martes, 23 de noviembre de 2010

EL PÁJARO DE FUEGO




Tenía el zar Berendéi tres hijos. El menor se llamaba Iván.

Poseía el zar un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro.

Alguien acudía al jardín a robar las manzanas de oro. El rey, que tenía mucha estima a su jardín, puso en él guardia. Pero nadie podía descubrir al ladrón. Triste, el zar dejó de comer y de beber. Sus hijos le decían, para consolarle:

—No te apenes, querido padre, nosotros mismos guardaremos el jardín.
El hijo mayor dijo:

—Hoy me toca a mí vigilar el jardín.

Al anochecer fue a cumplir su cometido, pero, por más vueltas que dio arriba y abajo, no descubrió a nadie y, cansado, se durmió sobre la blanda hierba.

A la mañana siguiente, el zar le preguntó:

— ¿Me traes una buena noticia? ¿Has descubierto al ladrón?

—No, querido padre; en toda la noche no he dormido, no he pegado ojo, pero no he visto a nadie.

A la noche siguiente fue el mediano a guardar el jardín y también se durmió. A la mañana dijo que no había descubierto al ladrón.

Le tocó al hermano menor hacer su guardia en el jardín. Por miedo a dormirse, ni se atrevía a sentarse. En cuanto el sueño le acometía, se lavaba con el rocío que bañaba la hierba y se desvelaba.

A eso de la medianoche le pareció que en el jardín había luz. Era cada vez más intensa, y, por fin, todo el jardín se iluminó. El zarevitz vio que el pájaro de fuego estaba posado en una rama y picoteaba las manzanas de oro.

El zarevitz Iván se acercó sigiloso al manzano y asió de la cola al ave.

El pájaro de fuego se estremeció y levantó el vuelo, dejando en la mano del zarevitz una pluma de su cola.

A la mañana siguiente, el zarevitz Iván se presentó ante su padre. El zar le preguntó:

—Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?

—No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en nuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.

Tomó el zar la pluma y recobró el apetito y el buen humor. Pero he aquí que una buena mañana se levantó con el pensamiento puesto en el pájaro de fuego. Llamó a sus hijos y les dijo:

—Queridos hijos, no estaría de más que ensillarais briosos corceles y salierais por esos mundos en busca del pájaro de fuego.

Los hijos se inclinaron ante su padre, ensillaron briosos corceles y se pusieron en camino, cada uno en una dirección.

El zarevitz Iván, fatigado de tanto cabalgar en aquel largo día estival, echó pie a tierra, trabó al caballo y se tendió a descabezar un sueñecito.

No se sabe si durmió mucho o poco tiempo, lo que sí se sabe es que, al despertarse, no vio su caballo. Se puso a buscarlo y, después de mucho caminar, dio con los huesos del animal. Quedó el zarevitz Iván muy entristecido.

¿A dónde podría ir sin el caballo?

«En fin -se dijo-, puesto a ello, iré a pie».

Caminó el zarevitz Iván hasta que se sintió invadido de un cansancio mortal. Se sentó muy triste en la blanda hierba. De pronto vio que corría hacia él un lobo gris.

— ¿Por qué, zarevitz Iván, te veo tan triste, tan abatido? —preguntó el lobo.

— ¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.

—Tu caballo me lo comí yo, zarevitz Iván… Me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos?, ¿a dónde vas?

—Mi padre me mandó recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.

— ¡Vaya! En tu buen caballo no hubieras encontrado en tres años el pájaro de fuego. El único que sabe dónde vive soy yo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta encima de mí y sujétate con fuerza.

Montó el zarevitz Iván a lomos del lobo, y éste salió disparado, cruzando como una exhalación los bosques y los lagos. Por fin llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo dijo:

—Escúchame, zarevitz Iván, y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla, y no tengas miedo, que toda la guardia está durmiendo. En un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro y guárdalo en el seno, pero ten buen cuidado de no tocar la jaula.

Saltó el zarevitz Iván la muralla y vio el palacete en cuya ventana descansaba la jaula de oro con el pájaro de fuego. Tomó el ave y la ocultó en el seno, pero quedó encandilado mirando la jaula. En su corazón se encendió la codicia. “¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?”, se dijo. Olvidó el zarevitz lo que le había dicho el lobo y tendió la mano hacia la jaula. Pero en cuanto sus dedos la rozaron, sonaron en toda la fortaleza clarines y tambores. La guardia se despertó, apresó al zarevitz Iván y lo llevó a presencia del zar Afrón.

El zar Afrón montó en cólera y preguntó al zarevitz Iván:

— ¿Quién eres? ¿De dónde has venido?

—Soy el zarevitz Iván, hijo del zar Berendéi.

— ¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón!

— ¿Por qué no se acuerda usted de que su pájaro venía a picotear las manzanas de oro de nuestro jardín?

—Si hubieras venido honestamente y me lo hubieras pedido, te lo habría dado, movido de mi aprecio a tu padre, el zar Berendéi.

Ahora haré que tengáis mala fama en todas las ciudades. Aunque, mira, si me prestas un servicio, te perdonaré. Tiene en su reino el zar Kusmán un caballo de crines de oro. Si me lo traes, te daré el pájaro de fuego.

Muy triste regresó el zarevitz Iván a dónde le estaba esperando el lobo gris. El lobo le reprochó:

— ¡No te dije que no tocaras la jaula! ¿Por qué no me hiciste caso?

—Perdona, perdóname, lobo gris.

— ¡Ea, monta! ¡Enganchado al carro, no te quejes de la carga!…

De nuevo corrió el lobo llevando encima al zarevitz Iván. Por fin llegaron a la fortaleza en que se hallaba el caballo de crines de oro.

—Salta el muro, zarevitz Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar el bocado.
Saltó el zarevitz Iván el muro, aprovechando que la guardia estaba durmiendo, se introdujo en la cuadra y atrapó el caballo de crines de oro, pero no pudo resistir la tentación de llevarse también el bocado, que era de oro puro cuajado de piedras preciosas. ¡Qué hermoso estaría el caballo con él!

Tocó el zarevitz el bocado y al instante sonaron en la fortaleza clarines y tambores. La guardia se despertó, apresó al zarevitz y lo llevó a presencia del zar Kusmán.

— ¿Quien eres? ¿De dónde has venido?, preguntó el zar.

—Soy el zarevitz Iván.

— ¿Y no se te ha ocurrido nada mejor que robar un caballo? ¡Pero si eso no lo haría ni un simple mujik! En fin, zarevitz Iván, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Ráptala, tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su bocado.

Más triste todavía que antes regresó el zarevitz Iván a donde le estaba esperando el lobo.

— ¿No te dije, zarevitz Iván —le reprochó el lobo-, que no tocaras el bocado? Otra vez no me has hecho caso.

—Perdona, perdóname, lobo gris.

—En fin, ¡monta!

De nuevo corrió el lobo llevando encima al zarevitz Iván. Llegaron al reino del zar Dalmat. En el jardín de la fortaleza paseaba Elena la Hermosa, acompañada de sus ayas y criadas. El lobo gris dijo:
—Esta vez no te dejaré entrar, iré yo mismo. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.

Emprendió el zarevitz Iván el regreso, y el lobo gris salvó de un salto el muro y se introdujo en el jardín. Se agazapó al pie de un arbusto y vio que Elena la Hermosa salía al jardín acompañada de sus ayas y criadas. Elena estuvo un buen rato paseando, y, en cuanto quedó un poco a la zaga de sus ayas y sirvientas, el lobo la asió de sus ropas, se la echó al lomo y huyó con ella.

Iba el zarevitz Iván por el camino y de pronto vio que el lobo, llevando a Elena la Hermosa, le daba alcance. El zarevitz Iván se puso muy contento. El lobo le dijo:

—Monta sin pérdida de tiempo, no sea que nos persigan.

El lobo corría veloz, cruzando como una exhalación bosques, ríos y lagos. Por fin, llegó con Elena la Hermosa y el zarevitz Iván al reino del zar Kusmán. Preguntó el lobo:

— ¿Por qué te veo tan triste y abatido, zarevitz Iván?

— ¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¿Acaso puedo separarme de tal beldad? ¿Acaso puedo cambiar a Elena la Hermosa por un caballo?

El lobo gris le respondió:

—No te separaré de Elena la Hermosa. La ocultaremos en algún escondrijo, yo adoptaré su imagen y tú me llevarás a presencia del zar.

Escondieron a Elena en una cabaña que había en medio del bosque. El lobo dio una voltereta y quedó convertido en Elena la Hermosa.
El zarevitz Iván lo llevó a presencia del zar Kusmán. El zar se alegró mucho y dio las gracias al zarevitz, diciéndole:

—Te agradezco mucho, zarevitz Iván, que me hayas traído la novia.

Toma el caballo de crines de oro con su bocado.

Montó el zarevitz Iván a lomos del caballo y fue en busca de Elena la Hermosa. La sentó a la grupa del corcel y se dirigió hacia el reino de su padre.

Mientras, el zar Kusmán se casaba. El festín se prolongó hasta las tantas de la noche. Cuando se hizo hora de dormir el zar llevó a Elena la Hermosa a su habitación, pero en cuanto se acostó al lado vio que el lugar de su joven esposa lo ocupaba un lobo. El zar, espantado, se cayó de la cama, y el lobo huyó. Dio el lobo gris alcance al zarevitz Iván y le preguntó:

— ¿Por qué te veo tan pensativo, zarevitz Iván?

— ¿Cómo quieres que no lo esté? Me da pena separarme de un tesoro como el caballo de crines de oro, me da pena cambiarlo por el pájaro de fuego.

—No te apenes, yo te ayudaré.

Llegaron al reino del zar Afrón, y el lobo dijo:

—Oculta a Elena la Hermosa y al caballo, yo me convertiré en el corcel de crines de oro y tú me llevarás a presencia del zar Afrón.

En fin, ocultaron a Elena la Hermosa y al bruto en el bosque. El lobo gris dio una voltereta y se convirtió en el caballo de crines de oro. El zarevitz Iván lo llevó a presencia del zar Afrón. El zar se puso muy contento y le dio el pájaro de fuego en su jaula de oro.

El zarevitz Iván regresó al bosque, montó a Elena la Hermosa en el caballo de crines de oro, tomó la preciosa jaula con el pájaro de fuego y se dirigió al reino de su padre.

Mientras, el zar Afrón hizo que le trajeran el caballo, y se disponía ya a montarlo, cuando el corcel se convirtió en un lobo gris. Asustado, el zar se desplomó sin poder dar siquiera un paso. El lobo huyó y, al poco, daba alcance al zarevitz Iván, a quien dijo:

— ¡Ea, despidámonos, yo no puedo ir más allá!

El zarevitz Iván echó pie a tierra, hizo tres profundas reverencias al lobo gris y le dio las gracias con mucho respeto. El lobo gris le dijo:

—No te despidas de mí para siempre, que todavía he de serte útil.
“¿Cuándo vas a serme útil, si ya se han cumplido todos mis deseos?”, pensó el zarevitz Iván. Luego, montó a lomos del caballo de crines de oro y prosiguió su camino, con Elena la Hermosa y el pájaro de fuego.

Habían llegado ya al reino del zar Berendéi cuando al zarevitz se le ocurrió descansar un rato. Llevaban consigo un poco de pan, lo comieron, bebieron agua de un manantial y se tendieron a descansar.

En cuanto el zarevitz Iván se quedó dormido, llegaron al paraje aquel sus hermanos. Habían cabalgado por tierras extrañas buscando el pájaro de fuego, pero regresaban con las manos vacías.

Vieron los hermanos que el zarevitz Iván lo había conseguido todo y se confabularon.

— Matemos a Iván y todo será nuestro.

