Mostrando entradas con la etiqueta Calchaquí.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Calchaquí.. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de junio de 2010

VIENTO ZONDA. GILANCO




Agazapado en un roquedal calcinado por el sol de la siesta, en plena cordillera, Gilanco y sus bravos calchaquíes aguardan el paso de una tropilla de guanacos. Tres días y tres noches persiguiendo sin descanso al astuto y huidizo animal, han desarrollado en los hombres una ferocidad implacable.

No escaparán, dice Gilanco. Confía en el hábil manejo de las boleadoras, en su capacidad para esconderse y saltar ágilmente sorprendiendo a la presa sin darle tregua.

Alto y recio exponente de su raza, Gilanco no respeta las leyes de su tribu, ni los consejos de sus mayores: "Cazarás sólo los machos adultos, respetarás las hembras cargadas y sus crías. No salgas en el tiempo malo o acarrearás sobre la tribu la furia de Yastay”.

Muchos ancianos prudentes no aprueban su proceder. Sin embargo, los jóvenes siguen a Gilanco. Su incansable brazo nervudo, sus chuncas de puro tendón, tirantes como cuero sobado, constituyen el orgullo de la nueva generación.

Gilanco es como el tigre, goza acechando a sus presas, persiguiéndolas hasta ver su sangre convertida en río por el acostumbrado degüello. Hay algo de maligno en sus oscuros ojos cuando las ve palpitantes y temerosas, maniatadas e indefensas.

Trotando junto al despeñadero, la tropilla se acerca confiada.

Los cuerpos tensos, las boleadoras listas, los indios esperan el minuto preciso. Un grito, y el aire se agita cruzado por lazos que silban. Los guanacos trabados en sus rápidas patas, se desploman pesados en medio de un polvaredal rojizo.

Caen las gráciles bestias y ya está el indio degollando y sorbiendo, ávido, la sangre caliente de las víctimas. Horas de azarosa tarea, obligan al descanso. La sombra generosa de un algarrobo cobija a los cazadores que esperan el atardecer para iniciar el regreso.

En el silencio expectante de la siesta, el cansancio convoca al sueño.

Gilanco, perdida su mirada en la lejanía azul de los cerros, se deja mecer por la brisa.

Nunca supo cómo se presentó. Pero en el reverberar de los rayos, su figura se materializó después de un bronco rumor que sobresaltó al joven indio. Sólo él vio la cólera de sus ojos renegridos y pequeños y oyó su terrible voz: ¡Gilanco! Muchas lunas atrás predije el castigo que tu saña asesina acarreará sobre tu cabeza. Destruyes mis aves por placer y has provocado el enojo de Pachamama. Limítate a cazar para alimentar a los tuyos. Tus excesos serán castigados. No habrá más advertencias.

Gilanco enmudeció ante el dios y el corazón latió enloquecido.

Cuando Yastay, el protector de las aves, desapareció en una nube de polvo, no se atrevió a despertar a los suyos. Intuía que las palabras del dios debían permanecer en secreto.

Volvió la paz a los montes y quebradas. El miedo frenó al cazador. Anduvo mucho tiempo alejado de los quehaceres de su tribu.

El río lo vio pensativo mirando, sin ver, el curso de sus aguas. Pero, lentamente se fue desvaneciendo el recuerdo de aquel terrible encuentro. Sentía de nuevo la necesidad de probarse en la habilidad que lo distinguía y reanudó las largas jornadas de caza persiguiendo, incansable, sus presas hasta las altas cumbres.

Soberbio y cruel, convirtió su itinerario en una orgía de sangre y muerte.

Una tarde, cuando satisfecho observaba el traslado de las reses, sintió un rumor de pasos entre las peñas. Recordó las palabras de Yastay. Quiso huir pero una fuerza misteriosa lo clavó en el lugar y una voz de trueno sacudió la montaña.

Pachamama habló: ¡Gilanco! Tu crueldad y tu soberbia han despertado mi ira. La volveré contra los tuyos. Mis aves han sufrido demasiado. No tenías derecho a destruirlas. Tu castigo será ejemplo para aquellos que te imiten. En viento destructor convertiré tu fuerza para recordar a los hombres mis poderes.

A pesar de las inútiles promesas que tartamudeó el indio ante la diosa, un remolino de polvo y piedras nació en torno suyo. Brazos y piernas iniciaban una danza frenética y su cuerpo giraba enloquecido mientras se desplazaba en medio de una nube densa y rojiza.

Testigos de su transformación, los compañeros de Gilanco lo llamaron desesperados.

El torbellino se alejaba con fuerza incontenible por montes y quebradas. Un ulular incesante anunciaba el cálido vendaval que, recorriendo la tierra, cegaría pozos y cañadas, formaría médanos y páramos, alejando las aves y las bestias.

Por las tierras maldecidas, los indios andrajosos y hambrientos verían la destrucción y la muerte cada vez que repitieran las hazañas de Gilanco.

El viento Zonda había nacido.

viernes, 5 de marzo de 2010

VIENTO ZONDA. TOKONAR


TOKONAR, cacique de estas tribus calchaquíes, no debes ser tan presuntuoso. Ya todos saben que no existe mejor cazador en la región. No mates porque sí. “Si cada hombre matara como tú, en poco tiempo nos quedaríamos sin animales" siempre le recordaba el sabio anciano antes que vaya a cazar.

Oyó un ruido sordo a sus espaldas.

Se volvió.

Avanzó sigilosamente.

Otro crujido.

Se detuvo.

Tensando el arco apuntó al lugar.

Un chasquido y silencio...


Seguro de haber matado a la presa, entreabrió las malezas.


Era un guanaco hembra que agonizaba, rodeada de sus tres o cuatro tequecitos (guanacos pequeños). Comprendió que sin su madre morirían en la selva.


Pero ya era tarde.


Recordó cuando esa misma mañana antes de salir, su anciano consejero le había dicho:


-Tokonar, cacique de estas tribus calchaquíes, no debes ser tan presuntuoso. Ya todos saben que no existe mejor cazador en la región. No mates porque sí. Si cada hombre matara como tú, en poco tiempo nos quedaríamos sin animales.


Sintió culpa y arrepentimiento.


Intentó extraer la flecha del cuerpo del animal pero nada se podía hacer.


En eso... un aliento cálido, casi quemante, lo envolvió.


Entre tinieblas, se le apareció la figura de la Pacha Mama, la Madre Tierra.


-Tú, Tokonar, has despreciado las leyes de la naturaleza.

Mataste por placer y no por necesidad.

A partir de ahora sabrás lo que es ver agonizar los frutos de la tierra y el trabajo; tus descendientes sufrirán las consecuencias de este terrible error.



Tokonar huyó hacia el campamento, pero un silbido poderoso no lo dejó llegar: el viento huracanado lo envolvía.


Cayó arrastrado por las ráfagas furiosas y quedó sin sentido.


Cuando despertó se encontró con un campo desierto, y más tarde, supo que el calor del viento había quemado los frutos y sembradíos.


Ese año la tribu no tendría alimentos para subsistir.


Y así cuenta esta leyenda el origen del viento Zonda, viento de nuestro país que recorre la región andina.


Cada vez que sopla el Zonda, los habitantes de los valles calchaquíes recuerdan la necesidad de respetar la vida de las especies animales que la Pacha Mama les entregó generosamente.


Verónica Podestá


miércoles, 10 de febrero de 2010

EL CRESPÍN.


