viernes, 16 de octubre de 2026

📝La Entrada de Diego de Rojas (1543-1544): Calor, Codicia y la Involución Humana en la Conquista


Por Prof. Georgina Elena Palmeyro

Antropóloga Social. ASSA


La expedición liderada por Diego de Rojas entre 1543 y 1544 —conocida históricamente como la primera gran «Entrada» española al territorio del Tucumán y la mesopotamia santiagueña— suele presentarse en las crónicas tradicionales como un hito de exploración y bravura.


Sin embargo, cuando se examina este proceso desde la antropología social y la etnohistoria, el episodio revela una radiografía mucho más profunda: la de una acelerada degradación del comportamiento humano cuando un grupo es sometido a condiciones ambientales extremas y guiado por la ambición de ascenso social rápido.


Rara vez la historia regional nos ofrece un escenario donde vectores tan claros como el calor agobiante del estío, el agotamiento físico, la codicia desenfrenada y la superstición converjan para producir una verdadera involución de las normas morales y de convivencia dentro de una hueste conquistadora.


El Mito como Estrategia de Resistencia Indígena

Los conquistadores no se internaron en el monte a ciegas por pura fantasía; perseguían de forma obsesiva el espejismo de la «Ciudad de los Césares» (también llamada Trapalanda o Trapananda), una urbe fantástica supuestamente repleta de oro, plata y riquezas incalculables.


Para las comunidades originarias que habitaban las cuencas de los ríos Dulce y Salado, alimentar este mito no respondía a la ingenuidad ni a la subordinación: constituía una sofisticada estrategia de resistencia y autodefensa.


Al percibir la insaciable codicia del extranjero, los guías y pobladores locales confirmaban siempre que el «país de la abundancia» se encontraba un poco más adelante, más al sur o más internado en el impenetrable monte semiárido.


Fue la herramienta geopolítica perfecta que encontraron los pueblos nativos para desgastar a la tropa hispana, empujándola a la desorientación, la sed y el agotamiento.


La Paranoia Colectiva y el Chivo Expiatorio de Maquijata

Al internarse en la llanura bajo temperaturas que superaban holgadamente, 40 °C, vestidos con cotas de malla, armaduras de hierro y ropajes pesados no aptos para el ecosistema local, la disciplina militar de la hueste colapsó.

El punto de quiebre ocurrió en las inmediaciones de Maquijata (en las serranías de Choya), cuando el capitán Diego de Rojas fue alcanzado por una flecha impregnada en ponzoña por los guerreros juríes o tonocotés.


La agonía del capitán desató una ola de paranoia colectiva.

Al no poder procesar la efectividad de la tecnología botánica y bélica de los nativos, la cúpula militar buscó una explicación supersticiosa.

La víctima de esta histeria fue Catalina de Enciso, compañera de Rojas y única mujer española en la expedición, quien asumió las tareas de curandera e intentó extraer el veneno de la herida.


Tras la muerte del capitán, el hidalgo Francisco de Mendoza encarceló a Catalina, la acusó formalmente de hechicería, pacto diabólico y envenenamiento. 


Este juicio sumario y la humillación a la que fue sometida no buscaban impartir justicia, sino cumplir una doble función psicológica y política: por un lado, dar respuesta a la superstición de una tropa aterrorizada; por el otro, tapar la impericia táctica del mando militar y justificar la toma del poder por la fuerza por parte de Mendoza.


APARTADO 1:
«Mucho Apellido y Un Solo Calzoncillo» — El Mayorazgo como Impulsor de la Desesperación


Para entender la extrema crueldad y la falta de escrúpulos de capitanes como Francisco de Mendoza o Nicolás de Heredia, es necesario examinar la trampa socioeconómica de la que provenían en España.

Un refrán popular que perduró en la memoria oral sintetiza con agudeza aquella paradoja: «mucho apellido y un solo calzoncillo».


