viernes, 5 de junio de 2009

EL CRISTO DEL MILAGRO DE LOJA

Capilla Museo de las Madres Conceptas


El Convento o Monasterio de las Madres Conceptas fue fundado en 1596, con el patrocinio de don Juan de Alderete, Corregidor de Zamora y Yaguarzongo, quien donó la mayor parte de sus bienes para la fundación de los conventos de Santo Domingo y Conceptas de Loja. En su testamento otorgado en Valladolid. Ciudad del Corregimiento de Yaguarzongo, dispuso que después de su muerte su cuerpo fuera trasladado al convento de las Religiosas Conceptas, levantado con sus recursos, lo cual se cumplió e inclusive se conserva hasta la actualidad, en al iglesia del monasterio, un óleo de más de 300 años de antigüedad en el cual Alderete se encuentra bajo el manto de la Virgen junto a las primeras monjas del convento recién fundado.

La fundación del Convento de Madres Conceptas la hizo el Ilmo. Fray Luís López de Solís, Obispo de Quito, en su memorable visita pastoral a Loja, la realizó mediante solemne ceremonia en la iglesia matriz de la misma ciudad el 28 de agosto de 1596.

Más tarde, o sea el 28 de marzo de 1597, se suscribe otra acta en la que consta que, ante el Capitán Pedro de la Cadena, teniente gobernador y Justicia Mayor de la ciudad de Loja, se presentó la señora doña María Orozco, monja Concepta del Monasterio de Nuestra Señora de las Concepción de Quito, acompañada de dos monjas más, a tomar posesión en calidad de Abadesa, del Convento de Nuestra Señora de las Nieves de Loja, designada por Ilmo. Obispo de Quito. Estos datos constan en la "Historia de Loja y su Provincia" del Sr. Dr. Pío Jaramillo Alvarado, en la misma que se anota también este dato final relacionado con la fundación del Convento de Madres Conceptas.

"La iglesia se reedificó siendo Abadesa doña Isabel de S. Bernardo, y su provisora la señora Sebastiana de S. Pablo que se comenzó el año de 1698, y se terminó hoy domingo 25 de octubre de 1705. Se colocó el Santísimo en su nueva y linda iglesia, y le damos infinitas gracias de que nos prestase la vida para ver ese día".

Pasaron los años y ya casi nadie recuerda aquella iglesia del Monasterio de las Madres Conceptas ubicada en la esquina de las calles 10 de Agosto y Bernardo Valdivieso donde luego se construyó el edificio del Banco del Azuay.

Junto a esa iglesia estaba el convento de las Madres Conceptas y su entrada principal era por las calles Bernardo Valdivieso, a mitad de la cuadra comprendida entre la Rocafuerte y la 10 de Agosto, allí había una ancha puerta de madera que, de acuerdo a la forma entonces usual de construir las "puertas de calle", constaba de dos hojas grandes que se abrían de par en par cuando era necesario que entren las acémilas que llevaban la "providencia" (provisiones alimenticias) al Monasterio o de lo contrario sólo se habría la pequeña puerta empotrada en la hoja derecha de la puerta grande. Tras de ella habían un patio empedrado largo y angosto, a cuyo extremo izquierdo se encontraba el torno mediante el cual las religiosas se comunicaban con el exterior y, orillando el patio, paralelos a la pared que daba a la calle, habían varios cuartuchos semejantes a celdas conventuales, en los que habitaba la portera y una viejecitas pobres de solemnidad que habían tenido esa merced de parte de la madre Abadesa.

Cuenta la tradición que aproximadamente a mediados del siglo XVIII la Madre Abadesa o Superiora de la Comunidad de Religiosas Conceptas era una persona extraordinariamente devota de Cristo Crucificado y le había hecho la promesa de mandar hacer una escultura de tamaño natural para colocarla en la iglesia del Monasterio. Con tal finalidad encargaba a todas las personas que podía que le buscasen un tronco o una rama gruesa de árbol de la cual fuera posible mandar a tallar el Cristo en una sola pieza, lo que resultaba una tarea un poco difícil si se toma en cuenta que la escultura iba a ser de tamaño natural.

Sin embargo la religiosa oraba todos los días pidiendo al Señor que le proporcione el madero hasta que, luego de una creciente del río Zamora, las aguas arrojaron a la orilla, justamente en dirección de la calle 10 de Agosto, un árbol que había sido arrancado de raíz por la fuerza de las aguas, de modo que los vecinos del lugar corrieron a darle la buena noticia a la madre Abadesa y luego se lo llevaron y lo dejaron en el empedrado patio exterior del Convento.

Una vez que contó con el material necesario para la escultura del Cristo Crucificado, la buena Religiosa se preguntaba:

¿Y ahora a quién puedo confiarle tan delicado y excelso trabajo...?

