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martes, 23 de junio de 2026

LOS HACEDORES DE TÚMULOS

 

En las vastas planicies de la mesopotamia delimitada por los ríos “caminantes” Dulce y Salado, al decir de la Profesora Sara Diaz de Raed, y los llama así porque en época de crecida, trazan caminos nuevos, fluyen y cambian su recorrido año tras año, ejemplificando lo que observó Heráclito de Éfeso “Nadie se baña en el mismo río dos veces”.


En ese devenir de los tiempos, un pueblo de hombres altos, delgados, de cabellos rojizos, y todo esto a constatar pues aún no tenemos evidencias antropológicas físicas que lo afirmen o rechacen, solo podemos especular con la escasa información a la que podemos acceder. 


Lo que sí sabemos y podemos atestiguar por tres vías, es el testimonio oral del Ingeniero Miguel Angel Palmeyro, que al recorrer con su avión la zona por los años 30, divisó la alineación geométrica de estos levantamientos habitacionales, tal como más tarde lo confirmó el Arqueólogo Alberto Rex Gonzalez. 


No nos detendremos en las discusiones académicas en este momento, aquí dejaremos que los sabios y nobles Hermanos Emilio y Duncan Wargner nos cuenten los que con sus investigaciones de campo, mojando sus pies en los bañados, bajo el ataque tenaz de los mosquitos Anopheles, si, esos transmisores del paludismo, soportando las altas temperaturas propias de este meridiano subtropical asentaron en su libro “La Civilización Chaco-Santiagueña”, que fue editado en el año 1934, que actualmente se encuentra protegido y resguardado en el Museo Arqueológico que lleva sus nombres.


Según lo asentaron en sus cuadernos y notas de campo estas construcciones fueron levantadas mediante la remoción y acumulación masiva de millones de metros cúbicos de tierra, un esfuerzo colosal que, a su criterio, solo pudo lograrse bajo el mandato de un gobierno centralizado o autocrático. 


Los Wagner afirmaban que estos túmulos se construían deliberadamente elevadas sobre la llanura para servir de base a las viviendas construidas con materiales perecederos, (tales como arcillas y paja, sistema constructivo que hasta hoy es empleado en la zona).  


Estas elevaciones totalmente artificiales eran obras de ingeniería civil, levantadas mediante la estratificación intencional de capas de arcilla apisonada, cenizas, carbón y tierra seleccionada para garantizar estabilidad e impermeabilidad. Contaban además con una cimentación perimetral para el drenaje de aguas. 


En su cima, cubiertas ya con capas de tierra depositadas por el viento fueron innumerables las vasijas, utensilios, herramientas tales como muyunas, (conocidas por nosotros como fusayolas o torteros)


Cumplían con el propósito de defender a las familias de los avances tumultuosos de las aguas de las crecidas originadas por los deshielos, (del Aconquija del actual Tucumán, río Sali y de los Cerros salteños, río Juramento) y las lluvias torrenciales, propias de temporadas estivales. 


En su seno, en cámaras internas, esta gente conservaba a sus ascendientes difuntos como lo atestiguan las urnas funerarias de gran tamaño encontradas en sus excavaciones a las cuales con frecuencia participaba mi abuelo, el Ingeniero Miguel Angel Palmeyro. Por lo tanto también cumplían funciones funerarias.


Sus medidas si mal no recuerdo eran de aproximadamente 30x70 metro. Hay que corroborar en las ediciones de los Wagner, solo ellos las midieron en sus expediciones. 


En las hondonadas, que eran testigos de dos situaciones, en época estival, eran navegables, para hacernos una idea, semejaban una Venecia pequeña por sus canales, que utilizaban para la pesca también.


Su intención no fue pelear contra el río, sino de navegarlo.


En la estación otoño-invierno, al bajar las aguas, 

quedaba el humus fértil listo para recibir las semillas; maíz, zapallo, anco, calabaza, papa y batata. 


 Todo esto confirma, lo que estos valientes y veraces hombres Emilio y Duncan afirman, es producto de una planificación avanzada.


*¿Conocen ustedes otros testimonios de estos levantamientos en sus propias tierras? 


Recordemos que “La verdadera soberanía del conocimiento se ejerce y se fortalece cuando el saber se comparte, se debate y se pone al alcance de todos para enriquecer nuestra identidad cultural.”



Por: Georgina Elena Palmeyro 

 

lunes, 14 de febrero de 2011

LA TIJERETA




Sucedió hace muchísimos años. Tupá había decidido que las almas de los que morían y que debían llegar al cielo, lo hicieran volando con unas alitas que Él enviaba a la tierra por medio de sus emisarios.

Claro que para los mortales esas alitas eran invisibles. Una vez que el alma llegaba al ibaga, Tupá destinaba esa alma a un ave que Él creaba con tal objeto, de acuerdo a las características que hubiera tenido en vida la persona a quien pertenecía.

En un pueblito guaraní vivía Eíra con su madre. Ésta, que había quedado imposibilitada, dependía para todo de su hija, que a su vez se dedicaba a atenderla y cuidarla, ganándose la vida con su trabajo.

Eíra era costurera, y para tener a mano la yetapá que tantas veces necesitaba, la llevaba colgada a la cintura, sobre su blanco delantal, por medio de un cordón oscuro. Muy trabajadora y diligente, a Eíra nunca le faltaban vestidos para confeccionar, de manera que era muy común verla con tela y tijera, cortando nuevos trabajos. Se hubiera dicho que la tijera formaba parte de ella misma.

Por la mañana, al levantarse y luego de haberse vestido, lo primero que hacía era atarla a su cintura teniéndola pronta para usarla en cualquier momento.

Viejecita y enferma como estaba, y a pesar de los cuidados que le prodigara, la madre de la laboriosa Eíra murió una noche de invierno, cuando el frío era muy intenso y el viento soplaba con fuerza. Grande fue la pena de esta hija buena, dedicada siempre y únicamente a su madre y a su trabajo. Desde ese momento quedó sólo con su tarea, a la que se entregó con más ahínco que nunca tratando de distraerse, porque su pena era muy intensa y la desgracia sufrida la había abatido de tal forma que perdió el deseo de vivir.

La tijera así suspendida acompañaba el ritmo de su paso y brillaba el reflejo de la luz, cuando la costurera se movía de un lugar a otro. No mucho tiempo después de la muerte de su madre, la dulce y sufrida costurera enfermó de tristeza y de dolor, tan gravemente que no fue posible salvarla. Eíra había sido siempre buena, excelente hija y laboriosa y diligente en sus tareas, por lo que Tupá llevó su anga al cielo. Allí creó para albergarla un pájaro de plumaje negro, con la garganta, el pecho y el vientre blancos. Omitió los matices alegres y brillantes considerando que su vida había sido humilde, opaca y oscura, aunque llena de bondad y sacrificio. Cuando Tupá hubo terminado su obra, Eíra se miró y miró a Tupá como intentando pedirle algo. El Dios bueno, que conoció su intención, dijo para animarla:

-¿Qué deseas, Eíra? ¿Qué quieres pedirme?

Conociendo la amplia bondad de Tupá, comenzó humilde y avergonzada a pedir... ¡ella que jamás había pedido nada!

-Tupá... Dios bueno que complaces a los que te aman y respetan... yo desearía...

-¿Qué es lo que quisieras, Eíra?

-Tú sabes que durante toda mi vida sólo al trabajo me dediqué y quisiera tener un recuerdo de lo que me ayudó a vivir...

-Dime, entonces... ¿qué es lo que deseas?

-Yo desearía tener una tijerita que me recordara la que tanto usé en mi vida en la tierra y que contribuyó a que sostuviera a mi madre...

Encontró Tupá muy de su agrado el pedido de la muchacha, por la intención que lo inspiraba, y tomando las plumas laterales de la cola las estiró hasta dar a la misma la apariencia de una yetapá, como lo deseara la costurera, otorgándole, además, la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, tal como hiciera durante tanto tiempo con la de metal con que cortara las telas.

Por la semejanza, precisamente, que tiene la cola de esta ave con la tijera, la llamamos tijereta.


Fuente:
http://leyendasdeamerica.blogspot.com

Imagen
blogs.clarin.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/06/la-azucena-del-bosque.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/05/el-dorado-y-el-sol.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/07/yaha-yaha.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/02/caa-yara-y-caa-yari-protectores-de-la.html

sábado, 29 de enero de 2011

ANU



ANU (An, Ann): dios del cielo. De hecho, "an" significa precisamente cielo en sumerio.

An (Anu) El rey de los dioses, cabeza de familia. Dios del paraíso y de la tierra. Dios del firmamento estrellado, el espíritu monarca de la esfera superior. Su símbolo era una estrella.

De acuerdo con la tradición sumeria, vivía en el Paraíso y hacía visitas a la tierra en épocas de crisis o en ceremoniales.

