Mostrando entradas con la etiqueta DIAGUITA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DIAGUITA. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de junio de 2009

LA YACURMANA

Vista de la Yacurmana de Chuquis





Desde la altura
por la orilla del alba
echas a andar tu destino
en tu salto Yacurmana.
CASCA
(Diosa azogue)

Libres viñedos,
nogales, cultivos,
se te ofrecen,
para que tus aguas recorran
por los depeñaderos.

Como sierpe azogue
te ondeas en la montaña
y entre los riscos
vas dejando tu seña.

De los arbustos, las hojas,
desprendiéndose de sus ramas
se embarcan en tu correntada
como un bajel de cristal.

Recorres acequias y la música canta bordeando tu orilla,
la aves te surcan como si fueran las ninfas, diosas de tus aguas.

Para ver tu salto magnánimo,
hace balcón en las peñas
el arbustivo infinito,
los pájaros, las flores,
cuando vas amansando las piedras
con tus potros cristalinos.

Salto, a salto te despeñas,
como gimiendo tus aguas
y se transorma en espuma
tu sierpe de plata.

¡Yacurmana diosa del agua!
Como un suicidio blanco azogue
son tus aguas.


LUIS CASCA OLIVERA
de la (Vieja estación del alma)

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/02/la-yacurmana.html

jueves, 2 de octubre de 2008

LA CORPACHADA



Este es uno de los ritos consagrados a la Pachamama, divinidad, de incaica, integraba -junto a Inti (Rey Sol) y a la Mama Illa o Quilla (Luna)- la trinidad astrológica venerada por los calchaquíes.

La Pachamama (Madre tierra) es la fuerza germinadora de la naturaleza.

Como los mortales que cobija, ella siente hambre y sed.

El culto consiste en "corpacharla" (darle de comer).

Para ello, se cavan profundos hoyos en los que se entierran todo tipo de comidas y bebidas.

Este acto es acompañado por rezos e invocaciones a la diosa.

La Pachamama es generosa con la gente buena, pero no tolera a los ingratos e incrédulos que no la "corpachan". A ellos aplica severos castigos.

Algunos de los métodos de corpacharla es dejando ofrendas en las apachetas.


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/las-apachetas.html

lunes, 1 de septiembre de 2008

LOS PÉTALOS DE LA RODOCROSITA



Tras largos días y noches de andar, el chasqui alcanzó el último tramo del camino que conducía a la morada del rey inca.

Llevaba una singular ofrenda destinada al gobernante: tres gotas de sangre petrificadas, el precioso hallazgo fue recibido con mucha emotividad.

En el lago Titicaca, en tiempos pasados, se había construido el templo de las acllas: las vírgenes sacerdotisas del Inti.

En ese sitio se encontraban anualmente el sol y la luna para fecundar los sembrados y asistir a la sagrada elección de quien heredaría la responsabilidad de perpetuar la sangre inca.

Un día el invencible guerrero Tupac Canquí se atrevió a ingresar al sagrado templo, desafiando la tradición incaica.

Desde el momento en que descubrió a la bella ñusta aclla, nació su amor por ella.

La sacerdotisa le correspondió, consciente de ignorar las restricciones del Tawantinsuyo para las elegidas.

Juntos, escaparon hacia el sur, buscando proteger el vientre de la aclla lleno de vida.

El poder imperial bramó y destinó infortunados grupos armados a castigar a los culpables de la transgresión.

Tupac Canquí y la ñusta aclla se instalaron cerca del salar de Pipando, donde tuvieron muchos hijos descendientes de los aymarás, que fundaron el pueblo diaguita.

Sin embargo, jamás lograron deshacerse del hechizo de los shamanes incas.

Ella falleció y su cuerpo fue sepultado en la alta cumbre de la montaña, él murió poco tiempo después, ahogado en su triste soledad.

Una tarde, el chasqui andalgalá descubrió la tumba de la ñusta aclla impresionado por ver cómo florecía, en pétalos de sangre, la piedra que la cubría.


Rápidamente salió del estupor y arrancó una de las rosas para ofrendar al rey inca.

