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lunes, 14 de junio de 2010

VIENTO ZONDA. GILANCO




Agazapado en un roquedal calcinado por el sol de la siesta, en plena cordillera, Gilanco y sus bravos calchaquíes aguardan el paso de una tropilla de guanacos. Tres días y tres noches persiguiendo sin descanso al astuto y huidizo animal, han desarrollado en los hombres una ferocidad implacable.

No escaparán, dice Gilanco. Confía en el hábil manejo de las boleadoras, en su capacidad para esconderse y saltar ágilmente sorprendiendo a la presa sin darle tregua.

Alto y recio exponente de su raza, Gilanco no respeta las leyes de su tribu, ni los consejos de sus mayores: "Cazarás sólo los machos adultos, respetarás las hembras cargadas y sus crías. No salgas en el tiempo malo o acarrearás sobre la tribu la furia de Yastay”.

Muchos ancianos prudentes no aprueban su proceder. Sin embargo, los jóvenes siguen a Gilanco. Su incansable brazo nervudo, sus chuncas de puro tendón, tirantes como cuero sobado, constituyen el orgullo de la nueva generación.

Gilanco es como el tigre, goza acechando a sus presas, persiguiéndolas hasta ver su sangre convertida en río por el acostumbrado degüello. Hay algo de maligno en sus oscuros ojos cuando las ve palpitantes y temerosas, maniatadas e indefensas.

Trotando junto al despeñadero, la tropilla se acerca confiada.

Los cuerpos tensos, las boleadoras listas, los indios esperan el minuto preciso. Un grito, y el aire se agita cruzado por lazos que silban. Los guanacos trabados en sus rápidas patas, se desploman pesados en medio de un polvaredal rojizo.

Caen las gráciles bestias y ya está el indio degollando y sorbiendo, ávido, la sangre caliente de las víctimas. Horas de azarosa tarea, obligan al descanso. La sombra generosa de un algarrobo cobija a los cazadores que esperan el atardecer para iniciar el regreso.

En el silencio expectante de la siesta, el cansancio convoca al sueño.

Gilanco, perdida su mirada en la lejanía azul de los cerros, se deja mecer por la brisa.

Nunca supo cómo se presentó. Pero en el reverberar de los rayos, su figura se materializó después de un bronco rumor que sobresaltó al joven indio. Sólo él vio la cólera de sus ojos renegridos y pequeños y oyó su terrible voz: ¡Gilanco! Muchas lunas atrás predije el castigo que tu saña asesina acarreará sobre tu cabeza. Destruyes mis aves por placer y has provocado el enojo de Pachamama. Limítate a cazar para alimentar a los tuyos. Tus excesos serán castigados. No habrá más advertencias.

Gilanco enmudeció ante el dios y el corazón latió enloquecido.

Cuando Yastay, el protector de las aves, desapareció en una nube de polvo, no se atrevió a despertar a los suyos. Intuía que las palabras del dios debían permanecer en secreto.

Volvió la paz a los montes y quebradas. El miedo frenó al cazador. Anduvo mucho tiempo alejado de los quehaceres de su tribu.

El río lo vio pensativo mirando, sin ver, el curso de sus aguas. Pero, lentamente se fue desvaneciendo el recuerdo de aquel terrible encuentro. Sentía de nuevo la necesidad de probarse en la habilidad que lo distinguía y reanudó las largas jornadas de caza persiguiendo, incansable, sus presas hasta las altas cumbres.

Soberbio y cruel, convirtió su itinerario en una orgía de sangre y muerte.

Una tarde, cuando satisfecho observaba el traslado de las reses, sintió un rumor de pasos entre las peñas. Recordó las palabras de Yastay. Quiso huir pero una fuerza misteriosa lo clavó en el lugar y una voz de trueno sacudió la montaña.

Pachamama habló: ¡Gilanco! Tu crueldad y tu soberbia han despertado mi ira. La volveré contra los tuyos. Mis aves han sufrido demasiado. No tenías derecho a destruirlas. Tu castigo será ejemplo para aquellos que te imiten. En viento destructor convertiré tu fuerza para recordar a los hombres mis poderes.

