O cómo el monte desvistió a los emperadores de papel
Ya nos cansamos de las estatuas de bronce.
Esas figuras rígidas, frías, que nos miran desde lo alto de un pedestal, con trajes que nunca supieron lo que es el calor de nuestra arcilla.
Nos contaron una historia llena de pelucas y galeras, una historia que siempre venía "de afuera", de allá, del puerto, donde creen que el mundo se termina en el Riachuelo.
Pero aquí, en el corazón de Santiago, la historia es otra cosa.
La nuestra se escribe con tinta de savia, se cuenta a la sombra de los algarrobos y se entiende mejor cuando el sol de enero —ese que abraza hasta dejarte el alma seca— te obliga a dejar las caretas de lado.
Historias en Clave Sainete es nuestra trinchera.
Aquí no buscamos héroes de mármol.
Buscamos a los hombres de carne y hueso, a los Ibarra, a los Gallo, a los que sudaron la gota gorda mientras otros intentaban ponernos leyes ajenas.
Aquí, el poder se mide por quién aguanta el sol y quién sabe leer el monte, no por quién tiene el título más lustroso.
Vamos a contar nuestra historia como lo que es: un sainete de contradicciones, de gente viva, de mañas, de picardía y de dignidad.
Vamos a desvestir a los emperadores de cartón y a dejar que la verdad santiagueña —fresquita, sin maquillaje y con la crudeza del polvo que se pega a la piel— tome la palabra.
Porque, al fin y al cabo, la historia no la hacen los que escriben con tinta azul desde un escritorio refrigerado.
La hacen los que, como nosotros, saben que para entender este país hay que ensuciarse un poco los pies con su tierra.
*Bienvenidos al escenario. Que suba el telón, que el sol de enero ya está calentando.*

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