Su situación de estricto y permanente encierro, la enorme distancia con la capital de la república en donde conocía que podían realizar la obra, y hasta la dificultad de comunicarse por correo en aquella época en que una carta tardaba tanto en llegar a su destino, la hacían a veces perder las esperanzas de cumplir su objetivo, pero en cambio su devoción avivaba el fuego que por momentos estaba a punto de extinguirse y seguía orando para que Dios la ayudase en su loable empeño.

Se hallaban las cosas en tal punto cuando llegó un día al torno de las Madres Conceptas un hombre extraño, alto, blanco y barbado, quien solicitó hablar con la Abadesa. Ordenó ésta que lo hicieran pasar al locutorio, donde el hombre tomó asiento y luego le habló así a la religiosa que se hallaba al otro lado de la rejilla con malla de alambre que escondía el rostro de la interlocutora:

- He sabido que Ud. busca una persona para tallar un Cristo.

- Si, así es.

- Sé también que ya posee el madero apropiado y lo he visto en el patio antes de entrar aquí.

- Es verdad. Lo hallaron hacia algunos meses y es justamente como lo deseaba a fin de que el cuerpo del señor resulte entero, sin cortes...

- Está bien. Creo que de ese madero puede obtenerse el Cristo que usted desea.

-Lo grave es que no puedo encontrar la persona que realice esa obra.

-Por eso he venido. Para ofrecerle mí trabajo.

-¡Santo Cielo! ¡Dios me lo ha enviado a Ud.!

- ¿Cuándo puede comenzar y dónde...? Soy forastero. No tengo donde hospedarme. Si Ud. me diera uno de esos cuartos que dan al patio exterior, allí podría vivir mientras realizo la obra y éste lo haría en el mismo patio en donde se halla el madero.

- ¡Cómo no voy a darle uno de esos cuartos! Se lo doy con mucho gusto, pero temo que no va estar cómodo porque son muy estrechos.

- No se preocupe. Lo único que me interesa es realizar la obra.

- Y... ¿Cuánto nos cobraría usted por este trabajo? Pues somos pobres y tal vez no podamos pagarle dijo la religiosa con miedo.

- No se preocupe concluyó el forastero con aplomo y acento de hombre culto. Luego agregó:

- Hablaremos de eso cuando hubiere terminado y siempre que la obra estuviera a su entera satisfacción.

- Diciendo esto se despidió de la Abadesa y esperó afuera que le entregaran el cuarto en el cual se instaló y comenzó a trabajar desde la mañana siguiente.

- El extraño artífice trabajaba desde que aclaraba el día hasta que empezaban a caer las sombras de la noche y sólo descansaba los domingos y un corto momento después de la frugal comida que por el torno le pasaban las religiosas.

- Así cada día la obra iba tomando forma y convirtiéndose en un hermoso Cristo al que, al fin, sólo le faltaba la pintura para darlo por terminado. Creyendo las religiosas que allí finalizaría la misión de aquel silencioso forastero que trabajaba con tanto ahínco, pero grande fue la alegría de la madre Abadesa cuando le pidió que mandara a comprar las pinturas necesarias para comenzar aquella delicada fase, y cuando la hubo obtenido, se puso a trabajar de inmediato y con singular maestría.

Cuando el Cristo estuvo totalmente terminado las religiosas no podían creerlo, tal era la perfección con que había sido hecho; y especialmente la madre Abadesa no cabía de gozo al ver así cumplido su sueño y la promesa que le había hecho al Señor.

En mística procesión las religiosas cargaron sobre sus hombres la enorme cruz sobre la cual había sido clavado el Cristo y lo llevaron a la iglesia del Monasterio, en cuyo piso depositaron la preciosa carga a la espera de que más tarde fuera colocado en el Altar Mayor.

Mas, cuando hubieron pasado los momentos de euforia por la novedad del flamante y hermoso Cristo que ingresó a la iglesia del Monasterio, La Madre Abadesa regresó al torno para hablar con el artista acerca del precio que habría de pagarle por tan hermosa obra, pero no halló a nadie. Pidió a la portera que fuese al cuarto del forastero y le pidiera que se acercase al torno, pero la portera encontró el cuarto vacío y, más aún, nunca volvió a saberse de él porque desapareció tan misteriosamente como había llegado y jamás se supo de dónde vino ni a dónde se fue.

Esta es la tradición del Cristo del Milagro, tal como la contaron personas nacidas a fines del siglo pasado y conocieron los lugares y los hechos, ya sea por sí mismas o porque lo escucharon de sus antepasados.

El Cristo del Milagro se encuentra ahora al centro del costado izquierdo de la nueva capilla que se construyó hace pocos años y que está ubicada en la esquina de las calles 10 de Agosto y Olmedo, en donde recibe la veneración del pueblo católico de Loja.

Fuente:
Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso

Loja, Ecuador
http://www.vivaloja.com/content/view/244/54/

Imagen
dabloja70.wordpress.com

No hay comentarios: