miércoles, 6 de octubre de 2010

EL ÑANDÚ





Esta leyenda mocoví de Formosa y el Chaco argentino narra la persecución del joven indio Nemec para matar a un ñandú y lograr sus fabulosas plumas, que renovarán el tocado del jefe, como símbolo de su poder. Pero Nemec no desea alcanzarlo. Admira a su presa y solamente un milagro evitará la cacería y, a la vez, dará fama imperecedera al joven cazador. Este relato está incluido en el libro Leyendas argentinas, de Editorial Norma.

¡Ahí va el joven indio Nemec! ¡Ahí va el ñandú!
Nemec va escondido, el ñandú va a carrera abierta.
Nemec lo persigue, siempre a distancia, una distancia que no puede acortar.


Hace tanto que Nemec persigue al ñandú que ya no desea alcanzarlo.
El cazador admira a su presa.
Admira su rapidez, la gracia para correr, sus fabulosas plumas.
Sus lamentablemente fabulosas plumas… Porque por ellas lo persigue Nemec.
El jefe de la tribu las necesita para renovar su tocado.
Cuanto más bellas plumas de ñandú tenga en el tocado, más demostrará el jefe su poder.
Y con esa misión ha enviado el jefe a Nemec. Conseguir plumas de ñandú para un tocado nuevo
Ahora están la presa y el cazador viviendo el drama. Uno delante del otro, corriendo bajo la noche con más estrellas que haya conocido el mundo en toda su historia. O por lo menos eso piensa Nemec.

Pero él no puede distraerse contemplando cada estrella, como hace cuando está en la tribu.
En las noches de la tribu, él bautiza las estrellas con nombres inventados.
En el cielo de la tribu, él puede unir una estrella con otra y descubrir qué animal se dibuja con ellas como vértices.

En la hora de sueño de la tribu, él puede bostezar bajo las estrellas y abrir grande la boca como para tragarse alguna, haciendo reír a su hermano más chico.

Pero ahora la tribu está lejos, los que están cercanos son sus recuerdos.

Lejanas y cercanas estrellas. Lejana y cercana tribu. Lejano y cercano ñandú que corre delante de Nemec, bajo el cielo de estrellas.

Nemec piensa que nunca va a alcanzar a ese ñandú, por lo tanto nunca va a regresar a su tribu.
Él tiene la fama de cazador y su orgullo. No puede regresar con las manos vacías.
Esa noche estrellada va a durar para siempre —piensa Nemec—. Con el ñandú y él corriendo como parte del paisaje.

Nemec siente un gran agotamiento, corre más lento y se asombra de que la distancia entre él y su presa no se haga más ancha.

En verdad, la distancia entre ambos se está acortando.

Nemec comprende que llegó el final. El ñandú también está cansado.

El joven indio prepara su arma sin convencerse de que, en unos instantes, esa carrera que duró un tiempo sin tiempo, concluya cruelmente.

Pero el ñandú hace su último gesto de maravilla. Levanta vuelo.



El milagro persiste. Aunque no es su naturaleza surcar las alturas, el ñandú asciende, con facilidad, hacia lo más alto, se remonta hasta el firmamento, y se mezcla con las estrellas.

Nemec sigue corriendo y alza sus brazos como para elevarse también.

Nada sucede.

Excepto que en el cielo hay una constelación nueva.

Nemec no sabe que cuando regrese a su tribu, su fama resplandecerá. Ni siquiera lo imagina mientras marcha derrotado pero a la vez con alivio

En la tribu dirán que el único modo en que una presa pueda escaparse de semejante cazador es desaparecer en el cielo, porque en la tierra, Nemec no da tregua a nadie.

Y gracias a él, contarán sus nietos y los nietos de sus nietos, ahora existe la Cruz del Sur.

La Cruz del Sur es ese ñandú inalcanzable que perseguimos todos lo que vivimos bajo su luz.

Una luz tan lejana como las estrellas y tan cercana como el cielo de nuestra casa.


Recopilación: Graciela Repún
Imagen: Rodrigo Folgueira

martes, 5 de octubre de 2010

T'UNUPA

Representación de Tunupa en uno de los flancos rocosos del cerro Pinkuylluna, cerro localizado al frente de la Ciudadela de Ollantaytambo.



El hijo del dios Wiraqucha es T'unupa. El dios había hecho la tierra, el cielo, el sol, la luna, las estrellas y todas las cosas. Y luego había enviado a su hijo a enseñar a la humanidad una vida acorde con la naturaleza.

El compañero de T'unupa era un jilguero. Mientras recorría los poblados, instruía a los agricultores a sacar el mayor beneficio de la tierra, sin dañarla; predicaba contra la flojera y la borrachera y resaltaba los fundamentos de la solidaridad.

Cuando llegó a Carabuco, la gente se congregó masivamente para escucharlo. Pero Makuri, jefe de los carabucos, hizo apresar a T'unupa y se burló de sus cualidades. Llegó incluso a pedirle que transformara unos metales innobles en oro. El hijo de Wiraqucha se negó. Y, más bien, reprendió el comportamiento de Makuri. Éste, muy encolerizado, reto a una pelea cuerpo a cuerpo a T'unupa, que le respondió que una víbora no podía luchar contra un maestro.

Sin más, Makuri hizo expulsar a T'unupa a hondazos. Al día siguiente éste reapareció en Carabuco con la ropa muy blanca y sin huellas de heridas. La gente había salido a recolectar metales y regresó sin nada, pues T'unupa había escondido los yacimientos de cielo abierto dentro de las montañas, para que fuera muy difícil explotarlo.

Hecho esto, se dirigió a Copacabana y a la orilla del lago tendió un paño para cruzar el Titicaca. Por entonces los pobladores de Copacabana adoraban a un felino (titi) metálico, cosa que no agradó a T'unupa.

Otra vez aprehendido, fue llevado a la presencia de un sabio, a quien preguntó las razones por las que ofrecían a una imagen sacrificios de sangre.

Les instó a dejar dicho culto y a aceptar la benevolencia de Wiraqucha. La gente se exaltó y pidió la muerte de T'unupa. Lo llevaron a la orilla y lo ataron al palo de una pequeña balsa de totora, que luego echaron a la deriva. De repente comenzó una tormenta acompañada de vientos excesivos y relámpagos aterradores. La balsa fue llevada hasta el estrecho de Tiquina desde donde abrió el cause del río Desaguadero hasta llegar a una hondonada, en la que se formó el lago Poopó.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/08/tunupa.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/08/tunupa_12.html

lunes, 4 de octubre de 2010

LAS MUJERES AYOREAS



Dolly Costa, "Ayorea". Acrílico s/lienzo. 2002. 80 x 60 cm


En algún momento del siglo XVI, en el oriente boliviano, se conocieron las primeras noticias de los ayoreos, que cronistas y viajeros llamaron de diversas maneras, sobreviviendo hasta el presente su auto denominación original.

Las primeras referencias específicas se relacionaron con sus mujeres.

Uno de los primeros catequizadores narró la muerte de un conquistador porque había faltado el respeto a una ayorea.

Con ese acto en realidad habían castigado la ausencia de reconocimiento de la posición de prestigio que la mujer tuvo y sigue teniendo dentro de la sociedad ayorea.

Un siglo más tarde, la siguiente referencia vuelve a tener connotación femenina. Los catequizadores las calificaron de libertinas, porque culturalmente tomaban la iniciativa sexual.

Las mujeres indígenas de otras naciones aceptaban los regalos hispanos pero las ayoreas los despreciaban, prefiriendo que el hombre ayoreo les ofreciera presentes de caza o recolección cuya obtención les hubiera significado alguna dificultad.

Las autoridades coloniales definieron a esa relación entre géneros como un trastoque demoníaco de roles, considerando a los varones, a pesar de su prestancia guerrera ante las incursiones conquistadoras, como pasivos y dominados por sus mujeres.



Dolly Costa, "Ayoreo". Acrílico s/lienzo. 2002. 80 x 60 cm.

Los ayoreos fueron hasta 1960, absolutamente nómades, y según su lógica de recolectores y cazadores, consideraban innecesario producir y acumular bienes, percibiendo a la naturaleza como despensa de recursos abundantes, y el concepto de saber vivir bien consistía en conocer cuándo, dónde y cómo hallarlos.

Los ayoreos fueron considerados traidores a la patria cuando rechazaron enrolarse en la guerra contra el Paraguay. Les atribuyeron asaltos y fueron perseguidos y sus mujeres raptadas y especialmente violadas por su fama de iniciadoras sexuales.

La decisión de negociar con los dominadores fue femenina: muchas estuvieron prisioneras en las haciendas y una de ellas asumió la iniciativa de pacificar las relaciones entre conquistadores e indígenas.

Dos mecanismos tuvieron las cautivas para no perder su identidad: soñar y cantar. Evocar a sus ancestros y musicalizar las características bondadosas de sus seres queridos fueron manifestaciones simbólicas que desomatizaron sus padecimientos.

Femeninas fueron también las iniciativas de conciliación con las misiones católicas, aprovechando que en muchos establecimientos vivían numerosas monjas.

Pero cuando se trató de negociar con autoridades masculinas, las ayoreas adoptaron tonos y maneras varoniles, haciendo entender que ellas tenían la primacía dentro de su sociedad, y podían ser iguales a los hombres conquistadores.
Algunas misiones les dieron cabida y protección, pero las enfermedades terribles que les ocasionó el contacto hicieron que los ayoreos volvieran al monte a proseguir su inveterado nomadismo recolector.

A mediados de los años 50 empezaron a migrar hacia las ciudades, llegando hasta los alrededores de la Estación Brasileira, en los exteriores de Santa Cruz de la Sierra.

La condición cultural de las ayoreas les impidió asimilarse al servicio doméstico de las ciudades como alternativa para adquirir recursos de subsistencia.

Optaron entonces por caminar por la ciudad, recolectando y pidiendo, hasta que devinieron en limosneras, incursionando paulatinamente en la mendicidad como forma de vida.

Sin embargo, algunas ayoreas se profesionalizaron en actividades relacionadas con los servicios de salud, y María Paz, su líder más connotada, llegó a ser la única mujer que ocupó cargo importante en las organizaciones nacionales indígenas de Bolivia.

Los hombres se alejaban de Santa Cruz temporalmente, buscándose el sustento como carpinteros, cargadores, cosechadores y otros oficios menores. Las ayoreas viajaban hasta donde estaban trabajando, y con el poder conferido a su género, reclamaban al patrón los salarios o solicitaban adelantos.

Pero las ayoreas no supieron nunca manejar dinero, y no funcionaron ni como empleadas ni comerciantes, pese a los intentos y fracasos emprendidos repetidamente en ese sentido.

La primera ayorea prostituta aparece a finales de los 60, cuando toma la iniciativa sexual desinteresada frente a un mestizo, y obtiene dinero a cambio que le permite comprar comida. El formato se socializó en otras sin imaginar que ingresaban a un negocio peligroso.

En su esquema subjetivo tomar la iniciativa sexual con extraños no tuvo que ver con transacción comercial alguna. Que fueran recompensadas monetariamente, ubicó al dinero en el mismo plano de valor de otros recursos recolectables que permiten alimentar, compartir y redistribuir familiarmente.