Se hicieron el ánimo y mataron al zarevitz Iván. Montaron a lomos del caballo de crines de oro, tomaron consigo el pájaro de fuego, sentaron en la grupa del corcel a Elena la Hermosa y la amenazaron:
— ¡No se te ocurra decir una palabra!

El zarevitz Iván yacía muerto, y los cuervos revoloteaban ya sobre su cuerpo. De pronto llegó corriendo el lobo y apresó a un cuervo y a su corvato.
—Vuela, cuervo, en busca de agua de la vida y agua de la muerte. Si las traes, soltaré a tu corvato.

Viendo que no tenía otra salida, el cuervo levantó el vuelo, y el lobo quedó sujetando al corvato. No se sabe si fue mucho o poco el tiempo que estuvo volando el cuervo. Lo que sí se sabe es que trajo el agua de la vida y el agua de la muerte. El lobo gris roció de agua de la muerte las heridas del zarevitz Iván, que cicatrizaron al instante; luego roció el cuerpo muerto con agua de la vida, y el zarevitz resucitó.

— ¡Cuán profundamente dormía!

—Tan profundamente —le dijo el lobo gris—, que de no ser por mí no te hubieras despertado nunca. Tus hermanos te mataron y se llevaron todo lo que conseguiste. Monta encima de mí sin pérdida de tiempo.

Volaron en pos de los hermanos y no tardaron en darles alcance.
El lobo gris los mató a dentelladas y esparció sus restos por el campo.

El zarevitz Iván se inclinó profundamente ante el lobo gris y se despidió de él para siempre.

Regresó a casa el zarevitz Iván montado en el caballo de crines de oro llevando consigo el pájaro de fuego, para su padre, y acompañado de Elena la Hermosa, con quien había resuelto casarse.

El zar Berendéi se alegró mucho de ver a su hijo y le hizo mil preguntas. Iván le contó que el lobo gris le había ayudado a conseguirlo todo y luego le dijo que sus hermanos lo habían matado cuando estaba durmiendo y que el lobo los había hecho pedazos.

El zar Berendéi se apenó, pero no tardó en consolarse.

El zarevitz Iván se casó con Elena la Hermosa y fue muy feliz con ella.


Alexander Afanásiev, folclorista ruso del siglo XIX
http://www.tipete.com/userpost/libros-gratis/cuentos-rusos

Imagen sepiensa.org.mx

lunes, 22 de noviembre de 2010

VIRGEN DE SUMAMPA



Los de sumampa homenajeando a la virgen de sumampa.

Patrona de Santiago del Estero, la milagrosa Virgen de Sumampa vino a la Argentina desde el Brasil, junto con la imagen de Nuestra Señora de Luján, a comienzos del siglo XVII.

En la primera mitad del siglo XVII, un poblador del sur de Santiago del Estero, el portugués Antonio Farías de Sáa, mandó traer desde el Brasil dos imágenes de Nuestra Señora, finamente talladas en arcilla cocida por artesanos de aquella región.

Una era la Inmaculada Concepción y otra la Virgen de la Consolación, las cuales, una vez desembarcadas en el puerto de Buenos Aires, fueron colocadas sobre dos carros tirados por bueyes y despachadas rumbo al norte, hacia las tierras de Sumampa.

Al llegar a Luján, uno de los carros, el que transportaba a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, se detuvo y los bueyes se negaron a seguir viaje. En las cercanías de ese paraje, se alza imponente la Basílica de Luján.

El otro carro siguió su ruta y al llegar a Córdoba, la imagen fue montada en el lomo de una mula para ser llevada a Santiago del Estero.


La mula, que integraba una tropa de carga, se extravió al llegar a Sumampa Viejo y grande fue la sorpresa de su propietario al ver que, por sí sola, sin que nadie la guiase, se había encaminado a la estancia de don Antonio Farías de Sáa, que la esperaba ansiosamente.

El prodigio fue comentado en toda la comarca y pronto comenzaron a acudir sus moradores para rezar frente a la Virgen. No tardaron en levantarle un tosco oratorio de adobe y techos de paja –construido por abipones– consistente en una pequeña nave de 40 metros de largo por 10 de ancho, con paredes de 1 metro y techo a dos aguas. Allí fue entronizada la imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús en brazos, de 23 cms. de altura y ante ella se inclinaron españoles e indios quienes mantendrían encendida su veneración pese a la escasez de medios y a las grandes distancias.

Don Antonio, su propietario, donó a la Virgen, una legua de tierra para erigir en ella un templo de magnitud, pero toda vez que se lo empezó a construir, algo lo impidió: la obra se derrumbó por sí sola, cayó abatida por los vientos o algún incendio la consumió. Lo cierto es que la gente del lugar atribuyó esas señales a un deseo de Nuestra Señora y la dejaron en su rústico santuario.

Desde 1984 la Virgen de Sumampa es patrona de la provincia de Santiago del Estero. A partir de ese año, el collar y su imagen fueron instituidos como distinción honorífica para ser utilizada por los gobernadores constitucionales, otorgada por el Excelentísimo Obispo Diocesano en la ceremonia de asunción.

Es también protectora de los transportistas, de los estancieros, de las escuelas y los cadetes de policía.

El santuario de Nuestra Señora de la Consolación, construido por los jesuitas en 1684, fue declarado monumento histórico Provincial por decreto acuerdo "A Nº11" del 18-VIII-1972 y declarado monumento histórico Nacional por decreto Ley Nº 1180 del 12-XI-1973, como un testimonio de alta valoración histórica, arquitectónica, religiosa y cultural.

La novena patronal comienza el día 11 de noviembre y concluye el día 19; los días 20, 21 y 22 se realiza un triduo solemne preparatorio y el día de la fiesta patronal en honor a nuestra Señora de la Consolación de Sumampa es el 23 de noviembre.

Nota:

Abipones, etnia de los antiguos pobladores de estas tierras.

En Sumampa, escribe Luis Bravo y Taboada, se imponen la raíz quichua sumaj, que significa hermoso, lindo, bueno; y el sufijo mampa, muy frecuente en la zona, que significa ojo de agua o manantial.

También hay tres interpretaciones; pero lo de manantial hermoso es muy delicado y poético y es muy conveniente para una aplicación a la Virgen María, la que es Madre del Amor hermoso y manantial de toda gracia.

Los orígenes de Sumampa se hunden anteriores a los inicios de la conquista.

Con todo, hacia el año 1566 ya debía tener su importancia, ya que don Juan Matienzo la destaca en su informe.


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/05/la-virgen-de-lujan.html
Alineación al centro

domingo, 21 de noviembre de 2010

EL JAYBANISMO


Bancos y platos ceremoniales del Jaibana.
Comunidad Embera y Waunana
Foto: Oscar Monsalve


El jaybanismo es la forma de chamanismo practicada por los chocóes que habitan el Darién panameño y el Chocó colombiano.

En el Istmo de Panamá habría unos 3.000 indios chocóes de dos ramas lingüísticas diferentes, los emberá-bedeá y los nonamás.

Ambos grupos aunque tienen características físicas y lingüísticas diferentes poseen rasgos culturales idénticos, uno de los cuales es la existencia de chamanes a los que llaman jaybanás o cantajays.

La enfermedad (pienbüá) es uno de los problemas diarios del indio chocó.

Ellos consideran que hay dos tipos de enfermedades: unas naturales que pueden ser curadas con plantas, hierbas, baños o pociones y otras sobrenaturales, producto de hechizos, mal de ojo, intervenciones diabólicas o producidas por espíritus de difuntos que andan sueltos y quieren hacer daño. Para curar estas últimas hay que recurrir a medios extraordinarios.

Muchos chocóes saben cómo usar ciertos remedios para curar pequeños problemas, sin necesidad de recurrir a otra persona de más categoría.

En ocasiones y en vista de su impotencia para curar o resolver la situación, consultará con algún experto curandero que sepa cómo curar con raíces (kurá-baná). Si aún éste no resuelve el problema, será preciso recurrir al Jaybaná, que es el mago, el adivino, el médico, sacerdote, cantor de tradiciones y conocedor de rituales mágico-curativos. Posee el poder necesario para conjurar el poder maligno o Antumiá y dominarlo o consultarlo.

Hoy, según dicen, el jaybaná no es lo que era antiguamente. Con la llegada de la civilización ha perdido muchos de sus antiguos poderes.

No viven de su profesión sino que tienen que cultivar la tierra como todos los demás y vender sus productos para poder subvenir a sus necesidades y de su familia.

Todos han llegado a ser jaybanás por medio de vocación o herencia paterna. Ninguno ha sido por nacimiento como entre los cunas.

Teodolindo Dohiramá, por ejemplo, uno de los más famosos chamanes chocóes del Darién, contaba que él comenzó a estudiar su profesión cuando tenía 20 años de edad. Decidido a prepararse en el arte de curar marchó al Río Atrato, donde se puso en manos de un famoso maestro de nombre Miguel Gogoná, cuya especialidad era curar las enfermedades extrayendo por succión la causa del mal, a veces una espina, un coleóptero o una piedrecita. Cuando aprendió con él sus técnicas, fué a buscar otro jaybaná de nombre Merín, cuya especialidad era curar a picados de culebra. Este le enseñó a buscar y utilizar una hierba llamada neanabariya tamá bajadá, pequeño arbusto cuyas hojas machacaba en el momento de usarlo y aplicaba sobre la herida producida por la picadura de la culebra. A todos estos maestros tenía que pagarles durante su permanencia con ellos. Otro de sus maestros fué “Enrique” de Río Sambú quien le enseñó a curar muchas enfermedades naturales y a cantar como cantan los cantajáys.

El jaybaná no tiene sin embargo ninguna fuerza curativa si no lleva consigo sus bastones, fabricados por él mismo bajo la dirección de su maestro con madera de cocobolo o corazón de “bársamo” o níspero que ellos llaman en su lengua tummá o barra. Estas maderas son durísimas y la elaboración de uno de estos bastones puede llevar mucho tiempo por lo difícil y laboriosa que resulta. Pero una vez terminado es una verdadera obra de arte. El extremo inferior del bastón o contera se reviste con una lámina de plata batida en frío y el extremo superior o empuñadura (chiporó) está rematado por una talla antropomorfa representando generalmente un hombre vestido a la usanza de un caballero del siglo XIX, con sombrero de copa y levita, las manos cruzadas sobre el abdomen o extendidas a lo largo del cuerpo.

Otros bastones representan con gran exactitud el cuerpo y la forma de una culebra. Los bastones son compañía inseparable del jaybaná mientras canta o celebra alguno de los ritos curativos ante un paciente. Mientras realiza éstos, toma de tiempo en tiempo chicha de maíz y jugo de caña sin fermentar al que llaman pemote.

Terminado el aprendizaje con varios maestros, el nuevo jaybaná está en disposición de comenzar su trabajo. Esto debe de juzgarlo su maestro. Si cree que ya está bien formado y preparado, se llevará a efecto una ceremonia muy complicada durante la cual quedará revestido del poder y la fuerza para curar.

Antiguamente el jaybaná era el ser más temido de la tribu, porque se sabía que eran capaces de hacer mucho daño si se lo proponían. Hoy se les teme por inercia pero ya “no hacen daño” como aseguran los propios chamanes chocóes.

Viven aislados en un lugar apartado de la montaña, junto a alguno de los ríos y cuando la gente necesita de sus remedios curativos, han de llevar el enfermo en una hamaca o en una canoa hasta su casa donde permanecerá varios días hasta conseguir la curación si ésta es posible.

