Paí Reté Kuaraí estaba dando las últimas terminaciones a la Tierra, para que ésta fuera preparada para los guaraníes, cuando apareció otro dios tan poderoso como él que modificaba todo lo que éste hacía, para que los guaraníes no tuviesen fácil acceso a determinadas cosas.
Por ejemplo Paí Reté Kuaraí había creado abejas y avispas que producían miel y vivían en colmenas que se encontraban en todos los árboles, pero Charia hizo que las colmenas solo se encontraran en algunos árboles.
Paí Reté Kuaraí con su poder hizo que todos los árboles tengan frutos coloridos, ricos, jugosos y dulces. Pero Charia hizo que sólo algunos árboles tengan frutos, el resto no tuviesen o eran frutas chicas, duras, de mal gusto y que daban dolor de barriga.
Paí Reté Kuaraí creó plantas cultivadas para que los hombres tuviesen sus plantaciones y para que no les faltase comida. Éstas crecían en sólo un día, se sembraban en la mañana y se cosechaban a la noche. Pero Charia hizo que éstas tardaran meses en crecer y madurar.
Paí Reté Kuaraí creó a la Anguila, que no hace mal a nadie. Y Charia creó a la Yarará (Víbora venenosa).
Para cazar tapires, Paí reté Kuaraí hizo un bichito que imitaba el sonido de ese animal. Al hacerlo gritar, los tapires venían pensando que era alguno de su especie, de esta forma era fácil cazarlos.
Pero Charia se lo pidió prestado, lo hizo gritar y cuando un tapir se acercó se lo tiró encima, de esta forma el bichito se convirtió en garrapata lo que hizo que los tapires se convirtiesen en animales ariscos y difíciles de cazar.
Cuando descubrió las maldades que provocaba Charia, Paí Reté Kuaraí le regaló un sombrero de plumas con un adorno de madera que contenía una brasa. De inmediato Charia comenzó a quemarse, y, como era un fuego que no se apagaba con agua, avanzó sobre su cuerpo y lo convirtió en cenizas. Esa ceniza maldita se convirtió en una nube de jejenes que lo empezaron a picar. Para que los mosquitos no lo picasen más creó a otros animales para que los piquen a éstos y no a él, dentro de esos animales se encontraban: monos, gatos monteses, hurones, pájaros, patos, coatíes, etc.
Sin embargo los jejenes lo seguían picando, por lo que decidió consultar a Ñanderú, éste le dio una vasija con rocío, que hicieron desaparecer las ronchas y el dolor de Paí Reté Kuaraí. Pero un animal alborotado por las picaduras de los mosquitos rompió la vasija, lo que hizo que se cayera el rocío, en los lugares donde se había derramado creció una caña y una calabaza (las que sirven para hacer los mates). De la caña salió la primera mujer y de la calabaza el primer hombre de la Tierra.
Paí Reté Kuaraí les señaló las colmenas y les dijo cómo recoger la miel que contenían. Les enseñó cuáles eran las frutas que se podían comer y cómo juntarlas. Les dijo cuáles eran las plantas para sembrar, cómo cultivarlas y les explicó que tardarían en crecer. Les dijo cual era la víbora venenosa y que tuvieran cuidado. Les dijo secretos de las plantas, que sirven para hacer remedios, y también cómo cocinar, cómo construir casas, cómo hacer sus cantos sagrados y rezar a Ñanderú.
En fin les mostró todas las cosas de la Tierra. Hecho esto Paí Reté Kuaraí subió al cielo junto su amigo, el Loro del Discreto Hablar, ya que éste podía revelarles a los hombres secretos del espacio y el tiempo, que los volvería locos.
El loro se fue a vivir con Ñanderú y se encuentra en la puerta del paraíso, para que sólo puedan entrar las almas de la gente buena.
En su país había recibido noticias de un elevado maestro espiritual llamado Baba Gitananda.
Después de un agotador viaje en tren de Delhi a Calcuta, en cuanto abandonó la abigarrada estación de la ciudad, se dirigió a un cooli para preguntarle sobre Baba Gitananda.
El cooli nunca había oído hablar de este hombre.
El occidental preguntó a otros coolíes, pero tampoco habían escuchado nunca ese nombre.
Por fortuna, y finalmente, un cooli, al ser inquirido, le contestó:
-Sí, señor, conozco al maestro espiritual por el que preguntas.
El extranjero contempló al cooli.
Era un hombre muy sencillo, de edad avanzada y aspecto de pordiosero.
-¿Estás seguro de que conoces a Baba Gitananda? -preguntó, insistiendo.
-Sí, lo conozco bien -repuso el cooli.
-Entonces, llévame hasta él.
El buscador occidental se acomodó en el carrito y el cooli comenzó a tirar del mismo.
Mientras era transportado por las atestadas calles de la ciudad, el extranjero se decía para sus adentros: "Este pobre hombre no tiene aspecto de conocer a ningún maestro espiritual y mucho menos a Baba Gitananda. "Ya veremos dónde termina por llevarme".
Después de un largo trayecto, el cooli se detuvo en una callejuela tan estrecha por la que apenas podía casi pasar el carrito.
Jadeante por el esfuerzo y con voz entrecortada, dijo: -Señor, voy a mirar dentro de la casa. Entra en unos instantes.
El occidental estaba realmente sorprendido. ¿Le habría conducido hasta allí para robarle o, aún peor, incluso para que tal vez le golpearan o quitaran la vida?
Era en verdad una callejuela inmunda. ¿Cómo iba a vivir allí Baba Gitananda ni ningún mentor espiritual?
Vaciló e incluso pensó en huir.
Pero, recurriendo a todo su coraje, se decidió a bajar del carrito y entrar en la casa por la que había penetrado el cooli.
Tenía miedo, pero trataba de sobreponerse. Atravesó un pasillo que desembocaba en una sala que estaba en semipenumbra y donde olía a sándalo. Al fondo de la misma, vio la silueta de un hombre en meditación profunda.
Lentamente se fue aproximando al yogui, sentado en posición de loto sobre una piel de antílope y en actitud de meditación.
¡Cuál no sería su sorpresa al comprobar que aquel hombre era el cooli que le había conducido hasta allí!
A pesar de la escasa luz de la estancia, el occidental pudo ver los ojos amorosos y calmos del cooli, y contemplar el lento movimiento de sus labios al decir: -Yo soy Baba Gitananda.
Dibujo de Christian Chiroque y José Medina Gutiérrez
La leyenda fundacional de la cultura incaica, es considerada como la primera y gran epopeya hecha historia, a partir de Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes son en este mito, la primera pareja de pobladores sagrados de estas tierras y los primeros incas que se establecen en ellas.
Los dos hermanos que se unieron en matrimonio, abriendo de ese modo el ritual de la unión del Inca con su hermana, la Coya; donde, es el Sol el donador de vida, quien, observando la deplorable condición de la humanidad, que solo parecía vivir para las guerras y para las fiestas, envió a su hijo Manco Cápac, y a su esposa hermana, Mama Ocllo, a la tierra para instruir a las degradadas gentes en las artes de la vida civilizada.