A lo lejos, la montaña imponente se levantaba como una franja azulada acercándose al cielo.

Las quebradas la recorrían en todas direcciones en pliegues profundos que llegaban hasta el valle, allí donde el pueblecito indígena, como formando parte de la misma montaña, vivía su vida recia, altiva y misteriosa.

Las casas, de grandes lajas colocadas las unas encima de las otras, sin cemento ni materia que las uniera entre sí, estaban formadas por muros anchos y poco elevados. Las habitaciones, cuadradas o rectangulares, tenían aberturas con marcos de madera de cardón.

En una de esas casas vivían Crespín y su mujer, Yurac, casados hacía poco tiempo.

Dedicados a las tareas de proveer a su nuevo hogar de los útiles y enseres necesarios, y a labrar la tierra para obtener el alimento indispensable, pocos eran los momentos del día que parecían ociosos.

Era entonces cuando hacían largas caminatas hasta el monte, las que aprovechaban para proveerse de frutos de chañar, de molle, de mistol y de piquillín, y de miel de lechiguana, de la que llenaban sendos cántaros de barro.

Crespín era muy hábil para labrar la tierra, trabajar el cobre, la plata y la piedra y para modelar la arcilla.

En piedra había pulido un hacha.

Su trabajo esmerado le valió la aprobación del cacique, cuya competencia en esta clase de menesteres era bien conocida. Se servía del hacha para cortar ramas de chañar y de algarrobo que empleaba luego en la construcción de telares, de armazones para cobertizos o cabañas, o que utilizaba para hacer el fuego donde cocinaban los alimentos.

Ídolos de barro cocido o esculpidos en piedra representando animales sagrados como ampatus, suris y víboras de dos cabezas figuraban entre sus trabajos preferidos, a los que se agregaban los cántaros de barro de las formas más diversas, que, pintados con guardas de colores, y cocidos, lo reputaban como un eximio alfarero.

Yurac, por su parte, se distinguía en el arte de la tejeduría. Hilaba la lana de vicuña y de guanaco con gran destreza y las telas que producía en su telar eran siempre perfectas.

Ambos esposos labraban la tierra, cultivando zapallos, papas, maíz y porotos.
Estos eran también los trabajos a que se dedicaban los restantes pobladores del valle calchaquí y que matizaban con ceremonias religiosas o fiestas a las que eran muy afectos.

Una de ellas, tal vez la más esperada, era la de la recolección de la algarroba, fruto tan apetecido y alimento tan completo que les proporcionaba pan y bebida.

Justamente en esa época, verano, los árboles cargados de frutos en sazón, señalaban la época de la cosecha.

Los coyuyos, por su parte, con el interminable concierto de sus violines incansables, que desde hacía días no cesaban de sonar de la mañana a la noche, eran como el alerta del algarrobal que en forma tan ruidosa avisaba a los habitantes del valle y de la sierra que sus vainas, doradas de madurez, se ofrecían generosas en promesa de nutritivo patay y de abundante aloja.

Esa mañana, muy de madrugada, una columna de hombres, mujeres y niños salió en dirección al monte de algarrobos llevando consigo los materiales necesarios para instalarse allí.

Iban contentos y dispuestos a despojar a los árboles de sus frutos azucarados con los que llenarían los depósitos en previsión de épocas de escasez.

Se instalaron en el monte. Allí levantaron sus toldos, los que ocuparían mientras se llevara a cabo la cosecha. Varios días duró la faena.

Una vez terminada la recolección, hombres y mujeres se dedicaron a los festejos que se realizaban todos los años en ocasión semejante.

Era la "Fiesta de la Algarroba", ritual que se ofrendaba a la Pachamama y que esta vez fue, como siempre, alegre y bulliciosa.

Ese día, muy temprano, grandes cantidades de vainas de algarroba, molidas, se habían puesto a fermentar en agua, llenando bilquis colocadas a la sombra de los árboles.

Horas más tarde, este líquido sería la tan codiciada aloja, bebida fresca que encendía el espíritu y alegraba el corazón, y que constituía con la chicha, el elemento principal de toda fiesta.

Llegó la noche, y a los sones de la quena y de la caja comenzaron los cantos y la danza

El entusiasmo fue en aumento a medida que los vasos repletos de aloja pasaban de mano en mano y su contenido desaparecía como por arte de magia.
En forma continuada cantaron y danzaron la noche entera.

Llegó un momento en que los bailarines, extenuados y turbados sus sentidos por las continuas libaciones, quedaron dormidos bajo los árboles, al amparo del follaje protector.

Así los sorprendió la aurora.

Días después, la vida cotidiana, sin variantes ni alternativas, había retomado su curso en la tranquila aldea indígena.

Los alfareros volvieron a modelar las vasijas de arcilla; las tejedoras a tejer mantas y yacollas de vicuña y de guanaco; los labradores a labrar la tierra, a recoger maíz, zapallos o papas; y los cazadores a buscar en el llano o en la montaña el guanaco, el suri o el armadillo que les sirvieran de alimento.

Fue uno de ellos, uno de los cazadores, el que dio la noticia.

En su peregrinar por valles y sierras, había oído hablar a los indígenas de otras tribus de la llegada de hombres extraños, de hombres blancos, que, manejando armas diabólicas, invadían los territorios de los indios, esclavizaban a los hombres, a los que obligaban a trabajar en su beneficio, y se hacían servir por sus mujeres.

Pronto corrió la noticia por toda la tribu.

Los rebeldes calchaquíes no podían admitir la idea de verse privados de su libertad y de las tierras que les pertenecían, y desde ese momento no se pensó en otra cosa que no fuera en prepararse para combatir a los invasores, dándoles su merecido.

El pueblo entero se dedicó a la fabricación de arcos de maderas flexibles, de flechas de piedra pulida con devoción, tarea ésta que realizaban dominados por el odio que les merecía el extranjero.

Unidos en su ideal de amor a la tierra de sus antepasados y a su propia libertad, los calchaquíes, raza belicosa y valiente, se preparaban para dar su merecido a los invasores, haciéndose el firme propósito de vencer o morir en la contienda.

Crespín, uno de los más valientes guerreros de la tribu, pulía con ensañamiento, puede decirse, su flecha de obsidiana, y cada golpe a la piedra era una tácita, pero real, promesa de lucha a muerte.

Junto a él, su mujer, Yurac, lo incitaba a la pelea en defensa de sus más legítimos derechos.

Pasaron varias lunas. Las noticias de la llegada de los extranjeros eran cada vez más desalentadoras. Se acercaban, y a su paso, los pueblos eran dominados por sus armas poderosas.

Las flechas fabricadas por Crespín sumaban ya una gran cantidad, pero no había una sola entre todas ellas que no llevara entre sus bordes aserrados el mismo valiente y leal propósito: expulsar al enemigo, guardando intacta y con el mayor celo la tierra de los antepasados.

Y llegó el día en que se tuvo la certeza del momento decisivo: los extranjeros estaban muy cerca.

El Consejo de Ancianos se reunió de inmediato y se tomaron decisiones inminentes.
Los guerreros prepararon sus armas, se alistaron, se impartieron órdenes para organizar la lucha...

Era necesario esperar a los invasores en la montaña, allí donde el indio encontrara una defensa natural que lo pusiera a cubierto de los ataques de los blancos. Estos, por el contrario, preferían el llano para combatir, pues la montaña, con sus vericuetos desconocidos, con sus hondas quebradas y sus peligrosos desfiladeros, favorecía las emboscadas de los naturales, profundos conocedores de sus secretos y de sus posibilidades.
Ya se hallaban todos preparados. Entre ellos se distinguían los jefes, en cuyas cabezas lucían la vincha sosteniendo la pluma roja que los señalaba como tales.

