sábado, 3 de julio de 2010

LA LEYENDA DEL CHAJÁ.


El Chajá, (Chauna torquata), es un ave zancuda del Sur de Sudamérica, en especial de Argentina y Uruguay.
Su cuerpo de regular tamaño, está recubierto por plumas de color gris plomizo.
En su cuello una línea de plumas negras forma un collar, y dos manchas blancas se destacan en el dorso.
Sus alas están provistas de espolones, y luce un copete en la nuca.
Habita en lugares húmedos, pantanosos o en las orillas de ríos o arroyos.
Entra al agua, pero no sabe nadar.
Sólo se los caza vivos y en pareja, pues si así no se hace, el ave muere al ser separado de su compañera.
Es tal el cariño que se profesan entre sí los que forman la pareja, que si uno se enferma, el otro no se aparta de su lado y trata de auxiliarlo en todo momento con mucho cariño.
Si llega a morir, no es extraño que al poco tiempo muera el otro también.
Construyen el nido ayudándose los dos, y cuando llega el momento de empollar, lo hacen también los dos alternativamente.
Una vez nacidos los polluelos, ambos se encargan de ellos: la hembra los cuida y el macho les proporciona alimento y los defiende.
Es un ave vigilante, y a la menor señal de peligro, levanta el vuelo y grita: "Chajá!" o "Yahá".
De este grito se ha tomado el nombre con que las distinguimos.
Vuela a gran altura describiendo círculos y puede mantenerse mucho tiempo en el aire.
Persigue a las aves de rapiña, siendo por ello un excelente guardián de gallineros y rebaños, reemplazando muchas veces al perro.
Se domestica con facilidad, llega a reconocer a su amo y a las personas de la casa.
El hombre no lo persigue para comer, pues su carne no es comestible. Al cocinarla se transforma, en su mayor parte, en espuma.
De aquí el dicho "Pura espuma como el chajá".

viernes, 2 de julio de 2010

EL CRISTAL EN EL OJO



Un cuento de Andersen comienza con la historia de un espejo mágico construido por unos duendes perversos. El espejo tenía una curiosa particularidad. Al mirar en él, sólo se veían las cosas malas y desagradables, nunca las buenas. Si se ponía ante el espejo una buena persona, se veía siempre con aspecto antipático. Y si un pensamiento bueno pasaba por la mente de alguien, el espejo reflejaba una risa sarcástica. Pero lo peor es que la gente creía que gracias a aquel maldito espejo podía ver las cosas como en realidad eran.

Un día el espejo se rompió en infinidad de pedazos, pequeños como partículas de polvo invisible, que se extendieron por el mundo entero. Si uno de aquellos pequeños cristalitos entraba en el ojo de una persona, empezaba a ver todo bajo su aspecto malo.

Y eso es lo que sucedió a un chico llamado Kay.

Estaba una noche mirando por la ventana y de repente se frotó un párpado. Notó que se le había metido algo.

Su amiga Gerda, que estaba con él, intentó limpiarle el ojo, pero no vio nada. Sin embargo, a partir de entonces Kay ya no era el mismo de siempre.

Cambió su carácter. Sus juegos ahora eran distintos. Aparentaba ser muy juicioso, pero su actitud era siempre crítica, ácida, distante.

Veía ridículo todo lo positivo y bueno. Le gustaba resaltar lo malo, poner de relieve los defectos de todo. Y aquel odioso cristal, que tanto había cambiado su modo de ver las cosas, se fue deslizando desde el ojo hasta llegar al corazón, que se enfrió tanto como su mirada y se convirtió en un témpano de hielo.

Y entonces ya no le dolía. El chico acabó recluido en un frío castillo, y allí vivía, persuadido de que era el mejor lugar del mundo.

Su amiga lo buscó de un lugar a otro durante un año. Tuvo que superar muchas dificultades hasta que al fin lo encontró.

Vio entonces cómo el chico se entretenía coleccionando trocitos de hielo y componiéndolos con diseños muy ingeniosos.

Era el gran rompecabezas helado de la inteligencia.

Quizá en la vida ordinaria a bastantes personas les ha pasado algo parecido.

En determinado momento, su mirada cambió. Empezaron a ver todo con peores ojos, a fijarse siempre en lo negativo. Fueron seducidos por una dialéctica turbia y peligrosa que les llevaba a asomarse a todos los abismos. Pensaban que con eso superaban una ingenuidad anterior, y les sucedió como a los que miraban en aquel maldito espejo: estaban seguros de que ahora tenían una visión más madura, de que veían las cosas tal como en realidad eran.

Y al cambiar su mirada, cambió también su corazón. Empezaron a ver a las personas por sus defectos en vez de por sus cualidades.

Empezaron a ser envidiosos, a pensar mal, a sufrir con los éxitos ajenos, a ser victimista.

Muchos de ellos volcaron esa visión negativa también sobre sí mismos, y eso les llevó a agigantar sus defectos, a infravalorarse y auto empequeñecerse.

Con el tiempo, quizá han advertido que ese proceso les atormenta y les consume, pero les cuesta controlar sus pensamientos. Saben que debería reconducir esas ideas que se han adueñado de su cabeza, pero hay algo que congela sus recuerdos y emociones, como sucedía a Kay durante su cautiverio en el castillo.

Para superar ese modo negativo de ver las cosas, que en alguna medida nos afecta a todos, hemos de comprender lo equivocado de ese dolor, lo que hemos sufrido y hecho sufrir inútilmente, lo ingratos e injustos que hemos sido con nuestros pensamientos.

Cuando lamentemos de verdad todo eso, cuando dejemos reponerse al corazón y empecemos a ver las cosas con los ojos de antes, volveremos a ver la realidad tal como es.

Quizá el problema es que el corazón está ya un poco frío y apenas nos duele, como le pasaba a Kay. Pero no por eso deja de tener y necesitar arreglo.

Es un cambio difícil, pero posible.

En el cuento, fueron las lágrimas de Gerda las que se abrieron camino hasta el corazón de su amigo, que también comenzó a llorar, y lo hizo de tal modo que el maldito cristal salió flotando entre sus lágrimas.

También a nosotros nos puede ayudar mucho una mano amiga, una persona que supere los obstáculos que sean necesarios hasta hacernos comprender lo triste de nuestra actitud.

Porque la vida a veces es dura y difícil, pero lo es sobre todo por ese cúmulo de prejuicios que nos ha entrado por la mirada y ha ido descendiendo hasta el corazón.

Y sólo ese llanto del alma nos hará valorar el error y superarlo.

Autor: Alfonso Aguiló

jueves, 1 de julio de 2010

MI PACHAMAMA




MI PACHAMAMA – Zamba
Autor: Los Hnos. Abalos

Música de mi tierra
que se baila en el monte,
sintiendo tu canto,
las penas se esconden
yo no sé ni adónde,
ni adónde, señor.

Bombo golpeando zambas,
pañuelos revoleando,
se me antoja al verlos
cuando están bailando
palomas volando,
palomas, señor.

Ay, sí, mi almita, cantando voy
por alegres sendas
de mi Pachamama,
todas perfumadas,
todas sí, señor.

Cuando voy por los montes
vuelan mis pensamientos,
parecen baqueanos
en campos desiertos,
jineteando al viento,
al viento, señor.

Ojitos de esperanza,
boquita de claveles
tienen por mis pagos
tierra de quereres
todas las mujeres
todas sí, señor.

Ay, sí, mi almita, cantando voy
por alegres sendas
de mi Pachamama
todas perfumadas
todas sí, señor.

miércoles, 30 de junio de 2010

LAGUNA DE LEANDRO




Cuenta la leyenda de la Laguna de Leandro, que hace muchos años, en Queragua, vivía un runa llamado así, buen hombre y trabajador. Poseía un rancho de adobe, un rebaño de ovejas, una tropa de llamas y estaba casado.