La prostitución urbana, en una de sus formas más lumpenizadas, las engulló de un modo que ellas no percibieron ni desearon. Ironía cruel y trampa trágica para las ayoreas.

Posteriormente muchas aparecieron en las crónicas policiales. Algunas fueron asesinadas, y otras ingresaron al alcohol y las drogas. No son pocas las portadoras de ITS y SIDA. Su inmemorial autonomía en el manejo de sus cuerpos fue agredida por contextos perversos y extraños.

Su axiología sexual fue rebasada totalmente por la sub-cultura occidental prostitutaria de violencia, dinero, drogas, alcohol y enfermedad.

Los hombres tienen más facilidades de insertarse en la sociedad nacional, diluyéndose fácilmente en el mestizaje. Ellas sufren los designios de una organización social marcada por su dominio.

Inútiles para integrarse, incapaces de gestar relaciones y solucionar problemas, deambulan, en una sociedad inepta para admitir y ubicar a mentalidades radicalmente diferenciales.
La única solución posible sería la aculturación total, a la manera de algunas mujeres aguarunas, que se inmunizan contra el suicidio extirpándose radicalmente su cultura, en una suerte de eutanasia antropológica.

Para las ayoreas ninguna ruta de salida es factible, porque su sentido de identidad es absolutamente profundo e incontrastable, y repitiendo lo de siglos pasados, todavía continúan soñando con sus familias, y cantando las virtudes de sus seres queridos.

Las ayoreas, estructuralmente recolectoras y sexualmente libres, para supervivir y articularse a la vida urbana de Santa Cruz de la Sierra, tuvieron que institucionalizar “invertidamente” la mendicidad y la prostitución.

¿Qué puede ser más cruel que descubrir que lo natural es un producto y la libertad es un yugo? ¿Qué puede ser más triste que descubrir que la ontogenia con la que se nació a la vida es un obstáculo para existir?...

Santa Cruz de la Sierra- Bolivia

Autor: Willy Guevara.

Enviado por: Cristina Ríos Giraldo

Nota:
La palabra lumpen fue muy popular en los ’70 para describir al pobre marginado, sin conciencia de clase social, y victima de la manipulación por los dueños de las estructuras del poder. O sea, los capitalistas. (Sí, es muy comunista la palabra.) No es por pobre que te llaman lumpen, sino por la falta de conciencia social e integridad moral. El lumpen responde al liderazgo político (fascistas, comunistas, capitalistas, el que sea) que le permita tomar ventaja de las circunstancias o situación en que vive la sociedad, a menosprecio de los demás ciudadanos. En otras palabras aprovecharse del mal ajeno. Pepe Orraca, San Juan, Puerto Rico

domingo, 3 de octubre de 2010

EL ZORRO Y LAS CHUÑAS

Fotógrafo: Ronchetti Alejandro
Descripción: Chuñas de patas rojas (Cariama cristata)

SANTIAGO DEL ESTERO

Dice que se bañaban en una represa dos chuñas. Y ha llegao el zorro y les ha jugao a ver quién resiste más metiendo la cabeza en l'agua y nadando. Y las chuñas han dicho que güeno.

-Vamos -ha dicho el zorro y si ha metío en el agua-. Hay que dentrar bien al hondo.

-Vamos -han dicho las chuñas y si han metío, si han dentrao di atrás del zorro.

El zorro si ha metido con la mala intención de salir y comerse las chuñas. Las chuñas si han sacao unas plumas de las alas y las han dejao flotando en l'agua y si han salido huyendo dejando al zorro que se metía bien adentro.

Al ratito el zorro ha sacao la cabeza pa respirar. Ha visto las plumas de las chuñas y ha vuelto a meter la cabeza. Cuando ha estao cerca las plumas, ha dao un salto el zorro para agarrar las chuñas, y áhi si ha dao un golpe y ha visto que lu han engañao.

Salió a buscarlas. Cuando salió ya no parecían y se jue a buscarlas siguiendo el rastro. Ya iba lejos y llegó a una casa y preguntó si nu habían visto pasar a dos hombres emponchaos, con ponchos barchilos y güenos cantores.

-Reciencito han pasao por acá -le contestan.

-Güeno, hasta mañana -dijo el zorro.

Ya era tarde y por áhi no más si había quedao a dormir, el zorro. Y tempranito se ha despertao y se jue a buscarlos a las chuñas.

Y por áhi habían estao cantando las chuñas. Subían y bajaban cantando de un quebracho cotulo.

Y llegó el zorro y las oyó que 'taban déle canto, y les dice:

-¡Qué lindo cantan! ¡Pórque no me enseñan!

-Vení, sí te vamos a enseñar -y bajan del quebracho.

Entonce las chuñas le habían dicho que tiene que revolotiar en redondo como revolotean ellas.

El zorro nu ha podío y las chuñas li han dicho que le van a enseñar.

Lu han agarrao y lu han revoliao despacio, y en la güelta, el zorro ha hecho: ¡guaaac! ¡guaaac!...

Entonce ha dicho:
-Si parece que vua poder cantar. Maver, otrita güelta y yo vua cantar más juerte.

Y áhi no más le dieron una revoliada más juerte y li han pegao en el tronco 'el quebracho. Y ha quedao pegao en el tronco del quebracho, muerto, el zorro pícaro que las que querío joder a las chuñas.

Y dice que el zorro gritaba: ¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ay!... Y di áhi se jueron a pasiar tranquilas, las chuñas.

Carmen Ledesma, 70 años. Huayco Hondo. Capital. Santiago del Estero, 1952. Carmen figura entre los nombres que se usan para hombre y mujer. Campesino analfabeto. Buen narrador.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/el-zorro-y-la-chuna.html

sábado, 2 de octubre de 2010

LA CHICHA O AZUA

Kero andino, vaso ritual y cúltico



La chicha o azua fue la bebida obligada de los antiguos peruanos.

Se bebía al final de las comidas. El beber constituía un acto ceremonial y era además una forma de establecer relaciones con el todo, se comía y bebía en medio de conversaciones, bromas y alegría.

La bebida se iniciaba con el pago a la tierra o tinka, que consistía en verter unas gotas al suelo, luego todos bebían de una sola vasija o anccosani, costumbre que aún perdura en muchos lugares, sobre todo en provincias. La chicha se utilizo profusamente en el antiguo Perú como alimento y con fines mágico-religiosos, para lo cual se le añadían algunos elementos.

Se prepara principalmente de jora o maíz germinado, pero también se utilizan diversos productos como la quinua, cañihua, chuño, ocas, rumu o yuca, apichu, molle, algarrobo, pijuayo, entre otros.

El proceso de una buena chicha empieza con la selección del grano que debe ser de primera calidad. Luego se procede a germinar los granos que se colocan sobre hojas de achira y cuando ya presentan los brotes, se ponen sobre hojas de lambrán que los endulzan, enseguida se ponen a secar.

La jora o wiñapo, se coloca en una olla de barro o hatun manca, con agua tibia para que remoje, luego se pasa a la azuana, donde debe hervir durante un día, mientras se mantiene agua hirviendo en una tercera manca, para reponer el líquido de la merma.

Al final del día se cuela con una bayeta de tejido ralo o wayna. Luego se exprime o chirwi. El líquido obtenido se pasa a una botija de boca grande llamada hinchu. Luego se traslada al urpu, o botija de boca angosta la que se tapa con el pucu. En este recipiente se dejará fermentar para que se convierta en chicha. Cuando haya completado su fermentación, se debe pasar por un tamiz fino suysuna o chumana. El bagazo se llama hanchi, y el concho o sedimento se llama borra.

Gloria Hinostroza
http://cocinatradicional.blogspot.com/2008_08_01_archive.html

“La comida, así como todo cuanto rodeaba al antiguo peruano, era sentida a modo de algo viviente. Entre ella y el hombre se siente una afectuosa relación casi de persona a persona”
Arturo Jiménez Borja

LA COCINA PERUANA PATRIMONIO CULTURAL DE LA NACIÓN

Foto: http://www.historiacultural.com/2010/05/ceramica-incaica.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/03/mama-sara.html

viernes, 1 de octubre de 2010

GOLEM

Golem (protector del barrio judio)
Praga, República Checa



En la época del reinado de Rodolfo II vivió en la ciudad Judía en la ciudad de Praga el rabino Jehuda Löw ben Bezalel, hombre muy instruido y de gran experiencia. Era de alta estatura y por ello lo llamaban "el gran Rabino". Podía interpretar perfectamente no sólo el talmud y la kabbala sino también las estrellas y la matemática. No pocos misterios de la naturaleza, a otros ocultos, a él estaban abiertos y podía hacer tantas cosas extrañas que la gente se asombraba de sus poderes mágicos.

Su fama se había expandido por todas partes llegando también hasta el castillo de San Wenceslao, hacia la corte del rey Rodolfo. Su astrónomo predilecto Tycho de Brahe estimaba al erudito Jehuda Löw y el propio monarca lo conoció mediante un hecho insólito.

Sucedió que una vez viajaba en su carruaje palaciego desde Hrancany hacia la Ciudad Vieja en compañía de sus cortesanos montados a caballo. Era precisamente por la época en que emitió un decreto por el cual todos los judíos debían alejarse de Praga. El rabino Löw se había acercado a la corte para suplicar por su pueblo pero no logró nada, ni siquiera pudo llegar hasta el rey. Y ahora lo esperaba justamente en el centro del puente de piedra pues había sido informado que por allí pasaría el rey.

Cuando la gente vio ingresar al puente el hermoso carruaje real arrastrado por cuatro caballos, con arneses lustrados y acompañado de amplia comitiva, empezaron a requerir al rabino que se quitara del camino. Pero Löw, como si no oyera, se mantuvo inmóvil justo en el camino del carruaje.

Y ya la muchedumbre le gritaba, lo insultaban, le lanzaban barro y piedras, pero sobre él, sobre su cabeza y su manto, caían flores.

Llegó el carruaje real, pero el rabino no se movió y los caballos no lo arrollaron sino que solos se detuvieron sin que los cocheros hayan accionado para eso.

Ahora sí el rabino se movió y portando rosas y otras clases de flores, con la cabeza descubierta, se acercó al carruaje dónde se arrodilló y suplicó al rey compasión para con su pueblo. El rey, asombrado con lo que había visto y sucedido, le ordenó que se presentara en el castillo. Lo cual era un elevado honor.

El segundo honor lo obtuvo en la residencia real, yéndole esta vez bien con su súplica.

Pero un prodigio más grande que estas muestras de su arte era el golem, sirviente de Jehuda Löw. El poderoso rabino personalmente lo construyó de tierra y le dio vida introduciéndole en la boca el "shem", papeleta con mágicos textos hebreos.

Golem hacía el trabajo de dos personas. Servía, llevaba el agua, partía leña, barría y ejecutaba todas las tareas pesadas. No comía, no bebía y no necesitaba descanso ni respiro. Pero cada vez que llegaba el sabbat, el viernes al anochecer, cuando debe cesar todo trabajo, el rabino le quitaba el "shem" de la boca. Instantáneamente el golem se envaraba, no se movía, quedaba parado como un muñeco en un rincón, tierra muerta, la que terminado el sabbat instantáneamente revivía apenas el rabino le introducía en la boca el mágico "shem".