Allí estaba Crespín, valiente y decidido, que, al despedirse de su esposa, sintiendo bullir en su sangre guerrera el entusiasmo por la lucha, prometió:
-¡Hasta la vista, Yurac! ¡Venceremos a los invasores y los arrojaremos de la tierra de nuestros antepasados! ¡No abandonaremos la lucha hasta haberlo conseguido! ¡Si así no sucediera, si nuestros genios protectores nos abandonaran, una de mis flechas acabará con mi vida! -agregó con amargura.

-¡Vuelve victorioso, Crespín! El honor de nuestra raza reclama el valor y el arrojo de sus hijos. Él está en vuestras manos, heroicos guerreros del cacique Callpanchay...

-Si no volviera... -continuó más bajo Crespín- ¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la tuya...

Yurac bajó la cabeza. Las lágrimas daban a sus ojos renegridos un brillo de azabache que intensificaban el deseo y la esperanza del triunfo.

-Volverás, Crespín... volverás... -pudo musitar apenas.

Se despidió el guerrero. Desde lejos, las huankaras, con sus sones monótonos y graves, llamaban a la lucha.

Crespín, bravo y decidido, marchó al combate.

Los picos nevados de la cordillera fueron testigos de largas caminatas por el llano y de penosas marchas por los escarpados senderos y vericuetos de la montaña, realizados por los guerreros.

Muchos habían quedado en el pucará para impedir la entrada de los extranjeros a la aldea indígena donde quedaban sus mujeres y sus hijos.
Los otros, continuaban adelante.

Entre estos últimos iba Crespín, cuyo valor y entusiasmo lo colocaban siempre en primera línea.

Pasaron varias lunas y los guerreros no habían vuelto aún.

Pero una noche en que la luna, desde el cielo, con la mansedumbre de sus rayos de plata, velaba sobre el pueblito indígena, la tranquilidad de la aldea fue interrumpida por los gritos de uno de los muchachos que, llegado del Pucará, traía una noticia que encerraba una esperanza:
-¡Ya vienen! ¡Ya vienen! -no cesaba de gritar.

Por la quebrada del Runaorko bajaban los guerreros. De lejos se los veía como una sierpe enorme deslizándose por la falda de la montaña.

A mediodía, cuando el sol enviaba sus rayos más fuertes a la tierra, llegaron los guerreros de Callpanchay.

Los recibieron con estridentes gritos de júbilo. Parecía que habían vuelto todos... Los dioses los habían protegido permitiéndoles el regreso.
Sin embargo, no estaban todos.

Yurac, con mirada ansiosa buscó a su marido. No lo halló. Preguntó angustiada.

Allpacinchi le respondió: -Crespín, osado como siempre, sin medir las consecuencias de su impulso, en un arranque de audacia y de rebeldía, protegido por las sombras de la noche, corrió al campamento extranjero decidido a dar muerte al jefe de la expedición.

Yurac lo escuchaba ansiosa, temiendo conocer el fatal desenlace de tan arriesgada aventura.

Allpacinchi continuó:

-Crespín fue descubierto antes de lograr su intento y tomado prisionero. Pero su rebeldía y su orgullo lo obligaron a realizar una acción desesperada. Tomó la flecha envenenada que llevaba en previsión del fracaso de sus planes y en el silencio de la noche y en la soledad del calabozo donde fuera recluido, se la clavó en el corazón.

Un sollozo contenido se escapó del pecho de Yurac, que, creyendo morir, volvió a su casa, y allí se entregó a la más cruel desesperación, llorando amargamente.

Cuando se hubo calmado, recordó a su marido los momentos felices vividos en él, sus conversaciones, sus consejos...

De improviso se reprodujeron en su mente las palabras de Crespín antes de partir: -Si no volviera... ¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la tuya...
Esas fueron las últimas palabras oídas a Crespín. Agradeció Yurac a los genios tutelares que las habían traído a su memoria, y decidió cumplir el deseo del esposo.

Sonrió dulcemente, como si hubiera hallado la forma de unirse a su marido, tomó la yacolla, la pasó por su cabeza y así defendida y preparada para soportar los fríos intensos de la cordillera, salió en dirección a la montaña, en dirección al lugar donde había quedado Crespín.
Mucho tuvo que andar, muchos fueron los peligros a que estuvo expuesta, pero nada logró detenerla. Un propósito firme la sostenía y le daba fuerzas: iba en busca de Crespín y tenía que hallarlo.

Cuando llegó al lugar donde su esposo encontró la muerte, lo llamó con suavidad: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Nadie le respondió. Nadie acudió a su llamado ansioso.

Volvió a repetir el nombre amado, esta vez con mayor energía, con el propósito de que su voz llegara hasta los confines de la montaña. Fue en vano. Nadie respondió a sus llamados insistentes...

Medio enloquecida por el dolor y la desesperación, corrió en todas direcciones, repitiendo angustiada:

-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!

El resultado fue el mismo. Ni una voz, ni una respuesta en esas soledades. Sólo el eco se encargaba de reproducir el doloroso llamado que era ya un lamento:

-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!

La razón de la infeliz Yurac comenzó a nublarse. Su desesperación la llevó hasta la locura, impulsándola a recorrer en carreras locas la montaña, el llano y la quebrada, repitiendo sin cesar la única palabra que eran capaces de pronunciar sus labios: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

En su extravío, vio de pronto una mancha oscura en la cima de la montaña. Creyendo que fuera por fin su marido, intentó llegar hasta él y siguió su ascensión por las escarpadas laderas, sin sentir las piedras que se clavaban en sus pies y desgarraban sus manos.

Sólo el hambre, la sed y la fatiga la vencían. Entonces, caía al suelo rendida y al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos por llegar a la cumbre, lloraba su desgracia, desesperanzada e impotente.

Al pasar los días, su aspecto se fue transformando. Su piel, merced a los rigores del clima y a los vientos recios que soplan continuamente en la montaña, se fue endureciendo y secando su rostro enjuto del que resaltaban los ojos, rojos y cansados de tanto llorar.

Sus ropas, deshechas por las piedras, caían en sucias hebras de lana que apenas la cubrían.

Un único indicio de vida quedaba en ese cuerpo desfallecido y aniquilado que sólo alentaba para repetir incesante: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Un día no pudo levantarse más. Estaba extenuada. Sus ojos, en ansiosa mirada hacia la cumbre, expresaban su angustioso deseo de llegar.

Levantó con dificultad sus brazos en un último, desesperado esfuerzo, y entonces, sin poder creer en lo que le ocurría -tan maravilloso era-, se sintió levantada por una fuerza poderosa... los jirones de sus ropas se transformaban en plumas de color pardo, como el de la yacolla que la cubría, y sus brazos, convertidos en dos alas, la ayudaban a elevarse más y más en el espacio...

Una alegría inmensa la invadió. ¡Ahora sí que podría llegar hasta la cima! ¡Ahora sí que podría reunirse con su esposo que allí la esperaba! Su deseo se convertiría en realidad.