En uno de sus viajes a la zona de Tres Morros conoció un arriero anciano que le contó que en tiempos de la conquista española llegaron emisarios del Inca Atahualpa, pidiendo todo el oro.

Cuando se enteraron de que el Inca había muerto, no quisieron que los tesoros cayeran en manos enemigas, y los arrojaron en la zona de una solitaria laguna a 4.170 metros sobre el nivel del mar, al noroeste de Humahuaca (Jujuy, Argentina).

Leandro y su esposa no dejaban de pensar en como apoderarse del oro, sabiendo que yacía hundido en este sitio. Decidieron ir a desagotarla, construyendo una zanja de desagüe.

Pasaron meses hasta que una tarde la laguna se encrespó y junto a un trueno, emergió del agua una figura cuadrúpeda con astas de oro.

Tanto temor sintió Leandro que no podía moverse. Cuando el animal desapareció, Leandro volvió a su casa y juró no volver, alegando que era un aviso de Apu-Yaya (Dios del cerro).

No aguantó y mas adelante volvió, y justo cuando estaba cercano a terminar, el animal reapareció mirándolo de forma penetrante, lo inmovilizó y lo atrajo hacia el centro de la laguna, hasta desaparecer los dos. Así pagó el joven su avaricia.

Dice la gente del lugar que en las noches de tormenta se oye golpear las piedras que Leandro tira para rellenar la tierra que algún día, hace mucho tiempo, cavó por obtener aquello que no le pertenecía.

martes, 29 de junio de 2010

El TREHUACO





El Trehuaco (del mapudungun trewa "perro" y ko, "agua"), es un animal fantástico del agua presente en la mitología chilota.

Es descrito como un bello animal, de firme musculatura, extraordinaria fuerza, y un gran y negro pelaje con una apariencia muy similar a la de un gran perro.

Vive en el fondo de una laguna encantada en el extremo sur de la isla de Chiloé.

Las mujeres que se acercan a la orilla son irremediablemente atraídas por su pelaje negrobrillante y extraordinaria fuerza. A tal punto es su atracción que al cabo de un cariñoso y dulce jugueteo, se entregarán al Trehuaco sin vacilar.

Según la leyenda, se dice que en Chiloé, en las cercanías de Yaldad, existe una laguna encantada; en la cual habitaría una criatura conocida como Trehuaco.

Se cree que si una mujer se acerca a esta laguna y recita ciertos versos mágicos, hará que las aguas de la laguna se alejaran hacia el mar, de la misma forma que si fuera un río; y en el momento de secarse la laguna, en el centro de lo que era la laguna, aparecerá el Trehuaco.

Luego si la mujer llama al Trehuaco, este se acercara rápidamente hacia ella; y en ese momento comenzaran a tener una relación sexual zoofílica.

Posteriormente, ya cumplido el deseo de la mujer, y ya satisfecho el Trehuaco; esta criatura se volverá al centro de lo que era la laguna.

Estando ya en el centro, el Trehuaco comenzara a lanzar roncos aullidos, haciendo que las aguas nuevamente retornen a la laguna y así volverá a desaparecer en las profundidades de la laguna; hasta que una mujer lo llame nuevamente para cumplir sus deseos amorosos.

En el caso de la mujer, se dice que luego de que el Trehuaco desaparezca; ella se quedara dormida, y posteriormente despertara al lado de la puerta de su casa.

También se cree que si alguna persona sorprende a la inusual pareja, el Trehuaco desaparecerá inmediatamente; y la mujer quedara con una gran melancolía, que le durara por mucho tiempo.

Fuente:
Jaime Blume. Cultura mítica de Chiloé. Publicaciones periódicas. Colección Aisthesis. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Filosofía, Departamento de Estética, 1985

lunes, 28 de junio de 2010

EL AYAYMAMA


Cuenta la leyenda que una epidemia estaba acabando con la gente de una comunidad nativa.

La madre de dos niños, sintiéndose con los primeros síntomas de la enfermedad, quiso salvar del mal a sus pequeños y entonces los llevó al monte, muy lejos y los dejó en ese lugar. Cerca de una linda quebrada, abundante en peces y árboles frutales. Con gran pena los dejó, sabiendo que no los volvería a ver más.

Ellos jugaron, comieron frutos y se bañaron en la quebradita, pero ya en la noche sintieron la falta de su madre y partieron en su búsqueda pero se perdieron en el monte.

Asustados, llorando de pena decían cómo no ser aves para poder volar donde mamá.
Y el dueño del monte tuvo pena y los convirtió en avecitas y ellos volaron, pero cuando llegaron a su pueblo vieron que ya nadie vivía, todos habían muerto.

Desde entonces no dejan de volar y volar, y cuando se posan en lo alto de un árbol, cansados de buscar a su madre, hacen oír su canto lastimero ayaymamá... ayaymamá...

domingo, 27 de junio de 2010

EL GRAN YUCHÁN (Palo borracho blanco)




Antiguamente el agua, que era el mar, estaba adentro de un palo borracho grande. Esto era muy al principio.

Ahí nació Lawo, el Arco iris, y un pez: el dorado.

Mucha gente pasaba por ahí, pero les estaba prohibido pescar el dorado.

Por esa época pasó Tokjuaj con sus flechas. Sacó una y flechó el pez.

El yuchán se partió y se inundó el mundo. Tokjuaj trató de escapar corriendo pero el agua lo seguía.

Dos meses corrió con el agua atrás. Quiso transformarse en pez pero los peces también lo perseguían. No había forma de escapar.

Entonces se transformó en chajá.

Voló muy arriba, hasta que se le cayeron las plumas y comenzó a caer.

En su caída gritaba: “me transformaré en mortero”. Y cayó adentro de un pozo.

Ese pozo era muy profundo. Tokjuaj se transformó en murciélago, y mientras estaba tratando de salir, vio una víbora muy grande que quería tragárselo.

Por fin escapó. Pero el viborón le pudo agarrar una punta del ala. Y se enredó en una tela de araña.

Tenía hambre y no sabía que hacer. Entonces se le ocurrió chupar sangre. Desde entonces el murciélago chupa la sangre. Le chupó al anta y a las corzuelas.

Hasta que el tucán empezó a perseguirlo.

Tokjuaj se asustó y se escondió en el gajo de un árbol grande. El tucán golpeó el árbol con su pico y se partió la cabeza de Tokjuaj.

Quedó muerto en el piso en forma de murciélago.

El agua que salió del yuchán formó el río Pilcomayo. Las vueltas que da el río Pilcomayo son el recorrido de Tokjuaj huyendo del agua.

Tokjuaj corrió durante dos meses.



Fuente: El ciclo de Tokjuaj y otros mitos de los wichis.
Biblioteca de Cultura Popular, Buenos Aires 1999.

sábado, 26 de junio de 2010

EL TUNCHI MALIGNO


Vaga por las noches oscuras de la selva, como alma en pena, unos dicen que es un ave, otros, un brujo o un espíritu del mal, “diablo” que goza aterrorizando a la gente.

Pero nadie lo ha visto, y todos lo reconocen con temor cuando en plena oscuridad lanza al aire un silbido penetrante “fin... fin... fin...” que por instantes se pierde en el monte a lo lejos, pero vuelve a silbar ya sobre el techo de una casa o a la orilla del río.

Todo es tan rápido que la gente solo atina a persignarse o rezar, porque existe la creencia de que cuando silva con insistencia, por los alrededores de un pueblo, anuncia malos presagios y cuando lo hace sobre una casa, enfermedad o muerte.

Burlarse del tunchi o tunche, insultarlo, puede costarle caro al atrevido, ya que lo hará enfurecer y entonces atacará con mayor insistencia, silbando... silbando... lo perseguirá tanto, que hasta el más valiente terminará entrando en pánico, que puede llevarlo a la locura o muerte...

viernes, 25 de junio de 2010

LOS DOS SADHUS.


