Por: Prof. Georgina Elena Palmeyro
Antropóloga Social
Cuando analizamos la presencia del militar y naturalista español Félix de Azara en las cuencas de los ríos Paraná, Paraguay y Bermejo a finales del siglo XVIII, no podemos limitarnos a la contemplación nostálgica de sus detalladas crónicas biológicas o geográficas. Sus minuciosas clasificaciones de las naciones indígenas, particularmente de los Tobas (Qom) y Wichís (Matacos), constituyen en realidad las fichas de un rompecabezas geopolítico mucho más complejo: la antesala del vaciamiento y la usufructuación de sus tierras.
Azara no era un observador neutral, sino un calificado hijo de la Ilustración y funcionario de la Corona borbónica. Al catalogar las tácticas ecuestres de los Qom o la adaptación fluvial de los Wichís, su pluma operaba como un software de relevamiento estratégico.
Para la mentalidad metropolitana, el Chaco no era un espacio de coexistencia, sino una "frontera interior" a ser asimilada. Las crónicas de Azara dividían el territorio entre comunidades "irreductibles" por la vía pacífica (barreras militares) y comunidades "civilizables" (mano de obra logística).
El hombre y sus circunstancias: El corsé de la geopolítica global
Para hacerle justicia histórica a Azara, es imperioso activar el axioma de Ortega y Gasset: "Soy yo y mis circunstancias". Félix estaba atrapado en un molde rígido del que le era imposible salir. Sus veinte años en el Río de la Plata no se dieron en el vacío, sino bajo el pulso de una España en permanente tensión con la Francia revolucionaria y acosada por las intrigas de la corte. Azara no solo debía cuidarse de los enemigos exteriores, sino de la fauna burocrática local y peninsular: esa sobreabundancia de obsecuentes y arribistas que solo esperaban el momento propicio para congraciarse con el poder de turno y saltar a una mejor silla ministerial.
A este asfixiante juego interno se sumaban las constantes presiones foráneas.
Portugal presionaba las fronteras coloniales con sus bandeirantes —la verdadera razón por la cual Azara terminó varado en el Paraguay midiendo límites—, mientras Inglaterra acechaba los ríos con su voracidad comercial y militar.
Azara, como ingeniero militar, respondía a esa paranoia de Estado.
No podía permitirse mirar a los pueblos originarios desde la empatía comunitaria; su circunstancia le exigía verlos como peones o amenazas en un tablero de ajedrez mundial.
Un legado nefasto para la patria naciente
Este enfoque utilitario y centralista dejó un legado político nefasto a la patria naciente.
La mirada eurocéntrica del funcionario colonial, que reducía la soberanía territorial indígena a un mero factor de intercambio o contención para proteger el Atlántico de los imperios rivales, fue heredada y profundizada por el centralismo porteño.
Las líneas de fortines que posteriormente tajeó el proyecto de Buenos Aires sobre el mapa no hicieron más que ejecutar, bajo una nueva bandera, la misma lógica de asimetría y subordinación que Azara había estructurado en sus informes al Virrey: la prioridad de las rutas comerciales y el puerto por encima del "Nosotros" comunitario de las llanuras.
Entender a Azara hoy es comprender el diseño original de nuestras propias fronteras de exclusión.
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