La esperanza volvió a su alma y en un grito, mezcla de contento y de dolor contenido, no cesó de llamar: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Desde entonces, este pájaro, nacido de la conjunción del amor y de la fidelidad de una esposa, deja oír el tono lastimero de su grito, llamando al esposo que aun no ha podido encontrar: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Referencia
El Crespín pertenece a la familia de los cucúlidos.

Es un ave de plumaje pardo ceniciento; en el pecho, blanco pardusco, lo mismo que en la garganta y el abdomen. Tiene una estría blanca sobre los ojos.

Se caracteriza por tener el pico fuerte, de tamaño regular y un poco encorvado hacia abajo, sobresaliendo el maxilar superior.
Las alas son cortas y la cola larga, abierta.

Es ave inquieta, errante y desconfiada, que habita en bosques y montes, aprovechando para vivir los nidos de otras aves.

Pone huevos blancos.

Tiene un grito triste, en cuya interpretación se origina su nombre.
En Santiago del Estero, la mayoría lo llama Crespín, otros: Chic-kin, Chid-kin, Chip-kin o Chif-kin; en Corrientes, Chochí; los guaraníes le decían Che-cy.

Es notable cómo engaña con su grito en lo referente al lugar donde se encuentra.
Vive escondido en los montes, dejándose ver y oír, preferentemente por la tarde, de noviembre a enero, época que coincide con la cosecha, volando muy veloz sobre los trigales maduros.

Siempre anda solo.

El naturalista argentino Dr. Eduardo Holmberg observó que su canto tristísimo, es diferente cuando hay mal tiempo, y cuando esto sucede, anuncia lluvia con dos horas de anticipación.

Díaz Usandivaras señala que no canta, sino que silba.

En nuestro país habita en Córdoba, Santiago del estero, Tucumán, Salta, Catamarca, la Rioja, Chaco, Formosa, Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires.

VOCABULARIO

Yurac: Blanca

Ampatu: Sapo

Suri: Avestruz

Coyuyos: Cigarras de la algarroba

Patay: Especie de pan hecho con harina de algarroba

Aloja: Bebida que se obtiene poniendo a fermentar en un poco de agua las vainas de algarroba, molidas

Lechiguana: Avispita que fabrica miel

Pachamama: Diosa que adoraban. Madre Tierra

Bilquis: Tinajas

Quena: Instrumento musical, especie de flauta de caña

Caja: Especie de tambor

Yacollas: Ponchos

Pucará: Fuerte.

Huankara: Caja, especie de tambor

Allpacinchi: Tierra fuerte

Chañar, Molle, Mistol, Piquillín: Nombres de árboles


viernes, 4 de diciembre de 2009

EL CARDÓN


Cuenta la leyenda que los cardones que hay en los valles, en especial en el camino a Amaicha del Valle, son indios, que convertidos en plantas, aún vigilan los valles y los cerros.


Ellos velan por la felicidad de sus habitantes que, de esta manera, nunca más serán perturbados por extraños en conquista de tierras.


Pero más trágico es saber cómo se convirtieron en plantas.


Se cuenta que en épocas de la conquista, el Inca, al ver que los españoles estaban dominando y martirizando a su pueblo, envió emisarios a los 4 puntos del imperio para organizar las tropas y así dar un golpe mortal al invasor.



Para ello, los guerreros se apostaron en puntos claves por donde pasarían los conquistadores, esperando la orden de atacarlos por sorpresa, pero esta orden nunca llegó pues los chasquis enviados fueron capturados en el camino y el Inca fue capturado, torturado y muerto.

Los valientes indios esperaron y esperaron y vieron, desorbitados, pasar las tropas europeas sin recibir la orden de atacar....

Pasó el tiempo y, desolados, quedaron en sus puestos....

La Pachamama, piadosa, los fue adormeciendo y haciéndolos parte de ella.... así comenzaron a unirse sus pies a la greda y la Madre Tierra los cubrió de espinas para evitar que los dañaran en su sueño...





Se dice que aún hoy estos estoicos vigías esperan la orden que nunca llegará...

jueves, 3 de diciembre de 2009

EL CARDENAL


Cuando el añil y el rojo, el amarillo y el anaranjado, tiñeron el cielo y el cerro con los colores del crepúsculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles, las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaquí, descendían por los senderos de la montaña abrupta.

La brisa suave del atardecer llevaba hasta el valle el perfume de la jarilla, del ucle y de la flor del aire.

La distancia que separaba a aquellos hombres de su aldea indígena era grande aún. Tendrían que caminar toda la noche para llegar antes del amanecer.

El sol terminó de ocultarse por completo en occidente y el cielo perdió los brillantes colores que le prestaban sus rayos.

Comenzó a oscurecer.

Por oriente apareció la luna iluminando con luz tenue la bóveda azul.
Apuraban el paso los guerreros indígenas aprovechando la claridad de la noche de luna, que les permitía marchar con seguridad por los peligrosos senderos de la montaña.

Llegaron al bosque. El verde de los añosos chañares, de las talas espinosas, de los yuchanes de amplia copa, de los viejos algarrobos, se intensificaba al ser alcanzado por los rayos de la luna que, al filtrarse por entre el follaje, dibujaban en la tierra caprichosas figuras de plata.

Entraron al bosque los guerreros de Pusquillo. Marcharon por estrechos senderos acompañados por el misterioso rumor de la selva, por el suave rozar de las alimañas que la pueblan, por el vuelo de algún pájaro cuyo sueño interrumpió el paso de los intrusos...

Un deseo los animaba: llegar cuanto antes a su pueblecito del valle de donde salieran hacía ya cuatro lunas.

Marchaban callados. Sólo se oían sus voces cuando alguno de ellos, advertido de algún peligro, daba el alerta a los demás.

Al frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo, valiente como él y como él querido y respetado por su pueblo.

Llegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de improviso, indicando a los demás, con un gesto, que suspendieran la marcha. Su mirada sorprendida estaba fija en una figura extraña que su sagacidad había descubierto.

Se acercó a ella con toda precaución temiendo que se desvaneciera, y pudo comprobar que era real. Una hermosa joven, recostada contra un corpulento pacará, dormía plácidamente. Un rayo de luna iluminaba su rostro pálido, y arrancaba destellos de plata de la túnica con que cubría su esbelto cuerpo. En su regazo descansaba un manojo de rosadas flores de samohú cuyo perfume tenue percibieron los recién llegados.

Rumores de admiración de sus compañeros escuchó Ancali. Se acercó sigiloso para no despertar a la niña y, cuando se hallaba cerca, no pudo reprimir su entusiasmo:

-¡Acchachay! -exclamó muy bajo.

Como al conjuro de una orden misteriosa, despertó la joven y al verse rodeada por desconocidos, los miró azorada. Se levantó con presteza y su mirada sorprendida se fijó en Ancali, alto, fornido, de rostro recio y expresión cordial que en ese momento con voz afable le preguntaba:
-¿Quién eres y qué haces en los dominios de Pusquillo?
-Soy Vilca, hija de Chasca y de Mama Quilla. Mi madre me envía a la tierra para que siembre bondad entre los hombres -respondió la niña con dulce voz y expresión humilde.

Era tanta su belleza, tanta sumisión había en el tono y tanta ternura en las palabras, que Ancali se sintió atraído por la desconocida.

Siguiendo un impulso generoso le ofreció:

-Ven a la tribu de mi padre donde serás bien recibida. Ven con nosotros...
Un rayo de luna dio de lleno en el rostro de Vilca. Ella, entonces, creyendo ver en el hecho una demostración de la conformidad de Mama Quilla, su madre, aceptó agradecida.

