miércoles, 10 de febrero de 2010

EL CRESPÍN.


A lo lejos, la montaña imponente se levantaba como una franja azulada acercándose al cielo.

Las quebradas la recorrían en todas direcciones en pliegues profundos que llegaban hasta el valle, allí donde el pueblecito indígena, como formando parte de la misma montaña, vivía su vida recia, altiva y misteriosa.

Las casas, de grandes lajas colocadas las unas encima de las otras, sin cemento ni materia que las uniera entre sí, estaban formadas por muros anchos y poco elevados. Las habitaciones, cuadradas o rectangulares, tenían aberturas con marcos de madera de cardón.

En una de esas casas vivían Crespín y su mujer, Yurac, casados hacía poco tiempo.

Dedicados a las tareas de proveer a su nuevo hogar de los útiles y enseres necesarios, y a labrar la tierra para obtener el alimento indispensable, pocos eran los momentos del día que parecían ociosos.

Era entonces cuando hacían largas caminatas hasta el monte, las que aprovechaban para proveerse de frutos de chañar, de molle, de mistol y de piquillín, y de miel de lechiguana, de la que llenaban sendos cántaros de barro.

Crespín era muy hábil para labrar la tierra, trabajar el cobre, la plata y la piedra y para modelar la arcilla.

En piedra había pulido un hacha.

Su trabajo esmerado le valió la aprobación del cacique, cuya competencia en esta clase de menesteres era bien conocida. Se servía del hacha para cortar ramas de chañar y de algarrobo que empleaba luego en la construcción de telares, de armazones para cobertizos o cabañas, o que utilizaba para hacer el fuego donde cocinaban los alimentos.

Ídolos de barro cocido o esculpidos en piedra representando animales sagrados como ampatus, suris y víboras de dos cabezas figuraban entre sus trabajos preferidos, a los que se agregaban los cántaros de barro de las formas más diversas, que, pintados con guardas de colores, y cocidos, lo reputaban como un eximio alfarero.

Yurac, por su parte, se distinguía en el arte de la tejeduría. Hilaba la lana de vicuña y de guanaco con gran destreza y las telas que producía en su telar eran siempre perfectas.

Ambos esposos labraban la tierra, cultivando zapallos, papas, maíz y porotos.
Estos eran también los trabajos a que se dedicaban los restantes pobladores del valle calchaquí y que matizaban con ceremonias religiosas o fiestas a las que eran muy afectos.

Una de ellas, tal vez la más esperada, era la de la recolección de la algarroba, fruto tan apetecido y alimento tan completo que les proporcionaba pan y bebida.

Justamente en esa época, verano, los árboles cargados de frutos en sazón, señalaban la época de la cosecha.

Los coyuyos, por su parte, con el interminable concierto de sus violines incansables, que desde hacía días no cesaban de sonar de la mañana a la noche, eran como el alerta del algarrobal que en forma tan ruidosa avisaba a los habitantes del valle y de la sierra que sus vainas, doradas de madurez, se ofrecían generosas en promesa de nutritivo patay y de abundante aloja.

Esa mañana, muy de madrugada, una columna de hombres, mujeres y niños salió en dirección al monte de algarrobos llevando consigo los materiales necesarios para instalarse allí.

Iban contentos y dispuestos a despojar a los árboles de sus frutos azucarados con los que llenarían los depósitos en previsión de épocas de escasez.

Se instalaron en el monte. Allí levantaron sus toldos, los que ocuparían mientras se llevara a cabo la cosecha. Varios días duró la faena.

Una vez terminada la recolección, hombres y mujeres se dedicaron a los festejos que se realizaban todos los años en ocasión semejante.

Era la "Fiesta de la Algarroba", ritual que se ofrendaba a la Pachamama y que esta vez fue, como siempre, alegre y bulliciosa.

Ese día, muy temprano, grandes cantidades de vainas de algarroba, molidas, se habían puesto a fermentar en agua, llenando bilquis colocadas a la sombra de los árboles.

Horas más tarde, este líquido sería la tan codiciada aloja, bebida fresca que encendía el espíritu y alegraba el corazón, y que constituía con la chicha, el elemento principal de toda fiesta.