Pero una vez, Löw ben Bezalel preparándose para ir a la vieja sinagoga para celebrar el sabbat, se olvidó del golem y no le extrajo el "shem" de la boca. Apenas el rabino ingresó a la sinagoga, aún antes que se iniciaran los salmos, llegaron corriendo personas de su propia casa y del vecindario, todos aterrorizados y balbuceando uno sobre el otro gritaban que el golem estaba enfurecido, que nadie se puede acercar, que mataría a cualquiera.

El rabino titubeó unos instantes, ya se iniciaba el sabbat, los salmos comenzaron. Cualquier trabajo, aún el más insignificante, el más mínimo esfuerzo era a partir de este momento pecado. Pero aún no se había terminado el rezo del salmo que consagra el día sábado, no había aún realmente comenzado el sabbat. Entonces se levantó y corrió a su casa. Aún no había llegado y ya escuchó profundos ruidos y retumbantes golpes. Cuando entró a la vivienda, sus acompañantes iban con miedo detrás, vio un horroroso desastre: vajilla destrozada, mesas, sillas, arcones volcadas y desarmadas, libros desparramados. Aquí ya había terminado con su labor destructiva. En estos momentos "trabajaba" en el patio, dónde ya habían caído las gallinas, pollos, el gato y el perro, todos matados, y ahora estaba arrancando de la tierra un tilo de áspera corteza. Estaba todo enrojecido y los rulos de cabello negro le volaban alrededor de la frente y mejillas mientras revolvía el árbol como si fuera el poste de una cerca.

El rabino se dirigió directamente a él con los brazos extendidos y mirándolo fijamente. El golem se sacudió, desorbitó los ojos cuando lo tocó el maestro y se inmovilizó como amurado por su poderosa mirada. El rabino le manoteó entre los dientes y de un solo movimiento le arrancó de la boca el mágico "shem".

El golem cayó sobre la tierra como si le hubieran cortado de un golpe los pies con un hacha y quedó tumbado, inanimado, como un muñeco de barro, sustancia muerta. Todos los judíos presentes, jóvenes y viejos, gritaron alegremente y llenos ahora de coraje se acercaron a caído golem riéndose y maldiciéndolo. Pero el rabino suspiró profundamente y sin decir una palabra volvió a la sinagoga dónde a la luz de las velas retomó el rezo del salmo y bendijo el sabbat.

El día sagrado ya ha pasado, pero el rabino Löw ya no volvió a introducir el "shem" mágico en la boca del golem. Ya no se levantó, siguió siendo un muñeco de barro y finalizó en la bohardilla de la vieja sinagoga, en dónde se deshizo en polvo.

Nota del traductor Pedro Brumovský: Traducción del libro homónimo del autor Alois Jirásek, autor novelístico del siglo 19 creador de, "Hermandad; Psohlavci; F.L.Vek; Filozofská historie; U nás; Husitský král"; y otras obra relevantes. Cada temática está desarrollada más ampliamente por el autor en su libro Antiguas leyendas Checas.


http://www.mzv.cz/buenosaires/es/informaciones_sobre_la_republica_checa/cultura/literatura_checa_en_espa_ol/antiguas_leyendas_checas/cech/index.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/03/golem.html

jueves, 30 de septiembre de 2010

EL ORIGEN DE LAS MONTAÑAS




La tormenta terminó. Las nubes grises se perdieron en el horizonte. Se detuvo frente al camino blanco y recordó a sus compañeros, una tormenta similar había caído sobre esas tierras en aquellos lejanos años.

La nieve se abultaba más de lo normal sobre la helada pradera y los adultos se congregaban alrededor de las fogatas para calentarse y charlar, los siete días de confinamiento resultaron aburridos y tediosos. No se hizo esperar la visita de cuatro infantes al hogar de Itigiaq, su compañero de juegos y al que habían calificado como el más astuto, dándole un gran sentido al significado de su nombre, Comadreja.

Los niños corrieron alejándose de su pequeña tribu rumbo a la entrada glaciar del norte, lugar prohibido para cualquier Inuit, pero el juego era romper las reglas y mostrar quién de ellos era el más valiente. La neblina aún cubría los alrededores y el grupo se detuvo frente a la entrada mientras contemplaban las gigantescas paredes de hielo con tonos azules que se levantaban a ambos lados. Un camino apenas visible se abría entre los bloques como la hendidura de un cuchillo hacia lo desconocido y lo peligroso, nadie se atrevía a avanzar más allá de ese punto. Los cinco niños avanzaron, retándose a sí mismos.

El camino angosto y estrecho se amplió mostrando una pequeña explanada poblada de altos pinos que susurraban al ritmo del viento y continuaba perdiéndose entre las paredes estrechándose nuevamente. Uno de los niños gritó con entusiasmo y el resto se reunió a su lado para observar lo que señalaba con sorpresa.

—¡Miren! El Siku es más delgado y permite ver algo en su interior —el niño señaló el bloque de hielo que formaba parte de la pared—, son plantas y el suelo es verde.

—Tienes razón —indicó Itigiaq—, es igual al tiempo de calor, cuando el sol es insoportable, pero no sé…., es extraño y me da mala espina.

Otro niño tomó una piedra y golpeó el hielo para atravesarlo, el resto imitó al primero y después de un breve momento delgadas y brillantes líneas recorrieron su superficie, varios chasquidos anunciaron que cedía ante la presión. Sin pensarlo, Itigiaq retrocedió un par de pasos hacia atrás, había escuchado incontables veces los relatos de su abuelo acerca de los cazadores de niños, y su instinto lo alejó del grupo. Los pedazos cayeron en sus pies, un aire cálido brotó de su interior y los niños sonrieron al percibirlo, pero antes de brincar, correr o esconderse, una criatura de menor tamaño, de piel y pelo blanco saltó por detrás de ellos y tomó a un niño tumbándolo sobre el suelo, arrastrándolo con facilidad hacia el interior del boquete. Los otros tres, terriblemente asustados intentaron correr pero otra criatura más salió de la nieve y alcanzó a otro niño. Itigiaq tomó su pequeño puñal de piedra tallada y se acercó al único niño que aún no había sido atrapado, los otros dos habían sido arrastrados con tal rapidez que desaparecieron sin gritar.

Tomó las manos de su amigo al mismo tiempo que otra criatura blanca sujetó los tobillos del menor, Itigiaq notó la fuerza sobrenatural de esa horrible y diminuta criatura; sus enormes ojos blancos lo miraban con furia y amenazaba al entrometido mostrando sus dientes largos y filosos. De inmediato atacó con su cuchillo y la criatura respondió con varios manotazos para herirlo con sus largas uñas blancas pero el cuchillo tocó la carne blanca y un liquido azul pintó el pelaje y la nieve.

El viento comenzó a soplar con fuerza empujando el resto de neblina, los rayos del sol golpearon el suelo blanco y varios guerreros Inuit observaron a Itigiaq arrastrando sobre la nieve a uno de sus compañeros.

Después de que el Anatkok de la tribu revisó su estado físico se refugió en el interior de su bóveda de hielo, y cubierto por un abrigo de oso bebió con calma un caldo de grasa de foca mientras su abuelo lo interrogaba.

—Al herirlo soltó a Mauja y lo arrastré fuera del camino glaciar. Eran muchos, salían de la nieve e intentaron alcanzarnos pero creo que nos alejamos de sus nidos, se detuvieron y se perdieron en la blancura del paisaje.

—Te he advertido de ese camino y no fue por asustarte, he escuchado historias de los Ishigaq y sabemos que habitan en ese pasaje.

—¿Ishigaq? ¿El que se esconde? Ahora recuerdo esa historia.

—Son pequeños de tamaño y se esconden en la nieve, aprovechan las nevadas para salir de cacería y su platillo favorito son los niños, rara vez atacan a un adulto —el anciano observó con ternura a su nieto—. Al menos has puesto atención a mis historias y eso te ha salvado el pellejo, recuerda que nosotros somos más sabios e inteligentes que cualquier otra criatura.

A pesar de las heridas profundas en ambos tobillos Mauja logró sobrevivir y pronto se recuperó.

En pocos días la tribu abandonó ese lugar para alcanzar al gran rebaño de caribúes que migraba hacia el sur y con ello se apagó la horrible tragedia.

Antes de partir, algo llamó la atención de Itigiaq en la entrada del camino glaciar, la silueta difuminada de un lobo se dibujó entre la neblina y esa imagen la mantuvo en su mente durante mucho tiempo.

Ahora, en edad adulta, se convirtió en el mejor cazador de su tribu, regresaba a su hogar con diez o doce cuerpos de caribúes, una decena de focas y una vez logró cazar a dos enormes osos, pero desde que escuchó el relato de un viejo Anatkok de una tribu vecina su corazón se desvió al camino glaciar del norte. El viejo le había relatado que un cazador Inuit que perseguía a una manada de diez caribúes cerca de ese lugar se encontró con Amaguq, el poderoso espíritu lobo, indicándole que cerca de ahí las manadas de diferentes animales se agrupaban ofreciendo un gran oasis para cualquier tribu, y así fue, poseía las mejores pieles y carnes de una amplia región hasta que el cazador decidió regresar por más pero jamás se le volvió a ver, no se supo nada de él, ni del lugar exacto de dónde obtenía tan buenas presas.

Al convertirse en el cazador principal Itigiaq decidió que era tiempo de establecerse cerca del camino glaciar del norte, creía que la imagen del lobo era una señal de Amaguq, así que la tribu obedeció y en poco tiempo se asentaron en las abandonadas casas de Siku temiendo por la vida de sus niños, pues recordaron el trágico evento con los Ishigaq.

Tomó dos largas lanzas, un carcaj de flechas con su arco y su antiguo cuchillo de piedra, se cubrió con su piel de oso y los hombres se reunieron a su alrededor

—¿Estás seguro de encontrar alguna señal de Amaguq en el camino glaciar? —Preguntó el más anciano—, es peligroso y no podemos esperarte por más de dos días, la manada de caribúes es pequeña y pronto partirá hacia el sur.

—No me esperen, en cuanto la manada avance ustedes la seguirán —sujetó con fuerza una de las lanzas—; yo los alcanzaré.

Los hombres despidieron al cazador con una inclinación de sus cabezas e Itigiaq entró en el camino estrecho. Mientras avanzaba su piel se erizó, ese lugar le provocaba escalofríos y más al recordar a esos horribles Ishigaq.

En poco tiempo llegó a la explanada y se detuvo al observar el preciso lugar del ataque, pero ahora no había bloques delgados sobre las paredes que mostraban en su interior un paisaje verde; nada, todo el lugar seguía intacto y el color blanco lo cubría por completo. De pronto observó un movimiento cerca del camino que continuaba por delante de él, entre los troncos gruesos de los pinos, tomó su arco y preparó una flecha, avanzó con cautela y observó a un hermoso y gallardo caribú, en todas sus cacerías jamás había visto a semejante animal.

