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martes, 11 de agosto de 2026

Nutrición de Emergencia

 Qué alimentos poner en el bolso de seguridad (y cómo elegirlos)


Por: Georgina Elena Palmeyro

Antropología Social


La mochila o bolso de emergencia no está pensada para un campamento, sino para garantizar su autonomía si los servicios esenciales (agua y luz) se interrumpen tras un sismo.


Si usted padece de dolor de espalda o movilidad reducida, la selección de alimentos debe ser estratégica: liviana, compacta y de alto valor energético.


Aquí le compartimos los consejos clave para equipar su bolso de manera inteligente:


1. Cero Esfuerzo Físico (Sin herramientas)


* Evite las latas grandes

Son pesadas para la columna y requieren un abrelatas. 

Si elige conservas, que sean de apertura fácil (abre fácil) y en tamaños individuales.


* Listos para consumo

No guarde nada que requiera cocinar, calentar o agregar agua hirviendo. El gas y la luz podrían estar cortados.


2. Densidad Nutricional y Compactación


* Frutos secos y semillas

Las nueces, almendras y pasas de uva ocupan un espacio mínimo, pesan muy poco y entregan energía inmediata y grasas saludables para mantener la calma.


* Barras de cereal o de proteína

Busque aquellas con buen aporte calórico. 

Son fáciles de morder, no ensucian y quitan el hambre rápidamente.


* Chocolate amargo

El chocolate no solo aporta calorías rápidas; ayuda químicamente a reducir los niveles de cortisol (la hormona del estrés) tras el susto del sismo.


3. El Agua: Fraccionada y Manejable


* En lugar de un bidón de 2 o 3 litros (que exige un esfuerzo lumbar severo para levantarlo), guarde tres o cuatro botellas pequeñas de 500 ml. Son balanceadas, distribuyen mejor el peso dentro de la mochila y facilitan el racionamiento.


4. Rotación del Calendario


* Elija alimentos que venzan dentro de un año o más. 

Un consejo práctico: ponga una alarma en su celular cada seis meses para revisar el bolso, consumir lo que está por vencer y reponerlo con provisiones frescas.


Cuidar los detalles del bolso es cuidar de su salud en los momentos más críticos. La preparación es nuestra mejor aliada.


lunes, 4 de abril de 2011

EL ALGARROBO

Estudiantes de primaria bajo la sombra de un viejo Algarrobo
(Prosopis alba)
Tacko


La leyenda cuenta que en épocas remotas los quechuas vivían felices, cultivando sus tierras, las cuales daban abundantes riquezas. Ellos estaban sanos y vigorosos.

Un día, los hombres fueron dejando de trabajar la tierra y de cuidar los árboles; habían olvidado las tareas cotidianas, mareados con las excesivas riquezas. Ya no rendían honores a sus dioses ni levantaban altares para recordarlos siquiera. Se dedicaban a los festejos y diversiones permanentemente.

El cacique entendió lo que sucedería y les habló a los hombres, pero nadie lo escuchó. Pasaba el tiempo y nada cambiaba hasta que un día el dios Inti, enojado, arrojó sus rayos quemando la tierra, deshojando los árboles y convirtiendo las reservas de granos en polvo.

La desolación amenazaba con extinguir al pueblo que había olvidado sus deberes.

Tuca, hija del cacique, que había pasado los días junto a su padre ya enfermo y tratando de que la gente entendiera que debía volver al trabajo, desesperada, rezó a la Pachamama (Madre Tierra) para pedirle que no permitiera la muerte de su gente, que la ayudara a salvarlos. Luego se quedó dormida de tanto llorar. Soñó entonces que la gran diosa le decía que recogiera los frutos del árbol que la cobijaba, que eran la salvación de su pueblo. Tuca despertó y vio que un árbol enorme le hacía sombra. De sus ramas pendían vainas marrones.

Sin perder un momento, la muchacha recogió los frutos y corrió a llevárselos a su gente. Y así fue que se salvó la tribu.

El árbol, venerado como sagrado, los alimentó y llevó el nombre de la indiecita que, con su perseverancia, lo había merecido.

Tacko, vocablo quechua del que deriva Tuca, es algarrobo para nosotros y con ese nombre recordamos la salvación de un pueblo que se equivocó hace mucho pero mucho tiempo.

Imagen
estanciayucat.org.ar

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/11/el-algarrobo.html

jueves, 17 de febrero de 2011

LAS MUJERES DE CHIAPAS EN DEFENSA DE LA TIERRA

DEL EJIDO SAN SEBASTIÁN BACHAJÓN

Las mujeres indígenas de Chiapas, en defensa de la tierra


por José Félix Zavala

EJIDO SAN SEBASTIAN BACHAJON ADEHERENTES A LA OTRA CAMPAÑA A LA SEXTA DECLARCION DE LA SELVA LACANDONA, CHIAPAS, MEXICO.

A LA OPINIÓN PUBLICA

A LOS DERECHOS HUMANOS NACIONAL E INTERNACIONAL

AL CENTRO DE DERECHOS DE LA MUJER DE CHIAPAS A.C.

A LOS COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS DE LA OTRA CAMPAÑA NACIONAL E INTERNACIONAL.

A LAS ORGANIZACIONES NO GUBERNAMENTALES E INDEPENDIENTES

A LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN MASIVO Y ALTERNATIVOS

A LA SOCIEDAD CIVIL E INDEPENDIENTE

A LOS DEFENSORES DE LOS DERECHOS HUMANOS NACIONAL E INTERNACIONAL

A LOS MOVIMIENTOS INDEPENDIENTES DE MUJERES NACIONAL E INTERNACIONAL.


INVITACION


NOSOTRAS LAS MUJERES DE LA OTRA CAMPAÑA DEL EJIDO SAN SEBASTIÁN BACHAJON, LES MANDAMOS SALUDOS DESDE EL LUGAR DONDE ESTAMOS LUCHANDO Y ORGANIZADAS POR LA DEFENSA DE NUESTRAS TIERRAS Y TERRITORIOS, YA QUE EL DIA 02 DE FEBRERO EL GOBIERNO ESTATAL Y FEDERAL HAN VIOLENTADO NUESTROS DERECHOS COMO MUJERES Y COMO PUEBLOS INDÍGENAS, COMO EL PASADO 03 DE FEBRERO, AUTORIDADES DE DIFERENTES DEPENDENCIAS DE GOBIERNO DETUVIERON VIOLENTAMENTE A LOS 117 COMPAÑEROS NUESTROS DE LA OTRA CMPAÑA, DONDE EL PASADO 12 DE FEBRERO UN JUEZ LES DICTO EL AUTO DE FORMAL PRISIÓN A 10 DE NUESTROS COMPAÑEROS, FABRICÁNDOLES DELITOS, TALES COMO PRIVACIÓN ILEGAL, LESIONES, HOMICIDIO CALIFICADO, DAÑOS A LAS VIAS DE COMUNICACIÓN Y LA PAZ, POR TAL RAZON COMPAÑERAS Y COMPAÑEROS DE LA OTRA CAMPAÑA, HEMOS EMPRENDIDO DIFERENTES ACTIVIDADES, COMO EL PASADO 11 Y 12 DE FEBRERO DE 2011, REALIZAMOS UN PLANTON DE DOS DIAS EN LA SEDE DE SAN JOSE REBELDÍA CRUCERO AGUA AZUL TRAMO CARRETERO DE OCOSINGO A PALENQUE, REPARTIENDO BOLANTES INFORMATIVOS, COMO UN MEDIO PARA EXIGIR LA LIBERACIÓN DE NUESTROS 10 COMPAÑEROS PRESOS POLÍTICOS, UTILIZADOS COMO REENES PARA LOGRAR PROYECTAR SUS INTERESES DEL MAL GOBIERNO CON LAS EMPRESAS TRASNACIONALES DE DESPOJARNOS DE NUESTRAS TIERRAS Y TERRITORIOS, ASI COMO LO HIZO CUANDO FIRMO LOS ACUERDOS DE SAN ANDRES EL 16 DE FEBRERO DE 1996, SOBRE DERECHO DE LA CULTURA INDÍGENA Y NO RESPETO. DE IGUAL MANERA HOY 16 Y 17 DE FERBRERO REALIZAMOS UN BLOQUEO CARRETERO EN LA SEDE DE SAN JOSE EN REBELDÍA CRUCERO DE AGUA AZUL TRAMO CARRETERO DE OCOSINGO A PALENQUE, PARA EXIJIR A LAS AUTORIDADES QUE ADMINISTRAN Y APLICAN LA JUSTICIA, LOS LIBERE A NUESTROS COMPAÑEROS DETENIDOS INJUSTAMENTE, YA QUE FUE PREFABRICADO SUS DELITOS EN LOS QUE ACUSAN. Y LAS CONSECUENCIAS PASAN A LASTIMAR A NUESTROS DERECHOS COMO MUJERES, AHORA HEMOS ASUMIDO DOBLE RESPONSABILIDADES CON NUESTROS HIJOS SOBRE EL CUIDADO Y MANTENIMIENTO, TAMBIEN EN NUESTROS TRABAJOS DEL CAMPO.

PERO NO PERDEMOS LA ESPERANZA DE SEGUIR LUCHANDO PARA HACER RESPETAR NUESTROS DERECHOS A LA TIERRA Y TERRITORIO. POR TODO ESTO LES QUEREMOS INVITAR A QUE SE SUMAN A ESTAS ACTIVIDADES COMO SOLIDARIDAD A NUESTRA JUSTA CAUSA.



ATENTAMENTE.

TIERRA Y LIBERTAD

MUJERES DIGNAS Y ORGANIZADAS

EJIDATARIAS DEL EJIDO SAN SEBASTIÁN BACHAJON

ADHERENTES A LA OTRA CAMPAÑA

ZAPATA VIVE Y LA LUCHA SIGUE

HASTA LA VISTORIA SIEMPRE



– Este es un espacio abierto para pueblos y organizaciones que buscan compartir su palabra. La postura difundida, no necesariamente constituye la valoración de este Centro. El espacio de denuncia pública es de todas y todos.
Visita Blog: http://www.chiapasdenuncia.blogspot.com/


Fuente:
http://eloficiodehistoriar.com.mx/2011/02/17/las-mujeres-indigenas-de-chiapas-en-fefensa-de-la-tierra/
http://lavozdelanahuac.blogspot.com/2011/02/ejidatarias-y-ejidatarios-de-tila-piden.html
Imagen
lavozdelanahuac.blogspot.com


Eleanor Roosevelt "El derecho de libre expresión cuando nadie contradice al gobierno, la libertad de prensa cuando nadie está dispuesto a formular las preguntas importantes, el derecho de reunión cuando no hay protesta, el sufragio universal cuando vota menos de la mitad del electorado, la separación de la Iglesia y el Estado cuando no se repara regularmente el muro que los separa. Por falta de uso, pueden llegar a convertirse en poco más que objetos votivos, pura palabrería patriótica. Los derechos y las libertades o se usan o se pierden."

domingo, 16 de enero de 2011

LA LEYENDA DE LOS VOLCANES...