Se unió a los guerreros y al frente del grupo, al lado de Ancali, marchó por el sendero del bosque entre lianas y plantas trepadoras que caían desde las ramas de los árboles semejando cascadas de verdura.
La calma era total. De improviso, un lamento extraño, doloroso, surgido del interior del bosque cruzó el aire sobrecogiendo de espanto, con el maléfico augurio de su grito, al grupo que marchaba desprevenido.
-¡El alilicucu! ¡El alilicucu! -dijeron en voz baja los guerreros de Pusquillo, capaces de las proezas más inverosímiles, pero que temían como si fueran niños los misterios que consideraban sobrenaturales.
Un nuevo lamento agudo y desesperado hendió el aire y otra vez se oyó como un murmullo, el temor pintado en cada sílaba:

-¡El alilicucu! ¡El alilicucu!

Al mismo tiempo, un solo pensamiento dominó a todos: "¿Qué desgracia presagian los gritos de esa ave nocturna que nadie ha podido ver, pero que a todos causa terror?" "¿Qué nos irá a suceder??
Atemorizados, como bajo el peso de un vaticinio funesto, cruzaron el bosque.
Cuando por fin salieron de él, el valle dormido les devolvió la tranquilidad perdida. La luna bañó con su luz de plata el sendero que debían recorrer...

Hicieron el camino bajo un cielo sembrado de estrellas.

Llegaron a los toldos cuando el lucero del alba brillaba con luz intensa en el firmamento. El sol asomó por oriente y las nubes se tiñeron de lila y de oro. Del bosque, convertido por influjo de la aurora en sonora caja musical, llegaban el trino alegre de los pájaros y el arrullo tierno de las palomas que despertaban con la naturaleza.
La brisa traía de la sierra esencias de tomillo y de azahar.

La vida recomenzaba. En la toldería fácil era comprobarlo. Todos estaban en movimiento. Madrugadores por naturaleza, los primeros rayos del sol marcaban el comienzo de la actividad diaria y desde ese instante cada uno cumplía con la tarea que tenía señalada.

Ancali y sus compañeros fueron recibidos con alborozo.

Los cazadores se despojaron de armas y flechas entregando a sus familiares el producto de tantos días dedicados a la caza: venados, guanacos, suris, plumas vistosas de raro colorido, pieles de jaguar...
Vilca, mientras tanto, permanecía ignorada. Nadie había reparado en ella. Junto a un arrayán florecido era muda espectadora de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

De improviso oyó, a su lado, una voz que le preguntaba:

-¿Quién es la imilla que con asombro asiste a la llegada de nuestros cazadores?
Dióse vuelta la niña y vio, junto a ella, a un hombre de cierta edad, de tez cobriza, cabello lacio y mirada penetrante. Llevaba en su cabeza una toca redonda que caía hacia la espalda en un pliegue de forma triangular. Era la tanga usada por los hechiceros.

Segura, por este hecho, de que se hallaba ante uno de ellos, iba a responderle, cuando oyó al desconocido que, al tiempo que clavaba su vista penetrante en ella, sonriendo volvía a preguntarle:

-¿Quién eres, extranjera? ¿De dónde vienes?

-Soy Vilca -respondió medrosa-. Soy la hija de Quilla y de su reinado vengo.
-¿Cómo llegaste hasta los dominios del gran cacique Pusquillo?

-inquirió curioso el hombre.

-Los cazadores me encontraron en el bosque y con ellos he venido...
En ese instante, del grupo de cazadores se separó uno de ellos. Era Ancali, que con un precioso manojo de plumas de ave del paraíso se dirigía hacia donde se hallaba la extranjera.

Asombrados miraron todos al hijo del cacique, y su sorpresa fue mayor cuando distinguieron a la desconocida que conversaba con Suri, el hechicero.

Llegó Ancali hasta ella y ofreciendo a Vilca las hermosas plumas, la invitó:
-Toma, Vilca... Adorna tus cabellos y acompáñame. Mi padre, el cacique Pusquillo, quiere verte. Ven.

Obedeció la niña y pocos momentos después se hallaba ante el cacique quien, ganado por su simpatía y por su hermosura, la recibió afable y cariñoso considerando de buen augurio que Quilla, la reina de la noche, se hubiera dignado enviarles una hija suya.

Mientras tanto Suri, el hechicero, despechado por lo que él consideró un desprecio, al no ser llamado para la presentación de la extranjera al curaca de la tribu, sintió por ella, que absorbía la atención de todos, una envidia sin límites. Sus sentimientos mezquinos lo incitaron a cometer una injusticia, sintiendo desde entonces una marcada aversión por la dulce Vilca, ajena por completo a tal sentimiento. La odió y se prometió hacerle imposible la vida en la tribu hasta conseguir que la abandonara.

Ignorando tan bajos propósitos y sintiéndose, en cambio, querida por todos, Vilca era feliz, muy feliz en los dominios de Pusquillo.

Suave y delicada por naturaleza, se granjeó de inmediato la simpatía y el cariño de la tribu. Participó de las tareas de las mujeres y se adiestró en el tejido del algodón que cosechaban en las extensas plantaciones de la región, constituyendo una de sus principales riquezas. Aprendió a hilar la lana y a tejerla.

Esa mañana, muy temprano, Vilca, instalada frente a su telar, tejía una tela destinada a hacer una túnica por encargo del curaca, cuando llegó Ancali.

-Buen día, Vilca. ¿Qué tejes tan temprano? -la saludó.

-Buen día Ancali. ¡Qué pronto has vuelto! Tu padre me ha encargado que teja una túnica de cumbi para enviar a su Señor.

-Hermoso está quedando tu trabajo, Vilca. Su brillo y su finura harán que mi padre se sienta orgulloso de presentarla al Inca.

-Es un placer trabajar con lana de vicuña. La prefiero a la de guanaco que debo emplear para tejer nuestros vestidos de abasca, tan burdos y gruesos. Y tú ¿qué traes en tu llama cargada? ¿De dónde vienes?

-Acabo de llegar de Andalgalá, donde he ido en busca de anta.

-¿Lo conseguiste?

-¡Ya lo creo! Es metal que abunda en esa región, de modo que he traído en gran cantidad. Mira la carga de mi llama y dime si no tengo razón. Voy a descargarla, que el viaje ha sido largo y el animalito merece descansar; pero antes quiero darte esto que he traído para ti... -terminó diciendo, al tiempo que le entregaba un objeto de plata que Vilca tomó con cuidado.

-¡Oh, Ancali! ¡Qué topo precioso! Es de plata y de cobre -agregó colocándolo sobre su pecho como deseosa de ver el efecto que causaba.
Era un disco de metal del que se desprendía un alfiler.

-¿Te agrada mi regalo?

-¡Tanto...! que espero ansiosa que llegue la primera fiesta para lucirlo y con él prender mi manta. Eres muy bueno, Ancali. Muchas gracias
Ninguno de los dos suponía que en ese momento alguien, oculto muy cerca, observaba la escena con fastidio.

Era Suri, el hechicero, que, despechado y con odio, murmuró para sí:
"No te ha de durar mucho esta felicidad, Vilca, ambiciosa. ¿Crees que llegarás a ser la esposa del hijo del cacique? Ya verás que no podrás lograrlo. Yo lo impediré, intrusa..."

Ancali, mientras tanto, había ido a descargar su llama.