Tenía su templo en Uruk llamado E.ANNA (la casa de AN).

De su unión con Nannu tuvo a Enki, y de su unión con Ki tuvo a Enlil.

Relacionado con el dios asirio Asur o el dios filisteo Dagon. Se representa con un disco alado, que emerge de un busto humano con una taira real, doble cornamenta y cola de águila, en el acto de tensar un arco para lanzar una flecha.

Sus hijos y seguidores fueron los Anunnaki o Annuna.

Junto con Enki y Enlil forma la llamada "Tríada Sumeria" de dioses principales. Se supone que en un principio (antes de 2500 a.C.) era el dios principal, para luego ser sustituido por Enlil en este papel. Pese a esto, siempre tuvo un papel preponderante en todos los panteones como demiurgo o dios original del Universo.

Astronómicamente, estaba asociado con el "Camino o Sendero de An", región de la bóveda celeste coincidente con el Ecuador.

Posteriormente se definiría dicha región como el espacio entre los dos trópicos. Tenía asociado el número 60, cifra sagrada para los sumerios. Su ideograma en caracteres cuneiformes también servía para describir la palabra "dios", dingir en sumerio

Fuente:
Zecharia Sitchin
Imagen
http://luis-tejeiro.blogspot.com

miércoles, 19 de enero de 2011

LA EPOPEYA DE ERRA



Lamassu's at Persepolis



La epopeya empieza con la fórmula que se encuentra también en la Epopeya de Anzu: "Canto acerca del hijo del rey de todas las tierras pobladas...", un prólogo dirigido a Erra e Ishum.

Erra, "guerrero de los dioses, estaba inquieto en casa", instándole su corazón a hacer la guerra.

Erra (también conocido como Nergal) es el dios de la peste y señor de los infiernos. Tal era su reputación que en las tablillas de arcilla en forma de amuletos aparecían textos de la epopeya que se colgaban sobre los muros de las casas para evitar las enfermedades y proteger a sus moradores.

A pesar de su temperamento guerrero, Erra está preso de la fatiga y no es capaz de ponerse en acción. Les dice a sus armas "¡que sigan en el armario!". Pero estas armas -de las cuales los Sebitti, siete guerreros que marchan a su lado, son las de mayor importancia- lo hacen ponerse a la labor:

"¿Por qué permaneces en la ciudad como un débil anciano?
¿Cómo puedes estar en casa como un crío que cecea?
¿Vamos a comer el pan de las mujeres, como quien nunca ha ido al campo de batalla?
¡Ir a la batalla es tan bueno como lo es para los jóvenes una fiesta!"
Se quejan de que pronto no servirán para ir a la guerra:
"¡Y nosotros, que conocemos los pasos de montaña, ya casi hemos olvidado el camino!
Los vientres de las arañas han tejido sobre nuestra panoplia militar,
nuestros fieles arcos se han rebelado y vuelto demasiado duros para nuestra fuerza.
Las puntas afiladas de nuestras flechas se han vuelto romas.
Nuestras espadas están corroídas por el cardenillo por falta de carne."

Erra el guerrero se anima con sus palabras cuando lo halagan llamándole "el mejor óleo". Le dice a su visir Ishum que encabece la marche. Ishum hace un gesto de disconformidad, pero Erra está decidido, y se propone enfrentarse a Marduk.

Al entrar en Esagila, el templo de Marduk en Babilonia, le espeta a éste que sus adornos están sucios y su corona deslucida. Este es un ardid para irritar a Marduk.

Marduk explica que los artesanos que necesita para que le den a sus insignias su primitivo lustre están ahora en el reino de las aguas dulces bajo la tierra y que no podrán regresar.

Erra lo convence de que baje junto de ellos, prometiendo que en el ínterin gobernará y tendrá bajo su control la tierra y el cielo. Marduk, entonces, parte.

A lamassu from Khorsabad (Louvre)


En ausencia de Marduk, Erra trama devastar Babilonia, haciendo de sus ciudades un desierto, profanando sus santuarios sagrados, dejando en ruinas sus palacios reales, y sembrando conflictos entre familias.

Ishum interviene y en dos ocasiones intenta, en vano, hacer que Erra cambie de idea. En su tercer intento describe apasionadamente el efecto perverso de la asolación de Babilonia.

"El que desconoce las armas desenvaina su espada,
el que desconoce la batalla hace la guerra,
el que desconoce las alas vuela como un pájaro, el débil protege al que tiene fuerza,
el gordo sobrepasa al corredor."

Ishum informa de que el propio Marduk ha gritado "¡oh!", sobrecogiéndosele el corazón. Por toda Babilonia, en Sippar, Uruk y Der, la gente está en guerra y el país asolado.

Concluye:

"Oh, guerrero Erra, has puesto al justo ante la muerte,
has puesto al injusto ante la muerte.
Has puesto ante la muerte al hombre que te había ofendido,
has puesto ante la muerte al hombre que no te había ofendido,
has puesto ante la muerte al en que hacía ofrendas taklimu puntualmente,
has puesto ante la muerte al cortesano que servía al rey,
has puesto ante la muerte a los ancianos del pórtico,
has puesto ante la muerte a las muchachas en sus habitaciones,
sin embargo, no descansas..."

Erra está desafiante y se dirige a todos los dioses:

"¡Callaos todos y escuchad lo que tengo que decir!
¿Qué si pretendía el daño que acabo de hacer?
¡Cuando estoy furioso devasto al pueblo!"

Ishum lo tranquiliza:

"¡Guerrero, cálmate y escucha mis palabras!

¿Qué tal si fueras ahora a descansar y nos ocupáramos de ti?

¡Todos sabemos que no hay quien pueda hacerte frente en un día de ira!"

Apaciguado, Erra se retira a su templo en Kutha.

Ishum reúne a la gente dispersa de Acad, profetizándoles la victoria y la prosperidad y un momento en el que mirarán hacia atrás y recordarán la destrucción que se abatió sobre ellos.

"Durante innumerables años se cantarán las alabanzas del gran señor Nergal y del guerrero Ishum; cómo Erra se enfadó y se enfrentó con los países victoriosos y destruyó a los pueblos, pero su consejero Ishum lo apaciguó de forma que dejó un remanente"

Y Erra concluye:

"¡Que este canto se mantenga por siempre, que dure por la eternidad!
¡Que todas las naciones lo escuchen y alaben mi valor!
¡Que los pueblos vean y magnifiquen mi nombre!"

Extraído de: "Mitos mesopotámicos" de Henrietta McCall
Fotografías:
(1) Lamassu's at Persepolis
(2) A lamassu from Khorsabad (Louvre)
http://toranosisen.blogspot.com/2010/02/la-epopeya-de-erra.html

sábado, 15 de enero de 2011

POEMA DE GILGAMESH (fragmento)

Figura de Gilgamesh del palacio de Sargon II
(Museo del Louvre).


El poema de Gilgamesh corresponde a un mito sumerio elaborado en torno a la figura de un personaje, Gilgamesh de Uruk, convertido en leyenda, pero cuya historicidad es objeto de debate. Su nombre aparece en la lista real sumeria, como rey de la ciudad de Uruk (ca. 2700), en un episodio de rivalidad entre Uruk y Kish, en el marco de los conflictos entre ciudades que caracterizan al período proto-dinástico.

El texto sumerio original se conoce por una serie de tablillas halladas en Nippur y otras ciudades de la Baja Mesopotamia. Con el tiempo, el ciclo épico en torno al personaje se complicó, añadiendo otros episodios que no estaban en el original. También entre los asirios se copió y se completó el poema hasta época de Assurbanipal. El resultado fue una historia en la que el personaje vive diferentes episodios, algunos de ellos muy tardíos: Gilgamesh y Agga de Kish, Gilgamesh y el País de la Vida, La muerte de Humbaba (guardián del Bosque de los Cedros), Enkidu y los infiernos. El episodio del encuentro de Gilgamesh con el héroe del diluvio es un añadido posterior de un mito diferente en origen. (Pilar González-Conde).

Columna VI del texto babilónico.