Popocatépetl – Altitud: 5,452 m (México, Morelos y Puebla).
Aún activo, se alza en la cordillera Neovolcánica, al sureste de la ciudad de México. Constituye la segunda mayor elevación del país.
En una de sus laderas, pobladas por bosques de coníferas, se encuentra un cráter adventicio, conocido como el pico del Ventorrillo.
Su cima, cubierta por nieves perpetuas, fue coronada por primera vez en 1520, por una expedición al mando de Diego de Ordás.

POPOCATÉPETL E IZTACCÍHUATL


Al morir Citlali, los sacerdotes deciden: “debe ser enterrada en las faldas del Iztaccíhuatl”.

“¿Por qué abuela?” Pregunta Xóchitl, la más pequeña de las hermanas de Citlali.

Brota la cascada respuesta; “Únicamente las doncellas que mueren de amor pueden aspirar a descansar en las orillas de la mujer dormida. Tu hermana al enterarse de la muerte de su prometido en la guerra, no soportó la vida, se marchitó ansiando reunirse con él, los dioses se apiadaron de ella. Es una honra a su fidelidad. Esta costumbre viene de una historia que sucedió hace muchos años”.

“Cuéntamela, en lo que preparan las exequias”.

Ya se sabe que las abuelas no se pueden resistir al pedimento de una nieta. Para no interrumpir la solemnidad de las ceremonias fúnebres, la anciana sale de la casa, en una banca desde donde se divisan los volcanes que custodian la laguna, comienza su historia.

Xochiquetzal juró amor eterno al guerrero más apuesto y orgulloso, flor del ejército mexica que partía rumbo a la guerra contra los zapotecas. Guerra sin tiempo ni final que los mexicanos debían enfrentar para el engrandecimiento del imperio. Xochiquetzal hermosa y desconsolada quedó en espera de la victoria y del regreso de su hombre.

No hubo noticia de la anhelada aniquilación del enemigo. La lejanía del señorío zapoteca. La fiereza de la defensa y la bravura de sus hombres sumían en gran mortificación a Xochiquétzal, que no obstante, recibía la adulación y el cortejo de aquéllos que no habían partido a luchar. Sobre todo de un tlaxcalteca que se había avecindado en la Ciudad cuando hicieron falta brazos masculinos para el trabajo cotidiano.

Fue este mismo pretendiente quien llevó la noticia de la muerte de su amado. Rotos los vínculos de amor que la ataban de por vida a su juramento. Xochiquétzal se sumió en desconsoladora tristeza que nada podía apaciguar. La indolencia se apoderó de ella. Todo le daba igual. La distraían de vez en cuando los floridos halagos, los continuos regalos de que era objeto por parte de su pretendido enamorado. Ante el pedimento de boda que frente a sus padres hizo el suplicante tlaxcalteca, aceptó a sabiendas de que era como enterrarse en vida. Después del anudamiento de las tilmas empezó su melancólica existencia al lado de su marido. No volvió a sonreír.

Los guerreros aztecas regresaron derrotados, avergonzados, tristes, vencidos. Excepto uno, que a pesar del fracaso conservaba la dignidad de su raza.

Las mujeres escondían a sus hijos para llorar, menos Xochiquétzal que miraba sin inmutarse al ejército rendido. Sin embargo, cuando la mirada del único guerrero que marchaba con orgullo por las calles de la Ciudad se posó sobre ella, sintió morir. Él era el hombre al que había jurado amor eterno.

Furiosa y llena de odio insultó al Tlaxcalteca con el que se había casado, lo acusó de vil y mentiroso por inventar la muerte del hombre al que amaba. Huyó por el borde del lago de Texcoco con su marido tras ella. El guerrero los siguió y enfrentó a su rival. Después de luchar, el tlaxcalteca herido se evadió a su país.

Después del enfrentamiento buscó a su amada, la halló muerta. No quiso seguir viva después de ser mujer de otro a quien no le había jurado fidelidad eterna. Él lloró, cortó flores, cubrió con ellas el cuerpo de Xochiquétzal, trajo un incensario en el que quemó copal. Lloró el Zenzontle (pájaro de cuatrocientas voces). Apareció Tlahuelpoch, mensajero de la muerte. La tierra se sacudió en temblores, las nubes llenaron de penumbra a los cielos, el miedo se apoderó de los habitantes del Anáhuac.

Al amanecer habían surgido en el valle dos montañas nevadas. Una, con la forma de una mujer recostada, cubierta de flores blancas. Otra, alta e impresionante, como un guerrero azteca hincado a sus pies.

Se dice que el Tlaxcalteca murió cerca de su tierra. Convertido en volcán le llamaron Poyautecatl, que quiere decir señor crepuscular, y después Citlatepetl o cerro de la estrella. Su obligación y penitencia es observar de lejos a los amantes, que nunca podrá separar.

“¿Abuela, si muero de amor, me enterrarán en las faldas de Iztaccíhuatl?”

La anciana recarga a la niña en su regazo pronunciando un conjuro que la aleje de la desgracia del amor que no se consuma.

Imagen
planetacurioso.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/05/popocatepetl-e-iztaccihuatl.html

jueves, 13 de enero de 2011

LA RAÍZ INDIA DE LIMA

Valle del río Rímac

LA RAÍZ INDIA DE LIMA
Parte III



La extensión del cacicazgo de Lima era, sin embargo, muy corta. No alcanzaba a Carabayllo ni a Surco, que tenían jefes propios, ni al santuario de Pachacamac. Se concentraba al valle de Lima desde el puerto de mar de Maranga, llamado Pitipiti, antecesor del Callao, por el norte, hasta que el camino del Inca entra en el valle de Chillán; por el sur hasta Armendáriz, en que partiría términos con el cacique de Surco, llamado Trianchumbi; y, por el interior, abarcaría, acaso, hasta los caseríos menores de Late, Puruchuco, Pariache y Guamchiguaylas, que ascienden a la sierra.

El área de atracción y de influencia de la aldea india de Lima era, pues, pequeñísima. Su cacique, uno de los más ínfimos régulos del Tahuantinsuyo, y aun el asiento de Lima, era parte de "la provincia de Pachacamac" como lo dice Pizarro en el auto para elegir el sitio de la ciudad. Hernando Pizarro y su hueste de jinetes, que pasaron en enero de 1533 hacia Pachacamac, no hubieran reparado en el cacique rimense si, en ese pueblo cuyo nombre no recordaba el cronista Estete, y en el que acamparon una noche, antes de llegar a Pachacamac, no les saludara, como Epifanía de la ciudad futura, un típico temblor de tierra. "Acaeciános –dice el cronista– una cosa muy donosa antes que llegásemos a él, en un pueblo junto a la mar: que nos tembló la tierra de un recio temblor y los indios que llevábamos, que muchos de ellos se iban tras nosotros a vernos, huyeron aquella noche, de miedo, diciendo que Pachacamac se enojaba, porque íbamos allí y todos habíamos de ser destruídos".

El mito del dios costeño y limeño se aclara así a despecho de antropólogos y lingüistas, como el símbolo de una cosmología popular que diviniza el mayor fenómeno telúrico y lo personifica en Pachacamac –el dios-temblor– como, más tarde, buscaría en el seno de la fe cristiana el auxilio divino, en Taitacha Temblores o en el Señor de los Milagros.

La raíz india de Lima está, pues, en el caserío de Limatambo y Maranga, regido por el Curaca Taulichusco. De él recibe la ciudad hispánica la lección geográfica del valle yunga, el paisaje de la huaca destacando sobre el horizonte marino; la experiencia vital india, expresada en las acequias, triunfo de una técnica agrícola avezada a luchar contra el desierto; el cuadro doméstico de plantas y animales, que el aluvión español modificará sustancialmente; algunas formas de edificación que podrían normar una arquitectura del arenal peruano y el nombre de Lima que tiene "sabor de mujer y de fruta", según Marañón, y que venció con su entraña quechua intrincable, a la denominación barroca de Ciudad de los Reyes.

Es el río Rímac, torrentoso, voluble y desigual, innavegable y huérfano de transportes, desconocedor del papel unificador de los cursos fluviales, camino frustrado, carente de paisaje y de alma, pero obrero silencioso en la fecundación de la tierra y creador oculto de fuerza motriz, el que impone su nombre a la capital indo-hispánica del Sur. Y hay, en la permanencia del nombre, acaso un sino espiritual.

"Rímac –dice el padre Cobo– es participio y significa el que habla, nombre que conviene al río por el ruido que hace con su raudal". Rimani significa en quechua hablar, pero no sencillamente hablar, sino hablar de cierta manera. El habla natural o lenguaje se dice Simi y Runa simi es el lenguaje del hombre. Pero Rimani y sus derivados tienen un significado especial, como rimapayani que significa "hablar mucho, con presteza" o rimacarini, "hablar disparates", o rimacuni, "murmurar" y rima-chipuni, cierta forma de celestinaje. Con lo que el nombre de Rímac encarnaría el destino parlero y murmurador de Lima, la tendencia a la hablilla y a la cháchara y también al ético placer de la conversación.

Lima, ciudad brumosa y desértica, de temblores, de dueñas y doctores, es un don del Rímac y de su dios hablador.


Por Raúl Porras Barrenechea

Fuente:
http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibVirtual/libros/linguistica/legado_quechua/la_raiz.htm

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2011/01/la-raiz-india-de-lima.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2011/01/la-raiz-india-de-lima_12.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/03/pachacamac.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/09/el-milagro-de-salta.html

martes, 11 de enero de 2011

LA RAÍZ INDIA DE LIMA


LA RAÍZ INDIA DE LIMA
Parte I

Por Raúl Porras Barrenechea


No es exacto que Lima sea exclusivamente española por su origen, por su formación biológica y social y por su expresión cultural. La fundación española, forjadora perenne de mestizaje, tuvo que contar con dos factores preexistentes; el marco geográfico y el estrato cultural indígena. Ambos influyeron decisivamente en aspectos y formas de la peculiaridad de nuestro desarrollo urbano.

