Mostrando entradas con la etiqueta Centro América. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Centro América. Mostrar todas las entradas

domingo, 27 de marzo de 2011

LA ISLA DEL TABACO





Una pareja de edad avanzada tenía un solo hijo, hermoso y alegre llamado Curisihuari. Un día, mientras la madre tejía una hamaca, el pequeño se colgó de la cuerda suspendida y la estiró. La mujer, enojada, lo empujó y el niño se echó a llorar.

La madre no le hizo caso y continuó su quehacer. El padre también oyó el llanto del niño, pero tampoco le hizo caso. Entonces Curisihuari, ofendido, se alejó del hogar.

Se había puesto el sol, y el niño no volvía. Los padres comenzaron a preocuparse.

-Vayamos a buscarlo –dijo el padre-; es tan pequeño que seguramente se ha perdido.

-La culpa es mía –agregó la medre-; con mi hosquedad lo he alejado de mi lado.

Durante un buen rato los dos esposos buscaron por la selva, y cuando ya era una noche oscura, por fin lo encontraron. Esta jugando tranquilamente con otro niño.

-¡Curisihuari! –exclamó la madre.

Al oír la voz, los padres del otro niño salieron de la cabaña e invitaron a entrar a los dos desconocidos.

La invitación fue aceptada, y los cuatro se pusieron a conversar animadamente.

-Es tarde –dijo finalmente el padre de Curisihuari-; volvamos a nuestra choza con el niño.

Salieron los cuatro y advirtieron que los pequeños habían desaparecido.

-¡Curisihuari! –llamó desesperadamente la madre.

-¡Maturahuari! –gritó la otra madre.

Empezó la búsqueda de los niños.

Pasó la noche, y al salir el sol las dos madres exclamaron al unísono:

-¡Allí están!

Efectivamente, los pequeños estaban jugando tranquilamente con otro niño. No parecían cansados; por el contrario, correteaban alegremente.

A las exclamaciones de las dos mujeres acudieron los padres del tercer niño, y todos iniciaron una agradable conversación. Cuando se volvieron en busca de las tres criaturas, éstos habían desaparecido.

-¡Cahuaihuari! –gritó la tercera madre-. ¿Dónde te has escondido?

Ahora eran seis los que buscaban a los niños. La búsqueda duró mucho tiempo. La segunda madre y la tercera la abandonaron, pero la primera pareja siguió buscando.

-Buscaremos también a vuestros hijos y os los traeremos –dijeron a las otras dos parejas.

Aquella búsqueda duró mucho tiempo. Parecía que los tres niños habían desaparecido para siempre.

Pasaron muchos años. Una mañana los dos progenitores, ya viejos, paseaban a la orilla del mar, cuando vieron que de las ondas salían tres bellos jovencitos que jugaban alegremente. Éstos se dirigieron hacia los dos ancianos con expresiones sonrientes.

La mujer reconoció inmediatamente a su hijo a pesar de los años transcurridos.

-¡Curisihuari! ¡Hijo mío! ¡Por fin te encontramos!

-Sí –contestó el muchacho-, soy Curisihuari. Mis amigos son Maturahuari y Cahuaihuari. Quisiéramos volver a nuestros hogares, pero ahora nosotros vivimos en el mundo de los dioses; no podemos volver a andar entre los hombres.

-¿Nunca más podremos volver a veros?

-Sí, podéis vernos quemando hojas de tabaco. Cada vez que lo hagáis, aparecerán nuestras figuras.

En el mismo instante los tres jóvenes volvieron a sumergirse en las ondas marinas.

Con el alma desolada, los dos ancianos volvieron a su choza.

-¡Hojas de tabaco!... –repetía el hombre-. ¿Qué será eso? ¿Dónde podré encontrar esa planta?

-Probemos quemando hojas de todos los vegetales. Alguna será la indicada –respondió la vieja.

El anciano siguió el consejo de su mujer. Recogió hojas de papaya, de algodón y de otros muchos vegetales, y las quemó. El humo de aquellas hojas no trajo a los jovencitos.

Los vecinos sentían compasión por aquellos dos ancianos, dedicados a hacer humareda con cuantas hojas encontraban.

Finalmente, el viejo fue a buscar a un hombre que tenía fama de conocer el nombre de todas las plantas existentes.

-Mi hijo me habló de hojas de tabaco –dijo cuando llegó a la choza del hombre sabio-. ¿Podrías indicarme cuál es esa planta?

-Sí –respondió el hombre-; Curisihuari tiene razón. La planta del tabaco existe, pero crece solamente en la isla de las Mujeres. A nadie permiten desembarcar en sus costas.

-¿Qué puedo hacer?

-Podrías mandar allá algún pájaro, y tal vez éste lograra traer en su pico alguna ramita de tabaco con semillas...

El hombre agradeció el consejo del viejo, pero siguió con la desolación en el alma. No era sencillo adiestrar un ave que fuera a la isla de las Mujeres y trajera una rama de una planta desconocida. Sin embargo, a poco andar se encontró con una garza que entendió el pedido y partió enseguida hacia la isla.

Pasaron algunos días y como la garza no volvía el hombre se convenció de que toda espera sería vana.

Todos se enteraron del motivo que llevaba al pobre viejo a quemar hojas. Un día un joven se presentó con una grulla y dijo al atribulado anciano:

-Es posible que la garza no sea suficientemente robusta como para llegar hasta la isla de las Mujeres. Mi grulla, en cambio, puede volar siete días seguidos sin cansarse.

El hombre agradeció, conmovido, y ayudó a la grulla a posarse sobre un escarpado escollo, junto al mar. Luego volvió a su choza lleno de esperanza. Ahora tenía una posibilidad.

Esa misma tarde un colibrí se acercó a la grulla y le preguntó qué hacía allí, sobre aquel escollo.

-Estoy descansando antes de emprender un largo vuelo. Mañana iré a la isla de las Mujeres y, si puedo, traeré una rama con semillas de tabaco.

-¡Ah, qué imprudencia! ¿No sabes que las guardianas de esa isla matan a flechazos a toda ave que se atreve a acercarse?

-Lo sé; pero he prometido aventurarme y mantendré mi promesa.

-Entonces yo iré contigo. Tal vez pueda serte útil.

No había salido el sol aún cuando el colibrí inició el vuelo. La grulla todavía dormía. Cuando se despertó emprendió el vuelo. En la mitad del viaje alcanzó al colibrí, pero vio que éste luchaba con las olas del mar. El pobre pajarito, cansado, no podía sostenerse en el aire. La grulla descendió y lo colocó suavemente sobre un ala.

Cuando llegaron a destino el colibrí dijo:

-Tú debes continuar el vuelo en torno a la isla, sin descender demasiado, pero llamando la atención de las guardianas. Mientras tanto, yo entraré en la plantación de tabaco y me procuraré una rama con semillas.

Cuando las guardianas de la isla vieron a la grulla prepararon sus arcos. La siguieron atentamente con la vista esperando que bajase para herirla. Entretanto, el colibrí arrancó una rama de tabaco con semillas.

Cuando el pajarito se posó de nuevo sobre una de las alas de la grulla inició el vuelo de retorno.

Es de imaginarse la felicidad del anciano padre cuando por fin tuvo en sus manos la semilla de tabaco. La echó en los surcos y atendió delicadamente el pequeño cultivo.

Cuando las plantas echaron hojas, éstas fueron arrancadas y secadas al sol. Luego el hombre las quemó y, en medio del humo, lleno de emoción, llamó a su hijo.

Curisihuari, Maturahuari y Cahuaihuari enseñaron a los hombres muchas cosas respecto al tabaco y fueron los protectores de las plantaciones.

“Ésta es la verdadera historia del tabaco”, dicen los indígenas de la ex Guayana venezolana, y todos los niños escuchan atentamente esta narración, que pasa de boca en boca y de generación en generación.

Fuente
http://www.bibliotecasvirtuales.com/

Imagen
tuxalapa.blogspot.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2011/03/mil-grullas-por-japon.html

martes, 1 de febrero de 2011

Ritual a Yemayá (Flor Universal)


Ritual en la playa a Yemayá. Puerto de Veracruz, México. 2005.

YEMAYÁ

Señora de las Aguas


Yemayá (Yemanjá, Yemaja, Yemaya Olokún, Iemanchá), es una divinidad que forma parte de la santería Orishá.

Sincretiza con la Virgen de Regla y Stella Maris. Madre de todos los orixás

Es una orisha femenina. Es la deidad de las aguas saladas. Es natural de Obeokuta, pero sus adoradores principales son del pueblo de Egbado. La Reina de los Eggun es Onoto, que también se le conoce con el nombre de Obsa.

Collares

Con cuentas de cristal transparente, llamadas de agua, combinadas con las azules, en tramos de siete en siete, o también una al lado de la otra.

Origen

Yemayá es tan vieja como Obatalá, y tan poderosa, que se dice que es la más poderosa, pero por su carácter arrebatado perdió la hegemonía del mundo, y se le dio el dominio de la superficie de los mares, que al moverse de derecha a izquierda, representa el movimiento de las olas, y el carácter de su personalidad. Es la dueña de las aguas y representa al mar, fuente fundamental de vida y creencias

Familia

Yemayá es la madre de Shangó. Si no es la madre carnal, lo adora como una madre. (Hay quien sostiene que Obatalá parió a Shangó y tuvo que abandonarlo porque era fruto del pecado.) Parió a los 16 orishas. Fue mujer de Babalú Ayé, de Aggayú, de Orula y de Oggún.

Creencias

A Yemayá le gusta cazar, chapear, manejar el machete. Es indomable y astuta. Sus castigos son duros y su cólera es terrible, pero justiciera.

Su nombre no debe ser pronunciado por quien la tenga asentada sin antes tocar la tierra con las yemas de los dedos y besar en ellos la huella del polvo.

Según algunos, procede de Oyó, otros dicen que es de Mina.

Es más temible y de mayor jerarquía que Oyá, la dueña del cementerio, de la centella y del vendaval, concubina de Chango.

"No hay más que una Yemaya", una sola con siete caminos o avatares.

En el Diloggún habla en Oddi su día es el sábado.

Aflicciones de las que protege.

Las relativas al vientre de las personas o las que impliquen daño o muerte a través del agua, dulce o salada, la lluvia o la humedad.

Características de sus hijos.

Son voluntariosos, fuertes y rigurosos. En ocasiones son impetuosos, arrogantes, maternales o paternales y serios. Les gusta poner a prueba a sus amistades, se resienten de las ofensas y nunca las olvidan aunque las perdonen. Aman el lujo, son justos aunque un tanto formulistas, porque tienen un sentido innato de las jerarquías.

Según la Santería, es el Orisha que más quiere y cuida a sus hijos.

Algunos de los caminos de Yemaya

Awoyó: La mayor de las Yemaya, la de más ricos vestidos, la que se ciñe 7 faldas para defender a sus hijos.

