Por Georgina Elena Palmeyro
Antropología Social Sistemática Ancestral (ASSA)
A lo largo de este camino por nuestra memoria ancestral, nos hemos detenido a observar las grietas del ser.
Hemos hablado del Jaqi —esa plenitud comunitaria, consciente y equilibrada que habita el territorio en presencia pura— frente al Amaya, la penumbra del ser, el hombre fragmentado que ha visto disminuir o replegarse su Ajayu, su aliento vital, a través del impacto del susto o del letargo del opa.
En esa búsqueda por comprender los mecanismos que anestesian nuestra humanidad, la mirada suele volverse hacia los grandes diagnósticos de la cultura.
Y es allí donde la voz del médico y psicoanalista austríaco Wilhelm Reich, escrita con la urgencia del dolor humano tras las catástrofes del siglo XX en su obra «¡Escucha, pequeño hombrecito!», resuena con una sintonía estremecedora en nuestra propia llanura.
La coraza: cuando el miedo congela el aliento
Reich descubrió algo que nuestra sabiduría originaria ya intuía en el cuerpo: el dolor social, el autoritarismo y la represión no se quedan alojados únicamente en las ideas o en los discursos; se graban en la carne.
El ser humano atemorizado por las estructuras de poder y por las exigencias de una vida mecanizada construye una coraza caracterológica y muscular.
Para defenderse de la vida y de la libertad —que a menudo atemorizan más que el yugo conocido—, el hombre contrae su diafragma, endurece sus músculos y bloquea su capacidad de sentir profundamente.
Ese blindaje defensivo es, en la clave de nuestra ontología andina, el proceso exacto mediante el cual el Ajayu se retira, dejando al descubierto al Amaya: un cuerpo que camina, consume y obedece, pero que ha renunciado al latido creador de la Pachamama.
El «Pequeño Hombre» y la abdicación de la soberanía
El «pequeño hombrecito» del que habla Reich no es el humilde de corazón, sino la estructura psicológica de la mediocridad y la conformidad.
Es aquel que, atrapado en su propia coraza, delega su destino en los demagogos, teme al pensamiento libre y desprecia al verdadero creador o al pensador lúcido porque su propia luz le recuerda la oscuridad en la que ha decidido instalarse.
Si lo pensamos desde la teoría de la estupidez que formulaba el teólogo Dietrich Bonhoeffer desde su celda, o desde nuestra propia categoría del opa —ese repliegue sordo y silencioso que abandona la frecuencia del Kay Pacha—, descubrimos que el problema central de nuestra época no es una falta de inteligencia técnica, sino una parálisis del espíritu vital.
Descorrer el velo y recuperar el pulso
Tanto el llamado de Reich a sacudirse la neurosis de la pequeñez como el eco ancestral del «¡No seas opa!» con el que el Ayllu despierta a los suyos, comparten una misma urgencia ética: la necesidad de la auto-responsabilidad.
La libertad no es una concesión que otorgan los sistemas;
es una conquista interior que exige disolver las corazas,
respirar de nuevo con el territorio y
permitir que el Ajayu vuelva a habitar cada rincón de nuestra existencia.
Hacer una pausa en medio del ruido estandarizado del mundo moderno es el primer paso para dejar atrás al Amaya fragmentado y comenzar, paso a paso, a caminar la tierra como verdaderos Jaqi.
