domingo, 9 de agosto de 2009

CAE UN METEORITO

EL MORDISCO DEL DIABLO[1]

SELECCIÓN DE FRAGMENTOS.

Ocasionalmente surge en sus vidas un hito cultural. Algo que marca un antes y un después. Una tormenta cuya violencia supere a cuantas ellos recuerden, por ejemplo. Algo realmente trascendente. Inolvidable.


Un anciano, con sus ojos nublados ya en horizontes de ayeres, con fonemas guturales narra a unos párvulos sentados en torno a unos montículos de piedras partidas (por la elaboración lítica), la experiencia de un ancestro, cuando en una clara y temblorosa madrugada de escarchas y luna llena, mientras estaba orinando contra unos curros, oyó en lo alto del cerro una sórdida y extraña conmoción. Alzando los ojos muy arriba, vio estupefacto cuando una enorme mole de piedra se desprendía y comenzaba a desplomarse hacia él, rodando en grandes saltos, pulverizando piedras en cada impacto. Golpeó a unos diez metros de él, en la vereda desde donde observaba aterrado. Sus ojos se llenaron de arenas, su cuerpo se crispó ametrallado por las esquirlas que llegaron a clavarse en su cuerpo. En actitud temblorosa, fetal y convulsiva, cayó al suelo, ensordecido y exánime. Trémulo, recibió sobre su sangrante humanidad, un último aluvión de piedras partidas, grava y polvo que aún venían cayendo desde lo alto. Casi inconsciente, alcanzó a ver, con un solo ojo, cómo aquella enorme roca, echando chispas, brincaba hacia allá abajo, hasta quedar plantada donde todavía está.


Esa enorme roca, ya nunca fue como las demás. De ahí, pasó a ser un símbolo: “La piedra de aquella historia del ‘orinacurros’ ancestro del anciano”.


Ahora cae el ocaso. Sobre un monolítico promontorio, como todos los días a esa hora, se perfila entre arreboles, la silueta del anciano de la historia.


En actitud mística e introspectiva. Catatónico. Ojos cerrados. Tal vez en secreta plegaria. Entregando su ser y su gente a esa Santa Naturaleza de la que siente que proviene; con la que comparte los días de su tránsito temporal.


Todos lo miran... Solemnes.

Todos lo admiran... Silenciosos.

Muchos lo imitan... Emocionados.


La base más ancestral y perfecta de la convivencia es el respeto... que es Amor.


Nadie ha advertido un signo extraño en el festival policromo del firmamento. Un extraño punto luminoso. No tan azulado como el lucero. Una criatura lanza el grito gutural de sorpresa. Lo señala con gesto vigoroso, espontáneo y elocuente usando, tal como nosotros, sus dedos índices. Todos miran extrañados hacia donde el niño señala con insistencia, y replican el gesto indicativo del niño.


¡No es una estrella! Tomando referencia con la falda de la sierra advierten que se desplaza muy lentamente; esto duplica la excitación de todos. Las voces de sorpresa son escuchadas por vecinos de otras terrazas, más abajo, en esa suerte de vivienda en propiedad horizontal que es el hábitat serrano.


Se hace cada vez más perceptible y su aparente lentitud parece aumentar. Esto incrementa paralelamente el ritmo de la expectativa que ya empieza a ser inquietante.


Las aves desaparecen y el abrupto silencio de sus cantos crea un vacío inaudito.


Expreso mi sincerto agradecimiento al autor, Eduardo Néstor Gracia por compartir su trabajo con nosotros.



[1] El Mordisco del Diablo, Ensayo, Autor Eduardo Néstor Gracia. Balcarce, Argentina. Pag, 3-6