Las lágrimas corren por la cara de Gilgamesh
(al tiempo que dice):
—« (Voy a recorrer) un camino
por el que nunca he andado.
(Voy a emprender un viaje)
desconocido para mí.
(...) Debiera estar contento,
con el corazón gozoso (...).
(Si triunfo te haré sentar en) un trono.»
Ellos le trajeron su armadura,
(...) poderosas espadas,
el arco y el carcaj,
y se lo pusieron en sus manos.
Él cogió las azuelas,
(...) su temblor,
(el arco) de Anshan;
puso la espada en su cinturón.
Podían comenzar el viaje.
La plebe se apiñaba cerca de Gilgamesh:
(—« ¿Cuánto tiempo estarás ausente de Uruk?)
¡Que puedas regresar pronto a la ciudad!»
Los ancianos le rindieron homenaje
y le dan consejos sobre el viaje:
—«No confíes, Gilgamesh, únicamente en tu fuerza;
marcha con ojo alerta ¡Ten cuidado!
Que Enkidu vaya delante de ti,
pues conoce la ruta, ha recorrido el camino
hasta el desfiladero del bosque de Huwawa.
El que va delante puede proteger a su compañero.
Prepara su viaje y sálvate así con su ayuda.
¡Que Shamash te de la victoria,
que tus ojos puedan ver
lo que tu boca ha anunciado!
Que ante ti el sendero sea llano,
que el camino se abra para que puedas pasar
y que la montaña se abra, también, a tu paso.
¡Que el dios Lugalbanda
durante la noche diga la palabra que te alegre!
¡Que no se aleje de ti, para que tu deseo se cumpla!
¡Que él restablezca tu fama como la de un joven héroe!
Después que haya muerto Huwawa, acción en la que te vas a esforzar,
¡lávate tus pies!
En tus horas de reposo nocturno, cava un pozo
para que puedas tener agua pura en tu odre.
Ofrece en honor de Shamash libaciones de agua fresca.
¡Que el dios Lugalbanda pueda guardarte tus intenciones!»
Enkidu abrió la boca y dijo a Gilgamesh:
—«Ya que has resuelto batirte, ponte en camino.
Que tu corazón no se asuste; ten confianza en mí.
Confía y sígueme, pues conozco la morada
y también los lugares que frecuenta Huwawa.»
(...)
Cuando los ancianos oyeron estas palabras
dejaron partir afuera al héroe, a su camino:
—«Ve, Gilgamesh, ojalá (...)
¡Ojalá los dioses caminen a tu lado!»


Versión de Federico Lara Peinado, El poema de Gilgamesh,
Editora Nacional, Madrid, 1980, pp. 148-149.

http://bib.cervantesvirtual.com/portal/antigua/mesopotamia_textos.shtml

Imagen
Wikipedia

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL CAMALOTE


Eichhornia crassipes, jacinto de agua común, camalote
Especie invasora de planta acuática, de la familia de las Pontederiaceae; endémica del Amazonas y de la cuenca del río Paraná.

También es usada como planta medicinal.



Ivopé, el hijo del cacique Curivai, y Atí, se casaban. Contaba ya el pretendiente con el consentimiento del padre de ella y debía cumplir, antes de realizar su propósito, la condición exigida por el cacique, siguiendo una costumbre de la raza: levantar su cabaña y tener su parcela de tierra para cultivar, a fin de poder subvenir a las necesidades de la nueva familia.

Por eso Ivopé se hallaba en plena tarea. Había cortado gruesas ramas destinadas al armazón de la vivienda y las había clavado en el suelo, en los cuatro vértices que corresponderían a un rectángulo.

Muchos troncos se amontonaban a su lado. Con ellos construiría las paredes de la cabaña, una de las cuales ya había comenzado a levantar, colocando los troncos uno al lado del otro, verticalmente. Luego los aseguraría con cañas transversales, atadas con fibras de güembé.

Una vez cumplida esta parte de la construcción, revestiría las paredes de barro, y para el techo debía hacer un armazón a dos aguas que sería recubierto con hojas de palma y paja.

Después debía pensar en el fogón, que instalaría cerca de la puerta.

Allí también pondría un mortero de madera para pisar el maíz.

Atí tejía una hamaca de algodón que colgarían en el interior de la cabaña.

Lechos formados por fuerte armazón de ramas, cubiertos con hojas de palmeras pensaba construir Ivopé una vez que terminara la vivienda.

Más de una luna le llevaría esta tarea; pero la realizaba con placer pues ésa sería su oga desde que se casara. Ese sería el hogar de su tembirecó y el de sus hijos.

La canoa, construida con el tronco de un yuchán cortado transversalmente y excavado luego, estaba en la playa, junto a las aguas del río.

A la distancia se veían varios hombres y mujeres trabajando en el campo. Unos labraban la tierra con palas de madera; otros recogían curapepé o mandi-ó.

Bajo un gran jacarandá florecido, cuyas flores de color añil, al caer, pintaban la hierba con manchas de cielo, una indiecita, sentada en el suelo, enhebraba las campanitas violadas en una delgada fibra de yuchán, y hacía collares con que adornaba su cuello y pulseras que envolvía en sus brazos.

A su lado, un indiecito de ocho años más o menos, manejaba el arco con la habilidad de un experto cazador, característica que distinguía a todos los niños de la tribu.

Bien es cierto que se trataba de un arco diferente al usado por los adultos, construido con madera más flexible y más elástica.

Era también más encorvado y de menor tamaño, unido de un extremo a otro por dos cuerdas paralelas, mantenidas a la distancia por dos palitos terminados en horquilla. Casi en el medio de las dos cuerdas, llevaba sujeta una pequeña red donde colocaban el bodoque.

Este bodoque consistía en una bola de arcilla del tamaño de una nuez, cocida al fuego. En una bolsa que tenía a su lado, había gran cantidad de esos proyectiles.

Tenían los niños guaraníes una destreza especial para utilizar esta arma. Tomaban el arco con la mano derecha, mientras con la izquierda colocaban cuatro o cinco bodoques en la red. Tendían el arco y lanzaban los proyectiles contra los pájaros que deseaban cazar y que caían en pleno vuelo, alcanzados por una lluvia de balas.

Pasó el tiempo. Ivopé y Atí tenían un niño de seis años al que llamaban Chululú.

Chululú gozaba de la predilección del cacique, su abuelo. Él le había enseñado a nadar, a manejar el arco, a dirigir una canoa, y era muy común verlos juntos en la costa, pescando con anzuelos de madera o con flechas.

Un día que la tribu se hallaba entregada a sus tareas diarias de labrar la tierra, recoger manduví, miel silvestre o judías, de hilar algodón o de tejer mantas de este material en telares rudimentarios, fueron sorprendidos por la llegada de Ñaró, que venía jadeante en busca del cacique.

Su excitación era mucha, pero el hábito de hablar con voz suave, rasgo preponderante de toda la raza y en general de los aborígenes, no le permitía gritar. Cuando estuvo al lado del jefe indígena, le informó:

-Estaba pescando en el extremo de tierra que entra en el río, cuando distinguí a lo lejos unas manchas oscuras que se acercaban. Al tenerlas un poco más cerca, he visto que son tres embarcaciones de hombres blancos...

-¿Cómo sabes que son embarcaciones de hombres blancos, si jamás han llegado hasta aquí?- preguntó el cacique dudando.

-Yo las conozco- respondió seguro Ñaró. -Yo estuve allá (señalando el sur) con los charrúas... Yo vi a los blancos apoderarse de la tierra de los charrúas...

Los que se habían acercado, al notar que sucedía algo insólito, se miraron entre sí.

Se reunieron de inmediato los principales jefes de familia y decidieron prepararse para atacar a los extranjeros que llegaban, como lo habían hecho con otras tribus, a sojuzgarlos y a apoderarse de sus tierras.

El cacique, como jefe, dio las órdenes. Los hombres dejaron sus útiles de labranza y corrieron en busca de las armas. Las mujeres y los niños se dirigieron al bosque donde estarían más seguros.

Pocos instantes después todo signo de movimiento había desaparecido del lugar. Se hubiera, dicho que era una aldea abandonada.

Cerca de la costa, detrás de los árboles y de los macizos de plantas que crecían exuberantes en esa zona tropical, se ocultaban los. guaraníes, bien armados, el oído alerta y la vista aguda en dirección al lugar donde uno e ellos, que hacía de vigía, daría el aviso del desembarco de los extranjeros.

El sol del mediodía caía a pique cuando anclaron las naves españolas. Un poco después descendían de ellas los marinos que las habían conducido.

Los indígenas miraban azorados, sin dejarse ver. Los extraños vestidos y el aspecto de los extranjeros los asombraron. El calzón corto, el jubón ajustado, la coraza y el casco refulgentes, las largas barbas, muchas de ellas de color claro, fueron motivos de inacabables y asombrosos descubrimientos.

Los españoles marchaban con cautela. Uno de ellos, al frente, observaba con atención, temiendo una desagradable sorpresa. Gente avezada y acostumbrada a estas lides, sabían a qué atenerse con respecto a los naturales. Nunca sobraban las precauciones y aunque el lugar se hallaba aparentemente deshabitado, los toldos, a lo lejos, hacían suponer lo contrario.

Cualquier ruido en la espesura, el que hacía un pájaro al levantar el vuelo, o una alimaña al arrastrarse por la hierba seca, eran motivos de prevención, temiendo, como temían, caer en una emboscada.

No era la primera vez que tenían que vérselas con los indígenas y conocían muy bien su manera de proceder.

Una flecha silbó en sus oídos. El ataque comenzaba.

