martes, 13 de julio de 2010

LA GRAN ENEMISTAD ENTRE EL LEÓN Y EL ZORRINO



En cierta ocasión, una doncella tuvo un hijo sin haber tenido relación con hombre alguno. Era muy linda, de cabello claro. Algún tiempo después de lo ocurrido, un poderoso lonko la tomó por esposa.

Un día entre los días, ella le confió a su marido, el grande y severo jefe de los mapuches, que le había oído decir claramente en sueños a una voz que seguramente era la del misterioso padre de su hijo:

-Tomaré del sol el gran talismán para nuestro hijo.

El lonko se sintió enfurecido al oír la confidencia de su esposa, interpretando el sueño como prueba de que existía un rival; y movido por su ira, llevó al niño hasta una gruta del bosque y lo dejó abandonado allí.

Cuando la madre buscó al niño y no lo encontró, comenzó a gritar desesperadamente, aunque ignoraba aún que el león lo había devorado.

Ella había introducido bajo la piel de su hijo unas gotas de su propia sangre para protegerlo en el caso de que se perdiera. Por eso, corría de aquí para allá, gritando:

- ¿Dónde estás, sangre mía?
¿Donde estás, sangre mía?

Hasta que, por fin, la sangre contestó:
¡Aquí estoy, aquí estoy!

La voz resonaba en el vientre de un león. La madre le enrostró su crimen al animal.

- ¿Por qué has devorado a mi hijo? – Gritó-

¿No había algún otro que no fuese de sangre noble?

El león, que también tenía intenciones de devorarla a ella, le dijo maliciosamente:

- Quédate aquí un rato y te traeré a otro niño...

Pero la madre, sospechando una traición de la fiera, apostó en la entrada de la gruta a un zorrino quien, al llegar el león, le lanzó a los ojos su nauseabunda y caliente orina. El león quedó ciego. La madre aprovechó esto para abrirle el vientre y allí encontró a su hijo, pero muerto.

Mientras buscaba a su desaparecido hijo, la madre, de acuerdo con lo anunciado an sueños, había recibido del padre de la criatura un talismán vivificador traído del cielo. Con él hizo ahora revivir a la criatura, aunque ya estaba muerta cuando la sangre de la madre que llevara en el cuerpo le contestara: “¡Aquí estoy!”

(Debe saberse que la sangre, el pus y el salivazo han de responder siempre al llamado de su dueño).

Al resucitar el niño, su misterioso padre vino y dijo:

- Venid conmigo. Yo os llevaré arriba, allí donde estoy siempre.

El lonko los vio subir, arriba, cada vez más arriba, de donde jamás volvieron. Y se sintió muy triste y murió al poco tiempo.

Desde esa época el león es enemigo mortal del zorrino y éste le hace todo el daño posible dondequiera se encuentren.

Fei Afí. (Este es el fin).


Del Libro Cuentan los Araucanos de Berta Koessler Ilg,
Edit. Nuevo Extremo