Akuara: La de dos aquas.

Okute: La guerrera y fiel acompañante de Ogún.

Asesú: Mensajera de Olokún, la de agua turbia, recibe las ofrendas en compañía de los muertos, es muy lenta en complacer a sus fieles.

Mayelewo: Vive en los bosques en una poseta o en un manantial, en este camino se asemeja a su hermana Oshun Ibu Kolé

Iña: las de las disputas, avariciosa y arrogante

Ashaba: Es una de las más ancianas. Primera hija de Olokun.

Salutación.

Sus hijos apoyan el cuerpo en el suelo de medio lado, alternando sobre el codo y lado izquierdo y derecho y le dicen: Omí o Yemayá, Omí Lateo, omí Yalodde

Ropa.

Usa una bata adornada con serpentinas azules y blancas, símbolos del mar y la espuma, una especie de cinto ancho y un peto de forma romboidal. Si es hombre usará pantalones y todos los adornos que sugieran al mar.

Herramientas de Yemaya

Su receptáculo es una sopera o tinaja de loza de color azul o de tonalidades azulinas que contiene las otá y viven en agua de mar. Los atributos de Yemayá son 2 remos, 7 adanes (manillas), una corona, timón, barco, hipocampos, peces, conchas, corales, un sol, una luna llena, 1 mano de caracoles, una sirena, platos, un salvavidas, una estrella, una llave, una maraca pintada de azul, abanicos redondos, un pilón y todo lo relativo al mar de hierro, plata o plateado.

Sus Elekes más tradicionales se confeccionan intercalando cuentas azules y blancas o 7 cuentas azules, 1 azul ultramar y 7 de agua.

Ofrendas

Le gustan mucho las rosas blancas. Cuando sus hijos tienen la salud quebrantada, deben llevar una canasta de rosas blancas a la orilla del mar y ahí llamar a Yemayá echándole las rosas blancas. Se le ofrenda Ochinchin de Yemaya hecho a base de camarones, alcaparras, lechuga, huevos duros, tomate y acelga, ekó (tamal de maíz que se envuelve en hojas de plátano), olelé (frijoles de carita o porotos tapé hecho pasta con jengibre, ajo y cebolla), plátanos verdes en bolas o ñame con quimbombó, porotos negros, palanquetas de gofio con melado de caña, coco quemado, azúcar negra, pescado entero, melón de agua o sandía, piñas, papayas, uvas, peras de agua, manzanas, naranjas, melado de caña, etc. Se le inmolan carneros, patos, gallinas, gallinas de Angola, palomas, codornices, gansos.

Sus Ewe son itamo real, lechuga, peregun blanco, atiponlá, mejorana, mazorquilla, mora, flor de agua, meloncillo, hierba añil, berro, verbena, malanguilla, paragüita, prodigiosa, helecho, cucaracha, malanga, canutillo, albahaca, hierba buena, botón de oro, hierba de la niña, carqueja, diez del día, bejuco de jaiba, bejuco ubí macho, bejuco amargo, verdolaga, jagua, limo de mar, aguacate, ciruela, pichona…

Se la festeja del 2 de febrero a lo largo de la Costa Atlántica.




De Wikipedia, la enciclopedia libre


http://www.youtube.com/watch?v=El1uQT1cUeQ

lunes, 10 de enero de 2011

EL PERÍODO COLONIAL EN CUBA DE 1492 A 1898

Galeón español asaltado por piratas.

Por José Félix Zavala

Cuando Cristóbal Colón arribó a Cuba el 27 de octubre de 1492 y sus naves recorrieron durante cuarenta días la costa norte oriental de la Isla, pudo apreciar, junto a los encantos de la naturaleza exuberante, la presencia de pobladores pacíficos e ingenuos que le ofrecían algodón, hilado y pequeños pedazos de oro a cambio de baratijas.

Dos años después, al explorar la costa sur de Cuba durante su segundo viaje, el Almirante se percataría de la diversidad de esos pobladores indígenas, pues los aborígenes de la región oriental que lo acompañaban, no podían entenderse con los habitantes de la parte occidental.

Ciertamente, la población de la Isla se había iniciado cuatro milenios antes, con la llegada de diversas corrientes migratorias: las primeras probablemente procedentes del norte del continente a través de la Florida, y las posteriores, llegadas en sucesivas oleadas desde la boca del Orinoco a lo largo del arco de las Antillas.

Entre los aproximadamente 100 000 indígenas que poblaban la Isla al iniciarse la conquista española, existían grupos con distintos niveles de desarrollo sociocultural.

Los más antiguos y atrasados -ya casi extinguidos en el siglo XV- vivían de la pesca y la recolección y fabricaban sus instrumentos con las conchas de grandes moluscos. Otro grupo, sin despreciar la concha, poseía instrumentos de piedra pulida y, junto a las actividades recolectoras, practicaba la caza y la pesca.

Más avanzados, los procedentes de Sudamérica -pertenecientes al tronco aruaco- eran agricultores, y con su principal cultivo, la yuca, fabricaban el casabe, alimento que no sólo podía comerse en el momento, sino que también se podía conservar. Confeccionaban objetos y recipientes de cerámica y poseían un variado instrumental de concha y piedra pulida.

Sus casas de madera y guano de palma -los bohíos- agrupadas en pequeños poblados aborígenes, constituirían durante varios siglos un elemento fundamental del hábitat del campesinado cubano

La conquista de la Isla por España se inicia casi dos décadas después del primer viaje de Colón, como parte del proceso de ocupación que se irradiaba hacia diversas tierras del Caribe. A Diego Velázquez, uno de los más ricos colonos de La Española, se encargó sojuzgar el territorio cubano, que se inició en 1510 con una prolongada operación de reconocimiento y conquista, plagada de cruentos incidentes. Alertados acerca de las tropelías cometidas por los españoles en las islas vecinas, los aborígenes de la región oriental de Cuba resistieron la invasión hispana, dirigidos por Yahatuey o Hatuey, un cacique fugitivo de La Española, quien finalmente fue apresado y quemado vivo como escarmiento.

Con la fundación de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, en 1512, los españoles emprendieron el establecimiento de siete villas con el objetivo de controlar el territorio conquistado -Bayamo (1513), la Santísima Trinidad, Sancti Spíritus y San Cristóbal de La Habana (1514), Puerto Príncipe (1515)- hasta concluir con Santiago de Cuba (1515), designada sede del gobierno. Desde estos asentamientos, que en su mayoría cambiaron su primitiva ubicación, iniciaron los conquistadores la explotación de los recursos de la Isla.


La actividad económica se sustentó en el trabajo de los indígenas, entregados a los colonos por la Corona mediante el sistema de “encomiendas”, una especie de concesión personal, revocable y no transmisible, mediante el cual el colono se comprometía a vestir, alimentar y cristianizar al aborigen a cambio del derecho de hacerlo trabajar en su beneficio. El renglón económico dominante en estos primeros años de la colonia fue la minería, específicamente la extracción de oro, actividad en la cual se emplearon indios encomendados así como algunos esclavos negros que se integraron desde muy temprano al conglomerado étnico que siglos después constituiría el pueblo cubano.

El rápido agotamiento de los lavaderos de oro y la drástica reducción de la población -incluidos los españoles, alistados en gran número en las sucesivas expediciones para la conquista del continente- convirtieron a la ganadería en la principal fuente de riqueza de Cuba. A falta de oro, la carne salada y los cueros serían las mercancías casi exclusivas con que los escasos colonos de la Isla podrían incorporarse a los circuitos comerciales del naciente imperio español.

Concebido bajo rígidos principios mercantilistas, el comercio imperial se desarrollaría como un cerrado monopolio que manejaba la Casa de Contratación de Sevilla, lo que no tardó en despertar los celosos apetitos de otras naciones europeas.

Corsarios y filibusteros franceses, holandeses e ingleses asolaron el Caribe, capturaron navíos y saquearon ciudades y poblados. Cuba no escapó de esos asaltos: los nombres de Jacques de Sores, Francis Drake y Henry Morgan mantuvieron en pie de guerra por más de un siglo a los habitantes de la Isla. Las guerras y la piratería también trajeron sus ventajas.

Para resguardar el comercio, España decidió organizar grandes flotas que tendrían como punto de escala obligado el puerto de La Habana, estratégicamente situado al inicio de la corriente del Golfo.

La periódica afluencia de comerciantes y viajeros, así como los recursos destinados a financiar la construcción y defensa de las fortificaciones que, como el Castillo del Morro, guarnecían la bahía habanera, se convertirían en una importantísima fuente de ingresos para Cuba.

Los pobladores de las regiones alejadas, excluidos de tales beneficios, apelaron entonces a un lucrativo comercio de contrabando con los propios piratas y corsarios, que de este modo menos agresivo también burlaban el monopolio comercial sevillano. Empeñadas en sofocar tales intercambios, las autoridades coloniales terminaron por chocar con los vecinos, principalmente los de la villa de Bayamo, quienes con su sublevación de 1603, ofrecieron una temprana evidencia de la diversidad de intereses entre la “gente de la tierra” y el gobierno metropolitano. Uno de los incidentes provocados por el contrabando inspiró poco después el poema Espejo de Paciencia, documento primigenio de la historia literaria cubana.

A principios del siglo XVII, la Isla, que en ese momento contaba con unos 30.000 habitantes, fue dividida en dos gobiernos, uno en La Habana y otro en Santiago de Cuba, aunque la capital se estableció en aquella. Aunque lentamente, la actividad económica crecía y se diversificaba con el desarrollo del cultivo del tabaco y la producción de azúcar de caña. Paulatinamente se establecieron nuevos pueblos, por lo general alejados de las costas y crecieron las primitivas villas, donde comenzaba a manifestarse un estilo de vida más acomodado y a practicarse frecuentes diversiones, desde los juegos y bailes hasta las corridas de toros y los altares de cruz. De la actividad religiosa, que era con mucho la nota dominante de la vida social, quedarían importantes huellas arquitectónicas, entre las que vale como muestra el magnífico Convento de Santa Clara.

La subida al trono español de la dinastía Borbón a principios del siglo XVIII, trajo aparejada una modernización de las concepciones mercantilistas que presidían el comercio colonial. Lejos de debilitarse, el monopolio se diversificó y se dejó sentir de diverso modo en la vida económica de las colonias. En el caso cubano, ello condujo a la instauración del estanco del tabaco, destinado a monopolizar en beneficio de la Corona la elaboración y comercio de la aromática hoja, convertida ya en el más productivo renglón económico de la Isla. La medida fue resistida por comerciantes y cultivadores, lo que dio lugar a protestas y sublevaciones, la tercera de las cuales fue violentamente reprimida mediante la ejecución de once vegueros en Santiago de las Vegas, población próxima a la capital. Imposibilitados de vencer el monopolio, los más ricos habaneros decidieron participar de sus beneficios. Asociados con comerciantes peninsulares, lograron interesar al Rey y obtener su favor para constituir una Real Compañía de Comercio de La Habana (1740), la cual monopolizó por más de dos décadas la actividad mercantil de Cuba.

