Mostrando entradas con la etiqueta PAMPA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PAMPA. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL CERRO VOLCÁN



Foto: Eduardo Néstor Gracia
http://sites.google.com/site/numerosdeyletrads/home/revista-y-letrad-s-no5


En tiempos muy remotos, la gente que transitaba por estos lugares se guiaba en las noches por un cerro cónico que despedía llamaradas, como un volcán.

Todavía los idiomas no se habían mezclado. A un arroyo lo llamaban Chapadleufú, palabra compuesta por barro y agua que corre.

Un cerro era casu y para designar algo que sobresaliera, lo designaban hati. Casuhati significaba, entonces, cerro alto. El hombre era guayna, el sud tehuel.

Conocían una región desierta a la que llamaban Huecufú Mapu, país del mal.

Por ahí andaba Gualichu, un espíritu destructor enemigo de la gente.

Los guaynas la evitaban cuando iban o volvían del tehuel, porque en ella las tormentas de arena eran muy fuertes, los cegaban hasta extraviarlos y muchos murieron en el intento de atravesarla.

Según ellos había por el suelo piedras redondas, marcadas con un surco en el medio por el dedo pulgar de quien las había sembrado: Gualichu. El podía transformarse en cualquier fenómeno de la naturaleza, en planta o animal, según le viniera en gana. Y lo peor de todo: podía salir a enredar las cosas por el mundo. Por ejemplo, lograr que los de un lado y otro de su tierra pelearan sin motivo.

Si los guaynas salían a cazar y se alejaban demasiado, desviaban el camino por la costa para no cruzar por ese lugar tan temible.

Llegaban al cerro cónico y alimentaban el fuego de la cima con ramas de curru-mamül, un arbusto que entonces abundaba.

Algunos se quedaban durante días o semanas para mantener vivo al cerro y guiar a los demás cuando regresaran.

A ese punto de referencia lo llamaban Vuülcan, que significa sierras unidas por la base. Cuando las lenguas empezaron a confundirse, le quedó un nombre que se le parece y recuerda lo que era antes: Sierras del Volcán.

Mucho tiempo pasó y la cima del Vuülcán dejó de iluminar a la gente, que ya no recorre largos caminos por la costa para evitar el país maldito. Hacia el oeste hay una sierra, con un gran mordisco que entonces no tenía. Y en medio están los campos cultivados y la habitación de quienes apenas recuerdan esas épocas lejanas y el nombre que designaba a cada cosa.

Siguen contando, sin embargo, que todo cambió un atardecer. La sierra del poniente comenzaba a desdibujar su línea continua y en la cima del Volcán brillaba, atenta, la luz de los cazadores. Fuego y ceniza se esparcían en oleadas grises y amarillas por los campos del valle, en la espera solitaria de la noche. Aún no los cruzaba el arado ni detrás de él las semillas despertaban del letargo a la tierra. Los arbustos resecos tenían sed.

Una figura de piel frutal y ojos de asombrada inocencia se asomó a ese palacio de cobre violeta. La llamaban Ayelén, alegría.




Abrió en él su perfume delicado, un sendero de estrellas silenciosas que perseguían al sol. Era como el destello de color que brota en el extremo anhelante de la rama seca, o una caricia de seda sobre la piedra y el metal.

Con pasos frágiles, tendió la mirada curiosa hacia el horizonte.

Descubrió el límite, la región donde la noche próxima abría ya el paisaje del misterio.

El Volcán le teñía los cabellos con resplandores rojizos y el crepúsculo refrescaba su piel joven.

Fue entonces que de las entrañas de la tierra brotó un rugido, quebró el aire quieto de la tarde y lo pobló de un hálito sulfuroso y gris.

Venía de lejos: de un país desierto que extraviaba a la gente con ventiscas de arena para devorarla. Se había transformado en temblor que sacudía al valle. Había adquirido garras con las que despeñaba las piedras, alas con las que ahuyentaba al sol moribundo y un soplo de silencio con el cual confundía las palabras.