La técnica utilizada generalmente por el jaybaná para curar puede variar pero la más corriente es la siguiente: El enfermo es llevado a su casa en la que coloca 8 o 16 mohó-uanga, o muñecos de madera tallada y figura antropomorfa atados con bejucos en los horcones que sostienen el techo de paja de la vivienda. La misión de estas tallas es capturar a los espíritus malignos para que la curación discurra sin tropiezos. Luego se coloca al paciente tendido sobre un petate o hamaca y a sus pies y a un lado se sitúa el chamán, sentado, llevando en su mano izquierda los bastones mágicos símbolo de su poder y en su mano derecha una gran hoja de palma de maquenque (parará) y así se dispone a comenzar su canto curativo. Se trata de ritmos extraños, bitonales, monótonos, como un rezo, lejano al principio, con altibajos agudos y graves y a veces como de falsete, sin letra, sólo la melodía. Al mismo tiempo agita la palma de maquenque como si estuviera abanicando, lo que produce un acompañamiento singular, ya que el roce de los fuelles que tiene esta hoja produce un sonido muy parecido al que produce la lluvia tropical al caer sobre los árboles o las techumbres de las casas, y a veces recuerda el galopar de un caballo.

De vez en cuando refresca su garganta que se seca con los altibajos del canto, con chicha, chucula o pemote. Canta infatigablemente hasta el amanecer, en cuyo momento parece vencerle el cansancio y se acuesta. Trata de acompañar y salmodiar al paciente durante las horas nocturnas que son las más peligrosas para su salud.

Los familiares del enfermo pueden presenciar la escena y permanecer en la casa donde se realiza esta curación, pero según van entrando en el recinto deben lavar sus pies en una batea llena de agua con hierbas aromáticas.

Además de los cantos chamánicos, el jaybaná administra al paciente diversas pócimas según el caso y la enfermedad de que se trate, seleccionadas de su extensa farmacopea generalmente obtenida de los árboles de la selva. Algunas las tienen sembradas junto a la casa, en un huerto que todo jaybaná tiene lleno de plantas medicinales.

Una de las cualidades o poderes que tiene el jaybaná es la de ser capaz de convocar o invocar al Antumiá, el demonio que se encuentra en los ríos en forma de gran culebra mayor que una anaconda.

Para esta ceremonia se debe preparar previamente por medio de ayuno, baños con substancias medicinales y aromáticas, frotaciones con resinas olorosas o sahumerios. El día más adecuado para realizar la invocación es el primer día de plenilunio durante las primeras horas de la noche hasta media noche.

El jaybaná provisto de un mojó-uanga hecho de madera de balso, sus bastones mágicos y una buena provisión de chicha fermentada bien fuerte (chinango), una escopeta (usan las de calibre 22 y son muy buenos tiradores) y un cuerno de caza a manera de trompeta, se dirige a un claro de la selva y traza un círculo o cuadrado mágico dentro del cual se sitúa sentado. Esta línea defensiva no puede ser atravesada por el Antumiá. Entonces, hace unos disparos al aire y sopla con fuerza en su cuerno de caza (a veces un fututo o cambombia, concha de un enorme caracol marino que produce un sonido ronco y penetrante).

A la llamada del jaybaná, se presenta al poco rato el Antumiá, en persona, obediente, pero no a su gusto, sino a regañadientes, interrogando malhumorado la razón de la llamada. El jaybaná, seguro de sí mismo y de su poder, gracias a cierta infusión de mahué (una de las varias plantas alucinógenas que conocen muy bien, tales como el huanto, la borrachera, el yagé o alguna Datura) que mezcla con la chicha y que previamente ha ingerido para que le dé valor, en lugar de contestar inmediatamente, agita delante de sí el mohó-uanga de madera de balso con el que traza un semicírculo atrapando al Antumiá y obligándolo a sentarse ante él, sin penetrar el círculo mágico. Entonces ofrece su chicha fuerte al demonio con la cual le embriaga pronto. Este suelta la lengua, momento que es aprovechado para interrogar al representante del mal sobre el origen de la enfermedad que aqueja a su cliente o la causa que la determina. Aprovecha entonces para preguntar qué medicina es buena para curarla. El Antumiá responde en medio de su borrachera y el jaybaná satisfecho le ordena retirarse.

Puede apreciarse en esta escena tan frecuente en el proceso curativo, cómo se combina en el jaybanismo chocó, lo mágico, en el corazón de la selva, con lo natural y realmente terapéutico, lo físico y lo sobrenatural.

El chocóe en general es muy aficionado a revestirse de adornos de plata, hechos con monedas o plata nativa batida en frío. Así llevan pulseras de plata muy anchas, pectorales hechos de monedas de plata que les llegan hasta por debajo del ombligo, o diademas de monedas de plata que les cuelgan por la espalda y pendientes también fabricados de monedas de plata muy hábilmente. En cambio las mujeres no se ponen ninguno de estos adornos. Sucede al revés de los cunas entre los cuales son las mujeres las que van sobrecargadas a veces de adornos de oro (grandes pendientes como platos, grandes pectorales, collares de monedas, anillos de oro colgados del septum nasal) mientras que los varones jamás se ponen un adorno de oro y sólo alguno de plumas de guacamaya en ciertos rituales como los que celebra el kantule o cantor de la tribu.

La mujer del jaybaná representa un papel importante en la ceremonia curativa, aunque no tan figurativo como el del esposo. Ella será la que va preparando las chichas que debe beber su esposo o las que éste dispone que beba el enfermo, machaca las hierbas que le da su marido y que serán parte de la medicación y está atenta en todo momento a cuanto le diga el jaybaná.


Fuente: www.ucm.es
Imagen: banrepcultural.org

LOS CHOCOES

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/06/antumia.html

sábado, 20 de noviembre de 2010

EL PICHÓN, EL COCODRILO Y EL LEÓN

Río Níger, África Occidental


Érase una vez... un Pichón que fue un día en busca del Cocodrilo y le dijo:

-Hermano Cocodrilo, quería pedirte un favor. ¿Puedes prestarme un poco de dinero?

-No quiero prestarte ni un céntimo –contestó el Cocodrilo-, porque no eres de mi familia. Yo vivo en el agua mientras tú vuelas por los aires. Vete a buscar a tu abuela, el Águila. Sin duda ella te prestará...

Descorazonado con estas palabras, el Pichón se fue sin insistir, pero una semana después volvió a ver al Cocodrilo con la misma petición y de nuevo le rechazó. El Pichón prosigue pidiendo..., pidiendo, y el Cocodrilo, cansado ya de tanta insistencia, le dice que vuelva pasados unos días.

Mientras tanto, va el Cocodrilo en busca de su vecino, el Hipopótamo, para contarle lo que pasa y, después de mucho pensarlo, deciden reunirse con otros animales en juicio para examinar la cuestión.

El día del juicio fue confiada la presidencia al León, que prometió hacer justicia. Con su aspecto feroz todos temblaban cuando ocupó su lugar en el tribunal.

-¡El Pichón! –gritó.

Y cuando éste apareció le dio permiso para tomar la palabra.

El Pichón, sin perder la serenidad, avanzó entre la multitud de animales feroces, y dijo:

-Señor, hace poco pedí al señor Cocodrilo que me prestara cierta suma de dinero, pero rechazó mi petición. Como el hambre apretaba volví de nuevo a pedirle, y siempre me contesta lo mismo: “No eres de mi familia”. Tú, Majestad, ¡oh Rey de la Selva!, indicarás las diferencias que hay entre nosotros.

El juez se dirigió entonces al Cocodrilo y le preguntó:

-¿Cómo es posible que el Pichón no sea hermano tuyo?

-Es verdad, noble rey, que somos hermanos, pero existe entre nosotros una gran diferencia. Él vuela por los aires, mientras que yo vivo en el agua...

-¿Y por esa razón no le ayudas? –interrogó el León.

Y su voz fue terrible y repercutió a lo lejos entre el follaje. Pasado su enfado se calmó un poco el León y pudo continuar el juicio.

-Bien, terminemos ya. Dime, orgulloso Cocodrilo:

¿De dónde nacen tus hijos?

-Señor –contestó temblando-, de los..., de los huevos... que... pongo...

-Y tú, Pichón, dime, ¿De dónde nacen tus polluelos?

-De los huevos que pongo también...

-Los dos habéis dicho la verdad. Luego si nacéis de huevos los dos, sois hermanos, aunque tu opinión sea otra, señor Cocodrilo. Así que debéis ayudaros el uno al otro... ¡He dicho!

Todos los animales que asistían a la asamblea aplaudieron al León y le aclamaron una vez más como juez justo y Rey de la Selva.

Y desde entonces el Cocodrilo ayuda siempre al Pichón, cuando éste le pide ayuda.


Congo
http://www.bibliotecasvirtuales.com/

Imagen launidadmorelos.blogspot.com

viernes, 19 de noviembre de 2010

SANTA MARIA DE UXUE

SANTA MARIA DE UXUE

La leyenda de Ujué, como casi todas las leyendas, se dibuja al contraluz de un tiempo vago e indefinido.

Cuenta que un pastor cuidaba de su rebaño en la cumbre de la sierra de Orba, entre los altos riscos de esta mole de piedra y vegetación, cuando reparó que una hermosísima paloma visitaba constantemente una oquedad abierta como una herida entre las rocas de la montaña.

Movido por la curiosidad se aproximó el pastor a mirar qué había allí para motivar el alegre aleteo del ave.

Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió una imagen de una belleza cegadora de la Virgen con el Niño entre sus brazos. Así surgió, según este relato, la imagen de Santa María la Real.

En dicho lugar se levantó un santuario, a cuyo derredor se instalaron una serie de familias, creándose de esa forma el pueblo de Uxue o Ujué.


Dos aspectos temáticos del mito aparecen como una realidad palpable en Ujué: que su escarpada y arrebatadora localización es lugar de altos vuelos, pues “Uxue” es sustantivo euskérico que significa paloma, y que el pastoreo ha sido la actividad fundadora de esta comunidad.

Ujué se encuentra sobre una colina a 815 metros sobre el nivel del mar, en un lugar estratégico como defensa entre la Ribera y la Montaña, y los ríos Aragón y Cidacos.

Su templo es una imponente iglesia fortaleza, que aparece citada en el siglo X. Tiene restos de obra del siglo XII, si bien la mayor parte de su ornamentación es gótica de la segunda mitad del siglo XIV.

La imagen de la Virgen con el niño es de hacia el 1190, siendo muy semejante a las de Pamplona e Iratxe.

Es de las conocidas como “sedes sapientiae”.


Imagen: forosadvocaciones.wordpress.com

Navarra, España

jueves, 18 de noviembre de 2010

KHNUM





Jnum "El que modela", fue un dios creador en la mitología egipcia.

Originalmente fue un dios del agua.

Nombre egipcio: Jnum. Nombre griego: Jnoumis o Cnoufis.

Nombre Nubio: Deduen.

Fue representado como hombre con cabeza de carnero, tocado con la corona Atef, portando cetro uas y Anj.

Mitología

Era considerado el creador del huevo primordial de donde surgió la luz solar, al inicio de los tiempos, que dio vida al mundo.

Dios alfarero que modelaba con lodo del Nilo las personas, creando su ka en el momento de nacer.

Dios de la fertilidad.

También era guardián de las aguas del inframundo (Duat) y custodio de las fuentes del Nilo en Elefantina.

Según una tradición Jnum creaba a los hombres con su torno de alfarero, pero rompió su rueda cansado de hacerla girar y colocó, en cada mujer, una parte de ella. Desde entonces pudieron reproducirse sin su intervención.

Formó parte de la tríada de Esna, con Satis y Neit; de la tríada de Elefantina, siendo esposo de Satis y padre de Anukis; en la Baja Época serán con Neit y Heka con quienes forma tríada. Era el esposo de Heket en Antinoe.

