v en el agua, y los niños no desperdiciaban oportunidad de hacerlo.

Entonces la playa se poblaba de gritos y de algazara. María del Pilar festejaba las travesuras de sus amiguitos y unía su alegría a la de ellos.

Ese día un sol abrasador calcinaba la tierra. Las aguas del río, transparentes y calmas, reflejaban el celeste maravilloso del cielo y la exuberante vegetación de las orillas, como un gran espejo puesto por la naturaleza para reproducir tanta belleza.

De vez en cuando, un pajarillo, al rozar con sus alas las aguas quietas, imprimía a esas aguas un movimiento que se traducía en ondas concéntricas cada vez de mayor tamaño que terminaban por perderse, devolviendo al río su estática quietud.

Nunca mejor oportunidad para darse un chapuzón y gozar de la frescura de las aguas que ese día sofocante.

Así lo pensó también un grupo de niños que llegó dispuesto a arrojarse al río.

No lejos de ese lugar, cobijada de los fuertes rayos del sol por el tupido follaje de un corpulento aguaribay, María del Pilar, que se entretenía cosiendo, los vio llegar.

Como que provenían de una raza de excelentes nadadores, los pequeños se movían en el agua como los mismos peces: zambullían, chapoteaban, hacían mil piruetas que provocaban la risa de la bella española, siempre dispuesta a festejar las ocurrencias de sus amiguitos.

Estaba entre ellos y era uno de los más audaces, Chululú, el nieto del cacique Curivai, que contaba siete años.

A pesar de su corta edad, Chululú ya había dado pruebas de ser un habilísimo nadador. Para él no había profundidades ni distancias. Por eso era él quien se alejaba más de la costa y el que mejor conocía los secretos del río.

Ese día, como siempre, con brazadas seguras y movimientos precisos de su cuerpo ágil, Chululú se separó de sus compañeros nadando hacia el centro del río.

La calma era total. El Paraná, tranquilo, se dejaba invadir por el grupo de niños proporcionándoles momentos de esparcimiento. De pronto el aire trajo el pedido angustioso de:

-¡Socorro! , ¡Por favor! ¡Me ahogo...! ¡Socorro...!

Era Chululú que se debatía en las aguas al tiempo que repetía sin cesar:
-¡Socorro...! ¡Me ahogo!

Los niños, incapaces de prestar ayuda, gritaron también. María del Pilar los oyó. Nadie más que ella se encontraba por los alrededores.

Nadie más que ella podía salvar al pequeño Chululú en peligro, y sin hesitar un segundo, se quitó la amplia falda, la bata y los botines que dificultarían sus movimientos y se lanzó al agua tratando de alcanzar cuanto antes el lugar donde se hallaba el pequeño nadador en apurado trance.

Ella también sabia nadar muy bien y no le seria difícil llegar. Pronto estuvo junto al niño. Trató de tomarlo por el cuello tal como su padre le había enseñado; pero no le fue posible. La ansiedad hizo presa de ella. Chululú perdía fuerzas y ya le resultaba casi imposible mantenerse a flote.

Desesperada, María del Pilar volvió a intentar acercarse al niño que parecía estar cada vez más lejos, y tomarlo pasando su brazo por debajo de su mentón, pero nuevamente comprendió que sus esfuerzos eran inútiles.

Los otros niños, mientras tanto, habían salido del agua. Algunos habían corrido hasta la aldea para avisar sobre lo que ocurría a Chululú. Los otros, miraban azorados desde la playa.

Varias mujeres aparecieron y una de ellas corrió avisar a los hombres que se hallaban en el bosque.

Entre ellos se encontraba el cacique que, enterado del peligro que corrían la valiente jovencita española y su nieto, corrió a la costa del río y se arrojó él también para salvar a los dos. Buen nadador como era, no le sería difícil llegar hasta ellos, aunque ahora se hallaban más alejados, como si la corriente los arrastrara hacia el centro del río.

María del Pilar y Chululú aparecían y desaparecían, por momentos a pesar de los esfuerzos que ambos hacían por mantenerse a flote.