Se pusieron en guardia. Prepararon sus arcabuces, tomaron puntería y dispararon sus armas parapetándose en las matas tupidas o en los troncos corpulentos que allí abundaban.

Los que habían quedado a bordo esperando este momento, se alistaron para prestar su ayuda, disponiendo los cañones a fin de hacerlos entrar en acción si la necesidad así lo requería.

Los aborígenes, aterrados ante las explosiones de las armas españolas que vomitaban fuego y proyectiles, abandonaron la lucha tratando de huir, convencidos de que, únicamente enviados de Añá, podían lanzar fuego en la forma que lo hacían los invasores.

A esto se habían agregado los cañones de las embarcaciones cuyo estampido logró aterrar a los naturales y cuyas balas, al dar muerte a varios indios, fueron razón más que eficaz para convencer a los indígenas de la superioridad extranjera, a la que no tenían más remedio que someterse.

Pronto terminó lucha tan desigual. Los expedicionarios, al mando del Capitán don Álvaro García de Zúñiga redujeron con facilidad a la población que, con el cacique, quedó a las órdenes de los jefes españoles.

La paz y la tranquilidad volvieron a reinar en la población levantada a orillas del Paraná.

Los blancos construyeron sus viviendas con troncos de árboles dotándolas en lo posible de algunas comodidades a que estaban acostumbrados.

De las embarcaciones bajaron muebles y utensilios traídos al efecto y en un tiempo relativamente corto, se instalaron en las nuevas viviendas.

Muchos de los tripulantes habían llegado con sus mujeres y sus hijos, pues la expedición traía, como principal objeto, colonizar estas tierras en nombre de los Reyes de España.

El Capitán García Zúñiga traía consigo a su única hija, María del Pilar.

La niña, que había perdido a su madre siendo muy pequeña, y que contaba entonces quince años, acompañaba en las expediciones a su padre, cuando las circunstancias lo permitían.

Rubia, de grandes ojos azules y de piel blanca como los pétalos de los jazmines, la niña ofrecía un vivo contraste con las jóvenes indias de piel cobriza, rasgados ojos negros y cabello lacio y renegrido.

Alegre, dulce, y sencilla, unía a su carácter afable una inclinación natural para hacer el bien a todo el que lo necesitare, sin tener en cuenta tiempo ni circunstancias.

Quería mucho a los niños y en la población indígena llegó a ser la inseparable compañera de los indiecitos, a los que enseñaba su lengua, les refería cuentos fantásticos valiéndose de gestos y de palabras sencillas, y los instruía sobre las más elementales costumbres higiénicas, haciendo para ellos vestidos apropiados y regalándoles objetos útiles que causaban la admiración de los pequeños.

Con frecuencia se la veía rodeada de su corte infantil dando paseos por el bosque, donde recogían frutos sabrosos de ñangapirí y de guaviyú que colocaban en cestos tejidos por ellos mismos con fibras de yuchán, o llenaban cántaros de barro con miel silvestre, que los mayores conseguían trepando a los árboles con agilidad y destreza.

Otras veces los paseos eran a la playa. Siendo los guaraníes un pueblo de eximios nadadores, desde pequeños se lanzaban al agua con la mayor naturalidad recorriendo largas distancias sin grandes esfuerzos.

No era raro ver a María del Pilar bajo la sombra de algún árbol corpulento, sentada en la hierba, acompañada por los pequeños indígenas que, ubicados en rueda, escuchaban su voz dulce y su palabra cada día más familiar. Repetían vocablos nuevos y aprendían a conocer a Dios y a los Santos.

Los indiecitos la adoraban y demostraban su cariño ofreciéndoles los más simples y originales presentes: una florecilla perfumada, un pajarito de vistoso plumaje, un caracol, un fruto sabroso y hasta un diminuto caí que le regalara Amangá, ya mayorcito, conseguido por él mismo en la selva, durante una excursión que hiciera con su padre.

Estás ofrendas espontáneas, que eran el orgullo de María del Pilar, enternecían a la jovencita, que las retribuía con una caricia acompañada con amables palabras de agradecimiento.

Conocía la niña, por haberlo necesitado muchas veces en su largo peregrinar con su padre, el uso de muchas medicinas, por lo que no era raro verla acudir al lado de los enfermos, a los que trataba de aliviar en sus dolores.

Su padre la admiraba sintiéndose orgulloso de tener una hija así, tan bondadosa y adornada con las mejores virtudes que le resultaba la más eficaz colaboradora en la empresa que tenía entre manos. Le recordaba a su esposa muerta, de quien María del Pilar había heredado tan bellas prendas.

Hacía más de un año que los españoles llegaran a la aldea indígena estableciéndose en ella.

El verano era sofocante. Los días hermosos, bajo un sol de fuego, eran especiales para estar v en el agua, y los niños no desperdiciaban oportunidad de hacerlo.

Entonces la playa se poblaba de gritos y de algazara. María del Pilar festejaba las travesuras de sus amiguitos y unía su alegría a la de ellos.

Ese día un sol abrasador calcinaba la tierra. Las aguas del río, transparentes y calmas, reflejaban el celeste maravilloso del cielo y la exuberante vegetación de las orillas, como un gran espejo puesto por la naturaleza para reproducir tanta belleza.

De vez en cuando, un pajarillo, al rozar con sus alas las aguas quietas, imprimía a esas aguas un movimiento que se traducía en ondas concéntricas cada vez de mayor tamaño que terminaban por perderse, devolviendo al río su estática quietud.

Nunca mejor oportunidad para darse un chapuzón y gozar de la frescura de las aguas que ese día sofocante.

Así lo pensó también un grupo de niños que llegó dispuesto a arrojarse al río.

No lejos de ese lugar, cobijada de los fuertes rayos del sol por el tupido follaje de un corpulento aguaribay, María del Pilar, que se entretenía cosiendo, los vio llegar.

Como que provenían de una raza de excelentes nadadores, los pequeños se movían en el agua como los mismos peces: zambullían, chapoteaban, hacían mil piruetas que provocaban la risa de la bella española, siempre dispuesta a festejar las ocurrencias de sus amiguitos.

Estaba entre ellos y era uno de los más audaces, Chululú, el nieto del cacique Curivai, que contaba siete años.

A pesar de su corta edad, Chululú ya había dado pruebas de ser un habilísimo nadador. Para él no había profundidades ni distancias. Por eso era él quien se alejaba más de la costa y el que mejor conocía los secretos del río.

Ese día, como siempre, con brazadas seguras y movimientos precisos de su cuerpo ágil, Chululú se separó de sus compañeros nadando hacia el centro del río.

La calma era total. El Paraná, tranquilo, se dejaba invadir por el grupo de niños proporcionándoles momentos de esparcimiento. De pronto el aire trajo el pedido angustioso de:

-¡Socorro! , ¡Por favor! ¡Me ahogo...! ¡Socorro...!

Era Chululú que se debatía en las aguas al tiempo que repetía sin cesar:
-¡Socorro...! ¡Me ahogo!

Los niños, incapaces de prestar ayuda, gritaron también. María del Pilar los oyó. Nadie más que ella se encontraba por los alrededores.

Nadie más que ella podía salvar al pequeño Chululú en peligro, y sin hesitar un segundo, se quitó la amplia falda, la bata y los botines que dificultarían sus movimientos y se lanzó al agua tratando de alcanzar cuanto antes el lugar donde se hallaba el pequeño nadador en apurado trance.

Ella también sabia nadar muy bien y no le seria difícil llegar. Pronto estuvo junto al niño. Trató de tomarlo por el cuello tal como su padre le había enseñado; pero no le fue posible. La ansiedad hizo presa de ella. Chululú perdía fuerzas y ya le resultaba casi imposible mantenerse a flote.

Desesperada, María del Pilar volvió a intentar acercarse al niño que parecía estar cada vez más lejos, y tomarlo pasando su brazo por debajo de su mentón, pero nuevamente comprendió que sus esfuerzos eran inútiles.

Los otros niños, mientras tanto, habían salido del agua. Algunos habían corrido hasta la aldea para avisar sobre lo que ocurría a Chululú. Los otros, miraban azorados desde la playa.

Varias mujeres aparecieron y una de ellas corrió avisar a los hombres que se hallaban en el bosque.

Entre ellos se encontraba el cacique que, enterado del peligro que corrían la valiente jovencita española y su nieto, corrió a la costa del río y se arrojó él también para salvar a los dos. Buen nadador como era, no le sería difícil llegar hasta ellos, aunque ahora se hallaban más alejados, como si la corriente los arrastrara hacia el centro del río.

María del Pilar y Chululú aparecían y desaparecían, por momentos a pesar de los esfuerzos que ambos hacían por mantenerse a flote.

Cuando la valiente española vio que el cacique, con brazadas seguras se acercaba, tomó confianza y con palabras cariñosas trató de infundirla al pequeño que se sentía morir. En ello estaba, cuando las aguas traicioneras, con movimiento envolvente, la atrajeron a su seno y la niña no volvió a reaparecer.