Llegó la noche, y a los sones de la quena y de la caja comenzaron los cantos y la danza

El entusiasmo fue en aumento a medida que los vasos repletos de aloja pasaban de mano en mano y su contenido desaparecía como por arte de magia.
En forma continuada cantaron y danzaron la noche entera.

Llegó un momento en que los bailarines, extenuados y turbados sus sentidos por las continuas libaciones, quedaron dormidos bajo los árboles, al amparo del follaje protector.

Así los sorprendió la aurora.

Días después, la vida cotidiana, sin variantes ni alternativas, había retomado su curso en la tranquila aldea indígena.

Los alfareros volvieron a modelar las vasijas de arcilla; las tejedoras a tejer mantas y yacollas de vicuña y de guanaco; los labradores a labrar la tierra, a recoger maíz, zapallos o papas; y los cazadores a buscar en el llano o en la montaña el guanaco, el suri o el armadillo que les sirvieran de alimento.

Fue uno de ellos, uno de los cazadores, el que dio la noticia.

En su peregrinar por valles y sierras, había oído hablar a los indígenas de otras tribus de la llegada de hombres extraños, de hombres blancos, que, manejando armas diabólicas, invadían los territorios de los indios, esclavizaban a los hombres, a los que obligaban a trabajar en su beneficio, y se hacían servir por sus mujeres.

Pronto corrió la noticia por toda la tribu.

Los rebeldes calchaquíes no podían admitir la idea de verse privados de su libertad y de las tierras que les pertenecían, y desde ese momento no se pensó en otra cosa que no fuera en prepararse para combatir a los invasores, dándoles su merecido.

El pueblo entero se dedicó a la fabricación de arcos de maderas flexibles, de flechas de piedra pulida con devoción, tarea ésta que realizaban dominados por el odio que les merecía el extranjero.

Unidos en su ideal de amor a la tierra de sus antepasados y a su propia libertad, los calchaquíes, raza belicosa y valiente, se preparaban para dar su merecido a los invasores, haciéndose el firme propósito de vencer o morir en la contienda.

Crespín, uno de los más valientes guerreros de la tribu, pulía con ensañamiento, puede decirse, su flecha de obsidiana, y cada golpe a la piedra era una tácita, pero real, promesa de lucha a muerte.

Junto a él, su mujer, Yurac, lo incitaba a la pelea en defensa de sus más legítimos derechos.

Pasaron varias lunas. Las noticias de la llegada de los extranjeros eran cada vez más desalentadoras. Se acercaban, y a su paso, los pueblos eran dominados por sus armas poderosas.

Las flechas fabricadas por Crespín sumaban ya una gran cantidad, pero no había una sola entre todas ellas que no llevara entre sus bordes aserrados el mismo valiente y leal propósito: expulsar al enemigo, guardando intacta y con el mayor celo la tierra de los antepasados.

Y llegó el día en que se tuvo la certeza del momento decisivo: los extranjeros estaban muy cerca.

El Consejo de Ancianos se reunió de inmediato y se tomaron decisiones inminentes.
Los guerreros prepararon sus armas, se alistaron, se impartieron órdenes para organizar la lucha...

Era necesario esperar a los invasores en la montaña, allí donde el indio encontrara una defensa natural que lo pusiera a cubierto de los ataques de los blancos. Estos, por el contrario, preferían el llano para combatir, pues la montaña, con sus vericuetos desconocidos, con sus hondas quebradas y sus peligrosos desfiladeros, favorecía las emboscadas de los naturales, profundos conocedores de sus secretos y de sus posibilidades.
Ya se hallaban todos preparados. Entre ellos se distinguían los jefes, en cuyas cabezas lucían la vincha sosteniendo la pluma roja que los señalaba como tales.

Allí estaba Crespín, valiente y decidido, que, al despedirse de su esposa, sintiendo bullir en su sangre guerrera el entusiasmo por la lucha, prometió:
-¡Hasta la vista, Yurac! ¡Venceremos a los invasores y los arrojaremos de la tierra de nuestros antepasados! ¡No abandonaremos la lucha hasta haberlo conseguido! ¡Si así no sucediera, si nuestros genios protectores nos abandonaran, una de mis flechas acabará con mi vida! -agregó con amargura.

-¡Vuelve victorioso, Crespín! El honor de nuestra raza reclama el valor y el arrojo de sus hijos. Él está en vuestras manos, heroicos guerreros del cacique Callpanchay...