Era Gualichu, el demonio que había salido de su Huecufú-Mapu. Trepó a la cúspide iluminada, quedó suspendido como una palabra dicha a medias, ante la sorpresa de esa presencia erguida en mitad de su reino, hasta entonces incuestionado.

Rugió y golpeó una y otra vez: en su fragua fundía los lenguajes para confundir a la gente. Su imperio era invadido y no ahorraría maldades para reconquistarlo.

Ayelén se detuvo, en medio del valle. Miró hacia el Volcán, cada vez más luminoso a medida que el sol se ocultaba. Su voz alegraba el aire enrojecido del crepúsculo:

-¿Es el sonido de la tierra que ruge en la penumbra, o hay un espíritu que quiere hablarme?

Desde la cima chispeante, bajó la voz a responderle:

-Estos son mis dominios, desde siempre. Los astros giran según mis designios. Cada piedra ocupa el sitio que he determinado. Hasta el último arbusto implora su gota de lluvia por mi voluntad y puedo concederla o negársela sin explicaciones. ¿Cómo te atreves a invadir mi reino? ¿Acaso estás extraviada?

-¡No, no me he perdido! He llegado a este yermo a encontrarme con quienes regresan para transformarlo todo. Quiero recibirlos, como mi nombre, con alegría.

La voz se revolcó en fragores profundos, esparció su ira creciente y le lanzó su dentellada de incredulidad:

-¿Acaso existe un poder mayor que el mío? Mi fuerza tiene la impetuosidad de las olas, mi espacio es el de los astros y mi tiempo es aquel que no ha nacido y nunca morirá. ¿Cómo pretendes, mísero pétalo apenas sujeto a un tallo leve, perturbar mi eternidad?

-Sigo una ley tan poderosa que no hay temor capaz de detenerme- respondió, en un murmullo suave, Ayelén.

La voz bajó del Volcán, desplomó sus pasos de yunque y la rodeó con temblores de catástrofe. Se acercó transformado en puma hambriento, pronto a arrebatar la vida a esa hoja, tierna y breve como el instante que precede a la noche. Aspiró su perfume, que sin comprenderlo le pareció el de la tierra arada o el de los jazmines del jardín cuando anochece. Las garras casi rasgaron sus mejillas y el fuego de esos ojos, que ardían desde siempre en la tierra profunda, estuvo a punto de disgregarla en ceniza.

Pero se detuvo y voló como un pájaro oscuro que giraba a su alrededor, indeciso. Se le oyó musitar, entre vapores:

-¡Qué bella es! ¿Cómo puede un ser tan pequeño y solitario reunir la perfección del cristal, la suavidad de la flor, la frescura del ocaso, la calidez del mediodía? ¿Quién ha enviado esta copa de licores desconocidos, que me suspenden en el aire sin que pueda herirla? ¡A mí, que soy fuerza sin control, amo y señor de la luz y la oscuridad! ¿Cómo es que me contagia la alegría de esperar a los que vuelven de un largo viaje?

Ella lo vio remontarse hacia los últimos rayos del sol, hueco negro de bordes dorados, alas que presagiaban otro mundo abierto más allá, donde otra vez sería felino deslizándose entre las grietas y luego el camino ardiente de la lava y la prisión de roca, el temblor y la furia.

Creyó ver bajo esas alas un universo de seres y objetos que se postraban a sus pies. Palacios traslúcidos donde colgaban lámparas eternas de cuarcitas, arroyos de frescura que sembraban frondas rumorosas, vasos repletos de perfectas joyas creadas por la mano de un Artista sin maestros. Allá iba el oscuro pájaro, arrebatando rayos de pureza al sol moribundo para engalanarla con una luz dorada que enceguecía. Cada giro en el aire era un ademán creador de bellezas cautivantes; cada vuelta, una ofrenda a la vez grandiosa y humilde, sólo para ella rescatada del caos mineral y del silencio de la noche.

