miércoles, 14 de abril de 2010

EL PECHO COLORADO Y EL GORRIÓN














Ésta leyenda se refiere al origen del gorrión y del pecho colorado o estornino fueguinos.

Hace muchos años hubo entre los onas un guerrero de corta estatura, pero muy ágil, fuerte y valiente, que desafió a luchar a todos los hombres de una tribu vecina.

Estos eligieron como campeón a un gigante de poderosa musculatura que doblaba en estatura y peso al desafiante.

Llegado el momento de la confrontación de las dos tribus reunidas rodearon a sus campeones y comenzó el torneo.

De pronto el gigante agarró a su rival con una mano de los cabellos y con la otra del cuello, comenzando a tirar y apretar con fuerza creciente amenazando ahogarlo.

No por eso se amilanó el pequeño, en un momento oportuno, propinó a su rival un feroz golpe de puño en la nariz obligándolo a soltarlo, en tanto la sangre manaba en abundancia.

Cuando se separaron, el gigante con el pecho manchado de sangre se convirtió en el hermoso estornino fueguino, en tanto que el pequeño, con su copete y su mancha en el cuello, quedó transformado en el gorrión.

lunes, 12 de abril de 2010

LA TORTUGA PARLANCHINA.


El futuro Buda nació una vez en una familia del ministro, cuando Brahmadatta reinaba en Benares; y cuando él rey creció, el futuro Buda llegó a convertirse en el consejero del rey en temas espirituales.

Este rey llegó a ser muy hablador; y mientras hablaba no permitía a nadie decir una sola palabra.
El futuro Buda quería curar esta locuacidad, y estaba constantemente buscando la manera y el significado de este hecho.

En esa misma época, en un estanque en las montañas del Himalaya, vivía una tortuga.

Dos patos salvajes, que se acercaron al estanque a beber, se hicieron muy amigos de la tortuga.
Y un día, cuando su amistad se hizo más grande, los patos le dijeron:

"¡Amiga tortuga! El lugar donde nosotros vivimos, es en una cueva dorada de una bella montaña en un lugar del Himalaya, es un sitio delicioso. ¿Vendrás allí con nosotros?"

"Pero, ¿Cómo podría llegar hasta allí?"

"Nosotros podemos llevarte, si mantienes la boca cerrada y no se lo dices a nadie."

"¡Oh! Eso puedo hacerlo, no se lo diré a nadie. Llevadme con vosotros"

"De acuerdo", le dijeron. Le hicieron morder fuerte con la boca el centro de un palo, y ellos mordieron los dos extremos y volaron los tres en el aire.

Los habitantes de la zona, al verles volar gritaron: "¡Dos patos salvajes están llevando una tortuga agarrada a un palo!", con lo cual la tortuga dijo, "si mis amigos quieren llevarme, que os importa, desdichados esclavos! En ese mismo instante, cuando su veloz vuelo pasaba por encima del palacio del rey en la ciudad de Benares, la tortuga dejó de morder el palo, y cayó en el patio, ¡partiéndose en dos!

Ella no paraba de llorar, y los lugareños no paraban de decir:

"Una tortuga ha caído del cielo en el patio, y se ha partido en dos".

El rey, acompañado del futuro Buda, se acercó al lugar rodeado de todos sus súbditos; y mirando a la tortuga, le preguntó al Bodhisatta, "¡Profesor! ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí la tortuga?"

El futuro Buda pensó, "debo utilizar esto para darle una lección al rey.

Seguramente esta tortuga se ha hecho amiga de los patos salvajes; y ellos le han debido traer hasta aquí con un palo. Pero seguro que la tortuga no pudo sujetarse bien porque habló algo, y es por eso se cayó y se mató". Entonces dijo: "Verdaderamente, ¡Oh Rey! Aquellos que son llamados parlanchines que hablan interminablemente alcanzan pena y dolor como esta", y pronunció los siguientes versos:

"Verdaderamente la tortuga se mató
mientras utilizaba su voz;
si bien agarraba fuerte el palo,
fue su voz quien le perdió.
Contemplarle, ¡Oh excelente fuerza!
el decir palabras sabias, a su tiempo.
Tu ves como, por hablar en demasía,
La tortuga cayó en su desdichada situación!"

El rey se dio cuenta que se estaba refiriendo a él, y dijo:

"¡Oh profesor, ¿estás hablando de nosotros?"

Y el bodhisatta le habló abiertamente, y le dijo, "¡Oh gran rey! Seas tu, o sea otro cualquiera, aquel que habla sin medida se topa en algún momento con un contratiempo como este."

Y el rey de ahora en adelante se abstuvo de hablar demasiado, y se convirtió en un hombre de pocas palabras.

EL CAMALOTE



Dicen que antes, en el Río Paraná, no existían los camalotes.

Que la tierra era tierra, el agua, agua y las islas, islas.

Antes, cuando no habían llegado los españoles y en las orillas del río vivían los guaraníes.

Fue en 1526 cuando los hombres de Diego García remontaron lentamente primero el Mar Dulce y después el Paraná, pardo e inquieto como un animal salvaje, a bordo de una carabela y un patache.

El jefe llegaba como Gobernador del río de Solís, pero al llegar a la desembocadura del Carcarañá se encontró con que el cargo ya estaba ocupado por otro marino al servicio de España, Sebastián Gaboto. Durante días discutieron los comandantes en el fuerte Sancti Spiritu, mientras las tropas aprovechaban el entredicho para acostumbrar de nuevo el cuerpo a la tierra firme y recuperar algunas alegrías.

Exploraron los alrededores y aprovecharon la hospitalidad guaraní. Así fue que una joven india se enamoró de un soldado de García. Durante el verano, mientras García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior, ellos se amaron. Que uno no comprendiera el idioma del otro no fue un obstáculo, más bien contribuyó al amor, porque todo era risa y deseo. Nadaron juntos en el río, ella le enseñó la selva y él el bergantín anclado en la costa; él probó el abatí (maíz en guaraní), el chipá (pancitos elaborados con harina de mandioca), las calabazas; ella el amor diferente de un extranjero.

Mientras tanto, las relaciones entre los españoles y los guaraníes se iban desbarrancando. Los indios lo había provisto, los habían ayudado a descargar los barcos y habían trabajado para ellos en la fragua, todo a cambio de hachas de hierro y algunas otras piezas. Pero los blancos no demostraron saber cumplir los pactos, y humillaron con malos tratos a quienes los habían ayudado a sobrevivir. Hasta que los indios se cansaron de tener huéspedes tan soberbios y una noche incendiaron el fuerte. Los pocos españoles que sobrevivieron se refugiaron en los barcos, donde esperarían el regreso de Gaboto y García. Después del incendio, el amor entre el soldado y la india se volvió más difícil, más escondido y más triste.

Todos los días, en sus citas secretas, ella intentaba retenerlo con sus caricias y sus regalos y, sin embargo, no conseguía más que pulir su recelo.

Cuando llegaron los jefes, se encontraron con la tierra arrasada y decidieron volver a España por donde habían venido. Las semanas de los preparativos fueron muy tristes para la muchacha guaraní, que andaba todo el día por la orilla, medio oculta entre los sauces, esperando ver a su amante aunque sea un momento. Y, como no hubo despedida, la partida en cierto modo la tomó por sorpresa. Una mañana apenas nublada, cuando llegó hasta el río, vio que los barcos se alejaban. Los miró enfilar hacia el canal profundo y luego navegar, siempre hacia abajo, con sus mástiles enhiestos y sus estandartes al viento. Después de un rato eran ya tan chiquitos que parecía imposible que se llevaran tanto... Y, enseguida, el primer recodo se los tragó.

Durante días y días la india lloró sola el abandono: hubiera querido tener una canoa, las alas de una garza, cualquier medio que le permitiera alejarse por el agua, más allá de los verdes bañados de enfrente, llegar allí donde le habían contado que el Paraná se hace tan ancho y tan profundo, para seguir la estela de los barcos y acompañar al culpable de su pena.

Todos sus pensamientos los escucharon los porás (espíritus invisibles vinculados con los animales y las plantas, que pululaban por los ríos y los montes) de la costa, que se los contaron a Tupá (dios de las aguas, lluvia y granizo) y su esposa, dioses del agua. Y una tarde ellos cumplieron su deseo y la convirtieron en camalote.

Por fin se alejaba de la orilla, por fin flotaba en el agua fresca y oscura río abajo, como una verde balsa gigantesca, arrastrando consigo troncos, plantas y animales, dando albergue a todos los expulsados de la costa, los eternos viajeros del río.

domingo, 11 de abril de 2010

EL PRIMER VUELO DE LAS LUCIÉRNAGAS


Isondú fue el hombre más hermoso entre todos los guaraníes.

El más alto, el más fuerte, el más hábil.