El siglo XVIII fue escenario de sucesivas guerras entre las principales potencias europeas, que en el ámbito americano persiguieron un definido interés mercantil. Todas ellas afectaron a Cuba de uno u otro modo, pero sin duda la más trascendente fue la de los Siete Años (1756-1763), en el curso de la cual La Habana fue tomada por un cuerpo expedicionario inglés. La ineficacia de las máximas autoridades españolas en la defensa de la ciudad contrastó con la disposición combativa de los criollos, expresada sobre todo en la figura de José Antonio Gómez, valeroso capitán de milicia de la cercana villa de Guanabacoa, muerto a consecuencia de los combates.

Durante los once meses que duró la ocupación inglesa -agosto de 1762 a julio de 1763-, La Habana fue teatro de una intensa actividad mercantil que pondría de manifiesto las posibilidades de la economía cubana, hasta ese momento aherrojada por el sistema colonial español.

Al restablecerse el dominio hispano sobre la parte occidental de la Isla, el Rey Carlos III y sus ministros “ilustrados” adoptaron una sucesión de medidas que favorecerían el progreso del país.

La primera de ellas fue el fortalecimiento de sus defensas, de lo cual sería máxima expresión la construcción de la imponente y costosísima fortaleza de San Carlos de La Cabaña en La Habana; a esta se sumarían numerosas construcciones civiles, como el Palacio de los Capitanes Generales (de gobierno) y religiosas, como la Catedral, devenidas símbolos del paisaje habanero.

El comercio exterior de la Isla se amplió, a la vez que se mejoraron las comunicaciones interiores y se fomentaron nuevos poblados como Pinar del Río y Jaruco. Otras medidas estuvieron encaminadas a renovar la gestión gubernativa, particularmente con la creación de la Intendencia y de la Administración de Rentas.

En este contexto se efectuó el primer censo de población (1774) que arrojó la existencia en Cuba de 171.620 habitantes.

Otra serie de acontecimientos internacionales contribuyeron a la prosperidad de la Isla. El primero de ellos, la guerra de independencia de las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, durante la cual España -partícipe del conflicto- aprobó el comercio entre Cuba y los colonos sublevados. La importancia de este cercano mercado se pondría de manifiesto pocos años después, durante las guerras de la Revolución Francesa y el Imperio napoleónico, en las cuales España se vio involucrada con grave perjuicio para sus comunicaciones coloniales.

En esas circunstancias se autorizó el comercio con los “neutrales” -Estados Unidos- y la economía de la Isla creció vertiginosamente, apoyada en la favorable coyuntura que para los precios del azúcar y el café creó la revolución de los esclavos en la vecina Haití. Los hacendados criollos se enriquecieron y su flamante poder se materializó en instituciones que, como la Sociedad Económica de Amigos del País y el Real Consulado, canalizaron su influencia en el gobierno colonial. Liderados por Francisco de Arango y Parreño, estos potentados criollos supieron sacar buen partido de la inestable situación política y, una vez restaurada la dinastía borbónica en 1814, obtuvieron importantes concesiones como la libertad del comercio, el desestanco del tabaco y la posibilidad de afianzar legalmente sus posesiones agrarias.

Pero tan notable progreso material se basaba en el horroroso incremento de la esclavitud. A partir de 1790, en sólo treinta años, fueron introducidos en Cuba más esclavos africanos que en el siglo y medio anterior. Con una población que en 1841 superaba ya el millón y medio de habitantes, la Isla albergaba una sociedad sumamente polarizada; entre una oligarquía de terratenientes criollos y grandes comerciantes españoles y la gran masa esclava, subsistían las disímiles capas medias, integradas por negros y mulatos libres y los blancos humildes del campo y las ciudades, estos últimos cada vez más remisos a realizar trabajos manuales considerados vejaminosos y propios de esclavos. La esclavitud constituyó una importante fuente de inestabilidad social, no sólo por las frecuentes manifestaciones de rebeldía de los esclavos -tanto individuales como en grupos- sino porque el repudio a dicha institución dio lugar a conspiraciones de propósitos abolicionistas.

Entre estas se encuentran la encabezada por el negro libre José Antonio Aponte, abortada en La Habana en 1812, y la conocida Conspiración de la Escalera (1844), que originó una cruenta represión. En esta última perdieron la vida numerosos esclavos, negros y mulatos libres, entre quienes figuraba el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, (Plácido).

El desarrollo de la colonia acentuó las diferencias de intereses con la metrópoli. A las inequívocas manifestaciones de una nacionalidad cubana emergente, plasmadas en la literatura y otras expresiones culturales durante el último tercio del siglo XVIII, sucederían definidas tendencias políticas que proponían disímiles y encontradas soluciones a los problemas de la Isla.

El cauto reformismo promovido por Arango y los criollos acaudalados encontró continuidad en un liberalismo de corte igualmente reformista encarnado por José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y otros prestigiosos intelectuales vinculados al sector cubano de los grandes hacendados.

La rapaz y discriminatoria política colonial de España en Cuba tras la pérdida de sus posesiones en el Continente, habría de frustrar en reiteradas ocasiones las expectativas reformistas. Esto favoreció el desarrollo de otra corriente política que cifraba sus esperanzas de solución de los problemas cubanos en la anexión a Estados Unidos. En esta actitud convergía tanto un sector de los hacendados esclavistas que veía en la incorporación de Cuba a la Unión norteamericana una garantía para la supervivencia de la esclavitud -dado el apoyo que encontrarían en los estados sureños-, como individuos animados por las posibilidades que ofrecía la democracia estadounidense en comparación con el despotismo hispano. Los primeros, agrupados en el “Club de La Habana” favorecieron las gestiones de compra de la Isla por parte del gobierno de Washington, así como las posibilidades de una invasión “liberadora” encabezada por algún general norteamericano.

En esta última dirección encaminó sus esfuerzos Narciso López, general de origen venezolano que, tras haber servido largos años en el ejército español, se involucró en los trajines conspirativos anexionistas. López condujo a Cuba dos fracasadas expediciones, y en la última fue capturado y ejecutado por las autoridades coloniales en 1851.

Otra corriente separatista más radical aspiraba a conquistar la independencia de Cuba. De temprana aparición -en 1810 se descubre la primera conspiración independentista liderada por Román de la Luz-, este separatismo alcanza un momento de auge en los primeros años de la década de 1820. Bajo el influjo coincidente de la gesta emancipadora en el continente y el trienio constitucional en España, proliferaron en la Isla logias masónicas y sociedades secretas. Dos importantes conspiraciones fueron abortadas en esta etapa, la de los Soles y Rayos de Bolívar (1823), en la que participaba el poeta José María Heredia -cumbre del romanticismo literario cubano- y más adelante la de la Gran Legión del Águila Negra alentada desde México.

También por estos años, el independentismo encontraba su plena fundamentación ideológica en la obra del presbítero Félix Varela.

Profesor de filosofía en el Seminario de San Carlos en La Habana, Varela fue electo diputado a Cortes en 1821 y tuvo que huir de España cuando la invasión de los “cien mil hijos de San Luis” restauró el absolutismo. Radicado en Estados Unidos, comenzó a publicar allí el periódico El Habanero dedicado a la divulgación del ideario independentista.

Su esfuerzo, sin embargo, tardaría largos años en fructificar pues las circunstancias, tanto internas como externas, no resultaban favorables al independentismo cubano.

En los años posteriores, la situación económica cubana experimentó cambios significativos. La producción cafetalera se derrumbó abatida por la torpe política arancelaria española, la competencia del grano brasileño y la superior rentabilidad de la caña.

La propia producción azucarera se vio impelida a la modernización de sus manufacturas ante el empuje mercantil del azúcar de remolacha europeo. Cada vez más dependiente de un solo producto -el azúcar- y del mercado estadounidense, Cuba estaba urgida de profundas transformaciones socioeconómicas a las cuales la esclavitud y la expoliación colonial española interponían grandes obstáculos.

El fracaso de la Junta de Información convocada en 1867 por el gobierno metropolitano para revisar su política colonial en Cuba, supuso un golpe demoledor para las esperanzas reformistas frustradas en reiteradas ocasiones. Tales circunstancias favorecieron el independentismo latente entre los sectores más avanzados de la sociedad cubana, propiciando la articulación de un vasto movimiento conspirativo en las regiones centro orientales del país.

Fuente
El oficio de historiar
Imagen
brigadacuba.wordpress.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/11/yahatuey-o-hatuey.html

domingo, 21 de noviembre de 2010

EL JAYBANISMO


Bancos y platos ceremoniales del Jaibana.
Comunidad Embera y Waunana
Foto: Oscar Monsalve


El jaybanismo es la forma de chamanismo practicada por los chocóes que habitan el Darién panameño y el Chocó colombiano.

En el Istmo de Panamá habría unos 3.000 indios chocóes de dos ramas lingüísticas diferentes, los emberá-bedeá y los nonamás.

Ambos grupos aunque tienen características físicas y lingüísticas diferentes poseen rasgos culturales idénticos, uno de los cuales es la existencia de chamanes a los que llaman jaybanás o cantajays.

La enfermedad (pienbüá) es uno de los problemas diarios del indio chocó.

Ellos consideran que hay dos tipos de enfermedades: unas naturales que pueden ser curadas con plantas, hierbas, baños o pociones y otras sobrenaturales, producto de hechizos, mal de ojo, intervenciones diabólicas o producidas por espíritus de difuntos que andan sueltos y quieren hacer daño. Para curar estas últimas hay que recurrir a medios extraordinarios.

Muchos chocóes saben cómo usar ciertos remedios para curar pequeños problemas, sin necesidad de recurrir a otra persona de más categoría.

En ocasiones y en vista de su impotencia para curar o resolver la situación, consultará con algún experto curandero que sepa cómo curar con raíces (kurá-baná). Si aún éste no resuelve el problema, será preciso recurrir al Jaybaná, que es el mago, el adivino, el médico, sacerdote, cantor de tradiciones y conocedor de rituales mágico-curativos. Posee el poder necesario para conjurar el poder maligno o Antumiá y dominarlo o consultarlo.

Hoy, según dicen, el jaybaná no es lo que era antiguamente. Con la llegada de la civilización ha perdido muchos de sus antiguos poderes.

No viven de su profesión sino que tienen que cultivar la tierra como todos los demás y vender sus productos para poder subvenir a sus necesidades y de su familia.

Todos han llegado a ser jaybanás por medio de vocación o herencia paterna. Ninguno ha sido por nacimiento como entre los cunas.

