jueves, 6 de agosto de 2009

UNA VISIÓN DE LA SOCIEDAD DEL MORDISCO DEL DIABLO

TANDILIA

EL MORDISCO DEL DIABLO

Por: Eduardo Néstor Gracia

SELECCIÓN DE FRAGMENTOS.


Es justamente esta mayor dependencia de la Naturaleza, la que dotaba a estas castas primitivas de una singular sensibilidad y sentimientos más profundos que los nuestros.

Volviendo a los sitios donde desarrollaban sus vidas, aún hoy se puede ver en esas oquedades, refugios adecuados donde los muebles y útiles están formados por rocas disímiles. A cada piedra, bien le podríamos encontrar una utilidad diferente si no tuviéramos otra opción que quedarnos a vivir allí.

Frente a la entrada, una amplia terraza invita a la reunión social y la labor comunitaria, bordeada por matorrales y arbustos hacen de valla hacia el precipicio. Hay muchas criaturas pequeñas jugando, vigiladas por las mujeres que están siempre ocupadas.

Cocinan, crían y elaboran. Cada cosa en su momento pero, muchas veces, varias al mismo tiempo. Algunas niñas arreglan los cabellos y despiojan al sol a las mujeres que amamantan o elaboran, aunque no sean sus propias madres.

A esta hora de la mañana son visibles más niñas que niños y más mujeres que hombres, ya que los hombres fuertes, van a recolectar y cazar con los jóvenes. Los varones púberes están con algunos hombres maduros en los talleres líticos donde, por observación e imitación aprenden, naturalmente, diversas tareas en las que, con el paso del tiempo, serán especialistas.

Las niñas, desde su nacimiento hasta su desarrollo, permanecen con las mujeres en total cooperación y servicio, en la compleja, múltiple y fundamental tarea de ellas. Muy jovencitas, aunque inexpertas, asumen con naturalidad la portentosa responsabilidad que la comunidad y la especie les confía, respaldadas siempre por las mayores que las protegen.

Algunos ancianos y ancianas, envejecidos o lisiados prematuramente por deterioros físicos, más que por la edad en sí, toman sol en grupos. O bien, aislados, contemplan los prados de los valles... lejos... allá abajo, y las otras terrazas inferiores donde viven otros congéneres. Simplemente chusmean. O se interesan por la cacería que se ve, en lontananza, a través de los azulados tonos del velo atmosférico, a contraluz, sobre el inmenso verde tapiz de los prados, libre del reticulado geométrico de las parcelas actuales. A veces, bajan en socorro de algunos lesionados, producto de ocasionales peleas con habitantes de otra lejana sierra que, celosamente, cuidan sus territorios allende los grandiosos valles.

Es que la extensión de éstos les obliga a perseguir largamente las piezas de caza, en alarde de paciencia y sagacidad extremas. No hay límites o demarcaciones visibles, ni obstáculos en territorio llano, salvo algún arroyo o, en su caso, matorrales de curros. Por eso es fácil entrar inadvertidamente en territorio ajeno. Otras veces, la trabajosa y kilométrica persecución pedestre de la presa, les va otorgando a los cazadores cierto legítimo sentimiento de propiedad sobre la misma, y entran conscientemente en territorio ajeno en afán de recuperar lo que ya consideran propio, antes de darles caza. No siempre son bien interpretados por sus congéneres desconocidos.

Todo es muy relativo y difuso en esa incipiente sociedad sin códigos formales. Pero así como en algunos casos hay antagonismos y celos entre comunidades, en otros, existen sentimientos de cooperación y reciprocidad. Están tratando de aprender a vivir en sociedad. Nosotros, que estamos adelantados miles de años (¿o demorados?), todavía no hemos aprobado esa asignatura. Es la vida misma que les asoma, cada día, rudimentos de fe. Saber que, variando calidad o cantidad, la provisión natural siempre ha estado y ha de estar. Buen sentimiento. Malo es no comprender de dónde sale la provisión. ¿Por qué siempre hay?... ¿Quién la repone? Ni saber por qué, a veces, un hijo promesa de vida, arde en fiebre y cae, sin remedio, en brazos de la muerte o, pasado el trance, se recupera totalmente.

Una joven muchacha, con su bebé ya dormido y aún prendido al pecho, ensaya una extraña postura para llegar hasta su padre maltrecho, con un alimento que termina de sacar de entre las humeantes cenizas. El fogón circular, orlado de piedras, está siempre protegido de las lluvias en alguna oquedad de la montaña, pequeño y ventilado refugio hecho cocina... y santuario del fuego: un bien casi sobrenatural, también al cuidado de la mujer.

Así es la vida de esa comunidad... Día tras día... Cada uno individualmente diferente al otro... pero iguales en esencia. Es un existir apacible. Sienten fluir la vida y la disfrutan naturalmente o la sufren con sencillez y humildad. Asimilan lo que aprenden a medida que viven. Lo aprendido ha de servirles durante toda su existencia y representará, además, una valiosa herencia evolutiva y cultural para su descendencia.

Ni sobresaltos, ni apremios. No están preparados para ellos. Un modo de vida donde la Sabiduría es más necesaria que la Ciencia. En el curso de su tiempo, el módulo de cambio puede medirse en milenios y excepcionalmente en siglos y ellos, casi no lo advierten. Es casi imposible que lleguemos a comprenderlos, desde el lugar cronológico de observación en que estamos ubicados.

Sometidos, nosotros, a cambios que son importantes y muy frecuentes y se suceden en minutos y, a veces, en segundos. Donde la Ciencia, que es cosa barata, es más buscada que la Sabiduría, que es Don divino. En nuestra sociedad actual, esta subversión de valores éticos y morales es lamentable, alarmante y peligrosa. Hasta nos hemos acostumbrado a verla como progreso, cuando en realidad, es un claro signo de regresión cultural con severa incidencia en el desarrollo social.

Para nosotros cada avance tiene un precio. Para ellos cada avance tiene un rédito.

Nota

El Mordisco del Diablo, Ensayo, Autor Eduardo Néstor Gracia. Balcarce, Argentina. Pag, 3-6

Curro: Especie autóctona arbustiva de follaje penetrable únicamente por el viento, la lluvia y pequeñas aves. Su mata está compuesta sólo por ramas y robustas hojas que se vuelven leñosas y dolorosas lanzas ni bien dejan de ser brotes. Forman vallados naturales mucho más eficaces que los alambrados de púas actuales. A pié, sin curros ni sierras, era muy difícil poder acorralar y dar caza a un animal en pampa abierta. Esta planta autóctona, asociada naturalmente a estas sierras y sus valles, fueron grandes facilitadoras de la supervivencia de las primitivas castas humanas locales, optimizando la cacería exitosa con el recurso rudimentario de la chuza o la piedra arrojadiza, antecesora milenaria de las evolucionadas boleadoras.



Expreso mi sincero agradecimiento a la colaboración prestada por mi amigo Eduardo Néstor Gracia autor de la Monografía El Mordisco del Diablo.