-Si no volviera... -continuó más bajo Crespín- ¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la tuya...

Yurac bajó la cabeza. Las lágrimas daban a sus ojos renegridos un brillo de azabache que intensificaban el deseo y la esperanza del triunfo.

-Volverás, Crespín... volverás... -pudo musitar apenas.

Se despidió el guerrero. Desde lejos, las huankaras, con sus sones monótonos y graves, llamaban a la lucha.

Crespín, bravo y decidido, marchó al combate.

Los picos nevados de la cordillera fueron testigos de largas caminatas por el llano y de penosas marchas por los escarpados senderos y vericuetos de la montaña, realizados por los guerreros.

Muchos habían quedado en el pucará para impedir la entrada de los extranjeros a la aldea indígena donde quedaban sus mujeres y sus hijos.
Los otros, continuaban adelante.

Entre estos últimos iba Crespín, cuyo valor y entusiasmo lo colocaban siempre en primera línea.

Pasaron varias lunas y los guerreros no habían vuelto aún.

Pero una noche en que la luna, desde el cielo, con la mansedumbre de sus rayos de plata, velaba sobre el pueblito indígena, la tranquilidad de la aldea fue interrumpida por los gritos de uno de los muchachos que, llegado del Pucará, traía una noticia que encerraba una esperanza:
-¡Ya vienen! ¡Ya vienen! -no cesaba de gritar.

Por la quebrada del Runaorko bajaban los guerreros. De lejos se los veía como una sierpe enorme deslizándose por la falda de la montaña.

A mediodía, cuando el sol enviaba sus rayos más fuertes a la tierra, llegaron los guerreros de Callpanchay.

Los recibieron con estridentes gritos de júbilo. Parecía que habían vuelto todos... Los dioses los habían protegido permitiéndoles el regreso.
Sin embargo, no estaban todos.

Yurac, con mirada ansiosa buscó a su marido. No lo halló. Preguntó angustiada.

Allpacinchi le respondió: -Crespín, osado como siempre, sin medir las consecuencias de su impulso, en un arranque de audacia y de rebeldía, protegido por las sombras de la noche, corrió al campamento extranjero decidido a dar muerte al jefe de la expedición.

Yurac lo escuchaba ansiosa, temiendo conocer el fatal desenlace de tan arriesgada aventura.

Allpacinchi continuó:

-Crespín fue descubierto antes de lograr su intento y tomado prisionero. Pero su rebeldía y su orgullo lo obligaron a realizar una acción desesperada. Tomó la flecha envenenada que llevaba en previsión del fracaso de sus planes y en el silencio de la noche y en la soledad del calabozo donde fuera recluido, se la clavó en el corazón.

Un sollozo contenido se escapó del pecho de Yurac, que, creyendo morir, volvió a su casa, y allí se entregó a la más cruel desesperación, llorando amargamente.

Cuando se hubo calmado, recordó a su marido los momentos felices vividos en él, sus conversaciones, sus consejos...

De improviso se reprodujeron en su mente las palabras de Crespín antes de partir: -Si no volviera... ¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la tuya...
Esas fueron las últimas palabras oídas a Crespín. Agradeció Yurac a los genios tutelares que las habían traído a su memoria, y decidió cumplir el deseo del esposo.

Sonrió dulcemente, como si hubiera hallado la forma de unirse a su marido, tomó la yacolla, la pasó por su cabeza y así defendida y preparada para soportar los fríos intensos de la cordillera, salió en dirección a la montaña, en dirección al lugar donde había quedado Crespín.
Mucho tuvo que andar, muchos fueron los peligros a que estuvo expuesta, pero nada logró detenerla. Un propósito firme la sostenía y le daba fuerzas: iba en busca de Crespín y tenía que hallarlo.

Cuando llegó al lugar donde su esposo encontró la muerte, lo llamó con suavidad: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Nadie le respondió. Nadie acudió a su llamado ansioso.

Volvió a repetir el nombre amado, esta vez con mayor energía, con el propósito de que su voz llegara hasta los confines de la montaña. Fue en vano. Nadie respondió a sus llamados insistentes...

Medio enloquecida por el dolor y la desesperación, corrió en todas direcciones, repitiendo angustiada:

-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!

El resultado fue el mismo. Ni una voz, ni una respuesta en esas soledades. Sólo el eco se encargaba de reproducir el doloroso llamado que era ya un lamento:

-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!