Teodolindo Dohiramá, por ejemplo, uno de los más famosos chamanes chocóes del Darién, contaba que él comenzó a estudiar su profesión cuando tenía 20 años de edad. Decidido a prepararse en el arte de curar marchó al Río Atrato, donde se puso en manos de un famoso maestro de nombre Miguel Gogoná, cuya especialidad era curar las enfermedades extrayendo por succión la causa del mal, a veces una espina, un coleóptero o una piedrecita. Cuando aprendió con él sus técnicas, fué a buscar otro jaybaná de nombre Merín, cuya especialidad era curar a picados de culebra. Este le enseñó a buscar y utilizar una hierba llamada neanabariya tamá bajadá, pequeño arbusto cuyas hojas machacaba en el momento de usarlo y aplicaba sobre la herida producida por la picadura de la culebra. A todos estos maestros tenía que pagarles durante su permanencia con ellos. Otro de sus maestros fué “Enrique” de Río Sambú quien le enseñó a curar muchas enfermedades naturales y a cantar como cantan los cantajáys.

El jaybaná no tiene sin embargo ninguna fuerza curativa si no lleva consigo sus bastones, fabricados por él mismo bajo la dirección de su maestro con madera de cocobolo o corazón de “bársamo” o níspero que ellos llaman en su lengua tummá o barra. Estas maderas son durísimas y la elaboración de uno de estos bastones puede llevar mucho tiempo por lo difícil y laboriosa que resulta. Pero una vez terminado es una verdadera obra de arte. El extremo inferior del bastón o contera se reviste con una lámina de plata batida en frío y el extremo superior o empuñadura (chiporó) está rematado por una talla antropomorfa representando generalmente un hombre vestido a la usanza de un caballero del siglo XIX, con sombrero de copa y levita, las manos cruzadas sobre el abdomen o extendidas a lo largo del cuerpo.

Otros bastones representan con gran exactitud el cuerpo y la forma de una culebra. Los bastones son compañía inseparable del jaybaná mientras canta o celebra alguno de los ritos curativos ante un paciente. Mientras realiza éstos, toma de tiempo en tiempo chicha de maíz y jugo de caña sin fermentar al que llaman pemote.

Terminado el aprendizaje con varios maestros, el nuevo jaybaná está en disposición de comenzar su trabajo. Esto debe de juzgarlo su maestro. Si cree que ya está bien formado y preparado, se llevará a efecto una ceremonia muy complicada durante la cual quedará revestido del poder y la fuerza para curar.

Antiguamente el jaybaná era el ser más temido de la tribu, porque se sabía que eran capaces de hacer mucho daño si se lo proponían. Hoy se les teme por inercia pero ya “no hacen daño” como aseguran los propios chamanes chocóes.

Viven aislados en un lugar apartado de la montaña, junto a alguno de los ríos y cuando la gente necesita de sus remedios curativos, han de llevar el enfermo en una hamaca o en una canoa hasta su casa donde permanecerá varios días hasta conseguir la curación si ésta es posible.

La técnica utilizada generalmente por el jaybaná para curar puede variar pero la más corriente es la siguiente: El enfermo es llevado a su casa en la que coloca 8 o 16 mohó-uanga, o muñecos de madera tallada y figura antropomorfa atados con bejucos en los horcones que sostienen el techo de paja de la vivienda. La misión de estas tallas es capturar a los espíritus malignos para que la curación discurra sin tropiezos. Luego se coloca al paciente tendido sobre un petate o hamaca y a sus pies y a un lado se sitúa el chamán, sentado, llevando en su mano izquierda los bastones mágicos símbolo de su poder y en su mano derecha una gran hoja de palma de maquenque (parará) y así se dispone a comenzar su canto curativo. Se trata de ritmos extraños, bitonales, monótonos, como un rezo, lejano al principio, con altibajos agudos y graves y a veces como de falsete, sin letra, sólo la melodía. Al mismo tiempo agita la palma de maquenque como si estuviera abanicando, lo que produce un acompañamiento singular, ya que el roce de los fuelles que tiene esta hoja produce un sonido muy parecido al que produce la lluvia tropical al caer sobre los árboles o las techumbres de las casas, y a veces recuerda el galopar de un caballo.

De vez en cuando refresca su garganta que se seca con los altibajos del canto, con chicha, chucula o pemote. Canta infatigablemente hasta el amanecer, en cuyo momento parece vencerle el cansancio y se acuesta. Trata de acompañar y salmodiar al paciente durante las horas nocturnas que son las más peligrosas para su salud.

Los familiares del enfermo pueden presenciar la escena y permanecer en la casa donde se realiza esta curación, pero según van entrando en el recinto deben lavar sus pies en una batea llena de agua con hierbas aromáticas.

Además de los cantos chamánicos, el jaybaná administra al paciente diversas pócimas según el caso y la enfermedad de que se trate, seleccionadas de su extensa farmacopea generalmente obtenida de los árboles de la selva. Algunas las tienen sembradas junto a la casa, en un huerto que todo jaybaná tiene lleno de plantas medicinales.

Una de las cualidades o poderes que tiene el jaybaná es la de ser capaz de convocar o invocar al Antumiá, el demonio que se encuentra en los ríos en forma de gran culebra mayor que una anaconda.

Para esta ceremonia se debe preparar previamente por medio de ayuno, baños con substancias medicinales y aromáticas, frotaciones con resinas olorosas o sahumerios. El día más adecuado para realizar la invocación es el primer día de plenilunio durante las primeras horas de la noche hasta media noche.

El jaybaná provisto de un mojó-uanga hecho de madera de balso, sus bastones mágicos y una buena provisión de chicha fermentada bien fuerte (chinango), una escopeta (usan las de calibre 22 y son muy buenos tiradores) y un cuerno de caza a manera de trompeta, se dirige a un claro de la selva y traza un círculo o cuadrado mágico dentro del cual se sitúa sentado. Esta línea defensiva no puede ser atravesada por el Antumiá. Entonces, hace unos disparos al aire y sopla con fuerza en su cuerno de caza (a veces un fututo o cambombia, concha de un enorme caracol marino que produce un sonido ronco y penetrante).

A la llamada del jaybaná, se presenta al poco rato el Antumiá, en persona, obediente, pero no a su gusto, sino a regañadientes, interrogando malhumorado la razón de la llamada. El jaybaná, seguro de sí mismo y de su poder, gracias a cierta infusión de mahué (una de las varias plantas alucinógenas que conocen muy bien, tales como el huanto, la borrachera, el yagé o alguna Datura) que mezcla con la chicha y que previamente ha ingerido para que le dé valor, en lugar de contestar inmediatamente, agita delante de sí el mohó-uanga de madera de balso con el que traza un semicírculo atrapando al Antumiá y obligándolo a sentarse ante él, sin penetrar el círculo mágico. Entonces ofrece su chicha fuerte al demonio con la cual le embriaga pronto. Este suelta la lengua, momento que es aprovechado para interrogar al representante del mal sobre el origen de la enfermedad que aqueja a su cliente o la causa que la determina. Aprovecha entonces para preguntar qué medicina es buena para curarla. El Antumiá responde en medio de su borrachera y el jaybaná satisfecho le ordena retirarse.

Puede apreciarse en esta escena tan frecuente en el proceso curativo, cómo se combina en el jaybanismo chocó, lo mágico, en el corazón de la selva, con lo natural y realmente terapéutico, lo físico y lo sobrenatural.

El chocóe en general es muy aficionado a revestirse de adornos de plata, hechos con monedas o plata nativa batida en frío. Así llevan pulseras de plata muy anchas, pectorales hechos de monedas de plata que les llegan hasta por debajo del ombligo, o diademas de monedas de plata que les cuelgan por la espalda y pendientes también fabricados de monedas de plata muy hábilmente. En cambio las mujeres no se ponen ninguno de estos adornos. Sucede al revés de los cunas entre los cuales son las mujeres las que van sobrecargadas a veces de adornos de oro (grandes pendientes como platos, grandes pectorales, collares de monedas, anillos de oro colgados del septum nasal) mientras que los varones jamás se ponen un adorno de oro y sólo alguno de plumas de guacamaya en ciertos rituales como los que celebra el kantule o cantor de la tribu.

La mujer del jaybaná representa un papel importante en la ceremonia curativa, aunque no tan figurativo como el del esposo. Ella será la que va preparando las chichas que debe beber su esposo o las que éste dispone que beba el enfermo, machaca las hierbas que le da su marido y que serán parte de la medicación y está atenta en todo momento a cuanto le diga el jaybaná.


Fuente: www.ucm.es
Imagen: banrepcultural.org

LOS CHOCOES

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/06/antumia.html

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL CACIQUE HUAROCUYA (ENRIQUILLO)

ENRIQUILLO
EL LIBERTADOR DE QUISQUEYA



Hace aproximadamente en el año de 1496, era el heredero del Nitainato del Bahoruco, tributario del Cacicazgo de Xaragua o Jaragua, uno de los cincos reinos principales que había en la isla al tiempo de la llegada de Colon. (Nitainatos era la división política en que se dividían los Cacicazgos.

De no haberse producido la interrupción que significo la llegada de los Europeos a la isla, dicho Nitainato lo recibiría en herencia de su padre el Nitaíno Maniocatex, muerto en la Matanza de Jaragua, ordenada -mientras celebraban un acuerdo de paz- por el gobernador Nicolás de Ovando (1503).

Los religiosos Franciscanos de la ciudad de la Vera-Paz, (lugar cercano a lo que hoy es Puerto Príncipe) ciudad relativamente cercana al Bahoruco, la región montañosa de Jaragua. Estos religiosos -cuentan los cronistas- recogieron al Caciquillo de unos 7 años, en su convento y allí lo criaron y educaron. Así hicieron con la mayoría de los hijos de los príncipes Tainos.

Los Frailes le enseñaron a leer e escribir y gramática, para lo cual, necesariamente, tuvieron que adoctrinarlo en costumbres y en sentimientos. Hablaba bien el castellano. Hecho hombre a la sombra espiritual del monasterio, Enriquillo se caso con su prima, noble dama Taina llamada Mencía. La cual era hija de la princesa Higuemota, hija de la reina Anacaona y el Cacique Caonabo.

