3. La traición final: El traslado del Congreso (1817)
La declaración del 9 de julio de 1816 fue un triunfo de la presión militar de San Martín, pero la élite aduanera no tardó en cobrar venganza. A principios de 1817, utilizando como cortina de humo el peligro del avance realista en el Norte, la facción de Anchorena y el Directorio lograron mudar el Congreso a Buenos Aires.
Al jugar "de locales" en su propio territorio, cercaron a los diputados del interior con la presión de la prensa porteña y el poder financiero.
Así enterraron definitivamente el Plan Inca, permitieron secretamente la invasión portuguesa a la Banda Oriental para sacarse de encima el peligro federal de Artigas, y redactaron la nefasta Constitución Unitaria de 1819. Esa carta magna, de corte aristocrático, anulaba las autonomías provinciales y dejaba la puerta abierta para arrodillarse ante Europa y traer a cualquier príncipe francés, portugués o español, siempre y cuando la capital y la caja del puerto siguieran concentradas en Buenos Aires.
El Congreso de Tucumán de 1816 demostró que la verdadera grieta de nuestra historia no nació entre geografías, sino entre dos modelos irreconciliables: el de los próceres desinteresados que ponían el cuerpo por una América unida y soberana, frente al de una minoría "vende patria" dispuesta a balcanizar el continente con tal de asegurar los privilegios de su propio bolsillo.

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