Don Hipólito Unanue, vocero de la ilustración colonial y maestro de nuestra meteorología, definió ya el clima de Lima como el de una "eterna y continuada primavera". Los cronistas soldados del siglo XVI después de ambular por selvas y riscos y pantanos habían dicho ya su admiración al llegar a tierra de tanto sosiego y equilibrio atmosférico como la de Lima. Cieza de León en su crónica, hoy cuatro veces centenaria, publicada en 1553, expresó su contento viajero al decir: "Y cierto para pasar la vida humana cuando los escándalos y alborotos y no haciendo guerra, es una de las buenas tierras del mundo, pues vemos que en ella no hay hambre ni pestilencia, ni llueve, ni caen rayos, ni relámpagos, ni se oyen truenos; antes siempre está el cielo sereno y muy hermoso" . Y los poetas del siglo de hierro confirmaron el entusiasmo de los cronistas, entonando himnos a la benignidad del cielo de Lima y a la uniforme templanza de sus estaciones. Pedro de Oña el poeta de Arauco huésped limeño de los Virreyes dijo en su cántico a Montesclaros:

Soberbios montes de la regia Lima
que en el puro cristal de vuestro río
de las nevadas cumbres despeñado
arrogantes miráis la enhiesta cima,
tan extensa al rigor del almo estío
como a las iras del invierno helado.

Las constantes geográficas del clima limeño han sido señaladas precisamente por viajeros y geógrafos posteriores. Las preexistentes a la conquista fueron: la proximidad del mar, el suelo llano y desértico, los blancos arenales que conforman según el decir de Morand un paisaje lunar; el suelo de tierra arenisca delgada y fértil "que parece que la echó el Creador para hacerla habitable", la falta de lluvias que produce la esterilidad del suelo y el sistema de irrigación artificial por canales o acequias, el abono fácil en las islas vecinas, los sembríos de maíz, de yuca, de habas, de camotes, de frijoles, de maní y de algodón en los oasis verdeantes de los valles junto al curso rápido y torrentoso de los ríos, bordeados de arboledas frutales como los pacaes o huavas, las guayabas, paltas, chirimoyas, piñas, lúcumos y algarrobos; los bosquecillos de espinos, huarangos y algarrobos en las partes altas y en las bajas los sauces, chilcas y los juncales y aneas de los pantanos; la humedad ambiente condensada en la neblina y en la tenue garúa invernal; la fauna menuda y veloz, de gozquecillos, patos, palomas, cigüeñas, faisanes, perdices, venados y los clásicos gallinazos; sin animales temerosos como los lobos, salvo las águilas y astutas raposas, y los pumas sorpresivos. Los únicos fenómenos extraordinarios del ambiente costeño son el temblor cucuy y el hauyco o aluvión violento que desciende por las quebradas como un castigo de los cerros destrozando casas y sembríos.

La estructura geográfica original de suelo, clima, vegetación y vida animal, influye en primer término sobre el hombre y es reformada y definida por la acción de éste y por los recursos de su técnica. Del yunga costeño hablaban despectivamente los Incas, como lo comprobaron los cronistas primitivos Jerez, Sancho y Estete, que dicen de ellos ser "gente ruin y pobre", que no servía para guerra ni para gobierno. Esto, prescindiendo del alto nivel intelectual y artístico que revelan los vasos y dibujos estilizados de Nazca, las telas de Paracas y las esculturas chimúes. Coinciden en este desdén por el yunga u hombre de la costa, a través de los siglos, los amautas cuzqueños y los sociólogos marxistas de hogaño. Algunos geágrafos y viajeros han recogido también epidérmicamente, esa impresión deprimente del clima costeño sobre el hombre. Raimondi pensaba que el aire saturado de humedad hacía perder calor al cuerpo humano calentado por el sol. La tala de árboles suprimía las barreras a los vientos y favorecía el frío fisiológico. Middendorf creía que la falta de descargas eléctricas en el verano disminuía la capacidad de trabajo y el cielo plomizo cargado de nubes y la correspondiente falta de luz, más que la de calor, producían el decaimiento moral. En oposición a éstos, algunos científicos modernos afirman que el tiempo medio más favorable a la energía física e intelectual es el que va de 16º a 20ºC con 70% o 90% de humedad relativa y el de Lima oscila en 17º y 22º. El clima costeño, según Pedro Larrañaga, favorece en nuestros días, la vivienda y el taller baratos y ligeros, la suculencia de recursos alimenticios en que predominan las farináceas sobre las proteínas, permite el trabajo a la intemperie y ofrece reservas enormes de energía eléctrica proporcionada por los torrentes cisandinos.

Estas realidades geográficas básicas modelan las instituciones y las relaciones humanas. El yunga pescador y cazador obligado, se alimentó de carne y pescado crudo; se estacionó en los valles al borde de la fuente de agua única que recogió y distribuyó en canales para vivificar los sembríos de maíz y plantas alimenticias y construyó sus poblaciones agrícolas en las colinas o sitios encumbrados o cerros artificiales huyendo de la llanura o la tierra fértil por razones defensivas, económicas o mágicas. La huaca irguió su perfil en talud incorporándose a la visión del paisaje local.

La templanza del clima, la amenaza del temblor y la falta de madera y de piedra determinaron los materiales de construcción: paredes de adobes o torta de caña y barro y techos de troncos de árbol, paja, ramajes o totora. El vestido fue ligero y de algodón y los trabajadores los simplificaban en el trabajo que hacían semidesnudos. La benignidad del clima, la facilidad de recursos, el ahorro de energías, deciden, según Bennet, la placidez necesaria para la creación artística y el refinamiento de la técnica. El yunga descubrió sus calidades artísticas coloreando los muros con el ocre o granate de sus vasos y con los dibujos geométricos de sus tapicerías


Notas: Raúl Porras Barrenechea, (Pisco, Perú, 23 de marzo de 1897 - † Lima, 27 de septiembre de 1960) fue diplomático, historiador, catedrático, abogado, ensayista y senador. Datos de Wikipedia.

Fuente:
http://sisbib.unmsm.edu.pe/bibVirtual/libros/linguistica/legado_quechua/la_raiz.htm

Imagen
josephramsey.blogspot.com

domingo, 5 de diciembre de 2010

Mensaje de Felix Diaz -parte 2 de 4




Conferencia de prensa que ofreció Félix Díaz, representante de la comunidad qom de Formosa, Argentina.

Fuente: http://comunidadlaprimavera.blogspot.com/2009/10/mensaje-de-felix-diaz-parte-2-de-4.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-158101-2010-12-05.html

jueves, 25 de noviembre de 2010

Pronunciamiento de Mujeres Indígena

Foto: Miguel Garcia


Pronunciamiento de Mujeres Indígena:

“Mujeres indígenas construyendo derechos con la madre tierra”.


Paso del Águila, Lalana, Choapan, Oaxaca 19 y 20 de noviembre de 2010

Reunidas las mujeres indígenas mixes, zapotecas, chinantecas y nahuas en el Encuentro de mujeres indígenas por el derecho y acceso a la tierra con el lema

Mujeres indígenas construyendo derechos con la madre tierra”.

Reconocemos que:

Las mujeres indígenas tenemos derecho y acceso a la tierra pero se nos ha sido negado, que las normas comunitarias y leyes agrarias en determinado momento no nos han sido favorables y si migramos aún menos.

Como pueblos originarios tenemos la filosofía de que la tierra es nuestra madre, la base de nuestra existencia; es un espacio para convivir en familia y comunidad. Un espacio de relación de seres humanos.

Consideramos que el acceso a la tierra es fundamental para nuestra vida porque de ella depende nuestra sobrevivencia.

Las mujeres indígenas participamos de manera directa o indirecta en el cuidado y defensa de la tierra, así como de los recursos naturales. Hemos cuidado nuestro territorio a través del trabajo comunitario,defendiéndola de invasiones y despojos de los caciques y terratenientes. Así como reforestándola y cultivando semillas y plantas nativas importantes para mantener la soberanía alimentaria de nuestros pueblos.

Sabemos que es necesario reflexionar sobre los principios, normas y derechos comunitarios de las mujeres indígenas, así como los derechos y acceso a la tierra para caminar de manera equitativa e igualitaria en nuestras convivencias comunitarias. Puesto que las mujeres somos las que tenemos mayor sabiduría y conocimiento de nuestras comunidades, las que han conservado y trasmitido de generación en generación, por lo que debemos tener un reconocimiento y respeto de nuestros derechos.

Las mujeres indígenas demandamos información, asesoría, formación y capacitación sobre cuáles son nuestros derechos agrarios para acceder a las normas comunitarias y las leyes agrarias, así como a las normas nacionales e internacionales.

Reafirmamos que la sabiduría y filosofía de las mujeres indígenas es fundamental para la construcción del dialogo, convivencia, reconocimiento y respeto de nuestros derechos individuales y colectivos.

Exigimos ser tomadas en cuenta como sujetas de derechos participando en la toma de decisiones en todos los ámbitos sociales, político, económicos, medio ambientales y culturales.

“Mujeres indígenas construyendo derechos con la madre tierra”

Suscribimos:

Mujeres indígenas mixes, zapotecas y chinantecas, Sociedad Mexicana Pro Derechos Humanos de la Mujer A.C., CIARENA, A.C., IXMUCANE A.C., JAPEXUNK S.C.,Asamblea estatal de mujeres indígenas de Oaxaca, Alianza de mujeres indígenas de Centroamérica y México.

Timotazque teipa

Escrito por Los firmantes

Fuentes:

http://radioamlo.org/noticias/estados/2740-pronunciamiento-de-mujeres-indigena-mujeres-indigenas-construyendo-derechos-con-la-madre-tierra

http://www.apiavirtual.com/2010/11/25/pronunciamiento-de-mujeres-indigenas/?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+apia-articulos+%28ApiaVirtual%29

http://www.mapuexpress.net/?act=publications&id=4462

Imagen cuadernosfem.blogspot.com


miércoles, 17 de noviembre de 2010

GASTÓN GORI

Pedro Marangoni


Nació bajo el nombre de Pedro Marangoni en la ciudad de Esperanza, provincia de Santa Fe. Estudió derecho y comenzó a ejercer como abogado, pero luego se dedicó activamente a la literatura. En sus ensayos estudió en detalle la problemática de la inmigración, y especialmente en La Forestal sobre la explotación maderera en los obrajes.