La estructura social de la península en el siglo XVI estaba regida por la institución jurídica del Mayorazgo y la Primogenitura.


Según esta ley, la totalidad de las tierras, títulos nobles y bienes inmuebles de una familia aristocrática o hidalga pasaba intacta al hijo varón mayor.

Esta norma evitaba la fragmentación de la fortuna familiar, pero condenaba a un destino rígido al resto de los hermanos:


 * El primogénito:

Retenía el patrimonio, la hacienda y el título sin necesidad de trabajar ni emigrar.


 * El segundo hijo:

Era destinado comúnmente a la carrera eclesiástica (fraile o cura), donde la Iglesia garantizaba renta y estatus sin dividir el patrimonio familiar.


 * Los hijos sucesivos (los «segundones»):

Quedaban desprovistos de tierras y fortuna, portando un apellido ilustre pero sin recursos materiales. Para ellos, las armas y la aventura en América no representaban un lujo, sino la única vía de escape frente a la miseria y la pérdida de la hidalguía.


 * Las mujeres:

Matrimoniaban mediante dotes elevadísimas con un «buen partido» o eran ingresadas a conventos de clausura cuando la familia no podía costear el enlace.


La hueste de Diego de Rojas estaba integrada en su mayoría por estos «segundones» desesperados.


Al no poseer nada que perder en su tierra natal, su llegada al Tucumán no estaba guiada por la exploración científica, sino por la urgencia biológica y económica de obtener una encomienda de indios, mercedes de tierras y un «sillón cómodo» donde fundar su propia línea dinástica.


Esta desesperación explica por qué el cansancio, el calor del monte y la codicia desataron motines constantes, conspiraciones y asesinatos entre los propios compañeros de armas, culminando con la muerte a puñaladas del propio Francisco de Mendoza a manos de sus hombres.


APARTADO 2: Las Leyes, las Costumbres y el Derecho Colonial como Veta Arqueológica

Existe una marcada diferencia entre la crónica oficial redactada por los conquistadores y la radiografía social que revelan las leyes, los edictos y las costumbres de la época.


Mientras que las crónicas de Indias fueron redactadas casi siempre por encargo —buscando justificar ante la Real Audiencia los gastos de expedición, disimular fracasos militares o solicitar mercedes de tierras—, el derecho consuetudinario y los protocolos notariales no pueden mentir de la misma manera.


En ellos queda expuesto el inconsciente colectivo de una sociedad, sus miedos, sus mecanismos de control, sus asimetrías de clase y su verdadera estructura económica.


Al analizar los testamentos, los pleitos por deslinde de tierras y las cartas de dote en el Tucumán colonial, la retórica del heroísmo cede su lugar a la crudeza de los hechos.


El testamento de un conquistador revela con precisión la naturaleza del despojo: la nómina de pueblos de indios reducidos a la encomienda, las arrobas de algodón hilado por manos nativas, las herramientas melladas y el ganado tomado del territorio.


De igual modo, la institución de la dote tasaba con rigor mercantil el valor y la posición social de la mujer.


En el sistema colonial patriarcal, la mujer no heredaba en condiciones de igualdad; su matrimonio dependía de la capacidad familiar para reunir barras de plata, fanegas de trigo o cabezas de ganado.


Cuando la dote exigida para un matrimonio de conveniencia resultaba inalcanzable, la reclusión en un convento no respondía a una vocación piadosa, sino a una solución presupuestaria para no fragmentar el patrimonio familiar.


Revisar la historia a través de las leyes, los juicios y las costumbres nos permite hacer una antropología histórica profunda.

Nos demuestra que la concentración de tierras, las disputas jurisdiccionales y las asimetrías de poder en Santiago del Estero no nacieron por azar, sino que tienen una clara genealogía jurídica y cultural que se remonta a la forma en que se organizó la conquista en el siglo XVI.

Cuando la codicia y la ambición desmedida guían la acción humana, el progreso se disuelve y la sociedad involuciona.



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