Había que verlo disparando una flecha, remando en la canoa ó bailando en las ceremonias de los payés.

Cuando era chico, no había madre en su tevy que - al verlo reírse - no le hiciera una caricia y, cuando le llegó la hora del tembetá, ya había muchas indiecitas que querían casarse con él.

A todas les gustaban sus manos diestras, su mirada penetrante y su perfume a madera.

Junto con el amor que despertó en tantas muchachas, se despertó también la envidia de los hombres. Los que habían jugado con él sobre las hojas de palmera y más tarde en los claros o en el río ahora le tenían rabia. Por eso prepararon una emboscada.

A Isondú lo esperaron un atardecer.

Temprano habían cavado el pozo en el camino y lo habían disimulado bien: ya se sabe que los guaraníes eran especialistas en cazar con trampas y ésta, ya estaba lista.

Después se sentaron a esperar y a beber la chicha de maíz que habían llevado.

Isondú volvía de la aldea vecina, donde tenía parientes.

Venía solo, pensando en una chica que había conocido allí, la única muchacha que estaba seguro de poder querer. Sin duda pronto se casaría con ella. Ya se la imaginaba junto a él, con el cuerpo adornado con pinturas y una flor - la orquídea más hermosa que él pudiera encontrar - en su largo pelo negro.

Contento y cansado iba por los caminos de la selva, espantándose los mosquitos de tanto en tanto. A él, tan grande y fuerte, se lo veía pequeño al lado de los árboles inmensos.

Cuando faltaba poco para llegar a su aldea, empezó a escuchar las risas y los gritos de sus enemigos. Pero no se inquietó, era joven... no le tenía miedo a nada y había sido siempre demasiado dichoso como para suponer que se acercaba la desgracia.

Cuando escucharon sus pasos, los otros se quedaron callados. De pronto, Isondú tropezó entre unas lianas y cayó en el pozo.

Los tramperos salieron enseguida de sus escondites y empezaron a reírse y a burlarse de él:

- ¡Isondú! ¡Isondú! ¡Te cazamos como a un tapir!

- A ver, ¿de qué te sirve ahora ser tan valiente?

- ¡Isondú! ¡Ahí va un anzuelo para que muerdas! ¿O quieres que llamemos a tu madre para que te salve?

Y mientras tanto le tiraban palitos, frutos y unas bolitas de arcilla dura con las que cazaban ratones y los pájaros.

Isondú les gritaba:

- Pero, ¿Qué hacen? ¿Qué les pasa? ¿Qué les hice yo, cobardes? –

Y desde abajo les devolvía los proyectiles.

Uno de los agresores le contestó:

- Ya vas a ver si somos cobardes. - Y agarró su maza y le pegó a Isondú en un hombro, en la cabeza, en la espalda...

Los demás se envalentonaron y entre insultos hicieron lo propio: el cuerpo de Isondú se fue llenando de golpes y de sangre, y allí quedó, acallado, caído sobre un costado en el fondo del pozo.

En la selva era casi de noche. Los asesinos seguían en el borde de la trampa, paralizados por el miedo.

De pronto vieron confusamente que Isondú se movía, que su cuerpo tomaba de a poco la forma de un insecto y que en el lugar de cada herida se encendía una lucecita. Isondú agitó sus alas y salió volando: ya estaba libre.

Un momento después centenares de Isondúes se dispersaban en la selva, debajo del techo que forman allí los árboles, los helechos y las lianas, iluminando intermitentemente la noche guaraní.

Muchos de estos insectos traspusieron los ríos, dejaron atrás la selva y se perdieron en el campo.

En la Argentina, algunos le siguen diciendo "isondúes", otros los llaman "bichos de luz, otros "tuquitos" o tucu tucu, y otros luciérnagas.

En las noches más oscuras vuelan a nuestro alrededor, y, cuando creemos que se han ido, se encienden otra vez unos metros más allá, como estrellas terrenales.



Aclaraciones:
- Isondúes: luciérnagas.
- Payés: Médico hechicero.
- Tevy: Familia extensa de los guaraníes que configuraba una unidad social y ocupaba una única gran vivienda.
- Tembetá: Amuleto guaraní que llevaban los hombres adultos. Consistía en un palito en forma de T que atraviesa el labio.

sábado, 10 de abril de 2010

RÍO HONDO, SANTIAGO DEL ESTERO



En 1586, fray Francisco Solano, de la orden de los franciscanos, llegó a las actuales provincias del norte argentino, procedente de Perú. Cuatro años más tarde, el obispo Fernando de Trejo encomendó al misionero cristiano la difícil tarea de la evangelización.

Solano catequizó a los indios del noroeste argentino y llegó hasta La Rioja, Catamarca y Córdoba.

Cuenta la tradición que San Francisco Solano regresaba de Tucumán a Santiago con una tropa de carretas cargadas de madera para la iglesia que se levantaba en esta última ciudad.

Las copiosas lluvias hacían difícil el transito ya que las carretas se encajaban en el barro.

Al llegar al río Dulce, la tropa se detuvo; otras carretas estaban allí paradas y aseguraban los carreteros que era imposible vadear, pues en ese paso el río era muy hondo.

En tanto las personas y bestias tomaban descanso, San Francisco oraba.

Terminadas sus oraciones dio orden de atar los bueyes y reanudar el viaje.

Todos se miraron asombrados, pero obedecieron. El santo montado en su mulita, se puso a la cabeza de la tropa. San Francisco penetró en el río levantando el cordón de su hábito, y la encrespada masa de aguas turbias abrió un camino por el que pasaron las carretas.

Llegados sin tropiezos al otro lado, el santo dijo bromeando: "Ahí tienen el río hondo"; y desde entonces se llamó río Hondo a esa parte del Río Dulce.

viernes, 9 de abril de 2010

EL BICHO DE VALJONDO

Siguiendo el curso del río Tejadas, un poco más abajo del Desengalgadero de las Brujas, enseguida nos encontramos con Valjondo, entre las Breñas y Quebrantacanillas, lugar donde se escenifica la mayor parte de la leyenda del Bicho del Valjondo, leyenda de intriga, de curiosos enfrentamientos, de picaresca, en la que campea, como estrella rutilante, la figura de Melero, personaje variopinto y denso que hubiera hecho, sin duda, las delicias de las plumas de Cervantes o de Cela.

Melero, avezado militar retirado de mil contiendas, se disfraza de dragón, incluido un artilugio casero para lanzar bocanadas de fuego, para apoderarse de las aguas del río.

Sirviéndose de cuantas tretas había utilizado en las escaramuzas bélicas en las que había participado, amedrenta a sus linderos de Valjondo para que le dejen el camino expedito para llevar a su huerto, el más alejado de la toma, las escasas aguas disponibles.

Así puede darle a su lino el último riego y sacar adelante una cosecha de la que dependía su supervivencia.

Su ingenio no tiene límites a la hora de desembarazarse de dos jovenzuelos pendencieros, que sospechan de él y le desafían, a los que, además de dejarlos en ridículo y humillarlos, les hace poner pies en polvorosa.

Ayuntamiento de Mogarraz

jueves, 8 de abril de 2010

EL DESENGALGADERO DE LAS BRUJAS

Camino del Agua, Mogarraz, Salamanca, España.



En la cabecera de las Breñas, muy cerca del puente del camino de Monforte, bautizado hoy como “Camino del Agua”, está El Desengalgadero de las Brujas, lugar que da nombre a otra entrañable y entretenida leyenda.

Se trata de una profunda depresión, peligrosa a poco que uno se descuide al recorrer dicho camino, donde tuvo lugar la “madre de todas las batallas” entre los clanes brujeriles de la comarca, arrastrados por la rivalidad de dos clanes monforteños, a los que la astucia de dos mozas que querían conseguir de sus padres la autorización para casarse con sus novios había enzarzado en una guerra fratricida.

El zapatero mogarreño Rabirones, bribón y caracolero, avivó involuntariamente el enfrentamiento de los clanes de Monforte con sus preferencias amatorias, hasta desencadenar la famosa batalla en la que todos los zánganos y brujas de la comarca perdieron sus instintos y poderes mágicos, desengalgándose o despeñándose en ese lugar.

Convulsa leyenda, que describe costumbres de la España más profunda y que termina con la erradicación de la comarca de las brujas y de los zánganos y, como consecuencia, lleva a efecto la limpieza de tantas supersticiones y creencias irracionales, que hoy, al decir de Eufemio, que es quien relata esta leyenda en su libro “Mogarreño dapié”, parecen tornar por sus fueros de la mano de astrólogos, adivinos y nigromantes, los cuales se montan florecientes negocios a cuenta de la credulidad, de la incultura y de la carencia de conciencia crítica de los ciudadanos, incluso de conspicuos políticos y de quienes han hecho difíciles carreras y ganado laboriosas oposiciones.