ACTITUD DE RENUNCIA.

Ésta es la historia de dos sadhus.

Uno de ellos había sido enormemente rico y, aun después de haber cortado con sus lazos familiares y sociales y renunciar a sus negocios, su familia cuidaba de él y disponía de varios criados para que le atendieran. El otro sadhu era muy pobre, vivía de la caridad pública y sólo era dueño de una escudilla y una piel de antílope sobre la que meditar.

Con frecuencia, el sadhu pobre se jactaba de su pobreza y criticaba y ridiculizaba al sadhu rico. Solía hacer el siguiente comentario: "Se ve que era demasiado viejo para seguir con los negocios de la familia y entonces se ha hecho renunciante, pero sin renunciar a todos sus lujos".

El sadhu pobre no perdía ocasión para importunar al sadhu rico y mofarse de él.

Se le acercaba y le decía: "Mi renuncia sí que es valiosa y no la tuya, que en realidad no representa renuncia de ningún tipo, porque sigues llevando una vida cómoda y fácil".

Un día, de repente, el sadhu rico, cuando el sadhu pobre le habló así, dijo tajantemente:

-Ahora mismo, tú y yo nos vamos de peregrinación a las fuentes del Ganges, como dos sadhus errantes.

El sadhu pobre se sorprendió, pero, a fin de poder mantener su imagen, tuvo que acceder a hacer una peregrinación que en verdad le apetecía muy poco. Ambos sadhus se pusieron en marcha.

Unos momentos después, súbitamente, el sadhu pobre se detuvo y, alarmado, exclamó:

-¡Dios mío!, tengo que regresar rápidamente.

En su rostro se reflejaba la ansiedad.

-¿Por qué? -preguntó el sadhu rico.

-Porque he olvidado coger mi escudilla y mi piel de antílope.

Y entonces el sadhu rico le dijo:

-Te has burlado durante mucho tiempo de mis bienes materiales y ahora resulta que tú dependes mucho más de tu escudilla y tu piel que yo de todas mis posesiones.

jueves, 24 de junio de 2010

LA SACHAMAMA O MADRE DE LA SELVA



En la selva amazónica de Perú, hay mucha fantasía de creencias ancestrales que cuentan de padres a hijos Y muchos pobladores afirman haber tenido contacto con descomunales serpientes de hasta sesenta metros de largo por tres metros de diámetro, tendidas sobre el bosque enmarañado de la selva. Estas serpientes antidiluvianas solamente cazan por un imán que tienen en la lengua bípeda que sale unos tres metros, blandiendo como espadas, pueden adormecer a sus presas y traerlos a la boca.

Cuentan que uno de ellas servía de puente de un pequeño río y cuando el bosque fue quemado para sembríos, después de varios días había una gran pestilencia que los gallinazos comían la carne maloliente.

Pobladores en diferentes lugares, y que nunca se conocen narran con lujos de detalles haber encontrado en selva virgen estas boas prehistóricas. Y sostienen que malezas y pequeños árboles crecen encima de su descomunal cuerpo. En la parte de la cabeza hay un espacio labrado que sirve de antesala para su comida.

Otros afirman que hay otra especie de agua que se llama Yacumama y se sumerge en espejos de caudales profundos y cuando crecen descomunalmente no dejan acercarse a cualquier intruso haciendo remecer las aguas. Entonces los nativos dicen que "la cocha tienen madre".

En la mayor parte de la amazonía encontramos cuentos y leyendas que atribuyen la existencia de estas boas.

Por: Lauro Borges Torres

miércoles, 23 de junio de 2010

SALILA


Una leyenda hindú habla de la joven viuda Salila. Este nombre significa “lágrima”.
Es una historia muy triste, pero también es una historia muy hermosa.

Salila había sido obligada a casarse cuando era casi una niña, con apenas quince años. Sus padres habían convenido su matrimonio con Rajidh, un comerciante de la aldea vecina. Durante la celebración de la boda, ella no dejó de llorar. La habían vestido con tres pesados saris, para disimular un poco su cuerpo de niña, estaba asustada, desorientada; miraba a los asistentes al festejo sin comprender nada. Ella se fijaba en aquellas manos grasientas de Rajidh y sus amigos que se lanzaban sobre los platos rebosantes de pruanas y de chamusas.
Ella oía la música estridente, las carcajadas de los comensales… sentía el olor insoportable de su sudoroso marido, sentado a su lado. Un olor que se mezclaba con los aromas del cardamomo y el garam masala. Y el humo que salía del tandoori.
Luego, cuando los asistentes se retiraban, Salila vio como llegaba la larga, interminable noche, precedida del comportamiento desconsiderado de su esposo.
Rajidh la desfloró con gesto apresurado y mecánico, sin siquiera mirarla a los ojos. Y tras la noche, la nada. Sólo las lágrimas.
Apenas transcurrieron dos años cuando Rajidh murió de una apoplejía.
Salila sabía que en la India, se espera que las viudas acompañen a sus maridos en la pira funeraria. Pero ella no quería morir. Por qué habría de hacerlo. La vida no podía ser tan sólo eso.
Ella aún soñaba con salir de la aldea, ver el mar algún día, visitar el templo de Khajuraho, con sus esculturas que según decían no se podían olvidar una vez vistas, y sobre todo, lo que ella ansiaba era sentir que alguien cogiese algún día su mano y la mirase a los ojos con amor.
Salila aún soñaba con comprobar que sus lágrimas podrían dejar de brotar.

Los vecinos nunca perdonaron a la joven viuda que se aferrase a la vida y que no aceptase participar en el “sati”, esto es, en la inmolación ritual de la viuda junto al esposo muerto.
Al negarse a subir a la pira ella aceptó convertirse en el más intocable de los intocables. Se veía obligada a vivir en una vieja choza alejada del pueblo. Hacía los trabajos más miserables, los que nadie quiere. Vivía como una mendiga. La gente volvía la cara cuando ella pasaba y a veces, los niños la tiraban piedras desde lejos, y la llamaban “shuha”, que significa puta, mientras ella se alejaba con pasos rápidos y lágrimas en los ojos.
Pasaron los años y Salila nunca dejó de soñar con una mirada de amor.
Ella intuía que bastaría esa mirada de amor para secar tal vez sus lágrimas inagotables.
Cierto día al volver del río, Salila se cruzó en el camino con un hombre de piel muy oscura. Salila creyó ver que la mirada de este hombre se había cruzado con la suya. Cosa rara, porque en la India nadie debe sostener la mirada de una viuda que hubiera rechazado el sati. Debía tratarse de un extranjero, sin duda.

En los días siguientes Salila fue cada mañana al río en busca de aquella mirada. Y en varias ocasiones volvió a cruzarse con el hombre que no había vuelto la cabeza cuando ella pasaba. Y volvió a sentir un extraño escalofrío.
No estaba acostumbrada a que nadie la mirase, salvo para insultarla o burlarse de ella.
Al séptimo día, Salila decidió saber quien era aquel hombre que parecía vivir junto al río y que no escondía la mirada cuando se cruzaba con ella.
-Quién eres-se atrevió a preguntar Salila-, ¿por qué me miras de ese modo y cómo has hecho que mis lágrimas se sequen?

Pero el extranjero no podía contestar. Sin duda no comprendía la lengua de Salila. Sólo hablaba con sus ojos. La miró con respeto. Y quizá con ternura. Hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se marchó.

En los días siguientes, en las semanas siguientes, Salila no dejó de bajar cada día al río en busca de aquella mirada que había detenido el fluir de sus lágrimas.
Pero el extranjero ya no estaba.
Ella decidió, pese a todo, no dejar de bajar nunca al río en busca de aquel hombre, hasta el fin de sus días. Y así lo hizo.