De allí volvía cuando lo alcanzó un muchacho que lo llamaba pues su padre deseaba verlo. Al pasar junto a Vilca, le dijo:

-Mi padre me llama. En cuanto pueda, volveré. Tengo deseos de conversar contigo. Hasta luego.

-Hasta luego, Ancali. Aquí estaré esperándote.

No creyó encontrar así a su padre. Estaba muy débil y su aspecto, su palidez y su falta de energía, decían bien a las claras que estaba enfermo. Ancali, sorprendido y ansioso, le preguntó:

-¿Qué te sucede, padre? ¿No te encuentras bien?

-Así es, hijo mío. Las fuerzas me faltan... ¡Me siento tan débil!
-Pero ¿qué ha sucedido durante mi ausencia? No estabas enfermo cuando me fui...

-No... Tienes razón. De pronto me he sentido débil... Las piernas no me sostienen y creo que cada día que pasa estoy peor. Temo que nuestros antepasados me llamen a su lado al País de las Almas...
-¡Eso no puede ser, padre! Te habrás descuidado. ¿Tomas los remedios que te indicó Suri?

-Sí... hijo... sí -balbuceó el viejo curaca.

-No serán suficientes. Si es necesario llamaremos a otro machi...
-No... No habrá necesidad. Suri me cuida con esmero. Todos los días a la caída de la tarde y mirando los últimos rayos esconderse detrás del horizonte, tomo en presencia del hechicero la poción de hierbas que él prepara para mí... Pero ya lo ves, nuestros dioses quieren llevarme de la tierra y yo siento que voy a morir...

-¡No será, padre! ¡Te curarás!

-Se cumplirá la voluntad de nuestros genios tutelares; pero es necesario estar preparado. Por eso te he llamado, Ancali. Tú has de sucederme en el poder y no quiero morir sin que hayas elegido a la compañera de tu vida. Elige entre nuestras doncellas... Que sea buena y justa como tu madre lo fue... Sólo así te hará feliz y hará la felicidad de tu pueblo. Y yo moriré tranquilo...

-Padre, mi elección está hecha y sólo aspiro a tu aprobación

-respondió Ancali-. Quiero a Vilca, padre, y si no me he animado antes a confesártelo, es que, por tratarse de una extranjera, temí tu desaprobación. Pero ahora sé que la quieres y que aprecias sus condiciones. ¿Conscientes, padre, en que ella y no otra sea mi compañera? Es buena, justa y humilde. Es la única capaz de hacerme feliz. ¿Lo consientes padre?

-No sólo lo consiento, sino que lo apruebo, hijo mío. Vilca es buena y afable y es hija de Quilla. Debemos sentirnos orgullosos de que nos haya entregado a su hija. Los dioses han querido favorecernos. Estoy muy contento con tu elección, hijo... Ve a buscar a Vilca... Quiero que conozca mi aprobación... Será necesario que la ceremonia se lleve a cabo cuanto antes... -terminó el curaca, desfallecido.

-No será tan pronto, padre. Antes quiero ir al Nevado de Pisca Cruz en busca de la raspadura de piedra de la cumbre, del lugar donde caen los rayos, que curará tus males. Vilca te cuidará durante mi ausencia y a mi vuelta, cuando te halles completamente restablecido, me uniré a ella para siempre. Mama Quilla nos protegerá desde el cielo. Voy en busca de mi novia, padre.

Al salir de la casa, Ancali se cruzó con Suri que llegaba, como todas las tardes, con la poción destinada a su padre.

En el horizonte, encendido en fulgores de incendio, el sol escondía sus últimos rayos.

Corrió Ancali en busca de su prometida. Cuando volvió con ella, feliz al poder realizar su mayor deseo, la presentó a su padre.

El anciano se hallaba tendido en el lecho, con los ojos cerrados, respirando con dificultad.

Desde un rincón en sombras, observaba Suri. Ancali tuvo un sobresalto. Su padre estaba peor que cuando él lo dejara hacía unos instantes. Vilca frotó la frente del anciano con hierbas aromáticas y el viejo cacique abrió los ojos. Después, con dificultad, levantó una mano y con voz desfallecida balbuceó:

-Que seáis felices, hijos míos. Que nuestros dioses os protejan...
Cerró los ojos nuevamente y recostó pesadamente la cabeza.

Vilca y Ancali se miraron consternados.

El hijo tomó una resolución:

-Quédate con él, Vilca. No te separes de su lado. Yo corro al Nevado de Pisca Cruz a buscar la piedra que cura...

Al oír estas palabras salió el machi de la sombra y encarándose con los jóvenes, profetizó:

-Los dioses no están contentos, por eso quieren la muerte del curaca. Hay en la tribu alguien que provoca la ira de nuestros antepasados. Alguien a quien debe haber enviado Zupay... ¡Ten cuidado, Ancali!
Con paso mesurado y una significativa mirada cargada de odio dirigida a Vilca, salió el hechicero.

-¿Qué ha querido decir el machi, Ancali? ¿Por qué me miró con encono? ¿Por qué sospecha que soy enviada de Zupay?

-Nada puedo explicarme -repuso consternado el joven-. Pero en cambio desconfío... Desconfío de Suri. Sus pócimas empeoran a mi padre. Creo que en lugar de buscar la salvación de su vida, trata de darle muerte. Y mi padre, en cambio, ¡confía en él! ¡Con qué fe sigue sus consejos y toma los brebajes preparados por él! Yo, por mi parte, he creído comprender que Suri nos odia... Pero, ¿por qué? -terminó ansioso.
-Ancali... escucha... Nunca quise hablarte de esto porque no hallé razón para hacerlo. Pero ahora es necesario que sepas... A quien odia el machi es a mí... Me lo dijo hace tiempo... para convencerme de que abandonara la tribu... Y me amenazó con males irreparables... de los que habría de sentirme culpable... No lo creí. Sin duda ha llevado la venganza contra tu padre por haberme admitido en sus dominios...
-¡Cómo es posible! -le interrumpió Ancali indignado-. ¿Qué razón puede tener?

-Supone que yo, hija de Quilla, poseo facultades superiores a las suyas y desea arrojarme de aquí. El no ve con buenos ojos nuestro matrimonio. Cree que es la oportunidad que busco para ejercer luego mis poderes contra él y quiere vengarse en ti para que me arrojes de tu lado. ¡No permitas que continúe atendiendo al cacique!

-Tú confirmas mis sospechas... No abandones a mi padre mientras dure mi ausencia. Correré tan rápido como el venado y dentro de dos días, cuando Inti envíe sus rayos más cálidos a la tierra, estaré de vuelta con la piedra milagrosa que salvará a mi padre...

Se despidió Ancali y desde ese momento Vilca no se separó del anciano curaca. Este, agobiado por la fiebre yacía inconsciente, mientras de sus labios brotaban palabras entrecortadas pronunciadas en el delirio.

La noche fue terrible. Entre estertores y gemidos pasó el enfermo sus horas.
Vilca, con el cariño y la suavidad que le eran propios, cubría la frente ardorosa con hierbas aromáticas.

Un rayo de luna penetraba por la abertura de la entrada.

A la madrugada creyeron que el enfermo reaccionaba. Su lucidez era completa y aunque se expresaba con dificultad, sus ideas eran claras.

Llamó a la futura esposa de su hijo para decirle:

-Vilca, hija... ya puedo llamarte así porque te considero hija mía... Voy a morir... Lo presiento... Nuestros antepasados me llaman a su lado y mi hora llega. Haz feliz a Ancali y dile, cuando llegue, que espero que su gobierno sea justo... que no descanse hasta lograr la mayor felicidad y el completo bienestar de su pueblo...