El Ministerio de Educación y Cultura y la Secretaría de Estado de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable, en conmemoración de esta efeméride, desarrollarán una campaña educativa permanente para difundir la importancia de estos recursos naturales y la necesidad de uso racional de los mismos.

La provincia de Santa Fe fomentará, en recordación de esta fecha, la plantación en los espacios públicos de especies arbóreas del bosque nativo santafesino e invitará a los municipios y comunas a adherir a estos actos.

El Poder Ejecutivo habilitará las partidas presupuestarias necesarias a los fines de la instrumentación de la citada norma legal.

El gobernador Jorge Obeid promulgó la ley N° 12.377, sancionada por la Legislatura de la provincia, por la que se declara al 17 de noviembre -fecha del nacimiento y de la muerte del escritor Gastón Gori- como el “Día de la defensa de los montes y bosques santafesinos”. Fuente: SM

GASTÓN GORI

El reconocido escritor nació el 17 de noviembre de 1915 en Esperanza, estudio en la Escuela Normal de Maestros de la cabecera del departamento Las Colonias, realizando sus estudios de derecho en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral.

Al radicarse en la ciudad de Santa Fe, ejerció la profesión de abogado y luego se dedicó en forma amplia a la actividad literaria, cuando publica su ensayo "Anatole France", en 1940.

En sus primeros libros, Gori reveló notables investigaciones sobre la entrega de campos a hacendados y agricultores y considera sin mistificaciones el trato que se dio a los extranjeros y a las colonias agrícolas.

Estudió con lucidez y rigor metodológico la problemática de la inmigración en el Litoral, entre sus obras se destacaron:

"Colonización Suiza en la Argentina" (1947);
"Ha pasado la nostalgia" (1950;
"La pampa sin gauchos" (1952);
"Familias Colonizadoras" (1954);
"El pan nuestro" (1958);
"Diario del Colonizador Enrique Vollenweider" (1958);
"Tierra, inmigrantes y colonias" (1962) e
"Inmigración y colonización en la Argentina".

En 1951 se editó uno de los ensayos fundamentales: "Vagos y mal entretenidos" y 14 años después, la primera edición de "La Forestal: la tragedia del quebracho colorado", que se mantiene como un hito en los ensayos testimoniales y de denuncia sobre la explotación en los obrajes madereros del norte santafesino.

La obra de Pedro Marangoni (nombre real de Gori) mereció innumerables distinciones, entre ellas, el Premio regional de la Comisión Nacional de Cultura; de la ASDE (Asociación Santafesina de Escritores); el Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y miembro de la Academia Argentina de Letras.

Gastón Gori falleció en la ciudad de Santa Fe, el 17 de noviembre de 2004, el día que cumplía 89 años de edad.

En homenaje a Gastón Gori, se declaró al 17 de noviembre como el “Día de la defensa de los montes y bosques

Nota:

La Forestal (The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited) es el nombre de una empresa argentina de capitales extranjeros que manejó buena parte de la actividad política y económica de un sector del norte argentino a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX.

Su nombre es tristemente recordado por haber significado la destrucción de una parte importante de los recursos naturales, la explotación de sus trabajadores y los oscuros contactos con el poder de turno.

Fuente: http://es.wikipedia.org
http://www.sinmordaza.com
http://www.elortiba.org/forestal.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/el-quebracho-colorado.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/05/mito-del-quebracho-cine-greenpeace.html



miércoles, 27 de octubre de 2010

EL TIMBÓ



Iraí!... ¡Hija mía!... ¿Dónde estás?...

¡Ven a mi lado! ¡No te apartes de tu viejo padre!... ¡Tú eres la luz de mis ojos, la alegría de mi corazón, el consuelo de mis penas, el apoyo de mi ancianidad!...

¡Tu cariño es el único sostén de mis últimos años! ¡No te alejes de mí, Iraí! ¡No me abandones nunca!

Quien así hablaba siempre a su hija era Isaraki, el viejo cacique de la tribu de los timbúes que habían establecido sus tolderías en un hermoso lugar, a orillas de nuestro Paraná.

Isaraki, que había perdido toda su familia y se encontraba ya viejo y enfermo, adoraba a su única hija. Era tan grande el cariño que le profesaba que sin su compañía el anciano sentíase solo, triste y abatido.

Iraí era para él una hija solícita y cariñosa. Lo guiaba y lo acompañaba siempre, ayudándolo en todas sus tareas de jefe de la tribu; y como era joven, alegre y bulliciosa, sus risas y sus cantos regocijaban también el corazón del padre.

Iraí había llegado a ser, para el anciano, “la luz de sus ojos, el consuelo de sus penas”, como él le dijera.

Llevaban ambos en su choza una vida tranquila y apacible.

Pero una tarde Iraí notó que su padre estaba, al parecer, muy triste y apenado.

— Padre: ¿qué pesar aflige tu corazón?
¿Qué pensamientos oscurecen tu alma y te hacen callar y pensar tanto? — le interrogó con cariño Iraí.

— Hija mía — replicó el padre con los ojos llenos de lágrimas —, desde hace tiempo un solo pensamiento me tortura.

— ¡Dímelo padre... yo te ayudaré a desecharlo para que vuelvan la calma y la alegría a tu corazón!

¿Es que ya no confías en mí? ¿No crees que mi cariño pueda disipar tu penas? ¿No sabes que daría mi vida por verte contento y feliz?

— Iraí, mi dulce y bondadosa hija...

Tú no podrías aliviar mi dolor. Si...

— Si... ¿qué? — interrumpió Iraí con viva ansiedad, deseosa de conocer el secreto temor de su padre.

— Si tú me faltaras, Iraí, me moriría de pena — continuó diciendo Isaraki.

— ¿Qué dices, padre? — interrumpió nuevamente Iraí —. ¿Por qué piensas en ello? ¿Cómo podría abandonar a mi anciano padre, a quien quiero con todas las fuerzas de mi alma y con toda la ternura de mi corazón? ¿Crees que puedo ser tan ingrata que te deje solo un instante sin mi cariño, sin mi apoyo, sin mi guía? ¡Oh, padre mío... eres injusto si así lo crees!

— Iraí — dijo el viejo cacique al comprender que con sus palabras había entristecido a su hija —, olvida lo que te he dicho. Es tal mi cariño hacia ti, que la sola idea de perderte me llena de angustia y desconsuelo. Sé que nada te separará de tu viejo padre y que viviré hasta mi último día recibiendo como siempre tus cariños y tus cuidados. Y ahora, hija mía, ríe y canta para alegrar esta choza y para que nunca vuelva a entrar en ella la tristeza.

Calló Isaraki.

Iraí guardó silencio. La naturaleza calló también: sobre el campo y sobre la selva caían los postreros rayos del sol poniente. Padre e hija sólo oyeron en aquel crepúsculo el susurro de la fronda de los árboles del bosque mecidos por la suave brisa primaveral.

Transcurrió el tiempo y un día llegó de lejanas tierras un apuesto guerrero que se prendó de la bellísima y bondadosa hija de Isaraki.

Ella se enamoró también de él y se casaron. Entonces emprendieron juntos el largo viaje hacia las tierras de donde él viniera.

El anciano cacique sintió destrozársele el corazón; pero no derramó ni una sola lágrima en la despedida. Sin embargo, le entró en el alma una tristeza honda, muy honda.

— Padre... ¡volveremos pronto! — le había dicho Iraí al partir.

Y él abrigaba esa esperanza, que era como un rayito de sol en la oscuridad de su pena.

Desde entonces, todas las tardes salía de su choza y se alejaba de ella en dirección al campo. Allí aplicaba su oreja a la tierra: el mejor medio de percibir los ruidos lejanos. Creía así oír alguna vez el paso de su hija que volvía.

Uno y otro y otro día, el anciano iba al campo y aplicaba su oreja a la buena tierra que había de avisarle el regreso de la hija ausente. Pero ésta, aunque recordaba a su padre y lo amaba como siempre lo había amado, no podía volver, y se resignaba pensando en él y pidiendo a Tupá que lo protegiera.


Timbó colorado
(Enterolobium contortisiliquum)


Una tarde, no volvió el viejo cacique a su choza.

En la tribu se alarmaron por su ausencia y salieron buscarlo en todas direcciones. Lo hallaron sin vida, en suelo, en la misma posición de aplicar la oreja a la tierra.

Lo levantaron, y ¡cuál no sería la sorpresa que recibieron, al ver que la oreja del cacique se desprendía y se queda allí, donde tantas veces él había querido percibir la llegada de su hija!

Nuestra leyenda cuenta también que después de transcurrido un tiempo, nació en ese mismo lugar una planta que creció hasta llegar a ser un hermosísimo árbol.

Los timbúes lo llamaron Cambá-nambí, que en su lengua significa “oreja de negro”.

Es el “timbó”, también llamado pacará.

Y decían nuestros indios que en este hermoso árbol, de elevado tronco y de frondosa copa en forma de sombrilla, mora el alma del viejo cacique para divisar desde lo alto la figura de la hija cuyos pasos nunca oyó y para cobijarnos a su sombra como un amoroso padre.

REFERENCIAS (Del libro Ibakuí)

El timbó, pacará u oreja de negro, es un hermosísimo árbol que alcanza un desarrollo extraordinario destacándose en los bosques por su gran altura y su espeso follaje.

No sólo es muy apreciado por la maravillosa sombra que da su copa en forma de sombrilla, sino porque es un árbol sumamente útil.

La corteza de su tronco contiene tanino, por lo que se la emplea en las curtiembres.

La madera, aunque floja, es usada en carpintería. Cuando se seca, produce el mismo efecto que el rapé. Los frutos son vainas de color muy oscuro en forma de oreja (de allí su nombre “oreja de negro”).

Se utiliza para fabricar tinta. El tallo, la madera y el fruto contienen saponina, por lo que en las provincias del norte se los emplea como jabón.

Abunda en el norte de nuestro país y se lo ve en algunas calles y plazas de Buenos Aires.