Ayelén escuchó muy adentro suyo esa voz de alegría, como si proviniera de la costa, donde el mar salpicaba de espuma las cavernas.

¿Eran los cazadores, de regreso?

Venían por la llanura lejana, hacia la antorcha del Volcán, destacada ahora en medio de la oscuridad. Le contaban que habían hallado extrañas artes de otros hombres: la semilla, esperanza de un sol que siempre vuelve; las letras, siembra para otro día que habría de nacer.

Los rostros se multiplicaban en una marcha sin descanso, hacia ella, hacia el lugar donde había encontrado el límite continuo de sierras.

Un joven gallardo y seguro los dirigía. Tal vez buscaba su Ayelén. Su bandera era un cielo de amanecer, más allá del Vuülcán. La agitaba sin descanso y la multitud lo seguía, rumoreando una canción que era de este mundo pero parecía adelantarse y transformarlo todo.

Las alas de la noche se detuvieron a esperarla, impacientes. La reclamaron a su reino tendiéndole su ofrenda. Por un momento ella se sintió atraída, pero enseguida vio las garras punzantes que la sostenían y se negó una y otra vez.

Entonces, el pájaro descendió al puma y el puma a la furia incontrolada de la piedra en movimiento. Era otra vez el caos, en medio de la noche. Rocas sobre rocas que se desplomaban, vientos de tierra arenosa que enloquecían, temblores que estallaban contra su cara como las olas del mar en una tempestad.

La cima cónica seguía guiando a los cazadores, que regresaban multiplicados aunque Ayelén no pudiera verlos.

La furia cruzó el valle y en el horizonte de sierras marcó una dentellada diabólica. Es desde entonces un hueco, una curva dejada en su paso hacia el volcán, marca indeleble del amor desahuciado y el fin de un reinado que se creía eterno.

Todavía fue un rugido inmenso mientras cruzaba el valle y se hundía en el cráter llameante del cerro, que se tapó sepultándolo con piedras.

Los cazadores no encontraron la antorcha que los guiaba. Sólo vieron el resplandor final del último día en que vivirían en paz. Gualichu había impregnado la tierra con vapores de rencor y mezclaba las lenguas para que los hombres no pudieran comprenderse.

Muchas cosas cambiaron de nombre. El Volcán no volvió a arder y hacia el oeste, el profundo Mordisco del Diablo identifica desde entonces un lugar que cambió para siempre.

Cuando la cosecha es abundante, un ser querido regresa al hogar o se celebra una fiesta, la gente expresa su alegría.

Es un regalo de la tierra, que recuerda a Ayelén.


Jorge Dágata en colaboración con Susana Taddeo
Fuente: http://rescatados.fullblog.com.ar/post/la-leyenda-del-cerro-volcan-jorge-dagata-en-cola/
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/cae-un-meteorito.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/una-vision-de-la-sociedad-del-mordisco.html

martes, 7 de septiembre de 2010

LA MARIPOSA Y EL OMBÚ

Imágen de: http://www.revistajardin.com.ar/nota.asp?nota_id=1128032&pid=6451526&toi=6315



En un bosque de los tantos,
debajo de ingente azul,
con su tronco embelesado,
se anquilosaba un ombú.

Un ombú que perpetuaba,
indefinida, su espera,
con un ancla de raíces
lanzada sobre la tierra.

Un ombú que prolongaba
sus enramados caminos,
para que el ave asentase
la vivienda de sus nidos.

Un ombú cuya nostalgia
se remontaba a la ausente
condición, liviana y libre,
de ser pequeña simiente.

Pues sabiendo que, del suelo,
era enclavado cautivo,
nunca mostraba, aunque enorme,
contento por verse vivo.

Nunca mostraba contento,
si bosque ni monte vario
conocía por sufrir
condena de sedentario.

Más pasó una mariposa
ingenua, por ser menor
su vivencia entre los bosques,
e inquieta se le acercó.