Cuando la valiente española vio que el cacique, con brazadas seguras se acercaba, tomó confianza y con palabras cariñosas trató de infundirla al pequeño que se sentía morir. En ello estaba, cuando las aguas traicioneras, con movimiento envolvente, la atrajeron a su seno y la niña no volvió a reaparecer.

Cuando llegó el cacique al lugar donde su nieto se debatía desesperado, la niña había desaparecido por completo. Otros nadadores que se habían arrojado al agua, buscaron afanosos a María del Pilar; pero todo fue inútil. El río guardaba celoso la presa lograda después de una lucha tan tenaz.

La última visión que tuvieron de ella, fueron sus grandes ojos azules buscando desesperados el socorro que no terminaba de llegar. El cacique, que había conseguido rescatar a su nieto de las aguas traicioneras, lo tendió en la playa para que se recuperara. El pobre niño, con voz desfallecida, balbuceaba: ¡María del Pilar...! ¡María del Pilar...!

Pero su gran amiga, la amiga de todos los niños de la tribu, había desaparecido para siempre.

Una pena muy grande alcanzó a todos, poniendo en sus semblantes una expresión de infinita tristeza por la pérdida de la bondadosa y dulce María del Pilar. Tanto lamentaron los aborígenes su desaparición, tan intenso fue su dolor, que sin duda algún genio bondadoso se compadeció de ellos. Deseando que fuera eterna la presencia de la extranjera, que desde su llegada sólo había sembrado cariño y bondad, transformó su cuerpo muerto en una planta acuática que desde entonces se desliza por la superficie bruñida de las aguas del Paraná. Volvió a nacer, allí donde había perdido su vida humana, repartiéndose luego por los ríos y arroyos de nuestro país.

A esa planta que nosotros llamamos camalote, los guaraníes pusieron de nombre aguapé, y es un hermoso exponente de nuestra flora acuática.

Su mayor belleza reside en sus flores que surgen de entre el tupido follaje como racimos de estrellas celestes aliladas, como celestes eran los hermosos ojos buenos de María del Pilar.

Son esas flores las que simbolizan la singular belleza y la bondad sin límites de la niña española que con su dulzura infinita supo atraer a los aborígenes con mayor eficacia que la lograda con las espadas de los audaces conquistadores hispanos.

Vocabulario

IVOPÉ: Algarrobo
ATÍ: Gaviota
OGA: Casa
TEMBIRECÓ: Esposa
CURAPEPÉ: Zapallo
MANDI-Ó: Mandioca
YUCHÁN: Palo Borracho
MANDUVÍ: Pino
ÑARÓ: Bravo
CHULULÚ: Chorlito
ÑANGAPIRÍ: Nombre de un árbol
GUAVIYÚ: Nombre de un árbol
CA-Í: Monito
AMANGÁ: Hongo
AGUARIBAY: Molle
GÜEMBÉ: Planta parásita salvaje. La corteza de la raíz se usa para hacer cordeles.
AÑÁ: El demonio


Leyenda Guaraní

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
http://www.redargentina.com/leyendas/leyendadelcamalote.asp

Imagen: desdeunlugarmejor.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/04/el-camalote.html

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL TIMBÓ



Iraí!... ¡Hija mía!... ¿Dónde estás?...

¡Ven a mi lado! ¡No te apartes de tu viejo padre!... ¡Tú eres la luz de mis ojos, la alegría de mi corazón, el consuelo de mis penas, el apoyo de mi ancianidad!...

¡Tu cariño es el único sostén de mis últimos años! ¡No te alejes de mí, Iraí! ¡No me abandones nunca!

Quien así hablaba siempre a su hija era Isaraki, el viejo cacique de la tribu de los timbúes que habían establecido sus tolderías en un hermoso lugar, a orillas de nuestro Paraná.

Isaraki, que había perdido toda su familia y se encontraba ya viejo y enfermo, adoraba a su única hija. Era tan grande el cariño que le profesaba que sin su compañía el anciano sentíase solo, triste y abatido.

Iraí era para él una hija solícita y cariñosa. Lo guiaba y lo acompañaba siempre, ayudándolo en todas sus tareas de jefe de la tribu; y como era joven, alegre y bulliciosa, sus risas y sus cantos regocijaban también el corazón del padre.