Este Monarca Inca considerado como un Dios héroe, como un verdadero hijo del Sol y hermano de Pachacamac y Wiracocha, según cuenta la leyenda, tiene una gran afinidad con el mito que dio origen a la cultura Azteca; el de Quetzalcoatl, donde, Manco Cápac, se dedicó a fecundar la tierra con un bastón de oro que su padre el Sol le había dado y haciendo crecer las nuevas plantas, iba creando beneficios para la raza de los pobres mortales, para quines también iba dando forma a los ríos y arroyos, hacia brotar árboles, pastos y construía cómodas habitaciones en las que pudieran vivir con decencia.
Mientras, Mama Ocllo se dedicaba hacer su gran tarea, ya que era ella quien iba enseñando a las mujeres, las artes e industrias que les permitiera sacar todo el provecho posible a las riquezas que su hermano producía; así haciendo prodigios, la real pareja llego hasta un lugar en el que, con su mágico bastón de oro, señalo el centro del imperio, la futura ciudad y hoy el ombligo del mundo, Qosqo-Cusco.
En la creencia mitológica de nuestros aborígenes, todas las cosas de la naturaleza tenían "un dueño", un espíritu que las vigilaba y cuidaba. Por eso pedían permiso para levantar piedras, cortar ramas o flores, cazar ciertos animales etc. Temían que sus dueños se enojaran y les causaran algún daño real.
Los cerros tenían su "Nguen Mahuida" (dueño del cerro), que desde su cumbre vigilaba las plantas, animales salvajes, ríos y arroyos, para que nadie los perturbara. Vivía también en los chenques o cuevas naturales del cerro. Por eso consideraban muy peligroso el tocar las piedras de su interior, pues el dueño podía enojarse.
Algunos cerros eran considerados sagrados y se los denominaba "Tren Tren".
La condición de sagrados les había quedado porque en ellos había sobrevivido la única pareja humana durante el diluvio.
Fue la serpiente mítica "Cay Cay", dueña del mar, quien armó guerra a la serpiente "Tren Tren", amiga de los hombres. Cay Cay, inundó la tierra pora acabar con la vida en ella. Las personas corrieron entonces hacia los cerros para salvarse. Como no pudieron llegar arriba, "Tren Tren", los transformó en rocas, riscos, o en peces para que pudieran sobrevivir. Son los "huitran che cura" (gente transformada en piedra), como por ejemplo los que parecen verse en el Valle Encantado del río Limay.
Hace mucho, mucho tiempo, vivía un anciano en el fondo de una montaña.
Este iba todos los días a la montaña para recoger leña.
Un día, camino a casa, se encontró con un zorrillo, el cual quería recoger uvas pero no podía porque tenía paralizada una pierna.
El anciano al verlo, le ayudó a recoger las uvas.
El zorrillo le agradeció.
Al día siguiente, el zorrillo que estaba esperando al anciano en el camino, al verlo lo llamó haciéndole señas con la mano.
Al acercarse, el anciano pudo ver también a la madre del zorrillo. Esta le regaló una caperuza roja por el favor que le había hecho a su hijo.
El anciano agradeció el gesto y regresó a casa.
Al día siguiente, en la montaña, se puso la caperuza que le había regalado la mamá zorrilla y se sorprendió mucho al darse cuenta que podía escuchar las conversaciones de los animales y plantas que se encontraban a su alrededor.
Se alegró porque hasta ese momento se había sentido muy sólo, pero escuchando las conversaciones de animales y plantas se sentía acompañado.
En eso logró escuchar la conversación de dos pájaros:
"Sabes, la hija de aquél millonario se encuentra muy enferma y él está muy desesperado".
"¿Por qué? ¿Qué tiene?"
"La culpa la tiene un árbol de su jardín"
El anciano al escuchar eso decidió ir a la casa del millonario.
"Quiero salvar a su hija", dijo el anciano al millonario. "¿Puedo quedarme esta noche en su casa?
El millonario contestó: "¡Por supuesto! ¡Por favor!"
Esa misma noche el anciano salió al jardín con la caperuza puesta y en eso empezó a escuchar a unos árboles que estaban conversando.
"Me duele la cadera."
"¿Por qué?"
"Porque el millonario ha levantado un nuevo almacén, justo al lado mío. Por eso lo estoy poniendo en apuros."
Al día siguiente el anciano convenció al millonario para que cambie de lugar el nuevo almacén. Este decidió cambiarlo inmediatamente a otro lugar.
Su hija recobró la salud en un segundo y el árbol también recobró el ánimo.
El millonario se puso muy contento y le regaló mucho dinero al anciano por el favor que le había hecho en curar a su hija.
El anciano pensó: "Este dinero se lo debo en parte a los zorrillos. Voy a comprarles comida antes de regresar."
Tons (la oscuridad) engendró a tres espíritus que eran muy temidos por los tehuelches.
Se dice que cuando la luna y el sol se fundían tras el horizonte, la oscuridad invadía la tierra hasta el regreso de los amantes, pero solo aparecía el sol, entonces Tons se alejaba de la tierra para encontrarse con el Tiempo que era su consorte y con él engendró a los tres malos espíritus llamados Axshem, Kélenken y Maip, estos dos últimos eran mellizos.
Axshem era el que vivía en el fondo de un manantial sulfuroso.
Kélenken en cambio, deambulaba por la Patagonia derramando sus males por doquier mientras que Maip, espíritu dañino que representaba el viento helado, acompañaba a su hermano mellizo, apagando los fogones, entumeciendo los miembros de los seres, matando a los inocentes pajaritos sin guarida y helando los tiernos brotes de las plantas.
Fuente: Libro Joiuen Tsoneka “Leyendas Tehuelches”, de Mario Echeverría Baleta
Toda la tribu llora la terrible enfermedad que sufre su gran cacique Loncopán.
La fuerza de su hermoso y corpulento cuerpo ha desaparecido y está postrado en su lecho sin poder moverse, a pesar de los remedios y del Nguillatün en el que pidieron a Nguenechén por su salud.
Loncopán es muy querido y respetado por sus súbditos, no solo por su destreza en la caza y en la guerra, sino también por la sabiduría, comprensión y justicia con que los gobierna.
Han ido a buscar a la machi a su choza, allá entre los cipreses y alerces del espeso bosque; tienen la esperanza de que con sus hierbas y exorcismos sagrados, cure la terrible enfermedad que lo está arrastrando a la muerte.
Llega la machi y entra en la choza. Al lado del lecho del enfermo está su amante esposa Pilmaiquén, con los ojos llenos de lágrimas, desesperada.
Le ha pedido a Nguenechén que tome su vida a cambio de la de su esposo. La machi hace conjuros y ritos sagrados y entre gritos y gestos, exclama finalmente con una convulsión:
¡¡¡Ñancú..., Ñanculahuén!!!
Pilmaiquén se estremece y ahoga un grito en su garganta.
La Ñanculahuén, es una hierba que crece en lo alto de la montaña, y está custodiada por el Nancú, el aguilucho blanco.
Todo el que intenta apoderarse de ella corre terribles peligros.
No obstante, la amante esposa exclama sin dudarlo un momento:
¡¡¡Yo lo haré!!!
Se acerca a la cama de su esposo y le dice Yo te traeré la hierba. Dentro de tres días estaré de vuelta.