A pesar de las inútiles promesas que tartamudeó el indio ante la diosa, un remolino de polvo y piedras nació en torno suyo. Brazos y piernas iniciaban una danza frenética y su cuerpo giraba enloquecido mientras se desplazaba en medio de una nube densa y rojiza.

Testigos de su transformación, los compañeros de Gilanco lo llamaron desesperados.

El torbellino se alejaba con fuerza incontenible por montes y quebradas. Un ulular incesante anunciaba el cálido vendaval que, recorriendo la tierra, cegaría pozos y cañadas, formaría médanos y páramos, alejando las aves y las bestias.

Por las tierras maldecidas, los indios andrajosos y hambrientos verían la destrucción y la muerte cada vez que repitieran las hazañas de Gilanco.

El viento Zonda había nacido.

lunes, 7 de junio de 2010

LA LECHUZA DE DOÑA PANCHA



Érase que era, y el mal que se vaya y el bien que no venga, que allá por los años primeros de mis abuelos, existía en el tranquilo pueblo de Pocito doña Pancha, quien tenia tantos años, que ya no se acordaba cuantos años eran.

Pero lo curioso de lo que voy a contar es la compañía que ella tenía: Nada menos que una lechuza a la que llamaba Chinita.

Tal era la fama que le habían atribuido al pequeño animal que, cuando pasaban por la casa de doña Pancha, los vecinos se hacían la señal de la cruz.

Como para no hacerlo, si cuando se murió don Jacinto, el día anterior la lechuza Chinita se había asentado en el palo de la ramada de su rancho, había batido las alas y efectuado su característico ¡chis, chis!

Pobrecito el hijo de la Ramona: jugando en el patio se le acerco la lechuza, enfermo gravemente y murió.

Cuando se cayó la casita de doña Camila, ahí estuvo ella muy temprano, chillando y aleteando.
El accidente de Anacleto y una serie de tristes acontecimientos que seguían a su presencia en el lugar que ocurrían.

No faltara quien diga: “Es casualidad”: pero ¡Vaya que casualidad! y si a eso se agrega que, con el andar del tiempo, su dueña murió de extraña y mala muerte.

¿Que lo que cuento de la lechuza Chinita es mas extraño que cierto?


¿Qué no pueden creerse esas antiguas historias de superstición y miedo?

Testigos fueron los antiguos habitantes de Pocito de las andanzas de Chinita la lechuza de doña Pancha.

lunes, 15 de marzo de 2010

LA CRUZ DE CAÑA

En la zona montañosa de San Juan que queda al sur oeste de los Berros, mas precisamente entre Acequión y Santa Clara, en las laderas orientales del Tontal, existe un lugar que da nombre a un arroyo: ambos se llaman La Cruz de Caña: es un lugar inhóspito, casi sin vegetación, y menos aun sin cañaverales.

¿El porque del nombre?...se dice que por allí hay una tumba o varias con una cruz hecha de cañas que llama a la oración por las almas que allí moran, cruz llena de un aura de misterio y porque no decirlo, de terror.

¿Quiénes son los que están enterrados allí? ¿Por qué están enterrados allí y no en Campo Santo? ¿Desde cuando existe esa tumba? Porque muy antaño ha de ser, por haber dado su nombre no solo al lugar, sino también al arroyo que riega la zona.
Preguntamos sin encontrar respuesta. Pero un día la casualidad de una visita a Rinconada develó en parte el misterio.

He aquí el relato oído a Eduardo Flores Sosa, hijo del Dr. Ramón Flores Yanzón, descendiente de varias familias de Pocito. De esas familias que son custodio de los viejos usos y las tradiciones patrias, gente que aun escancian en su mesa el vino y el agua en cinceladas jarras de plata en obsequio al viajero con la gentil hospitalidad que heredaron los viejos sanjuaninos de sus antepasados españoles.