Iraí había llegado a ser, para el anciano, “la luz de sus ojos, el consuelo de sus penas”, como él le dijera.

Llevaban ambos en su choza una vida tranquila y apacible.

Pero una tarde Iraí notó que su padre estaba, al parecer, muy triste y apenado.

— Padre: ¿qué pesar aflige tu corazón?
¿Qué pensamientos oscurecen tu alma y te hacen callar y pensar tanto? — le interrogó con cariño Iraí.

— Hija mía — replicó el padre con los ojos llenos de lágrimas —, desde hace tiempo un solo pensamiento me tortura.

— ¡Dímelo padre... yo te ayudaré a desecharlo para que vuelvan la calma y la alegría a tu corazón!

¿Es que ya no confías en mí? ¿No crees que mi cariño pueda disipar tu penas? ¿No sabes que daría mi vida por verte contento y feliz?

— Iraí, mi dulce y bondadosa hija...

Tú no podrías aliviar mi dolor. Si...

— Si... ¿qué? — interrumpió Iraí con viva ansiedad, deseosa de conocer el secreto temor de su padre.

— Si tú me faltaras, Iraí, me moriría de pena — continuó diciendo Isaraki.

— ¿Qué dices, padre? — interrumpió nuevamente Iraí —. ¿Por qué piensas en ello? ¿Cómo podría abandonar a mi anciano padre, a quien quiero con todas las fuerzas de mi alma y con toda la ternura de mi corazón? ¿Crees que puedo ser tan ingrata que te deje solo un instante sin mi cariño, sin mi apoyo, sin mi guía? ¡Oh, padre mío... eres injusto si así lo crees!

— Iraí — dijo el viejo cacique al comprender que con sus palabras había entristecido a su hija —, olvida lo que te he dicho. Es tal mi cariño hacia ti, que la sola idea de perderte me llena de angustia y desconsuelo. Sé que nada te separará de tu viejo padre y que viviré hasta mi último día recibiendo como siempre tus cariños y tus cuidados. Y ahora, hija mía, ríe y canta para alegrar esta choza y para que nunca vuelva a entrar en ella la tristeza.

Calló Isaraki.

Iraí guardó silencio. La naturaleza calló también: sobre el campo y sobre la selva caían los postreros rayos del sol poniente. Padre e hija sólo oyeron en aquel crepúsculo el susurro de la fronda de los árboles del bosque mecidos por la suave brisa primaveral.

Transcurrió el tiempo y un día llegó de lejanas tierras un apuesto guerrero que se prendó de la bellísima y bondadosa hija de Isaraki.

Ella se enamoró también de él y se casaron. Entonces emprendieron juntos el largo viaje hacia las tierras de donde él viniera.

El anciano cacique sintió destrozársele el corazón; pero no derramó ni una sola lágrima en la despedida. Sin embargo, le entró en el alma una tristeza honda, muy honda.

— Padre... ¡volveremos pronto! — le había dicho Iraí al partir.

Y él abrigaba esa esperanza, que era como un rayito de sol en la oscuridad de su pena.

Desde entonces, todas las tardes salía de su choza y se alejaba de ella en dirección al campo. Allí aplicaba su oreja a la tierra: el mejor medio de percibir los ruidos lejanos. Creía así oír alguna vez el paso de su hija que volvía.

Uno y otro y otro día, el anciano iba al campo y aplicaba su oreja a la buena tierra que había de avisarle el regreso de la hija ausente. Pero ésta, aunque recordaba a su padre y lo amaba como siempre lo había amado, no podía volver, y se resignaba pensando en él y pidiendo a Tupá que lo protegiera.


Timbó colorado
(Enterolobium contortisiliquum)


Una tarde, no volvió el viejo cacique a su choza.

En la tribu se alarmaron por su ausencia y salieron buscarlo en todas direcciones. Lo hallaron sin vida, en suelo, en la misma posición de aplicar la oreja a la tierra.