En el barrio de Caballito, Buenos Aires, en la intersección de las calles Puán y Montes, existe actualmente un pacará histórico. Bajo su sombra, hace más de cien años, el Deán Saturnino Segurola aplicó las primeras vacunas a los vecinos del lugar. Se lo conoce con el nombre de pacará de Segurola.


Fuente: Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Tomo XX: YUQUERÍ (Mimosa - Sensitiva)
Material compilado y revisado por la educadora argentina
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org)

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/04/el-timbo.html

sábado, 23 de octubre de 2010

CACHEUTA Y LAS AGUAS MÁGICAS

TERMAS DE CACHEUTA
Mendoza, Argentina



Lo que se cuenta sucedió en el año 1532. Unos hombres llegaron y colocaron detrás de las casas unos aparatos.

¡Eran cañones! Pero los indios no lo sabían.

También asustaban un poco los caballos que traían los blancos y que ellos tampoco habían visto antes.

Todo el pueblo estaba reunido frente a la plaza. Y los soldados y los altos jefes indios haciendo guardia de honor para que pasara Atahualpa, el emperador de los incas.

Recibirá allí mismo a Pizarro, el jefe blanco, y a su gente para saber qué querían en sus tierras.

Atahualpa no quiso rendirse a los extraños y los blancos lo atacaron. Todo el pueblo estaba aterrorizado. El estruendo era terrible.

Retumbaban en la plaza los cañones y las otras armas de fuero.

Era tanto el ruido que parecía que la tierra iba a estallar. Atahualpa fue hecho prisionero. Encerraron a Atahualpa en una habitación, y, desde ese momento, lo único que deseó el jefe de los incas fue recuperar su libertad para defender sus dominios.

¡Pero no sabía cómo! ¡Imposible escapar de allí!

Por eso, un día que Pizarro fue a visitarlo le dijo: -Si me dejas en libertad cubriré con oro el piso de esta habitación, y te lo daré.

Pizarro no podría creer que hubiera tanto oro, y se quedó mudo de asombro.

Atahualpa pensó que le parecía poco. Entonces señaló con la mano la pared, hasta aquí.

No, más arriba de su cabeza: ¡hasta aquí!

Y levantando su mano todo lo que pudo, dijo: -Llenaré este cuarto de oro, hasta esta marca que aquí hago. Pizarro no lo podía creer.

¡Toda una habitación llena de oro!

¿Es que los incas tendrían tanto?

¿Sería verdad? -Está bien, dijo-; si me das todo ese oro te dejaré en libertad.

-Entonces Atahualpa mandó mensajes a todas partes. A todos sus vasallos. Hacia el norte. Hacia el sur. Hacia el este y el oeste. -Hay que reunir todo el oro que sea posible. Hay que traerlo de todos lados. Todo el oro, todas las cosas de oro, decía el mensaje.

-¡Todo el oro de los incas para salvar al Hijo del Sol!

Y los mensajeros corrieron, corrieron. Atravesaron ríos, subieron y bajaron montañas. Y volvieron a subir. Y volvieron a bajar.

Oro, oro para libertar al emperador. Los mensajeros llegaron a todos lados, y también a las tierras donde gobernaba el cacique Cacheuta, los valles de las montañas altas, donde ahora se encuentra Mendoza.

Cacheuta, que quería mucho a su soberano, rápidamente empezó a reunir todo el oro que había en el valle. Y no solo Cacheuta. Todos los habitantes del lugar buscaron los objetos de oro, las piedras con oro, los cachorros, los adornos y cuanta cosa hubiera del rico metal, para enviársela al prisionero.

Luego lo puso todo en unas grandes bolsas de cuero y cargó un montón de llamas con ellas.

Cacheuta reunió as sus mejores guerreros, a los más altos jefes y a los más fieles vasallos. Y poniéndose él mismo al frente del grupo inició la marcha rumbo al Perú.

Los blancos no esperaron que llegara el oro, y mataron a Atahualpa.

Pero como se enteraron que Cacheuta iba caminando al Perú con su preciosa carga, un grupo de blancos fue a esperarlo.

Muy poco camino había recorrido Cacheuta cuando alcanzó a ver a los blancos escondidos. Cacheuta adivinó lo que querían, y rápidamente dio la orden:

-¡A esconder el oro! –

La orden fue cumplida, y cuando los blancos atacaron no había una sola bolsa de cuero sobre las llamas.

-¡La lucha fue terrible! Resonaba en las montañas el estallido de las armas de fuego.

Los indios no podían defenderse con sus lanzas y cuchillos. Uno de los primeros en caer fue el cacique Cacheuta.

Pero lo que le contaron después al indiecito Illapa fue realmente maravilloso. Algo de casi no creer.

Cuando terminó la lucha, los blancos fueron a buscar el oro.

Buscaban por aquí, buscaban por allá. Pero nada, nada.

¡No podían encontrarlo!

¿Dónde estaba el oro? ¿Dónde?

Los indios lo habían escondido muy bien.

Siguieron buscando, revolviendo y revolviendo las piedras.

¡Hasta que lo encontraron! ¡Allí estaba! ¡El codiciado oro!

¡Y cuánto, cuánto era! Pero cuando fueron a tomarlo con sus manos, grandes chorros de agua brotaron como por arte de magia.

¡Agua! ¡Sí, agua caliente, bien caliente!

Los blancos huyeron asustadísimos, para no quemarse de arriba abajo.

Dicen que fue el espíritu de Cacheuta, que, ayudado por el dios Inti, convirtió el oro en agua.

Un agua calentita, calentita, con el color maravilloso que le dio su padre el Sol. Y más valioso que el mismo oro, porque cura muchas enfermedades.

Para los lugareños, estas aguas son el símbolo de la solidaridad humana, simbolizan la hermandad de los pueblos por su libertad.

Desde entonces, se brindan generosas a los que se bañan en ellas para cuidar sus males.


Fuente: CUYO, Supersticiones y creencias

martes, 28 de septiembre de 2010

LOS AMANTES DEL NAHUEL HUAPI


Cuando cae la tarde sobre el lago Nahuel Huapi, llegan chillando los macàes. Abanican el agua con sus alas plateadas y se sumergen largos instantes. Flotan como barquitos en las ondas brillantes que los hamacan en su vaivén tornasolado y nadan en grupo hacia la orilla, donde esconden sus nidos.

Dicen los mapuches que si uno hace silencio y presta atención podrá ver siempre juntos a dos macáes, macho y hembra, que se rezagan para despedirse del lago antes de nadar con el resto de la bandada hacia su refugio nocturno.

Entonces puede identificarse a Maitèn y Shompalhuè, el espíritu del lago, que finalmente los haya salvado, y a recordar el tiempo en que se querían como hombre y mujer.

Maitèn y Collaán iban a casarse al comienzo del verano.

La novia, ayudada por el resto de las mujeres, había trabajado mucho: tejido apretadas mantas, conseguido del challafe los recipientes de barro que iban a hacerle falta y ayudado a preparar el muschay. Y quiso engarzar en secreto un collar de ostras para llevar el gran día de la fiesta.

En busca de los caracoles más raros, más bellos, más perfectos, Maitén salía a recorrer las playas alejadas. Durante largas tardes bordeaba la orilla del lago, internándose de a ratos en las laderas cuando los acantilados le salían al encuentro.

Después de cada rodeo, accedía por fin a otra playa. Y no era fácil distinguir las conchas entre las piedras que la forman; entonces Maitèn se agachaba y examinaba el terreno con sus ojos oscuros y sus dedos diestros, o se acercaba al borde del lago con la ilusión de encontrar allí alguna, embellecida por el agua.

Así la descubrieron dos pehuences. Y en cuanto la vieron, la quisieron para ellos.

Se acercaron, la saludaron con cortesía y luego de una larga conversación que impacto a la muchacha, trataron de convencerla de que aceptara casarse con uno de los dos.

Maitén, antes de volverse apurada a su ruca, les explico que estaba prometida, que le faltaba muy poco para ser una mujer casada.
Además les dijo-- esos asuntos debían tratarse entre los padres. Y no les contó cuanto quería a Coyán porque le dio vergüenza...

Pero los pehuenches no se conformaron, y para que alguien obligara a Maitén a quererlos consultaron con una machi.

La vieja les contesto que no se torcían así nomás las voluntades, que elegir era algo serio, que había que someter la decisión a un espíritu superior. Y explicó que era necesario recurrir a Shompalhué, que arremolinaba el Nahuel Huapi durante las tormentas o lo vuelve manso ahuyentado a Kûref.

Después los despacho diciendo que esperaran confiados, que el plan ya estaba en marcha.

Mientras tanto seguían los preparativos en la choza de Maitén, y ella se iba cada vez mas lejos para buscar las cuentas que le faltaban.

La machi preparo con cuidado sus hechizos y cuando todo estuvo listo salió en canoa para sorprender a Maitén.

La encontró sentada en una saliente, en el momento en que sacaba el collar de su bolsa para admirarlo al sol. Clavando el remo la saludó:

-buenas tardes, muchacha ¿cómo pasa sus últimos días la ullcha domo?

-buenas tardes contesto Maitén poniéndose el collar pero como sabia que voy a casarme.

-las viejas como yo sabemos muchas cosas dijo la machi -.

También se que desde hace días andas buscando conchas por la orilla. Traigo una muy hermosa que encontré hace años en un chakao que pocos conocen... completarían muy bien ese collar. Y rebuscando entre sus ropas saco una valva tornasolada.

- déjeme verla, por favor!!!!! Pidió Maitén. Y la machi se la tendió.

La concha ocupaba casi toda la palma de Maitèn, pero era más delgada y liviana que las que muchacha conocía. Al darla vuelta vio que en su parte cóncava tenia un extraño dibujo rosado y gris, con un centro verdoso que parecía un ojo.

Maitèn no podía dejar de mirarlo; la pupila brillante parecía dilatarse y contraerse, mientras su borde se desdibujaba en el tornasol.

La muchacha no se dio cuenta de que se adormecía, de que la machi la deslizo hacia la canoa y tendió en el fondo, de que salto a la orilla y empujo la embarcación alejándola de la costa, camino al reino de Shompalhué.

Así la distinguió Coyán un kilometro mas allá, cerca de su ruca, mientras pescaba percas.

