Georgina Elena Palmeyro
Antropología Social.- ASSA
Al fragmentar la realidad en compartimentos estancos como mitos, religión o folclore, los mecanismos coloniales operan una degradación de los sistemas científicos locales, convirtiendo la tecnología viva en mera artesanía ornamental manipulable por el mercado o por las lógicas de control estatal.
Para las comunidades que habitan el Salar, las Salinas o las regiones serranas, la praxis nunca estuvo dividida.
Lo que el positivismo redujo a "creencia", "magia", "mito" y "supertición"; contiene leyes físicas exactas que hoy las ciencias duras comienzan a convalidar.
Existe una rigurosa química aplicada en la composición de engobes y procesos cerámicos, una física de ondas y resonancia estructural en piezas que funcionan como colectores de frecuencia, y una matemática fractal precisa aplicada a la topología textil del telar.
Estos saberes constituyen un sistema integrado de alta complejidad que no requiere la validación de las instituciones tradicionales para certificar su eficacia.
Frente a esta matriz de conocimiento empírico, el pensamiento social occidental muestra sus límites conceptuales.
Michel Foucault describió cómo los aparatos de poder instituyen regímenes de verdad oficiales para silenciar los saberes sometidos.
Pierre Bourdieu analizó la violencia simbólica de las categorías académicas que exigen sumisión a cambio de una legitimidad formal vacía.
Incluso la figura de Karl Marx resulta obsoleta al intentar decodificar esta realidad; su enfoque centrado de forma exclusiva en el capital económico y la producción industrial reduce la historia a un materialismo mecánico, quedando ciego ante las formas en que el poder expropia el capital simbólico y desorganiza el tejido biofísico de los territorios.
Ante la sordera sistémica de los espacios institucionalizados, el registro sistemático de estos saberes se consolida de forma autónoma.
Al margen de los financiamientos y las agendas ideológicas impuestas, la documentación científica de la técnica ancestral permanece como un testimonio inquebrantable, destinado a recuperar la soberanía epistémica del hacer cotidiano.

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