Lo levantaron, y ¡cuál no sería la sorpresa que recibieron, al ver que la oreja del cacique se desprendía y se queda allí, donde tantas veces él había querido percibir la llegada de su hija!

Nuestra leyenda cuenta también que después de transcurrido un tiempo, nació en ese mismo lugar una planta que creció hasta llegar a ser un hermosísimo árbol.

Los timbúes lo llamaron Cambá-nambí, que en su lengua significa “oreja de negro”.

Es el “timbó”, también llamado pacará.

Y decían nuestros indios que en este hermoso árbol, de elevado tronco y de frondosa copa en forma de sombrilla, mora el alma del viejo cacique para divisar desde lo alto la figura de la hija cuyos pasos nunca oyó y para cobijarnos a su sombra como un amoroso padre.

REFERENCIAS (Del libro Ibakuí)

El timbó, pacará u oreja de negro, es un hermosísimo árbol que alcanza un desarrollo extraordinario destacándose en los bosques por su gran altura y su espeso follaje.

No sólo es muy apreciado por la maravillosa sombra que da su copa en forma de sombrilla, sino porque es un árbol sumamente útil.

La corteza de su tronco contiene tanino, por lo que se la emplea en las curtiembres.

La madera, aunque floja, es usada en carpintería. Cuando se seca, produce el mismo efecto que el rapé. Los frutos son vainas de color muy oscuro en forma de oreja (de allí su nombre “oreja de negro”).

Se utiliza para fabricar tinta. El tallo, la madera y el fruto contienen saponina, por lo que en las provincias del norte se los emplea como jabón.

Abunda en el norte de nuestro país y se lo ve en algunas calles y plazas de Buenos Aires.

En el barrio de Caballito, Buenos Aires, en la intersección de las calles Puán y Montes, existe actualmente un pacará histórico. Bajo su sombra, hace más de cien años, el Deán Saturnino Segurola aplicó las primeras vacunas a los vecinos del lugar. Se lo conoce con el nombre de pacará de Segurola.


Fuente: Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Tomo XX: YUQUERÍ (Mimosa - Sensitiva)
Material compilado y revisado por la educadora argentina
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org)

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/04/el-timbo.html

domingo, 29 de agosto de 2010

EL YAGUARETÉ-ABÁ, EL HOMBRE-TIGRE

Descripción: Tríptico realizado en técnica mixta de grafito, acuarela y tinta.
Narra la leyenda del hombre tigre de la selva misionera de Argentina.
Jorge Bernard (Argentina)
Dibujo (2006)
http://www.artelista.com/obra/7579948027071986-elyaguareteaba.html




Ésta es una tradición que hunde sus raíces mucho más atrás de la conquista española. Sin embargo la transmisión actual presenta elementos culturales hispánicos.

Más atrás, también, de la formación misma de la nación guaraní, porque expresa la necesidad del hombre (de todos los hombres) de entender y de aceptar su lado animal.

Por eso en casi todas las culturas (sobre todo, en las que tienen una fuerte comunión con la naturaleza) han aparecido y aparecen estas transformaciones de hombres en fieras y de fieras en hombres.

En nuestra América- desde México hasta el Río de la Plata- la fiera elegida ha sido siempre el jaguar, casi el único cazador que se atreve a competir frente a frente con el hombre, el mayor de los predadores.

Porque el jaguar no sólo es la fuerza bruta burlada por la astucia del zorro. Es también el poderoso enemigo que asalta por sorpresa a una víctima desprevenida, inferior en fuerzas y frecuentemente indefensa; ni más ni menos que lo que hace un cazador o un guerrero. Y cazadores y guerreros siguieron siendo, a pesar del excelente desarrollo de su agricultura, los guaraníes.

Quizá por todo esto la tradición del yaguareté-abá sigue tan viva también en las poblaciones criollas y mestizas que, alejadas de las grandes ciudades, habitan las provincias argentinas de Entre Ríos, Corrientes, Misiones y gran parte de la República del Paraguay.

Para los viejos pobladores- que aseguraban temerlo y conocerlo, y hasta haberlo visto-, el yaguareté-abá era siempre, un indio viejo bautizado, ya hombre de pocas fuerzas, que necesitaba convertirse en tigre para vengar alguna afrenta grave.