Pilmaiquén parte decidida. Todos quedan aterrados cuando la machi les dice:
Ha ido a buscar la Ñanculahuén...
Pilmaiquén se internó por senderos solamente transitados por animales silvestres, hasta llegar a la cordillera nevada.
El viento helado le azotaba la cara y las piedras y espinas cortantes hicieron sangrar sus pies, pero el pensamiento de su esposo le dio ánimo y le hizo soportar con alegría los sufrimientos. Se alimentaba con los piñones de los pehuenes y dormía bajo las lengas achaparradas de las altas cumbres.
Al segundo día llegó a los dominios del Rancú, donde crece la hierba que sana.
Rendida se sentó sobre una roca a descansar. De repente sus ojos divisaron un ave blanca que se había posado en una roca cerca de ella.
Su mirada era penetrante y con un graznido potente exclamó:
- ¿Qué has venido a buscar? -
- Mi esposo se está muriendo. ¡Dame la hierba que sana! Yo estoy dispuesta a dar mi vida por ella.
El Ñancú aceptó su sacrificio y le contestó:
- Por el amor que tienes a tu esposo, acepto tu ofrecimiento. Te daré la hierba que me pides, pero, a medida que tu esposo recupere su salud, tú perderás tus movimientos y tu palabra. Sólo conservarás tus ojos sanos para que puedas ver la obra que has hecho, y serás la esposa más amada del mundo.
Vuela el aguilucho y regresa al momento con la hierba sagrada entre sus garras y se la da a Pilmaiquén que llora de felicidad.
Al tercer día de haber partido, la tribu recibe entre exclamaciones de asombro a Pilmaiquén que regresa con la hierba sagrada en sus manos.
Rápidamente prepara la infusión con la maravillosa hierba y lava las heridas de su esposo que de a Poco va recuperando sus movimientos.
Al mismo tiempo ella va quedando paralizada y su dulce palabra se va apagando en sus labios. Cuando Loncopán recupera totalmente su salud pregunta por su esposa.
La encuentra sentada cerca del bosque.
Los ojos de su esposa se llenan de lágrimas al no poder hablar Loncopán comprueba que tampoco puede moverse.
La toma en sus brazos y la lleva a la ruca y hace llamar urgentemente a la machi para que conjure el mal de su esposa.
- Tu esposa no volverá a hablar ni a moverse - le dice la machi-.
Ese ha sido el precio de tu salvación. Ella le ofreció al aguilucho blanco su vida a cambio de la tuya y él aceptó el sacrificio.
La Machi
Loncopán cae de rodillas ante el lecho de su esposa y comprende cuánto lo ha amado.
Desde entonces la Nanculahuén es la hierba sagrada que cura úlceras y está a disposición, por voluntad del aguilucho blanco, de todo el que la necesita.
VOCABULARIO:
MACHI: Herboristera, Consejera, Curandera.
LONCOPAN: Cabeza de Puma o Jefe Puma
PILMAIOUEN: Golondrina.
NANCULAHÜEN: Remedio del aguilucho. Es una hierba empleada como remedio casero. Tiene hermosas flores de color amarillo.
Tabla de San Jorge del artista mallorquín: Pere Niçard en el Museo Diocesano de Palma de Mallorca
San Jorge es Patrón de las Letras y de diversas órdenes militares y caballerescas.
Lo que cuenta una de las tantas leyendas escritas sobre él.
Siendo Jorge un joven oficial en tierras de Libia, estuvo en la ciudad de Silca o Silene, y he ahí que un dragón, estuvo atacando Silca durante un periodo de tiempo. El dragón era muy feroz y se llevaba niños, jóvenes y mujeres que acababan muertos.
Un buen día, el dragón exigió que le entreguen a la bella hija del Rey de Silene. El monarca horrorizado ofreció al dragón todas las bellas pertenencias que tenía a cambio de la vida de su hija.
El pueblo se indignó de aquellas palabras y exigió al rey que entregara a su hija ya que ellos habían perdido a sus hijos y seres queridos durante los ataques del dragón a la población. Pero el rey no quería aquella muerte horrible para su hija. Para apaciguar los deseos del pueblo, el monarca aceptó entregarle a la princesa.
La bendijo y la dejó a fuera de las murallas de su ciudad para que el dragón la recogiera.
San Jorge que en ese momento llegó a la ciudad se encontró con la bella joven a la que le preguntó que ocurría puesto que lloraba desconsolada. La doncella le respondió a sus preguntas como pudo. San Jorge le ofreció su ayuda y su protección. En ese momento, justamente, llegó el dragón enfurecido que salía del lago donde vivía.
Rápidamente San Jorge montó sobre su caballo y sacó su espada y con mucho coraje se le enfrentó. Mientras luchaba se encomendó a Dios ofreciéndole aquella bestia del mal a cambio de la victoria.
En su armadura el símbolo de la cruz en blanco lucía sobre su pecho y mientras el enfrentamiento, Jorge seguía abogándose al todo poderoso.
Una vez que pudo controlar al animal, Jorge pidió a la princesa que atara al cuello del dragón su cinturón y así lo hizo la joven.
Los villanos (la gente del pueblo) que siguieron el combate desde las murallas salieron a ver muerto al dragón. Cargaron en carro a la bestia mitológica todavía viva, adormecida, a causa del impacto del caballero cristiano con su espada.
Una vez en la ciudad, ante toda la población y del rey, San Jorge les dijo:
“El monstruo está dormido, no despertará, pero Dios quiere que le honréis recibiendo el sacramento del bautismo. Dejad vuestras creencias y entregaros al dios de los cristianos y a cambio yo mataré al dragón con mi espada”.
Enseguida que el dragón parecía que iba despertando la gente se horrorizó y se dejaron bautizar por el santo.
En cuando el dragón despertó, Jorge montó en su caballo y con un su espada atravesó al dragón, cayendo éste desplomado al suelo. Su sangre se escampó por todo y de rodillas. Jorge entregó a Dios su victoria.
Dice incluso su leyenda que San Jorge quiso hablar con el rey y enseñarle cuatro nuevas aptitudes: Crear y honrar una iglesia al Dios cristiano, ayudar a sus sacerdotes, asistir regularmente a misa y proteger a los pobres y necesitados.
Al principio, cuenta la leyenda, San Jorge ocultó su religión hasta que un tiempo después decidió hacer pública su condición de cristiano. Cuando el emperador conoció este dato, no dudó muy enfadado, ordenar ejecutar al joven tribuno. San Jorge protestó y criticó la política persecutoria del emperador.
Días después de su tortura por parte del ejército romano, San Jorge fue decapitado, muriendo así el 23 de abril del 303.
Su tortura tuvo como escena las murallas de Nicomedia (Turquía), donde estaba destinado.
Los testigos de sus torturas y posterior muerte acudieron a la emperatriz Alejandra de Bizancio para contarle aquel momento. Los mismos convencieron a la monarca de que se convirtiera al cristianismo.
Su cuerpo fue sepultado en la población de su madre: Lydda, también conocida como “Hagio Georgiopolis”. Su tumba todavía es venerada por los cristianos, principalmente por los cristianos ortodoxos griegos.