Pasados varios meses, al amanecer, Salila vio un cuerpo tendido junto a un viejo tronco seco, cerca del lugar donde el río se puede cruzar caminando con cuidado sobre las grandes rocas. Era el cuerpo del extranjero de piel bruñida. Debía haber muerto la noche anterior, pues se podría decir que aún tenía algo del calor de la vida.
Salila no pudo evitar acariciar su pelo rizado, pasar la mano por su cara tiernamente, cerrar para siempre esos ojos que habían conseguido secar sus lagrimas.
Con el agua del río, lentamente, pacientemente, Salila lavó el cuerpo muerto del extranjero.
Luego, fue corriendo a la aldea para comprar, con las últimas monedas que había recibido de un compasivo brahman, un poco de aceite funerario, madera de sándalo y unos fósforos. Con todo ello, volvió al lugar donde estaba el cuerpo del extranjero. Le aplicó unas gotas del aceite sagrado en su frente y en su barbilla.

Luego, Salila, buscó muchas, muchas hojas secas y las dispuso cuidadosamente sobre la roca.
Hecho esto hizo rodar con delicadeza el cuerpo del extranjero sobre las hojas y luego se extendió ella misma junto a él.

No lloraba esta vez. Tenía en su rostro la expresión de felicidad de cualquier mujer enamorada cuando se tiende junto a su amado, en el lecho conyugal…Y se diría que mantuvo esa misma expresión hasta que las llamas se extinguieron.

La historia de Salila es una historia triste, pero también una historia hermosa.

Y bien mirado, nada que sea hermoso es del todo triste.

martes, 22 de junio de 2010

EL CITOC-RAYMI

La más pintoresca de las fiestas del Sol, era la de Citoc Raymi (incremento gradual del Sol), que se celebraba en junio, dedicándole 9 dias al ceremonial.

En los 3 días previos al evento se celebraba un riguroso fasto durante los cuales no se podía encender ningún fuego. El cuarto día, el Inca, acompañado por la masa del pueblo, se dirigía desde la gran plaza de Cuzco a aclamar al Sol naciente, al que esperaban en silencio.

Cuando aparecía, ellos le saludaban con un alegre tumulto, y en procesión se dirigían al Templo dorado del sol, donde sacrificaban llamas y se encendía un nuevo fuego.

lunes, 21 de junio de 2010

LA VIUDA

En La Rioja y Catamarca se cuenta que La Viuda es un fantasma que sale a medianoche, en el campo, en sitios oscuros y boscosos.

La corporizan como una mujer alta y flaca, vestida de negro y descalza, con la tez muy blanca.
Sale de improviso y se sienta en las ancas de la cabalgadura con un ruido de huesos, como si un saco de osamentas hubieran caído en las ancas del caballo, y desde allí tiende los brazos queriéndolo agarrar al jinete por el cuello. Y el abrazo casi siempre es mortal.

Aquellos que han podido zafarse de este cariño tan singular, dicen que es un fuego que quema la nuca y que al alejarse a todo correr del animal la viuda baja y se oye el llanto de una mujer que estremece la noche.

Félix Coluccio, en el "Diccionario folklórico argentino", dice que es un mito que se conoce en otras partes de América o por lo menos que puede considerarse su equivalente: en Chile se lo conoce con el mismo nombre de "viuda"; en Costa Rica, con el nombre de "cadejo" o "oegus", transformada en un enorme perro negro, de pelo largo que sale de noche para espantar las cabalgaduras y asustar a los viajeros con sus enormes ojos encendidos. En Salvador toma el nombre de "ciguanaba", en Honduras, de "sucia" o "cadejo", en Nueva Méjico, "La malora"...

Rafael Cano, en su libro "Allpamisqui" dice lo mismo y anota tres versiones recogidas en distintos lugares de la provincia de Catamarca.

Sin lugar a duda es un mito importado de Europa y que se ha extendido por muchas regiones de América.

domingo, 20 de junio de 2010

EL INTI-RAYMI


El Inti-Raymi


El Inti-Raymi o Gran Fiesta del Sol, lo celebraban los incas de Cuzco en el solsticio de invierno, hemisferio sur, 20-21 de junio.


Los adoradores viajaban hacia el Este para encontrarse en su camino con los funcionarios o sacrificadores incas.


En las principales cimas entre Cuzco y Huillcanuta, en la ruta hacia la roca de Titicaca, se ofrecían llamas, coca y maíz en la fiesta de bienvenida al joven Sol, procedente de su antiguo lugar de nacimiento.




sábado, 19 de junio de 2010

TECUN UMAN


Rey Quiché que se enfrentó junto con su ejército a los conquistadores españoles en la batalla del Pinal, en cual resultó mortalmente herido por la espada de Don Pedro de Alvarado que le atravesó el pecho y según la leyenda el Quetzal que por ahí volaba cayó sobre el cuerpo sin vida del jefe indígena, con el pecho ensangrentado, desde entonces el ave nacional conserva el color rojo en su pecho.

Este personaje legendario es considerado héroe nacional de Guatemala y en su honor se han erigido varios monumentos.

Después de que los conquistadores sojuzgaron fácilmente algunos lugares del istmo de Tehuantepec y de haber dominado los señoríos de Soconusco, primera tierra que se incorporaría al reino de Guatemala, pasaron luego a tierras de la actual República de Guatemala habitada en su mayoría por los señoríos de origen tolteca: los quichés, cakchiqueles, tzutuhiles, etc. Como países organizados que eran y dueños de una avanzada cultura, opusieron una feroz resistencia al invasor.

Gobernaban el Quiché Oxib Quej y Belejep-Tzy, estos señores buscaron entablar una alianza con los otros señoríos, pero los odios provocados por las guerras continuadas entre ellos impidieron una alianza defensiva contra los hispanos.

Esta rebeldía ante el conquistador era una manifestación evidente de la noción clara que tenían los señoríos de su derecho de propiedad sobre la tierra que habitaban y la cual defendían con todos sus medios guerreros.

Siete grandes combates cruelmente sangrientos fueron necesarios para dominar al señorío de los quichés, quienes lanzaron sus huestes a los conquistadores, siendo capitaneadas muchas de ellas por el valiente príncipe y señor Tecún Umán.

El primer combate sangriento en tierras de Guatemala fue a orillas del río Tilapa, limítrofe entonces entre Suchitepéquez (Xuchiltepéquez) y Soconusco. De allí pasó a combatirse en Zapotitlán, en el mismo departamento de Suchitepéquez. Aunque las batallas eran sangrientas, los indios no se acobardaban ni ante la caballería, que causaba los máximos estragos ni ante la artillería, que a la mayoría de otros pueblos había aterrorizado.

La tercera gran batalla fue en la cuesta que sube a Quetzaltenango (hoy llamada de Santa María Jesús), en la cual, a pesar de la desventaja del terreno, lograron imponerse las fuerzas de Alvarado.

Los indios no desisten en su empeño de dominar a los españoles y aunque derrotados en la cuesta, preparan un nuevo ataque para cuando bajen los castellanos hacia las barrancas de Olintepeque, donde una poderosa escuadra bélica de seis mil indios del señorío quiché de Utatlán preparaba la cuarta batalla.

El príncipe Azumanché fue uno de los héroes y el capitán de las fuerzas quichés en ese combate tan sangriento en el que se tiñeron enrojecidas por la sangre las aguas del río Olintepeque, al cual llamaron Xequijel y que quiere decir "río de sangre".

La populosa Xelajú, que gobernaban diez príncipes, cada uno administraba sobre 8,000 indios, al saber el desastre de Xequijel, quedó deshabitada.