Para la fantasía popular la depresión del lugar fue efecto de la tormenta catastrófica que provocaron los estertores de todos los poderes brujeriles de la zona.

Dicen que las piedras, los árboles y todo tipo de armas usadas por las brujas, sobre todo escobas, fueron arrastrados hacia Extremadura por la gran riada que se formó entonces.

Eufemio Puerto Cascón, "Mogarreño dapié" Mogarraz, Salamanca España.

miércoles, 7 de abril de 2010

LA MORA 'ENCANTÁ'

A media ladera de los Cabriles, en el río Tejadas, en el límite con el término municipal de Monforte y cerca del de La Alberca, está el Charco de la Mora Encantá, que da cuerpo a una preciosa leyenda, de contenidos históricos trágicos.

En ese charco sobrevive la bellísima mora Laila, encantada por un mago que la salvó de las terribles garras de los gavilanes árabes.

Resignada, se aparece la víspera de la noche de San Juan revestida de oro y luz para ofrecerse en matrimonio al audaz serrano que quiera aceptarla.

Solo el matrimonio la librará de su fatal encantamiento. A cambio, hará a su osado cónyuge rico y feliz.

Un veterinario mogarreño, después de realizar una proeza profesional para salvar la vida de un mulo en Monforte y de piparse un poco para celebrarlo con los mozos monforteños, se retrasó en regresar a Mogarraz y se encontró de bruces con ella al llegar al río la noche de un 23 de junio.

Al no poder aceptarla en matrimonio por estar ya casado, se las tuvo que ver con el genio que siempre acompaña a la mora en una pelea de la que salió malparado.

Mozas mogarreñas, al bañarse en ese charlo, han creído ver en las burbujas y remolinos del agua el lenguaje con que les hablaba la mora Laila.

Preciosa leyenda, todavía inconclusa para la intriga popular, digna de figurar entre las más destacadas de 'Las mil y una noches'.

Leyenda de Mogarraz, Provincia de Salamanca, España.

martes, 6 de abril de 2010

MADI-Ó


Esto debió haber pasado hace mucho, muchísimo tiempo.

Antes de que los guaraníes emprendieran su largo viaje hacia el Sur, desde el corazón de las selvas sudamericanas.

Mandi-ó era una nenita fea, alta, flaca y delgada. Tenía manos muy grandes con dedos muy largos. No jugueteaba con los otros chicos. Se quedaba ahí, paradita, mirando como si quisiera hacerlo. Pero no participaba. Mientras tanto, los demás correteaban por la selva.

-Mandi-ó, algún día vas a echar raíces- la regañaba su mamá. Y su papá la retaba por que no acompañaba a su mamá cuando ésta salía en busca de frutos silvestres. Porque en aquellos tiempos remotos la gente no conocía la agricultura y sufría terribles hambrunas: solo se alimentaba con los productos de la caza y de la pesca (tareas a cargo de los hombres) y con los frutos de la selva que las mujeres recogían con la ayuda de sus hijos.

Pero Mandi-ó, siempre triste y avergonzada por su fealdad, se negaba a acompañar a su mamá y a sus hermanitos en esas salidas, en la que los chicos no solo ayudaban sino que, además, recorrían la selva y se deslumbraban con todo lo que veían, como cualquier chico del mundo.
Mandi-ó se quedaba paradita, a la entrada de la tekoá, la aldea que su padre había construido, en un claro de la selva, junto con los otros hombres de la comunidad. No se atrevía a seguir a los suyos, como si les tuviera miedo a la espesura.

Entonces Tupá, el Dios de los guaraníes, se apiadó de ella. En sueños le dijo lo que debía hacer: en adelante, la niña sería importantísima para toda su gente, porque les iba a enseñar a alimentarse mejor.

Sólo era preciso que algún rayo incendiara un sector de la selva, con lo que se haría un claro en el cerrado boscaje y cuando, el terreno quedara despejado, ella debía dirigirse allí, sin miedo, para cavar un hoyo y meter en él sus piecitos. Eso sí: debía pedirles a sus hermanitos que la buscaran al día siguiente. Y así fue como lo hicieron.

¿Qué encontraron? Cuando todos salieron en busca de Mandi-ó, en el centro del claro vieron una planta desconocida hasta entonces: un arbusto muy verde, de casi dos metros de altura, con grandes hojas en forma de manos y dedos larguísimos. Cavaron para desenterrar los pies de la niña; y en su lugar sólo encontraron gruesos tubérculos.

Era la mandioca, planta originaria de esas tierras, cuyo cultivo se comenzó a realizar en claros abiertos a propósito, con hacha y fuego. Desde entonces, los tubérculos de la mandioca fueron utilísimos porque la Mandi-ó o la mandioca acompañó a los guaraníes en su larga migración hacia el Sur, asegurándoles siempre el alimento. Mientras tanto, la misma planta viajó con los tupíes hacia el norte, cruzó el caudaloso Amazonas y, ya en la meseta de las Guayanas, fue adoptada por los caribes quienes la llevaron a las Antillas con el nombre de yuca. Desde entonces, la yuca o mandioca alimenta a millones de americanos, a quienes brinda la fariña, la tapioca y el sabroso pan de cazabe.

Leyenda Guaraní

lunes, 5 de abril de 2010

EL TRAUCO


El Trauco, también conocido como Chauco, Huelli, Huelle, Pompón del Monte o Cusme el benja es una criatura con características de íncubo presente en la mitología chilota y, dentro de esta mitología, uno de sus personajes más importantes.

El Trauco es una criatura con el aspecto de un hombre de facciones desagradables, de baja estatura, entre 65 y 90 cm; y sus piernas tienen sólo muñones donde deberían estar los pies.

El Trauco se pasea por los bosques del sur de Chile, con un bastón retorcido llamado Pahueldún; y además lleva una pequeña hacha de piedra, con la cual se dice que es capaz de cortar cualquier árbol con solo tres golpes. Se viste con un sombrero cónico que al igual que el resto de su ropa está hecho de quilineja, una planta trepadora.


Los habitantes de Chiloé cuentan en sus leyendas que esta criatura posee una fuerza descomunal. Su origen es incierto, aunque se dice que sería un hijo bastardo de la serpiente mítica Caicai, nacido de la unión de la rabia que sintió esta serpiente hacia los seres humanos, y de la ingratitud que muchos hombres tienen hacia el mar, por todo lo que nos ofrece. Por ello el Trauco habría nacido sin pies y no sabría nadar.

El Trauco vive junto a su esposa llamada la Fiura quien también es su hija, la cual nació de una relación que tuvo el Trauco con la Condená.

Con la Fiura tendría varios hijos, que tienen las mismas características del trauco si son machos, y de la fiura si son hembras; los cuales conservan los mismos nombres de sus padres.

Esta criatura viviría junto a su mujer en los troncos huecos de los árboles o en pequeñas cavernas; y sólo se alimenta de naranjitas, los frutos de la quilineja.

El Trauco no es monógamo, y se caracteriza por engañar a la Fiura frecuentemente, al salir a buscar doncellas solitarias; las que atrae con su poder, especialmente si son vírgenes. Por ello se dice que el Trauco es un ente errante que vaga por los bosques buscando jovencitas vírgenes, a la que espera colgado de la rama del tique; para no ser descubierto. Si la joven camina sola y se encuentra a la vista del Trauco, este mediante el uso de su hacha derriba árboles, para que la muchacha producto del susto se desoriente y así pillarla desprevenida y paralizarla mediante su mirada. Luego con el uso de su Pahueldún, le soplaría suavemente su aliento; con lo cual la muchacha a pesar de su apariencia, se enamoraría perdidamente del Trauco. Ya hechizada la muchacha, esta lo seguiría al interior del bosque para tener relaciones con él.

Producto de las caricias del Trauco, se dice que muchas veces las mujeres terminarían con heridas en su cuerpo, en especial en la cara.

El Trauco igualmente cuando esta interesado en una mujer, pero no puede tomarla, ya que como precaución esta nunca sale sola al bosque; el Trauco actuaría primeramente comunicando su presencia a la muchacha, al depositar sus excrementos amarillos frente a la puerta de su casa.

Posteriormente anunciaría su visita a la casa la joven, enviándole sueños libidinosos; en el cual se transformaría en un joven apuesto para convencerla mágicamente. Si la familia de la muchacha se da cuenta de estos hechos, deben tomar precauciones, ya que el Trauco podría entrar furtivamente a la casa transformado en un manojo de quilineja junto al resto de las ramas, carbón o leña usada en la casa; de esta forma esperaría la noche para tomar a su víctima.

El Trauco no actuaría frente a testigos, y por ello está siempre alerta. Pero si alguien molesta al Trauco, y no es una mujer; es capaz de matarlo mediante el uso de su mirada, o quebrándole los huesos. Igualmente mediante su mágico aliento se dice que puede torcerle la boca, dejarlo jorobado, atontado, mudo, y condenarlo a morir en poco tiempo.


