La danza no tiene cronología; no pertenece en exclusiva al Paleolítico ni al Neolítico.
El ser humano danza mucho antes de habitar la cultura: es un movimiento ontológico que late ya en el vientre materno, mecido por el primer tambor de la existencia que es el corazón de la madre.
Los bebés, al nacer, buscan el ritmo con sus piecitos y manitos: el pulso vital se convierte en movimiento.
II. El nacimiento de la Cultura
Aunque la danza nace antes que la cultura, es ella misma la que da origen a la Cultura en cuanto y en tanto adquiere estatus social.
El movimiento corporal solitario es biología y misterio; pero cuando dos o más danzan, ya es Cultura.
Es en ese encuentro rítmico de los cuerpos donde nace la comunidad, el código compartido y la resistencia frente al aislamiento.
🌌 Interludio poético
“Las hogueras ríen dentro de la pasión de la noche.
Noche que rezuma tenues gotas.
Y dentro del torbellino,
bajo la lluvia y
sobre la tierra,
baila el hombre y la mujer.
Los antiguos dioses bailan en los bailarines.
En los humanos que danzan
retumba un poder superior, extraño.”
— Esteban Ierardo,
El poder de la danza
III. La danza como resistencia
Lo que cambia a lo largo de la historia es nuestra interpretación de ese lazo: prueba, error, corrección y volver a empezar.
En un mundo moderno que intenta encasillar al sujeto en las coreografías rígidas del asfalto, la danza sigue siendo resistencia: un pulso que recuerda que la cultura nace del cuerpo compartido, no de la máquina.
IV. Agradecimiento
Este texto quiere ser también un agradecimiento a Esteban Ierardo, cuya voz poética y filosófica nos recuerda que la danza no es mero entretenimiento, sino resistencia cultural y espiritual.
Gracias a su palabra, el pulso originario se enlaza con la reflexión contemporánea, y la danza vuelve a ser puente de oro entre cuerpo, comunidad y trascendencia.
Por: Georgina Elena Palmeyro
Antropología Social

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