Por Prof. Georgina Elena Palmeyro
Antropología Social Sistémica Ancestral
¿Fortalezas Militares o Antenas de Alta Ingeniería?
Durante más de un siglo, la mirada colonial y la arqueología tradicional redujeron una de las grandes obras de la arquitectura panandina a una categoría estrecha y eurocéntrica: la de la "fortaleza militar defensiva".
Al observar los asentamientos elevados como el Pucará de Tilcara o los Pucarás del NOA, la historiografía oficial no dudó en aplicar el molde del castillo medieval europeo, imaginando sociedades atrapadas en la guerra permanente.
Sin embargo, cuando abordamos el territorio desde la Antropología Social Sistemática Ancestral (ASSA), la estructura física de la piedra, el viento y la topografía nos revela una realidad radicalmente distinta: los Pucarás jamás fueron meros reductos de trinchera, sino nodos sistémicos de alta precisión biotecnológica, acústica y territorial.
1. La falacia del "Castillo Medieval"
Definir un Pucará únicamente por su función defensiva es un reduccionismo que despoja a las culturas originarias de su conocimiento científico.
Si bien la ubicación en altura otorgaba un dominio visual del valle, pensar que su única razón de ser era la guerra es no entender el principio de eficiencia de la Episteme andina.
La piedra no se movía ni se labraba solo para resistir un ataque; se organizaba para entablar un diálogo térmico, hídrico y acústico con el entorno.
2. Nodos de Dinámica de Fluidos y Clima Pasivo
Los Pucarás funcionan como auténticos dispositivos de acondicionamiento bioclimático. Su trazado arquitectónico, escalonado sobre las laderas, responde a principios avanzados de la mecánica de fluidos:
* Canalización de corrientes:
La disposición de los muros corta la violencia del viento de alta montaña y redirige los flujos de aire, evitando la acumulación de calor extremo y manteniendo la temperatura óptima en los depósitos de alimentos (collcas).
* Gestión Térmica:
La masa lítica de las pircas actúa como un acumulador de radiación solar durante el día que restituye el calor por la noche, creando microclimas habitables en entornos de gran amplitud térmica.
Precisión Bio-Geográfica:
De los Meandros y Esteros a la Selva de Tres Estratos
Para aplicar este mismo rigor descolonizador a nuestro propio territorio, es preciso revisar también los términos con los que nombramos la bio-geografía santiagueña.
Conceptos acuñados en los años 30 por los hermanos Wagner, como el «Chacu» —que aludía a las macrozonas de caza entre el Salado, Bermejo y Pilcomayo y no a la demarcación provincial actual—, fueron burocratizados con el tiempo.
Para no caer en ambigüedades, la ciencia ancestral exige nombrar el territorio por su verdadera geomorfología y ecología:
* Los Meandros y Esteros Santiagueños:
La verdadera matriz de vida del territorio, definida por el flujo dinámico, la sedimentación activa y las fluctuaciones de los ríos Dulce y Salado.
* Los Jumeales y Salinas:
Zonas de vegetación halófita (jume), fuentes fundamentales de sales y cenizas alcalinas utilizadas históricamente para la fijación de tintes textiles y el procesamiento químico de fibras.
* El Bioma Bajo de Cactáceas:
Característico de las zonas térmicas (como Río Hondo), salpicado por algarrobos dispersos y vinalares.
* El Monte Bajo y Espinoso:
De difícil acceso, cuya navegación exige una memoria sensorial del paisaje para transitarlo a través de angostas huellas de paso que solo el baqueano o el cazador experto sabe reconocer.
* La Selva de Quebrachal de Tres Estratos (Pellegrini):
El gran arco biótico intermediario entre el Salado, el Bermejo y el Pilcomayo, donde el Quebracho (blanco y colorado) erige el techo del bioma, sosteniendo el estrato medio (algarrobo, mistol, brea, molle) y el sotobosque, actuando como un escudo microclimático e hídrico vital.
Hacia la Descolonización de Nuestra Mirada
Desmitificar el concepto de "Pucará" y reemplazar las etiquetas foráneas por la precisión de nuestros meandros y biomas santiagueños no es un mero ejercicio teórico.
Es un acto de restitución epistemológica.
Significa dejar de mirar nuestro patrimonio como piedra muerta o monte impenetrable, para empezar a reconocerlo como lo que realmente es:
un código vivo de ciencia, tecnología y soberanía territorial.

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