En algunas zonas de Chiloé, es costumbre de las madres cuando sospechan de la presencia de este ser maligno, dejar sobre la mesa al acostarse un puñado de arena seca. Como el perverso personaje se siente atraído a contar los granos de arena, se olvida de las muchachas; y con las primeras luces del alba desaparece por temor a ser sorprendido por muchas personas.

Otra forma de alejar al Trauco sería colocar excrementos en el cuerpo de la mujer, ya que el Trauco es muy limpio en relación a todo lo que toca; así que cuando ve cosas sucias se aleja y ya no codicia a su enamorada.

También puede ser alejado mediante la quema de sus excrementos, pero hay que tener cuidado ya que sus excrementos si se pisan o tocan ocasionarían al poco tiempo la muerte de las personas.

El hombre si es sorprendido por el Trauco, y si tiene suerte y una pequeña posibilidad de actuar; debe dar golpes o azotes al Pahueldún del Trauco, ya que esto afectaría intensamente a este ser. Así, el hombre puede tener una oportunidad de escapar; y si el hombre consigue atraparlo siendo este uno de los hijos del Trauco original, puede tener la posibilidad de atrapar a este Trauco y colgarlo sobre un fogón; donde se convierte en un palo que destila cierto aceite mágico y de esta forma lograr matarlo. Este aceite sería un remedio de excelentes resultados que debe ser frotado en las víctimas de los maleficios del Trauco.

Producto de la conducta que el Trauco presentaría en la leyenda, es así como en la sociedad de Chiloé, cuando una joven quedaba embarazada y no se sabía quién era el padre de la criatura; se cubría la deshonra de sus hijas, y se solía atribuir este acto al Trauco.

El embarazo y el nacimiento del hijo, al ser atribuido al Trauco, no sería un hecho que afectaría socialmente a la madre ni al niño; ya que de esta forma se haría creer que ambos estarían relacionados con la magia de un ser extraterreno, y por ello protegidos.

Referencias

  • Renato Cárdenas A., y Catherine G. Hall. Chiloé: manual del pensamiento mágico y la creencia popular. s.n., 1985.
  • Julio Vicuña Cifuentes. Mitos y supersticiones: estudios del folklore chileno recogidos de la tradición oral, con referencias comparativas a los otros países latinos. Nascimento, 1947.

Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Trauco"

domingo, 4 de abril de 2010

LA TUNDA



La Tunda: Es una leyenda propia de las poblaciones costeras del océano Pacífico en Colombia, especialmente del departamento del Chocó.

Según los relatos, La Tunda, una mujer que nació como fruto del amancebamiento del diablo con una bella negra de la cual se enamoró en una noche de currulao. Sin embargo hay otras versiones.

Esta mujer legendaria tiene un pie humano y otro en forma de molinillo o de tingui-tingui (raíz de un árbol) el cual esconde hábilmente cuando se enfrenta a alguien. La única forma de conocerla es descubriendo su pata de molinillo.

La Tunda se lleva a los bebés no bautizados, a los niños desobedientes, a los maridos trasnochadores e infieles y a jóvenes hombre o mujeres, a los confines del monte, en donde el desafortunado pierde todo sentido de orientación, para convertirlos en sus amantes.

La Tunda engaña a sus víctimas tomando la apariencia de sus madres o de un pariente cercano, o de una mujer bonita, para que la sigan al monte. A veces se aparece en una casa y hace creer a los niños solos que es su mamá que viene a contemplarlos.

Ya en sus dominios, a los “entundados” los alimenta con camarones y cangrejos que cocina dentro de su cuerpo. La Tunda con sus malos olores emboba a sus víctimas, los convierte en sus amantes idiotizándolos.

Una persona «entundada» es aquella que es llamada por la Tunda con su nombre, y paso a paso se la lleva a la selva y allí la entunda.

Los “entundados” aprender a amar a dicha mujer y rechazan a los humanos. Para poder rescatarlos de la Tunda, es necesario formar una comisión con el padrino y la madrina del “entundado”, un sacerdote, amigos y otros familiares. Todos ellos se internan en el monte tocando tambores (cununos y bombos), quemando pólvora, disparando escopetas, rezando las oraciones y diciendo palabras soeces para que ella desaparezca.

La Tunda, al verse atrapada, muerde, patea, escupe y gruñe como un marrano. En ocasiones, cuando la Tunda se aleja, un fuerte aguacero cae sobre toda la región y para aplacarlo hay que rezar la oración de Santa Bárbara:

Santa Bárbara, santa flor
en la cruz del salvador
cuando retumbe el trueno
Santa Bárbara nos guarde
por la virtud que ella tiene
que nos libre de los rayos.

La Tunda también hace perder a los caminantes de las orillas del mar, haciéndolos desviar su camino al hacerlos perder en medio de las palmeras y los árboles, y siempre que se hace el intento de regresar al caserío, se vuelve al mismo punto desde donde se perdieron.

Algunos dicen que la Tunda es un ser que experimenta sentimientos humanos, se enamora, se queja y odia, especialmente a los niños. A pesar de sus sentimientos y acciones humanas, la Tunda tiene poderes sobrehumanos, pues es ella quien produce la conjugación de sol y lluvia, y cuando esto pasa la gente del Pacífico dice que: “la Tunda está pariendo”.


Escrita por Eblyn Zulema Espinosa.

sábado, 3 de abril de 2010

EL ORIGEN DEL CALAFATE

Cuando los Selknam habitaban Tierra de Fuego se agrupaban en diversas tribus, dos de ellas se encontraban en gran conflicto, los jefes de ambas comunidades se odiaban hasta la muerte.

Uno de ellos tenía un joven hijo, que gustaba de recorrer los campos, en una ocasión se encontró con una bella niña de ojos negros intensos y se enamoró de ella.

Lamentablemente, era la hija del enemigo de su padre, la única manera de verse era a escondidas, pero el brujo de la tribu de la niña los descubrió.

Vio sin embargo, que no podría separarlos y condenó a la niña, transformándola en una planta que conservó toda la belleza de sus ojos negros, pero con espinas, para que el joven enamorado no pudiera tocarla

Pero el amor era tan fuerte que el joven nunca se separó de esta planta y murió a su lado.

Por eso cada quien que logre comer el fruto de este arbusto estará destinado a regresar a la Patagonia, pues uno no puede separarse del poder de amor que hay en el calafate, nos atrae a él y no nos permite que nos marchemos por mucho tiempo.

Aporte: Paola Bencich Miranda, desde Punta Arenas, Chile.

viernes, 2 de abril de 2010

*LA CH'ALLA Y EL PRINCIPE PUJLLAY*


Cuenta la leyenda que Chaya era una muy bella jovencita india, que se enamoró perdidamente del Príncipe de la tribu: Pujllay, un joven alegre, pícaro y mujeriego que ignoró los requerimientos amorosos de la hermosa indiecita.

Fue así como aquella, al no ser debidamente correspondida, se interno las montañas a llorar sus penas y desventuras amorosas, fue tan alto a llorar que se convirtió en nube. Desde entonces, solo retornar anualmente, hacia el mediado del verano, del brazo de la Diosa Luna (Quilla), en forma de rocío o fina lluvia.

En tanto Pujllay sabiéndose culpable de la desaparición de la joven india, sintió remordimiento y procedió a buscarla por toda la montaña infructuosamente.
Tiempo después, enterado el joven del regreso de la joven a la tribu con la luna de febrero, volvió el también al lugar para continuar la búsqueda pero fue inútil.

Allí, la gente que festejaba la anhelada cosecha, lo recibía con muecas de alegría; el por su parte, entre la algarabía de los circundantes, prosiguió la búsqueda con profunda desesperación, aunque el resultado totalmente negativo.

Por ello, derrotado, terminó ahogando en chicha su soledad, hasta que luego, ya muy ebrio, lo sorprendió la muerte.