El muchacho se lanzo al agua para interceptar la canoa sin remero y no pudo creer lo que veía: con las mejillas arrebatadas por el sol, la boca entreabierta y un collar de caracoles sobre el pecho, iba su novia dormida.

Sosteniéndose del borde de la canoa, Coyán comenzó a llamarla:

- Maitén, Maitén! decía, mientras se inclinaba sobre ella y sin querer le mojaba la cara, el cuello, el manto...

Pero Maitén dormía profundamente mientras el sol se iba ocultando detrás de las montañas, el agua se enfriaba y Kûref, convocado, empezaba a soplar.

Enseguida la corriente empezó a arrastrar hacia el flanco rocoso de la montaña la canoa a la que se aferraba Coyán con desesperación, maldiciendo la falta de un remo... entonces todo el lago pareció levantase y con extraña fuerza hizo ceder las rocas, partiendo en dos la montaña para abrirse paso, avanzando implacable por el nuevo cañadón e inaugurando un nuevo lecho.

Perdida la canoa, con el cuerpo rígido de frío, agotado por el esfuerzo y preso por el miedo, Coyán intentaba todavía mantenerse a flote sosteniendo fuera del agua la cabeza de Maitén. Pero el lago enloquecido disponía de sus cuerpos: los hacia hundiese y levantarse como si fueran ramitas y parecía a punto de estrellarlos contra las rocas.

En ese momento una gran ola los sumergió una vez más y enseguida, a la vez que se calmaba la tormenta, surgieron de ella dos Macáes que se alejaron por las aguas ya mansas, gráciles, plateadas y brillantes como la misma espuma.

Nota

Macáes: Son aves acuáticas cosmopolitas (se encuentran en todos los continentes) conocidas vulgarmente con el nombre de somormujos, macáes, zampullines o zambullidores.

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL CERRO VOLCÁN



Foto: Eduardo Néstor Gracia
http://sites.google.com/site/numerosdeyletrads/home/revista-y-letrad-s-no5


En tiempos muy remotos, la gente que transitaba por estos lugares se guiaba en las noches por un cerro cónico que despedía llamaradas, como un volcán.

Todavía los idiomas no se habían mezclado. A un arroyo lo llamaban Chapadleufú, palabra compuesta por barro y agua que corre.

Un cerro era casu y para designar algo que sobresaliera, lo designaban hati. Casuhati significaba, entonces, cerro alto. El hombre era guayna, el sud tehuel.

Conocían una región desierta a la que llamaban Huecufú Mapu, país del mal.

Por ahí andaba Gualichu, un espíritu destructor enemigo de la gente.

Los guaynas la evitaban cuando iban o volvían del tehuel, porque en ella las tormentas de arena eran muy fuertes, los cegaban hasta extraviarlos y muchos murieron en el intento de atravesarla.

Según ellos había por el suelo piedras redondas, marcadas con un surco en el medio por el dedo pulgar de quien las había sembrado: Gualichu. El podía transformarse en cualquier fenómeno de la naturaleza, en planta o animal, según le viniera en gana. Y lo peor de todo: podía salir a enredar las cosas por el mundo. Por ejemplo, lograr que los de un lado y otro de su tierra pelearan sin motivo.

Si los guaynas salían a cazar y se alejaban demasiado, desviaban el camino por la costa para no cruzar por ese lugar tan temible.

Llegaban al cerro cónico y alimentaban el fuego de la cima con ramas de curru-mamül, un arbusto que entonces abundaba.

Algunos se quedaban durante días o semanas para mantener vivo al cerro y guiar a los demás cuando regresaran.

A ese punto de referencia lo llamaban Vuülcan, que significa sierras unidas por la base. Cuando las lenguas empezaron a confundirse, le quedó un nombre que se le parece y recuerda lo que era antes: Sierras del Volcán.

Mucho tiempo pasó y la cima del Vuülcán dejó de iluminar a la gente, que ya no recorre largos caminos por la costa para evitar el país maldito. Hacia el oeste hay una sierra, con un gran mordisco que entonces no tenía. Y en medio están los campos cultivados y la habitación de quienes apenas recuerdan esas épocas lejanas y el nombre que designaba a cada cosa.

Siguen contando, sin embargo, que todo cambió un atardecer. La sierra del poniente comenzaba a desdibujar su línea continua y en la cima del Volcán brillaba, atenta, la luz de los cazadores. Fuego y ceniza se esparcían en oleadas grises y amarillas por los campos del valle, en la espera solitaria de la noche. Aún no los cruzaba el arado ni detrás de él las semillas despertaban del letargo a la tierra. Los arbustos resecos tenían sed.

Una figura de piel frutal y ojos de asombrada inocencia se asomó a ese palacio de cobre violeta. La llamaban Ayelén, alegría.




Abrió en él su perfume delicado, un sendero de estrellas silenciosas que perseguían al sol. Era como el destello de color que brota en el extremo anhelante de la rama seca, o una caricia de seda sobre la piedra y el metal.

Con pasos frágiles, tendió la mirada curiosa hacia el horizonte.

Descubrió el límite, la región donde la noche próxima abría ya el paisaje del misterio.

El Volcán le teñía los cabellos con resplandores rojizos y el crepúsculo refrescaba su piel joven.

Fue entonces que de las entrañas de la tierra brotó un rugido, quebró el aire quieto de la tarde y lo pobló de un hálito sulfuroso y gris.

Venía de lejos: de un país desierto que extraviaba a la gente con ventiscas de arena para devorarla. Se había transformado en temblor que sacudía al valle. Había adquirido garras con las que despeñaba las piedras, alas con las que ahuyentaba al sol moribundo y un soplo de silencio con el cual confundía las palabras.

Era Gualichu, el demonio que había salido de su Huecufú-Mapu. Trepó a la cúspide iluminada, quedó suspendido como una palabra dicha a medias, ante la sorpresa de esa presencia erguida en mitad de su reino, hasta entonces incuestionado.

Rugió y golpeó una y otra vez: en su fragua fundía los lenguajes para confundir a la gente. Su imperio era invadido y no ahorraría maldades para reconquistarlo.

Ayelén se detuvo, en medio del valle. Miró hacia el Volcán, cada vez más luminoso a medida que el sol se ocultaba. Su voz alegraba el aire enrojecido del crepúsculo:

-¿Es el sonido de la tierra que ruge en la penumbra, o hay un espíritu que quiere hablarme?

Desde la cima chispeante, bajó la voz a responderle:

-Estos son mis dominios, desde siempre. Los astros giran según mis designios. Cada piedra ocupa el sitio que he determinado. Hasta el último arbusto implora su gota de lluvia por mi voluntad y puedo concederla o negársela sin explicaciones. ¿Cómo te atreves a invadir mi reino? ¿Acaso estás extraviada?

-¡No, no me he perdido! He llegado a este yermo a encontrarme con quienes regresan para transformarlo todo. Quiero recibirlos, como mi nombre, con alegría.

La voz se revolcó en fragores profundos, esparció su ira creciente y le lanzó su dentellada de incredulidad:

-¿Acaso existe un poder mayor que el mío? Mi fuerza tiene la impetuosidad de las olas, mi espacio es el de los astros y mi tiempo es aquel que no ha nacido y nunca morirá. ¿Cómo pretendes, mísero pétalo apenas sujeto a un tallo leve, perturbar mi eternidad?

-Sigo una ley tan poderosa que no hay temor capaz de detenerme- respondió, en un murmullo suave, Ayelén.

La voz bajó del Volcán, desplomó sus pasos de yunque y la rodeó con temblores de catástrofe. Se acercó transformado en puma hambriento, pronto a arrebatar la vida a esa hoja, tierna y breve como el instante que precede a la noche. Aspiró su perfume, que sin comprenderlo le pareció el de la tierra arada o el de los jazmines del jardín cuando anochece. Las garras casi rasgaron sus mejillas y el fuego de esos ojos, que ardían desde siempre en la tierra profunda, estuvo a punto de disgregarla en ceniza.

Pero se detuvo y voló como un pájaro oscuro que giraba a su alrededor, indeciso. Se le oyó musitar, entre vapores:

-¡Qué bella es! ¿Cómo puede un ser tan pequeño y solitario reunir la perfección del cristal, la suavidad de la flor, la frescura del ocaso, la calidez del mediodía? ¿Quién ha enviado esta copa de licores desconocidos, que me suspenden en el aire sin que pueda herirla? ¡A mí, que soy fuerza sin control, amo y señor de la luz y la oscuridad! ¿Cómo es que me contagia la alegría de esperar a los que vuelven de un largo viaje?

Ella lo vio remontarse hacia los últimos rayos del sol, hueco negro de bordes dorados, alas que presagiaban otro mundo abierto más allá, donde otra vez sería felino deslizándose entre las grietas y luego el camino ardiente de la lava y la prisión de roca, el temblor y la furia.

Creyó ver bajo esas alas un universo de seres y objetos que se postraban a sus pies. Palacios traslúcidos donde colgaban lámparas eternas de cuarcitas, arroyos de frescura que sembraban frondas rumorosas, vasos repletos de perfectas joyas creadas por la mano de un Artista sin maestros. Allá iba el oscuro pájaro, arrebatando rayos de pureza al sol moribundo para engalanarla con una luz dorada que enceguecía. Cada giro en el aire era un ademán creador de bellezas cautivantes; cada vuelta, una ofrenda a la vez grandiosa y humilde, sólo para ella rescatada del caos mineral y del silencio de la noche.

Ayelén escuchó muy adentro suyo esa voz de alegría, como si proviniera de la costa, donde el mar salpicaba de espuma las cavernas.

¿Eran los cazadores, de regreso?

Venían por la llanura lejana, hacia la antorcha del Volcán, destacada ahora en medio de la oscuridad. Le contaban que habían hallado extrañas artes de otros hombres: la semilla, esperanza de un sol que siempre vuelve; las letras, siembra para otro día que habría de nacer.

Los rostros se multiplicaban en una marcha sin descanso, hacia ella, hacia el lugar donde había encontrado el límite continuo de sierras.

Un joven gallardo y seguro los dirigía. Tal vez buscaba su Ayelén. Su bandera era un cielo de amanecer, más allá del Vuülcán. La agitaba sin descanso y la multitud lo seguía, rumoreando una canción que era de este mundo pero parecía adelantarse y transformarlo todo.

Las alas de la noche se detuvieron a esperarla, impacientes. La reclamaron a su reino tendiéndole su ofrenda. Por un momento ella se sintió atraída, pero enseguida vio las garras punzantes que la sostenían y se negó una y otra vez.