La dirección de la guerra pasó a Tecún Umán, príncipe del Quiché y se aprestaron a la última contienda en las llanuras de Quetzaltenango. Durante más de dos horas la suerte pareció indecisa. Entonces Pedro de Alvarado decidió que la caballería, al mando de don Pedro de Portocarrero y Juan de Chávez, atacara un ala del escuadrón de Tecún Umán que trataba de dividir en dos la infantería de Alvarado para cercar una parte y personalmente don Pedro atacó a la parte que iniciaba el movimiento envolvente.

Allí se hallaron frente a frente el gran guerrero quiché, Tecún Uman y el capitán invicto, Pedro de Alvarado.

Cuenta la leyenda que sobre el príncipe Tecún volaba, por arte de magia un Quetzal que lo protegía.

Tecún Umán atacó tres veces al capitán don Pedro y logró en una, darle muerte a su caballo, fue socorrido don Pedro con otro caballo y logró atravesar con su lanza el pecho de Tecún Umán, cayendo al instante el quetzal.

Al saberse la muerte de Tecún, los de Utatlán se enardecieron en la lucha; pero ante la inutilidad de sus esfuerzos, procuraron, en buen orden, retirarse a los montes. Cuando los españoles victoriosos regresaron a Quetzaltenango, sólo encontraron una ciudad desierta, sin víveres, ni utensilios.

viernes, 18 de junio de 2010

VIUDA DE LA RECTA DE CÁNEPA

A principio de siglo, una mujer que fue asesinada por su esposo, espeluznó por años a todo varón "mal entretenido".

Francisco Rodríguez, más conocido como el "Gordo del bar", era dueño del primero, único y último hotel de Cerrillos. "Hotel y Bar El Criollo", se llamaba el negocio de la década del veinte.

Tenía una cantina que atendía los 365 días del año hasta altas horas. Frente a la plaza, era el lugar preferido de los parroquianos. Allí disfrutaban, de unos vinos y de la música que salía de una "moderna" vitrola a cuerda primero, y luego, en tocadiscos que amenizaban la tarde-noche cerrillana, hasta fines de los 50.

El "Gordo del Bar", contaba que una noche de verano, pasada las 12, se avecinaba una fuerte tormenta. El viento azotaba los árboles y los relámpagos, iluminaban las primeras gotas. Fue en ese momento cuando llegó en su automóvil un viejo cliente vecino de La Merced.

"Recuerdo que los árboles -contaba Rodríguez- se mecían con furia, y los rayos cada vez estaban más cerca. Unos clientes permanecían en el negocio, iluminado con farol, cuando escuchamos que un auto frenaba en el negocio. De su interior salió un hombre que en dos o tres zancadas llegó hasta el bar, convencidos nosotros, que lo hacía para no mojarse con la tormenta que acababa de largarse con todo. Era Lobo.

"Entró corriendo -relataba Rodríguez- agitado y pálido. Estaba desencajado, y como pudo, se hizo entender para que le sirviera una bebida fuerte. Cognac me acuerdo que le serví.

Se sentó y cuando le pregunté si necesitaba algo me dijo: ¡la viuda! ¡La viuda!

Retrocedí, -continuó Rodríguez- esperando que se explique mejor.

Los parroquianos giraron sobre sus sillas, y atentamente, esperaron que hable, ansiosos, con los vasos de vino en la mano, paralizados a medio trayecto entre la mesa y la boca.

Después del cognac y de unos minutos, Lobo dijo, aún bastante espantado: ¡me ha salido la viuda de la recta de Cánepa!

-¿Como ha sido don Lobo? le espeté.

-Y bueno, yo venía de Salta y en medio de la recta vi una viejita de negro que caminaba para Cerrillos, al costado del camino. Me dio lástima verla a esa hora y con la lluvia que se avecinaba.

Me ofrecí acercarla hasta el pueblo. No me contestó, le insistí pues la lluvia se venía, por dos o tres veces, pensando que era medio sorda. Al no contestarme, no obstante mi insistencia, puse primera y salí rápido por temor a que el viento voltee alguna rama. Antes de San Miguel, sentí que algo venía en el estribo del auto, me di vuelta y vi un bulto negro, volví a mirar bien y un relámpago me dejó ver, casi de reojo, a la viejita que yo quería acercar hasta el pueblo. Venía agarrada del parante del auto, parada en el estribo derecho, casi a mi lado, y su cara, visible por la luz de los rayos, era una calavera. Me estremecí y aceleré -dijo Lobo-, a todo lo que da, y cuando llegue al pueblo la viuda ya no estaba.

¡Es la viuda de la recta! repetía Lobo, para agregar, que ya le habían contado que aparecía, pero que nunca había creído en esas cosas, pero desde entonces -contaba Rodríguez-
Lobo nunca más pasó después de las 12 de la noche".

Don Francisco Rodríguez murió el 5 de octubre de 1948 y en el negocio quedó su esposa, doña Cirila. Pasó el tiempo y en el "Bar de la Cirila", siempre alguien recta de la "Viuda de la recta de Cánepa".

jueves, 17 de junio de 2010

LA VIUDA DE AMBLAYO




En la misma peña en que la mataron se sentaba por horas a llorar.

En Amblayo la gente cuenta que a menudo se escuchaba su llanto.

Fortuny, estudioso del folklore, comenta que personalmente la escuchó llorar durante días, aunque agrega que le parecía un pájaro nocturno, sin identificar el ave. Otros, entre ellos don Sinforoso Arca, viejo poblador de esos pagos, ya fallecido, contaba a los empleados de la Comisión de Energía Atómica, que cuando niño, y se encontraba a cargo de una majada de cabras, había visto varias veces a la Viuda sentada en una peña, llorando lastimeramente por horas. La primera vez que la sintió, de curiosos don Sinforoso se acercó con su perro Negro hasta ella, pues de lejos le parecía que era su abuelita que solía sentarse en las peñas a hilar la lana mientras cuidaba del puma la majada de cabras y ovejas.

Cuando estuvo a metros del bulto, vio que no era su abuela, y que lloraba muy sentida. El perro comenzó a aullar, a no querer avanzar mientras le cruzaba el cuerpo para impedir que continúe caminando. Quieto ya, como a unos treinta metros -contaba don Sinforoso- "li'alcanzao a ver las manos, y li'visto q'eran de hueso pila, sin carne y con las uñas larguísimas".

Visto esto abandonó la majada lo más rápido que pudo y volvió corriendo y asustado hasta el rancho, para contra lo sucedido a sus mayores.

Espantados los padres salieron en búsqueda de la majada y se dieron que varios animales estaban muertos como si hubiesen sido estrangulados con afiladas garras.

Cuando vino el Cura para "las patronales", le contaron lo ocurrido y éste hizo que todos fueran en procesión hasta el lugar para bendecirlo.

Con los años don Sinforoso se enteró que un pastor había asesinado a su esposa en esa peña, por culpa de otra mujer.

miércoles, 16 de junio de 2010

LA VIUDA


En Santiago del Estero, Argentina, a la Viuda la describen como una mujer más bien joven, aparentemente bella, que cautiva a los hombres con una sonrisa que apenas asoma por el mantón que tapa su cara.

Les sugiere en la soledad, que la sigan hasta el monte con "inconfesables intenciones", donde les mostrará el lugar donde un tesoro se encuentra escondido.

En el trayecto, se transforma en un terrible ser que mata y descuartiza a su víctima, después de un abrazo que comienza tierno y cálido y termina siendo estrangulador y frío.

Nunca puede mostrar el tesoro -que le salvaría de la maldición- lo que hace que reitere el procedimiento destrozando siempre algún "ojo alegre" que nunca falta, aún en la soledad del campo chaqueño.

martes, 15 de junio de 2010

LA VIUDA



Una de las leyendas que describe Juan Carlos Dávalos y que reproduce Julio Díaz Usandivaras, en el libro "Folklore y tradición". Cuenta Dávalos lo que le narró un indio de este mito conocido en todo el valle de Lerma y en la ciudad.