Punto final de un acontecer que se repite todos los años, a mediados de febrero...
La tradición popular rescató a estos personajes y en sus vocablos se demuestra el sentido de la fiesta: Ch'aya (en quichua: "Agua de Rocío") es símbolo de la perenne espera de la nube y de la búsqueda ancestral del agua. (Algo que no abunda en La Rioja y es vital); y "Pujllay", que significa: "jugar alegrarse", quién para los carnavales vive tres días, hasta que es enterrado hasta el próximo año...

jueves, 1 de abril de 2010

EL NOMBRE MÁS HERMOSO:

En el mundo indígena, uno de los principios que constituyen el universo es el dolor. Sin embargo, los ojos de ese pueblo penetran en esta realidad sin miedo y la transforman en algo sublime.
Un guerrero miró a su hija recién nacida. Tan hermosa le parecía que no encontraba un nombre apropiado para ella. Todos le sabían a poco.
Al fin decidió buscar lo más valioso del mundo y tomarlo como nombre para su primogénita. Salió muy temprano, cuando aún era oscuro y pensó "Podría llamarla: Silencio, pues es hermosísimo" pero comenzó el amanecer y el guerrero detuvo sus pasos y dijo: "No, la llamaré: Aurora".
Decidió caminar unas millas más y el día avanzaba mientras a lo largo de su camino el guerrero pensaba en llamar a su hija: "Luz, Nieve, Flor, Cielo."
Y así recorrió grandes distancias y consultó a muchos hombres instruidos, hasta que finalmente encontró al más sabio de los hombres, que le dijo: Tras esta montaña encontrarás a un pastor muy sencillo. Acércate a su casa, espera allí y verás lo más valioso del mundo. Apostado junto a unas rocas el guerrero esperó el momento fijando su mirada en la entrada de la casa.
Al cabo de unos momentos se abrió la puerta y apareció una niña. El guerrero sintió un escalofrío. La pequeña estaba cubierta de lepra. En unos instantes, tras la curva del camino, se escuchó la voz del pastor llamando a su hija. El guerrero vio cómo padre e hija se abrazaban y cubrían de besos. Y así, volviendo a su casa con lágrimas en los ojos, se dijo: -La llamaré Heoma-nae-sàn ("amor en el dolor").


Autor: Miguel Segura

miércoles, 31 de marzo de 2010

EL OMBÚ


LEYENDA GAUCHA

Por Tercero Arriba, por los pagos del Tercero y por San Justo, los paisanos del lugar dicen historias como éstas: El ombú suele aparecer raramente... Lo creen árbol bueno, su raíz enorme y retorcida con grandes protuberancias sirve de guarida a los perros.

Lo creen un árbol bueno porque generosamente da sombra al caminante. Cuando Dios hizo el mundo, después de haber hecho los mares y la tierra, los hombres y los animales, cuando hacía las plantas, a cada una le preguntaba lo que quería ser.

Cuando le llegó el turno al Quebracho, éste le dijo:
- Tata Dios... ió quero ser juerte y duro pa’ resistir los golpes de la suerte, y Tata Dios lo hizo juerte y duro.

Cuando le llegó el turno al jacarandá, éste dijo:
- Tatita... ió quero ser coqueta como mujer, y Tata Dios lo hizo coqueto...

Después le llegó el turno al cañaveral...
- Qué querís ser vos? ... le dijo Tata Dios...

- Ió quero ser, Tata Dios, largo y duro pa’ ser lanza e’ soldado y picana ‘e los bueyes en el trabajo ‘e las carretas... dijo el cañaveral del cañadón...

Por último le llegó el turno al ombú y éste al ser preguntado por Tata Dios, le contestó:
- Tata Dios... ió quero ser coposo para dar sombra y descanso a los caminantes; ió no quero flores ni perfumes, ni vistosos colores, ni jugo, ni siquiera fruto... que mi tronco sea blando y que ni los clavos puedan quedar clavados en mi madera... Tata Dios... ió quero hacer el bien a los hombres... ió quero aliviarles las fatigas cuando cruzan las llanuras y los montes, los ríos y montañas bajo el sol calcinante y muertos de sed en medio de la tierra reseca por el fuego y el calor...

Y Tata Dios lo hizo como le pidió el ombú.

Pasaron muchos siglos y siglos... Vino el Redentor del mundo, salvó a los hombres y éstos lo crucificaron.

Cuando el ombú lo supo corrió y pidió hablar con Tata Dios...

Tatita Dios consintió y el pobre ombú lleno de dolor; le dijo:

- Tata Dios... cuando usted hizo los árboles les preguntaba a todos qué querían ser... y tuitos querían ser bonitos, lindos y juertes... Ió no quería nada d’eso pa’ que jamás pudiera servir de cruz, como sirvieron otros árboles p’al Hijo de Dios que nos trajo amor al mundo...

- ¡Ah...já!...bueno m’hijito... mi hais ienao de satisfacción...

A naides había oído hablar tan lindo, dijo Tata Dios... y abrazándolo, le dijo:
- Ió te protegeré por toda la eternidad para que sigas haciendo el bien a los hombres...

Leyenda compilada en: http://www.conestribo.com.ar/mitos/?letra=L&id=57

martes, 30 de marzo de 2010

LA MUJER ARMADILLO Y LA MUJER TEPEZCUINTLE


Allá en el tiempo divino, primigenio, estaban la armadilla y la tepezcuintla originales haciendo sus camisas. La tepezcuintla, diligente, ya había bordado las flores.

La armadilla, en cambio, no había concluido la tela.

Llegó el momento en que todo quedaría fijo para que empezara a existir el mundo.

Salió el Sol, y la tepezcuintla se puso su camisa nueva, por lo que quedó con las bellas flores pintadas sobre la piel del dorso.

En cambio la armadilla apenas alcanzó a cubrirse con el telar, con todo y sus palos, y cuando la luz solar fijó las realidades.

Por eso, hasta la fecha, se le ven al armadillo unos escalones en la espalda, que son los hilos y los palos del telar.

La Tepezcuintle, en cambio, sí terminó su huipil; por eso, hasta la fecha, el animal tiene un traje bonito y elegante.

lunes, 29 de marzo de 2010

YERBA MATE

Ilustración del padre jesuita Florían Paucke

Un día, desobedeciendo los consejos de Tupá, el Dios padre de los guaraníes, Así, la Luna, y su amiga Aria, la Nube rosada del crepúsculo, quisieron bajar a la tierra.

Así lo hicieron y tomaron sus formas corpóreas. Lo hicieron en esas zonas de tierras rojas, pero no habían contado con los peligros que podían acecharlas en el bosque.

Mientras paseaban entre los árboles, admirando sus frutos olorosos, gozando de ver sus hermosos rostros en las aguas límpidas de los ríos, disfrutando de caminar sobre la hierba fresca, se les presentó un jaguar que se disponía a atacarlas. Ellas quedaron inmóviles y anonadadas.

En ese momento se presentó un anciano que se enfrentó al peligroso animal, y que con su cuchillo logró matar al yaguareté, y acabar con el peligro que corrieron las diosas en ese momento, en que ni siquiera les dio tiempo de abandonar sus formas terrenales.

El viejo indio las invitó a su cabaña para recibir la hospitalidad de su familia. Llegaron a una choza humilde y miserable, en que fueron recibidas por la mujer y la hija del anciano.

Así y Aria habían quedado maravilladas por la hermosura de la joven llena de un tímido recato.

Comieron panes de maíz que hizo la vieja india con el resto de maíz que le quedaba a la familia para alimentarse, ofreciéndoles su pobreza en demostración de amistad y cariño.

Y aceptando esa bondad de la familia, pasaron allí esa noche descansando de las emociones vividas durante ese día en la tierra.

Cuando quedaron solas las dos, Aria preguntó:
-¿Qué hacemos ahora, Así? ¿Volvemos a nuestra morada y dejamos que estas gentes crean que nuestro encuentro ha sido un sueño?

Así movió negativamente la cabeza.
-No, no, Aria. Estoy llena de curiosidad por saber cuál es el motivo que les ha hecho retirarse a estas soledades y encerrar con ellos a esa hermosa joven.

Y, si no logramos que nos lo digan, nuestro poder no es suficiente para adivinarlo. Esperemos a mañana.

Aria no sentía la curiosidad de Así; pero era amiga de la pálida diosa, y accedió a su deseo, aunque no le agradaba mucho pasar la noche en la ruinosa cabaña.

A la mañana siguiente, cuando llegó la nueva luz, Así anunció al viejo que había llegado el momento de marchar.
- Esperamos -le dijo- que, así como os habéis comportado con nosotros tan amablemente, nos acompañéis, según dijisteis, hasta el linde del bosque.

Apenas se habían apartado del claro del bosque donde estaba la cabaña, cuando Así, con toda su fría astucia, intentó que su acompañante les dijera lo que tanto deseaba.

Pero el viejo había intuido el deseo de la joven, y, atribuyéndolo a curiosidad propia de mujer, se decidió a satisfacerlo, y le dijo: -Hermosa doncella, bien veo que os ha llamado la atención el alejamiento en que vivo con mi mujer y mi hija; mas no penséis que hay en ello ningún motivo extraño.

Y luego escucharon el relato del anciano indio, que les confió que estaban viviendo alejados del poblado, para apartar a su inocente hija de los peligros que le podría acarrear su increíble belleza e inocencia.

Durante su vida juvenil había vivido junto a los de su tribu, una tribu como las muchas que estaban en las proximidades de los grandes ríos, dedicadas a la caza y a la lucha.