Ahora, hija mía, llama a Llamta. Es el más adicto de mis guerreros. Quiero morir mirando el cielo...

Quiero que me lleven bajo los árboles...

Los deseos de Pusquillo se cumplieron.

Entre varios fornidos guerreros lo transportaron fuera, colocándolo bajo la sombra de un añoso y corpulento chañar cuyas flores amarillas caían como lluvia de oro sobre el cuerpo del cacique.

Rodearon el lecho del enfermo con flechas clavadas en el suelo para evitar que la muerte pasara.

Luego, el machi, presidiendo las ceremonias para rogar por la salud del curaca, invocó a Yastay, diciendo con voz monótona y dolorida:

Yastago, abuelo viejo, perdone si le han hecho mal, ¡padrecito viejo, kusiya!

De inmediato, con tutusca y maíz bien yuto, amasaron una figura de guanaco, lo bañaron en chicha y lo cubrieron con hojas de coca.

Una vez así preparado, pasaron el pequeño guanaco por el cuerpo del enfermo haciéndolo con especial cuidado sobre la cabeza. Limpiaron con cunti la grasitud dejada sobre la piel del curaca por la figura del animalito, y una vez cumplido este rito, enterraron al pequeño guanaco en un lugar cercano a donde se hallaba el cacique moribundo, y lo rociaron con abundante chicha.

Mientras tanto, grandes orgías acompañadas por cantos y súplicas se realizaban en las proximidades de este sitio, ofrecidas a los dioses para que tomaran a su cargo la salvación del enfermo.

Al lado de éste se encontraba Vilca, que, como lo prometiera, no abandonó un instante al padre de su novio.

En el cielo temblaban las estrellas...

La respiración del viejo curaca era penosa y entrecortada. De vez en cuando un rictus de dolor se dibujaba en su rostro. Sus manos se crispaban sobre la manta que lo cubría, y sus labios resecos balbuceaban apenas:

-Agua...
Vilca, entonces, con suma dificultad lo incorporaba y valiéndose de un puco le daba de beber.

Así pasó la noche.

Al amanecer, cuando el cielo comenzaba a trocar los oscuros tintes por los celestes grisáceos de la aurora; cuando la vida volvía a renacer, el alma del anciano cacique voló a la región de lo desconocido.

Al aparecer los primeros rayos del sol, abriéndose camino en las tinieblas, Pusquillo murió.

Al mismo tiempo se oyeron estridentes gritos, alaridos podría decirse. Eran los súbditos del anciano curaca que así exteriorizaban su dolor.
Los plañideros contratados para el caso no tardaron en hacerse presentes, y a poco de llegar dieron comienzo a su obligación consistente en llantos ruidosos y tristes cantos, en los que se hacía referencia a las hazañas cumplidas en vida por el difunto, y se ensalzaba su obra, sus condiciones y sus bondades.

Cerca del cadáver, en una fogata encendida al efecto, quemaron hojas que despedían espesas columnas de humo.

Mientras tanto, hombres y mujeres, uniéndose al duelo, saltaban y danzaban a su alrededor.

Suri, con expresión maliciosa, observaba desde lejos, comprobando satisfecho el logro de sus deseos. Una parte de su venganza se había cumplido: el veneno, suministrado diariamente al cacique en pequeñas dosis, había surtido el efecto esperado.

Vilca, por su parte, pensaba desesperada en Ancali, cuyo viaje al Nevado Pisca Cruz resultaba inútil.

El sol, mientras tanto, enviaba los rayos que hacen madurar la mies y germinar la semilla. Y como siempre, junto a la muerte, vibraba la vida en un canto de fe y esperanza infinitas...

Dos días después regresó Ancali. Llegaba triunfante, después de haber arrancado a la cumbre mágica de la montaña el remedio maravilloso capaz de devolver a su padre la salud perdida.

Poco duró la expresión alegre de su rostro. Al acercarse a los alrededores de su pueblo, fácil le fue adivinar la tragedia ocurrida durante su ausencia y convencerse de la inmensa desgracia que lo había alcanzado. Su padre había muerto. No tenía necesidad de preguntarlo. Lo leía en los rostros amigos que lo miraban con compasión, en las bocas cerradas de la tribu que no se animaban a darle la fatal noticia.

Arrojó Ancali la chuspa que contenía las raspaduras de la piedra milagrosa y corrió al lugar donde yacía su padre muerto. Ya no le quedó ninguna duda.

El plañidero coro de las endecheras, con sus cuerpos envueltos en mantas de colores, continuaba relatando con cantos y sollozos las hazañas y glorias del difunto, mientras el resto de los presentes, incansables, seguía acompañando la ceremonia con danzas, saltos y alaridos de dolor.

De vez en cuando, sobresaliendo del coro, se oía algún grito estridente destinado a conjurar a Zupay o a Chiqui, que sin duda rondaban por allí.

Frente al sepulcro preparado, colocadas en palos, estaban las ovejas asadas de las que se valía el machi para conocer el destino del difunto en el "país de los muertos".

Encontró a Vilca, tal como se lo prometiera, junto al curaca muerto.

Al llegar Ancali, cedió al hijo el puesto que le correspondía dirigiéndose ella a la orilla del arroyo que, con sus aguas, fertilizaba el valle. Se sentó en una piedra y quedó pensativa.

De su abstracción la sacó una voz conocida y repulsiva que le decía:

-¿Has venido a gozar de tu obra? ¿Tienes ya proyectos para el futuro?
Era Suri, que con todo cinismo acusaba a la inocente Vilca de la muerte de Pusquillo.

-¿Mi obra, has dicho? -preguntó a su vez, iracunda, la doncella.
-Tu obra, ¡sí! En una oportunidad te dije que si no abandonabas la tribu, la desgracia caería sobre los que te quisieran, y he cumplido. Hoy vuelvo a decirte: Si no abandonas estos lugares, te juro que te arrepentirás y cuando lo hagas, ¡será tarde!

-Nada podrás en contra de mí... Muy pronto seré la esposa de Ancali y él, como jefe, sabrá dar cuenta de tu osadía -respondió Vilca indignada.
-Ya sabré impedir que tus planes prosperen -dijo con sorna el machi, y agregó: Yo indicaré quién ha de suceder al viejo curaca, y no será por cierto Ancali como tú mal supones -terminó el malvado hechicero con una mueca desdeñosa.

Suri era muy respetado en la tribu. Los poderes sobrenaturales que se le reconocían hacían considerarlo un ser superior enviado por los dioses tutelares. Su palabra se oía con interés y sus consejos eran seguidos sin discusión.

Valido de estas prerrogativas, el terrible hechicero, siguiendo un plan trazado de antemano, dejó a Vilca para dirigirse a la casa de Anca, el más anciano y más respetado de los que formaban el Consejo de Ancianos, que era el que debía designar al nuevo jefe de la tribu.

Con palabra persuasiva y acento terminante, como si se tratara de la más cierta de las revelaciones, le dijo:

-A tu gran sabiduría e inigualada experiencia, quiero librar el secreto que me han revelado los astros. Una gran desgracia se cierne sobre nuestra tribu... Horas amargas tendremos que pasar, pues estamos a merced de una impostora que miente, diciéndose hija de Quilla para ser admitida con confianza entre nosotros. Pero mi poder ha descubierto su superchería y yo puedo decirte, ¡oh gran Anca!, que la extranjera miente. ¡Es una enviada de Zupay llegada para labrar nuestra desgracia! Por lo tanto, debe ser condenada a morir. ¡Si así no lo hiciéramos, los mayores malos acabarán con nosotros como lo ha hecho con nuestro gran cacique!