"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón me mandó a la Isla, con un recado urgente para don Nicolás Vallejos. La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el Arias y el Arenales. Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos, harto tupidos a trechos. El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser baqueano para no hundirse en los fangales.

Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía entonado para el del otro aquella noche, lo confieso. Así que a mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el rnonte, al caer la senda en un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el cuchillo que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.

Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como sombra un perrazo negro. El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de hocico. Por serenarme mordí la hoja del cuchillo, la hice tincar en los dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto ya sentí un bulto que me saltaba en las ancas y me echaba los brazos al cuello. El caballo entonces, mandó un par de patadas, se estremeció enterito y se echó a la furia como alma que se la lleva el diablo. Así salvé el pantano. Y apenas gané la opuesta banda, un alarido fiero y triste como llanto de mujer rajó la noche y se apagó en el monte...

Y fui a sujetar en la casa de don Vallejos. Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba del sofocón, sangre de las narices..."

Y dice Dávalos que no puede asegurar que sea una leyenda originaria de Salta o si es conocida también en otras zonas u otras regiones. Pero que en Salta se la menciona en los fogones en todo el valle de Lerma y en la ciudad.

Este mito también es conocido en otras provincias andinas, como Catamarca, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba. Y se ha popularizado tanto que ha dado motivo al dicho: "Te va a salir la viuda, o Tené cuidado, no te vaya a salir la viuda".

lunes, 14 de junio de 2010

VIENTO ZONDA. GILANCO




Agazapado en un roquedal calcinado por el sol de la siesta, en plena cordillera, Gilanco y sus bravos calchaquíes aguardan el paso de una tropilla de guanacos. Tres días y tres noches persiguiendo sin descanso al astuto y huidizo animal, han desarrollado en los hombres una ferocidad implacable.

No escaparán, dice Gilanco. Confía en el hábil manejo de las boleadoras, en su capacidad para esconderse y saltar ágilmente sorprendiendo a la presa sin darle tregua.

Alto y recio exponente de su raza, Gilanco no respeta las leyes de su tribu, ni los consejos de sus mayores: "Cazarás sólo los machos adultos, respetarás las hembras cargadas y sus crías. No salgas en el tiempo malo o acarrearás sobre la tribu la furia de Yastay”.

Muchos ancianos prudentes no aprueban su proceder. Sin embargo, los jóvenes siguen a Gilanco. Su incansable brazo nervudo, sus chuncas de puro tendón, tirantes como cuero sobado, constituyen el orgullo de la nueva generación.

Gilanco es como el tigre, goza acechando a sus presas, persiguiéndolas hasta ver su sangre convertida en río por el acostumbrado degüello. Hay algo de maligno en sus oscuros ojos cuando las ve palpitantes y temerosas, maniatadas e indefensas.

Trotando junto al despeñadero, la tropilla se acerca confiada.

Los cuerpos tensos, las boleadoras listas, los indios esperan el minuto preciso. Un grito, y el aire se agita cruzado por lazos que silban. Los guanacos trabados en sus rápidas patas, se desploman pesados en medio de un polvaredal rojizo.

Caen las gráciles bestias y ya está el indio degollando y sorbiendo, ávido, la sangre caliente de las víctimas. Horas de azarosa tarea, obligan al descanso. La sombra generosa de un algarrobo cobija a los cazadores que esperan el atardecer para iniciar el regreso.

En el silencio expectante de la siesta, el cansancio convoca al sueño.

Gilanco, perdida su mirada en la lejanía azul de los cerros, se deja mecer por la brisa.

Nunca supo cómo se presentó. Pero en el reverberar de los rayos, su figura se materializó después de un bronco rumor que sobresaltó al joven indio. Sólo él vio la cólera de sus ojos renegridos y pequeños y oyó su terrible voz: ¡Gilanco! Muchas lunas atrás predije el castigo que tu saña asesina acarreará sobre tu cabeza. Destruyes mis aves por placer y has provocado el enojo de Pachamama. Limítate a cazar para alimentar a los tuyos. Tus excesos serán castigados. No habrá más advertencias.

Gilanco enmudeció ante el dios y el corazón latió enloquecido.

Cuando Yastay, el protector de las aves, desapareció en una nube de polvo, no se atrevió a despertar a los suyos. Intuía que las palabras del dios debían permanecer en secreto.

Volvió la paz a los montes y quebradas. El miedo frenó al cazador. Anduvo mucho tiempo alejado de los quehaceres de su tribu.

El río lo vio pensativo mirando, sin ver, el curso de sus aguas. Pero, lentamente se fue desvaneciendo el recuerdo de aquel terrible encuentro. Sentía de nuevo la necesidad de probarse en la habilidad que lo distinguía y reanudó las largas jornadas de caza persiguiendo, incansable, sus presas hasta las altas cumbres.

Soberbio y cruel, convirtió su itinerario en una orgía de sangre y muerte.

Una tarde, cuando satisfecho observaba el traslado de las reses, sintió un rumor de pasos entre las peñas. Recordó las palabras de Yastay. Quiso huir pero una fuerza misteriosa lo clavó en el lugar y una voz de trueno sacudió la montaña.

Pachamama habló: ¡Gilanco! Tu crueldad y tu soberbia han despertado mi ira. La volveré contra los tuyos. Mis aves han sufrido demasiado. No tenías derecho a destruirlas. Tu castigo será ejemplo para aquellos que te imiten. En viento destructor convertiré tu fuerza para recordar a los hombres mis poderes.

A pesar de las inútiles promesas que tartamudeó el indio ante la diosa, un remolino de polvo y piedras nació en torno suyo. Brazos y piernas iniciaban una danza frenética y su cuerpo giraba enloquecido mientras se desplazaba en medio de una nube densa y rojiza.

Testigos de su transformación, los compañeros de Gilanco lo llamaron desesperados.

El torbellino se alejaba con fuerza incontenible por montes y quebradas. Un ulular incesante anunciaba el cálido vendaval que, recorriendo la tierra, cegaría pozos y cañadas, formaría médanos y páramos, alejando las aves y las bestias.

Por las tierras maldecidas, los indios andrajosos y hambrientos verían la destrucción y la muerte cada vez que repitieran las hazañas de Gilanco.

El viento Zonda había nacido.

domingo, 13 de junio de 2010

EL CHOM


Cuenta la leyenda que en Uxmal, una de las ciudades más importantes de El Mayab, vivió un rey al que le gustaban mucho las fiestas. Un día, se le ocurrió organizar un gran festejo en su palacio para honrar al Señor de la Vida, llamado Hunab ku, y agradecerle por todos los dones que había dado a su pueblo.

El rey de Uxmal ordenó con mucha anticipación los preparativos para la fiesta. Además invitó a príncipes, sacerdotes y guerreros de los reinos vecinos, seguró de que su festejo sería mejor que cualquier otro y que todos lo envidiarían después. Así, estuvo pendiente de que su palacio se adornara con las más raras flores, además de que se prepararan deliciosos platillos con carnes de venado y pavo del monte. Y no podía faltar el balché, un licor embriagante que encantaría a los invitados.

Por fin llegó el día de la fiesta. El rey de Uxmal se vistió con su traje de mayor lujo y se cubrió con finas joyas; luego, se asomó a la terraza de su palacio y desde allí contempló con satisfacción su ciudad, que se veía más bella que nunca. Entonces se le ocurrió que ese era un buen lugar para que la comida fuera servida, pues desde allí todos los invitados podrían contemplar su reino. El rey de Uxmal ordenó a sus sirvientes que llevaran mesas hasta la terraza y las adornaran con flores y palmas. Mientras tanto, fue a recibir a sus invitados, que usaban sus mejores trajes para la ocasión.