El caribú corrió perdiéndose de su vista e Itigiaq lo siguió adentrándose en las tierras extrañas, las paredes de hielo se elevaban cada vez más y el pasaje se oscureció por la falta de luz pero el cazador no disminuyó su paso, continuó por mucho tiempo hasta que el camino se abrió terminando en un magnifico bosque.

Una capa densa de pinos se extendía por varios kilómetros, al final, sobre el horizonte, un gran lago de aguas claras se mezclaba con el azul del cielo, y entre ellos, una discreta extensión de hierba abrigaba a una manada de cientos de caribúes. Extasiado ante el paisaje caminó entre los pinos y helechos pero unos dulces cantos lo sorprendieron, duendes mucho más pequeños que los Ishigaq, de piel verde y prendas azules cantaban y jugaban sobre las hojas de las pequeñas plantas. Temeroso de cualquier extraña criatura preparó su lanza y su cuchillo pero ellos lo ignoraban como si siempre hubiera sido parte de ese bosque.

Oculto entre los troncos observó la manada que pastaba con tranquilidad en la amplia extensión verde, agudizó su oído y el canto se prolongaba en todo el bosque. A su lado, un par de duendecillos jugueteaba empujándose uno a otro.

—¡Bienvenido a nuestras tierras!

Brincó al escuchar esas palabras, giró detrás de él y no había nadie, enfocó su mirada a esos diminutos duendes y estos sonreían.

—¿Cómo es posible que sea el primer Inuit que visite este bosque? —preguntó en voz alta.

—No eres ni el primero ni el último. —mencionó uno de los duendecillos.

—Observa bien humano —contestó el otro—, todos tenemos alimento en abundancia, las ballenas, las focas, los caribúes, nosotros, ustedes y los Tuniq. —y sin más que decir continuaron jugueteando y cantando.

Deseaba preguntar por el último nombre que habían mencionado pero el movimiento brusco de la manada llamó su atención, los caribúes corrieron adentrándose entre el bosque y el canto se detuvo de golpe, el par de duendecillos se pusieron de pie y de un rápido movimiento se escondieron entre unas pequeñas rocas.

Caminó con cuidado y se agazapó entre la maleza, avanzó unos pasos y se acercó a una gran roca. Cientos de esqueletos humanos yacían a su lado, pedazos de huesos y cráneos permanecían a lo largo de la hierba, varios abrigos de piel de oso, flechas, lanzas y cuchillos cubrían parte de esos cadáveres. El suelo se cimbró bajo sus pies y preparó su arco para defenderse, el miedo se apoderó de su cuerpo y no se movió.

Un gigante salió de entre los pinos empujándolos hacia los lados como si no significaran nada para él, caminó sobre la hierba y se detuvo mientras levantaba su cabeza para aspirar el aire que acariciaba su rostro.

Una piel negra y lisa cubría su cintura hasta sus rodillas, probablemente pertenecía a una ballena, pensó el cazador; un vello delgado y oscuro brotaba de su piel protegiendo la parte superior de su cuerpo y dos grandes cuernos se levantaban sobre su cabeza; su quijada prominente mostraba dientes amarillos que no alcanzaban a esconderse entre sus labios.

Olfateó una vez más y observó la roca en donde Itigiaq permanecía escondido. Sin dudarlo, el cazador retrocedió y un olor putrefacto golpeó su espalda acompañado por un gruñido, otro gigante se encontraba a sus espaldas. Estiró su enorme brazo para sujetarlo pero el cazador levantó su lanza, el dolor lo obligó a retroceder y entonces el hombre corrió hacia la llanura para intentar alcanzar los gruesos pinos y ocultarse entre ellos.

El primer gigante que él había visto le bloqueó el camino y el segundo se detuvo a un lado, Itigiaq recordó las palabras de su abuelo, nosotros somos más sabios e inteligentes que cualquier otra criatura.

— ¿Qué es lo que quieren? —preguntó con temor en su voz.

—Tengo hambre, te comeré. —contestaron los dos gigantes al mismo tiempo.

— ¿Quiénes son?

—Soy un Tuniq y tengo hambre. —contestaron de nueva cuenta al mismo tiempo y entonces el cazador comprendió las palabras del duendecillo, él también era parte del alimento.

—Pero solo soy un cazador y mi carne no será suficiente para alimentar a dos Tuniq ¿Cuál de los dos me comerá?

Los dos gigantes permanecieron en silencio y se observaron con recelo entre ellos. De pronto, ambos se sujetaron con fuerza y se golpearon con sus enormes brazos, en cada golpe los pinos y el suelo temblaban ante su fuerza e Itigiaq intentó alcanzar los troncos pero le fue imposible, las vibraciones de la pelea evitaba que avanzara para protegerse.

Uno de los gigantes levantó al otro y lo arrojó hacia el suelo, fue tal el impacto que la tierra se desprendió y el cazador se tumbó sobre la hierba.

Ambos gigantes se arrojaban, golpeaban, mordían y se levantaban para continuar peleando, y en cada golpe la tierra con pinos, hierba y rocas se hundía unas veces y en otras se levantaba.

El sol se ocultó, la luna avanzó en el firmamento y el suelo no cesó de moverse. Antes de que el sol despuntara nuevamente, ambos gigantes ya extenuados de semejante batalla se golpearon con sus últimas fuerzas. Los dos permanecieron recostados sobre la hierba, incapaces de levantarse; Itigiaq aprovechó el momento y disparó una flecha en el corazón de un gigante acabando con su vida; tomó otra flecha y la clavó en el segundo Tuniq y ambos sucumbieron ante la inteligencia y sagacidad del cazador Inuit.

Cuando el sol iluminó el verde bosque Itigiaq observó los estragos de la contienda entre los gigantes, con cada golpe la tierra se estremeció y cambió de forma, ahora un valle surcaba al viejo bosque y suaves colinas conducían hacia el gran lago.

Volvió a escuchar los cantos de los duendecillos y la manada regresó al claro, señal de tranquilidad en ese hermoso lugar.

Tomó la vida de dos bellos caribúes como prueba de la visita a ese bosque y memorizó el paisaje para relatar su historia, aunque no deseaba que nadie más encontrara ese lugar por temor a que el cazador se convirtiera en la presa.

Contaría la historia de la formación de las montañas y de los valles gracias a la batalla de dos Tuniqs por un pedazo de carne, él.


Fuente
Enviado por Emilio Díaz a http://elblogdeatreyo.blogspot.com
Emilio Arturo Cabrera Díaz, es un apasionado por las culturas prehispánicas y leyendas de distintas geografías.
Actualmente se encuentra en las últimas revisiones de su primera obra: "La Leyenda Maya de K'uh" que será publicada bajo el sello de Editorial Atreyo.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA BELLA DURMIENTE, Pillco Huayta



Símbolo natural de Tingo María y que la leyenda la identifica como la princesa NUNASH, transmitida de generación en generación; la leyenda se refiere también a un joven llamado CUYNAC que atravesando la selva de los Huánucos, se enamoró de la princesa Nunash, los dos llegaron a amarse y Cuynac levantó un palacete en un lugar cercano a Pachas que le puso el nombre de Cuynash en honor de su amada.

Vivieron un tiempo feliz, rodeados de vasallos, pero su felicidad quedó truncada cuando fueron atacados por el padre de la princesa: Amaru, convertido en un monstruo en forma de culebra.

Cuynac se valió de su hechicería y convirtió en mariposa a Cuynash y él se transformó en piedra. Ella en su nuevo estado, voló hacia la selva y retornó con ayuda para combatir al monstruo Amaru.

Los enemigos fueron vencidos, Cuynac, entonces trató de recuperar su forma humana sin conseguirlo, pero ella si pudo retornar a su forma humana y buscó inútilmente a Cuynac.

Cansada se sentó cerca de la piedra en que Cuynac quedó convertido y ella se quedó dormida. Mientras dormía, escuchó en sus sueños la voz de su amado que decía:

"Amada no me busques, mi voluntad fue pedir a los dioses que me convirtiera en piedra y mi pedido fue complacido y ahora soy sólo una piedra, destinada a permanecer en este estado para toda la vida. Si tú en realidad me has querido y me sigues queriendo todavía; deseo que permanezcas a mi lado toda la vida sobre este cerro y que en las noches de luna aparezca ante la mirada de la gente como la mujer en actitud de estar durmiendo".

Nunash siempre en sueños, aceptó la propuesta de su amado y quedó convertida en piedra, lo que hoy es la figura de la "Bella Durmiente".

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/09/el-pillco-mozo.html

martes, 28 de septiembre de 2010

LOS AMANTES DEL NAHUEL HUAPI


Cuando cae la tarde sobre el lago Nahuel Huapi, llegan chillando los macàes. Abanican el agua con sus alas plateadas y se sumergen largos instantes. Flotan como barquitos en las ondas brillantes que los hamacan en su vaivén tornasolado y nadan en grupo hacia la orilla, donde esconden sus nidos.

Dicen los mapuches que si uno hace silencio y presta atención podrá ver siempre juntos a dos macáes, macho y hembra, que se rezagan para despedirse del lago antes de nadar con el resto de la bandada hacia su refugio nocturno.

Entonces puede identificarse a Maitèn y Shompalhuè, el espíritu del lago, que finalmente los haya salvado, y a recordar el tiempo en que se querían como hombre y mujer.

Maitèn y Collaán iban a casarse al comienzo del verano.

La novia, ayudada por el resto de las mujeres, había trabajado mucho: tejido apretadas mantas, conseguido del challafe los recipientes de barro que iban a hacerle falta y ayudado a preparar el muschay. Y quiso engarzar en secreto un collar de ostras para llevar el gran día de la fiesta.

En busca de los caracoles más raros, más bellos, más perfectos, Maitén salía a recorrer las playas alejadas. Durante largas tardes bordeaba la orilla del lago, internándose de a ratos en las laderas cuando los acantilados le salían al encuentro.

Después de cada rodeo, accedía por fin a otra playa. Y no era fácil distinguir las conchas entre las piedras que la forman; entonces Maitèn se agachaba y examinaba el terreno con sus ojos oscuros y sus dedos diestros, o se acercaba al borde del lago con la ilusión de encontrar allí alguna, embellecida por el agua.

Así la descubrieron dos pehuences. Y en cuanto la vieron, la quisieron para ellos.

Se acercaron, la saludaron con cortesía y luego de una larga conversación que impacto a la muchacha, trataron de convencerla de que aceptara casarse con uno de los dos.

Maitén, antes de volverse apurada a su ruca, les explico que estaba prometida, que le faltaba muy poco para ser una mujer casada.
Además les dijo-- esos asuntos debían tratarse entre los padres. Y no les contó cuanto quería a Coyán porque le dio vergüenza...

Pero los pehuenches no se conformaron, y para que alguien obligara a Maitén a quererlos consultaron con una machi.

La vieja les contesto que no se torcían así nomás las voluntades, que elegir era algo serio, que había que someter la decisión a un espíritu superior. Y explicó que era necesario recurrir a Shompalhué, que arremolinaba el Nahuel Huapi durante las tormentas o lo vuelve manso ahuyentado a Kûref.

Después los despacho diciendo que esperaran confiados, que el plan ya estaba en marcha.

Mientras tanto seguían los preparativos en la choza de Maitén, y ella se iba cada vez mas lejos para buscar las cuentas que le faltaban.