Cuando llegó el cacique al lugar donde su nieto se debatía desesperado, la niña había desaparecido por completo. Otros nadadores que se habían arrojado al agua, buscaron afanosos a María del Pilar; pero todo fue inútil. El río guardaba celoso la presa lograda después de una lucha tan tenaz.

La última visión que tuvieron de ella, fueron sus grandes ojos azules buscando desesperados el socorro que no terminaba de llegar. El cacique, que había conseguido rescatar a su nieto de las aguas traicioneras, lo tendió en la playa para que se recuperara. El pobre niño, con voz desfallecida, balbuceaba: ¡María del Pilar...! ¡María del Pilar...!

Pero su gran amiga, la amiga de todos los niños de la tribu, había desaparecido para siempre.

Una pena muy grande alcanzó a todos, poniendo en sus semblantes una expresión de infinita tristeza por la pérdida de la bondadosa y dulce María del Pilar. Tanto lamentaron los aborígenes su desaparición, tan intenso fue su dolor, que sin duda algún genio bondadoso se compadeció de ellos. Deseando que fuera eterna la presencia de la extranjera, que desde su llegada sólo había sembrado cariño y bondad, transformó su cuerpo muerto en una planta acuática que desde entonces se desliza por la superficie bruñida de las aguas del Paraná. Volvió a nacer, allí donde había perdido su vida humana, repartiéndose luego por los ríos y arroyos de nuestro país.

A esa planta que nosotros llamamos camalote, los guaraníes pusieron de nombre aguapé, y es un hermoso exponente de nuestra flora acuática.

Su mayor belleza reside en sus flores que surgen de entre el tupido follaje como racimos de estrellas celestes aliladas, como celestes eran los hermosos ojos buenos de María del Pilar.

Son esas flores las que simbolizan la singular belleza y la bondad sin límites de la niña española que con su dulzura infinita supo atraer a los aborígenes con mayor eficacia que la lograda con las espadas de los audaces conquistadores hispanos.

Vocabulario

IVOPÉ: Algarrobo
ATÍ: Gaviota
OGA: Casa
TEMBIRECÓ: Esposa
CURAPEPÉ: Zapallo
MANDI-Ó: Mandioca
YUCHÁN: Palo Borracho
MANDUVÍ: Pino
ÑARÓ: Bravo
CHULULÚ: Chorlito
ÑANGAPIRÍ: Nombre de un árbol
GUAVIYÚ: Nombre de un árbol
CA-Í: Monito
AMANGÁ: Hongo
AGUARIBAY: Molle
GÜEMBÉ: Planta parásita salvaje. La corteza de la raíz se usa para hacer cordeles.
AÑÁ: El demonio


Leyenda Guaraní

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
http://www.redargentina.com/leyendas/leyendadelcamalote.asp

Imagen: desdeunlugarmejor.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/04/el-camalote.html

viernes, 15 de octubre de 2010

EL CARAU

Nombre cientifico: Aramus guarauna
Nombre Vulgar: Caraú
Foto: Pablo M. Morales




Carau es el nombre onomatopéyico de un ave zancuda, de plumaje negro, de vuelo torpe, que habita en lagunas, esteros y bañados correntinos. Como su nombre lo indica su característica es su grito que lo emite casi toda la noche o ante la proximidad de algún extraño a la comunidad en que vive.

Cuenta la leyenda que Carau fue un muchacho apuesto y muy buen bailarín, aparte de guitarrero y cantor, que vivía en compañía de su madre, para quien eran todos sus cuidados y desvelos. Pero cierta vez que ella enfermó seriamente, Carau agotó sus esfuerzos para atenderla con medicación casera, y al no tener mejoría resolvió marchar al atardecer hacia el pueblo más próximo, distante varias leguas del rancho.

En el camino encontró un baile, donde se acercó por curiosidad, pero enseguida se confundió con los bailarines, atraído por una muchacha muy agraciada, que a su vez coqueteaba con él, teniendo en cuenta que sobresalía entre todos, por su postura y elegancia. Olvidando por completo la enfermedad de su madre, continuó bailando toda la noche hasta que de madrugada un amigo le trajo la noticia que su madre había muerto.

...¡NO IMPORTA MI BUEN AMIGO - respondió Carau - hay tiempo para llorar!

Sin embargo, atormentado por el remordimiento salió del baile para hacerse cargo de su madre muerta.

Cuenta la leyenda que durante mucho tiempo peregrinó por el pago sin hallar consuelo.

La ropa oscura que usaba, desgastada y desteñida por el tiempo y la intemperie se hizo trizas transformándose después en plumas, los brazos se volvieron alas y el cuerpo adquirió la forma de un ave.

Se largó a vivir y llorar por los esteros.

Cuenta la leyenda que la muchacha que lo retuvo en el baile, también se convirtió en ave, tomando la forma de la pollona, y lo acompaña al Carau en su constante peregrinar.

sábado, 4 de septiembre de 2010

LA HISTORIA DEL PRÍNCIPE


Continuación de:
EL PRÍNCIPE PREDESTINADO A LA MUERTE
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/09/el-principe-predestinado-la-muerte.html



Al saber el rey que uno de los jóvenes había conseguido superar la prueba, inquirió ante todo de qué príncipe se trataba.

El mensajero respondió: "El vencedor no es un príncipe, sino el hijo de un oficial egipcio a quien su madrastra ha expulsado de la casa paterna". El rey exclamó indignado entonces:

"¡Cómo voy a dar mi hija a un fugitivo egipcio! ¡Devolvedle a su país!"

Pero cuando los mensajeros quisieron obligar al joven a marcharse, la princesa se abrazó a él sollozando: "¡Por Ra-Harakte! Si me lo quitáis, no comeré ni beberé nunca más.
Me dejaré morir".

Al enterarse de ello, el soberano ordenó a sus soldados que ejecutasen al joven en presencia de la princesa.

Pero ella exclamó decidida:

"Si le matáis, me mataré yo también antes que se ponga el sol. No quiero sobrevivirle”.

En vista de ello, el rey se vio obligado a otorgar su consentimiento para el matrimonio.

El príncipe de Egipto se desposó con la bella princesa y el padre de ésta ofreció a la pareja un palacio, esclavos, tierras y otros muchos obsequios.

Después de la boda, el príncipe reveló el secreto de su vida a su joven esposa:

"Estoy sentenciado a morir víctima de un cocodrilo, una serpiente o un perro".

"Entonces —replicó la princesa—, ¿por qué conservas siempre contigo a tu perro?
¡Mátale!"

"No —respondió el príncipe—, no quiero matar al fiel perro que me regaló mi padre cuando era todavía un cachorrillo."

Pero desde aquel día la princesa sufrió constantemente por su marido y no le abandonaba un solo momento.

Pasado algún tiempo, regresó a Egipto con su joven esposa.

El perro del príncipe les acompañaba.

Una tarde en que el príncipe quedó dormido, una enorme serpiente entró en su habitación con ánimos de atacarle, pero la esposa despertó y ordenó a sus servidores que trajeran una vasija llena de leche para el reptil; bebió tanta, que al cabo ya no pudo moverse y la princesa la mató con un puñal.

En seguida despertó a su marido, que se admiró al ver el cadáver de la serpiente junto a él.
Su enamorada esposa exclamaba:

"Los dioses te han hecho más fuerte que uno de sus decretos de muerte, y del mismo modo ocurrirá con los otros".

La princesa ensalzó las divinidades y les ofreció presentes.

En otra ocasión, el príncipe paseaba por sus tierras con su fiel perro. De repente, éste sorprendió unas piezas de caza y se lanzó en su persecución, seguido del príncipe.

Corriendo, llegaron hasta las orillas del Nilo, donde un enorme cocodrilo devoró al príncipe mientras una voz resonaba:

"Yo soy el destino fatal que te persigue..."


El papiro no dice más, por lo que nunca sabremos de qué modo escapó el príncipe a su trágico destino, pues es indudable que el relato tiene un desenlace feliz.








viernes, 3 de septiembre de 2010

EL PRÍNCIPE PREDESTINADO A LA MUERTE


Este relato es originario de Mesopotamia, en la época que los egipcios comenzaron a conocerla en esta época gracias a las expediciones de Tutmosis III.

Mesopotamia llegó a ser un país de leyenda, como lo fue la India para los hombres del siglo XVI.

Había una vez en Egipto un rey que no tenía hijos y rogó entristecido a los dioses que le concedieran alguno. Al cabo de algún tiempo, éstos atendieron su ruego; luego enviaron tres hadas que contemplando al niño en la cuna decidieron su destino:
"Morirá víctima de un cocodrilo, de una serpiente o de un perro".

