"Santiago del Estero, el que cruzó la cordillera, que liberó tres países y parió provincias...
¿Cómo pasó de ser la Madre de Ciudades a dar la imagen de un elefante tullido incapaz de esquivar la fusta del caudillo de turno?"
Por: Georgina Elena Palmeyro
Antropología Social
La ilusión de la soga y la estaca
Existe una vieja costumbre en los circos: atar al elefante recién nacido a una estaca firme. El pequeño animal lucha, tira y se lastima, pero no logra soltarse.
Finalmente, se rinde.
Internaliza su impotencia.
Cuando crece y se convierte en una bestia de cinco toneladas capaz de arrancar árboles de raíz, basta una simple soga y una estaca miserable para mantenerlo sumiso.
El elefante adulto no escapa porque cree, con la memoria de su niñez, que no puede.
En Santiago del Estero, la soga y la estaca no son una metáfora: son una matriz de dominación que se viene trenzando desde hace casi quinientos años.
Nos hicieron desfilar en su circo político convenciéndonos de nuestra propia debilidad.
El origen de la soga: El engaño colonial (1550 y tantos)
La domesticación de nuestra provincia no empezó con los caudillos modernos ni con el mitrismo decimonónico; comenzó en los mismos cimientos de la colonización en el siglo XVI.
* La farsa textil de Fray Francisco de Victoria (1587):
La historia oficial celebra el 2 de septiembre de 1587 como el "Día de la Industria Argentina" para conmemorar la primera exportación santiagueña
Lo que ocultan es que el obispo Victoria montó ese imperio textil exprimiendo el trabajo forzado de los pueblos originarios mediante la encomienda, usándolo además como pantalla para el contrabando de plata y el infame tráfico de esclavos.
La élite aprendió temprano que el poder radica en monopolizar el esfuerzo ajeno.
* La anestesia jesuítica:
Los jesuitas perfeccionaron el sistema sustituyendo el látigo por la obediencia pastoral.
Enseñaron que la resignación en la tierra aseguraba el reino de los cielos, instalando en el subconsciente mestizo que agachar la cabeza ante el patrón era un deber divino.
Los fortines del Salado: Cárceles disfrazadas de defensa
Historiadores de nuestra tierra como José N. Rivas desarmaron otra gran mentira escolar: la farsa de los fortines (El Bracho, Matará, Navicha) erigidos supuestamente para "protegernos de los indios".
¿Cómo un pueblo debilitado por el hambre y el despojo iba a representar una amenaza militar contra empalizadas artilladas?
Los fortines no miraban hacia afuera; miraban hacia adentro.
Eran centros de confinamiento e infiernos de frontera diseñados para vigilar, disciplinar y quebrar al gauchaje díscolo y a las mujeres federales rebeldes.
Inventar el peligro del "indio bárbaro" fue la excusa perfecta de las clases dirigentes para militarizar la campaña, pedir recursos al puerto de Buenos Aires y mantener al pueblo aterrorizado.
El miedo colectivo fue el nudo que apretó la soga.
Del "Arde Santiago" al cotillón de los bombos
De tanto en tanto, el elefante santiagueño recuerda el tamaño de su fuerza.
Lo recordó en el "Arde Santiago" de 1993, cuando el hartazgo rompió las cadenas y las llamas consumieron las mansiones del poder feudal.
Sin embargo, la fusta del caudillismo de turno aprendió la lección: si la violencia física ya no bastaba, había que perfeccionar la domesticación económica y cultural.
Hoy, la opresión se disfraza de fiesta popular.
La Marcha de los Bombos y el folklore oficializado son el cotillón del circo moderno.
Hacen ruido con el parche para simular un orgullo gaucho que, a la hora de las urnas y de la realidad económica, vuelve a agachar la cabeza bajo el conformismo del "más vale malo conocido".
Es el eterno retorno de la frustración: nos transformaron en un pueblo dependiente del subsidio y del empleo público, tullido ante la fusta, mendigando en nuestra propia tierra de origen colonial.
Sumar nuestro murmullo al revisionismo histórico de investigadores como Rivas, Sara Díaz de Raed y Luis Alén Lascano es el primer paso para recordarle al elefante santiagueño que la estaca es vieja, que la soga es débil y que la fuerza para romper el circo siempre estuvo en sus propias patas.
Y vos, ¿qué pensás? ¿Hasta cuándo vamos a seguir conformándonos con el "más vale malo conocido"?
¿Cuánto tiempo más permitiremos que el cotillón oficial tape el silencio de nuestra postergación económica?
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