Sobre el físico del Cacique Enriquillo, coinciden Oviedo y Las Casas: "Era alto y gentil hombre, de cuerpo bien proporcionado y dispuesto, la cara no-tenia hermosa ni fea, pero tenía-la de hombre grave y severo". "El Cacique era sobrio de maneras y apetitos. No-se excedía en el comer ni en el beber. Receloso y esquivo, no se confiaba fácilmente a nadie. Huidizo y despierto, como pollo de guinea, hablaba poco y dormía menos". "Solo así, vigilante hasta de su propia sombra, pudo mantener durante catorce años la guerra del Bahoruco, sin ser nunca vencido, ni siquiera sorprendido". (Herrera op. cit. Década II. Libro V. Cap. I. Tomo II Pág. 94)

Las condiciones morales del Cacique eran, mas que corrientes, relevantes. Religioso a carta cabal, no abandono sus hábitos culturales, ni aun en los años de la rebelión, porque en el Bahoruco cumplía, hasta donde las circunstancias no lo vedaban, con los preceptos de la Iglesia. Las reglas de vida que impuso a los rebeldes eran severísimas. Espejo de sus propias costumbres y de las de Mencía su mujer. Nadie podía transgredirla, sin castigo. (Oviedo, HISTORIA GENERAL Y NATURAL DE LAS INDIAS, Ed. 1851, Tomo I, Págs. 157-158).

En lo que mira a su modo de hacer la guerra, es indiscutible que siempre se mantuvo en términos de estricta moderación, evitando el mal que no aprovechaba a su causa, e impidiendo que los suyos se excediesen en la venganza inútil y en los hechos atroces. (Las Casas, Op. cit. Libro II. Cap. CXXV. Tomo II. pag. 236).

Enriquillo fue encomendado al español Francisco de Valenzuela, colono de San Juan de la Maguana, con cuarenta y seis de sus súbditos. A Francisco Hernández, también de la Maguana, se le asignaron treinta y seis de los indios del Cacique. Alburquerque y Pasamonte en el reparto de 1514, confirmaron esta dos encomiendas (Casimiro N. de Moya, Op. cit., p. 190).

En 1519, hastiado de las injusticias hacia el y los suyos,- y del sistema de esclavitud impuesto disfrazado con el termino de Encomienda- decide irse junto a su esposa Mencía -nieta de la reina Anacaona- en rebeldía, hacia las escarpadas montañas del Bahoruco.

Cuenta -Las Casas- que cuando Andrés Valenzuela se dio cuenta de que Huarocuya-Enriquillo, había abandonado sus servicios, salió a perseguirlo con gente española. El Cacique prevenido y dispuesto a defenderse le hizo resistencia a Valenzuela, le mato a algunos de lo suyos y descalabro a los más. Quisieron los indios acabar con el mozo y lo impidió el Cacique, amonestándolo de este modo: "Agradeced, Valenzuela, que no os mato; andad, íos y no volváis más acá, guardaos". Noble decisión, que hecha por tierra la perversa tesis de los antinacionales, que históricamente han pretendido rebajar la grandeza del héroe del Bahoruco, planteando que su rebelión había sido su reacción porque Andrés Valenzuela le había violado y embarazado a Mencía.

Se mantuvo en guerra contra los españoles a ambos lado de las montañas del Bahoruco, asaltando las haciendas de los colonos, rescatando sus armas y repeliendo sus ataques,, hasta que, cansado de guerrear 14 años después, en 1533, pacta un acuerdo de paz, con el enviado del rey de España, el Capital General Francisco de Barrionuevo.

Las negociaciones con el enviado de la Corona el Capitán General Francisco de Barrionuevo fueron realizadas a la orilla del Lago del Comendador, el cual a partir de ahí, fue bautizado como “Lago Enriquillo”. Convirtiéndose por el éxito de sus negociaciones en el Libertador de los Quisqueyanos.

Los acuerdos pactados en las negociaciones fueron, Libertad para el pueblo Taino con la eliminación de la Encomienda, no pago de impuesto a la corona, y un territorio libre para los suyos. Según la tradición de la zona, El Cacique Enriquillo se asentó en el área que es hoy la provincia de Monte Plata, y que residía en el Yucateque (pueblo) de Boya. No en un supuesto Boya que la tierra se trago en las inmediaciones de Azua como luego inventaron. Para dislocar el verdadero lugar del santuario de semejante líder.

Según antiquísima tradición en la zona, en la iglesia de Agua Santa de la comunidad de Boya en la Pcia. de Monte Plata, bajo esta construcción esta ubicada la tumba del Libertador, el cual era un lugar de peregrinación por parte de los nativos, y por esa razón, los españoles decidieron construir sobre su tumba dicha Iglesia. También se afirma que el Cacique murió alrededor de 1536 de unos 40 años de edad.

Ahí descansan sin ninguna honra oficial los restos del Libertador de Quisqueya, a pesar del Decreto 6885 del 29 de Septiembre de 1950, aparecido en la Gaceta Oficial No. 7193 del 18 de Octubre de 1950, que consagra del 27 de Septiembre como Día del Héroe de Bahoruco.

Por Milton Olivo, autor del libro EL SECRETO TAINO.
milton.olivo@gmail.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/11/anacaona.html

martes, 9 de noviembre de 2010

ANACAONA



Por: Elizabeth Chung

El Sonido de la Esperanza Radio (www.sonidodelaesperanza.org)

Anacaona, india de raza cautiva
Anacaona, de la región primitiva
Anacaona, oí tu voz
Como lloró cuanto gimió
Anacaona oí la voz
De tu angustiado corazón
Tu libertad nunca llegó…

Así comienza la canción de Cheo Feliciano, en honor a Anacaona, legendaria heroína que se opuso a la esclavización y al maltrato de los indios por parte de los conquistadores españoles.
Reina indígena Taína de la isla La Española o Hispaniola, hoy día isla que comparte la República Dominicana con Haití.

Su nombre significa “Flor de Oro” en lengua Taína. Hermana menor de Behechío, cacique de la provincia de Jaragua (hoy día Haití) y esposa de Canoabo, quien gobernaba la región de Maguana (hoy día Cibao, Rep. Dominicana). Se desconoce su fecha de nacimiento; murió en la horca en 1504.

Mujer de gran belleza, inteligencia y gracia, fue considerada la poetisa más famosa entre los indios. Fue una compositora muy popular de areítos, poemas narrativos que celebraban las hazañas de los indios y sus antepasados, los cuales memorizaba y declamaba frente a los indígenas en las fiestas.

A la llegada de la expedición de Cristóbal Colón en diciembre de 1492, Anacaona se distinguió por su curiosidad y gran admiración a los españoles, porque encontraba en ellos notables avances y conocimientos. Pero los abusos que algunos de los españoles que quedaron en el Fuerte Navidad, primer emplazamiento europeo en el Nuevo Mundo, cometieron con las mujeres caribes, al igual que el maltrato y la esclavización de los indígenas con miras a la explotación de las minas de oro, hicieron que Anacaona dejara de admirarles y les viera como una amenaza a combatir.

Convenció entonces a su esposo Canoabo para que atacaran e incendiaran la villa. Al regreso de Colón el 28 de noviembre de 1493, encontró el fuerte destruido y sus 39 moradores asesinados.

La expedición de Colón emprendió la captura del cacique Canoabo y luego de su captura, se presume que Canoabo murió ahogado cuando los prisioneros del barco se sublevaron y lo hundieron en pleno mar.

Después de la captura de Canoabo, Anacaona se fue a la región de Jaragua. A la muerte de su hermano Behechío, Anacaona tomó el mando del Cacicazgo de Jaragua, la única que no había sucumbido al dominio español.

España por otra parte, embarcó a Nicolás De Obando con 2.500 hombres armados y listos para tomar el control de Jaragua. De Obando decide tomar acciones para “domesticar” a los indios y fraguó un plan para aniquilar a los líderes indios. De Obando organizó un banquete con el fin de celebrar su posesión como gobernador y para esto invitó a Anacaona y 80 jefes indios, a los que dio muerte.

Al momento de la masacre, Anacaona logró escapar con algunos indígenas. Descontento con su escape, De Obando inició una búsqueda hasta que la capturaron.

Su hospitalidad, nobles cualidades, gentil porte y su condición de mujer nada valieron, ya que a los tres meses de lo sucedido, Nicolás De Obando la condenó públicamente a la horca en 1504.

Fuente: http://deorienteaoccidente.wordpress.com/2008/09/02/anacaona/

Sitio web de la imagen: 27febrero.com

miércoles, 13 de octubre de 2010

UN BARCO FANTASMA


(Cozumel, Quintana Roo, México)


¿Y si le han platicado del barco fantasma?, me pregunta el Sr. Nicolás Tzaec, un taxista, radicado en Mérida, Yucatán.

Como respondo negativamente, me dice:

Ah, entonces escuche bien porque eso sí es cierto, a mí me tocó verlo, sí. Cuando yo estaba más joven viví en Cozumel y nos íbamos de pesca allá por Punta Molas porque en aquellos años estaba muy solo, no había caminos y sólo se llegaba en lancha; la captura era muy buena entonces ―sigue siendo, sigue siendo, pero no como antes―. Le digo que íbamos para allá y nos quedábamos dos o tres días porque estaba retirado, y luego regresábamos con bastante pescado. Nosotros ya sabíamos las historias que los pescadores viejos cuentan de misterios del mar, pero nunca nos había tocado ver una aparición ni nada. Entonces estábamos ya en el mar de madrugada ―hay que salir muy temprano a pescar― cuando de repente se llenó de niebla; no se miraba nada nadita. Yo me asusté, pa' que le voy a decir que no, y los compañeros también ―éramos tres en la lancha―, pero ninguno dijimos nada. Es que la niebla es canija y envuelve a uno, y hace que los barcos encallen o se hundan. Pero como no hay rocas en ese lado que andábamos, no había razón pa' preocuparnos por eso, pero comoquiera la niebla trae algo, un no sé qué; es como un presentimiento. Y, bueno, nos quedamos quietos esperando que la niebla se fuera ―casi siempre luego del amanecer se va, ¿verdad?―, y ahí estábamos, el mar tranquilo, cuando ya comenzó a amanecer y ya pudimos ver mejor.

“¡Miren, miren!”, gritó Paco, uno de los compañeros, y vimos un barco ahí como parado. No’mbre, era un barco viejo, de los barcos españoles que uno conoce por los libros, y estaba quieto, con las velas alzadas. No había viento, le digo, y el barco no se movía. Luego se vino otro banco de niebla, un ratito nomás, y cuando volvimos a tener mejor visión el barco ya no estaba. De ratito se aclaró y el barco no estaba en ninguna parte. El mar seguía quieto, quieto, entonces ese barco no pudo haberse ido así nomás.

Ya salió el sol y ésa fue una mañana bonita, con cielo muy azul, pero ya no le seguimos. Con el susto que traíamos mejor nos regresamos allá a Cozumel. No, pos a uno le da por platicar sus cosas, y ahí estuvimos contándoles a los compañeros de ese barco misterioso. Unos no nos querían creer, pero otros dijeron que ya lo habían visto también ―le digo que yo ya sabía esa historia por voz de los pescadores viejos―. Y uno de esos pescadores viejos hasta describió el barco porque él también ya lo había visto antes. Era exactamente como el que habíamos visto nosotros. Dijo que era el barco fantasma, que era la aparición de un barco español que se hundió por ahí hace añales, o que a la mejor era un barco que hundieron los piratas de aquel tiempo.