Allí conoció a la que fue su mujer, y su alegría no tuvo límites el día en que nació su hija, una niña tan llena de hermosura, que aumentaba el gozo natural de sus padres.

Pero esta alegría se fue trocando en preocupación a medida que la niña fue creciendo, pues era tan inocente, tan llena de candor y tan falta de malicia, que el padre empezó a temer el día en que perdiera tan hermosos atributos. Poco a poco, el desasosiego, la inquietud y el temor invadieron el espíritu del indio hasta que determinó alejarse de la comunidad en que vivía para que en la soledad pudiese su hija guardar aquellas virtudes con que Tupa la había enriquecido.

-Abandoné todo lo que no me era necesario para vivir en el bosque -dijo el viejo- y, sin decir a nadie hacia dónde iba, huí como un venado perseguido, hacia la soledad. Desde entonces vivo allí. Sólo el cariño que tengo a mi hija pudo hacerme cometer esta especie de locura. Pero soy feliz, vivo tranquilo.

Calló el viejo y ninguna de las dos supo qué contestarle. Entonces, Así, viendo que el linde del bosque estaba cerca, le pidió que las dejase, después de prometerle que a nadie hablarían de su encuentro. Accedió el viejo indio, y, una vez que Así y Aria se vieron solas, perdieron sus formas humanas y ascendieron a los cielos.

Pasaron algunos días, en los que la pálida diosa no podía olvidar las aventuras y sobre todo el encuentro que había tenido en el bosque, y, observando al viejo indio desde su soledad celeste, comprendió todo el valor de la hospitalidad que aquél les había ofrecido en su cabaña, pues vio que las tortitas de maíz, de que tanto gustaban todas aquellas tribus, habían desaparecido de su alimento. Era indudable que las que les fueron ofrecidas habían sido las últimas que tenían.

Entonces, una tarde, volvió a hablar con Aria y le contó lo que había observado.
-Yo creo -dijo la nube sonrosada -que debemos premiar a aquellas gentes. ¿Qué te parece, Así?

-Lo mismo he pensado yo, y por eso he querido hablar contigo. Podríamos hacer, ya que el viejo tiene ese cariño por su hija, tan fuera de lo común, que nuestro premio recayese sobre la joven.

-Has pensado bien, Así. Y como fue tan hospitalario, y sabes que Tupa se alegra de que los hombres sean de ese modo, tendremos también que demostrárselo.

Desde aquel momento, las jóvenes diosas se dedicaron con afán a buscar un premio adecuado. Por fin, se les ocurrió algo verdaderamente original y, con el mayor secreto, se decidieron a ponerlo en práctica. Para ello, una noche infundieron a los tres seres de la cabaña un sueño profundo, y, mientras dormían, Así en forma de blanca doncella fue sembrando, en el claro del bosque que delante de la choza se extendía, una semilla celeste. Después volvió a su morada, y desde el cielo oscuro iluminó fuertemente aquel lugar, a la vez que Aria dejaba caer suave y dulcemente una lluvia menuda que empapaba amorosamente la tierra.

Llegó la mañana, Así quedó oculta bajo el sol radiante, pero su obra estaba concluida. Ante la cabaña habían brotado unos árboles menudos, desconocidos, y sus blancas y apretadas flores asomaban tímidas entre el verde oscuro de las hojas. Cuando el viejo indio despertó de su profundo sueño y salió para ir al bosque, quedó maravillado del prodigio que ante la puerta de su choza se extendía.

Desde ella estaba quieto y silencioso queriendo comprender lo que había sucedido, pero a la vez con un soterrado temor de que sus ojos y su mente no fuesen fieles a la realidad. Por fin, llamó a su mujer y a su hija, y, cuando los tres estaban extáticos mirando lo que para ellos era un prodigio, otro mayor acaeció ante sus ojos y les hizo caer de rodillas sobre la húmeda tierra. Las nubes, que desperdigadas vagaban por el cielo luminoso, se juntaban apretadamente y lo tornaron oscuro, al mismo tiempo que una forma blanquísima y radiante descendía hasta ellos. Así, bajo la figura de doncella que habían conocido, les sonreía confiadamente.

-No tengáis ningún temor -les dijo. Yo soy Así, la diosa que habita en la luna, y vengo a premiaros vuestra bondad. Esta nueva planta que veis es la yerba mate, y desde ahora para siempre constituirá para vosotros y para todos los hombres de esta región el símbolo de la amistad y el alimento caliente que beberán. Y vuestra hija vivirá eternamente, y jamás perderá ni la inocencia ni la bondad de su corazón. Ella será la dueña de la yerba.

Después, la diosa les hizo levantar del suelo donde estaban arrodillados, y les enseño el modo de tostar y de tomar el mate.

Pasaron algunos años, y al viejo matrimonio le llegó la hora de la muerte. Después, cuando la hija hubo cumplido sus deberes rituales, desapareció de la tierra. Y, desde entonces suele dejarse ver de vez en vez entre los yerbatales misioneros como una joven hermosa en cuyos ojos se reflejan la inocencia y el candor de su alma.

domingo, 28 de marzo de 2010

CABURÉ


EL REY DE LOS PAJARITOS
Leyenda Guaraní

La penumbra, los rumores, la humedad y el calor de la selva despiertan la leyenda, impulsan a la gente a ver seres todopoderosos que los envuelven y dominan con su magia. Pero los que saben, aseguran que no todo es imaginación: la selva tiene una potencia muy real, representada por seres de carne y hueso capaces de reinar sobre los demás con la fuerza de su espíritu.

Uno de ellos es el Caburé. No es, como decimos, un demonio imaginario: es un ser vivo como nosotros, apenas un pajarito por su tamaño (no pasa de los quince centímetros); pero es la más poderosa de las aves. De allí su nombre: Rey de los Pajaritos.

A primera vista es una lechucita, de plumaje gris parduzco, que se confunde en la hojarasca. Llaman la atención sus garras, poderosísimas para su tamaño, y la cabeza, relativamente grande, armada de un afilado pico y un par de ojos capaces de dominar con la mirada.

¡Los ojos del Caburé! Innumerables testimonios aseguran que cuando el Rey de los pajaritos quiere saciar su voracidad, se posa en la rama de un árbol elevado, da un grito dominador y penetrante y mira rápidamente a su alrededor.

Los pajaritos que lo rodean se aterran y quedan casi inmóviles: no pueden huir ni volar.
Como atraídos por un imán, se acercan al Caburé saltando de rama en rama, torpemente, para que el Rey, impasible, elija su presa, que mata de un certero picotazo.

Otros testigos, en cambio, aseguran que no es cierto que el Caburé hipnotice con sus cloqueos y su mirada; lo que ocurre –dicen- es que el implacable cazador mata de noche, especialmente a pichoncitos tiernos. A la mañana siguiente, cuando los pajaritos descubren sus crímenes, se alborotan, lo rodean, chillan; como acusándolo de las muertes cometidas, mientras él permanece impasible, despreciativo, sabiendo que ninguno se atreverá a atacarlo.

sábado, 27 de marzo de 2010

IMA SUMAC


Cuando Ollantay, el célebre guerrero inca, vio a la princesa Cuciccyllar, el amor se apoderó de su corazón, y cuando supo que la “ñusta” le correspondía con igual intensidad, se dirigió al inca para pedirle la mano de su hija.

Tanto atrevimiento enfadó al monarca, quien despidió al guerrero con frases hirientes.
Al día siguiente ambos enamorados, casados en secreto, se dieron a la fuga. Ollantay llevaba consigo un reducido y selecto grupo de amigos y fieles soldados.

Los ejércitos del inca marcharon contra el general rebelde y lo persiguieron tenazmente, sin conseguir vencerlo ni apresarlo.

Ollantay se guarneció, finalmente, en la fortaleza que aún lleva su nombre. Allí resistió un largo asedio y logró, a la postre, derrotar a su soberano, por lo que pudo vivir en paz y felicidad con su amada esposa.

Fruto de aquellos amores fue Ima-Sumac, y al abrigo de aquellos muros inexpugnables creció la niña, sana, fuerte y hermosa, sintiendo cada día aumentar el cariño que profesaba a sus padres, quienes la adoraban.

El inca no pudo soportar el abandono de su hija predilecta ni la rebeldía de su general Ollantay, y murió agobiado por el dolor.

Tupac-Yupanqui, su hijo y heredero, quiso castigar a los culpables y sitió la fortaleza, que Ollantay defendió con arrojo y pericia inigualables. Ya se retiraba el joven inca sin haber podido cumplir sus propósitos, cuando la traición de uno de los oficiales de Ollantay puso en sus manos lo que tanto ansiaba.