En la inscripción de su tumba se lee: "San Jorge, portador del estandarte” en griego.
Madre de la Tierra, madre de la Vida, de la brisa fresca y de la tormenta, del agua serena y del torbellino de flores y frutos de aves: colores y trinos. Madre de la Tierra, madre de la Vida, todo lo soportas con una sonrisa, todos junto al fuego compartiendo historias y abrigo.
Madre de la siembra y de la cosecha. Reina de las sierras y de las llanuras, en tu sagrado cuerpo encarnó Dios la semilla de la Vida que se expande por el Aire, con el agua de la sangre, por la Tierra, con el Fuego del Amor.
Colmaré de conocerte con recuerdos de los otros, cantando sueños e historias, saboreando el silencio, compartiendo el abrazo, disfrutando el descanso.
Cuando el Sol se empalidece hasta convertirse en Luna, yo observo en tu cara bruna esas sombras que se alargan, las penas que se hacen densas, la nostalgia abisma el Alma y una inmensa soledad recorre mi humanidad estremeciendo mis huesos, embota mi pensamiento hasta que el último aliento me muestra otra realidad, del único sentimiento.
Entonces, recién entonces puedo contemplar el Cielo y en ese jardín de estrellas el latir y el titilar acompasan el sentir, la calma vuelve a reinar y Tú, en gasas de bruma, paseas tu galanura flotando en la serranía.
Qué placer es tu amistad, tu candorosa armonía, salvaje y angelical, qué matrimonio feraz, fértil y abundante, arroyo danzante rumores de amantes cópula perfecta de Luz y calor, ternura que abrasa la pasión de Dios.
Tú que calmaste el llanto del flagelo, del despojo y abandono, hoy me pides un lugar, Tú que en silencio ayudaste a todos los seres vivientes, hoy, me pides una oración.
Luz de la Vida elemental, quiero ser tu mensajera, tensa las cuerdas de mi voz para que te oigan todos anunciando el despertar, de la Primavera del Cielo que anida en los corazones.
Pertenecemos, qué colores nos asisten, qué sentir, decir, hacer glorifica, dignifica.
Qué misión, que visión, qué sentimiento manifiesta esta fiesta de vivir. Hagamos sonar la campana del final del recreo, a guardar los juguetes, las ilusiones, expectativas, juicios y resentimientos para ingresar al aula del SABER-SER.
Somos maestros y alumnos, ángeles mensajeros, dioses guerreros de la Luz. Sagrado templo del cielo nos eleva con su vuelo el pensamiento, el horizonte se ensancha, la Primavera que canta en el polen que fecunda y un “saber” que nos inunda de placer, el aire que nos avisa con ternura en la caricia que llegó la redención.
Tú que acunaste a los hombres y las bestias, que amamantaste la vida elemental, hoy pides cuenta a la oscuridad del hombre, que no pudo, no supo, no quiere respetar.
Siento Madre que es justo tu disgusto, a veces la equidad parece dura, hasta notar que recibo lo que doy, hasta ver que no es oro lo que brilla y da calor, sino rayo de sol, hasta sentir que la proporción y el resultado están en el propósito pre-inscriptos, son mis pactos con Dios.
Qué maravilloso encuentro que me regala la Vida cuando a la Vida me entrego, qué confianza en mi interior ilumina mi sonrisa. Tu amor me acaricia el Alma, la Muerte pierde su prisa.
Cuentan que en el principio existía sólo Ñanderú, el dios creador, que se había hecho a sí mismo. Lo primero que creó fue el lenguaje, las palabras y a otros dioses para que lo hablaran: cuatro parejas que iban a tener hijos también dioses.
Ñanderú tenía un bastón, y quiso que la punta engordara, de allí salió la Tierra.
Para que la tierra no se moviera demasiado creó cinco palmeras inmortales, que se ubicaron en el Centro, el Este, el Oeste, el Norte y en el Sur.
Al cielo lo apoyó en cuatro columnas de madera iguales a su bastón.
Luego creó animales y plantas, como el Colibrí, la Víbora y la Cigarra.
Primero cubrió a la tierra con una selva continua. Pero luego agregó campos, con árboles y a la Langosta, que en donde apoyaba su cola desaparecían los árboles y crecía pasto, creándose llanuras. Terminado esto llegó la Perdiz que ocupó dicho lugar.
Luego Ñanderú creó al Tatú que vivía debajo de la tierra.
Le siguió la Lechuza, dueña de la oscuridad.
Pronto aparecieron otros animales, los hombres y mujeres.
Hecho esto el Dios Creador volvió al Cielo y dejó a cargo de la Tierra a los otros dioses.
Como algunas personas eran buenas y otras malas, los dioses hicieron cambios, por esta razón mandaron un diluvio. La gente buena subió al cielo y los restantes se convirtieron en: ranas, peces, etc.
Luego Ñanderú pidió a uno de sus hijos, Jakaira, que hiciera de nuevo a la tierra, éste asignó esa tarea a su hijo Pa-pa Mirí.
Éste amasó a la Tierra, la llenó de árboles y nuevos animales y plantas.
Hizo ríos, arroyos y piedras.
Un día lo llamó su madre y dejó las cosas como estaban, formándose las montañas, restos de tierra y piedras.
El curupí, Editorial Estrada Publicado por Mariana Ruiz Johnson http://marianarj.blogspot.com/2007/10/el-curup-editorial-estrada.html
La selva es oscura, misteriosa, impenetrable.
Pero también tiene un delicado equilibrio: si se la destruye, la tierra se convierte en un desierto. Por eso tiene seres protectores que la defienden. Uno de ellos es el Curupí.
El Curupí es un enano feo, fortachón, torpe para moverse por que es duro, no tiene coyunturas.
Además, tiene los pies al revés, con los talones hacia adelante, lo que le impide caminar bien y –sobre todo- nadar, algo indispensable para cruzar los caudaloso arroyos de la selva.
Sin embargo, es capaz de disparar flechas que jamás yerran el tiro, y es ávido y glotón.
Le gusta la carne humana, y más la carne tierna de los orgullosos cazadores jóvenes, ésos que se pierden en las espesuras de los boscajes en busca de la presa que nadie obtuvo.
Su nombre- Curupí- significa ruido misterioso, rumor desconocido... porque ronda a los hombres que se interna en lo más profundo de la selva, allí donde todo cruje como si alguien lo siguiera a uno: el Curupí no quiere que se volteen árboles por gusto, ni que se maten animales sin necesidad.
Aunque también es generoso. Pero duro cuando la gente no cumple las leyes que él establece.
"¿Como se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida.
Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿Como podrán ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocio en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.
Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.
Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos esta pidiendo demasiado. También el Gran Jefe nos dice que nos reservara un lugar en el que podemos vivir confortablemente entre nosotros. El se convertirá en nuestro padre, y nosotros en sus hijos. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.
Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos, y por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. El no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra de sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres, como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorara la tierra dejando atrás solo un desierto. No se, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena la vista del piel roja. Pero quizás sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada.
No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar como se abren las hojas de los arbolasen primavera o como aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada.
El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo, ¿Para que sirve la vida, si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos. El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento - la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.
Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire no es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros.
Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras.
Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: El hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir.
¿Que seria del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual; Porque lo que le sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.
Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra esta enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra les ocurriría a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a si mismos. Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.
Todo lo que le ocurra a la tierra, les ocurrirá a los hijos de la tierra.
El hombre no tejió la trama de la vida; el es solo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a si mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con el de amigo a amigo, queda exento del destino común.
Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos.
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que El les pertenece lo mismo que desea que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. El es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para El y si se daña se provocaría la ira del creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos.
Pero ustedes caminaran hacia su destrucción, rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por que se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes.
Oxolotán, pueblo zoque bañado por las verdes y turbulentas aguas del río de la sierra, oculta entre los cerros la magia de acontecimientos legendarios de una raza cuyo origen conserva el deseo propio del hombre entre el saber y el enseñar, que le permite expresar en cada elemento de la naturaleza la variedad de significaciones que envuelve a los sentidos.
La magia de la selva invita a la búsqueda y al encuentro con lo desconocido. El espíritu de su pueblo aún conserva los vestigios de la tradición prehispánica en los testimonios silenciosos de los muros del convento Dominico y sus leyendas.
En Oxolotán aún se conserva la tradición ancestral del respeto al consejo patriarcal del clan, que guarda y revela a las nuevas generaciones la sabiduría de los tiempos y los secretos de la vida.
Las palabras del abuelo en los oídos de su nieto Eustaquio habrían de marcar la existencia del niño con los significados de las leyendas que en su infancia guardaría.
Las sombras de la tarde en languidez se alargaban de la choza de don Celestino hasta el río y hasta las faldas de los cerros que la rodeaban, por eso, el pequeño Eustaquio cerraba la puerta, acercaba el butaque al fogón, mientras el abuelo enrollaba el tabaco, y Lluvia, la madre del niño, preparaba la cena, calentaba la tortilla de frijol y al ritmo del molinillo hacia la bebida para su padre. Después vendría el relato sin tiempo que el abuelo guardaba para su nieto, en donde transmitiría la magia del monte con sus duendes como legado ancestral de su pueblo.
Sentado en el suelo, Eustaquio se acomodó con la cabeza sobre las piernas de don Celestino. Una a una las palabras fueron cayendo, abriendo el consejo para dar paso a la leyenda.
—"Hijo, ya estás crecidito y atiende lo que te digo: cuando tu mamá te dice que no juegues dentro del monte, hazle caso porque ése es un lugar donde existen los chaneques. Pronto tendrás que acompañar a tu papá por el monte a la siembra y a la caza y tienes que aprender los secretos de la selva para que siempre regreses y no te pierdan."
—"¿Y por qué me han de perder los chaneques abuelito?", preguntó aquella vez el niño con la inocencia de sus escasos cinco años de edad.
—"¡Ah! -Porque los chaneques son dueños del monte y les gusta perder a la gente cuando les macheteamos su acahual, o cuando pasamos por la ceiba donde juegan."
—"Abuelo, ¿cómo son los chaneques? ¿Los has visto?— El niño alejó su jícara y se pendió al relato del abuelo con el mismo encanto de los duendes.
Sus ojos dilatados y sus oídos alerta se avivaron ante el deseo de saber todo sobre aquellos personajes místicos.
El abuelo mordió el tabaco, lanzó un escupitajo y prosiguió.
—"Así es hijito, yo los he visto, una vez fui con mi padre a buscar a un curandero porque a mi hermano Encarnación -se llamaba igualito a tu papá—, a ése lo perdieron los duendes y lo encontramos a los tres días arañado y roto de la ropa de tanto caballito que le dieron, sólo recordaba que lo hacían brincar los acahuales y los zarzales, estaba como loco, pero el curandero lo rameó con un gajo de jícaro y lo bañaron en el río, le dieron de beber albahaca por nueve días y lo cuartearon hasta que regresó su espíritu, pero los chaneques lo venían a buscar.
Son como de tu tamaño, andan desnudos, se ríen con unos dientes como palillos, tienen los pies al revés como las pezuñas del burro, las chanequitas tienen la trenza larga hasta el suelo y te hacen cosquillas; parecen niños traviesos y te dicen que los sigas y te van llevando y llevando hasta que te pierden y ya no puedes regresar, estás vuelta y vuelta en el mismo lugar.
Son enamorados y se llevan a las muchachas, las atontan y luego hay que curarlas en la misma forma. Ellos hacen sus maldades de acuerdo con el lugar donde estén, si en el campo encuentran un caballo lo toman para jugar, le trenzan y enredan la crin y la cola y lo carrerean a reventar.
"— ¡Ah! Pero también los puedes desencantar y alejarlos de los caminos. Escucha: si te los encuentras, quítate la ropa, póntela al revés y camina en sentido contrario a sus huellas, sólo así reencuentras el camino. Luego vuelves y les pones bajo la ceiba juguetes, tabaco, perfumes, un carrete de hilo, peines, espejo, trago y les cuelgas una hamaca de bejucos y hoja de tanai y cuando el chaneque se canse de jugar, se emborrache y se duerma, lo amarras con jolosin, lo cuereas con otro mecate hasta que te canses y después lo sueltas. Así, el encanto estará roto y tu camino estará libre. Ese es el secreto, ni el cura con rezos y agua bendita lo puede correr porque se le desaparece y luego regresa."
El viejo así cumplía con su misión, sentía alcanzar la plenitud al otorgar en cada tarde los secretos de la vida a aquel niño para enfrentarse a la naturaleza, pues a su vez éste representaba la continuidad de su estirpe y él era el portavoz de los deseos más profundos de la familia.
Por su parte, Eustaquio supo que los personajes que dramatizan en la vida, que son dueños de atributos sobrenaturales, que distribuyen la vida y la luz en razón a la naturaleza, son a la medida del hombre y poseen sentimientos y pasiones que los hacen vulnerables. Vencerlos significa imponerse a la naturaleza en su omnipotencia y perfección, lo cual permite abrir los caminos a la conquista del saber.
En su inconsciente, el eco de aquellos momentos producto de lo real y lo simbólico representaría el hilo imaginario para adentrarse en los laberintos de la vida.
De esa manera, seguiría cumpliendo con aquella vocación inculcada por su familia y después de mil batallas libradas con escasez de recursos, pero con entereza de espíritu, culminaría una formación universitaria dentro del área educativa de las ciencias biológicas, lo cual lo ubicaba en el terreno de búsqueda de lo natural, hasta donde rompería con el compromiso contraído con Celestino, el abuelo, Lluvia, su noble madre, y Encarnación, su padre, aunque seguiría asumiendo el papel protagónico de ejemplo de sus siete hermanos menores.
Esta ruptura le permitiría a Eustaquio encontrar otro significado de la vida y hoy, sin perder la vocación de guía, se aboca a la interpretación de las ciencias humanas como una forma de acercamiento a su propia interpretación. Seguiría así, esa búsqueda incesante del hombre libre, del reencuentro constante entre los vericuetos que en cada instante nos plantea la vida. Las simbolizaciones de su niñez configurarían en él una idea clara sobre el sentido humano más profundo de la educación, pues la había entendido como condición de libertad y prisión, había conocido también su sentido condicionante de unión y separación y ahora la comprendía como sinónimo de búsqueda y ocultación. Para nuestro personaje, su punto de partida para la búsqueda de su completud es el aula de clases; y ese deseo incesante lo comparte con sus discípulos.