Nota:

Cozumel, Quintana Roo


Creado en 1974, el municipio de Cozumel está conformado por la isla del mismo nombre, además de dos pequeños enclaves: Calica y Xel-Há. El nombre de Cozumel es una palabra compuesta por Kosom y Lumil que en maya yucateco significa «tierra de golondrinas».

La isla tiene una extensión aproximada de 48 km de norte a sur y 16 km de este a oeste. En ella se encuentra el punto más oriental del país, denominado Punta Molas.


Se cree que los primeros pobladores se establecieron en la isla de Cozumel alrededor del siglo II a.C., y pertenecían a grupos seminómadas caribes.

Hacia el siglo III d.C. llegaron grupos de mayas.

El primer español en pisar estas tierras fue Juan de Grijalva, quien el 3 de mayo de 1518 bautizó la isla con el nombre de Santa Cruz de la Puerta Latina. Días más tarde se ofició allí la primera misa católica en lo que ahora se conoce como territorio mexicano.


Fuente
http://adameleyendas.wordpress.com/2010/10/17/mitos-y-leyendas-de-quintana-roo-un-barco-fantasma/

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/05/el-caleuche.html

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL BAILE DE LA CONQUISTA


Los bailes y danzas que ocuparon un lugar importante entre las tradiciones americanas.

Más que un evento folklórico, estas manifestaciones tienen un profundo carácter ritual, razón por la que se ejecutan durante las celebraciones de fiestas patronales, civiles y regionales.

La más importantes de las danzas de origen colonial que se practica regularmente en Guatemala, es el Baile de la Conquista. Sin duda, todos nosotros la hemos admirado en innumerables representaciones; nos ha cautivado la riqueza de los trajes y la elegancia de los movimientos pausados y repetitivos de los danzantes. A propósito de la proximidad del 12 de octubre, fecha en que recordamos el descubrimiento de América, presentamos una brevísima explicación.

Este baile comenzó a practicarse en el occidente de Guatemala a partir del siglo XVI. Al parecer, en esta época los indígenas de Ciudad Vieja, Utatlán y Jocotenango, quisieron interpretar un drama para manifestar su aprecio al obispo Marroquín, por lo que pidieron a un fraile, que escribiera el parlamento.

Actualmente, se representa en el altiplano central y occidental del país, así como en algunos departamentos de la costa sur.

El Tema:

Del baile de la Conquista existe un manuscrito, escrito en versos y en español. En el texto se describe la conquista de los indígenas quichés por los españoles. El argumento inicia con la llegada de los embajadores españoles ante el rey Quiché. Preocupado por la invasión de sus tierras, el Rey pide el apoyo del gobernador de Xelajú, Tecún Umán. Finalmente, se lleva a cabo el entrenamiento entere los dos ejércitos que culmina con la lucha cuerpo a cuerpo entre ambos jefes, don Pedro de Alvarado y Tecún Umán. En esta batalla resulta muerto el héroe quiché. Su sucesor declara el fin de la guerra y acepta la conversión al cristianismo.

Indios, por su parte, utilizan atuendos Aparentemente, este baile representa una adaptación del tema de la danza española de “Moros y Cristianos”. La versión de Guatemala, incluye una mecánica similar pero con héroes locales.

En efecto, en ambos casos el enfrentamiento entre los dos grupos culmina con la conversión al cristianismo del grupo derrotado.

Los Participantes

En este baile participan 19 personajes divididos en tres grupos: los oficiales españoles con don Pedro de Alvarado a la cabeza, los caciques indígenas dirigidos por Tecún Umán y la familia real Quiché.

Los bailadores se disfrazan con tarjes de colores vistosos, armas y máscaras elaboradas con madera, que se alquilan a morerías (Talleres especializados), encargadas de surtir a todas las comunidades que realizan estoas bailes. Las más famosas se encuentran en Totonicapán y el Quiché.

Los indios y los españoles utilizan máscaras con piel rosada y bigotes. Sin embargo, las máscaras de los españoles tienen el rostro serio, mientras que los indios van sonrientes. El traje de los españoles consiste en pantalones cortos, chaquetas de terciopelo morado y botas negras. Los indios, por su parte, utilizan atuendos más elaborados: capas de terciopelo de colores con bordados e imitaciones de piedras preciosas y espejos. Además, llevan pantalones cortos de algodón, sandalias y sombreros con adornos de papel o plumas de colores.

En contraste con lo vistoso de los trajes, la música de este baile es bastante monótona. Los instrumentos musicales utilizados son el tambor y la chirimía. ,a música se utiliza en los intervalos durante los cuales no hay ningún discurso.

La realización de este baile varía en cada lugar. En Uspantán, los bailadores son personas de la comunidad escogidas por los cofrades en función de sus méritos. Sin embargo, estas personas deben ser capaces de sufragar los gastos que implica su participación en el baile; alquiler de los trajes, pago del maestro y de las ofrendas en licor, incienso y candelas.

La preparación de la danza requiere la participación de otras personas. El maestro es la persona que guarda el manuscrito y se encarga de enseñar a los bailadores los discursos y los pasos del baile. El director fija la fecha de la presentación del baile.

Además, es el encargado de proveer la comida y bebida durante los ensayos que se realizan en su casa.

El baile de la conquista es muy importante, pues hace alusión a uno de los eventos más importantes del país; la conquista de los españoles. Al principio, se representó como una forma de entretenimiento y diversión, pero con el tiempo sirvió como medio de enseñar al pueblo como se realizó la conquista de Guatemala.

Alvarado

Sin caballo me ha dejado
Aquel feroz animal
Dame la lanza Don Pedro
Que hoy le tengo que matar.

Tecún

Muerto soy Zunun
Me han partido el corazón
Recibe pues el perdón
Que estoy mortalmente
Herido.


Cfr: http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/06/tecun-uman.html

Fuentes: www.mijutiapa.com/images/files/File/elbailedelaconquista.doc
http://www.galasdeguatemala.com/r-guatemala-por-dentro-1-departamento-de-quiche-34-chichicastenango-el-quiche-27-baile-de-la-conquista-984.htm

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL LEÑADOR Y EL DUEÑO DEL CERRO



“Hace muchos años en San Pedro la Laguna, vivía un señor que era leñador y que tuvo que ver con el señor del cerro, éste leñador sacaba ocotes de los árboles de pino.

A eso iba al cerro Chuichalí, en aquel tiempo lleno de árboles, sobre todo de pinos colorados.

Un día el leñador se encontraba en el cerro botando un árbol cuando vio que hacia uno de los lados había otro pino más colorado; pero en eso vio otro mejor y se le acercó para hacharlo, cuando se le apareció de repente un hombrecito de traje colorado, que se fue acercando y le dijo:
-Mirá vos, el señor del cerro quiere apalabrarte; te invita a su palacio-.

Pero el leñador no quiso ir, él sabía que no le había pedido permiso al señor del cerro para cortar árboles, entonces el hombrecito le dijo que le iba a pegar con una cadena grande que llevaba y mientras el ocotero se reponía del susto, no se dio cuenta que el hombrecito se había metido en el palacio, dentro del cerro.

Allí había toda clase de animales encadenados que se abalanzaron sobre él, al no más verlo; pero el señor del cerro, que estaba sentado sobre un armado lo calmó a todos.

-¿Por qué le haces daño a mi canilla y me la lastimas con el hacha?, le dijo el señor al leñador-.

Entonces, el señor del Cerro, se arremango una de las mangas del pantalón y mostró la canilla, que tenía lastimada con cortadas; y le dijo que al botar el árbol sin su permiso lo había herido a él.
-Ya ves lo que me has hecho y ni siquiera me das nada, ahora me la tenés que curar, le dijo el señor del cerro al leñador.

El ocotero no sabía que hacer y entonces oyó la voz del zahorí que le dijo que le echara saliva a las heridas que el hombre tenía en la pierna y que así sanaría.

Probó el ocotero y al ratito el señor del cerro ya curado lo dejó salir del cerro.

Entonces el señor llegó a su rancho donde le esperaban asustados, porque hacía ocho días que se había desaparecido y no sabían donde estaba.

Pero él contó todo lo sucedido a su familia, y también les recordó que:

“Hay que tener cuidado con el señor de los cerros”.

Fuente: Viejas Consejas (de santos milagrosos y señores de los cerros).

miércoles, 18 de agosto de 2010

EL MILAGRO DE LA JACARANDA




La calle parecía patoja recién peinada. Limpia, con olor a tierra mojada, las otras veces polvorienta calle, se engalanaba con rosas blancas y claveles deshojados.

Ya casi a la salida del pueblo, los vecinos habían construido un arco de corozo, que con su penetrante perfume, mantenían a su alrededor enjambres de abejas que zumbaban incansablemente. Inmediatamente después del arco, una gran alfombra de serrín pintado, servía de marco a una cruz dibujada con arena fina.

Pero después de aquel arco y aquella alfombra, la calle se transformaba en camino de tierra floja y amarillenta, de la cual se levantaban nubecillas de polvo ante el paso de las personas o cuando el viento pasaba rápido para perderse en la distancia.

A la orilla de aquel camino se levantaba un árbol, polvoriento y seco, que parecía estar muriéndose de sed bajo el implacable sol. Aislado y sin follaje, ni los pájaros lo buscaban, y el árbol permanecía solitario con sus ramas extendidas como pidiendo compasión.

Eran las tres de la tarde. Un pito lastimero anunció el momento en que la procesión salía de la iglesia. Al frente marchaban los encargados de los incensarios que, agitándolos de un lado para otro, iban dibujando nubecillas de suave fragancia. Después, en dos filas, marchaban los fieles vestidos de cucuruchos, y luego en hombros, el anda sobre la cual la imagen de Cristo vestido con una túnica que, con el reflejo del sol, parecía una llamarada lila.

La procesión marchó sobre las alfombras de mullido pino y sobre las trenzas de rosas y claveles rojos, luego pasó bajo el arco y finalmente, antes de salir del pueblo, se detuvo sobre la alfombra de serrín pintado. Luego abandonó la calle para marchar sobre el polvoriento camino, con dirección a la otra parte del pueblo que distaba medio kilómetro.

La procesión caminaba lentamente, el polvillo se confundía con el humo de los incensarios y el solo brillaba intensamente como si quisiera hacer más penosa la marcha. De pronto, sobre el polvo, aparecieron agujeritos, se escuchó un sordo rumor y un instante después, estaba lloviendo torrencialmente.

La procesión estaba lejos de las casas y nada ofrecía refugio, no tanto para los fieles, sino para la imagen de Cristo cuya túnica morada empezaba a mojarse. Entonces alguien vio el árbol seco, el cual con sus ramas extendidas parecía querer dar protección y ayuda olvidándose de sus propia miseria. Sin más, los vecinos cubrieron las ramas secas con algunos mantos y de ese modo, construyeron un mediano refugio para la sagrada imagen.

