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jueves, 4 de junio de 2026

AL SON DE QUENAS Y CAJAS MARCHAN LAS ALMAS

 

En el Feudo de los Valles Silenciosos, las verdades se decretan desde los despachos y se ejecutan con descaro en las comisarías.

Allí vivía una anciana cuya única arma era un tambor de cuero y una voz de garganta honda, capaz de despertar conciencias y hacer temblar los títulos de propiedad de los terratenientes locales. Su pecado fue viajar a la Gran Capital, encabezando una marcha de ponchos y pies descalzos, desafiando el relato de los cortesanos. Pero el poder no tolera la insolencia de los viejos sabios. Una noche, el silencio del valle se rompió.


Al amanecer, la Guardiana del Tambor yacía en su lecho, con el cuerpo marcado por la brutalidad de quienes se creen dueños de la vida ajena.

Aquí es donde comienza la comedia más grotesca, digna de los peores teatros de farsa. Entraron en escena los heraldos del uniforme, seguidos por un perito médico que firmaba actas con los ojos vendados. Miraron las heridas, miraron la sangre y, con un cinismo que rozaba lo divino, dictaron la sentencia oficial: «Ha muerto de causas rigurosamente naturales. La vejez, como saben, es un asunto muy violento».


Acto seguido, los oficiales entregaron un balde y un trapo a los deudos. «Limpien la escena, laven las paredes, vistan al cuerpo y comiencen el coro de llantos, que aquí no hay nada que mirar», ordenaron con prisa, desesperados por cerrar el cofre antes de que el sol expusiera las huellas de las botas feudales.

Lo que el Consorcio de los Limpiadores olvidó, en su soberbia palaciega, es que las mentiras tienen las patas tan cortas que hasta el más lento de la comarca las alcanza. Pensaron que los habitantes del valle eran ciegos. Pero en cada cocina, frente al televisor que repetía la farsa, las abuelas y los niños sumaban dos más dos. No hacía falta un título en leyes para ver el plumero debajo de la alfombra.


El pueblo se plantó frente al cortejo, frenó el entierro y obligó a los escribanos a mirar la verdad de frente. Porque al final, por más pauta que paguen, por más escobas que gasten y por más cajones que sellen a las apuradas, el truco de magia siempre se les termina rompiendo en las manos.

¡AYYY VIDALITA DE LAS ALMAS EN PENAS AYYITA!


martes, 2 de junio de 2026

CRÓNICA DEL LAZARILLO EN SANTIAGO

 Desde Salamanca llegó a estos pagos un aprendiz de cura que más sabía por brujo que por años. Se presentó con mucha labia, su retórica impecable, y así fue que el trapiche santiagueño viajó al Tucumán.

No pasó mucho tiempo, que el novicio con vicios, con sus falsas promesas entusiasmó a las teleras de esta pequeña aldea y sin parar llegó a Silípica. Jóvenes, niñas y ancianas con iluciones de un mejor vivir se esforzaban sin descanso ni respiro terminar lo antes posible una larga lista de encargos que el salamanquero había comerciado en Europa.            

Cómo es propio de esta tierra, que a palabra dada, palabra cumplida, el pedido estaba completo, no faltaba ni un zoquete, y así la caravana con sus carretas cargadas comenzó su marcha rumbo a Santa María del Buen Ayre, ora por vanguardia, ora por retaguardia cuidando el envío iba el aprendíz haciendo repiquetear los cascabeles de su montura.

Al pasar más de seis meses de larga espera, el pueblo se mostraba ancioso por tener noticias, eso si, sin perder las esperanzas ni la sana ambición de comenzar una Minka telera, querían ver realizado sus sueños de un altar bien vestido y oir el doblar de las campanas. 

Al tiempo entre asombros, alegrías y mucha expectativa vieron aoarecer un curita con sotana y botas nuevas, con cara de infeliz con carraspera anunciando que no se había recibido lo estipulado, y que por razones clímáticas favorables a su precaria salud, con todo lo comprado marcharía otra vez rumbo a Córdoba, no sin antes recordar que en breve llegaría el Santo Oficio.

Y si fue como las campanas compradas con el sudor de teleras se fueron oara nunca más volver, y cuentan las malas lenguas que el Enano Sombreduro se la tiene jurada al brujo aprendiz de cura.