Representación

Fue representado de múltiples maneras, como: Jnum Nehep "el creador", Jnum Jentitauy "gobernante de las Dos Tierras", Jnum Sejetashsepef "quien teje su luz", Jnum Jentiperanj "gobernante de la Casa de la Vida", Jnum Nebtaanjtet "Señor del País de la Vida", Jnum Jentinechemchemanjet "Gobernador de la Casa de la Dulce Vida", y Jnum Neb "Señor".




Jnum y su compañera Sejmet, representados en un bajorrelieve del templo de Esna, Egipto

Epítetos

Recibió los títulos o epítetos de: "El que modela", "Señor de la catarata", "Señor del Más Allá", "Padre de los padres y Madre de las madres".

Sincretismo
Se le asoció con los dioses Ra, Ptah y Amón.

Culto
Fue venerado principalmente en Elefantina y Esna. También en File, Hypselis y Antinoópolis.

Nombres teóforos

El nombre del dios Jnum aparece en la titulatura del faraón Keops, en la forma "Jnum me protege".


Fuente: http://religiondelantiguoegipto.blogspot.com/2010_05_01_archive.html

Imagen:

allofthemitology.blogspot.com
es.wikipedia.org

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/siete-anos-de-hambre.html

miércoles, 17 de noviembre de 2010

GASTÓN GORI

Pedro Marangoni


Nació bajo el nombre de Pedro Marangoni en la ciudad de Esperanza, provincia de Santa Fe. Estudió derecho y comenzó a ejercer como abogado, pero luego se dedicó activamente a la literatura. En sus ensayos estudió en detalle la problemática de la inmigración, y especialmente en La Forestal sobre la explotación maderera en los obrajes.

El Ministerio de Educación y Cultura y la Secretaría de Estado de Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable, en conmemoración de esta efeméride, desarrollarán una campaña educativa permanente para difundir la importancia de estos recursos naturales y la necesidad de uso racional de los mismos.

La provincia de Santa Fe fomentará, en recordación de esta fecha, la plantación en los espacios públicos de especies arbóreas del bosque nativo santafesino e invitará a los municipios y comunas a adherir a estos actos.

El Poder Ejecutivo habilitará las partidas presupuestarias necesarias a los fines de la instrumentación de la citada norma legal.

El gobernador Jorge Obeid promulgó la ley N° 12.377, sancionada por la Legislatura de la provincia, por la que se declara al 17 de noviembre -fecha del nacimiento y de la muerte del escritor Gastón Gori- como el “Día de la defensa de los montes y bosques santafesinos”. Fuente: SM

GASTÓN GORI

El reconocido escritor nació el 17 de noviembre de 1915 en Esperanza, estudio en la Escuela Normal de Maestros de la cabecera del departamento Las Colonias, realizando sus estudios de derecho en la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral.

Al radicarse en la ciudad de Santa Fe, ejerció la profesión de abogado y luego se dedicó en forma amplia a la actividad literaria, cuando publica su ensayo "Anatole France", en 1940.

En sus primeros libros, Gori reveló notables investigaciones sobre la entrega de campos a hacendados y agricultores y considera sin mistificaciones el trato que se dio a los extranjeros y a las colonias agrícolas.

Estudió con lucidez y rigor metodológico la problemática de la inmigración en el Litoral, entre sus obras se destacaron:

"Colonización Suiza en la Argentina" (1947);
"Ha pasado la nostalgia" (1950;
"La pampa sin gauchos" (1952);
"Familias Colonizadoras" (1954);
"El pan nuestro" (1958);
"Diario del Colonizador Enrique Vollenweider" (1958);
"Tierra, inmigrantes y colonias" (1962) e
"Inmigración y colonización en la Argentina".

En 1951 se editó uno de los ensayos fundamentales: "Vagos y mal entretenidos" y 14 años después, la primera edición de "La Forestal: la tragedia del quebracho colorado", que se mantiene como un hito en los ensayos testimoniales y de denuncia sobre la explotación en los obrajes madereros del norte santafesino.

La obra de Pedro Marangoni (nombre real de Gori) mereció innumerables distinciones, entre ellas, el Premio regional de la Comisión Nacional de Cultura; de la ASDE (Asociación Santafesina de Escritores); el Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y miembro de la Academia Argentina de Letras.

Gastón Gori falleció en la ciudad de Santa Fe, el 17 de noviembre de 2004, el día que cumplía 89 años de edad.

En homenaje a Gastón Gori, se declaró al 17 de noviembre como el “Día de la defensa de los montes y bosques

Nota:

La Forestal (The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited) es el nombre de una empresa argentina de capitales extranjeros que manejó buena parte de la actividad política y económica de un sector del norte argentino a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX.

Su nombre es tristemente recordado por haber significado la destrucción de una parte importante de los recursos naturales, la explotación de sus trabajadores y los oscuros contactos con el poder de turno.

Fuente: http://es.wikipedia.org
http://www.sinmordaza.com
http://www.elortiba.org/forestal.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/el-quebracho-colorado.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/05/mito-del-quebracho-cine-greenpeace.html



Ama Amazonas - Kalamarka

EL PEHUEN ERRANTE



Esta leyenda araucana se refiere al pehuén o pino cordillerano cuyo nombre científico es araucaria imbricata, que forma densos bosques en los Andes patagónicos y tiene una semilla grande o piñón, que se recoge en marzo (piñoneada) y que constituye desde tiempos inmemoriales parte importante de la alimentación de los indígenas que habitan esa zona, los mapuches: cuyo nombre significa mapu: Tierra, patria y che: Gente, lo que se traduce como gente de la tierra, autóctona.

Cuenta la leyenda que cierta vez una ñiuke (madre india) viendo que el invierno llegaba y su esposo Kalfü-Kir cuya traducción es lagarto azul, no retornaba al calor de su hogar o ruca (choza araucana), rogó a su hijo le buscara en todo el valle y más allá de las montañas.

El koná o joven provisto por su madre de alimentos y abrigos inició la marcha en ese frío ambiente. Un día por fin vio un pehuén, y como no podía seguir de largo sin hacerle una ofrenda colgó de unas de sus ramas los zapatos. Prosiguió su marcha y se encontró con una tribu desconocida que, después de recibirle cordialmente, le robaron y lo ataron de pies y manos para que no pudiese moverse, y quedar expuesto a la furia de Nahuel (el tigre).

Su madre que presentía la desgracia, salió a buscarlo, y en el camino encontró los restos de su esposo Kalfü-Kir, por cuya razón se cortó los cabellos que cubrían su frente.

Luego prosiguió la búsqueda del muchacho. Mientras tanto éste estando a punto de expirar, vio en la lejanía un pehuén y exclamó dolorosamente ¨!Oh, si tú fueras mi madre!, tú bueno y verde árbol de dilatado ramaje! Ñiuke, Ñiuke, ¡ven, ven!...

Fue entonces que el pehuén desgarró sus raíces de la tierra y se acercó al indio. Le cubrió con sus ramas, le defendió de las fieras con sus espinas y alejó la nieve que caía sobre su cuerpo. Mientras, llegó la abnegada mujer y le desató las ligaduras haciéndolo revivir con sus caricias maternales. Agradeció ella al árbol su bondad y no sólo le dejó los zapatos que ya le había ofrendado su hijo, sino que le puso los suyos. Entonces emprendieron el viaje de regreso, acompañados por el pino sagrado hasta dónde fue necesaria su protección. Cuando se detuvo, dieron al lugar el nombre de Ñiuke, porque el hijo así había llamado al árbol en su agonía, y según se cuenta hombres que no conocieron esto cambiaron el nombre y llamaron al lugar Neuquén, algunos nativos le llamaron Ñudque, pero siempre significa madre.

De las semillas desprendidas, los sabrosos piñones, crecieron árboles que como eran descendientes del árbol sagrado, se multiplicaron tan rápidamente que originaron densos bosques, todos nacidos del árbol madre, que recorrió todo el mundo o Mapu para buscar el otro árbol el pehuén macho con el que se sentía emparentado.-

Fuente http://www.oni.escuelas.edu.ar

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/el-pehuen.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/03/el-pino-cordillerano.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/08/nquilli.html

martes, 16 de noviembre de 2010

BATALLA DE REINOHUELEN

Por el cosmógrafo Jean Bellére 1554


Septiembre 1536



GÓMEZ DE ALVARADO AVANZA HASTA EL ITATA

Almagro interrogó afanosamente a los indios de Aconcagua. Por ellos se impuso que el país que había imaginado un segundo Perú, carecía de ciudades y de riquezas.

En el centro, sus habitantes eran pobres agricultores que vivían agrupados en caseríos de 10 a 15 ranchos, como los de los viñateros. Más al sur no había oro, y los pobladores eran tribus guerreras y feroces que habían derrotado a los ejércitos incaicos.

Hasta este momento, los expedicionarios no habían encontrado vestigios de los grandes tesoros que forjó su fantasía. Todo inducía a suponer que los indios no los engañaban.

Pero ya se había pasado la parte difícil del camino y lo prudente era cerciorarse por ellos mismos de lo que había más adelante.

Almagro dispuso una expedición que debía reconocer el país hasta el Estrecho de Magallanes, mientras él recorría la región que baña el Maipo.

Confió la expedición al sur a Gómez de Alvarado con setenta jinetes.
Este capitán avanzó resueltamente por las provincias y tierras de los picones y promaucaes sin encontrar resistencia. Sólo al llegar al río Maule divisó en la ribera sur algunos grupos de indios en actitud hostil.

Martín Monje seguido de otros soldados, atravesó el río y desbarató fácilmente a los grupos de indios. La expedición continuó avanzando por las provincias de los purranaucas o promaucaes (la región comprendía entre el Itata y el Maule), desbaratando fácilmente las sorpresas y ataques que los indios les prepararon en el camino. Mas, al llegar a la confluencia del Nuble con el Itata salió al encuentro de los españoles un cuerpo numeroso y bien organizado de guerreros.

Gómez de Alvarado dispuso sus tropas para el combate. Los españoles "se hincaron de rodillas haciendo oración a la majestad de Dios". Los indios avanzaron en orden y se desplegaron en línea de batalla en un campo descubierto. Acto continuo se trabó la batalla de Reinogüelen, en que mapuches y españoles se iban a medir por primera vez. La batalla estuvo largo tiempo indecisa. Los mapuches mostraron el coraje y el empuje que Valdivia iba a experimentar más tarde; pero el choque contra hombres de a caballo, revestidos de fierro y armados de lanza y de sables de acero, los tomó desprevenidos. Se precipitaron al ataque en grandes masas que las armas españolas clareaban. Después de un largo combate, se retiraron, dejando un centenar de prisioneros y un número crecido de muertos.

Gómez de Alvarado tuvo treinta caballos y muchos españoles heridos. Mariño de Lobera que oyó relatar la batalla de Reinogüelen a los soldados que pelearon en ella, habla de dos españoles muertos. Los documentos sólo mencionan la caída del caballo de Diego Alvarez, derribado por los indios, pero rescatado vivo por uno de sus compañeros. Gómez de Alvarado se intimidó ante la enérgica resistencia de los naturales la falta de recursos y la crudeza del clima. Dio la vuelta al norte, y en el camino encontró a los soldados que Almagro despachó en su alcance con la orden de que apresuraran su regreso.

La expedición se había realizado en pleno invierno (julio a septiembre de 1536), atravesando bosques, pantanos y ríos crecidos; por caminos a trechos casi intransitables soportando las lluvias y los fríos; combatiendo con los indios desde que pasó el Maule.