Cuando el rey oyó la predicción, sintió temor por su hijo y decidió llevarlo a un lugar donde no pudiera sucederle nada de lo predicho. Hizo construir para ello una fortaleza en pleno desierto y encargó a algunos servidores de confianza que cuidaran que el príncipe no abandonara el castillo; así fue creciendo con toda normalidad y seguridad en el desierto.

Pero un día, el joven divisó a un hombre seguido de un galgo y preguntó a uno de los servidores:

-"¿Qué animal es ese que corre por el camino detrás del hombre?"

-"Es un galgo", respondió el servidor.

El muchacho dijo entonces: -"Haz de manera que yo pueda tener uno".

El servidor acudió al rey y le expuso el deseo del príncipe.

El monarca le respondió: "Busca un perrillo y llévaselo a mi hijo, para que su corazón no entristezca de pena". Y el príncipe recibió un cachorrillo, que fue creciendo a su vera.

Pero cuando el muchacho alcanzó su mayoría de edad, se cansó de vivir encerrado en su maravillosa mansión y mandó un mensajero con esta misiva dirigida a su padre:

-"¿Por qué me encierras aquí? Mi destino está ya señalado por las hadas.
¡Déjame, al menos, gozar un poco de la vida!
¡Los dioses obran como bien les place
!"

El rey accedió al deseo de su hijo, le dio un caballo, un carro y toda clase de armas y le dijo:

- "¡Ve adonde quieras!"

- El príncipe se dirigió primeramente hacia la frontera oriental del imperio y de allí, a través del desierto, hacia el norte, seguido siempre de su fiel can.




Por fin, llegó a Mesopotamia.

El soberano que reinaba en el país tenía una hija única de radiante belleza, para la que había mandado construir un palacio sobre una roca escarpada, a una altura de cincuenta metros.

Después había convocado a todos los príncipes de Siria y les había hablado así:
-"Quien sea capaz de llegar hasta la ventana de mi hija, la recibirá en matrimonio".

Todos los príncipes habían levantado sus tiendas de campaña en los alrededores del castillo de la bella princesa, intentando escalar hasta la ventana. Pero ninguno pudo llegar hasta allí: la roca era demasiado alta y escarpada.

Un día, mientras intentaban probar fortuna como de ordinario, llegó allí nuestro príncipe de Egipto, caballero en su corcel y seguido de su fiel perro.

Los príncipes saludaron al apuesto doncel y le preguntaron de dónde venía. Como no quería ser descubierto, respondió:
-"Soy el hijo de un oficial egipcio. Mi madre ha muerto y mi padre se ha vuelto a casar. Mi madrastra me odia y me ha obligado a abandonar la casa".

Los príncipes le invitaron a quedarse con ellos y le contaron por qué intentaban escalar la roca.

Al oír estas palabras, el extranjero quiso probar fortuna y, ¡oh, maravilla!, llegó hasta la ventana de la princesa, que al verle quedó tan enamorada del apuesto joven, que le abrazó y le colmó de besos.

Continúa en:

sábado, 8 de agosto de 2009

LOS NAGARAJA

Nagaradja (Lhudjal)
El Rey Serpiente y el Maestro de Tantra


Muchos rumores se extienden acerca del origen de estos Vástagos, la mayoría de ellos relacionan su creación con el Tal'Mahe'Ra, o como se les conoce ahora, la Verdadera Mano Negra, y con los actos de tradición de los Euthanatos.

La mayoría de ellos sitúan a los Nagaraja en una posición de servidumbre total a la secta y a su línea de sangre.

Nada mas lejos de la realidad para los miembros de esta pequeña y poco conocida línea de sangre, pero quizás quieran guardar la verdad para si mismos.

La línea de sangre se creo mucho antes de lo que la gente piensa.

Los Nagaraja son una de las ramas de la estirpe más antiguas, solo superadas en antigüedad por los Seguidores de Set, los Baali y los ahora casi extinguidos Hijos de Osiris.

Las primeras noticias que se tienen de los Nagaraja se remontan a alrededor del año 3000 a.C., en la antigua ciudad de Mohenjodaro, en lo que ahora se conoce como la India. Hay un extraño paralelismo entre la llegada a la estirpe de los Nagaraja y la de los Tremere.

Los Nagaraja era originariamente una Casa de Magos.

Las Tradiciones y las Esferas aun no se habían constituido; su magia reflejaba sus creencias; la Casa estaba obsesionada con cruzar las barreras entre los reinos de la vida y la muerte, y habían obtenido cierto éxito mediante la Magia Vulgar. Interactuaron con los muertos mucho antes que otros y adquirieron cierto conocimiento sobre la verdadera forma del Mas Allá y de la muerte.

Pero como todos los Magos, seguían siendo mortales, y pese a que podían prolongar sus vidas, siempre estarían dentro del círculo de la Entropía.

Pese a que sabían que podían convertirse en Wraiths o ser destruidos por el Olvido, eso no les aseguraba nada, y sus estudios sobre el más allá podían sufrir un parón, o llevarles a permanecer encerrados en otros cuerpos.

Los Nagaraja, como los Tremere, ansiaban la inmortalidad para mantenerse alejados del peligro del Olvido, y les fue proporcionada…

Ashur, mas tarde Cappadocius, habia estado largo tiempo buscando el conocimiento de la muerte, el alma y el mas allá. Encontró a los Nagaraja en uno de sus viajes hacia la India, y tras hablar con ellos pensó que había encontrado parte de las respuestas a su odisea. Dio su vitae a los Magos, el regalo de la inmortalidad, a cambio de sus conocimientos. Pero los Nagaraja no cumplieron del todo su parte del trato, dando solo respuestas criticas e incompletas a las preguntas de Ashur, medias verdades y medias mentiras, sabiendo que su supervivencia como grupo podía depender de mantener sus secretos.

Ashur les dejó, satisfecho con lo que le habían enseñado, sin saber que la aplicación de esos conocimientos iba a suponer su muerte con la creación del clan Giovanni.

Los Magos comenzaron a alterar la sangre que les había dado Ashur para poder utilizarla en sus planes, intentando escapar al Olvido como destrucción final, y lo lograron.

El líder de los Nagaraja se convirtió en el primer vástago de esta línea de sangre.

Pero la inmortalidad vampírica se cobro un precio, pues al sentirse libres del Olvido, se volvieron orgullosos e intentaron usar sus conocimientos de esta fuerza y del Mas allá en su disciplina de Nihilistica. De nuevo tuvieron éxito hasta cierto punto, pues la unión del Olvido, una fuerza voraz, y la disciplina tuvo un alto precio para los recién creados vástagos.

Al usar el Olvido en su disciplina, esta fuerza logro comerles un poco del terreno que creían que le habían ganado.

Cuanto más usaban la fuerza de la Entropía en su disciplina, mas se veían dominados por ella, hasta que esta fuerza comenzó a alimentarse de sus cuerpos. Sobrecargados con la entropía, comenzaron a debilitarse mientras esta les consumía. En esencia eran canales andantes de Olvido en la tierra de los vivos, y pese a que este no podía destruirles, les hacia presa fácil para sus enemigos.

Descubrieron que tenían que consumir más y más carne de otras criaturas de la tierra de los vivos para verse libres del Olvido. Y a pesar de creer haber encontrado la solución, se dieron cuenta con el paso de los siglos de que su apariencia era la de seres casi momificados mientras la entropía actuaba.

Con la edad, mientras el Olvido les robaba su apariencia humana, descubrieron que su ansia de carne aumentaba, pero ya no solo de carne humana, sino también de otras criaturas despertadas.

Así tuvieron que fundar muchos cultos oscuros, para mantener su influencia en las ciudades y procurarse un sustento de carne. Fue alrededor de este momento cuando tomaron el nombre de Nagaraja.

La traducción de Naga y Raja separadamente puede significar varias cosas, pero juntas significa "cobra real" (N. del T.: es decir, áspid, además ni "naga" ni "raja" significan nada, pero "naja" si que significa "cobra"), una de las serpientes mas peligrosas del mundo, y capaz de matar a alguien con una simple picadura.

Lo vieron un buen nombre para ellos, pues inspiraba temor. Tuvieron el control de la población, temerosa por su vida, sus almas y sus espíritus ancestrales durante más de mil años.

Pero nada es para siempre. En el 600 a. C. La ciudad de Mohenjodaro fue destruida. La historia de la humanidad culpa a los invasores Arios de su destrucción, así como de la destrucción de la ciudad de Harappa.

Quizá es mejor que los humanos crean esto, pero las ciudades fueron destruidas por los clanes invasores que ansiaban su control.

Para librarse del mayor numero de cainitas invasores posible, los Nagaraja, en un esfuerzo de poder y agrupados por el Primero de su progenie, sacrificaron la ciudad, destruyendo a la mayoría de sus habitantes.

Sabían que la ciudad resurgiría desde el submundo con la energía que le proporcionarían las almas de los invasores.