Los sirvientes tuvieron listas las mesas rápidamente, pues sabían que el rey estaba ansioso por ofrecer la comida a los presentes.

Cuando todo quedó acomodado de la manera más bonita, dejaron sola la comida y entraron al palacio para llamar a los invitados.

Ese fue un gran error, porque no se dieron cuenta de que sobre la terraza del palacio volaban unos zopilotes, o chom, como se les llama en lengua maya.

En ese entonces, estos pájaros tenían plumaje de colores y elegantes rizos en la cabeza. Además, eran muy tragones y al ver tanta comida se les antojó. Por eso estuvieron un rato dando vueltas alrededor de la terraza y al ver que la comida se quedó sola, los chom volaron hasta la terraza y en unos minutos se la comieron toda.

Justo en ese momento, el rey de Uxmal salió a la terraza junto con sus invitados. El monarca se puso pálido al ver a los pájaros saborearse el banquete.

Enojadísimo, el rey gritó a sus flecheros:

— ¡Maten a esos pájaros de inmediato!

Al oír las palabras del rey, los chom escaparon a toda prisa; volaron tan alto que ni una sola flecha los alcanzó.

— ¡Esto no se puede quedar así! —Gritó el rey de Uxmal— Los chom deben ser castigados.

—No se preocupe, majestad; pronto hallaremos la forma de cobrar esta ofensa —contestó muy serio uno de los sacerdotes, mientras recogía algunas plumas de zopilote que habían caído al suelo.

Los hombres más sabios se encerraron en el templo; luego de discutir un rato, a uno de ellos se le ocurrió cómo castigarlos. Entonces, tomó las plumas de chom y las puso en un bracero para quemarlas; poco a poco, las plumas perdieron su color hasta volverse negras y opacas.

Después, uno de los sacerdotes las molió hasta convertirlas en un polvo negro muy fino, que echó en una vasija con agua. Pronto, el agua se volvió un caldo negro y espeso. Una vez que estuvo listo, los sacerdotes salieron del templo.

Uno de ellos buscó a los sirvientes y les dijo:

—Lleven comida a la terraza del palacio, la necesitamos para atraer a los zopilotes.

La orden fue obedecida de inmediato y pronto hubo una mesa llena de platillos y muchos chom que volaban alrededor de ella.

Como el día de la fiesta todo les había salido muy bien, no lo pensaron dos veces y bajaron a la terraza para disfrutar de otro banquete.

Pero no contaban con que esta vez los hombres se escondieron en la terraza; apenas habían puesto las patas sobre la mesa, cuando dos sacerdotes salieron de repente y lanzaron el caldo negro sobre los chom, mientras repetían unas palabras extrañas.

Uno de ellos alzó la voz y dijo:

—No lograrán huir del castigo que merecen por ofender al rey de Uxmal. Robaron la comida de la fiesta de Hunab ku, el Señor que nos da la vida, y por eso jamás probarán de nuevo alimentos tan exquisitos. A partir de hoy estarán condenados a comer basura y animales muertos, sólo de eso se alimentarán.

Al oír esas palabras y sentir sus plumas mojadas, los chom quisieron escapar volando muy alto, con la esperanza de que el sol les secara las plumas y acabara con la maldición, pero se le acercaron tanto, que sus rayos les quemaron las plumas de la cabeza.

Cuando los chom sintieron la cabeza caliente, bajaron de uno en uno a la tierra; pero al verse, su sorpresa fue muy grande. Sus plumas ya no eran de colores, sino negras y resecas, porque así las había vuelto el caldo que les aventaron los sacerdotes. Además, su cabeza quedó pelona. Desde entonces, los chom vuelan lo más alto que pueden, para que los demás no los vean y se burlen al verlos tan cambiados.

Sólo bajan cuando tienen hambre, a buscar su alimento entre la basura, tal como dijeron los sacerdotes.

sábado, 12 de junio de 2010

LUZ DE ORO



Según cuenta una leyenda caribeña, hace muchos años las islas del Caribe no eran más que un trocito de tierra, sin ningún río que la regase.

Un buen día nació Car, el hijo del cacique del Caribe. El niño enfermó y su única salvación era beber agua fresca y dulce. Su madre lloró durante doce días, sin darse cuenta que su llanto salado iba mermando la salud de su hijo.

El cacique, a quien las tristezas y la rabia lo hacían gigante, desbordó su rabia contra el suelo de la isla que golpeó durante doce días. Sin darse cuenta que estaba haciendo un gran hoyo.

Sucedió que al día trece, los dioses enviaron abundante lluvia para aplacar la ira del cacique.

Y éste, sin darse cuenta, se fue ahogando en el gran lago que las lluvias y su ira habían formado.

Su tribu, según mandaba la tradición, le acompaño depositando en su tumba acuática todo el oro que poseía el gran cacique.

Desde entonces, cuando el sol brilla en el lago, su luz llega hasta el oro del cacique y hace que se forme un gran Arco Iris, que los indios del Caribe llaman Luz de Oro.

viernes, 11 de junio de 2010

DEL PRINCIPIO Y ORIGEN DE LOS YNGAS Y DE DÓNDE SALIERON



Varias y diversas cosas y hermosas fábulas cuentan los indios del aparecimiento de los primeros yngas y de la manera con que entraron en la ciudad del Cuzco y la conquistaron y poblaron, sin que en este caso pueda haber cosa cierta ni determinada.

La más general y común opinión y más recibida entre ellos es que el primer Inga se llamó Manco Capac, aunque también a éste algunos le hacen el último de los hermanos Ingas.

Dicen los indios que cuando con el diluvio se acabó la gente y que del pueblo de Pacaritambo, cinco leguas del Cuzco, de una cueva por una ventana salieron y procedieron los Ingas y que eran cuatro hermanos, el mayor llamado Manco Capac, Ayarcache, Ayarauca, Ayarhuchu. Y cuatro hermanas: Mamahuaco, ésta fue muy varonil, y peleó, y conquistó algunos indios; Mamacora. Mamaocllo, y Mamatabua.

También cuentan algunos indios antiguos que de la gran laguna de Titicaca, que está en la provincia del Collao, vinieron hasta esta cueva de Pacaritambo, unos indios, e indias, todos hermanos, gentiles hombres y valerosos, y que traían las orejas moradas, y en los agujeros pedazos de oro. Uno de los cuales fue Manco Capac.

Vinieron, pues, estos hermanos y hermanas desde Pacaritambo de noche, y, llegados al pueblo de Pachete, allí miraron de una parte a otra, por hallar buena tierra para poblar, y no satisfaciéndose, se volvieron por el mismo camino y llegaron a Guayna Cancha, y allí se juntó Manco Capac con su hermana Mama Ocllo, aunque otros dicen que con Mamahuaco, otra hermana. Y viniendo en el camino vieron que la hermana estaba preñada y entre ellos hicieron inquisición, diciendo ¿cuál de nosotros ha hecho esta maldad?

Sabida la verdad, llegaron a Tambuqui, donde nació Cinchiroca, de lo cual se holgaron y dieron gracia al Hacedor y al Sol, y pasaron hasta Chasquito. Allí acordaron todos que Ayarauca, su hermano, que era el más atrevido dellos, volviese a Pacaritambo a la cueva donde habían salido y allí lo encerrasen. Llamándole, dijeron: ya sabéis, hermano, que dejamos ciertos vasos de oro, llamados topacusi, y cierta semilla en la cueva de donde salimos; es menester que vayáis allá por ello, para que juntemos con ellos gente y seamos señores.

