Hay quienes prefieren un indígena estático, una postal de museo que suspira en el pasado. Un festejo búdico, pacífico y mudo que acepte mansamente las migajas del olvido. Pero este 5 de junio, Día de la Soberanía Indígena, no es una fecha para la contemplación pasiva. Es el recordatorio de una autoridad preexistente que no pide permiso para ser; es un ejercicio de memoria viva, valoración profunda y combate ideológico.
Ser indígena hoy no es vestirse de folclore para el ojo ajeno.
Ancestralmente, significaba ser una célula del territorio, regirse por la reciprocidad y el equilibrio del monte. Hoy, ante los despojos históricos, significa también habitar las ciudades. Millones de hermanos han tenido que mimetizarse con el cemento urbano para sobrevivir, pero en ese camuflaje no perdieron la raíz. Se volvieron los pintores que rescatan los colores del origen en murales grises, los músicos y luthiers que hacen hablar y cantar a la madera, los escultores, ceramistas y teleras que dominan tecnologías sociales y matrices que la modernidad jamás pudo descifrar. El arte y el oficio indígena en la urbe son mucho más que una artesanía: son un manifiesto de resistencia identitaria.
Para comprender esta resistencia, es necesario entenderla no como una simple traducción de palabras, sino como una interpretación profunda de su filosofía y cosmovisión.
En el pensamiento andino, el universo es un sistema perfectamente administrado:
* Wiracocha es el creador del Cosmos, el principio activo.
* Pachamama es la regente y ordenadora universal; no es solo la "Madre Tierra" entendida como el suelo, sino la fuerza que administra el Todo.
* El orden opera en tres planos donde Pacha significa orden, gobernanza y reinado: el Uku Pacha (el subsuelo oculto donde se resguarda la raíz), el Kay Pacha (el plano físico, el aquí y ahora donde el pueblo trabaja en el asfalto o en el monte) y el Hanan Pacha (el plano trascendente).
* Como puentes de esa gobernanza, el Punchao (el sol del amanecer esculpido con sus dos bastones de mando y equilibrio) comunica lo alto con lo terrenal, mientras el Inti (el Sol dador del día) y su compañera Quilla (la Luna) guían los ciclos de la vida visible.
Cuando hablamos de Soberanía Indígena, bajamos esta inmensa filosofía a la tierra.
Como bien enseñaba el economista Manfred Max-Neef, el desarrollo real de un pueblo no se mide en monedas de acumulación, sino en su capacidad de generar sus propios satisfactores de vida: Identidad, Creación y Libertad. La soberanía es el derecho a decidir sobre esos satisfactores a través de tres trincheras urgentes:
- El Eje Territorial (el espacio sagrado donde la cultura respira),
- El Eje Económico (la escala humana que rompe la dependencia de los mercados centralizados) y
- El Eje Laboral (la dignificación del oficio autogestionado frente a los nuevos obrajes modernos).
En esta tarea comunitaria no hay lugar para caudillos de bolsillos profundos y apolillados que pretendan apropiarse del relato.
Ya no sirve llorar por la leche derramada; el verdadero desafío actual es observar con atención por dónde se está yendo la vaca.
Valorizar al pueblo nativo hoy es reconocer sus capacidades actuales, descifrar el arte que resiste en los márgenes urbanos y devolverle su lugar legítimo: el de arquitectos de su propio presente.
La red ya está en el telar. La soberanía se teje y se defiende todos los días.

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