La machi preparo con cuidado sus hechizos y cuando todo estuvo listo salió en canoa para sorprender a Maitén.

La encontró sentada en una saliente, en el momento en que sacaba el collar de su bolsa para admirarlo al sol. Clavando el remo la saludó:

-buenas tardes, muchacha ¿cómo pasa sus últimos días la ullcha domo?

-buenas tardes contesto Maitén poniéndose el collar pero como sabia que voy a casarme.

-las viejas como yo sabemos muchas cosas dijo la machi -.

También se que desde hace días andas buscando conchas por la orilla. Traigo una muy hermosa que encontré hace años en un chakao que pocos conocen... completarían muy bien ese collar. Y rebuscando entre sus ropas saco una valva tornasolada.

- déjeme verla, por favor!!!!! Pidió Maitén. Y la machi se la tendió.

La concha ocupaba casi toda la palma de Maitèn, pero era más delgada y liviana que las que muchacha conocía. Al darla vuelta vio que en su parte cóncava tenia un extraño dibujo rosado y gris, con un centro verdoso que parecía un ojo.

Maitèn no podía dejar de mirarlo; la pupila brillante parecía dilatarse y contraerse, mientras su borde se desdibujaba en el tornasol.

La muchacha no se dio cuenta de que se adormecía, de que la machi la deslizo hacia la canoa y tendió en el fondo, de que salto a la orilla y empujo la embarcación alejándola de la costa, camino al reino de Shompalhué.

Así la distinguió Coyán un kilometro mas allá, cerca de su ruca, mientras pescaba percas.

El muchacho se lanzo al agua para interceptar la canoa sin remero y no pudo creer lo que veía: con las mejillas arrebatadas por el sol, la boca entreabierta y un collar de caracoles sobre el pecho, iba su novia dormida.

Sosteniéndose del borde de la canoa, Coyán comenzó a llamarla:

- Maitén, Maitén! decía, mientras se inclinaba sobre ella y sin querer le mojaba la cara, el cuello, el manto...

Pero Maitén dormía profundamente mientras el sol se iba ocultando detrás de las montañas, el agua se enfriaba y Kûref, convocado, empezaba a soplar.

Enseguida la corriente empezó a arrastrar hacia el flanco rocoso de la montaña la canoa a la que se aferraba Coyán con desesperación, maldiciendo la falta de un remo... entonces todo el lago pareció levantase y con extraña fuerza hizo ceder las rocas, partiendo en dos la montaña para abrirse paso, avanzando implacable por el nuevo cañadón e inaugurando un nuevo lecho.

Perdida la canoa, con el cuerpo rígido de frío, agotado por el esfuerzo y preso por el miedo, Coyán intentaba todavía mantenerse a flote sosteniendo fuera del agua la cabeza de Maitén. Pero el lago enloquecido disponía de sus cuerpos: los hacia hundiese y levantarse como si fueran ramitas y parecía a punto de estrellarlos contra las rocas.

En ese momento una gran ola los sumergió una vez más y enseguida, a la vez que se calmaba la tormenta, surgieron de ella dos Macáes que se alejaron por las aguas ya mansas, gráciles, plateadas y brillantes como la misma espuma.

Nota

Macáes: Son aves acuáticas cosmopolitas (se encuentran en todos los continentes) conocidas vulgarmente con el nombre de somormujos, macáes, zampullines o zambullidores.

lunes, 27 de septiembre de 2010

SALAMANCA EN BUENOS AIRES

La Plaza Victoria actual Plaza de Mayo
Buenos Aires 1880


Las salamancas son cuevas (y esto la gente de campo lo corrobora con sonrisas tenues y silencios prolongados) donde el pueblo cree que el diablo y otros seres demoníacos celebran aquelarres y asisten a las ceremonias de iniciación satánica de quienes penetran con el propósito de impetrar un don (suerte en el juego, riqueza, poder, amor), a cambio de su alma. Una de las más famosas fue la "Cueva de Salamanca', por lo que se decía en broma que la ciudad española de ese nombre era famosa por su universidad y su cueva.

La leyenda supersticiosa se extendió por América y las salamancas se poblaron de seres, igualmente infernales, pero particulares de las mitologías indígenas. El hecho fue tan general, que el nombre propio se hizo sustantivo común y el pueblo localiza hasta hoy numerosas salamancas, no sólo en sierras, montes o desiertos, sino en las mismas ciudades. Este es el caso curioso y poco conocido, de la que, según la superstición popular, existió en la Plaza de la Victoria (así llamada desde la época de las invasiones inglesas) de Buenos Aires, más precisamente en la esquina de las actuales calles Reconquista y Rivadavia, en el solar donde se levanta el edificio central del Banco de la Nación Argentina, o sea, al costado derecho de la Casa Rosada.

Construcciones inconclusas dejaron allí pozos y excavaciones que ya en el siglo XVIII, merecieron el nombre significativo de "Hueco de las ánimas". Fue refugio de pordioseros y vagos que, en tiempos de la revolución de 1.810, pasaban las horas de su morosa ociosidad contemplando el espectáculo abigarrado, ruidoso y pintoresco de la plaza, donde ocurrieron acciones de la reconquista y que serviría de marco insoslayable de los sucesos agitados de Mayo. Desde el "Hueco de las ánimas", sus ocasionales moradores contemplarían la flamante Recova (desde fines de 1.803, año en el que fue concluida), que atravesaba la plaza donde se concentraban los vendedores a modo de mercado, sin perjuicio de la presencia de numerosos ambulantes o sedantes en torno de las carretas que traían productos de la campiña circundante y aún del interior del país. El piso desparejo, los charcos y lodazales el olor de las materias descompuestas se conjugaba con las plagas de perros vagabundos, cuya matanza estaba a cargo de los presos, liberados temporariamente para ese fin macabro. Los flagelos se multiplicaban con el concurso de ratas y moscas, para el caso de las hormigas se contaba con la concienzuda intervención de los "hormigueros", negros profesionalmente especializados en su exterminio. El remedio se reforzaba mediante la piadosa protección de San Sabino y San Bonifacio, para librarse de las inextinguibles hormigas, y de San Simón y San Judas, para combatir los ratones. La algarabía de los marchantes subía de punto ante las interesadas grescas provocadas por los "bandoleros", dueños de las "handolas", especie de cajones con patas, transportables, donde exhibían baratijas, y con las cuales atraían a su clientela de sirvientas, esclavos negros y mulatos, y ocasionalmente a los “pajueranos" a quienes desplumaban.

La atalaya del "Hueco de las ánimas" se convertía de noche en oscura y tétrica cueva que por fácil inferencia, el pueblo consideró salamanca. De ella habla Juan Agustín García en "Memorias de un sacristán" siglo XVIII, y que subsistió hasta la época de Rosas pues allí se desarrolló un episodio de "Juan Cuello" la novela de Eduardo Gutiérrez.

Sobre esa presunta salamanca se comenzó la construcción del teatro Coliseo, entre los andamios del cual se apostó el cuerpo de Vizcaínos durante las invasiones inglesas; quedó siempre inconclusos de ese fracaso de su incendio lo reivindicó el primer teatro Colón, edificado en 1.857 por el ingeniero Carlos Pellegrini, padre del que fuera años después presidente de la Nación, empresa en la que contribuyó Hilario Ascasubi, el poeta gauchesco.

El selecto y elegante público que asistió a la representación de "Fausto", la ópera de Gounod, no sospecharía que la presencia en escena de Mefistófeles era como una transformación del Mandinga que en ese mismo sitio habría presidido infernales ceremonias en la salamanca porteña. Allí habrían acudido para pedir remedio para su mal, a trueque de su alma, como el Dr. Fausto germánico, auténticos gauchos criollos, antecesores de aquel Anastasio el Pollo, cuya descripción del "condenao", inmortalizó Estanislao del Campo.

Por Víctor Massuh
Foto de http://www.antoniocardiel.com/?m=200812
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/la-leyenda-de-la-cueva-de-la-salamanca.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/01/la-salamanca.html

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL CERRO VOLCÁN



Foto: Eduardo Néstor Gracia
http://sites.google.com/site/numerosdeyletrads/home/revista-y-letrad-s-no5


En tiempos muy remotos, la gente que transitaba por estos lugares se guiaba en las noches por un cerro cónico que despedía llamaradas, como un volcán.

Todavía los idiomas no se habían mezclado. A un arroyo lo llamaban Chapadleufú, palabra compuesta por barro y agua que corre.

Un cerro era casu y para designar algo que sobresaliera, lo designaban hati. Casuhati significaba, entonces, cerro alto. El hombre era guayna, el sud tehuel.

Conocían una región desierta a la que llamaban Huecufú Mapu, país del mal.

Por ahí andaba Gualichu, un espíritu destructor enemigo de la gente.

Los guaynas la evitaban cuando iban o volvían del tehuel, porque en ella las tormentas de arena eran muy fuertes, los cegaban hasta extraviarlos y muchos murieron en el intento de atravesarla.

Según ellos había por el suelo piedras redondas, marcadas con un surco en el medio por el dedo pulgar de quien las había sembrado: Gualichu. El podía transformarse en cualquier fenómeno de la naturaleza, en planta o animal, según le viniera en gana. Y lo peor de todo: podía salir a enredar las cosas por el mundo. Por ejemplo, lograr que los de un lado y otro de su tierra pelearan sin motivo.

Si los guaynas salían a cazar y se alejaban demasiado, desviaban el camino por la costa para no cruzar por ese lugar tan temible.

Llegaban al cerro cónico y alimentaban el fuego de la cima con ramas de curru-mamül, un arbusto que entonces abundaba.

Algunos se quedaban durante días o semanas para mantener vivo al cerro y guiar a los demás cuando regresaran.

A ese punto de referencia lo llamaban Vuülcan, que significa sierras unidas por la base. Cuando las lenguas empezaron a confundirse, le quedó un nombre que se le parece y recuerda lo que era antes: Sierras del Volcán.

Mucho tiempo pasó y la cima del Vuülcán dejó de iluminar a la gente, que ya no recorre largos caminos por la costa para evitar el país maldito. Hacia el oeste hay una sierra, con un gran mordisco que entonces no tenía. Y en medio están los campos cultivados y la habitación de quienes apenas recuerdan esas épocas lejanas y el nombre que designaba a cada cosa.

Siguen contando, sin embargo, que todo cambió un atardecer. La sierra del poniente comenzaba a desdibujar su línea continua y en la cima del Volcán brillaba, atenta, la luz de los cazadores. Fuego y ceniza se esparcían en oleadas grises y amarillas por los campos del valle, en la espera solitaria de la noche. Aún no los cruzaba el arado ni detrás de él las semillas despertaban del letargo a la tierra. Los arbustos resecos tenían sed.

Una figura de piel frutal y ojos de asombrada inocencia se asomó a ese palacio de cobre violeta. La llamaban Ayelén, alegría.




Abrió en él su perfume delicado, un sendero de estrellas silenciosas que perseguían al sol. Era como el destello de color que brota en el extremo anhelante de la rama seca, o una caricia de seda sobre la piedra y el metal.

Con pasos frágiles, tendió la mirada curiosa hacia el horizonte.