El Ayarauca lo rehusó y dijo que no quería, a lo cual le dijo Mamahuaco que tuviese vergüenza siendo mozo tan atrevido, no querer volver por aquellas reliquias, y así, avergonzado, dijo que sí, y fue con él un criado suyo llamado Tambo Chacai. Llegado a la cueva Ayarauca, entró a sacar los vasos que le habían dicho que trajese, y mientras él estaba buscando dentro de la cueva, el Tambo Chacai cerró la puerta con una piedra grande, porque así se lo habían mandado los hermanos. Y Ayarauca se quedó dentro, y empezó a dar grandes gritos, pretendiendo salir, y con las voces que daba y mucha fuerza que ponía, tembló aquel cerro y se abrió por muchas partes, y el Tambo Chacai se sentó encima de la piedra, con que había cerrado la puerta, y el Ayarauca le dijo desde lo interior de la cueva: vos, traidor, pensáis volver allá con estas nuevas: vos quedaréis ahí como yo aquí dentro, y así quedó el Tambo Chacai convertido en piedra, y hasta hoy está la señal allí.

La causa porque hicieron los demás hermanos volver a este Ayarauca y encerrarlo en la cueva dicen una invención y fábula, porque al tiempo que caminaban venían tirando piedras y derribando los cerros, y por ser tan valiente no osaron llevarlo consigo, porque llegando a donde hubiese gente no se atreviese a hacer alguna demasía y por él los matasen a todos, y de allí se partieron y llegaron al cerro que ahora llaman Huanacauri.

Y vieron un Arco del Cielo, que era tiempo de aguas, y el un pie estaba fijado en el cerro, y como lo viesen una mañana al alborear, de lejos, dijeron los unos a los otros: veis aquel Arco, y todos respondieron que sí, y dijo Manco Capac, el mayor: buena señal es aquélla, que ya no se acabará el mundo por agua; vamos allá y desde allí veremos a donde hemos de fundar nuestro pueblo, y echaron suertes qué harían, y en ellas supieron cómo era buena llegar a aquel cerro a ver lo que había y qué tierra se parecía de allí, y viniendo caminando hacia el cerro, de lejos vieron una huaca, bulto de persona, que estaba asentado, y el arco llegaba a los pies de la huaca. Era esta huaca de un poblezuelo llamado Sano, que estaba a una legua pequeña, de allí llamase la huaca Chimpo y Cahua, y entraron en consulta y trataron que sería bueno cogerlo y que si no lo tomaban, que no tenían ningún remedio, y yendo a ello, Ayarcache, así como llegó a la huaca se asentó sobre ella y le dijo: ¿qué hacéis, hermano? estemos juntos, y la huaca volvió la cabeza a conocer quién era, y como lo tenían oprimido, no lo pudo ver bien, y queriéndose desviar, no pudo, porque se le quedaron las plantas de los pies pegados a las espaldas de la huaca.

Los hermanos, entendiendo que ya estaba preso, fueron corriendo a ayudarle, y des que así se vio les dijo, cuando llegaron: mala obra me habéis hecho, que ya no puedo ir con vosotros; ya quedo apartado de vuestra compañía y sé que habéis de ser grandes señores.

Lo que os ruego es que en todas vuestras fiestas y sacrificios os acordéis de mí y que sea yo el primero que reciba vuestras ofrendas, pues me quedo aquí, y cuando hicieres Guarachico a vuestros hijos como a su padre que acá por todos queda, sea yo adorado dellos; y así quedó Ayarcache hecho piedra y le pusieron por nombre Guanacauri, y los hermanos, muy tristes, se volvieron la cuesta abajo y llegaron a un sitio que está a los pies del cerro Huanacauri, llamado Matahua, y allí horadaron las orejas a Sinchiroca, que es el Huarachico, y lloraron la dejada de su hermano y dijeron:

Oh, si nuestros hermanos vieran este ynfante, cómo se holgaran con él, y comenzaron a llorar, y allí se inventó el llanto de los muertos y las ceremonias con que se lloran, tomando para ello el Phrasis y de las palomas, y allí inventaron las ceremonias de los raimis quico chico y rutu chico y la fiesta del ayuscai, que todo se declarara en su lugar.


Fuente: Capítulo II (C) ARTEHISTORIA

jueves, 10 de junio de 2010

TIAMAT




En la mitología babilónica, Tiamat es la diosa del Caos y la Creación; una diosa-monstruo primitivo de importante participación en el poema épico Enûma Elish que narra el origen del mundo.

Antes de que el cielo y la tierra tuviesen nombre (carecer de nombre equivalía a no existir), existía la diosa del agua salada, Tiamat, principio femenino, madre de todo los que existe; representada con el mar como las potencialidades del caos primigenio.

También se habla de su forma como dragón hembra, de por sí maléfico según las leyendas.

Tiamat se unió con Apsu, el principio masculino y el agua dulce, y dieron nacimiento a los dioses y los animales, pero los nuevos dioses perturbaban a su padre y decidió destruirlos. Aunque uno de ellos, Ea, el dios de la magia, se anticipó a los deseos de su padre haciendo un conjuro y derramando el sueño sobre él, para luego matarlo.

Apsu permaneció en un largo sopor (por eso es que el agua dulce está quieta) pero Ea no pudo contra la poderosa Tiamat. Ésta, enfurecida por la muerte de su esposo, creó una legión de demonios y los puso bajo la orden de Kingu, su nuevo esposo y uno de sus hijos, para combatir a los dioses.

Ante la amenaza, Marduk fue nombrado por los dioses para enfrentar a Tiamat, pero accedió con la condición de ser nombrado “príncipe de los dioses o dios supremo”. Entonces los dioses le cedieron todos sus poderes a Marduk para poder vencer a Kingu, quien se quedó paralizado de miedo al verlo llegar, y luego a Tiamat, a la que hizo dejar la boca abierta con un vendaval y lanzó una flecha dentro del estómago.

Después de la batalla, la sangre de Kingu se esparció y de ella nacieron los humanos. Mientras, el cuerpo de Tiamat acabó encadenado en los pozos del abismo y partido a la mitad por Marduk.

De su mitad superior se creó el cielo y de su mitad inferior, la tierra firme, y a su vez, sus lágrimas se convirtieron en las nacientes del río Tigris y el Éufrates, dentro de los cuales florecieron las antiguas civilizaciones mesopotámicas hace siete mil años.

Esta leyenda de Enûma Elish está recogida de unas tablillas de caracteres cuneiformes datadas del año 1200 a. C.

miércoles, 9 de junio de 2010

LA FLOR DE CEIBO

Flor del Ceibo o Seibo
(Erythrina crista-galli)
Foto: Jorge Emir Llugdar

Refiere la leyenda que la Flor de Ceibo es el alma de la india Anahi, la reina mas fea de una tribu de guerreros indómitos, cuya choza se levantaba cerca de las márgenes salvajes del Paraná.

Pero si Anahi era fea, su voz era la más dulce de cuantas había escuchado alguno de sus súbditos.

Hosca y rebelde, había albergado en su espíritu toda la bravura de una raza muerta por la furia invasora.

Hecha prisionera, y habiendo dado muerte de un árbol bajo y de anchas hojas, quedo a poco envuelta en los resplandores de la hoguera.

Quienes asistieron al suplicio vieron que el cuerpo de Anahi se iba tornando rojo y adquiriendo una forma extraña.

El árbol también sufría un proceso singular; algo así como una vuelta a la fragilidad.

Las primeras luces del alba iluminaron la Flor de Ceibo, que encarna así el alma pura y altiva de una raza que ya no existe.

Su soledad significa el recuerdo de los que supieron morir y no ha nacido para lucir en ningún pecho humano, es la flor triste y solidaria de la veneración y en su perfume, no hecho para deleitar, es de severa castidad, de heroísmo y consecuencia.

El alma de Anahi, la reina fea de la dulce voz se anida en la Flor de Ceibo.

Ningún fuego podrá destruir a Anahi, que es el alma Argentina.