Según Oviedo, que tuvo a la vista una relación de Almagro, hoy perdida, en una sola jornada murieron cien indios de servicio. No es, pues, extraño que Alvarado regresara trayendo la peor impresión posible, sobre la comarca que había recorrido. No sólo no había en ella oro ni plata, sino que sus habitantes eran pobres agricultores dispersos en los campos o agrupados en caseríos de ranchos mezquinos. Más al sur habitaban indios salvajes y grandes guerreros.

"Como no le pareció bien la tierra por no ser cuajada de oro - dice el simplista autor de la 'Conquista y Población del Perú' - no se contentó de ella".

Imagen: educarchile.cl

lunes, 15 de noviembre de 2010

YASÍ-RATÁ Y LA LUNA



"Victoria Regia"
"Irupé", en guaraní



Esta hermosa leyenda guaraní viene de los vocablos “i” que significa (agua) “ru” que significa (el que trae) y “pe” que significa (plato). O sea Plato que lleva el agua.

Se la conoce con el nombre de Victoria Regia, y constituye una de las flores más curiosas de nuestra flora. Con los granos de su fruto, los indígenas elaboran un pan muy exquisito.

Yasí Ratá (estrella) había nacido con un pequeño mal incurable; amaba los astros.

Desde pequeña quería la Luna y vivía para ella. Cuando ésta no aparecía en el cielo, Yasí lloraba insomne las noches enteras.

Y cuando el pálido satélite surcaba raudo la inmensidad cubierta de estrellas, la enamorada se vestía con las mejores galas, y pasaba la noche entera en celeste idilio con el astro. Entonces era hermosísima y la Luna le daba a su rostro un halo sobrenatural.

Así los dos enfermos se amaron mucho tiempo. Hasta que un día Yasí desesperada de vivir tan lejos de su celestial amante, decidió ir en su busca.

Subió a uno de los árboles más altos y desde él tendió los brazos para que el astro la recogiera. Pero fue inútil. Entonces bajó y trepó a la cima más alta de la montaña y allí esperó el paso de la Luna, pero también fue en vano.

Descorazonada y vencida volvió al valle y allí camino largo tiempo, sus pies desgarrados por las piedras y las espinas, manaban abundante sangre.

En su marcha llegó a un lago de aguas límpidas. Se miró en ellas y vio su imagen reflejada al lado de la Luna. ¡Era el milagro!

Sin vacilar se arrojó a sus brazos, pero la imagen se desvaneció y las aguas se cerraron sobre ella cubriendo para siempre su imposible sueño.


Tupá, compadecido de aquel gran amor, la transformó en Irupé con hojas de forma de un disco lunar y que mira hacia lo alto en procura de su amado ideal. De noche cierra sus pétalos cubriendo las manchas de sangre de sus heridas, pero cuando la Luna aparece, las abre, y todavía platica con ella.


Fuente: desdeunlugarmejor.com
Imagen: flickr.com

domingo, 14 de noviembre de 2010

EL CACIQUE HUAROCUYA (ENRIQUILLO)

ENRIQUILLO
EL LIBERTADOR DE QUISQUEYA



Hace aproximadamente en el año de 1496, era el heredero del Nitainato del Bahoruco, tributario del Cacicazgo de Xaragua o Jaragua, uno de los cincos reinos principales que había en la isla al tiempo de la llegada de Colon. (Nitainatos era la división política en que se dividían los Cacicazgos.

De no haberse producido la interrupción que significo la llegada de los Europeos a la isla, dicho Nitainato lo recibiría en herencia de su padre el Nitaíno Maniocatex, muerto en la Matanza de Jaragua, ordenada -mientras celebraban un acuerdo de paz- por el gobernador Nicolás de Ovando (1503).

Los religiosos Franciscanos de la ciudad de la Vera-Paz, (lugar cercano a lo que hoy es Puerto Príncipe) ciudad relativamente cercana al Bahoruco, la región montañosa de Jaragua. Estos religiosos -cuentan los cronistas- recogieron al Caciquillo de unos 7 años, en su convento y allí lo criaron y educaron. Así hicieron con la mayoría de los hijos de los príncipes Tainos.

Los Frailes le enseñaron a leer e escribir y gramática, para lo cual, necesariamente, tuvieron que adoctrinarlo en costumbres y en sentimientos. Hablaba bien el castellano. Hecho hombre a la sombra espiritual del monasterio, Enriquillo se caso con su prima, noble dama Taina llamada Mencía. La cual era hija de la princesa Higuemota, hija de la reina Anacaona y el Cacique Caonabo.

Sobre el físico del Cacique Enriquillo, coinciden Oviedo y Las Casas: "Era alto y gentil hombre, de cuerpo bien proporcionado y dispuesto, la cara no-tenia hermosa ni fea, pero tenía-la de hombre grave y severo". "El Cacique era sobrio de maneras y apetitos. No-se excedía en el comer ni en el beber. Receloso y esquivo, no se confiaba fácilmente a nadie. Huidizo y despierto, como pollo de guinea, hablaba poco y dormía menos". "Solo así, vigilante hasta de su propia sombra, pudo mantener durante catorce años la guerra del Bahoruco, sin ser nunca vencido, ni siquiera sorprendido". (Herrera op. cit. Década II. Libro V. Cap. I. Tomo II Pág. 94)

Las condiciones morales del Cacique eran, mas que corrientes, relevantes. Religioso a carta cabal, no abandono sus hábitos culturales, ni aun en los años de la rebelión, porque en el Bahoruco cumplía, hasta donde las circunstancias no lo vedaban, con los preceptos de la Iglesia. Las reglas de vida que impuso a los rebeldes eran severísimas. Espejo de sus propias costumbres y de las de Mencía su mujer. Nadie podía transgredirla, sin castigo. (Oviedo, HISTORIA GENERAL Y NATURAL DE LAS INDIAS, Ed. 1851, Tomo I, Págs. 157-158).

En lo que mira a su modo de hacer la guerra, es indiscutible que siempre se mantuvo en términos de estricta moderación, evitando el mal que no aprovechaba a su causa, e impidiendo que los suyos se excediesen en la venganza inútil y en los hechos atroces. (Las Casas, Op. cit. Libro II. Cap. CXXV. Tomo II. pag. 236).

Enriquillo fue encomendado al español Francisco de Valenzuela, colono de San Juan de la Maguana, con cuarenta y seis de sus súbditos. A Francisco Hernández, también de la Maguana, se le asignaron treinta y seis de los indios del Cacique. Alburquerque y Pasamonte en el reparto de 1514, confirmaron esta dos encomiendas (Casimiro N. de Moya, Op. cit., p. 190).

En 1519, hastiado de las injusticias hacia el y los suyos,- y del sistema de esclavitud impuesto disfrazado con el termino de Encomienda- decide irse junto a su esposa Mencía -nieta de la reina Anacaona- en rebeldía, hacia las escarpadas montañas del Bahoruco.

Cuenta -Las Casas- que cuando Andrés Valenzuela se dio cuenta de que Huarocuya-Enriquillo, había abandonado sus servicios, salió a perseguirlo con gente española. El Cacique prevenido y dispuesto a defenderse le hizo resistencia a Valenzuela, le mato a algunos de lo suyos y descalabro a los más. Quisieron los indios acabar con el mozo y lo impidió el Cacique, amonestándolo de este modo: "Agradeced, Valenzuela, que no os mato; andad, íos y no volváis más acá, guardaos". Noble decisión, que hecha por tierra la perversa tesis de los antinacionales, que históricamente han pretendido rebajar la grandeza del héroe del Bahoruco, planteando que su rebelión había sido su reacción porque Andrés Valenzuela le había violado y embarazado a Mencía.

Se mantuvo en guerra contra los españoles a ambos lado de las montañas del Bahoruco, asaltando las haciendas de los colonos, rescatando sus armas y repeliendo sus ataques,, hasta que, cansado de guerrear 14 años después, en 1533, pacta un acuerdo de paz, con el enviado del rey de España, el Capital General Francisco de Barrionuevo.

Las negociaciones con el enviado de la Corona el Capitán General Francisco de Barrionuevo fueron realizadas a la orilla del Lago del Comendador, el cual a partir de ahí, fue bautizado como “Lago Enriquillo”. Convirtiéndose por el éxito de sus negociaciones en el Libertador de los Quisqueyanos.

Los acuerdos pactados en las negociaciones fueron, Libertad para el pueblo Taino con la eliminación de la Encomienda, no pago de impuesto a la corona, y un territorio libre para los suyos. Según la tradición de la zona, El Cacique Enriquillo se asentó en el área que es hoy la provincia de Monte Plata, y que residía en el Yucateque (pueblo) de Boya. No en un supuesto Boya que la tierra se trago en las inmediaciones de Azua como luego inventaron. Para dislocar el verdadero lugar del santuario de semejante líder.

Según antiquísima tradición en la zona, en la iglesia de Agua Santa de la comunidad de Boya en la Pcia. de Monte Plata, bajo esta construcción esta ubicada la tumba del Libertador, el cual era un lugar de peregrinación por parte de los nativos, y por esa razón, los españoles decidieron construir sobre su tumba dicha Iglesia. También se afirma que el Cacique murió alrededor de 1536 de unos 40 años de edad.

Ahí descansan sin ninguna honra oficial los restos del Libertador de Quisqueya, a pesar del Decreto 6885 del 29 de Septiembre de 1950, aparecido en la Gaceta Oficial No. 7193 del 18 de Octubre de 1950, que consagra del 27 de Septiembre como Día del Héroe de Bahoruco.

Por Milton Olivo, autor del libro EL SECRETO TAINO.
milton.olivo@gmail.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/11/anacaona.html

sábado, 13 de noviembre de 2010

EL ALGARROBO

Algarrobo Blanco
Prosopis alba
Tacko


Esto sucedió hace mucho tiempo, en la época en que los españoles comenzaron la conquista de estas tierras en América.

Un día, los indios comechingones, muy asustados, vieron que unos hombres de piel blanca, cargados de armas, avanzaban sobre ellos.

Venciendo su temor, los hombres del cacique comechingón Ipachi Naguan lucharon contra los hombres blancos.

La lucha fue larga, y el hambre y el cansancio fueron debilitando a los comechingones. Ipachi Naguan, entonces, decidió guiar a su pueblo hacia un bosque de algarrobos y allí pidió a los dioses que protegieran a sus mujeres y niños.

En un momento, todo pareció perdido, pero entonces sucedió lo inesperado.

Las ramas de los algarrobos comenzaron a sacudirse y desde las alturas cayó una lluvia de frutos que se abrieron y dejaron ver sus semillas.

Esas algarrobas fueron el mejor alimento para los indígenas, que comieron hasta hartarse.

Después se sintieron con más fuerzas, volvieron a la batalla y vencieron a los españoles.

El fruto de los algarrobos había salvado a los habitantes de esta tierra.


(Anónimo)

viernes, 12 de noviembre de 2010

MUTISIA


MUTISIA

Hace mucho tiempo, en la zona del volcán Lanín, existían dos tribus enemigas irreconciliables que guerreaban a menudo y se guardaban mucho rencor.

Un día, el joven hijo del Cacique de una de las tribus y la hija del Cacique de la otra se enamoraron locamente. Pero dado el intenso odio que existía entre las familias, no podían tratarse a menudo y verse abiertamente.

Una oscura noche, la machi (hechicera), vigilaba junto al rahue (altar) mientras se realizaba el Nguillatún. De repente rompió el silencio el graznido del pun triuque (chimango de la noche). La machi se estremeció, pues sabía que ese era un grito de mal presagio.

Miró a su alrededor y escuchó un ruido sospechoso. Observando atentamente, vio a la querida hija del cacique que escapaba sigilosamente con el hijo del cacique enemigo. En ese momento la machi se dio cuenta que ese era el peligroso suceso anunciado por el pájaro agorero.

