Por Prof. Georgina Elena Palmeyro
Antropóloga Social
La transformación ideológica del apóstol Santiago —que pasó en la mentalidad ibérica de ser el humilde pescador de Galilea al implacable «Matamoros» de la Reconquista peninsular, y de allí al «Mataindios» en los suelos americanos— expone con claridad la matriz teológico-militar de la conquista.
La utilización de un símbolo sagrado para legitimar la apropiación territorial, la violencia y el sometimiento de los pueblos autóctonos constituye una de las mayores contradicciones de la historiografía colonial.
Sin embargo, para comprender cómo unos pocos cientos de europeos lograron resquebrajar y doblegar estructuras estatales tan vastas y complejas como el Tawantinsuyu, es indispensable mirar la historia desde la antropología social y la etnohistoria.
Lejos de constituir un choque entre dos bloques homogéneos, la entrada hispana aprovechó de manera metódica las profundas fracturas políticas preexistentes entre los propios pueblos originarios.
La Mirada Etnohistórica de Guaman Poma de Ayala
Los Pueblos Aymaras y la Red del Qhapaq Ñan
La Tragedia de la Alianza Frustrada
El testimonio del cronista nativo Felipe Guaman Poma de Ayala (autor de El primer nueva corónica y buen gobierno, c. 1615) resulta fundamental para desarmar la visión simplista del pasado andino.
Guaman Poma no pertenecía a la elite incaica cusqueña, sino a la nobleza provincial de los Yarowilcas, estrechamente ligada a las naciones del área de Ayacucho (como los Chankas, Pocras y Lucanas).
Sus escritos documentan con crudeza el resentimiento de los pueblos regionales contra la hegemonía del Cusco.
Apenas un siglo antes de la llegada de los españoles, los Incas habían sometido a estas naciones mediante la guerra, imponiendo el traslado masivo de poblaciones (mitmaquna), la reestructuración de los cultos locales y la tributación obligatoria en trabajo.
Al momento de la irrupción castellana, muchos curacas (jefes étnicos) de los pueblos Huancas, Chankas y Cañaris no vieron en los hombres de Pizarro a invasores extranjeros en el sentido moderno, sino a una facción militar útil para sacudirse el yugo de la casta cusqueña y recuperar su autonomía regional.
La alianza inicial de estas élites indígenas con los conquistadores fue una estrategia geopolítica deliberada para saldar cuentas del poder local.
Una dinámica similar se registró en el Collasuyu, territorio habitado por los reinos aymaras alrededor del Titicaca y el Altiplano, herederos del horizonte cultural de Tiwanaku.
Las tensiones entre la nobleza aymara y los gobernantes del Cusco eran constantes.
Cuando se organizaron las primeras expediciones hacia el sur (como las entradas de Diego de Almagro en 1535 y de Diego de Rojas en 1543 hacia el Tucumán), las tropas hispanas no marchaban en solitario.
Iban escoltadas por contingentes de auxiliares aymaras y quechuas.
Fueron estos guías nativos los que condujeron a las tropas coloniales a través de los bravos pasos cordilleranos —como el Paso San Francisco en la actual Catamarca—, guiándolos a través de los tramos, puentes y tambos de la monumental red del Qhapaq Ñan (Camino del Inca).
El drama histórico de la conquista andina y del Noroeste Argentino radica en que las alianzas estratégicas trabadas entre los curacas regionales y las huestes coloniales terminaron convirtiéndose en una trampa devastadora.
Para la mentalidad andina, un pacto o alianza diplomática exigía el cumplimiento estricto de los principios de reciprocidad y redistribución.
Para los conquistadores españoles, en cambio, la alianza no representaba un compromiso de iguales, sino un paso previo hacia el vasallaje, la tributación compulsiva y el sometimiento bajo el régimen de la encomienda y la mita minera de Potosí.
Analizar este proceso a través de la antropología histórica nos demuestra que la conquista no fue una gesta lineal ni un episodio en blanco y negro, sino un complejo entramado de resistencias, alianzas frustradas, tensiones éticas y soberanías en disputa sobre el suelo americano.
Continúa.

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