Descubrió el límite, la región donde la noche próxima abría ya el paisaje del misterio.

El Volcán le teñía los cabellos con resplandores rojizos y el crepúsculo refrescaba su piel joven.

Fue entonces que de las entrañas de la tierra brotó un rugido, quebró el aire quieto de la tarde y lo pobló de un hálito sulfuroso y gris.

Venía de lejos: de un país desierto que extraviaba a la gente con ventiscas de arena para devorarla. Se había transformado en temblor que sacudía al valle. Había adquirido garras con las que despeñaba las piedras, alas con las que ahuyentaba al sol moribundo y un soplo de silencio con el cual confundía las palabras.

Era Gualichu, el demonio que había salido de su Huecufú-Mapu. Trepó a la cúspide iluminada, quedó suspendido como una palabra dicha a medias, ante la sorpresa de esa presencia erguida en mitad de su reino, hasta entonces incuestionado.

Rugió y golpeó una y otra vez: en su fragua fundía los lenguajes para confundir a la gente. Su imperio era invadido y no ahorraría maldades para reconquistarlo.

Ayelén se detuvo, en medio del valle. Miró hacia el Volcán, cada vez más luminoso a medida que el sol se ocultaba. Su voz alegraba el aire enrojecido del crepúsculo:

-¿Es el sonido de la tierra que ruge en la penumbra, o hay un espíritu que quiere hablarme?

Desde la cima chispeante, bajó la voz a responderle:

-Estos son mis dominios, desde siempre. Los astros giran según mis designios. Cada piedra ocupa el sitio que he determinado. Hasta el último arbusto implora su gota de lluvia por mi voluntad y puedo concederla o negársela sin explicaciones. ¿Cómo te atreves a invadir mi reino? ¿Acaso estás extraviada?

-¡No, no me he perdido! He llegado a este yermo a encontrarme con quienes regresan para transformarlo todo. Quiero recibirlos, como mi nombre, con alegría.

La voz se revolcó en fragores profundos, esparció su ira creciente y le lanzó su dentellada de incredulidad:

-¿Acaso existe un poder mayor que el mío? Mi fuerza tiene la impetuosidad de las olas, mi espacio es el de los astros y mi tiempo es aquel que no ha nacido y nunca morirá. ¿Cómo pretendes, mísero pétalo apenas sujeto a un tallo leve, perturbar mi eternidad?

-Sigo una ley tan poderosa que no hay temor capaz de detenerme- respondió, en un murmullo suave, Ayelén.

La voz bajó del Volcán, desplomó sus pasos de yunque y la rodeó con temblores de catástrofe. Se acercó transformado en puma hambriento, pronto a arrebatar la vida a esa hoja, tierna y breve como el instante que precede a la noche. Aspiró su perfume, que sin comprenderlo le pareció el de la tierra arada o el de los jazmines del jardín cuando anochece. Las garras casi rasgaron sus mejillas y el fuego de esos ojos, que ardían desde siempre en la tierra profunda, estuvo a punto de disgregarla en ceniza.

Pero se detuvo y voló como un pájaro oscuro que giraba a su alrededor, indeciso. Se le oyó musitar, entre vapores:

-¡Qué bella es! ¿Cómo puede un ser tan pequeño y solitario reunir la perfección del cristal, la suavidad de la flor, la frescura del ocaso, la calidez del mediodía? ¿Quién ha enviado esta copa de licores desconocidos, que me suspenden en el aire sin que pueda herirla? ¡A mí, que soy fuerza sin control, amo y señor de la luz y la oscuridad! ¿Cómo es que me contagia la alegría de esperar a los que vuelven de un largo viaje?

Ella lo vio remontarse hacia los últimos rayos del sol, hueco negro de bordes dorados, alas que presagiaban otro mundo abierto más allá, donde otra vez sería felino deslizándose entre las grietas y luego el camino ardiente de la lava y la prisión de roca, el temblor y la furia.

Creyó ver bajo esas alas un universo de seres y objetos que se postraban a sus pies. Palacios traslúcidos donde colgaban lámparas eternas de cuarcitas, arroyos de frescura que sembraban frondas rumorosas, vasos repletos de perfectas joyas creadas por la mano de un Artista sin maestros. Allá iba el oscuro pájaro, arrebatando rayos de pureza al sol moribundo para engalanarla con una luz dorada que enceguecía. Cada giro en el aire era un ademán creador de bellezas cautivantes; cada vuelta, una ofrenda a la vez grandiosa y humilde, sólo para ella rescatada del caos mineral y del silencio de la noche.

Ayelén escuchó muy adentro suyo esa voz de alegría, como si proviniera de la costa, donde el mar salpicaba de espuma las cavernas.

¿Eran los cazadores, de regreso?

Venían por la llanura lejana, hacia la antorcha del Volcán, destacada ahora en medio de la oscuridad. Le contaban que habían hallado extrañas artes de otros hombres: la semilla, esperanza de un sol que siempre vuelve; las letras, siembra para otro día que habría de nacer.

Los rostros se multiplicaban en una marcha sin descanso, hacia ella, hacia el lugar donde había encontrado el límite continuo de sierras.

Un joven gallardo y seguro los dirigía. Tal vez buscaba su Ayelén. Su bandera era un cielo de amanecer, más allá del Vuülcán. La agitaba sin descanso y la multitud lo seguía, rumoreando una canción que era de este mundo pero parecía adelantarse y transformarlo todo.

Las alas de la noche se detuvieron a esperarla, impacientes. La reclamaron a su reino tendiéndole su ofrenda. Por un momento ella se sintió atraída, pero enseguida vio las garras punzantes que la sostenían y se negó una y otra vez.

Entonces, el pájaro descendió al puma y el puma a la furia incontrolada de la piedra en movimiento. Era otra vez el caos, en medio de la noche. Rocas sobre rocas que se desplomaban, vientos de tierra arenosa que enloquecían, temblores que estallaban contra su cara como las olas del mar en una tempestad.

La cima cónica seguía guiando a los cazadores, que regresaban multiplicados aunque Ayelén no pudiera verlos.

La furia cruzó el valle y en el horizonte de sierras marcó una dentellada diabólica. Es desde entonces un hueco, una curva dejada en su paso hacia el volcán, marca indeleble del amor desahuciado y el fin de un reinado que se creía eterno.

Todavía fue un rugido inmenso mientras cruzaba el valle y se hundía en el cráter llameante del cerro, que se tapó sepultándolo con piedras.

Los cazadores no encontraron la antorcha que los guiaba. Sólo vieron el resplandor final del último día en que vivirían en paz. Gualichu había impregnado la tierra con vapores de rencor y mezclaba las lenguas para que los hombres no pudieran comprenderse.

Muchas cosas cambiaron de nombre. El Volcán no volvió a arder y hacia el oeste, el profundo Mordisco del Diablo identifica desde entonces un lugar que cambió para siempre.

Cuando la cosecha es abundante, un ser querido regresa al hogar o se celebra una fiesta, la gente expresa su alegría.

Es un regalo de la tierra, que recuerda a Ayelén.


Jorge Dágata en colaboración con Susana Taddeo
Fuente: http://rescatados.fullblog.com.ar/post/la-leyenda-del-cerro-volcan-jorge-dagata-en-cola/
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/cae-un-meteorito.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/una-vision-de-la-sociedad-del-mordisco.html

sábado, 25 de septiembre de 2010

SOY TU



Era un discípulo honesto.

Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento.

Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso.
Luego, regresa y te daré instrucción.

Al principio el discípulo se desanimó, pero era un verdadero buscador, de esos que no ceden en su empeño y rastrean la verdad aun a riesgo de su vida. Así que obedeció al yogui.

Buscó una cueva en la falda de la montaña y durante un año se sumió en meditación profunda.

Aprendió a estar consigo mismo; se ejercitó en el Ser.

Sobrevinieron las lluvias del monzón.

Por ellas supo el discípulo que había transcurrido un año desde que llegara a la cueva.
Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro.

Llamó a la puerta.

Abandonó la misma y se puso en marcha hacia la casita del maestro. Llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy tú -repuso el discípulo.

-Si es así -dijo el yogui-, entra. No había lugar en esta casa para dos yoes.

viernes, 24 de septiembre de 2010

NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED


VIRGEN GENERALA


Alocución patriótica en la solemnidad de Nuestra Madre de la Merced, pronunciada por el superior del Convento de la Merced de Córdoba el 24 de Septiembre del Gran Jubileo del 2000.



Redescubrir el sentido originario de las cosas es un ejercicio de la razón que nos pone en camino hacia la libertad.

Estamos aquí para rendirle homenaje a una advocación mariana a la que un general argentino, hace casi dos siglos, nombró como generala de su ejército en el campo de batalla.

Conocer las circunstancias que rodeaban a ese general y a ese ejército nos permitirá redescubrir el sentido de esta Virgen Generala.





El ejército del norte había bajado desde Bolivia derrotado. Su moral estaba quebrantada. Carecía de los elementos más imprescindibles para mantenerse como fuerza de choque capaz de garantizar la integridad de las fronteras encomendadas a su cuidado. La disciplina estaba profundamente resentida. En las ciudades y en el campo se percibía con mayor intensidad sino el odio contra el ejército, al menos la indiferencia de la población hacia las tropas.
Según informara al Triunvirato don Juan Martín de Pueyrredón, era desconsolador el oír los clamores de los miserables enfermos, sin que fuera posible aliviarlos por falta de medicinas. Las tropas estaban prácticamente desnudas y el armamento casi inexistente. La deserción era generalizada. El ejército en su totalidad estaba reducido a escombros.

El 27 de febrero de 1812, don Manuel Belgrano es designado al mando de esas tropas. La misión que le encomendaban desde Buenos Aires era la retirada.

Belgrano trabajó contra reloj, pues el enemigo concentraba aceleradamente sus fuerzas en la frontera para el ataque definitivo.

Se dedicó a captar las simpatías de la población, dotar a sus fuerzas de todo lo indispensable, establecer una mínima disciplina. Pero sobre todo a infundirles los grandes ideales de libertad.

Belgrano se hace cargo de ese ejército en el momento más crítico para la libertad de los pueblos americanos. Tan sólo en el actual territorio argentino los ejércitos españoles no habían retomado el control sobre sus habitantes.

El 14 de julio de 1812, lanza una convocatoria a todos los ciudadanos solteros desde 16 hasta 35 años, "amantes de la libertad, a alistarse en las banderas de la patria". Muchos jujeños se presentaron, según palabras de Belgrano, "ofreciéndose a servir personalmente con sus armas y caballos y al mismo tiempo a poner a mi disposición sus ganados, mieses y demás bienes".

El 20 de agosto se inicia la evacuación de la ciudad de Jujuy. A la cabeza de ese ejército marchaban los civiles, con todo lo que pudieron cargar. A la retaguardia marchaban los militares, hostilizando en lo posible al enemigo. Doscientos cincuenta kilómetros en cinco días, por caminos de tierra, con niños en brazos y bultos sobre las cabezas.

Ante esa gesta heroica de los jujeños, desde el gobierno porteño se respondía con indicaciones de profundizar la retirada.