Airado y sediento de venganza aprestábase Tupac-Yupanqui a decretar la muerte de Ollantay y la reclusión perpetua de la princesa cuando, violando leyes y costumbres, se presentó ante él una hermosa niña, pálida y sollozante. Era Ima-Sumac, quien se postró a sus plantas y le ofreció su vida a cambio de la de sus padres.

viernes, 26 de marzo de 2010

GOLEM


En el folklore medieval inspirado en la tradición mística hebrea, el término Golem designa a un embrión que aún debe expresar sus potencialidades.

Las leyendas lo presentan como un ser creado artificialmente, mediante prácticas mágicas.


En Salmos 139:16 hallamos el término gomy, con el significado de mi embrión. Según fuentes hebreas de Europa oriental, esta criatura modelada de arcilla roja como Adán (del sumerio Dam, que significa rojo y Adama, o arcilla), cobra vida sólo cuando su creador inscribe el nombre de Dios en su frente.

En una leyenda medieval se relata que el filósofo Solomon Ibn Gabirol logró crear una joven Golem, a la que podía dar vida escribiendo la palabra clave en su frente, pero la redujo a polvo al borrar el nombre por el temor de ser acusado y condenado por brujería.

En el relato El Golem de Chelm se aborda el mismo mito, auténtico antecedente judío del famoso tema de la criatura del Dr. Frankenstein. En esta ocasión, el rabino Elijah -responsable de haber animado a la criatura- también se ve obligado a borrar la palabra Dios de la frente del Golem que creó, ante la furia destructiva que se apoderó de ésta cuando se volvió contra el pueblo judío.

Pero tal vez la tradición más conocida que hace referencia al Golem tiene como protagonista a un judío de Praga -el rabino Loew-, que habría creado uno en el s XVI con el fin de proteger a los hebreos de las persecuciones de que eran objeto.

Sin embargo, más allá de todas estas leyendas y relatos populares que lo presentan como una criatura monstruosa, probablemente estamos ante una historia elaborada con un objetivo mucho más ambicioso y noble: explicar y transmitir los más recónditos y secretos principios del misticismo y del hermetismo hebreo.

Algunos autores ven en este mito un complejo simbolismo alquímico, cuyas huellas se remontarían incluso hasta el Génesis bíblico.

Criatura en estado embrionario, animada por el ser humano mediante fórmulas mágicas secretas, el Golem sería una alegoría del hombre durmiente prisionero de la materia, que esta condenado a ser un autómata hasta reconocer en sí mismo su naturaleza divina y despertar a la auténtica realidad y a la vida del espíritu.

El mito del Golem realiza, por lo tanto, el anhelo ancestral del Hombre de convertirse en Dios-Creador. A imagen de cómo Dios crea al hombre, el rabino modela el Golem y, como el alquimista, al imitar al Creador también él desarrolla sus propias potencialidades como ser divino.

Autor: Roberto Volterri.

jueves, 25 de marzo de 2010

EL POMBERO Y LOS NIÑOS.


En los montes y en los esteros de Corrientes cuentan que el Pombero es un hombre alto y flaco, cubierto con un grandísimo sombrero de paja, que recorre los lugares solitarios a la hora de siesta para proteger a los pajaritos de la selva.

Porque el Pombero sabe que los chicos del campo, justo a esa hora, suelen escaparse de sus padres -que, sobre todo en verano, duermen largas y profundas siestas- para cazar pajaritos.

Y si el Pombero se cruza con algún chico vagando con esa intenciones -¡que no lleve, por Dios, una honda o gomera en la mano, o colgada del cuello!-, primero trata de disuadirlo, cosa que por lo general consigue. Pero, si no lo logra, ¿es capaz de llevárselo, separándolo para siempre de sus padres!

Por eso los chicos que conocen al Pombero respetan a los pajaritos de la selva, para que sigan alegrando con su canto, más y más generaciones de chicos y de grandes.

miércoles, 24 de marzo de 2010

KÓOCH, EL CREADOR DE LA PATAGONIA


Según cuentan los tehuelches, hace muchísimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol... solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas. Y en medio de ella vivía eterno, Kóoch.

Nadie sabe por qué, un día Kóoch, que siempre se había bastado a sí mismo, se sintió muy solo y se puso a llorar.

Lloró tantas lágrimas, durante tanto tiempo, que contarlos sería imposible. Y con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde.

Cuando Kóoch se dio cuenta de que el agua crecía y que estaba a punto de cubrirlo todo, dejó de llorar y suspiró. Y ese suspiro tan hondo fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar.

Algunos dicen que fue así, por los empujones del viento, que la niebla se disipó y apareció la luz, pero otros opinan que fue Kóoch el inventor de la claridad.

Cuentan que, en medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el extraño mundo que lo rodeaba. Se alejó un poco a través del negro espacio y, como no podía ver con nitidez, levantó el brazo, y con su gesto hizo un enorme tajo en las tinieblas.

Dicen también que el giro de su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol.

Xáleshen, como llaman los tehuelches al gran astro, se levantó sobre el mar e iluminó ese paisaje magnífico: la inmensa superficie ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerse bajo su tocado de espuma.

El sol formó las nubes, que de allí en más se pusieron a vagar, incansables, por el cielo, matizando el agua con su sombra, pintándola con grandes manchones oscuros. Y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente, y a veces en forma tan violenta que las hacía chocar entre sí.

Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos.

Luego Kóoch se dedicó a su obra maestra.

Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, y luego dispuso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces.

Y el viento, el sol y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kóoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar: el sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos... la vida era dulce en la pacífica isla de Kóoch.

Entonces el Creador, satisfecho, se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra tierra cercana y se marchó al horizonte, de donde nunca más volvió.

Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la Oscuridad.

Un día, uno de ellos, llamado Noshtex, raptó a la nube Teo y la encerró en su caverna.

Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrasando la tierra en una inmensa protesta...

Después de tres días y tres noches, Xáleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y apareció entre las nubes.

Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detrás de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kóoch las novedades, y Kóoch contestó:

-Te prometo que, quienquiera que haya raptado a Teo, será castigado. Si ella espera un hijo, ése será más poderoso que su padre.

A la mañana siguiente, apenas asomado, el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas, enseguida, se la contaron a Xóchem el viento, que corrió hacia la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oírla.

Y el chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú al zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma.

Después Xóchem sopló el mensaje en la puerta de las cavernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse.

Así escuchó Nóshtex las palabras de Kóoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. "Voy a matarlos", pensó, "voy a matarlos y a comérmelos a los dos".

Golpeó salvajemente a Teo mientras dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caverna, la despedazó.

Pero alguien más, adentro de la cueva, había escuchado a Xóchem. Era Ter-Werr, una tuco-tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta.

Dicen que fue ella la que salvó al bebé, la que, sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas, la que escondió al niño debajo de la tierra antes de que el gigante pudiera reaccionar...

Sin embargo, el refugio era demasiado precario.

Nóshtex cruzaba la caverna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorrito que apenas había visto, a ese hijo que en cuanto creciera iba a traicionarlo.

Entonces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales: ¿dónde esconder al bebé?, ¿cómo ponerlo a salvo del gigante?

Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto.

Que el Kíus, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, más allá del mar, había creado Kóoch antes de recluirse en el horizonte, y que propuso enviar allí al niñito. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta.

Una madrugada, cuando el hijo de Teo y el gigante estuvo listo para partir, Terr-Werr lo llevó hasta las inmediaciones de una laguna y lo escondió entre los juncos.

Desde allí llamó a Kíken, el chingolo, para que a su vez transmitiera el mensaje: todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron. Otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde. El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nóshtex se dirigió a grandes pasos hacia la laguna, pero el pecho-colorado, instruido por Terr-Werr lo distrajo con su canto. Por eso no llegó a tiempo para ver cómo el cisne se acercó al niño nadando majestuosamente y lo colocó sobre su lomo, ni cómo carreteó luego para levantar vuelo. Sólo alcanzó a distinguir en el cielo un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba decididamente hacia el oeste.

Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kóoch hacia la tierra salvadora de la Patagonia.

Fuentes varias de Internet.

martes, 23 de marzo de 2010

LEYENDA DE LOS SIETE EXPLORADORES

http://www.rupestreweb.info/rapa004.jpg

Isla de Pascua



Los historiadores han aceptado la existencia de Hotu Matúa y las circunstancias de su llegada a la Isla de Pascua. Y en este marco analizan el relato de los siete exploradores.

El mito señala que, precediendo al viaje de su rey y por instrucciones de un vidente, siete navegantes llegaron a la isla buscando un lugar adecuado para instalarse y sembrar ñame, (tubérculo base de la alimentación de los inmigrantes). Dos de ellos traían, además, un moai y un collar de madreperlas, que escondieron y que luego dejaron abandonados cuando regresaron a su tierra de Hiva. Sólo un explorador se quedó en la isla.

Varios estudiosos han rescatado de este mito algunos hechos comprobables: que cuando Hotu Matúa llegó a la isla, ésta ya estaba poblada; que ya existía en ella el ñame; y que también había moais.

