En el Feudo de los Valles Silenciosos, las verdades se decretan desde los despachos y se ejecutan con descaro en las comisarías.
Allí vivía una anciana cuya única arma era un tambor de cuero y una voz de garganta honda, capaz de despertar conciencias y hacer temblar los títulos de propiedad de los terratenientes locales. Su pecado fue viajar a la Gran Capital, encabezando una marcha de ponchos y pies descalzos, desafiando el relato de los cortesanos. Pero el poder no tolera la insolencia de los viejos sabios. Una noche, el silencio del valle se rompió.
Al amanecer, la Guardiana del Tambor yacía en su lecho, con el cuerpo marcado por la brutalidad de quienes se creen dueños de la vida ajena.
Aquí es donde comienza la comedia más grotesca, digna de los peores teatros de farsa. Entraron en escena los heraldos del uniforme, seguidos por un perito médico que firmaba actas con los ojos vendados. Miraron las heridas, miraron la sangre y, con un cinismo que rozaba lo divino, dictaron la sentencia oficial: «Ha muerto de causas rigurosamente naturales. La vejez, como saben, es un asunto muy violento».
Acto seguido, los oficiales entregaron un balde y un trapo a los deudos. «Limpien la escena, laven las paredes, vistan al cuerpo y comiencen el coro de llantos, que aquí no hay nada que mirar», ordenaron con prisa, desesperados por cerrar el cofre antes de que el sol expusiera las huellas de las botas feudales.
Lo que el Consorcio de los Limpiadores olvidó, en su soberbia palaciega, es que las mentiras tienen las patas tan cortas que hasta el más lento de la comarca las alcanza. Pensaron que los habitantes del valle eran ciegos. Pero en cada cocina, frente al televisor que repetía la farsa, las abuelas y los niños sumaban dos más dos. No hacía falta un título en leyes para ver el plumero debajo de la alfombra.
El pueblo se plantó frente al cortejo, frenó el entierro y obligó a los escribanos a mirar la verdad de frente. Porque al final, por más pauta que paguen, por más escobas que gasten y por más cajones que sellen a las apuradas, el truco de magia siempre se les termina rompiendo en las manos.
¡AYYY VIDALITA DE LAS ALMAS EN PENAS AYYITA!

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