Pero el ejército que comandaba Belgrano no era ahora el mismo que enviara Buenos Aires a tierra ajena. Era un ejército en que los hombres que lo integraban peleaban por su propio terruño.

Puesto ante esa disyuntiva: las necesidades del pueblo o el mandato de las autoridades, Belgrano opta por desobedecer.

Desobedece en tiempos de guerra y se expone a todas las penas que pudieran corresponderle, antes que actuar en contra de los intereses populares.

Corría el mes de septiembre en Tucumán, y el destino de toda la América libre se jugaba al todo o nada. Si el ejército patriota sucumbía, un ataque combinado de las tropas alto-peruanas, de la banda oriental y portuguesas acabaría con Buenos Aires. La gesta sanmartiniana no hubiera tenido ninguna posibilidad.

El ejército realista de Tristán avanzaba con 3000 soldados veteranos y 13 piezas de artillería de montaña. Lo esperaban 900 soldados y mil seiscientos reclutas.

Ante tal desigualdad, Belgrano pone a todo su ejército bajo el patrocinio de esta advocación mariana, nacida de la necesidad de libertad.
La batalla que también recordamos hoy fue de una enorme complicación. Concurrieron tantos imprevistos, que el general Paz recordaría en sus “Memorias” no haber visto algo así en otras acciones militares en que se encontró.

Abstengámonos si es posible de considerar el dolor de los agonizantes, el dolor insoportable de los músculos perforados por las balas o desgarrados por las bayonetas, los estertores, los espasmos, y tantos otros males desbordados desde el fondo de las ambiciones y egoísmos humanos.

Un ejército en superioridad numérica y técnica se enfrenta con una infantería provista de cuchillos; una caballería pertrechada de lanzas, puñales, lazos y boleadoras; y una artillería por demás rudimentaria.

Ese era el Ejército del Norte: era un pueblo en armas buscando su libertad.

Inicia el combate la artillería patriota. Carga la infantería contra el centro del enemigo, mientras que la caballería tucumana se lanza como una tromba por la derecha dando alaridos y golpeando con sus rebenques los guardamontes.

Hasta los elementos de la naturaleza se abatieron sobre el campo de batalla: un terrible huracán oscureció el cielo y una manga de langosta se arrojó sobre los combatientes.

Luego de marchas y contramarchas el triunfo sonrió al pueblo de la patria. El parte de batalla del general Belgrano reconoció la protección de María de la Merced.
“La patria puede gloriarse de la completa victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”.

Y llegamos así al 28 de octubre. Belgrano había dispuesto una procesión en agradecimiento a la Virgen de la Merced. Según el general Paz, al pasar por el campo de batalla:

"Repentinamente el General deja su puesto, y se dirige solo hacia las andas en donde era conducida la imagen de la advocación que se celebraba; la procesión para; las miradas de todos se dirigen a indagar la causa de esta novedad; todos están pendientes de lo que se propone el General; quien, haciendo bajar las andas hasta ponerlas a su nivel, entrega el bastón que llevaba en su mano, y lo acomoda por el cordón en las de la imagen de Mercedes. Hecho esto, vuelven los conductores a levantar las andas, y la procesión continúa majestuosamente su carrera.
La conmoción fue entonces universal; hay ciertas sensaciones que perderían mucho queriéndolas describir y explicar; al menos yo no me encuentro capaz de ello. Si hubo allí espíritus fuertes que ridiculizaron aquel acto, no se atrevieron a sacar la cabeza."

Podemos concluir entonces que éste es el sentido que le atribuyó Belgrano: reconocer en María la conductora del Pueblo cuando anda en busca de libertad.

Si en Tucumán la devoción por la Virgen de la Merced fue decisiva, en la batalla de Salta, la que libró para siempre a nuestro suelo de la presencia militar española, la devoción mercedaria se convirtió en uniforme. Fue el escapulario mercedario la divisa que diferenciaba ambos ejércitos.

Así es el relato del general Paz sobre la partida del ejército de Belgrano hacia Salta.

Luego que el batallón o regimiento salía de su cuartel, se le conducía a la calle en que está situado el templo de la Merced. En su atrio estaba ya preparada una mesa vestida, con la imagen, a cuyo frente formaba el cuerpo que iba a emprender la marcha; entonces sacaban muchos cientos de escapularios, en bandejas, que se distribuían a los jefes, oficiales y tropa, los que colocaban sobre el uniforme y divisas militares. En la acción de Salta, sin precedente orden y sólo por un convenio tácito y general, los escapularios vinieron a ser una divisa de guerra; si alguno los había perdido, tuvo buen cuidado de procurarse otros, porque hubiera sido peligroso andar sin ellas.

Y ese es el sentido de la banda celeste y blanca que luce la imagen de la Virgen Generala:

Ella prestó a las tropas de la patria su escapulario como escudo y la patria le agradece entregándole su bandera para que luzca junto a su escapulario liberador
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Fuente: www.merced.org.ar/
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/09/la-flor-del-alto-peru.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/09/manuela-godoy.html

jueves, 23 de septiembre de 2010

LA TIERRA SIN MAL


La búsqueda de un paraíso terrenal provocó largos viajes.

Los guaraníes creían en una Tierra Sin Mal, especie de un paraíso terrenal adonde se podía entrar sin morir. Allí los cultivos crecen solos, decían, la miel y la carne son abundantes, no hay enfermedades ni muerte, y todos viven con felicidad.

Cada tanto, algún karaí afirmaba haber recibido en sueños revelación de donde se ubicaba ese anciano lugar y como llegar hasta él. Con sus discursos elocuentes, arengaba a todos para que abandonaran aldeas y cultivos, y siguieron el camino que le había sido indicado.

Muchos de estos éxodos eran penosos y trágicos. Los peregrinos debían avanzar por zonas boscosas y ríos desconocidos, rodear saltos de agua, improvisar puentes con troncos y lianas, enfrentar a grupos enemigos y padecer enfermedades.

Para llegar a La Tierra Sin Mal era necesario tener perseverancia, coraje y fuerza espiritual. Esta última se renovaba cada noche, cuando el karakí precedía danzas especiales vinculadas con los mitos y con la esperanza de una nueva tierra. La música, los cantos religiosos, las oraciones y los bailes buscaban aligerar los cuerpos y liberar a los hombres de sus imperfecciones, elevándolos y facilitándoles el camino. Ante un fracaso, volvían a partir con nuevo rumbo, siempre dirigido por su profeta.

Españoles y portugueses trajeron nuevos males a la tierra guaraní, y dieron mayor impulso a la búsqueda de La Tierra Sin Mal, fuera del alcance de los conquistadores.

La historia mas dramática fue la de un grupo de 12.000 Tupí-guaraní, quienes en 1.539 partieron desde la costa de Pernambuco, en Brasil; 10 años más tarde, 300 sobrevivientes llegaron a los Andes peruanos, después de atravesar toda el Amazona.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

EL ORIGEN DE LA QUENA

Chasqui

Nakaq era un demonio rojo de raras facciones y gestos. Iba vestido de rojo y aguardaba a los viajeros en los recodos de los caminos para hechizarlos.

En aquellos días, Cuzco era la sede imperial donde florecía una de las más completas civilizaciones del mundo: a ellos se les debe el primer sistema de correo postal, donde utilizaban a los chasquis (indios corredores), que se turnaban cada ciertos tramos de distancia; con tal perfección que, el Inca, por ejemplo, en su palacio de Cuzco, podía permitirse diariamente el lujo de comer pecado fresco proveniente de la costa, muy lejana.

Era el reinado del Inca Yahuar Huakacc, rey sabio y melancólico.

El príncipe de Kachamarka era un anciano de gran valía a quien el Inca especialmente distinguía de entre todos. Tenía tres hermosos hijos, talentosos y buenos; dos mujeres y un varón: Pura, Wañu, y Auki Paukar. Los tres se amaban tiernamente y eran conocidos como bellos ejemplos de fraternal amor.

Su padre los había educado según su rango a través de sabios amautas (maestros), y mientras esperaban que llegase el día en que Pura y Wañu fuesen llevadas al Aclla Huasi (casa de las vírgenes del sol), en calidad de ñustas (doncellas nobles), para ser consagradas al Dios Sol.

Mientras, Auki Paukar pastoreaba rebaños paternos en la falda del Wilkanuta.


Esta actividad transformó al joven en inspirado haravec (poeta),
y las notas dulces de sus yaravíes (cantos tristes), aún se escuchan en nuestros días, interpretadas por los collas con sus quenas; al atardecer, en la soledad del altiplano.

Cuentan que a oídos del Inca llegó la fama de los tres hermanos, y tuvo el deseo de ofrecer a su Coya (esposa), la amistad y servidumbre de las dos bellas ñustas, y dejar para sí el dulce canto del haravec, quien espantaría los supayes (genios malos) de la tristeza.

Envió un chasqui al Príncipe de Kachamarca, requiriendo sus tres hijos para adornar con su gallardía la noble corte de Cuzco.

El dolorido anciano no pudo negarse a tan gran honor y, llorando secretamente, consintió en separarse de ellos.

La víspera de la partida, los hermanos rodearon al padre, y fueron a recorrer los lugares queridos. El más apenado era Auki Paukar.

Con doliente voz iba creando un nuevo yaraví (llegado a nuestros días con el nombre de Suray Surita)

Su vida sería la de un pájaro prisionero destinado a cantar para distraer las tristezas del Inca.

Al día siguiente, los hijos, llorando, se despidieron del padre.

Cuando la caravana partió, subió el dolorido príncipe a una colina para contemplarlos por última vez. Sentía que su alma volaba tras ellos, cuando en un recodo del camino divisó agazapado un deforme colla jorobado, vestido de rojo.

Por un instante, el terror paralizó su corazón; luego bajó corriendo la loma: ¡él sabía a quiénes esperaba aquel personaje siniestro!

En su palacio llamó al sacerdote, y le preguntó cómo salvar a sus hijos del Nakacc.

El sacerote movió tristemente su cabeza: el Nakacc es un demonio poderoso y nadie se salva de sus garras. Sólo queda llorar, ya que nadie los volverá a ver.

Más a Cuzco llegó el mensajero con las dos bellas ñustas.

Sin Auki Paukar. Así lo explicó el mensajero: "A poco de partir de Kachamarca, se nos unió un colla deforme y jorobado, vestido de rojo. Parecía muy enfermo. Compadecidos, los tres hermanos le hicieron lugar en la comitiva. Como permanecía callado, nadie se le acercó. Más, al anochecer, sacó el jorobado un cuerno y sopló sobre todos, inmovilizándolos con su hechizo. En aquel momento, Auki Paukar estaba alejado, mirando desde una loma su querida Kachamarca.

Y en la noche silenciosa, cuando a los demás se acercaba la muerte de manos del Nakacc; bella y pausada surgió la melodía de un yaraví.

Y el demonio, dejando caer su cuerno funesto, escuchó profundamente.

Entonces Auki Paukar, surgiendo de entre las sombras, se le acercó y le dijo: "Señor mío, deja ir en paz a mis hermanas, y yo cantaré siempre para tí". Y respondió el Nakacc: "Si me das un hueso de tu pierna izquierda, y consientes que dentro de él encierre tu alma, las dejaré partir sin hacerles daño" Auki Paukar, por salvarlas, consintió sin dudar. Deshizo el hechizo el supay, y ordenó a las hermanas alejarse; pero ellas se negaban a abandonar a su querido hermano.