Impresionado por tales palabras, apresuróse Anca a convocar al Consejo de Ancianos que de inmediato resolvió condenar a muerte a la infortunada Vilca.

Nada se le participó a Ancali, temerosos de que se opusiera al designio de los astros por salvar a su prometida, y esa noche, cuando todo era quietud y paz en la tribu, los que debían hacer cumplir la pena, amparados por la oscuridad de la noche sacaron a Vilca de la casa donde estaba descansando y la llevaron a la montaña en la cual le darían muerte, luego de cumplir ritos establecidos.

Una vez allí, buscaron una piedra alta y angosta a la cual la ataron.

De inmediato, a cierta distancia esparcieron hierbas olorosas y, mientras Suri hacía conjuros para alejar a Zupay, uno de los ancianos encendió las hierbas que desprendieron un humo denso de olor acre.
La infeliz Vilca gritaba su inocencia y lanzaba desesperados llamados a su prometido a quien pedía socorro.

La luna, desde el cielo, era mudo testigo de esta escena desgarradora.
Suri, por el contrario, se sentía muy feliz. Todo sucedía de acuerdo a sus más íntimos deseos y a sus bien trazados planes. ¡Por fin iba a lograr la desaparición de la intrusa!

Sin embargo, no contaba el malvado hechicero con el cariño y el respeto que sentían por Ancali sus subordinados.

Uno de ellos, joven audaz y valiente era Guasca. Volvía de acompañar hasta el límite de los dominios de Pusquillo al cacique de una tribu vecina venido para asistir a las ceremonias fúnebres del difunto curaca.

Al pasar cerca del lugar señalado para el sacrificio de Vilca, Guasca, favorecido por la luna que continuaba iluminando la escena, notó que algo insólito sucedía. Los angustiosos gritos de la doncella atrajeron su atención.

Se acercó cauteloso tratando de no ser visto y observó. Reconoció a Vilca, y al oír que se repetían sus desesperados llamados a Ancali abandonó el lugar, corriendo a avisar a su jefe.

Pronto estuvo ante él poniéndolo al tanto de lo que ocurría.

De inmediato partió Ancali al frente de varios guerreros que no lo abandonaban nunca.

Cuando llegó al lugar del sacrificio, los conjuros y las ceremonias continuaban. Vilca, desfalleciente, la cabeza caída sobre el pecho, lloraba su infortunio.

Corrió Ancali a librarla de las ligaduras y cuando ya la creyó salvada, una lluvia de flechas partió del grupo de verdugos de la hermosa y dulce Vilca.

Decididos, respondieron al ataque los jóvenes guerreros de Ancali y cuando descontaban la victoria, un grito angustioso de éste les indicó que su jefe había sido alcanzado por alguna flecha enemiga.

Así era en efecto. De la cabeza del intrépido muchacho manaba abundante sangre que Vilca trataba de restañar con sus manos cariñosas.
La vida huía por la herida abierta y Ancali comenzó a desfallecer.
Angustiada, un gemido brotó de la garganta de la infortunada doncella que se abrazó a su prometido como queriendo infundirle la energía que le faltaba.

Ese fue el momento que quiso aprovechar Suri para apoderarse de los jóvenes; pero cuando ya creyó tenerlos a su alcance, debió sufrir la más cruel de las derrotas.

Los cuerpos de Vilca y de Ancali se achicaron y perdieron su forma humana tomando, en cambio, las de dos hermosos pajaritos grises, cuyas cabecitas blancas estaban adornadas con un llamativo penacho rojo, tan rojo como la sangre que manaba de la herida que la flecha traicionera causó a Ancali.

Aun así, Suri quiso tomarlos, pero las dos avecillas, abriendo las alas echaron a volar hasta posarse, muy juntas, en la rama de un tarco para entonar desde allí una melodía muy dulce, conjunción de amor y libertad que pobló los aires con armonías de cristal.

No desesperó el malvado Suri, y tomando el arco y las flechas arrojó una a las avecillas. Mas, ¡oh justicia de los dioses buenos!, la flecha mal arrojada se volvió contra el hechicero, incrustándose en su corazón y terminando con un ser tan perverso que sólo causó males entre los que le rodearon.

Mientras, desde la rama del tarco en flor, llegaba el canto alegre de las nuevas avecillas...

La luna continuaba enviando a la tierra sus rayos de plata.

En esta forma, dicen los calchaquíes, nacieron los cardenales, que así acrecentaron el número de las aves que regalan nuestra vista y deleitan nuestros oídos con las más exquisitas melodías.



VOCABULARIO

Pusquillo: Cardón

Ancali: Hombre valiente

¡Acchachay!: ¡Qué hermosa!

Vilca: Ídolo

Chasca: Lucero

Mama Quilla: La luna

Imilla: Doncella

Tanga: Toca usada por los hechiceros

Suri: Avestruz

Anta: Cobre

Machi: Curandero, hechicero

Zúpay: El demonio

Kusiya: Ayúdame

Llamta: Leña

Cunti: Lana de alpaca

Tutusca: Grasa de pecho de llama

Yuto: Molido

Puco: Escudilla

Chuspa: Bolsa o talega

Endecheras: Plañideras

Chiqui: Divinidad de la fortuna adversa. La Fatalidad

Guasca: Soga.

Anca: Águila

Tala, Mistol, Jarilla, Algarrobo, Guayacán, Chañar, Pacará, Yuchán, Samohú, Tarco: Nombres de árboles a excepción de la jarilla que es un arbusto.

Alilicucu: Ave nocturna cuyo grito como un lamento causa un temor supersticioso

Cumbi: Tela muy fina, generalmente de vicuña, usada para confeccionar la ropa del Inca y de los nobles

Abasca: Tela burda usada en los vestidos de la gente del pueblo.

Topo: Alfiler largo de plata terminado en uno de sus extremos con un disco trabajado en el mismo metal o cobre

Nevado de Pisca Cruz: Cerro que se halla al norte, cerca de la frontera con Bolivia.


Referencias
El cardenal es un pájaro de tamaño mediano y de agradable aspecto que nidifica en los montes.

De plumaje compacto, tiene el lomo de color gris acero; el pecho y el abdomen, blanco ceniciento; la garganta y la cabeza, rojo vivo, lo mismo que el penacho de suaves plumitas en que ésta termina. Una línea blanca separa el rojo de la cabeza del gris del lomo.
El pico es casi recto, fuerte, con la particularidad de tener el maxilar superior que sobresale del inferior.

Las alas son estrechas y puntiagudas y la cola, larga y cuadrada.
Movedizo, ágil y vivaz, es muy cantor. Su canto, en forma de gorjeos o silbidos, es fuerte y muy agradable, y se asemeja a los sonidos que brotan de una flauta.

El nido, de paja, plumas y cerda, muy liviano, lo construye en los árboles y arbustos.

Los huevos son pardo verdosos con pequeñas manchas blancas.
Habita lugares donde existen plantaciones de árboles y arbustos.
Se alimenta especialmente de granos; pero come frutas, hortalizas, insectos y hasta carne.

Los guaraníes lo llaman acá pitá (cabeza roja).

Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.