Mientras saboreamos al sol el paisaje agreste de la sierra de la Rinconada, condimentado con amable parola y sabrosas empanadas al horno hechas por la negrita Hermosilla, escuchando al Gordo: “Fue allá en los tiempos en que aun vivía don Francisco Yanzón el que supo tener todo Pocito, en una de las tantas guerras civiles que ensangrentaron al país, no se si en la primera Batalla de la Rinconada, cuando derrotados por Aldao, un grupo de veinticinco hombres de los vencidos, trato de huir de la matanza, refugiándose entre los cerros. Pero seguidos de cerca, fueron rodeados, apresados y ejecutados en el mismo lugar que hoy se llama la Cruz de Caña.

Allí fueron enterrados por sus matadores, todos en confuso montón, no se si por piedad o por ocultar el crimen de todos los matadores. Una mano desconocida, pero llena de piedad, hizo con cañas frescas una cruz y la coloco sobre la tumba para recordar que allí descansan almas que necesitan una oración.

Desde entonces hay siempre allí una cruz de caña sobre la tumba, cruz que aparentemente no se deteriora con el tiempo, y ¡que hace tiempo que esta allí, pues siempre aparece fresca, como si fuera recién armada, lo mas extraordinario es que allá es una zona donde no crecen plantas ciertamente. ¡Cosa de milagro! ¿No?

En el silencio que sigue el relato de Eduardo, cada uno piensa…en el destino trágico de esos muertos sin nombre…o en la misteriosa y caritativa mano que planto allí la cruz cristiana.
Es el ocaso, el sol desciende detrás del monte inmenso, cuando sorprendidos escuchamos lejanas y fantasmagóricas campanadas tocar el Ángelus llamando a oración a la grey cristiana por las almas de los que ya fueron y allí penan.

Todos parecen oírlas y reverentes rezamos “El Ángel del Señor anuncio a Maria…”

viernes, 22 de enero de 2010

LA INDIA MARIANA

Recreación de Henríquez

En tierras sanjuaninas vivía una India Huarpe muy viejita llamada Mariana.


Siempre estaba acompañada por su infaltable cigarrillo y por un perro muy fiel que además era su protector.


Llegaba a este lugar y se refugiaba bajo un algarrobo en donde, contaba historias fabulosas a los niños, era con los únicos que se comunicaba y vendía a los habitantes y viajeros “piedritas brillantes” (pepitas de oro) que ella decía sacaba del “pocito”.


Una noche unos hombres ambiciosos la siguieron para descubrir ese famoso “pocito” que mencionaba para lo cual la siguieron por la luz de su cigarrillo encendido.


Cuando llegaron al algarrobo se encontraron solo con el perro que los amenazaba con sus feroces colmillos y, al huir aterrorizados, escucharon las carcajadas de la india que provenían del árbol.


Esa noche un fuerte temblor sacudió la zona y la India Mariana nunca se volvió a ver en el lugar.


Su famoso “pocito” nunca fue encontrado.


lunes, 17 de marzo de 2008

EL FUTRE

Dibujo Jorge Bernard.

Esta leyenda mendocina, se sitúa en Puente del Inca, Mendoza, Argentina, y de ahí con diversas variantes, se extendió a otros puntos de la provincia y San Juan.

Hay por lo menos dos versiones. Una dice que se trataría de un inglés bien vestido (de ahí su nombre, pues se llama “futre” en Cuyo, a toda persona que viste elegantemente) que, tras haberlo perdido todo en la sala de juegos del hotel de esa localidad, salió vestido de frac en plena noche y se perdió entre los cerros nevados.

La otra versión dice que se trataba de un hombre humilde que trabajaba en el ferrocarril, que fue asesinado y decapitado por el amante de su esposa en la misma estación de Puente del Inca.

Unos dicen que éste anda de noche con la cabeza en la mano y un hacha en la otra, amenazando a los que encuentra, mientras otros aseguran que se trata de un espectro inofensivo.

En ambas versiones a veces el Futre aparece a caballo.