Tan repentinamente como empezó, dejo de llover. Los fieles, que habían permanecido con la cabeza cubierta por mantos, sombreros o pañuelos, empezaron a quitárselos y, entonces, un gran silencio se hizo en el grupo y casi sin sentir fueron cayendo de rodillas impulsados por el asombro.

El árbol seco y desprovisto de hojas, ante los ojos de los fieles, se iba cubriendo de verde follaje y en cada rama se iban encendiendo pequeñas flores lilas hasta cubrirlo totalmente y luego, como si el pobre árbol, profundamente agradecido y emocionado, no pudiera contener el llanto, fue dejando caer sus nuevas flores que, como lágrima lilas, fueron formando una maravillosa alfombra a los pies de la imagen de Cristo quien parecía sonreir lleno de ternura.

Desde entonces, todos los años para Semana Santa, la jacaranda se llena de flores lilas y forma bellas alfombras por si la imagen de Cristo vuelve a cobijarse bajo su sombra.

Doña Jacaranda
Abrió su sombrilla
Doña jacaranda
Y salió a la calle
Muy aseñorada
Una alfombra fina
Con hilos morados
Teje en estos días
De febrero y marzo.
Abra su sombrilla
Doña jacaranda
Y adorne su alfombra
Con flores moradas.

Escrito en Adrian Ramírez Flores

jueves, 22 de julio de 2010

LA MONJA BLANCA



La flor nacional de Guatemala es la Monja Blanca (Lycaste virginalis), simboliza belleza, arte y paz.

Esta planta crece en otras plantas por lo cual se denomina epifita (epi-encima fitòn-planta). Es una orquídea y como tal tiene un pétalo transformado en el centro, el lávelo, que sirve de base para su polinización por los insectos.

Es hermafrodita, el fruto es una especie de cápsula, misma que contiene millones de semillas, las cuales necesitan un hongo determinado para germinar, motivo por el cual es muy escasa.

En Granados subsiste una de las narraciones orales de la región, la cual cuenta que en los primeros tiempos había un Gran Señor, dueño de cerros y valles que bajaba al pueblo una vez al año. Un día vio a una mujer muy hermosa de quien se enamoró.

El Gran Señor fue a la casa de la muchacha y la pidió como su mujer, a cambio dio como dote un cofre con mucho dinero. La mujer se fue a vivir con el Gran Señor, y como éste la quería tanto, siempre la complacía. Entonces, los padres de la muchacha se aprovecharon de él, pidiéndole cosas como plata, tierras, maíz y cacao. La muchacha de la vergüenza se enfermó porque veía la ambición de sus padres. Cuando los padres quisieron nuevamente aprovecharse de la bondad del Gran Señor y se fueron al cerro a su hija, no encontraron nada, sólo una gran luz entre los árboles; entonces comprendieron que esa luz era el espíritu de su hija.

Al verlos el Gran Señor que estaba, se ensañó con ellos y los convirtió en troncos de árbol. Después de llorar por muchos días a su mujer, el Gran Señor convirtió aquella luz hermosa en una flor blanca de inmensa belleza.

Así fue como nació la Monja Blanca, Flor Nacional, que adorna y perfuma los valles y montañas de la Verapaz.

lunes, 12 de julio de 2010

TKUM U MAM




En la penumbra histórica entre la vida precolombina y la Colonial aparece la figura resplandeciente de un personaje vigoroso y atrevido que por su extraordinaria hazaña se le nombró con una frase alegórica compuesta de tres palabras.

TKUM, significa “batido”, es participio pasado de K Tuk, quiere decir “batir”. Alude a una tradición del Pop Wuj en que se refiere que el Divino Creador al fin hizo una generación humana magnífica hecha de maíz.

U, es adjetivo posesivo de segunda persona, significa “su de él” o “su de ella”.

MAM, significa abuelo, ancestro, antepasado.

Reuniendo las tres palabras TKUM U MAM indica: “El de los abuelos batidos” (de maíz). Es para expresar que era un hombre fuerte, extraordinario e inteligente. No se sabe su nombre propio.

La historia va así: Los quichés no hicieron la guerra con los españoles, porque fueron avisados por el Monarca de México, Moctezuma VIII, además los adivinos no lo veían con buenos ojos a los hombres blancos porque estos los exterminarían.

Kikab gobernante de los quichés, tenia una gran pena, pensando que hacer, poco tiempo después murió, quedando su hijo en el poder, cuyo nombre se desconoce en la historia. Se hizo cargo del mando y dirigió los preparativos de la defensa.

El encuentro entre ki-ches y españoles fue en un lugar llamado P Chaj de Quetzaltenango (hoy Llanos del Pinal).

Era una muchedumbre la defensa, para impartir órdenes y hacerse oír, el Príncipe, dispuso se hincara un palo enhiesto muy alto en el suelo revestido de una escalera de cuerdas o lazos; en la punta estaba adaptado un trapecio giratorio al que se amarró y enrollo un largo lazo.

El Príncipe se disfrazó de su nawal Tzkin (pájaro) con vistosas plumas verde de quetzal. Todo estaba listo. Se trepó por la escalera del lazo y al llegar a la cima se amarró el extremo suelto del lazo a la cintura.

Cuando llegó el momento oportuno se lanzó al aire, con el peso de su cuerpo empezó a girar el trapecio describiendo círculos cada vez más anchos a medida que se desarrollaba el lazo en el trapecio.

Gritaba y dirigía la acción blandiendo en la mano un hacha obsidiana procurando atacar a Pedro de Alvarado quien estaba montado en un caballo; en su intentó solo mato al caballo, el que se repuso inmediatamente por otro caballo. Sorprendido Alvarado le asestó una lanzada en pleno vuelo, ya herido lo bajaron, tendido en el suelo lo atacaron los perros de los españoles. Alvarado se volvió a los jinetes que lo acompañaban y les dijo: “No vi en lo de Méjico más extraño QUETZAL”; asombrado por el espectáculo creyó que en verdad era un gran quetzal.

Al moribundo príncipe, lo llevaron a Pacaja donde expiró por la herida mortal. Por el vuelo trágico fue que se le admiró y se distinguió la frase alegórica “TKUM U MAM”.

También de este acontecimiento se formó el topónimo “Quetzaltenango” que significa “Lugar del Quetzal” aludiendo al nawal de TKUM U MAM.

Fuente: Kí-chè, Adrian Inés Chavéz.

martes, 6 de julio de 2010

MILAGRO EN EL RIO SALADO

Juan Manuel Reyes Cruz 6 de julio de 2010.



LO QUE PASO EN ANAHUAC (INUNDACION).wmv
2010


1967-2010


El río llenó su cauce aquel verano de 1967. El huracán "Beulah" llegó a morir por estas tierras y en sus estertores de agonía, arrasó con represas y ranchos al desbordar arroyos y secciones del Salado, arrastrando al paso de sus aguas todos los bienes de los rancheros establecidos por las orillas.

En Ciudad Anáhuac, la gente veía pasar con una mezcla de fascinación y miedo el espectacular oleaje que lamía ya el puente ferroviario y amenazaba a cada instante con derrumbarlo y desaparecerlo en su largo cuerpo de rugientes aguas que parecían querer rebelarse al camino que el tiempo les marcó.

Por la superficie, en dantesco desfile, pasaban flotando toda clase de animales domésticos y montaraces, con los ojos desorbitados de terror por aquel forzado viaje hacia fatal destino o ya muertos; ahogados por la furiosa corriente de turbias aguas y profundos remolinos. Junto a ellos, iba también ropa, muebles y toda clase de enseres arrebatados a las casas derrumbadas.

Los más osados habitantes de Anáhuac y Rodríguez, se apostaron por las orillas y sobre el tambaleante puente, para ganar muebles o lazar animales. A los pocos minutos, familias enteras se pusieron a trabajar en equipo para ir pasando de mano en mano todos los bienes y animales rescatados de la corriente. Los animales salían temblando de espanto y frío; pero algunos lugareños rescataban hasta los cuerpos de cerdos muertos que por recién perecer, su carne aún estaba en buen estado y pronto serían convertidos en chicharrón o estofado; al fin que “a río revuelto...”

Ismael de la Cruz atrapaba a mano todo lo que pasaba cerca de él y, conocedor de las orillas, se aventuraba metiendo hasta medio cuerpo en las lodosas aguas. De pronto, descubrió un tanque de doscientos litros que pasaría un poco más retirado de sus posibilidades. Era un tambo nuevo, recién pintado; bien valía la pena arriesgarle un poco, e Ismael decidió arriesgar la vida. Confiado en la fuerza y pericia de su juventud, se adentró y logró atraparlo; pero una turbulencia repentina lo hizo perder el control, el tanque dio un salto y lo golpeó pesadamente en la cabeza haciéndolo perder el sentido. El cuerpo inanimado se hundió inmediatamente y fue arrastrado fuera de la vista de los presentes. Ismael había arriesgado la vida, y la perdió en el albur.

Sus familiares y amigos quedaron pasmados ante la súbita tragedia. Algunos reaccionaron corriendo paralelamente al cauce en búsqueda desesperada; otros fueron a dar parte a las autoridades; pero el cuerpo de aquel hombre ya no volvió a emerger. El cadáver fue devorado por la serpiente de aguas enfurecidas y ni autoridades ni amigos pudieron hacer nada; había que esperar a que bajara el nivel para empezar a explorar en su búsqueda. Lágrimas y lluvia corrían juntas por las mejillas de deudos y allegados que permanecieron de pie ante el río cruel hasta la llegada de la noche; incrédulos aún y confundidos ante lo volátil de la existencia; embargados por sentimientos de impotencia y dolor ante la muerte.

Al día siguiente, con las aguas todavía a medio nivel, empezaron a explorar desde las orillas; pero tras una larga e infructuosa jornada, el día terminó. Las aguas aún tardarían en bajar hasta su nivel normal y conjeturaban si tal vez al siguiente día toda exploración sería inútil, como así fue…

Desesperados ante la impotencia de las autoridades, aquella noche la familia del ahogado acudió a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en busca de ayuda. Tal vez Dios se compadecería de su pena y escucharía sus plegarias.

El Sacerdote los recibió y escuchó atento, pensativo. No cabía duda que eran las suyas expectativas inauditas. Era delicado e insólito el planteamiento de aquella gente; pues lo que pedían era una señal del Cielo, algo así como un rayo de luz que venido desde lo Alto, guiara a los rescatistas hasta el lugar preciso donde se encontraba el cadáver de Ismael; así de "sencillo…"

El padre José de Jesús Aviña era un joven sacerdote de gran estatura y corpulencia que con su pelo ensortijado y piel morena, nos recordaba más a un púgil de peso completo que a un hombre de Dios; sin embargo, la población se le entregó por su gran carisma y vida ejemplar. Fue el primer vicario que organizó el Viacrucis popular en Semana Santa y se atrevió a penetrar la Zona de Tolerancia para llevar la Palabra a las mujeres públicas con éxito tal, que también se les vio participar en procesiones y misas dominicales.