Otros deducen además, que los siete exploradores simbolizan a siete generaciones que habitaron el lugar; o tal vez a siete tribus inmigrantes, de las cuales sólo una sobrevivió y se mezcló con la gente de Hotu Matúa.

Los hechos han permitido establecer que el rey Hotu Matúa murió 20 años después de su llegada a la isla y que le sucedió su hijo mayor, Tuu Maheke.

El último de esta dinastía fue Gregorio o Roroko he tau, llamado también el rey niño, que falleció en 1886, y aunque los pascuenses gustan de pensar que la sucesión dinástica no tuvo desvíos ni interrupciones, hay varios indicios de que el linaje dinástico tuvo muchas alteraciones.

Se sabe que poco después de los primeros polinesios llegó a la isla una segunda inmigración.

El origen de estos nuevos pobladores es polémico, ya que sus características raciales difieren de las de aquellos que entonces se consideraban “nativos”.

A los nuevos habitantes se les llamó Hanau eepe, lo que literalmente quiere decir “raza ancha”, y en efecto, éstos eran más corpulentos y robustos que los Hanau momoko o raza delgada que ocupaban desde antes el lugar.

Los Hanau eepe tenían muy desarrollados los lóbulos de las orejas razón por la cual muchos antropólogos los asocian con los incas y sus nobles orejones descritos por Francisco Pizarro en sus informes. Pero éste, como muchos otros es un misterio no desentrañado aún.

Por el momento, los orejas cortas y los orejas largas son protagonistas históricos de origen confuso, pero cuya existencia está afianzada con reales testimonios en el pasado.

Fuente: http://www.geocities.com/folclorechileno/mitosley.htm

lunes, 22 de marzo de 2010

EL PINO CORDILLERANO


Esta es una leyenda araucana, recogida por Berta Koessler en Neuquén, se refiere al pehuén o pino cordillerano o araucaria impricata, que forma densos bosques en los Andes Patagónicos del mencionado territorio, especialmente.

Según la misma cierta vez una ñiuke (madre india), viendo que el invierno llegaba y su esposo Kalfu-Kir (Lagarto Azul) no retornaba al calor de la ruca (choza indígena araucana), rogó a su hijo le buscara en todo el valle y más allá de las montañas.

El koná (joven), provisto por su madre de alimentos y abrigos, inició la marcha, que se hacía en medio del desolado ambiente. Un día por fin vio un pehuén, y como no podía seguir de largo sin hacerle una ofrenda, colgó de una de sus ramas los zapatos.

Prosiguió su marcha y se encontró con una tribu desconocida que, después de recibirle cordialmente, le robaron y lo ataron de pies y manos para que no pudiese moverse, expuesto a las furias del trapial o nahuel (tigre).

Su madre, que presentía la desgracia, salió a buscarle, y en el camino encontró primero los restos de Kalfu-Kir, por cuya razón se cortó los cabellos que cubrían su frente.

Luego prosiguió la búsqueda del muchacho. Mientras tanto, éste, estando a punto de expirar, vio en la lejanía un pehuén, y exclamó dolorosamente: "¡Oh, si tú fueras mi madre, tú bueno y verde árbol de dilatado ramaje! ¡Ñiuke, ñiuke, ven, ven!…

"Fue entonces que el pehuén desgarró sus raíces de la tierra y se acercó al indio. Le cubrió con sus ramas, le defendió de las fieras con sus espinas, y alejó la nieve que caía sobre su cuerpo.

Mientras llegó la abnegada mujer y le desató las ligaduras, haciéndolo revivir con sus caricias maternales. Agradeció ella al árbol su bondad y no sólo le dejó los zapatos que ya le había ofrendado su hijo, sino que le puso los suyos.

Entonces empezaron el camino de retorno, acompañados por el pino sagrado hasta donde fue necesaria su protección. Cuando se detuvo, dieron al lugar el nombre de Ñiuque porque "el hijo así había también llamado al árbol.

Más tarde -dice Koessler- hombres que no conocían el suceso, lo cambiaron por Neuquén, que es el nombre del lugar hoy día.

Algunos nativos, empero, dicen Ñudque, pero siempre significa: Madre.

De las semillas desprendidas, los sabrosos piñones, crecieron árboles que, como eran descendientes del árbol sagrado, se multiplicaron tan rápidamente que originaron densos bosques: nacieron del árbol madre, que recorrió todo el Mapu (mundo) para buscar al otro árbol, el pehuén macho, del cual se sentía emparentado.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/el-pehuen.html

domingo, 21 de marzo de 2010

PRAKASH QUERÍA VER A DIOS


PRAKASH era un hombre santo y estaba muy orgulloso de ser un hombre santo.

Como ansiaba ver a Dios, naturalmente se alegró muchísimo cuando Dios le habló en un sueño: "Prakash, ¿quieres verme y poseerme de veras?"

-"Por supuesto que quiero, replicó impaciente Prakash. Este es el momento que he estado esperando. Me contentaría incluso con un solo vislumbre vuestro"

-"Así será, Prakash. En la montaña, lejos de todos y de todo, te abrazaré".

Al día siguiente el hombre santo se despertó excitado después de una noche inquieta.

La vista de la montaña y la idea de ver a Dios cara a cara casi le obligaban a alzarse del suelo.

Entonces comenzó a pensar para sí mismo qué presente podría ofrecerle a Dios. Sin duda Dios esperaría un presente; pero, ¿qué podía encontrar digno de Dios?

-"Ya lo sé, pensó. Le llevaré mi hermoso jarrón nuevo. Es valioso y le encantará. Pero no puedo llevarlo vacío. Debo llenarlo de algo".

Estuvo pensando mucho y asiduamente en lo que metería en el precioso jarrón. ¿Oro? ¿Plata? ¿Diamantes u otras piedras preciosas? Después de todo, Dios mismo había hecho todas aquellas cosas, por lo que se merecía un presente mucho más valioso.

-"Sí, pensó al final; le daré a Dios mis oraciones. Esto es lo que esperará él de un hombre santo como yo. Mis oraciones, mi ayuda y servicio a los demás, mi limosna, sufrimientos, sacrificios, buenas obras".

Prakash se sentía ahora contento de haber descubierto justamente lo que Dios esperaría, y decidió aumentar sus oraciones y buenas obras, consiguiendo un verdadero récord de ellas. Durante las pocas semanas siguientes anotó cada oración y buena obra colocando una piedrecita en su jarrón.

Cuando estuviera lleno a rebosar lo subiría a la montaña y se lo ofrecería a Dios.

Finalmente, con su precioso jarrón lleno hasta los bordes de piedrecitas, Prakash se puso en camino hacia la montaña. A cada paso del camino se repetía lo que debía decirle a Dios. "Mira, Señorr: ¿te gusta mi precioso jarrón? Espero que sí, estoy seguro de que te gustará y que estarás encantado con todas las oraciones y buenas obras que he ahorrado durante este tiempo para ofrecértelas. Por favor, abrázame ahora".

Prakash siguió subiendo deprisa la montaña, donde tenía su cita con Dios. Repitiéndose todavía su discurso y jadeante ahora de expectación, llegó trémulo de ilusión a la cumbre.

Pero, ¿dónde estaba Dios? No se le veía en ningún sitio. "Dios, ¿dónde estás? Me invitaste aquí y yo he mantenido mi palabra. Aquí estoy; pero, ¿dónde estás tú? No me decepciones.

“Por favor, muéstrate". Lleno de desesperación, el santo hombre se echó al suelo y rompió a llorar.

Entonces, de repente, oyó una voz que descendía retumbando de las nubes: "¿Quién está ahí abajo? ¿Por qué te escondes de mí? ¿Eres tú, Prakash? No te veo. ¿Por qué te escondes? ¿Qué has puesto entre nosotros?"

"Sí, Sr. Soy yo. Soy yo, Prakash. Tu santo hombre. Te he traído este precioso jarrón. Mi vida entera está en él. Lo he traído para ti".

"Pero no te veo, ¿Por qué has de esconderte detrás de ese enorme jarrón?. No nos veremos de ese modo. Deseo abrazarte; por tanto, arrójalo lejos. Quítalo de mi vista. Arrójalo lejos. “Vuélcalo".

Prakash apenas podía creer lo que estaba oyendo.

¿Romper su precioso jarrón y tirar lejos todas sus piedrecitas?

"No, Señor. Mi hermoso jarrón, no. Lo he traído especialmente para ti. Lo he llenado con mis…

-Tíralo, Prakash. Dáselo a otro si quieres, pero líbrate de él.

“Deseo abrazarte, Prakash. Te quiero a ti".

Pedro Ribes, Parábolas y fábulas para el hombre moderno, Ed. Paulinas, Madrid, 1992