Así los Nagaraja se retiraron al submundo, con el Primero y mas poderoso de entre ellos caído en letargo para recuperar el poder gastado en la destrucción de la ciudad, y el resto viviendo en la nueva ciudad, abandonándola solo para recoger la carne que necesitaban.

A pesar de que las guerras y los acontecimientos se desarrollaban en la tierra de los vivos, supieron que la hora de tomar de nuevo el control llegaría cuando el Primero de entre ellos se levantara de nuevo.

Mientras permanecían en el submundo, encontraron a Inauhaten la Momia, mientras su esencia se preparaba para su próxima reencarnación. Los fragmentos de su alma hablaron a los Nagaraja, revelándoles la existencia de la Verdadera Mano Negra, así como el poder que podrían conseguir si se unían a la secta.

Un pequeño número de Nagaraja se unió a la Verdadera Mano Negra, y como signo de voluntad, Inauhaten les enseño el arte de la Nigromancia.

A cambio, los jóvenes Nagaraja juraron obediencia a la Verdadera Mano Negra.

No todos se unieron, de hecho, solo unos pocos lo hicieron, pues la mayoría sabían que la secta mantendría un reinado sobre ellos que les aprisionaría.

Los que no se unieron a la Mano, permanecieron en Mohenjodaro, en el submundo, en la India, rebajando para que las cosas siguieran su curso.

Solo a veces regresaron los Nagaraja de la Mano con sabiduría que compartir, y enseñaron a los que permanecieron en el submundo el poder de la Nigromancia, que poco a poco iba siendo adoptada por la mayoría de los Nagaraja, mientras la Fortaleza comenzaba su declive.

Los Nagaraja siguen esperando despertar, y arrebatar el control de la India a las fuerzas invasoras, amasando poder y recabando contactos en el submundo hasta que puedan aniquilar a los que les expulsaron de la tierra de los vivos.

Muchos esperan poder contar con la ayuda de los Nagaraja que fueron abrazados luego, y que no son de su país, y asimismo, muchos Nagaraja de la Mano esperan contar con su ayuda, para seguir explorando los límites de la otra vida.

Se les conoce con otros apodos: Caníbales, Comedores de carne, Liches.


Fuente
http://www.bibliotecadecartago.es

Imagen
iol.ie

lunes, 13 de julio de 2009

SIN


Cilindro-sello sumerio que aparentemente representa constelaciones zodiacales: de izquierda a derecha, Urgula, Pabilsag, Anunitu, Shamash/Utu (con un cuchillo en la mano), Simmah (la Golondrina), Ea/Enki y su ministro, Isimud.


SIN (Nanna o Nannar): dios de la Luna.

Junto con Shamash e Ishtar, miembro de la "Tríada semita" de dioses con relaciones celestes que se incorporó al panteón mesopotámico desde el Periodo Acadio.

Tradicionalmente adorado en la antigua ciudad de Ur.

También aparece bajo el nombre de Zuen. Se le representaba mediante un creciente lunar y su número era el 30.



Imagen
astrosurf.com
http://www.uned.es


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http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/07/ea.html

domingo, 12 de julio de 2009

EA

Enkei aka Da.
Príncipe Nudimmud de Eridu también conocido como Mazda, también conocido como Ea, alias Mazdoa, alias Samael. El Gran Pastor


EA (Enki): dios de la sabiduría, las artes y el "Abzu", región de aguas subterráneas que según los sumerios se encontraban debajo de la tierra firme y eran el origen de todas las cosas.

En general, también era el señor del agua y la fertilidad, de los mares profundos y de los barcos.

Junto con Anu y Enlil formaba la "Tríada Sumeria" de dioses principales.

Enki hijo de ANU, también llamado NIN.IGI.KU, Señor brillo Rojo.

Tradicionalmente considerado como protector de la humanidad, es él quien avisa a Atrahasis (el Utanapishtim sumerio que dio origen al mito del Noé bíblico) para que construya un barco y salve a su familia y a todos animales de la Tierra del inminente diluvio de Enlil.

Astronómicamente estaba asociado con las constelaciones de Acuario y Capricornio, así como con el "Sendero de Ea", región del cielo al sur del ecuador celeste, posteriormente identificada con el Trópico de Capricornio.

El centro de su culto estaba localizado en Eridu, hogar de ir desde lejos.

En la iconografía tradicional era representado por una cabra-pez o por una figura masculina portando o vertiendo agua.

Su número era el 40.

Imagen
freepages.religions.rootsweb.ancestry.com

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sábado, 11 de julio de 2009

ENLIL

Ekur de Enlil en Nippur

ENLIL: dios supremo del panteón sumerio-acadio, es el creador de la humanidad. Sus poderes y competencias específicos cambiaron mucho con el tiempo. Sustituyó a Anu, dios del cielo, como deidad suprema, al ser un dios más "cercano" para la gente. Pese a ser su creador, es él quien ordena un diluvio para acabar con la humanidad.

Astronómicamente era asociado con el "Camino de Enlil", región del cielo al norte del ecuador celeste, a veces coincidente con el Trópico de Cáncer. También se le relacionó con las Pléyades (Mul-mul, en sumerio) y con el planeta Júpiter. En algunos lugares era conocido como Ellil. Posteriormente sería asimilado por el dios de Babilonia, Marduk. Era representado mediante una corona sobre un altar o por siete estrellas (las Pléyades). Su número era el 50. Tradicionalmente, el centro de su culto era Nippur, donde estaba el E-kur, el principal templo a él dedicado.

Imagen
historiaantigua.es

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jueves, 9 de julio de 2009

GILGAMESH


Gilgamesh o Gilgamés, también conocido como Istubar, es un personaje legendario de la mitología sumeria.

Según el documento llamado lista Real Sumeria, fue el quinto rey de Uruk hacia el año 2650 a. C. y protagonista del Poema de Gilgamesh, también llamada La Epopeya de Gilgamesh en la que se cuentan sus aventuras y búsqueda de la inmortalidad junto a su amigo Enkidu (Enkidu fue creado por Aruru por petición de Anu que oía las quejas de la gente sobre Gilgamesh y ésta le dijo a Aruru que creara un ser tan fuerte como Gilgamesh, hijo de la diosa Ninsun y un sacerdote llamado Lillah. Gilgamesh, al enterarse de la existencia de Enkidu, envió a una prostituta sagrada llamada Shamhat, que pasó seis días y siete noches haciendo el amor con Enkidu para convencerle de que era mejor una vida sabia y social que una vida de soledad y brutalidad en el bosque).

La mitología cuenta que Gilgamesh fue un rey déspota que reinó en Babilonia en la ciudad de Uruk (actual Warqa, en Irak).

En la Biblia se hace referencia a esta ciudad con el nombre de Erech. Fonéticamente, su evolución puede haber dado el nombre a Iraq.

Según la lista de reyes de sumeria, el padre de Gilgamesh y predecesor en el trono fue Lugalbanda.

La leyenda decía, además, que su madre era la diosa Ninsun.

A Gilgamesh le sucedió en el trono su hijo Ur-Nungal, que gobernó durante 30 años.

Imagen
clt.astate.edu

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martes, 23 de junio de 2009

DUMUZI

Macho cabrío, quizás en representación de Dumuzi
British Museum

Dumuzi o Tammuz (semidios)

El pastor, es hijo de Enki y de Sirtur. Le ponen a cargo de establos y rebaños; tiene un palacio en Kur. Acaba convirtiéndose en el dios de la ultratumba. Es el marido de Inanna.

En vida fue el rey pastor de Uruk. El dios Utu intenta enlazarlo a Inanna pero ella lo rechaza inicialmente. El le intenta convencer asegurándole que sus ascendentes son tan buenos como los suyos, y con el tiempo ella empieza a desearlo. Los dos consuman su relación y en su fertilidad, las plantas y los granos crecen, fertilizando los campos y propiciando las cosechas, después de yacer con él, Inanna se declara como su líder en las batallas y toma sus obligaciones sentándose en el trono y guiando la trayectoria de las armas.

A requerimiento de Ninshubur, ella protagoniza “el descenso de Inanna al inframundo”, quedando recluida allí, en su rescate de las profundidades del infierno Dumuzi , su marido, es perseguido por los demonios del galla, a los cuales logra eludir por un tiempo con la ayuda de Utu. Lo acaban capturando inicialmente; sin embargo lo libera parcialmente su hermana Geshtinanna, logrando salvar a su vez a Inanna de las huestes del inframundo, pero pagando un alto precio, por lo que ha de residir allí la mitad del año, a cambio, su hermana lo hará la otra mitad, representando con esto el cambio estacional; también al verse liberado temporalmente del inframundo, Dumuzi, cada año consuma la unión con su mujer Inanna, dando prosperidad y riqueza a su país. Dumuzi suele representarse como un macho cabrío en representación a la fertilidad reflejada en su unión con Inanna.