El jefe del imperio, aceptando con emoción la flor de la rodocrosita, perdonó a aquellos antiguos amantes furtivos.

En adelante, las princesas de Tiahuanaco lucieron con orgullo trozos de la piedra rosa del inca, símbolo de paz, perdón y amor profundo.


Leyenda diaguita, ocuparon los territorios de las actuales provincias de Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y Tucumán de la República Argentina.

viernes, 8 de agosto de 2008

HUMAHUACA



Hace mucho, mucho tiempo los indios humahuacas vivían sin privaciones en las tierras de su quebrada.

Dicen que éstas eran tan verdes y fértiles como lo es hoy la pampa, y que en sus terrazas crecía el maíz como crece la hiedra a la sombra de los árboles.

Como no era tan duro el trabajo, y su fruto abundante, los dueños de esa tierra podían compartir la paz y la alegría que les enviaba la Pachamama en fiestas interminables.

Y dicen también que las cosas habrían seguido así para siempre si no hubiera sido por la envidia de los calchaquíes, la codicia de los diaguitas y la belleza de Zumac.

Calchaquíes y diaguitas se aliaron un día y decidieron conquistar la tierra humahuaca.

Hubo largas reuniones secretas, planes y contra planes, espías que se asomaron a la quebrada e informantes que volvieron a contar que los humahuacas no sospechaban nada, demasiado satisfechos como para pensar en la guerra.

Y que el único obstáculo para sus planes era el jefe, que sabía cómo convertir de golpe en un ejército a las familias campesinas.

Las dos tribus aliadas prepararon sus arcos, y sus flechas, sus hondas y sus piedras y, sobre todo, prepararon a Zumac.

La más linda entre los calchaquíes y las diaguitas, Zumac Huayna, no sólo era joven y hermosa. Ante todo, estaba convencida de sus encantos. Sabía cuando bajar la vista con una media sonrisa. Sabía acercarse silenciosa a sus interlocutores hasta casi rozarlos con su cuerpo firme y, al alejarse, caminar por la aldea con la seguridad de una reina.

Así llegó Zumac, hasta las casas humahuaqueñas, en el atardecer del día señalado. Ella contó su historia de india perdida y las mujeres la llevaron a descansar y la convidaron con un vaso de alhoja.

Más tarde, a la hora de la fiesta y el baile, conoció al jefe. Se miraron muchas veces a través del aire frío de la noche y el humo de la fogata, y ella lo fue enredando con su collar de cuentas invisibles.

Más tarde se cruzaron en el momento que, acallados los pinkullos y las ocarinas todos iban a recogerse; y más tarde todavía él dormía junto a ella, envuelto en su olor recién descubierto.

La noche, de luna nueva, era oscurísima sobre la quebrada, y nadie estaba despierto para escuchar el silencio enorme que cubría el valle como una manta.

El sorpresivo ataque de las tribus aliadas no dio lugar a la defensa de los humahuacas.

Ni los que huían de sus casas, ni los que intentaron buscar sus armas, ni los que se ocultaron en los maizales, ni los que corrían desesperados hacia las montañas, ni uno solo pudo escapar de la masacre.

El mismo jefe murió como uno más, pero antes maldijo a sus enemigos y les auguró que no les serviría de nada la victoria.

Y así fue.

Al día siguiente, cuando el sol iluminó la quebrada, el paisaje era otro. El pueblo y los cultivos habían desaparecido. La tierra se había secado, se había vuelto arenosa y estéril, y estaba extrañamente teñida de rojo, de morado, de rosa...

¿Dónde estaban los muertos, la sangre, los despojos? En vez de cadáveres, sobre las laderas, de a trechos, entre las piedras y el polvo, había brotado una planta desconocida.

Miles de cardones, con sus verdes brazos espinosos, poblaron las cuestas, los pasos y las cimas. Se levantaban desafiantes, únicos pobladores del desierto que es ahora lo que fue la tierra que les pertenecía.

Y en primavera, bajo el cielo más azul que se conozca, dejan salir de entre sus espinas increíbles flores amarillas, blancas y rojas que, según dicen, son las almas de los desaparecidos indios humahuaqueñas.