Entonces, el pájaro descendió al puma y el puma a la furia incontrolada de la piedra en movimiento. Era otra vez el caos, en medio de la noche. Rocas sobre rocas que se desplomaban, vientos de tierra arenosa que enloquecían, temblores que estallaban contra su cara como las olas del mar en una tempestad.

La cima cónica seguía guiando a los cazadores, que regresaban multiplicados aunque Ayelén no pudiera verlos.

La furia cruzó el valle y en el horizonte de sierras marcó una dentellada diabólica. Es desde entonces un hueco, una curva dejada en su paso hacia el volcán, marca indeleble del amor desahuciado y el fin de un reinado que se creía eterno.

Todavía fue un rugido inmenso mientras cruzaba el valle y se hundía en el cráter llameante del cerro, que se tapó sepultándolo con piedras.

Los cazadores no encontraron la antorcha que los guiaba. Sólo vieron el resplandor final del último día en que vivirían en paz. Gualichu había impregnado la tierra con vapores de rencor y mezclaba las lenguas para que los hombres no pudieran comprenderse.

Muchas cosas cambiaron de nombre. El Volcán no volvió a arder y hacia el oeste, el profundo Mordisco del Diablo identifica desde entonces un lugar que cambió para siempre.

Cuando la cosecha es abundante, un ser querido regresa al hogar o se celebra una fiesta, la gente expresa su alegría.

Es un regalo de la tierra, que recuerda a Ayelén.


Jorge Dágata en colaboración con Susana Taddeo
Fuente: http://rescatados.fullblog.com.ar/post/la-leyenda-del-cerro-volcan-jorge-dagata-en-cola/
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/cae-un-meteorito.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/una-vision-de-la-sociedad-del-mordisco.html

jueves, 16 de septiembre de 2010

EL DOLOR DEL CÓNDOR Y LA PACHAMAMA



En el estreno de la creación, el espíritu del Cóndor volaba por el cielo azul, acariciaba las nubes con sus grandes alas que abanicaban el inmenso paraje.

El aire era tan puro, que cada respiración se disfrutaba, se inspiraba durante seis o siete segundos, se retenía, se sentía, era imposible dejar esta acción al sistema autónomo, pues había necesidad de vivirlo en cada movimiento, se expiraba lentamente, desnudándolo, festejándolo, aprovechando todo lo que tenía para dar, su encanto quedaba en el cuerpo.

Y eso hacía el Cóndor, lo disfrutaba, jugaba con él, era suyo, podía tocarlo al volar, podía recorrerlo sin límite, el aire le ayudaba a acercarse a Dios, lo hacía poderoso, le permitía ver todo, ser sabio, grande, real.

Desde lo alto admiraba y disfrutaba la alfombra verde, deleitaba sus ojos con el resplandor de los colores, veía en ellos la razón de la vida, veía a la Pachamama llena de belleza, protegida y cuidada, la respetaban porque era suya, era de cada uno.

Todos se sentían dentro de ella.

La alfombra verde era su piel, su sangre era fértil, el agua repasaba sus curvas, rastreaba sus entrañas, sus senos erguidos eran el resguardo del Cóndor, le daban seguridad, lo cuidaban, lo mantenían en la cumbre del mundo, lo mimaban con suaves caricias que sólo una mujer puede dar.

La creación era perfecta, aún los hijos del Cóndor eran perfección, cuidaban también y consentían a la Pachamama, y lo hacían en todo momento, lo hacían con amor, con tanta dedicación que la Pachamama agradecida los llenaba de regalos, les daba flores de diversos colores, aromas y tamaños, les daba frutos de todos los sabores, jugosos, exquisitos, como sólo ella los podía preparar, como sólo una madre lo sabe hacer.

La vida era un éxtasis total, un diario conocimiento, un encuentro permanente con la belleza, con la grandeza, con el poder, era sentir la fuerza sobrenatural en cada movimiento, tranquilidad en cada suspiro, en cada imagen, un todo para todos, a favor de todo cuanto había sido creado.
Hasta que pasó lo inevitable, llegaron los extraños que nunca debieron llegar, con su afán de poseer y controlar, con su verdad única y excluyente, y su manera de mirar el mundo como si fuera una mercancía, un botín para repartirse; manipulando el mensaje del Dios colgado del madero, prostituyendo su anuncio, quemando y arrasando en su nombre.

Toda la carga histórica de agresión y desprecio produjo el aniquilamiento de muchas etnias, la drástica reducción de otras y la aculturación de las restantes.

El Cóndor resistía, pero sus hijos estaban anonadados ante tal brutalidad y sólo obedecían al que más duro hablara, se aterraban frente a lo desconocido, ante lo más sucio, ante la crueldad de los extraños y sus acciones.

No actuaban, se dejaron ultrajar sin poner la menor resistencia; el Cóndor luchó pero luchar solo fue en vano, además no quería maltratar a sus hijos, los amaba y no podía hacerles daño alguno.
La Pachamama lloraba, lloraba al ver lo que sucedía a su alrededor, los extraños rasgaban su piel, la hurgaban, la irrespetaban, fueron acabando con su belleza; aún sus hijos le hacían daño, se dejaron llevar por ese poder maligno sin darse cuenta que se destruían a si mismos, estaban inmersos en su inhumanidad.

Estaban tan llenos de mal, que el día de su partida no pudo dejar de mirarlos, los vieron perder en el horizonte...

Cuando su asombro pasó, miraron atrás y vieron desidia, sintieron miedo, vacío, pero ya habían quedado invadidos por ese aire pesado, putrefacto; estaban enfermos, sentían dolor.

Los más trastornados comenzaron a rellenar vacíos amontonando piedra, porque piedras era lo único que quedaba, las hacinaban una encima de otra, así hasta invadir el espacio del Cóndor. Lo privaron de su libertad, se traicionaron unos a otros, perdieron su identidad, fueron tan débiles, que nunca más pudieron salir de esa experiencia que los marcó para siempre...

Es por eso que hoy son sólo imitadores de cualquier extraño, están sin espíritu aún sabiendo muy en el fondo que deben actuar, quedaron sordos al llamado del Cóndor que desde su cautiverio permanece en sus mentes de libertad, quedaron ciegos a la belleza de la Pachamama, hoy lo que menos importa es mantenerla viva, por eso la destruyen, pero ella saca fuerzas de sus entrañas por amor a sus hijos, sus restos parecen no ser suficientes para hacerlos cambiar.

Ellos sienten vergüenza por lo suyo, por sus costumbres, por su hermosura, se quedaron en imitadores, ya no sólo de blancos, sino de azules, verdes, rojos, hasta preparan su llegada, los reciben con ansia, bailan, ríen, vociferan a una misma voz su nombre, los idolatran, se visten con sus desechos, comen sus desperdicios... ¿Hasta cuándo?...

La Pachamama aún tiene vida, todavía su fuerza está en la conciencia de muchos, aún quedan restos de savia en su cuerpo, la voz del Cóndor dice: cuidémosla, es patrimonio nuestro, es vida que produce vida, es amor, es perfección, es nuestra alma...

COMUILLA UAI.
Madre Tierra ¡Liberación!



Claudia Villalobos
Bogotá, Colombia
http://servicioskoinonia.org/cuentoscortos/articulo.php?num=014

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL LEÑADOR Y EL DUEÑO DEL CERRO



“Hace muchos años en San Pedro la Laguna, vivía un señor que era leñador y que tuvo que ver con el señor del cerro, éste leñador sacaba ocotes de los árboles de pino.

A eso iba al cerro Chuichalí, en aquel tiempo lleno de árboles, sobre todo de pinos colorados.

Un día el leñador se encontraba en el cerro botando un árbol cuando vio que hacia uno de los lados había otro pino más colorado; pero en eso vio otro mejor y se le acercó para hacharlo, cuando se le apareció de repente un hombrecito de traje colorado, que se fue acercando y le dijo:
-Mirá vos, el señor del cerro quiere apalabrarte; te invita a su palacio-.

Pero el leñador no quiso ir, él sabía que no le había pedido permiso al señor del cerro para cortar árboles, entonces el hombrecito le dijo que le iba a pegar con una cadena grande que llevaba y mientras el ocotero se reponía del susto, no se dio cuenta que el hombrecito se había metido en el palacio, dentro del cerro.

Allí había toda clase de animales encadenados que se abalanzaron sobre él, al no más verlo; pero el señor del cerro, que estaba sentado sobre un armado lo calmó a todos.

-¿Por qué le haces daño a mi canilla y me la lastimas con el hacha?, le dijo el señor al leñador-.

Entonces, el señor del Cerro, se arremango una de las mangas del pantalón y mostró la canilla, que tenía lastimada con cortadas; y le dijo que al botar el árbol sin su permiso lo había herido a él.
-Ya ves lo que me has hecho y ni siquiera me das nada, ahora me la tenés que curar, le dijo el señor del cerro al leñador.

El ocotero no sabía que hacer y entonces oyó la voz del zahorí que le dijo que le echara saliva a las heridas que el hombre tenía en la pierna y que así sanaría.

Probó el ocotero y al ratito el señor del cerro ya curado lo dejó salir del cerro.

Entonces el señor llegó a su rancho donde le esperaban asustados, porque hacía ocho días que se había desaparecido y no sabían donde estaba.

Pero él contó todo lo sucedido a su familia, y también les recordó que:

Hay que tener cuidado con el señor de los cerros”.

Fuente: Viejas Consejas (de santos milagrosos y señores de los cerros).

martes, 7 de septiembre de 2010

LA MARIPOSA Y EL OMBÚ

Imágen de: http://www.revistajardin.com.ar/nota.asp?nota_id=1128032&pid=6451526&toi=6315



En un bosque de los tantos,
debajo de ingente azul,
con su tronco embelesado,
se anquilosaba un ombú.

Un ombú que perpetuaba,
indefinida, su espera,
con un ancla de raíces
lanzada sobre la tierra.

Un ombú que prolongaba
sus enramados caminos,
para que el ave asentase
la vivienda de sus nidos.

Un ombú cuya nostalgia
se remontaba a la ausente
condición, liviana y libre,
de ser pequeña simiente.

Pues sabiendo que, del suelo,
era enclavado cautivo,
nunca mostraba, aunque enorme,
contento por verse vivo.