Esta dualidad como dios de la ultratumba y de fertilidad, muestra los diferentes estadios que puede adquirir un dios en el panteón sumerio, desde un dios misericordioso que propicia las cosechas, a otro de ultratumba que favorece la escasez.

Fuente

http://www.historiaantigua.es/sumer/tradicionreligiosa/tradicionreligiosa.html
http://www.astrosurf.com/aagc/gt_historia_constelaciones/mitolmesop.htm

Imagen
historiaantigua.es

Nota

TAMMUZ (Dumuzi): dios de la fertilidad y la regeneración.

Es el origen del mito del Adonis griego. Dumuzi es el esposo de Inanna, y muere en su viaje al Inframundo.

Su centro de culto principal fue en un principio la ciudad sumeria de Uruk.

Tammuz es la forma semita de su nombre, con la cual es mencionado en la Biblia.

El cuarto mes del calendario babilónico, Du'uzu o Duzu (junio-julio), lleva su nombre.

La constelación Luhunga ("el aparcero", "el campesino", equivalente a nuestro Aries) aparentemente representa a este dios en el firmamento.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/inanna.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2011/02/inanna-y-ereshkigal.html

lunes, 6 de abril de 2009

IOBEC MAPIC



Nombre dado por los mocovíes a una planta de la familia de los helechos, y que significa árbol de la sal.

El cacique José Manito, de El Pastoril, contó su leyenda a Lázaro Flury:

"Cierta vez Cotáa (Dios) condolido por la triste vida de los hombres del Chaco, quiso darles un árbol, cuyo jugo serviría como alimento a los hambrientos y apagaría la sed de los sitibundos."

"Pero cuando la concluyó, Neepec (el diablo) le arrojó encima una urna llena de lágrimas. Y la planta en vez de dulce ambrosía, como quiso Cotáa, dio a quienes la buscaron un zumo áspero y salobre.

Cuando Cotaá volvió y vio la obra del maldito dijo:

"-Tu maldad será trocada en bonanza. Esta planta será buena. Servirá para salar los venados y guasunchos y con la sal de las lágrimas endulzará los alimentos. Y los hombres la usarán eternamente...”

Y desde entonces apareció en el Chaco el árbol de la sal."


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/12/el-arbol-de-la-sal.html

sábado, 28 de marzo de 2009

INANNA

La diosa sumeria Inanna
Museo Británico


Celeste reina de los Cielos, La Gran Madre y diosa del amor y de la guerra, de la fertilidad, esposa del dios de dioses del antiguo país de Sumeria, Damuzi Tammuz.

Inanna representa el arquetipo de la Diosa madre

Esta reina iracunda y soberbia que no estando contenta con su función de reina de los Cielos también la quiso ser de los infiernos, y por eso deseó arrebatarle a su hermana Ereskigal, su mortal enemiga el gobierno del reino de los muertos.

De esta manera bajo al reino del que nadie vuelve nunca jamás.

Cuando su hermana Ereskigal supo cual era el deseo de su hermana llamando a su portero Neti le instruyó que fuera abriendo cada una de las 7 puertas del infierno para que pasara su hermana, pero que en cada puerta la fueran despojando de cada una de sus vestiduras.

Cuando así lo hizo e Inanna preguntó:

-¿Porqué por favor hacéis esto?-

-Le contestaban, calla Inanna, las leyes del imperio de las sombras son perfectas.

Protestó mucho pero por fin cuando compareció, desnuda y arrodillada, ante la Soberana del Infierno, que se sentaba en el magnífico trono de su palacio y rodeada por 7 Anunnaki, los jueces del reino de los muertos.

En ese momento su hermana, dirigió su mirada hacia ella, la mirada de la muerte; pronunció la palabra mágica, el grito de condenación contra ella.

La mujer enferma se convirtió en cadáver.

Éste fue colgado de un clavo.

Cuando al cabo de 3 días y 3 noches que Inanna no regresaba, Ninsubur su fiel visir elevó su llanto por ella hizo resonar el tambor y comenzó su peregrinaje por la morada de los dioses proclamando en todas las ciudades su oración:

“¡Oh, padre ¡no permitas que tu hija perezca en el reino de los muertos!”

En su largo peregrinaje destrozó muchas sandalias y no prestaron oídos ni Enlil el dios del cielo ni tampoco Nanna el dios de Ur.

Pero cuando se presentó ante Enki el dios de Eridú, que era el suegro de Inanna le respondió al fiel visir así:

-“¿Qué habrá sucedido a mi hija?

Y el mismo se contestaba: Me apesadumbro -¿Qué habrá sucedido a la reina de todos los países? Y el mismo se contestaba Me apesadumbro

-¿Qué habrá sucedido a la sagrada doncella celestial?

Y el mismo se contestaba Me apesadumbro”

“Entonces Enki sacó la mugre de su uña y modeló a Kurgarru, luego sacó la mugre de su uña pintada de rojo y modeló a Kalaturru.
Al primero le infundió el manjar de la vida y al otro le infundió el agua de la vida”

Después despidió al visir y a sus ayudantes y así les dijo:

“¡Os ordeno que rechacéis el agua y el trigo que os ofrezcan los dioses del reino de los muertos!”

Todos contestaron -Así lo haremos, luego el dios les ordenó –Entrareis en el imperio de las sombras, os dirigiréis en busca de su reina y le demandaréis con energía: “danos el cadáver colgado en el clavo”
–Así lo haremos.
Luego Enki siguió: -Y cuando esté en vuestro poder le administrareis el manjar y el agua de vida.
Solo entonces Inanna resucitará.

Efectivamente así sucedió, pero cuando Inanna quiso alejarse inmediatamente de aquel sombrío y tétrico lugar, los 7 Anunnaki se lo impidieron diciéndole: -“Nadie puede salir indemne del imperio de las sombras, si Inanna quiere surgir del imperio de las sombras
¡Qué deje un representante!

Como la reina no podía decidirse la dejaron al cuidado de los demonios, que grandes y pequeños no se apartaban de ella.
Así la reina del Cielo tuvo que dejar el tétrico lugar acompañada de los demonios.

Cuando llegó a la Tierra dos de sus súbditos se arrodillaron ante ella viéndole acompañada de aquellos maléficos seres, esta escena se sucedió varias veces y siempre con el mismo resultado.

Hasta que llegó a la ciudad donde su esposo era el dios rey, así cuando Damuzi-Tamuz vio llegar a su esposa acompañada de tal comitiva, en vez de salirle al encuentro y postrarse ante ella, quiso demostrar su autoridad de esposo, se engalanó con un gran atavío y se sentó en el trono.

Pero cuando Inanna le vio así, y llena de ira dirigió una mirada hacia él, la mirada de la muerte; pronunció la palabra contra él, la palabra de la ira; profirió el grito contra él, el grito de la condenación:
¡Llevadle de aquí!

Damuzi-Tamuz al ver que la comitiva demoníaca se le acercaba para arrastrarlo al reino de las sombras, lloró amargamente y su rostro se volvió verde.

Tendió las manos hacia el dios del Sol, Utu su cuñado y le suplicó:
-Oh Utu tú eres el hermano de mi esposa, yo soy el esposo de tu hermana.
Yo soy el que lleva la nata a la casa de tu madre.
“¡Sálvame de los demonios no permitas que se apoderen de mí!”

Pero Damuzi-Tamuz fue conducido al Averno por “los seres que desconocen los alimentos, que desconocen el agua”

Inanna había cumplido las leyes del Orco, del imperio de las sombras, dejando un rehén para quedar ella definitivamente liberada para reinar sobre el reino de la claridad.

Pero cuando Damuzi-Tamuz hubo muerto, toda la vida en la Tierra se paralizó.

Las plantas dejaron de crecer, sus hojas se agostaron y sus raíces se secaron y fueron comidas por una invasión de topos y sabandijas, los animales del cielo, de la tierra y de los mares dejaron de multiplicarse y el hombre no podía juntarse con su mujer-

El universo se convirtió en un páramo desierto.

Todo era un reguero de hormigas muertas, de bosques de árboles lacios cubiertos con el pardo de la muerte, de árboles de madera carcomida que contenían en sus ramas vencidas numerosos cuerpecillos putrefactos cubiertos de plumas de pájaros mudos, de ríos de lechos cenagosos y cuarteados que atrapaban malolientes cadáveres de herbívoros, mamíferos, peces topacio secos, de ojos opacos de viejos recomidos moribundos sin ninguna descendencia…
Pero tendría que llegar el día de los soles, de la luz, de las promesas y de la prosperidad, y cuando llegó Inanna, quizá arrepentida por su acción o porque consideró que el reino que tendría que gobernar cada vez se parecía más al de las sombras, ayudada por la hermana de Damuzi-Tamuz, libero al pastor del reino de la muerte…

Y la vida y el amor volvieron a la Tierra.