Entonces el Nakacc desapareció llevándose para siempre al generoso haravec".

Tal es lo que el chasqui narró al Inca, y lo que repitieron ambas ñustas, llorando.

Llenase el Inca de la tristeza más honda: "¿Cuál no sería el encanto de esa música, que detuvo la mano en alto del inexorable Nakacc, que nunca perdona? ¿Cómo sus notas hubieran hecho nacer la paz en su alma en su propia alma angustiada?".

Y su deseo se vio realizado, ya que, desde entonces, por las noches comenzó a escucharse el sonido triste, grave y sentido de un raro instrumento, en todos los rincones del Imperio.

El Inca escuchó esas notas, y, si bien no logró desterrar la tristeza de su alma, al menos logró encontrar la calma al influjo de la dulce melodía.

Según los indios, este es el origen de la quena (especie de flauta), donde ellos, taciturnos, vuelcan su honda y eterna melancolía. No existe nada más sobrecogedor que su extraño e inquietante sonido: al escucharlo a lo lejos, cuando el día muere, se cree oír un lamento, una queja milenaria. Puede ser en verdad el alma del joven haravec, cantando en su extraña cárcel sus melancólicos yaravíes, que le sirvieron en su momento para salvar a sus dos queridas hermanas.


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/07/la-quena-y-sus-leyendas.html
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martes, 21 de septiembre de 2010

EL PILLCO MOZO



El Eterno Guardián Chupaychu


Manuel Nieves Fabián en su libro "Mitos y Leyendas de Huánuco" relata:

"La leyenda dice que el joven Chupaycho Cunyag se enamoró perdidamente de la bella princesa Pillco Huayta, hija del valeroso curaca Achapuri Inquil Tupac.

Su amor fue tan profundo que ambos jóvenes terminaron amándose.

El padre, al enterarse de la osadía de su hija, se opuso rotundamente, ya que tenía escogido para ella a un valeroso guerrero Panatahua.

Los jóvenes enamorados, desoyendo las palabras del curaca, huyeron hacia el lugar denominado Nunash y se instalaron en un pequeño palacete, ahí se atrincheraron.

Cunyag, al saber que el padre de su amada se dirigía hacia Nunash con un poderoso ejército, instruyó al Pillco Huayta para que huyera y diera aviso a los Chupaychos, mientras él y los suyos le entablarían resistencia.

La princesa concurrió rauda a cumplir la misión mientras el joven lo esperó dispuesto, incluso a sacrificar su vida.

Su sorpresa fue tal, al ver al Amaru que guiaba al ejercito del curaca, Atemorizado, Cunyag huyó con dirección al lugar de su origen. El terrible Amaru, al ver que corría el mozo, levantó las alas y sentenció que se convirtiera en piedra.

Fue así que cuando contemplaba a su pueblo desde las alturas del Marabamba, sintió que lentamente su cuerpo se transformaba en piedra, entonces, viéndose perdido y antes que su cabeza se petrificara, con un grito que se escuchaba a muchas leguas, ordenó que Pillco Huayta huyera hacia la selva para librarse de la cólera de su padre.

El Amaru, volteó el rostro hacia la selva, se levantó en ligero vuelo y al encontrar a la princesa a orillas de un caudaloso río, sentenció que se convirtiera en una enorme montaña para que la desobediencia de ambos jóvenes quedara a manera de una lección para la posteridad.

Hoy, podemos apreciar a estas dos figuras en eterno reposo: a Pillco Mozo, en Huánuco y a Pillco Huayta (Bella durmiente), en Tingo María".

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/09/la-bella-durmiente-pillco-huayta.html

lunes, 20 de septiembre de 2010

EL ORIGEN DEL AYAWASKA

Dibujo "Ayawuasca del Monte"
Ángela Ruiz Martínez

Cuentan los Ancianos que alguna vez vivió en la Selva un hombre llamado Agustín Murayari que, sin tener maestro ni dieta, llegó a ser curandero. El y su mujer, María Luisa, eran conocedores de las plantas, con las cuales curaban.

Cuando contaba cerca de 300 años y sintiéndose ya algo enfermo reunió a sus diez hijos, cinco mujeres y cinco hombres, y les dijo:

“Hijos como ya llega mi día para morir quiero pedirles que no me entierren; busquen detrás de mi chacra un tronco de lupuna y dos shungos, preparen con ellos las estacas y amárrenlas al tronco de la lupuna. Cuando muera traerán cuatro bejucos con los que van a sujetar mi cuerpo en cuatro partes, a la altura de las rodillas, del ombligo, del pecho y del cuello. Una vez que hayan hecho esto déjenme en el monte porque yo he de continuar produciendo y cuando este listo seré AYAWASKA. De mi aprenderán aquellos que quieran ser curanderos”.

Obedientes, sus hijos cumplieron con el pedido de su padre. Pasados tres meses fueron a la chacra y hallaron el cuerpo del anciano suavemente unido a la lupuna. Sus dedos transformados en raíces se hundían en la tierra. Seis meses más tarde el tímido tronco ya estaba enredándose al tronco de la lupuna. Era AYAWASKA.

María Luisa, su mujer comprendió que también para ella ya era tiempo de partir y, como antes lo había hecho Don Agustín así habló a sus hijos:

“He hecho una olla de barro bien grande, cuando muera me sientan en mi olla y me ponen tierra hasta la cintura. Dejen la olla en el costado derecho del tronco de lupuna en que dejaron a su padre, al Igual que él yo produciré y echaré raíces”

Nuevamente sus hijos cumplieron con el pedido.

Al poco tiempo creció al lado de su esposo. Era CHAKRUNA.

Es por eso que el Ayawaska tiene que ser preparado con la Chacruna. Esposo y Esposa.
La Chacruna es la madre de las Plantas, María Virgen. Por eso hay otras plantas que llevan el nombre de esa mujer como Hierba Luisa entre otras.

La Chacruna le da fuerza al Ayawaska. Pinta las visiones.

NOTA:

Aya en quechua significa “muerto” y Waska significa “soga”. La “soga de los muertos”.


Narrado por Don Benjamín Mahua – Pucallpa. Junio 2005


http://www.comunidadtawantinsuyu.org

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL BAILE DE LA CONQUISTA


Los bailes y danzas que ocuparon un lugar importante entre las tradiciones americanas.

Más que un evento folklórico, estas manifestaciones tienen un profundo carácter ritual, razón por la que se ejecutan durante las celebraciones de fiestas patronales, civiles y regionales.

La más importantes de las danzas de origen colonial que se practica regularmente en Guatemala, es el Baile de la Conquista. Sin duda, todos nosotros la hemos admirado en innumerables representaciones; nos ha cautivado la riqueza de los trajes y la elegancia de los movimientos pausados y repetitivos de los danzantes. A propósito de la proximidad del 12 de octubre, fecha en que recordamos el descubrimiento de América, presentamos una brevísima explicación.

Este baile comenzó a practicarse en el occidente de Guatemala a partir del siglo XVI. Al parecer, en esta época los indígenas de Ciudad Vieja, Utatlán y Jocotenango, quisieron interpretar un drama para manifestar su aprecio al obispo Marroquín, por lo que pidieron a un fraile, que escribiera el parlamento.

Actualmente, se representa en el altiplano central y occidental del país, así como en algunos departamentos de la costa sur.

El Tema:

Del baile de la Conquista existe un manuscrito, escrito en versos y en español. En el texto se describe la conquista de los indígenas quichés por los españoles. El argumento inicia con la llegada de los embajadores españoles ante el rey Quiché. Preocupado por la invasión de sus tierras, el Rey pide el apoyo del gobernador de Xelajú, Tecún Umán. Finalmente, se lleva a cabo el entrenamiento entere los dos ejércitos que culmina con la lucha cuerpo a cuerpo entre ambos jefes, don Pedro de Alvarado y Tecún Umán. En esta batalla resulta muerto el héroe quiché. Su sucesor declara el fin de la guerra y acepta la conversión al cristianismo.

Indios, por su parte, utilizan atuendos Aparentemente, este baile representa una adaptación del tema de la danza española de “Moros y Cristianos”. La versión de Guatemala, incluye una mecánica similar pero con héroes locales.

En efecto, en ambos casos el enfrentamiento entre los dos grupos culmina con la conversión al cristianismo del grupo derrotado.

Los Participantes

En este baile participan 19 personajes divididos en tres grupos: los oficiales españoles con don Pedro de Alvarado a la cabeza, los caciques indígenas dirigidos por Tecún Umán y la familia real Quiché.

Los bailadores se disfrazan con tarjes de colores vistosos, armas y máscaras elaboradas con madera, que se alquilan a morerías (Talleres especializados), encargadas de surtir a todas las comunidades que realizan estoas bailes. Las más famosas se encuentran en Totonicapán y el Quiché.

Los indios y los españoles utilizan máscaras con piel rosada y bigotes. Sin embargo, las máscaras de los españoles tienen el rostro serio, mientras que los indios van sonrientes. El traje de los españoles consiste en pantalones cortos, chaquetas de terciopelo morado y botas negras. Los indios, por su parte, utilizan atuendos más elaborados: capas de terciopelo de colores con bordados e imitaciones de piedras preciosas y espejos. Además, llevan pantalones cortos de algodón, sandalias y sombreros con adornos de papel o plumas de colores.

En contraste con lo vistoso de los trajes, la música de este baile es bastante monótona. Los instrumentos musicales utilizados son el tambor y la chirimía. ,a música se utiliza en los intervalos durante los cuales no hay ningún discurso.

La realización de este baile varía en cada lugar. En Uspantán, los bailadores son personas de la comunidad escogidas por los cofrades en función de sus méritos. Sin embargo, estas personas deben ser capaces de sufragar los gastos que implica su participación en el baile; alquiler de los trajes, pago del maestro y de las ofrendas en licor, incienso y candelas.

La preparación de la danza requiere la participación de otras personas. El maestro es la persona que guarda el manuscrito y se encarga de enseñar a los bailadores los discursos y los pasos del baile. El director fija la fecha de la presentación del baile.

Además, es el encargado de proveer la comida y bebida durante los ensayos que se realizan en su casa.

El baile de la conquista es muy importante, pues hace alusión a uno de los eventos más importantes del país; la conquista de los españoles. Al principio, se representó como una forma de entretenimiento y diversión, pero con el tiempo sirvió como medio de enseñar al pueblo como se realizó la conquista de Guatemala.

Alvarado

Sin caballo me ha dejado
Aquel feroz animal
Dame la lanza Don Pedro
Que hoy le tengo que matar.

Tecún

Muerto soy Zunun
Me han partido el corazón
Recibe pues el perdón
Que estoy mortalmente
Herido.


Cfr: http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/06/tecun-uman.html

Fuentes: www.mijutiapa.com/images/files/File/elbailedelaconquista.doc
http://www.galasdeguatemala.com/r-guatemala-por-dentro-1-departamento-de-quiche-34-chichicastenango-el-quiche-27-baile-de-la-conquista-984.htm