Y sin saber de la pena
que al árbol amedrentaba,
irreverente y curiosa
le preguntó con sus alas:

¿Me dirás, ombú, por qué
la natura es tan injusta,
que me hizo frágil a mí
y a ti una planta robusta?

¿Me dirás, ombú, por Dios,
pues juro que no lo entiendo,
por qué fugaz me hizo a mí,
mientras a ti sempiterno?

¿Por qué, pródiga, te dio
natura a ti tantas ramas
con hojas, mientras a mí
tan sólo débiles alas?

¡Qué injusta que fue natura
conmigo, puesto que tú
cuentas con tantas ventajas
por ser un árbol, ombú!

¡Qué bellaca fue natura,
qué inicua, mala e injusta,
que me hizo frágil a mí
y a ti una planta robusta!»

Mas el ombú plañidero,
con su savia de tristeza,
le respondió con sollozos
de brisa entre la maleza:

Yo prolongo mi enramada
cual un frondoso camino,
para que puedan posarse
los pájaros con sus nidos.

Testigo soy de las crías
que raudas al cielo huyen,
mientras a mí, una parcela
diminuta me recluye.

Y siendo enorme, no muestro
contento por verme vivo:
Obsérvame, de este suelo,
soy enclavado cautivo.

Obsérvame, que yo nunca,
ni bosque ni monte vario
conoceré, si condena
sufro de ser sedentario.

Ve tú, mariposa blanca,
que tienes vida de un día,
a conocer lo que yo
no pude en mi larga vida.

No te quejes, pues natura
me dio a mí en eternidad,
lo que a ti, con ambas alas,
te dio en posibilidad.

Que si me dio a mí, natura,
dureza sobre este suelo,
a ti la fragilidad
te dio, mas en amplio cielo.

¡Ve tú, dulce mariposa,
que tienes vida de un día,
a ver lo que yo, en un siglo,
no pude ver todavía!»


Ernesto Diego Buezas de la Torre

miércoles, 31 de marzo de 2010

EL OMBÚ


LEYENDA GAUCHA

Por Tercero Arriba, por los pagos del Tercero y por San Justo, los paisanos del lugar dicen historias como éstas: El ombú suele aparecer raramente... Lo creen árbol bueno, su raíz enorme y retorcida con grandes protuberancias sirve de guarida a los perros.

Lo creen un árbol bueno porque generosamente da sombra al caminante. Cuando Dios hizo el mundo, después de haber hecho los mares y la tierra, los hombres y los animales, cuando hacía las plantas, a cada una le preguntaba lo que quería ser.

Cuando le llegó el turno al Quebracho, éste le dijo:
- Tata Dios... ió quero ser juerte y duro pa’ resistir los golpes de la suerte, y Tata Dios lo hizo juerte y duro.

Cuando le llegó el turno al jacarandá, éste dijo:
- Tatita... ió quero ser coqueta como mujer, y Tata Dios lo hizo coqueto...

Después le llegó el turno al cañaveral...
- Qué querís ser vos? ... le dijo Tata Dios...

- Ió quero ser, Tata Dios, largo y duro pa’ ser lanza e’ soldado y picana ‘e los bueyes en el trabajo ‘e las carretas... dijo el cañaveral del cañadón...

Por último le llegó el turno al ombú y éste al ser preguntado por Tata Dios, le contestó:
- Tata Dios... ió quero ser coposo para dar sombra y descanso a los caminantes; ió no quero flores ni perfumes, ni vistosos colores, ni jugo, ni siquiera fruto... que mi tronco sea blando y que ni los clavos puedan quedar clavados en mi madera... Tata Dios... ió quero hacer el bien a los hombres... ió quero aliviarles las fatigas cuando cruzan las llanuras y los montes, los ríos y montañas bajo el sol calcinante y muertos de sed en medio de la tierra reseca por el fuego y el calor...

Y Tata Dios lo hizo como le pidió el ombú.

Pasaron muchos siglos y siglos... Vino el Redentor del mundo, salvó a los hombres y éstos lo crucificaron.