Nunca mostraba contento,
si bosque ni monte vario
conocía por sufrir
condena de sedentario.

Más pasó una mariposa
ingenua, por ser menor
su vivencia entre los bosques,
e inquieta se le acercó.

Y sin saber de la pena
que al árbol amedrentaba,
irreverente y curiosa
le preguntó con sus alas:

¿Me dirás, ombú, por qué
la natura es tan injusta,
que me hizo frágil a mí
y a ti una planta robusta?

¿Me dirás, ombú, por Dios,
pues juro que no lo entiendo,
por qué fugaz me hizo a mí,
mientras a ti sempiterno?

¿Por qué, pródiga, te dio
natura a ti tantas ramas
con hojas, mientras a mí
tan sólo débiles alas?

¡Qué injusta que fue natura
conmigo, puesto que tú
cuentas con tantas ventajas
por ser un árbol, ombú!

¡Qué bellaca fue natura,
qué inicua, mala e injusta,
que me hizo frágil a mí
y a ti una planta robusta!»

Mas el ombú plañidero,
con su savia de tristeza,
le respondió con sollozos
de brisa entre la maleza:

Yo prolongo mi enramada
cual un frondoso camino,
para que puedan posarse
los pájaros con sus nidos.

Testigo soy de las crías
que raudas al cielo huyen,
mientras a mí, una parcela
diminuta me recluye.

Y siendo enorme, no muestro
contento por verme vivo:
Obsérvame, de este suelo,
soy enclavado cautivo.

Obsérvame, que yo nunca,
ni bosque ni monte vario
conoceré, si condena
sufro de ser sedentario.

Ve tú, mariposa blanca,
que tienes vida de un día,
a conocer lo que yo
no pude en mi larga vida.

No te quejes, pues natura
me dio a mí en eternidad,
lo que a ti, con ambas alas,
te dio en posibilidad.

Que si me dio a mí, natura,
dureza sobre este suelo,
a ti la fragilidad
te dio, mas en amplio cielo.

¡Ve tú, dulce mariposa,
que tienes vida de un día,
a ver lo que yo, en un siglo,
no pude ver todavía!»


Ernesto Diego Buezas de la Torre

miércoles, 4 de agosto de 2010

LA YACUMAMA


En lo profundo de un bosque impenetrable por su exuberante vegetación, había un lago muy poco conocido por los que vivían en las proximidades de ese lugar.

Simulaba ser sumamente tranquilo, apacible, en suma, un remanso de paz; pero, lamentablemente era lo contrario.

Así lo aseveraban quienes habían llegado a él, pues sabían que tenía "madre" y que ella celosamente cuidaba ese lugar, persiguiendo sin piedad al que por desgracia se atrevía a pescar en sus aguas.

Así llegó cierto día un pescador que siguiendo el curso de un riachuelo desembocó en el; desde el primer momento que lo vio, se sintió feliz porque creía que era el primero en llegar y pensó: al fin podré realizar una "pesca milagrosa" en esta laguna olvidada, que debe estar llena de peces.

Infelizmente no fue así; al penetrar en el lago, lo primero que hizo fue ubicar un lugar para arrojar su tarrafa y aunque se sentía intrigado por el movimiento del agua, siguió remando confiado; pero el vaivén continuo de su canoa, siguió preocupándole hasta que sintió que algo salía del fondo del lago.

Rápidamente volvió para averiguar que era eso, y vio una terrible cabeza, suspendida a casi un metro de altura sobre la superficie del agua moviendo su monstruosa figura de orejas paradas y sacando su lengua puntiaguda.

Inmediatamente dio vuelta su canoa, metió su remo con fuerza hasta el fondo del agua para impulsarse mejor y en esos instantes apremiantes para colmo de males, notó que las plantas de la orilla venían a su encuentro, cerrándole el pase como si obedecieran a no se qué designio; terriblemente asustado, giró su cabeza para ver que ocurría con la fiera y comprobó que ella le perseguía a toda velocidad.

En ese momento, aterrorizado levantó sus ojos al cielo y clamó ayuda al Dios Todopoderoso, convencido que él no podía hacer nada para librarse con vida de ese monstruo lacustre.

Y realmente, el Señor escuchó su súplica, porque inexplicablemente cayeron al lago cuatro sachavacas peleando y mordiéndose como fieras, produciendo un tremendo ruido.

Ese terrible estruendo asustó a esa serpiente, que no era otra cosa que la terrible Yacumama, que velozmente se sumergió en su lago.

Incomprensiblemente, las plantas acuáticas también volvieron a su posición inicial y todo quedó en calma, pues hasta las sachavacas se escaparon viendo a la horrible Yacumama.

El pescador que advertía estupefacto todo cuanto sucedía. No quiso perder un segundo más, y se alejó de este fatídico lago, antes que la Yacumama le cerrara el paso nuevamente.

Lamentablemente no llevó ni un solo pez, porque "la madre" de esa laguna no quiso regalarle sus pacos, sardinas, sábalos, bujurquis, lizas y gamitanas.

AI respecto, se cuenta que cuando alguna persona común se acerca a las orillas y penetra a esos lagos encantados, se desata sorpresivamente una tormenta infernal que hace zozobrar la embarcación y la persona se ahoga irremediablemente.

domingo, 1 de agosto de 2010

LA WILANCHA




Por: Saúl Alejandro Maldonado Pérez

La pervivencia de las costumbres de los pueblos aborígenes fue aumentando en el transcurso de los años. Los mitos andinos, enriquecidos en el tiempo tienen como referencia un respeto profundo a la naturaleza. Las costumbres se arraigaron en los pueblos, hasta tal punto de repetirlos y venerar a los elementos de toda la naturaleza.

Las ceremonias de los pueblos andinos, tanto en las ciudades y sitios alejados que reciben el nombre de “sitios sagrados”, son actos espirituales de la sociedad.

Es interesante destacar que la descendencia genealógica de los pueblos andinos fue fijada en la piedra o identificada con elementos geológicos como las montañas, colinas, grietas, ríos, rocas, cascadas, etc. Pero hay unos lugares especiales que son las wakas o achachilas que son la prolongación del tiempo de las organizaciones sociales como los ayllus, markas, layas y suyus en lo que antes era el territorio del Tawantinsuyu.

En la cosmovisión andina todo tiene vida, por eso se habla de mentalidad animista. Así, como dice Freddy Yapu, un intelectual aymara, “las montañas tienen valentía, honor, astucia, incluso pueden aparearse, pueden reproducirse.

Eso se llama lógica de vida porque hay una armonía, una comunión entre el hombre y la naturaleza.

Muchas prácticas de ritos que se han ido mezclando se practican en la Paz, Cochabamba, Oruro, Potosí, Santa Cruz y otros departamentos debido a la fuerte migración del campo a la ciudad que deja su huella y se enriquece con nuevos elementos.

Así, la Wilancha es una “ceremonia ritual donde se ofrenda, generalmente, una llama, se la degüella y con su sangre se challa o invita a la naturaleza, esparciéndola a los cuatro puntos cardinales y rociando con ella a la madre tierra o pachamama”. Es un acto que representa que la tierra bebe, ingiere la sangre y los achachilas o también llamados tíos que son los abuelos ancestrales y no dioses, reciben la sangre como una ofrenda en la ceremonia ritual de la Wilancha.

Previamente a la Wilancha se prepara una mesa ritual simple o una completa que contiene coca de hojas dulces o amargas, bebida que es chica o kusa que luego fue sustituida por el alcohol blanco y vino tinto o aguardiente y se utiliza el tabaco o sayri, planta originaria de América que fue de uso exclusivo para ceremonias religiosas y ofrendas a los antepasados.

Las mesas rituales contienen elementos de origen vegetal, entre ellos: incienso, copal, wira kuya, wairurus, kuti kuti, kulla kulla o phinaya, kina kina, saka kuti, pacha untu, coca, clavel, rosa, chunchu vainilla.

También elementos de origen animal: lanas de colores, fetos de camélidos o sullus, untu o grasa, cuero o carne seca de titi o gato montés, plumas de aves, conchas fósiles estrellas de mar, espinas de puercoespín, pescados secos, etc.

Asimismo, elementos de origen alimenticio: uva, cacahuate, higo, papa, oca, granos, galletas secas, caramelos, confetis, papeles de color brilloso denominados misterios.
Desde ya se utilizan elementos de origen mineral como: la mica, piedra imán, taku, llampu, azufre nativo, toba calcárea que es utilizado para tratamiento de enfermedades y curaciones por los yatiris, sabios o sacerdotes.

En las mesas rituales están varios elementos denominados “misterios” de distintos colores.

Su simbología se explica:

• Rojo o “chipika” que representa la sangre y sacrificios de nuestros mártires y abuelos que ofrendaron sus vidas en la lucha por la liberación y la guerra del Chaco. Como símbolo masculino, significa el principio de la vida.

• Celeste o “larama” representa la vida relacionado con las “cochas” como símbolo femenino.

• Amarillo o “kellu”, representa la riqueza de los recursos naturales, como el oro y la plata producidos en las minas. Es un principio activo que relacional al sol con los espíritus de los antepasados.

• Verde o “chojña”, representa a la madre naturaleza a la “Mamapacha” y a todos los seres vivos de la naturaleza. Es el símbolo de la fertilidad, es el símbolo femenino. Incluye al trueno, al relámpago y el anuncio de las lluvias.

Finalmente, destacar la posición de los ambientalistas y proteccionistas de utilería, que no conocen las prácticas ancestrales y vierten un pensamiento copiado en el llamado primer mundo, como libreto aprendido para repetirlo sin reflexión alguna. Si bien, la Wilancha tiene fuertes raíces culturales dinámicas, ahora se ha lanzado el desafío de sustituir el degüello de la llama por otro símbolo hecho en el “miski”. No entender, ni conocer la ritualidad del país, principalmente de occidente, genera una permisividad irresponsable que colinda en el autodesprecio. Por eso nuestra anotación final para que algunas entidades medioambientalistas y proteccionistas conozcan primero, la singularidad sociológica del país.


Bibliografía: “Mamapacha” Diccionario de Mitología Aymara, Mario Montaño Aragón
“Memorias del Titikaka”, Freddy Yapu Gutiérrez
“Liturgia Andina”, Luis Alberto Aguilar Calle
“Apuntes Provisionales”, Concierto Boliviano, Saúl Maldonado