La machi creía que esa acción merecía ser castigada, pero antes de comunicar al padre la fuga de su hija, consultó con el pillán o deidad de su devoción:

– ¿Debo o no dar parte de rapto al padre de la niña?

Sí contestó el Pillán.

La machi corrió al toldo del cacique y delató la fuga. Enseguida se escuchó por segunda vez el alarmante grito del pun triuque.

El padre, muy enojado, ordenó la persecución y captura de los enamorados que pronto fueron apresados, juzgados y condenados a muerte.

Ambos jóvenes fueron atados a un poste y con lanzas y machetes todos se arrebataron contra ellos dándoles la más cruel de las muertes.

A la mañana siguiente, los ejecutores de este bárbaro crimen, quedaron asombrados al ver que en el lugar del suplicio de los jóvenes enamorados, habían nacido unas flores de pétalos anaranjados nunca vistas.

¡Quiñilhue! – gritaron los primeros que la vieron, y con ese nombre, “quiñilhue” se conoce la flor que produce una enredadera que se abraza y trepa por los árboles, como se abrazan los jóvenes enamorados.

Avergonzados y arrepentidos, los mapuches empezaron a venerar esa flor llamada Mutisia por los blancos.

Las almas de los jóvenes amparados por la Futa Chao en el país del cielo, se amaron por siempre mientras esa delicada flor de pétalos rojos nos recuerda el martirio de los jóvenes dado por los hombres injustos.

Mutisia: Flor provincial de la Provincia de Neuquén. Hermosa enredadera de hojas siempre verdes con forma de lanza y grandes flores circulares.



Fuente: desdeunlugarmejor.com

Imagen: meemelink.com

jueves, 11 de noviembre de 2010

Manual Básico sobre la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas




11/11/2010 in Panoramas, Pueblos Originarios

El presente documento es un esfuerzo conjunto de la Fundación Tukui Shimi y la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), junto con el apoyo de la Fundación IPESELKARTEA de Navarra-España, por socializar y comprender la dimensión de los derechos contenidos en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas, aprobada por la Asamblea General de la ONU en septiembre del 2007.

Consideramos que la única forma que las naciones, nacionalidades y pueblos indígenas pueden defender sus derechos es conociéndolos en su integridad. Por ello creemos importante saber qué derechos reconoce la Declaración y qué significa cada uno de los grupos de derechos. Con este propósito, a continuación exponemos algunas reflexiones y explicaciones del contenido de la Declaración.

Conociendo que los derechos son indivisibles, y con el propósito exclusivo de facilitar la comprensión de cada uno de los artículos que contempla la Declaración, se ha procedido a dividir en grupos temáticos los derechos reconocidos en dicho documento internacional.

Quito 2010

Para descargar documento ir a:

http://opsur.wordpress.com/2010/11/11/manual-basico-sobre-la-declaracion-de-las-naciones-unidas-sobre-los-derechos-de-los-pueblos-indigenas/

EL CAMALOTE


Eichhornia crassipes, jacinto de agua común, camalote
Especie invasora de planta acuática, de la familia de las Pontederiaceae; endémica del Amazonas y de la cuenca del río Paraná.

También es usada como planta medicinal.



Ivopé, el hijo del cacique Curivai, y Atí, se casaban. Contaba ya el pretendiente con el consentimiento del padre de ella y debía cumplir, antes de realizar su propósito, la condición exigida por el cacique, siguiendo una costumbre de la raza: levantar su cabaña y tener su parcela de tierra para cultivar, a fin de poder subvenir a las necesidades de la nueva familia.

Por eso Ivopé se hallaba en plena tarea. Había cortado gruesas ramas destinadas al armazón de la vivienda y las había clavado en el suelo, en los cuatro vértices que corresponderían a un rectángulo.

Muchos troncos se amontonaban a su lado. Con ellos construiría las paredes de la cabaña, una de las cuales ya había comenzado a levantar, colocando los troncos uno al lado del otro, verticalmente. Luego los aseguraría con cañas transversales, atadas con fibras de güembé.

Una vez cumplida esta parte de la construcción, revestiría las paredes de barro, y para el techo debía hacer un armazón a dos aguas que sería recubierto con hojas de palma y paja.

Después debía pensar en el fogón, que instalaría cerca de la puerta.

Allí también pondría un mortero de madera para pisar el maíz.

Atí tejía una hamaca de algodón que colgarían en el interior de la cabaña.

Lechos formados por fuerte armazón de ramas, cubiertos con hojas de palmeras pensaba construir Ivopé una vez que terminara la vivienda.

Más de una luna le llevaría esta tarea; pero la realizaba con placer pues ésa sería su oga desde que se casara. Ese sería el hogar de su tembirecó y el de sus hijos.

La canoa, construida con el tronco de un yuchán cortado transversalmente y excavado luego, estaba en la playa, junto a las aguas del río.

A la distancia se veían varios hombres y mujeres trabajando en el campo. Unos labraban la tierra con palas de madera; otros recogían curapepé o mandi-ó.

Bajo un gran jacarandá florecido, cuyas flores de color añil, al caer, pintaban la hierba con manchas de cielo, una indiecita, sentada en el suelo, enhebraba las campanitas violadas en una delgada fibra de yuchán, y hacía collares con que adornaba su cuello y pulseras que envolvía en sus brazos.

A su lado, un indiecito de ocho años más o menos, manejaba el arco con la habilidad de un experto cazador, característica que distinguía a todos los niños de la tribu.

Bien es cierto que se trataba de un arco diferente al usado por los adultos, construido con madera más flexible y más elástica.

Era también más encorvado y de menor tamaño, unido de un extremo a otro por dos cuerdas paralelas, mantenidas a la distancia por dos palitos terminados en horquilla. Casi en el medio de las dos cuerdas, llevaba sujeta una pequeña red donde colocaban el bodoque.

Este bodoque consistía en una bola de arcilla del tamaño de una nuez, cocida al fuego. En una bolsa que tenía a su lado, había gran cantidad de esos proyectiles.

Tenían los niños guaraníes una destreza especial para utilizar esta arma. Tomaban el arco con la mano derecha, mientras con la izquierda colocaban cuatro o cinco bodoques en la red. Tendían el arco y lanzaban los proyectiles contra los pájaros que deseaban cazar y que caían en pleno vuelo, alcanzados por una lluvia de balas.

Pasó el tiempo. Ivopé y Atí tenían un niño de seis años al que llamaban Chululú.

Chululú gozaba de la predilección del cacique, su abuelo. Él le había enseñado a nadar, a manejar el arco, a dirigir una canoa, y era muy común verlos juntos en la costa, pescando con anzuelos de madera o con flechas.

Un día que la tribu se hallaba entregada a sus tareas diarias de labrar la tierra, recoger manduví, miel silvestre o judías, de hilar algodón o de tejer mantas de este material en telares rudimentarios, fueron sorprendidos por la llegada de Ñaró, que venía jadeante en busca del cacique.

Su excitación era mucha, pero el hábito de hablar con voz suave, rasgo preponderante de toda la raza y en general de los aborígenes, no le permitía gritar. Cuando estuvo al lado del jefe indígena, le informó:

-Estaba pescando en el extremo de tierra que entra en el río, cuando distinguí a lo lejos unas manchas oscuras que se acercaban. Al tenerlas un poco más cerca, he visto que son tres embarcaciones de hombres blancos...

-¿Cómo sabes que son embarcaciones de hombres blancos, si jamás han llegado hasta aquí?- preguntó el cacique dudando.

-Yo las conozco- respondió seguro Ñaró. -Yo estuve allá (señalando el sur) con los charrúas... Yo vi a los blancos apoderarse de la tierra de los charrúas...

Los que se habían acercado, al notar que sucedía algo insólito, se miraron entre sí.

Se reunieron de inmediato los principales jefes de familia y decidieron prepararse para atacar a los extranjeros que llegaban, como lo habían hecho con otras tribus, a sojuzgarlos y a apoderarse de sus tierras.

El cacique, como jefe, dio las órdenes. Los hombres dejaron sus útiles de labranza y corrieron en busca de las armas. Las mujeres y los niños se dirigieron al bosque donde estarían más seguros.

Pocos instantes después todo signo de movimiento había desaparecido del lugar. Se hubiera, dicho que era una aldea abandonada.

Cerca de la costa, detrás de los árboles y de los macizos de plantas que crecían exuberantes en esa zona tropical, se ocultaban los. guaraníes, bien armados, el oído alerta y la vista aguda en dirección al lugar donde uno e ellos, que hacía de vigía, daría el aviso del desembarco de los extranjeros.

El sol del mediodía caía a pique cuando anclaron las naves españolas. Un poco después descendían de ellas los marinos que las habían conducido.

Los indígenas miraban azorados, sin dejarse ver. Los extraños vestidos y el aspecto de los extranjeros los asombraron. El calzón corto, el jubón ajustado, la coraza y el casco refulgentes, las largas barbas, muchas de ellas de color claro, fueron motivos de inacabables y asombrosos descubrimientos.

Los españoles marchaban con cautela. Uno de ellos, al frente, observaba con atención, temiendo una desagradable sorpresa. Gente avezada y acostumbrada a estas lides, sabían a qué atenerse con respecto a los naturales. Nunca sobraban las precauciones y aunque el lugar se hallaba aparentemente deshabitado, los toldos, a lo lejos, hacían suponer lo contrario.

Cualquier ruido en la espesura, el que hacía un pájaro al levantar el vuelo, o una alimaña al arrastrarse por la hierba seca, eran motivos de prevención, temiendo, como temían, caer en una emboscada.

No era la primera vez que tenían que vérselas con los indígenas y conocían muy bien su manera de proceder.

Una flecha silbó en sus oídos. El ataque comenzaba.

Se pusieron en guardia. Prepararon sus arcabuces, tomaron puntería y dispararon sus armas parapetándose en las matas tupidas o en los troncos corpulentos que allí abundaban.

Los que habían quedado a bordo esperando este momento, se alistaron para prestar su ayuda, disponiendo los cañones a fin de hacerlos entrar en acción si la necesidad así lo requería.

Los aborígenes, aterrados ante las explosiones de las armas españolas que vomitaban fuego y proyectiles, abandonaron la lucha tratando de huir, convencidos de que, únicamente enviados de Añá, podían lanzar fuego en la forma que lo hacían los invasores.

A esto se habían agregado los cañones de las embarcaciones cuyo estampido logró aterrar a los naturales y cuyas balas, al dar muerte a varios indios, fueron razón más que eficaz para convencer a los indígenas de la superioridad extranjera, a la que no tenían más remedio que someterse.

Pronto terminó lucha tan desigual. Los expedicionarios, al mando del Capitán don Álvaro García de Zúñiga redujeron con facilidad a la población que, con el cacique, quedó a las órdenes de los jefes españoles.

La paz y la tranquilidad volvieron a reinar en la población levantada a orillas del Paraná.

Los blancos construyeron sus viviendas con troncos de árboles dotándolas en lo posible de algunas comodidades a que estaban acostumbrados.

De las embarcaciones bajaron muebles y utensilios traídos al efecto y en un tiempo relativamente corto, se instalaron en las nuevas viviendas.

Muchos de los tripulantes habían llegado con sus mujeres y sus hijos, pues la expedición traía, como principal objeto, colonizar estas tierras en nombre de los Reyes de España.

El Capitán García Zúñiga traía consigo a su única hija, María del Pilar.

La niña, que había perdido a su madre siendo muy pequeña, y que contaba entonces quince años, acompañaba en las expediciones a su padre, cuando las circunstancias lo permitían.

Rubia, de grandes ojos azules y de piel blanca como los pétalos de los jazmines, la niña ofrecía un vivo contraste con las jóvenes indias de piel cobriza, rasgados ojos negros y cabello lacio y renegrido.

