sábado, 18 de diciembre de 2010

DÍA INTERNACIONAL DEL INMIGRANTE




"CUENTO DE UN INMIGRANTE GRIEGO"

Por Miguel Juan Tomazo


En una fría mañana del mes de junio de 1929 un barco trasatlántico que había partido de Lisboa, capital de Portugal, llegó al puerto de Buenos Aires trayendo un centenar de inmigrantes griegos. La gran mayoría de ellos había comenzado su viaje en el puerto de Pireo, en Atenas y unos cuantos se habían embarcado en Marsella, Francia. Una docena de ellos provenían de Rodas, una de las islas del Egeo, famosa por sus higueras, sus viñedos y sus olivos.

Todos tenían algo en común: buscaban mejorar su situación social y económica, vilmente vapuleada por la guerra y la ocupación de sus tierras por el fascismo italiano. Habían experimentado hambre, dolor e impotencia ante la situación y decidieron emigrar, dejando en sus pueblos a sus padres, hermanos, novias, tíos, abuelos y muchos amigos. Habían oído hablar de Argentina y de sus riquezas, de sus trigales y sus vacunos y sobre todo de la gran cantidad de trabajo. Era la meta soñada y también lo fue para Sabbas, uno de los jóvenes que llegó en ese barco. Él había decidido irse no obstante los requerimientos en contrario de sus padres y en especial de su novia, Eugenia, una chica de su pueblo y la principal razón había sido que el señor Mijali, el padre de Sabbas, era un terrateniente de Soroní y se había opuesto al casamiento de su hijo, porque Eugenia provenía de una familia muy pobre y de acuerdo con las costumbres griegas no tenían propiedades para darle al novio en calidad de dote.

Sabbas y Eugenia se despidieron la noche anterior a la partida. Él recién terminaba de cumplir 24 años de edad y ella apenas tenía 17, pero en sus corazones latía ese amor puro que caracterizaba a los jóvenes de Soroní, un pequeño pueblo griego al sur oeste de la ciudad de Rodas. Sabían que quizá esa fuera la última noche que se veían, y apuraron los besos y las caricias, se intercambiaron cartas y promesas y con abundantes lágrimas en sus ojos se despidieron bajo un cielo estrellado. Eugenia, le prometió una y mil veces que no se casaría con nadie que no fuera él y que lo esperaría hasta que regresara o la llevara consigo. Sabbas le prometió que apenas se instalara en Argentina le haría la "llamada" para llevarla a Argentina y casarse.

Pero nada fue fácil para Sabbas, cuando llegó a Argentina se dio cuenta que no todo era tan lindo como se lo habían contado. Ciertamente las condiciones de vida eran mejores, pero para poder sobrevivir tuvo que buscar trabajo en el campo, tarea que nunca había realizado antes. El trabajo era duro, de sol a sol, con un descanso de una hora que apenas alcanzaba para saborear una sopa y un pedazo de pan... ¡y la paga era magra!

Sabbas y los otros peones vivían hacinados en un galpón de la chacra, dormían en catres de cuero y el frío, por las noches les calaba las carnes. Y así pasó un año y otro y otro... lo que ganaba no le alcanzaba para ahorrar y cada vez veía más lejos la posibilidad de traer y casarse con su novia.

Mientras tanto, allá en Rodas, la angustia de Eugenia aumentaba día a día, las cartas de Sabbas no le alcanzaban para calmar ese llanto que brotaba de su ojos pardos, tenía necesidad de verlo, sentirlo a su lado, acariciarlo, besarlo y expresarle todo el amor que por él sentía. Las tardes y las noches se le hacían interminables, el llanto inundaba sus mejillas de lágrimas y la luz de la luna que entraba en su cuarto a través de la ventana, la descubría abrazada con ternura a su almohada. No obstante su pena, nunca descartó la idea del casamiento con Sabbas y fue así que se dedicó con ahínco a preparar su ajuar de novia. Le gustaba coser y bordar y entonces con cada trozo de género hacía una pieza más para su casamiento. Manteles, carpetas, frazadas, blusas, sábanas, etc. ¡no le faltaba nada!

Y mientras tanto en Argentina, Sabbas había dejado de trabajar en el campo y con los pocos ahorros que pudo realizar se trasladó nuevamente a Buenos Aires, y junto con dos compatriotas griegos alquilaron una pieza, y con la esperanza en su pecho salió a buscar trabajo. No le fue fácil, apenas balbuceaba el idioma español y el único oficio que conocía era el de peluquero. Por fin un amigo lo llevó a trabajar de mozo a un restaurante y allí se quedó casi tres años y comenzó a vislumbrar la posibilidad de enviarle el pasaje a Eugenia.

Habían transcurrido ya seis años desde su partida, el recuerdo y las ganas de estar con su novia lo atormentaban día y noche, veía correr los años y quería casarse, tener hijos. Estaba cansado de esperar y fue así que decidió entonces trabajar también los fines de semana, es decir sábados y domingos, en un cinematógrafo, vendiendo golosinas. Esa labor le permitió, al cabo de cuatro meses, acelerar la compra del pasaje para traer a Eugenia.

Corría el año 1936. En una mañana del mes de septiembre, y cuando ya hacía siete años que Sabbas había partido rumbo a Argentina, llegó el cartero y le trajo a Eugenia la buena noticia, Sabbas le había enviado el pasaje para su viaje. Solamente su madre y su hermano Fotis se enteraron. Calladamente, para evitar que su futuro suegro se enterase preparó su equipaje y cuando todo estaba listo y como no podía seguir ocultando su decisión de partir, dijo que su hermana María, que vivía en Estados Unidos desde hacía mucho tiempo, le había enviado el pasaje para que fuera a vivir con ella.

Todo sucedió súbitamente, Eugenia entre lágrimas inevitables que vertieron su pobre madre y su hermano embarcó muy compungida, pero segura de que la felicidad la esperaba del otro lado del mar y fue allí cuando sucedió algo inédito, su propio suegro la fue a despedir y a desearle buena suerte en Estados Unidos y fue allí, cuando el barco ya partía del diminuto puerto de Rodas, que acercándose gritó:

- ¡Señor Mijali, señor Mijali, no voy a Norteamérica a visitar a mi hermana, voy a la Argentina a casarme con su hijo Sabbas!

Y dicen que fueron muy felices, Sabbas y Eugenia se casaron, tuvieron cuatro hijos que fueron criados y educados con mucho sacrificio, en el marco de una familia de clase pobre en la faz económica, pero rica en el mantenimiento de su idioma y sus costumbres, que supieron transmitir a sus hijos a través del tiempo. El precio de haber sido inmigrantes fue muy alto hasta alcanzar la propia felicidad. A ambos les fueron negadas las posibilidades de regresar a Grecia. Sabbas y Eugenia jamás pudieron volver, ni siquiera para visitar a sus familiares; en su ausencia sus padres y hermanos fallecieron y solamente les quedó el profundo y desgarrador recuerdo de ellos en alguna desteñida fotografía.

En la vida del inmigrante, la felicidad acompaña a veces, las nostalgias y las penas viven con ellos siempre.

Fuente
http://www.torontohispano.com/
Imagen
sonidosclandestinos.blogspot.com
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