Cuando el ombú lo supo corrió y pidió hablar con Tata Dios...

Tatita Dios consintió y el pobre ombú lleno de dolor; le dijo:

- Tata Dios... cuando usted hizo los árboles les preguntaba a todos qué querían ser... y tuitos querían ser bonitos, lindos y juertes... Ió no quería nada d’eso pa’ que jamás pudiera servir de cruz, como sirvieron otros árboles p’al Hijo de Dios que nos trajo amor al mundo...

- ¡Ah...já!...bueno m’hijito... mi hais ienao de satisfacción...

A naides había oído hablar tan lindo, dijo Tata Dios... y abrazándolo, le dijo:
- Ió te protegeré por toda la eternidad para que sigas haciendo el bien a los hombres...

Leyenda compilada en: http://www.conestribo.com.ar/mitos/?letra=L&id=57

lunes, 18 de enero de 2010

LA MALDONADO


Cuentan que cuando en 1.536, don Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires, los españoles tuvieron que rodear la ciudad con un cerco para protegerla de los ataques de los indios.


Con la amenaza de terribles castigos, las autoridades prohibieron a los habitantes salir del cerco.Pero al poco tiempo se les terminó la comida y empezaron a morirse de hambre.


Una mujer española, llamada Maldonado, no quiso que ésa fuera su suerte, y un día cruzó el cerco y escapó de la ciudad. Caminó y caminó hasta encontrar una cueva junto a un arroyo. Y allí, cansada y hambrienta, se desmayó.


Fue entonces cuando de la oscuridad surgió una feroz hembra de puma, que dejó caer junto a la mujer un pedazo de carne que le había sobrado. Cuando la Maldonado despertó, comió de esa carne. Pero al rato sintió un rugido desgarrador que la sobresaltó.


Se asomó de la cueva y vio a la puma, que estaba echada y a punto de dar a luz. Como el parto parecía difícil, la Maldonado ayudó a la dolorida madre. Los rugidos del animal se convirtieron en mansos rezongos, y terminó lamiendo cariñosamente a sus dos flamantes cachorros. La mujer permaneció quieta, mirando esa escena conmovedora. Poco después, los indios que merodeaban cerca del arroyo se sorprendieron al ver a la mujer, la puma y sus crías, paseando juntas y de inmediato sintieron un gran respeto por esa mujer que no les temía a las fieras.



Pero un día en que la Maldonado caminaba sola, fue capturada por varios soldados españoles que se aventuraron en busca de alimentos.


En la ciudad la enjuiciaron por haber traspasado el cerco de protección, y la condena que le impusieron fue terrible: la ataron a un tronco al costado del arroyo para que se la corrieran las fieras.


Allí permaneció la Maldonado todo el día hasta la llegada de la noche. El rugido de un animal salvaje pareció anunciarle su terrible final. Luego vio la sombra de dos fieras trabándose en lucha, y poco después, una de ellas, la que había salido victoriosa, se le acercó con sus brillantes ojos de fuego.


La mujer, que esperaba la muerte, sintió de pronto la caricia de una lengua áspera lamiéndole los pies.


Al cabo de tres días, los españoles volvieron al arroyo. Encontraron a la mujer custodiada por una puma, que los atacó en cuanto se acercaron. Tuvieron que hacer disparos al aire para ahuyentar al animal.


La condena no se cumplió. Si las fieras no habían podido, ningún hombre lo intentaría. Desataron a la Maldonado y la perdonaron.






jueves, 2 de abril de 2009

LA CAPADA

LA CAPADA DEL TERNERO
FOTO: ROBERTO SALVADORES


La Capada

Mediante la castración, se logra que el animal eche más cuerpo y por ende carnadura para la venta.


En ciertos lugares del campo, la capada se realiza como una tradición.


En Santiago. del Estero, cuenta Félix Coluccio, la capada se realiza en cuarto creciente, una vez castrado el animal, se llenan las bolsas vacías con bosta de vaca o con cenizas, le hacen una cruz en la raíz de la cola y le pegan tres patadas al animal para que se levante y no se embiche.