Alegre, dulce, y sencilla, unía a su carácter afable una inclinación natural para hacer el bien a todo el que lo necesitare, sin tener en cuenta tiempo ni circunstancias.

Quería mucho a los niños y en la población indígena llegó a ser la inseparable compañera de los indiecitos, a los que enseñaba su lengua, les refería cuentos fantásticos valiéndose de gestos y de palabras sencillas, y los instruía sobre las más elementales costumbres higiénicas, haciendo para ellos vestidos apropiados y regalándoles objetos útiles que causaban la admiración de los pequeños.

Con frecuencia se la veía rodeada de su corte infantil dando paseos por el bosque, donde recogían frutos sabrosos de ñangapirí y de guaviyú que colocaban en cestos tejidos por ellos mismos con fibras de yuchán, o llenaban cántaros de barro con miel silvestre, que los mayores conseguían trepando a los árboles con agilidad y destreza.

Otras veces los paseos eran a la playa. Siendo los guaraníes un pueblo de eximios nadadores, desde pequeños se lanzaban al agua con la mayor naturalidad recorriendo largas distancias sin grandes esfuerzos.

No era raro ver a María del Pilar bajo la sombra de algún árbol corpulento, sentada en la hierba, acompañada por los pequeños indígenas que, ubicados en rueda, escuchaban su voz dulce y su palabra cada día más familiar. Repetían vocablos nuevos y aprendían a conocer a Dios y a los Santos.

Los indiecitos la adoraban y demostraban su cariño ofreciéndoles los más simples y originales presentes: una florecilla perfumada, un pajarito de vistoso plumaje, un caracol, un fruto sabroso y hasta un diminuto caí que le regalara Amangá, ya mayorcito, conseguido por él mismo en la selva, durante una excursión que hiciera con su padre.

Estás ofrendas espontáneas, que eran el orgullo de María del Pilar, enternecían a la jovencita, que las retribuía con una caricia acompañada con amables palabras de agradecimiento.

Conocía la niña, por haberlo necesitado muchas veces en su largo peregrinar con su padre, el uso de muchas medicinas, por lo que no era raro verla acudir al lado de los enfermos, a los que trataba de aliviar en sus dolores.

Su padre la admiraba sintiéndose orgulloso de tener una hija así, tan bondadosa y adornada con las mejores virtudes que le resultaba la más eficaz colaboradora en la empresa que tenía entre manos. Le recordaba a su esposa muerta, de quien María del Pilar había heredado tan bellas prendas.

Hacía más de un año que los españoles llegaran a la aldea indígena estableciéndose en ella.

El verano era sofocante. Los días hermosos, bajo un sol de fuego, eran especiales para estar v en el agua, y los niños no desperdiciaban oportunidad de hacerlo.

Entonces la playa se poblaba de gritos y de algazara. María del Pilar festejaba las travesuras de sus amiguitos y unía su alegría a la de ellos.

Ese día un sol abrasador calcinaba la tierra. Las aguas del río, transparentes y calmas, reflejaban el celeste maravilloso del cielo y la exuberante vegetación de las orillas, como un gran espejo puesto por la naturaleza para reproducir tanta belleza.

De vez en cuando, un pajarillo, al rozar con sus alas las aguas quietas, imprimía a esas aguas un movimiento que se traducía en ondas concéntricas cada vez de mayor tamaño que terminaban por perderse, devolviendo al río su estática quietud.

Nunca mejor oportunidad para darse un chapuzón y gozar de la frescura de las aguas que ese día sofocante.

Así lo pensó también un grupo de niños que llegó dispuesto a arrojarse al río.

No lejos de ese lugar, cobijada de los fuertes rayos del sol por el tupido follaje de un corpulento aguaribay, María del Pilar, que se entretenía cosiendo, los vio llegar.

Como que provenían de una raza de excelentes nadadores, los pequeños se movían en el agua como los mismos peces: zambullían, chapoteaban, hacían mil piruetas que provocaban la risa de la bella española, siempre dispuesta a festejar las ocurrencias de sus amiguitos.

Estaba entre ellos y era uno de los más audaces, Chululú, el nieto del cacique Curivai, que contaba siete años.

A pesar de su corta edad, Chululú ya había dado pruebas de ser un habilísimo nadador. Para él no había profundidades ni distancias. Por eso era él quien se alejaba más de la costa y el que mejor conocía los secretos del río.

Ese día, como siempre, con brazadas seguras y movimientos precisos de su cuerpo ágil, Chululú se separó de sus compañeros nadando hacia el centro del río.

La calma era total. El Paraná, tranquilo, se dejaba invadir por el grupo de niños proporcionándoles momentos de esparcimiento. De pronto el aire trajo el pedido angustioso de:

-¡Socorro! , ¡Por favor! ¡Me ahogo...! ¡Socorro...!

Era Chululú que se debatía en las aguas al tiempo que repetía sin cesar:
-¡Socorro...! ¡Me ahogo!

Los niños, incapaces de prestar ayuda, gritaron también. María del Pilar los oyó. Nadie más que ella se encontraba por los alrededores.

Nadie más que ella podía salvar al pequeño Chululú en peligro, y sin hesitar un segundo, se quitó la amplia falda, la bata y los botines que dificultarían sus movimientos y se lanzó al agua tratando de alcanzar cuanto antes el lugar donde se hallaba el pequeño nadador en apurado trance.

Ella también sabia nadar muy bien y no le seria difícil llegar. Pronto estuvo junto al niño. Trató de tomarlo por el cuello tal como su padre le había enseñado; pero no le fue posible. La ansiedad hizo presa de ella. Chululú perdía fuerzas y ya le resultaba casi imposible mantenerse a flote.

Desesperada, María del Pilar volvió a intentar acercarse al niño que parecía estar cada vez más lejos, y tomarlo pasando su brazo por debajo de su mentón, pero nuevamente comprendió que sus esfuerzos eran inútiles.

Los otros niños, mientras tanto, habían salido del agua. Algunos habían corrido hasta la aldea para avisar sobre lo que ocurría a Chululú. Los otros, miraban azorados desde la playa.

Varias mujeres aparecieron y una de ellas corrió avisar a los hombres que se hallaban en el bosque.

Entre ellos se encontraba el cacique que, enterado del peligro que corrían la valiente jovencita española y su nieto, corrió a la costa del río y se arrojó él también para salvar a los dos. Buen nadador como era, no le sería difícil llegar hasta ellos, aunque ahora se hallaban más alejados, como si la corriente los arrastrara hacia el centro del río.

María del Pilar y Chululú aparecían y desaparecían, por momentos a pesar de los esfuerzos que ambos hacían por mantenerse a flote.

Cuando la valiente española vio que el cacique, con brazadas seguras se acercaba, tomó confianza y con palabras cariñosas trató de infundirla al pequeño que se sentía morir. En ello estaba, cuando las aguas traicioneras, con movimiento envolvente, la atrajeron a su seno y la niña no volvió a reaparecer.

Cuando llegó el cacique al lugar donde su nieto se debatía desesperado, la niña había desaparecido por completo. Otros nadadores que se habían arrojado al agua, buscaron afanosos a María del Pilar; pero todo fue inútil. El río guardaba celoso la presa lograda después de una lucha tan tenaz.

La última visión que tuvieron de ella, fueron sus grandes ojos azules buscando desesperados el socorro que no terminaba de llegar. El cacique, que había conseguido rescatar a su nieto de las aguas traicioneras, lo tendió en la playa para que se recuperara. El pobre niño, con voz desfallecida, balbuceaba: ¡María del Pilar...! ¡María del Pilar...!

Pero su gran amiga, la amiga de todos los niños de la tribu, había desaparecido para siempre.

Una pena muy grande alcanzó a todos, poniendo en sus semblantes una expresión de infinita tristeza por la pérdida de la bondadosa y dulce María del Pilar. Tanto lamentaron los aborígenes su desaparición, tan intenso fue su dolor, que sin duda algún genio bondadoso se compadeció de ellos. Deseando que fuera eterna la presencia de la extranjera, que desde su llegada sólo había sembrado cariño y bondad, transformó su cuerpo muerto en una planta acuática que desde entonces se desliza por la superficie bruñida de las aguas del Paraná. Volvió a nacer, allí donde había perdido su vida humana, repartiéndose luego por los ríos y arroyos de nuestro país.

A esa planta que nosotros llamamos camalote, los guaraníes pusieron de nombre aguapé, y es un hermoso exponente de nuestra flora acuática.

Su mayor belleza reside en sus flores que surgen de entre el tupido follaje como racimos de estrellas celestes aliladas, como celestes eran los hermosos ojos buenos de María del Pilar.

Son esas flores las que simbolizan la singular belleza y la bondad sin límites de la niña española que con su dulzura infinita supo atraer a los aborígenes con mayor eficacia que la lograda con las espadas de los audaces conquistadores hispanos.

Vocabulario

IVOPÉ: Algarrobo
ATÍ: Gaviota
OGA: Casa
TEMBIRECÓ: Esposa
CURAPEPÉ: Zapallo
MANDI-Ó: Mandioca
YUCHÁN: Palo Borracho
MANDUVÍ: Pino
ÑARÓ: Bravo
CHULULÚ: Chorlito
ÑANGAPIRÍ: Nombre de un árbol
GUAVIYÚ: Nombre de un árbol
CA-Í: Monito
AMANGÁ: Hongo
AGUARIBAY: Molle
GÜEMBÉ: Planta parásita salvaje. La corteza de la raíz se usa para hacer cordeles.
AÑÁ: El demonio


Leyenda Guaraní

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
http://www.redargentina.com/leyendas/leyendadelcamalote.asp

Imagen: desdeunlugarmejor.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/04/el-camalote.html

miércoles, 10 de noviembre de 2010

LAS SUCESIONES INCAS



Un análisis detallado de las referencias sobre las sucesiones inca confirma que en el ámbito andino no existió la primogenitura, tan generalizada en el Viejo Mundo, y por lo tanto tampoco se consideró la bastardía.

La tradición existente en los Andes señalaba para la sucesión el derecho del "más hábil" de los candidatos al poder. Naturalmente, la costumbre generaba intrigas, luchas y muerte al fallecimiento de cada soberano y ante la necesidad de efectuar un cambio de gobierno. Además, el Inca poseía numerosas mujeres y entre ellas se distinguía a la coya o reina con la cual se desposaba el día que recibía la borla, insignia del poder.

Las herencias se volvieron tan tempestuosas que se intentó tomar ciertas medidas para remediar el alboroto que se producía. Así surgió la elección que hacía el Inca de su sucesor, o sea de un co-regente que recibía la borla y una nueva esposa el día de su nombramiento.
Desgraciadamente, el candidato podía ser revocado si no demostraba poseer los requisitos necesarios para ser un gobernante. Es así como se sucedieron tres incas de singular Capacidad como lo fueron Pachacutec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac.

Sin embargo, Huayna Cápac a pesar de su avanzada edad no nombró co-regente. Su fallecimiento, causado por las epidemias que diezmaban a la población indígena, y la muerte del sucesor que él designara causaron desconcierto entre los sacerdotes encargados de la sucesión.

Ante este vacío, Huascar, sostenido por su madre Raura Ocllo, y Atahualpa, el favorito del ejército, se disputaron el poder para saber cuál de los dos triunfaría y se tornaría el "más hábil".

No faltan historiadores que ven en la lucha fratricida una decadencia o echan la culpa de la guerra a la enorme extensión territorial adquirida por el Estado. Sin embargo, esa situación de conflicto se dio a lo largo de todo el Incario, llegándose incluso a la supresión de soberanos elegidos como Tarco Huaman lo que trajo como consecuencia luchas intestinas e intrigas de serrallo como sucedió a la muerte de Túpac Yupanqui. De nada valió su matrimonio con una "hermana", otro modo de consolidar el derecho de un aspirante a la borla.