Breve glosario oxoloteco
Jolosin. Corteza fibrosa de la planta de jolosin que se usa para elaborar mecates para sujetar las carpas de leña.
Tanai. Planta silvestre que produce hoja parecida a la del plátano y flor amarilla vistosa.
Chaneque. Originaria de Chaneabal, dialecto de Chiapas, ramas del tronco lingüístico maya que quedan todavía, el menos conocido es el chane-abal o chanabal, compuesto del Zotzil Catsdal, Maya y Trokect.
Referencias bibliográficas
Becerra, Marcos. Obras Sueltas, Histórica Lingüística y Antropología. Editorial del Gobierno de Tabasco, México, 1980 p. 213.
Becerra, Marcos. Rectificaciones y adiciones al diccionario de la Real Academia Española. Consejo Editorial del Gob. de Tabasco, México, 1980. p. 232.
Hilario no conocía más que la soledad. Y al principio no le importaba. ¿Qué podía faltarle a un gaucho joven, si tenía un rancho donde cobijarse, un caballo incansable y unas cuantas ovejas que atender? Andar por esos campos interminables que su caballo tan bien conocía, hilvanando y deshilvanando un silbido que corte el silencio del campo que se aquieta...
Así fue como comenzaron Hilario a cansarse de su soledad y las cosas a suceder. El aborrecía el silencio. Por eso buscaba el rumor del arroyo, o se entretenía escuchando el canto de los pájaros. Azuzar las ovejas, el "vamos bonito" mientras picaba con el rebenque el anca sudada del caballo, eran los pocos diálogos de su vida solitaria.
Una tarde que anunciaba lluvia, Hilario se fue a dormir, lo hizo de a ratos sobresaltado por los rayos y relámpagos, hasta que al fin se durmió profundamente. Soñó con la lluvia de voz serena y melodiosa. Cuando despertó, Hilario ya sabía: necesitaba compañera.
La tarde siguiente lo encontró a Hilario con camisa limpia, domando su pelo tieso. Llegó al pueblo y no la vio al principio, entre la gente que se juntaba frente a la pulpería.
Fue cuando dio vuelta a las casas para buscar el pozo que la escuchó cantar un aire alegre inclinada sobre el fuentón. Era la muchacha con la que había soñado, con su voz, su cara y su cuerpo, y se llamaba Rosa. El la llevó al rancho y allí se acabó su soledad. El, ahora, apuraba el regreso de su trabajo. Rosa resumía toda su felicidad.
La desgracia vino un día en que Amuray, el cacique de una tribu indígena, también se enamoró de esa criolla tan graciosa, tan amante y tan fiel. El indio esperó la oportunidad, primero quiso seducir a Rosa, inútilmente, finalmente, una tarde, un rato antes de que Hilario regresara, asaltó el rancho y se la llevó.
Hilario se extraño de que su mujer no saliera a esperarlo. Al llegar al claro el viejo silencio volvió de pronto, pero esta vez era un grito. El gaucho comprendió, no tuvo más que ver el desorden del rancho, el agua volcada en el patio y las manchas de sangre sobre la tierra. Al galope y con el corazón apretado, siguió el rastro.
La persecución duró poco, pero la lucha fue feroz.
Al ver a Rosa herida, Hilario se avalanzó sobre Amuray y con un certero puntazo de cuchillo hizo que soltara a la cautiva. A duras penas pudo sostener a la desmayada Rosa, que, antes de llegar al rancho, ya estaba muerta.
Hilario, abrazado al cadáver, llamó a su amada con el sinfín de palabras que ella le había enseñado y lloró con toda la pena mientras caía la noche.
El gaucho se quedó dormido bajo las estrellas con la cabeza sobre el cuerpo querido, sólo con el sueño llegó el alivio.
No lo despertó el alboroto de los pájaros ni el resplandor del sol, sino una música desconocida y tan cercana que parecía brotar de su propio cuerpo. Cuando tomó conciencia, llegó la pena del recuerdo y la sorpresa de ver que sus brazos ya no rodeaban el cuerpo de su compañera sino una caja de madera con forma de mujer apenas perlada por el tenue rocío del amanecer.
Érase una vez un anciano muy rico, que sintiendo la cercanía de su muerte mandó llamar a sus hijos y dividió sus propiedades entregándoselas a ellos.
El caso es que este anciano no murió hasta unos cuantos años después, siendo algunos de esos años bastante miserables para él.
Además del cansancio por la avanzada edad, este anciano tuvo que aguantar el abuso y la crueldad de sus hijos. ¡Desdichados, e ingratos egoístas!
Anteriormente sus hijos competían e intentaban agradar de cualquier manera a su padre, esperando, claro está, recibir dinero de él. Pero ya recibieron su herencia, y no les preocupaba ni lo más mínimo si su padre les dejaba o no, e incluso preferían que cuanto antes les abandonara mejor, ya que el anciano les daba problemas caros e innecesarios. Ellos hacían saber todo esto a su padre, dándoles igual como se sentía él.
Un día el anciano conoció a un amigo y le contó todo lo que le pasaba.
El amigo simpatizó mucho con el anciano, y le prometió que pensaría en el asunto.
A los pocos días le visitó y le dijo lo que podrían hacer.
Y así lo hicieron.
Tal y como habían planeado el hombre visitó al anciano unos días después y le puso cuatro bolsas llenas de piedras y gravilla delante de él.
"Mira aquí amigo" le dijo. "Tus hijos sabrán que he venido aquí este día, y te preguntarán sobre mi.
Debes aparentar que he venido para liberarme de una antigua deuda que tenía contigo, y que ahora eres mucho más rico que antes y que tienes varios miles de rupias.
Mantén siempre esta bolsa en tus manos, y no informes de lo que hay dentro a tus hijos mientras estés vivo. Ya verás como su conducta hacia ti cambiará. Volveré pronto para ver como va todo."
Cuando sus hijos supieron del incremento de la riqueza de su padre, empezaron a prestarle más atención y a ser amable con él, mucho más de los que habían sido antes.
Este comportamiento duró hasta el día en que el anciano desapareció, que fue cuando abrieron la bolsa codiciosamente, y encontraron únicamente piedras y grava.
Cuenta una leyenda maravillosa, que un día hace mucho tiempo en una montaña sagrada de los andes centrales nació un hermoso niño, los abuelos le profetizaron que seria un gran líder, pues había nacido en la luna llena que se tiñe de sangre, en el eclipse lunar del noveno Pachacutik.
Por eso le llamaron Orominabi que significa ojos de fuego. Creció en el valle y en las altas montañas, fortaleció sus músculos en las grandes cascadas, y forjó su carácter en la selva profunda y misteriosa de los yumbos.
Cuenta la leyenda que este niño, era de carácter indomable que asombraba a su gente por su don de profecía y de guerrero sagaz. Era hermano de Atahualpa y por eso compartía las enseñanzas con los grandes Amawtas y los Jatun Tayta - Mamas Yachaks, en las famosas escuelas del Tawantinsuyu llamadas Yachay Wasi.