Y así describían la forma en que lograba la transformación: en lugar solitario, preferentemente de noche y en medio del monte, el viejo se echaba sobre el cuero de un yaguareté, de izquierda a derecha, rezando al mismo tiempo un credo al revés.

Así recuperaba todo su potencial juvenil y animal y, convertido en fiera, estaba en condiciones de castigar a su enemigo. Pero los muy conocedores agregaban algo más: ese hombre transformado en el terrible felino no era exactamente igual a un jaguar, ya que tenía siempre la cola muy corta (era casi rabón) y carecía de pelos en la frente.

Para volver a la forma humana, el hombre-tigre debía repetir la misma ceremonia: revolcarse otra vez en secreto sobre el cuero de yaguareté, pero ahora de derecha a izquierda, y recitando el credo tal como se lo había enseñado de chico en la capilla del pueblo o la misión.

domingo, 10 de mayo de 2009

MITO DEL Quebracho Cine Greenpeace PROGRANO




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viernes, 6 de febrero de 2009

FUTURA LUNA


Mientras Pa-pa Mirí terminaba la Tierra, apareció un chico (dios), Paí Reté Kuaraí (“Nuestro Señor Cuerpo como el Sol” – Nuestro Señor del Cuerpo Resplandeciente), uno de los primeros en poblar la Tierra. Este vivía solo, sabía cazar, pescar, conseguir comida y cocinar.

Un día mientras éste caminaba se encontró con los Seres Primitivos, que no eran hombres ni animales, sino seres malignos que comían a primeros que se les acercaban.

Primero se hicieron amigos del chico pero siempre intentaban matarlo, obviamente no podían porque el chico era un dios, por lo tanto éste no se daba cuenta de los fines de sus “amigos”.

Entonces decidieron que este se quedará con ellos mientras engordaba por si encontraban la forma de matarlo.

Como Paí Reté Kuaraí se sentía solo decidió crear una hermana, Yacyrá (“Futura Luna”). A los Seres Primitivos les agradó, por que iban a tener más comida.

Un día los Seres Primitivos se encontraban sin alimentos y los hermanos decidieron buscarlos por ellos. En su búsqueda vieron a un loro, le tiraron un flechazo pero la flecha no le pegó porque era un animal especial, el Loro del Discreto Hablar, que por cierto era muy sabio. Éste les informó sobre los fines de los Seres Primitivos. Para vengarse Paí Reté Kuaraí junto con su hermana, Yacyrá, les dijeron a sus “amigos” que cruzarán el río con un tronco y que del otro lado se encontrarían con abundantes alimentos.

Cuando éstos estaban cruzando, los hermanos dieron vuelta al tronco, por lo tanto cayeron; Paí Reté Kuaraí exclamó: conviértanse en animales de agua, en consecuencia se convirtieron en nutrias, yacarés, peces, etc.

Pero una mujer (embarazada) de los Seres Primitivos, muy ágil, logró saltar a la orilla. Enojado Paí Reté Kuaraí la convirtió en Yaguareté que luego tuvo mellizos, una pareja, que a la vez tuvo más crías.

Los hermanos crecieron. Paí Reté Kuaraí inventó nuevas plantas y le explicó a su hermana para que se utilizara o servían. Creó la yerba mate de los hombros de una mujer triste.

Luego, Paí Reté Kuaraí se quedó solo, porque su hermana se metía en problemas entrando en casas ajenas, por esta razón un día le tendieron una trampa y muerta de vergüenza decidió irse al cielo, al que subió por una “cuerda” hecha con flechas, como le había enseñado su hermano.

Una vez en el Cielo se convirtió en Yacy (la luna). Y ahora se lo puede ver en el cielo, todavía con la cara manchada, resultado de la trampa. Y por eso es que antes tenía bien puesto el nombre de Yacyrá, es decir “Futura Luna”.


viernes, 11 de abril de 2008

EL CHAÑAR


Familia: LEGUMINOSAS

Nombre científico: Geoggroea decorticans Burk

Descripción: Arbol cuando crece aislado, arbusto cuando crece en bosquecillos. De 3 a 10 m de altura con tronco de hasta 40 cm de diámetro, la corteza se desprende longitudinalmente en fajas irregulares por debajo de las cuales aparece la nueva corteza verde.