Eran los jóvenes sus más fieles seguidores y aunque los tenía organizados en equipos deportivos, grupos de oración y retiros espirituales, la muchachada, siempre antisolemne, a sus espaldas le apodaban con cariño y admiración el padre "Clay", en recuerdo del famoso boxeador de color campeón del mundo; pero el Párroco disimulaba paciente y comprensivo y continuaba con su vida mística, disciplinada en retiros de meditación profunda y jornadas de ayuno y oración que lo tenían en constante Gracia; y con todo su dinamismo, no podía ocultar los destellos de santidad en su mirada.

- "Vengan mañana y después de la primera misa iremos juntos al río. Tal vez no busquemos mucho; Él, nos señalará el lugar donde quedó el cuerpo de Ismael…" - dijo con la vista fija en el Crucificado.

A la mañana siguiente salió a una cita con la fe del pueblo, acompañado de aquella buena gente que en su inocencia pedía "nada más" una señal de Dios que les indicara el sitio exacto donde el cuerpo esperaba para ser llevado a la tierra santa del panteón; esto incrementaría la confianza en el Altísimo y los lazos permanentes que tiene con su pueblo.

Al llegar al punto de la tragedia, el padre sacó de la gran bolsa que llevaba, una cruz de maderas nuevas, elaborada de pino y plegarias al Supremo, y en sus cuatro extremos acomodó cabos de velas benditas pegándolos con la misma cera fundida; luego levantó mirada y cruz al cielo con inaudible oración entre los labios. En seguida, la puso a flotar al filo del agua y encendiendo las cuatro velas, explicó parcamente a los espectadores:

- ¡Esta cruz bendita será nuestra guía…!

La cruz pronto fue arrebatada al centro del cauce y empezó un agitado viaje sobre las aguas turbulentas mientras los vientos parecían respetar aquellos cuatro cabos que mantenían los pabilos encendidos.

Comenzó la marcha en seguimiento de aquel insólito guía y sobre el avance a veces presuroso, a veces lento; la veían detenerse y girar en algún remolino para luego continuar su navegación que parecía impulsada por la fe colectiva y las silentes oraciones del padre José de Jesús, que cabizbajo y con las manos entrelazadas en una súplica constante, caminaba al frente de todos.

Súbitamente, la cruz se detuvo y se fue desplazando lentamente hasta un lugar cercano a la orilla. Momentáneamente dio algunas vueltas en el mismo lugar y luego quedó quieta ante los ojos de la procesión que vio el repentino y simultáneo apagarse de las cuatro velas, como si algún invisible emisario de lo Incógnito hubiera soplado sobre ellas dando por terminada una misión.

- ¡En ese lugar se encuentra el cuerpo de Ismael! - exclamó el padre Aviña con una amplia e iluminada sonrisa.

Tres hombres se metieron al agua y, reverentes, tomaron la cruz para entregarla al sacerdote. Regresaron al punto señalado y se sumergieron para empezar una ciega búsqueda por entre las lodosas aguas. Ahí, a dos metros de profundidad, sujeto entre unas ramas, encontraron un cuerpo.

Al aviso de un rescatista, la expectación creció entre los presentes, y se acercaron más a la orilla entre esperanzados y curiosos. De pronto, los familiares estallaron en llanto al ver emerger el cuerpo abotagado y duro del que fuera un ser querido. Sus irreconocibles rasgos tenían una expresión serena y sus ojos muy abiertos y saltados parecían asomar sorprendidos a la Eternidad.

El cadáver fue sepultado de inmediato por el avanzado estado de descomposición en que se encontró y por tanto, aquella tarde la Misa no pudo ser de cuerpo presente; pero la gente acudió solemne y conmovida por la manifestación divina que pronto corrió de boca en boca.

Han pasado casi treinta años desde aquellos hechos y muchos de los protagonistas y testigos de esta historia han partido ya de nuestro mundo hacia la vida que tras la muerte nos espera; incluso, el padre José de Jesús Aviña, también se recogió ya a la casa del Señor al que tanto sirvió con fidelidad y empeño. Murió lejos de Anáhuac; y los jóvenes de entonces, hoy gente vieja o madura, lo recuerdan con cariño y al paso de los años, han ido recreando aquel acontecimiento contando a sus hijos y a sus nietos sobre aquel…

Milagro en el Río Salado…
rafael olivares b's blog

Nota del autor: "Con un agradecimiento para aquellos que se solidarizaron con el pueblo en desgracia, hoy dedico a Anáhuac, Nuevo León, esta leyenda como un regalo que les sirva para entender que aún de la tragedia, a veces, nos quedan también bellos recuerdos."

Fuente
http://www.norestense.com/inundacion-en-anahuac-nuevo-leon-leyendas-de-norestense
Imagen
noticiasdenuevolaredo.blogspot.com


http://www.youtube.com/watch?v=qUvIIC_gT1Q

domingo, 4 de julio de 2010

EL PADRE SIN CABEZA


Es un personaje cuyo surgimiento se remonta al periodo colonial, centro americano, se cree que el protagonista de esta leyenda fue un fraile quien defendió a los indígenas siguiendo los principios de Fray Bartolomé de las Casas, el era Fray Antonio de Valdivieso y lo asesinaron el 6 de Febrero de 1550 por el soldado Juan Bermejo, cómplice de los hermanos Contreras.


Su asesinato fue horrible, lo decapitaron según datos recabados, la cabeza de fraile rodó desde la iglesia hasta la Costa del Lago en cuyas aguas desapareció de ahí la popularización "El agua se la tragó".

Después de esto se originó en las mismas aguas un vientos muy fuerte que dio origen a una oleada que devastó al pueblo, luego de un tiempo los sobrevivientes comenzaron a construir sus humildes ranchitos, hasta lograr construir el pueblo, el cual fue el escenario de las apariciones del fraile, quien apareció como lo asesinaron de ahí su nombre "El padre sin cabeza", el padre andaba penando la iglesia y se pasaba las noches recorriendo el pueblo, el Sábado de Gloria paseaba por los túneles que comunicaban a los sótanos de la Catedral de León.





sábado, 19 de junio de 2010

TECUN UMAN


Rey Quiché que se enfrentó junto con su ejército a los conquistadores españoles en la batalla del Pinal, en cual resultó mortalmente herido por la espada de Don Pedro de Alvarado que le atravesó el pecho y según la leyenda el Quetzal que por ahí volaba cayó sobre el cuerpo sin vida del jefe indígena, con el pecho ensangrentado, desde entonces el ave nacional conserva el color rojo en su pecho.

Este personaje legendario es considerado héroe nacional de Guatemala y en su honor se han erigido varios monumentos.

Después de que los conquistadores sojuzgaron fácilmente algunos lugares del istmo de Tehuantepec y de haber dominado los señoríos de Soconusco, primera tierra que se incorporaría al reino de Guatemala, pasaron luego a tierras de la actual República de Guatemala habitada en su mayoría por los señoríos de origen tolteca: los quichés, cakchiqueles, tzutuhiles, etc. Como países organizados que eran y dueños de una avanzada cultura, opusieron una feroz resistencia al invasor.

Gobernaban el Quiché Oxib Quej y Belejep-Tzy, estos señores buscaron entablar una alianza con los otros señoríos, pero los odios provocados por las guerras continuadas entre ellos impidieron una alianza defensiva contra los hispanos.

Esta rebeldía ante el conquistador era una manifestación evidente de la noción clara que tenían los señoríos de su derecho de propiedad sobre la tierra que habitaban y la cual defendían con todos sus medios guerreros.

Siete grandes combates cruelmente sangrientos fueron necesarios para dominar al señorío de los quichés, quienes lanzaron sus huestes a los conquistadores, siendo capitaneadas muchas de ellas por el valiente príncipe y señor Tecún Umán.

El primer combate sangriento en tierras de Guatemala fue a orillas del río Tilapa, limítrofe entonces entre Suchitepéquez (Xuchiltepéquez) y Soconusco. De allí pasó a combatirse en Zapotitlán, en el mismo departamento de Suchitepéquez. Aunque las batallas eran sangrientas, los indios no se acobardaban ni ante la caballería, que causaba los máximos estragos ni ante la artillería, que a la mayoría de otros pueblos había aterrorizado.

La tercera gran batalla fue en la cuesta que sube a Quetzaltenango (hoy llamada de Santa María Jesús), en la cual, a pesar de la desventaja del terreno, lograron imponerse las fuerzas de Alvarado.

Los indios no desisten en su empeño de dominar a los españoles y aunque derrotados en la cuesta, preparan un nuevo ataque para cuando bajen los castellanos hacia las barrancas de Olintepeque, donde una poderosa escuadra bélica de seis mil indios del señorío quiché de Utatlán preparaba la cuarta batalla.

El príncipe Azumanché fue uno de los héroes y el capitán de las fuerzas quichés en ese combate tan sangriento en el que se tiñeron enrojecidas por la sangre las aguas del río Olintepeque, al cual llamaron Xequijel y que quiere decir "río de sangre".

La populosa Xelajú, que gobernaban diez príncipes, cada uno administraba sobre 8,000 indios, al saber el desastre de Xequijel, quedó deshabitada.

La dirección de la guerra pasó a Tecún Umán, príncipe del Quiché y se aprestaron a la última contienda en las llanuras de Quetzaltenango. Durante más de dos horas la suerte pareció indecisa. Entonces Pedro de Alvarado decidió que la caballería, al mando de don Pedro de Portocarrero y Juan de Chávez, atacara un ala del escuadrón de Tecún Umán que trataba de dividir en dos la infantería de Alvarado para cercar una parte y personalmente don Pedro atacó a la parte que iniciaba el movimiento envolvente.

Allí se hallaron frente a frente el gran guerrero quiché, Tecún Uman y el capitán invicto, Pedro de Alvarado.

Cuenta la leyenda que sobre el príncipe Tecún volaba, por arte de magia un Quetzal que lo protegía.

Tecún Umán atacó tres veces al capitán don Pedro y logró en una, darle muerte a su caballo, fue socorrido don Pedro con otro caballo y logró atravesar con su lanza el pecho de Tecún Umán, cayendo al instante el quetzal.

Al saberse la muerte de Tecún, los de Utatlán se enardecieron en la lucha; pero ante la inutilidad de sus esfuerzos, procuraron, en buen orden, retirarse a los montes. Cuando los españoles victoriosos regresaron a Quetzaltenango, sólo encontraron una ciudad desierta, sin víveres, ni utensilios.