Pero tan fuerte era su carácter que no pudieron los grandes Amawtas armonizar su voluntad y por consejo de los Taytas Yachaks, decidieron enviarle donde los sabios de la Selva misteriosa, allí aprendió a dominar su carácter, templar su fuerza y armonizar su energía.
Regresó después de siete años a su añorada y querida tierra natal.
Pero ¡Oh! sorpresa la gente huía lleno de susto y dolor, pues habían llegado los blancos barbados, a cumplir lo que decía la profecía de matar a los hijos del INTI. Encegueció de cólera y fue a buscar a los sabios y sabias, para preguntar que sucedía, porque no defendían a su Pueblo.
Y ellos le contestaron: ¡A llegado el tiempo que los RUNAS del Tawan Inti Suyu, duerman en la noche de los 500 años! y que todos los símbolos sacros sean escondidos y que los grandes sabios Amawtas, Amuntas, Yachaks se transformen en los más humildes campesinos, indígenas, para que la sagrada sabiduría del Inti no sea destruida y regrese en el Décimo Pachakutik, a dar vida a los herederos de tan alta sabiduría.
Los ojos de este gran guerrero se tiñeron de sangre, su corazón parecía salir de su pecho y su garganta exclamó:
¡Mana sakishachu, ñuka wawkikuna wañuchun! ¡mishasunmi! ¡Noo! No dejaré que mis hermanos y hermanas mueran! ¡Hemos de vencer!
Rumiñawi junto a 8000 guerreros, se fueron a enfrentar a estos hombres apodados langostas, pues a su paso arrasaban con todo. Los guerreros Runas tenían ventaja, pues los blancos cultores de la noche eran muy pocos, vencidos estaban estos hombres langostas, cuando algo terrible sucedió?...
Temblaba la tierra y las montañas sagradas, comenzaron a hablar, comenzaron a erupcionar fuertemente, favoreciendo a los soldados castellanos.
Con voz trémula e impotente ante los mensajes de su Allpa Mama, Rumiñawi exclamó:
¡Oh! Jatun Pachakamak, señor del infinito no nos abandones!...
Después de un breve silencio, reaccionó, sus ojos se tiñeron de sangre, de fuego, ira, coraje y tristeza y ordenó la retirada a las altas montañas sagradas.
Mucho tiempo estuvo en silencio, meditando con el Inti Yaya, la Killa Mama, muchas veces sintió desfallecer y sus ojos, se llenaba de lágrimas al ver a su llakta, tierra sagrada, morir poco a poco.
Pero un día, una niña se acercó gritando:
¡Apu Rumiñawi! ¡Tayta Rumiñawi! donde estás, están matando a nuestra gente, a las ñustas, a las mamas y a los wawas ¡Ven a defenderlos! ¡Padre Rumiñaw!
Como un relámpago, se levantó y con voz de trueno dijo: ¡Defenderé hasta con mi propia vida, hasta la eternidad, porque debe cumplirse la profecía:
¡WARANKA WARANKA KUTIN SHAMUN! ¡Miles y miles regresaremos! Kaypimi kanchi Aquí estamos Ñukanchimi kanchi Nosotros somos.
(Fragmento de la historia de Rumiñahui, con la que la escuela Yachay Wasi, participo en la oratoria de las escuelas del sur, ¡Aquí estamos Rumiñahui!, realizado el sábado 02 de noviembre del 2004. Yachay Wasi, gano el segundo y tercer premio).
Pa-pa Mirí pensaba que el hombre necesitaba fuego, que hasta ese momento no lo conocían. Pero era un elemento que estaba en mano de los Futuros Cuervos que vivían en una montaña, eran muy poderosos, se alimentaban de hombres y no querían brindar el fuego a otros seres.
Para obtener el fuego, Pa-pa Mirí llamó a Cururú, el Sapo, éste le explicó su plan en el oído, porque los Futuros Cuervos tenían buena audición. Juntos fueron a la montaña donde vivían los come gente.
Pa-pa Mirí se tiró al suelo, para parecer un muerto y el Sapo se escondió.
Los Futuros Cuervos vieron a Pa-pa Mirí como alimento y lo cocinaron, pero éste no se quemaba porque era un Dios.
Cuando se alejaron las criaturas el dios tiró brasas al Sapo, que luego de varios intentos fallidos las pudo recoger con su lengua, hecho esto escaparon.
Pa-pa Mirí con la braza encendió una flecha que arrojó al bejuco subterráneo, una planta.
Entonces las personas podían cortar un pedazo de bejuco, hacerle un agujero, meter la punta de una flecha y hacerla dar vueltas originándose una leve llama. Desde entonces los guaraníes hicieron fuego de ese modo.
Pa-pa Mirí convirtió a los Futuros Cuervos en cuervos o jotes para que no hicieran nuevos males. Los guaraníes les dicen Urubú.
Ch´ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y apuesto. Habían crecido juntos y, como el señor Chang Yi quería mucho al muchacho, dijo que lo aceptaría de yerno. Ambos escucharon la promesa, y como estaban siempre juntos, el amor aumentó día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas.
Desgraciadamente, el padre no lo advirtió. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija y el señor Chang Yi, olvidando su antigua promesa, consintió.
Ch´ienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro.
Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital.
Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida.
Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño.
Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó: -¿Quién anda ahí, a estas horas de la noche? -Soy yo, soy Ch´ienniang.
Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación.
También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera.
Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Ch´ienniang pensaba cada vez más en su padre. Ésta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.
-Eres una buena hija -dijo él- ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo.
Volvamos a casa.
Ch´ienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch´ienniang: -No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.
Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón.
Chang Yi lo miró asombrado y le dijo: -¿De qué hablas? Hace cinco años Ch´ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.
-No comprendo -dijo Wang Chu- ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch´ienniang.
La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta.
Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.
Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo.
Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación.
La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch´ienniang, joven y bella como siempre.
Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch´ienniang vivieron juntos y fueron felices.
Ésta leyenda se refiere al origen del gorrión y del pecho colorado o estornino fueguinos.
Hace muchos años hubo entre los onas un guerrero de corta estatura, pero muy ágil, fuerte y valiente, que desafió a luchar a todos los hombres de una tribu vecina.
Estos eligieron como campeón a un gigante de poderosa musculatura que doblaba en estatura y peso al desafiante.
Llegado el momento de la confrontación de las dos tribus reunidas rodearon a sus campeones y comenzó el torneo.
De pronto el gigante agarró a su rival con una mano de los cabellos y con la otra del cuello, comenzando a tirar y apretar con fuerza creciente amenazando ahogarlo.
No por eso se amilanó el pequeño, en un momento oportuno, propinó a su rival un feroz golpe de puño en la nariz obligándolo a soltarlo, en tanto la sangre manaba en abundancia.
Cuando se separaron, el gigante con el pecho manchado de sangre se convirtió en el hermoso estornino fueguino, en tanto que el pequeño, con su copete y su mancha en el cuello, quedó transformado en el gorrión.