La razón de la infeliz Yurac comenzó a nublarse. Su desesperación la llevó hasta la locura, impulsándola a recorrer en carreras locas la montaña, el llano y la quebrada, repitiendo sin cesar la única palabra que eran capaces de pronunciar sus labios: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

En su extravío, vio de pronto una mancha oscura en la cima de la montaña. Creyendo que fuera por fin su marido, intentó llegar hasta él y siguió su ascensión por las escarpadas laderas, sin sentir las piedras que se clavaban en sus pies y desgarraban sus manos.

Sólo el hambre, la sed y la fatiga la vencían. Entonces, caía al suelo rendida y al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos por llegar a la cumbre, lloraba su desgracia, desesperanzada e impotente.

Al pasar los días, su aspecto se fue transformando. Su piel, merced a los rigores del clima y a los vientos recios que soplan continuamente en la montaña, se fue endureciendo y secando su rostro enjuto del que resaltaban los ojos, rojos y cansados de tanto llorar.

Sus ropas, deshechas por las piedras, caían en sucias hebras de lana que apenas la cubrían.

Un único indicio de vida quedaba en ese cuerpo desfallecido y aniquilado que sólo alentaba para repetir incesante: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Un día no pudo levantarse más. Estaba extenuada. Sus ojos, en ansiosa mirada hacia la cumbre, expresaban su angustioso deseo de llegar.

Levantó con dificultad sus brazos en un último, desesperado esfuerzo, y entonces, sin poder creer en lo que le ocurría -tan maravilloso era-, se sintió levantada por una fuerza poderosa... los jirones de sus ropas se transformaban en plumas de color pardo, como el de la yacolla que la cubría, y sus brazos, convertidos en dos alas, la ayudaban a elevarse más y más en el espacio...

Una alegría inmensa la invadió. ¡Ahora sí que podría llegar hasta la cima! ¡Ahora sí que podría reunirse con su esposo que allí la esperaba! Su deseo se convertiría en realidad.

La esperanza volvió a su alma y en un grito, mezcla de contento y de dolor contenido, no cesó de llamar: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Desde entonces, este pájaro, nacido de la conjunción del amor y de la fidelidad de una esposa, deja oír el tono lastimero de su grito, llamando al esposo que aun no ha podido encontrar: -¡Crespín...! ¡Crespín...!

Referencia
El Crespín pertenece a la familia de los cucúlidos.

Es un ave de plumaje pardo ceniciento; en el pecho, blanco pardusco, lo mismo que en la garganta y el abdomen. Tiene una estría blanca sobre los ojos.

Se caracteriza por tener el pico fuerte, de tamaño regular y un poco encorvado hacia abajo, sobresaliendo el maxilar superior.
Las alas son cortas y la cola larga, abierta.

Es ave inquieta, errante y desconfiada, que habita en bosques y montes, aprovechando para vivir los nidos de otras aves.

Pone huevos blancos.

Tiene un grito triste, en cuya interpretación se origina su nombre.
En Santiago del Estero, la mayoría lo llama Crespín, otros: Chic-kin, Chid-kin, Chip-kin o Chif-kin; en Corrientes, Chochí; los guaraníes le decían Che-cy.

Es notable cómo engaña con su grito en lo referente al lugar donde se encuentra.
Vive escondido en los montes, dejándose ver y oír, preferentemente por la tarde, de noviembre a enero, época que coincide con la cosecha, volando muy veloz sobre los trigales maduros.

Siempre anda solo.

El naturalista argentino Dr. Eduardo Holmberg observó que su canto tristísimo, es diferente cuando hay mal tiempo, y cuando esto sucede, anuncia lluvia con dos horas de anticipación.

Díaz Usandivaras señala que no canta, sino que silba.

En nuestro país habita en Córdoba, Santiago del estero, Tucumán, Salta, Catamarca, la Rioja, Chaco, Formosa, Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires.

VOCABULARIO

Yurac: Blanca

Ampatu: Sapo

Suri: Avestruz

Coyuyos: Cigarras de la algarroba

Patay: Especie de pan hecho con harina de algarroba

Aloja: Bebida que se obtiene poniendo a fermentar en un poco de agua las vainas de algarroba, molidas

Lechiguana: Avispita que fabrica miel

Pachamama: Diosa que adoraban. Madre Tierra

Bilquis: Tinajas

Quena: Instrumento musical, especie de flauta de caña

Caja: Especie de tambor

Yacollas: Ponchos

Pucará: Fuerte.