La Ceremonia.


Previamente al casamiento de animales, comienzas las corridas, en las cuales los paisanos separan sus animales (que están mezclados con todos los demás en un corral de pirca), para pialar los cojudos (sementales) que serán capados.


Una vez volteados por el pial, a los animales se procede a castrarlos con el cuchillo capador (un puñal pequeño específico para esa tarea).


Las margaritas de los toros (así llamados los escrotos del vacuno) se tiran con un poco de sal a la parrilla y se convidan entre los parroquianos.


Luego se puede echar cenizas dentro de las bolsas, aunque en los últimos tiempos se los untaba con acaroina (fuerte desinfectante), de paso, si el animal era orejano, se aprovechaba para marcarlo o señalarlo.


Eventualmente algún gaucho subía un novillo con un tiento solamente, luego seguían los musiqueros vallistos (con sus pintorescos sacha violines (violines del monte), bombos, fuelles y guitarras semiencordadas).


Al final, cada participante de la faena saludaba a los dueños de casa y partían con sus casas, los arrieros soltaban los animales del corral al campo abierto, y los que festejaban en demasía quedaban para confiar en la destreza de sus cabalgaduras que los llevarían a casa casi sanos.

domingo, 1 de junio de 2008

EL GAUCHO




Su origen se remonta al 1600, cuando las llanuras a ambos márgenes del Río de la Plata estaban repletas de ganados salvajes llegados a estas tierras con Pedro de Mendoza, el primer adelantado del Río de la Plata, en 1538.

En ese entonces el gaucho era el habitante vagabundo de las pampas, que viajaba sin rumbo fijo en su caballo, con boleadoras, lazo y cuchillo como único equipaje, y a veces acompañado por su mujer.

El comercio de cueros y carne de ganado cimarrón, salvaje, muy preciados por los comerciantes europeos y portugueses del Brasil, generó la fuente de sustento de los paisanos –criollos, mestizos y mulatos- que vivían libremente en las pampas, sin empleo fijo, cazando y cuereando a estos animales.

La insaciable demanda del cuero, por parte de Europa, hizo que el ganado cimarrón desaparezca prácticamente del litoral argentino, siendo los mas beneficiados los comerciantes portugueses.


Además, los gauchos debían competir con los indios, quienes también se dedicaban al negocio de los cueros.


Su destino, entonces, fue diverso; algunos se alistaron para luchar en las montoneras con los caudillos federales, alcanzando con esto un nuevo y mejor status.

Otros se emplearon como peones en los saladeros de carne, o trabajaron en las haciendas, de esto último deriva el nombre genérico "gauchos" para todos los hombres de campo, de a caballo, sean éstos peones o estancieros, quienes se enorgullecen de vestir a la usanza gauchesca como identificación con su labor y su tierra.


El gaucho fue marginal, pero aún así se lo veía con mucho respeto, por ser libre, duro, por su extraordinaria destreza como jinete y ser hábil con las manos, por su solidaridad y su ingenio.


De esta admiración surgió la poesía gauchesca, sus escritores utilizaban el lenguaje gaucho, sus dichos y sus ideas.

La figura romántica del gaucho, como hombre independiente y rudo, pero leal y sabio fue emblemática para autores como José Hernández que escribió el "Martín Fierro", donde el gaucho toma dimensión de héroe, o para Ricardo Güiraldes, que en "Don Segundo Sombra" narra sus vivencias junto a estos hombres de campo en el pueblo de San Antonio de Areco.

Estos relatos, como tantos otros han hecho del gaucho un personaje mítico, que con el tiempo se fue transformando en un arquetipo de los "valores esenciales del ser argentino".


Hoy en día el gaucho vive austera pero confortablemente (se lo ve también andando en 4x4) en contacto con la naturaleza, conservando tanto sus costumbres rurales, sus tradiciones como así también su medio ambiente.