El futuro Buda nació una vez en una familia del ministro, cuando Brahmadatta reinaba en Benares; y cuando él rey creció, el futuro Buda llegó a convertirse en el consejero del rey en temas espirituales.
Este rey llegó a ser muy hablador; y mientras hablaba no permitía a nadie decir una sola palabra. El futuro Buda quería curar esta locuacidad, y estaba constantemente buscando la manera y el significado de este hecho.
En esa misma época, en un estanque en las montañas del Himalaya, vivía una tortuga.
Dos patos salvajes, que se acercaron al estanque a beber, se hicieron muy amigos de la tortuga. Y un día, cuando su amistad se hizo más grande, los patos le dijeron:
"¡Amiga tortuga! El lugar donde nosotros vivimos, es en una cueva dorada de una bella montaña en un lugar del Himalaya, es un sitio delicioso. ¿Vendrás allí con nosotros?"
"Pero, ¿Cómo podría llegar hasta allí?"
"Nosotros podemos llevarte, si mantienes la boca cerrada y no se lo dices a nadie."
"¡Oh! Eso puedo hacerlo, no se lo diré a nadie. Llevadme con vosotros"
"De acuerdo", le dijeron. Le hicieron morder fuerte con la boca el centro de un palo, y ellos mordieron los dos extremos y volaron los tres en el aire.
Los habitantes de la zona, al verles volar gritaron: "¡Dos patos salvajes están llevando una tortuga agarrada a un palo!", con lo cual la tortuga dijo, "si mis amigos quieren llevarme, que os importa, desdichados esclavos! En ese mismo instante, cuando su veloz vuelo pasaba por encima del palacio del rey en la ciudad de Benares, la tortuga dejó de morder el palo, y cayó en el patio, ¡partiéndose en dos!
Ella no paraba de llorar, y los lugareños no paraban de decir:
"Una tortuga ha caído del cielo en el patio, y se ha partido en dos".
El rey, acompañado del futuro Buda, se acercó al lugar rodeado de todos sus súbditos; y mirando a la tortuga, le preguntó al Bodhisatta, "¡Profesor! ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí la tortuga?"
El futuro Buda pensó, "debo utilizar esto para darle una lección al rey.
Seguramente esta tortuga se ha hecho amiga de los patos salvajes; y ellos le han debido traer hasta aquí con un palo. Pero seguro que la tortuga no pudo sujetarse bien porque habló algo, y es por eso se cayó y se mató". Entonces dijo: "Verdaderamente, ¡Oh Rey! Aquellos que son llamados parlanchines que hablan interminablemente alcanzan pena y dolor como esta", y pronunció los siguientes versos:
"Verdaderamente la tortuga se mató mientras utilizaba su voz; si bien agarraba fuerte el palo, fue su voz quien le perdió. Contemplarle, ¡Oh excelente fuerza! el decir palabras sabias, a su tiempo. Tu ves como, por hablar en demasía, La tortuga cayó en su desdichada situación!"
El rey se dio cuenta que se estaba refiriendo a él, y dijo:
"¡Oh profesor, ¿estás hablando de nosotros?"
Y el bodhisatta le habló abiertamente, y le dijo, "¡Oh gran rey! Seas tu, o sea otro cualquiera, aquel que habla sin medida se topa en algún momento con un contratiempo como este."
Y el rey de ahora en adelante se abstuvo de hablar demasiado, y se convirtió en un hombre de pocas palabras.
Dicen que antes, en el Río Paraná, no existían los camalotes.
Que la tierra era tierra, el agua, agua y las islas, islas.
Antes, cuando no habían llegado los españoles y en las orillas del río vivían los guaraníes.
Fue en 1526 cuando los hombres de Diego García remontaron lentamente primero el Mar Dulce y después el Paraná, pardo e inquieto como un animal salvaje, a bordo de una carabela y un patache.
El jefe llegaba como Gobernador del río de Solís, pero al llegar a la desembocadura del Carcarañá se encontró con que el cargo ya estaba ocupado por otro marino al servicio de España, Sebastián Gaboto. Durante días discutieron los comandantes en el fuerte Sancti Spiritu, mientras las tropas aprovechaban el entredicho para acostumbrar de nuevo el cuerpo a la tierra firme y recuperar algunas alegrías.
Exploraron los alrededores y aprovecharon la hospitalidad guaraní. Así fue que una joven india se enamoró de un soldado de García. Durante el verano, mientras García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior, ellos se amaron. Que uno no comprendiera el idioma del otro no fue un obstáculo, más bien contribuyó al amor, porque todo era risa y deseo. Nadaron juntos en el río, ella le enseñó la selva y él el bergantín anclado en la costa; él probó el abatí (maíz en guaraní), el chipá (pancitos elaborados con harina de mandioca), las calabazas; ella el amor diferente de un extranjero.
Mientras tanto, las relaciones entre los españoles y los guaraníes se iban desbarrancando. Los indios lo había provisto, los habían ayudado a descargar los barcos y habían trabajado para ellos en la fragua, todo a cambio de hachas de hierro y algunas otras piezas. Pero los blancos no demostraron saber cumplir los pactos, y humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir. Hasta que los indios se cansaron de tener huéspedes tan soberbios y una noche incendiaron el fuerte. Los pocos españoles que sobrevivieron se refugiaron en los barcos, donde esperarían el regreso de Gaboto y García. Después del incendio, el amor entre el soldado y la india se volvió más difícil, más escondido y más triste.
Todos los días, en sus citas secretas, ella intentaba retenerlo con sus caricias y sus regalos y, sin embargo, no conseguía más que pulir su recelo.
Cuando llegaron los jefes, se encontraron con la tierra arrasada y decidieron volver a España por donde habían venido. Las semanas de los preparativos fueron muy tristes para la muchacha guaraní, que andaba todo el día por la orilla, medio oculta entre los sauces, esperando ver a su amante aunque sea un momento. Y, como no hubo despedida, la partida en cierto modo la tomó por sorpresa. Una mañana apenas nublada, cuando llegó hasta el río, vio que los barcos se alejaban. Los miró enfilar hacia el canal profundo y luego navegar, siempre hacia abajo, con sus mástiles enhiestos y sus estandartes al viento. Después de un rato eran ya tan chiquitos que parecía imposible que se llevaran tanto... Y, enseguida, el primer recodo se los tragó.
Durante días y días la india lloró sola el abandono: hubiera querido tener una canoa, las alas de una garza, cualquier medio que le permitiera alejarse por el agua, más allá de los verdes bañados de enfrente, llegar allí donde le habían contado que el Paraná se hace tan ancho y tan profundo, para seguir la estela de los barcos y acompañar al culpable de su pena.
Todos sus pensamientos los escucharon los porás (espíritus invisibles vinculados con los animales y las plantas, que pululaban por los ríos y los montes) de la costa, que se los contaron a Tupá (dios de las aguas, lluvia y granizo) y su esposa, dioses del agua. Y una tarde ellos cumplieron su deseo y la convirtieron en camalote.
Por fin se alejaba de la orilla, por fin flotaba en el agua fresca y oscura río abajo, como una verde balsa gigantesca, arrastrando consigo troncos, plantas y animales, dando albergue a todos los expulsados de la costa, los eternos viajeros del río.