Distribución: N.O.A., Cuyo, Formosa, Chaco, Córdoba, La Pampa, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Buenos Aires, Río Negro. En Tucumán: Parque Chaqueño y Monte

Observaciones: Florece de septiembre a octubre y fructifica de noviembre a enero. Fruto dulce y comestible





En medio de un monte del norte de la provincia de Santa Fe vivía una india muy viejecita; su rostro mostraba innumerable arrugas pero sus ojitos negros y vivaces parecían los de una muchacha.

Hasta su rancho, que parecía una mota parda en medio del lugar montaraz, llegaban paisanos y paisanos para que la vieja india les curara las dolencias del cuerpo y del alma con hierbas y conjuros, convocara a la lluvia en épocas de sequía o bien les aconsejara sobre conflictos cotidianos.

Ella hablaba poco pero cuando lo hacía, sus palabras eran precisas y llenas de sabiduría.

Cierta vez unos gringos le llevaron a su pequeño hijo que ardía en fiebre; la mujer observó al niñito preparó prestamente un té con varias hierbas curativas y luego cucharita a cucharita se lo hizo beber, no permitiendo a la madre que lo hiciera ella.

Al poco rato el niño empezó a mejorar y cuando abrió los ojitos, sonrió a la anciana que lo acunaba amorosamente.

El tiempo siguió avanzando con su paso perpetuo y aquel gringuito creció sano y fuerte.

Iba siempre a visitar a su salvadora porque ambos se profesaban un cariño muy especial. Ella le enseñaba entre muchas cosas a hacer velas con la grasa de la riñonada, el poder curativo de las plantas, como así también la época y la hora del día en que era conveniente cosecharlas; le contaba historias de su pueblo mocoví, inspirándole constantemente amor y respeto por la naturaleza.

El niño prefería estar con la india a jugar con los chicos de su edad; su admiración por la anciana se acrecentaba a medida que iba creciendo.

Un día la mujer enfermó, él permaneció constantemente en el rancho; nadie pudo sacarlo de al lado del catre de la enferma.

Presintiendo que la muerte alargaba su mano para llevársela, la mujer, con esfuerzo tomó un amuleto que llevaba colgado al cuello y sonriendo se lo entregó al muchachito para que su mágica protección lo amparara en la vida.

A los pocos instantes murió, llevando en sus retinas y en su cansado corazón la imagen adorada del rubio vástago de la raza que sometiera a su pueblo y a quien amó tanto como a los hijos que había perdido.

Su muerte convocó a la paisanada y fue muy sentida por los lugareños; conforme al deseo que siempre había expresado fue enterrada en pleno monte.

Al colocar sobre su tumba un gran ramo de flores de samohú, el muchachito rompió en un llanto inconsolable y al inclinarse cayó el amuleto que pareció iluminarse misteriosamente: el chico lo levantó amorosamente, intuía que lo sucedido era un mensaje de la muerta.

Entonces en forma sorpresiva brotó de la tierra un tallo con hojas y creció en forma maravillosa, dando nacimiento a un árbol de gran altura con ramas espinescentes y frutos globosos; era muy raro y nadie había visto nada semejante.

Este es el origen del chañar, nacido del cuerpo de la india que amó de tal manera a un niño blanco, que quiso volver de la muerte, en forma arbórea, para darle consuelo.

En su nueva existencia, ella siguió prodigando el bien ya que el chañar es realmente útil: proporciona madera de buena calidad, ofrece frutos comestibles con los que se prepara arrope y una especie de aloja, sus hojas y corteza son medicinales, embellece el paisaje con sus flores de corolas amariposadas de color amarillo-anaranjado y brinda montes de abrigo para el ganado.


Fuente: Ceresole de Espinaco, Zunilda. 2006. “Santa Fe y sus Leyendas”.
Santa Fe: Ediciones Parque del Sur.