El caso de Amaru Yupanqui un nombramiento revocado

Después de largos años de gobierno, Pachacutec nombró como co-regente a su hijo llamado Amaru Yupanqui. Sin embargo, el príncipe no se mostró guerrero pues siendo de ánimo apacible prefería ocuparse de la agricultura y de cultivar sus propias tierras.

Cuenta un cronista: durante una larga sequía, los únicos campos verdes fueron los suyos debido a los canales hidráulicos que construyó y que llevaban el agua necesaria a sus chacras. Pero el Estado necesitaba de un príncipe guerrero y Pachacutec revocó el nombramiento de Amaru y designó a otro hijo suyo llamado Túpac Yupanqui que fue un gran conquistador.

Si bien el apacible Amaru quedó descartado del poder no dejó de ocupar un alto rango en el gobierno y conservó sus tierras y su palacio. Una de sus tareas fue la de visitar los santuarios y las huacas del Collasuyu en compañía de un hermano.

El co-regente Túpac Yupanqui al recibir la borla se casó con una "hermana", lo cual no quiere decir que lo fuera de padre y madre. Los gobernantes cusqueños trataron por ese medio de disminuir las luchas por el poder y buscaron el apoyo del derecho materno o la influencia de la madre en la elección de un candidato.


http://incas.perucultural.org.pe/hisasp7.htm

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/02/titu-cusi-yupanqui.html

martes, 9 de noviembre de 2010

ANACAONA



Por: Elizabeth Chung

El Sonido de la Esperanza Radio (www.sonidodelaesperanza.org)

Anacaona, india de raza cautiva
Anacaona, de la región primitiva
Anacaona, oí tu voz
Como lloró cuanto gimió
Anacaona oí la voz
De tu angustiado corazón
Tu libertad nunca llegó…

Así comienza la canción de Cheo Feliciano, en honor a Anacaona, legendaria heroína que se opuso a la esclavización y al maltrato de los indios por parte de los conquistadores españoles.
Reina indígena Taína de la isla La Española o Hispaniola, hoy día isla que comparte la República Dominicana con Haití.

Su nombre significa “Flor de Oro” en lengua Taína. Hermana menor de Behechío, cacique de la provincia de Jaragua (hoy día Haití) y esposa de Canoabo, quien gobernaba la región de Maguana (hoy día Cibao, Rep. Dominicana). Se desconoce su fecha de nacimiento; murió en la horca en 1504.

Mujer de gran belleza, inteligencia y gracia, fue considerada la poetisa más famosa entre los indios. Fue una compositora muy popular de areítos, poemas narrativos que celebraban las hazañas de los indios y sus antepasados, los cuales memorizaba y declamaba frente a los indígenas en las fiestas.

A la llegada de la expedición de Cristóbal Colón en diciembre de 1492, Anacaona se distinguió por su curiosidad y gran admiración a los españoles, porque encontraba en ellos notables avances y conocimientos. Pero los abusos que algunos de los españoles que quedaron en el Fuerte Navidad, primer emplazamiento europeo en el Nuevo Mundo, cometieron con las mujeres caribes, al igual que el maltrato y la esclavización de los indígenas con miras a la explotación de las minas de oro, hicieron que Anacaona dejara de admirarles y les viera como una amenaza a combatir.

Convenció entonces a su esposo Canoabo para que atacaran e incendiaran la villa. Al regreso de Colón el 28 de noviembre de 1493, encontró el fuerte destruido y sus 39 moradores asesinados.

La expedición de Colón emprendió la captura del cacique Canoabo y luego de su captura, se presume que Canoabo murió ahogado cuando los prisioneros del barco se sublevaron y lo hundieron en pleno mar.

Después de la captura de Canoabo, Anacaona se fue a la región de Jaragua. A la muerte de su hermano Behechío, Anacaona tomó el mando del Cacicazgo de Jaragua, la única que no había sucumbido al dominio español.

España por otra parte, embarcó a Nicolás De Obando con 2.500 hombres armados y listos para tomar el control de Jaragua. De Obando decide tomar acciones para “domesticar” a los indios y fraguó un plan para aniquilar a los líderes indios. De Obando organizó un banquete con el fin de celebrar su posesión como gobernador y para esto invitó a Anacaona y 80 jefes indios, a los que dio muerte.

Al momento de la masacre, Anacaona logró escapar con algunos indígenas. Descontento con su escape, De Obando inició una búsqueda hasta que la capturaron.

Su hospitalidad, nobles cualidades, gentil porte y su condición de mujer nada valieron, ya que a los tres meses de lo sucedido, Nicolás De Obando la condenó públicamente a la horca en 1504.

Fuente: http://deorienteaoccidente.wordpress.com/2008/09/02/anacaona/

Sitio web de la imagen: 27febrero.com

lunes, 8 de noviembre de 2010

KAÁSH PARA EL INVIERNO



Ya grande, Elal se reunió con toda su gente, para ordenar el mundo que habitaban. Esa vez se hizo el invierno que tenemos ahora.

Elal pensó que era mejor que los ocupantes de la Patagonia se pusieran de acuerdo con este asunto. La gente de entonces se reunió en una gran asamblea para ver qué tiempo iban a pedir. Se juntaron la Mara, el Zorro, los Pájaros, el Cisne, el Flamenco, el Chingue, la Tortuga, el Piche, el Chorlo, la Cucaracha, el Puma, el Gato Pajero, el Gato Montés, el Ñandú y el Tucotuco. Los caciques de todos ellos estaban discutiendo, mientras los paisanos escuchaban.

Como la cosa iba para largo, Elal, que era el patrón de todos, preguntó:

-¿Quién quiere invierno corto y quién quiere invierno largo?

Los murmullos corrieron entre los presentes y habló primero el Ñandú:

-Esto va a ser lo que tengo acá -comentó, y mostró a los reunidos las marcas de sus patas; eran doce-. ¡Doce lunas tendrá el invierno!

-¿No es mucho? -preguntó Elal-. La gente se va a escarchar; van a morir de hambre.

El silencio fue la única respuesta, por lo que Elal les habló a todos, diciendo:

-Escuchen con atención, y a conformarse con lo que piden. Los voy a dejar por un rato para que lo discutan porque no habrá cambios después.

Él no iba a andar a cada rato ajustando la duración del invierno; tenía otras cosas para hacer. Elal se fue y la discusión siguió.

Pujerr, la Mara, estaba ahí sentadita y callada. Como la gente no decía nada, intervino gritando:

-¡Es mucho! ¿Qué vamos a comer? ¡Nos vamos a morir de hambre!

-¡Doce lunas! -repitió el Ñandú.

-¡No, no, es muy largo -gritaba la Mara nerviosa-, es muy largo y no vamos a encontrar nada para comer!

Los demás estaban callados escuchando; sólo ellos dos decidían.

Uno pedía doce meses y el otro tres.

La tortuga se animó a hablarle al Ñandú y cuanto más le decía, más porfiaba, poniendo los ojos de loco y pataleando.

De repente, el Ñandú se enojó y le preguntó a la Mara:

-¿Para qué quiere tres lunas usted?

-Yo quiero tres porque con doce lunas sé que no voy a comer nada.

Los otros aguardaban, pensando que no podrían vivir con tantas lunas como estaba pidiendo el Ñandú. Por miedo a él, los animales ya se estaban resignando a un invierno larguísimo.

La Mara, al ver que los demás no decían nada y que el pajarraco no quería cambiar de idea, desesperada, salió corriendo hacia donde estaba Elal.

El Ñandú se largó a correr a la liebre, tratando de darle pisotones y picotazos. Cuando Elal la vio pasar, le preguntó:

-¿Cuántos meses de invierno quieren finalmente?

-Kaásh (3), tres lunas -gritó la Mara.

-Así será -dijo Elal.

El Ñandú, enfurecido, persiguió a la liebre por el campo. Como los dos corren rápido, se mantenían a buena distancia uno de otro.

Cuando la Mara estaba por entrar a su cueva, el Ñandú pegó un brinco y le pisó la cola. La Mara tiró y tiró hasta que la cola se le cortó, quedándole chiquita. Pero la Mara entró en su cueva con los tres meses ganados. Desde adentro se reía asustada.

-No importa mi cola -dijo-, basta con mi vida.

Gracias al valor de la Mara, hoy tenemos tres lunas de invierno y tres de verano.

LEYENDAS TEHUELCHES.

Fuentes: http://elal-patagonia.blogspot.com/2009/03/ciclo-heroico.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/02/elal-y-sus-inventos.html

domingo, 7 de noviembre de 2010

EL MUY MEXICANO CHOCOLATE

Árbol de Cacao
Theobroma cacao

Por José Félix Zavala

CHOCOLATE

México es considerado un centro de origen del cacao. El nombre del cacao puede traducirse como “manjar de los dioses” y es un grano cuyo cultivo requiere de un clima tropical.

En estado silvestre el cacao es un árbol de porte elevado, pero bajo cultivo alcanza una altura de 5 a 7 metros llegando a producir a escala comercial a los 4 o 5 años de edad. Su rendimiento máximo se obtiene entre los 10 y 15 años y con los cuidados necesarios puede dar rendimiento hasta los 50 años.

En la época prehispánica fue utilizado como moneda corriente, sorprendiendo a los españoles a su llegada al ver que, el grano del cacao, obtenido de un árbol domesticado y cultivado por las culturas maya y azteca, denominado “cacau” y “cacahuatl” era usado como moneda prehispánica.

Para poder ser utilizado de esta forma eran extraídos, lavados y depositados en una superficie de arcilla roja que, con el mucilago todavía adherido se mezclaba con este polvo rojo. Los granos secados al sol y endurecidos adquirirían después un enorme valor; ambas culturas realizaban con ellos transacciones comerciales por toda Mesoamérica.

En la época prehispánica, las grandes áreas cultivadas de cacao se localizaban en lo que hoy son los estados de Colima, Guerrero, Morelos Chiapas, Yucatán y Tabasco.

LEYENDA Y EPOCA COLONIAL

La magia de los productos de Oaxaca está asociado a las leyendas y de ahí que se atribuya a los dioses los favores de que gozan. Este fue el caso de Quetzalcóatl, a quien los dioses enviaron a la tierra para que ayudara a los hombres; y les regaló la planta del cacao. El arbolillo dio sus frutos e hizo tostar el fruto de las vainas, enseñó a molerlo y batirlo con agua para obtener el chocolate, pero sólo para disfrute de los sacerdotes y los nobles.

El chocolate, nombre con que ahora se le conoce a esta formidable bebida en el mundo entero fue adoptada por las cortes españolas y modificado en los propios monasterios hispanos donde elaboraron un chocolate dulce, perfumado y caliente. Muchos años después se propaga el resto del continente y los europeos en sus viajes difundieron el cultivo del cacao por todos los trópicos del mundo.

Fue el licor sagrado y lo tomaban agrio o amargo. Luego se mezcló con miel, y los españoles le agregaron azúcar, lujo en la colonia.

Esta es otra de las maravillas gastronómicas oaxaqueñas.

CARACTERÍSTICAS DEL CHOCOLATE

De acuerdo a su origen existen diversos tipos de cacao: los criollos, los forasteros amazónicos, el guayaquil, el calabacillo, el criollo clonal y el ceilán.

En México por su vigor y mayores rendimientos los más cultivados son: el criollo y el guayaquil, ambos generan granos de primerísima calidad con altos niveles de aroma y sabor por lo que se les denomina “cacaos aromáticos”.


http://eloficiodehistoriar.com.mx/2010/11/06/el-muy-mexicano-chocolate/