Huankara: Caja, especie de tambor

Allpacinchi: Tierra fuerte

Chañar, Molle, Mistol, Piquillín: Nombres de árboles


lunes, 8 de febrero de 2010

FAROL DE MANDINGA

Dibujo, Carmen Ocaranza Zavalía

Entre las supersticiones y leyendas de la gente del campo o de los cerros está la de la "luz mala" o "Farol de Mandinga", mito con trascendencia religiosa que se extiende por casi todo el Noroeste Argentino.


En algunas épocas del año (generalmente las más secas) se suelen ver de entre las pedregosas y áridas quebradas de los cerros del oeste tucumano (Mala Mala, Nuñorco, Muñoz, Negrito, Quilmes, etc), a la oración -de tarde-, o cuando los últimos rayos del sol iluminan las cumbres de los cerros y el intenso frío de la noche va instalándose en los lugares sombreados, una luz especial, un fuego fatuo; producto de gases exhalados por cosas que se hallan enterradas conjugados con los factores climáticos; a ella -con terror y morbosidad- los lugareños denominan "luz mala" o el "farol del diablo".


El día de San Bartolomé (24 de agosto) es el más propicio para verlos, ya que es cuando parece estar más brillante el haz de luz que se levanta del suelo y que, por creencia general, se debe a la influencia maligna, ya que popularmente estiman que es el único día en que Lucifer se ve libre de los detectives celestiales y puede hacer impunemente de las suyas (Ambrosetti, "Supersticiones y leyendas").


La luz es temida también por que imaginan ver en ella el alma de algún difunto que no ha purgado sus penas y que, por ello, sigue de esa forma en la tierra.


Generalmente nadie cava donde sale la luz por el miedo que ésta superstición les ha producido, los pocos que se han aventurado a ver que hay abajo de la luz siempre han encontrado objetos metálicos o alfarería indígena -muchas veces urnas funerarias con restos humanos, lo que aumentó el terror- que al ser destapada despide un gas a veces mortal para el hombre, por lo que los lugareños aconsejan tomar mucho aire antes de abrir o sino hacerlo con un pullo -manta gruesa de lana- o con un poncho, de suerte que el tufo no llegue a ser respirado.


Cuenta don Hipólito Marcial que: "La luz blanca que aparece en la falda del cerro es buena, donde entra hay que clavar un puñal y al otro día ir a cavar... va a encontrar oro y plata. De la luz roja huyan o recen el Rosario, se dice que es luz mala, tentación del diablo".


EL YASIYATERE, el duende


Yasí-yateré o Yací-yateré es el nombre de un pajarito que vive en las selvas del nordeste argentino, cuyo silbido monótono se oye al amanecer y anochecer, y también el nombre de un duende.


En noches de luna, en Enero, se oye un silbido: yateré... yateré... cada vez más cercano, cada vez más fuerte; entonces, las madres cuidan de no dejar solos ni un sólo momento a sus hijos pequeños.


Aparenta ser un criatura de entre 2 y 6 años, de cara bonita, rubio, ojos azules o amarillos, sin orejas. Tiene un olor muy fuerte y desagradable.


Rapta niños que encuentra solos al mediodía o a la siesta. Sólo se lleva a los varones, a las mujercitas, por lo general las deja pues tienen el pelo tan largo como él.


Lame sus frentes para quitarles el bautismo.


Al rato de jugar un rato con ellos, los abandona envueltos en lianas y enredaderas, y los niños quedan mudos, atontados presa del su encantamiento.


Todos los años, para el aniversario del rapto, los chicos sufren ataques de epilepsia, para curarlos hay que bautizarlos de vuelta, cosa que no siempre funciona.


El Yasí-yateré usa un gorro o boina roja. Su ropa es amarilla.


Alrededor de su cuello tiene muchas llaves de oro y cinco anillos en los dedos.


Lleva una varillita mágica, un bastoncito de oro muy brillante en el cual reside todo su poder; si alguien logra quitárselo comienza a llorar, pidiéndolo.


Sin su bastón se debilita.


Cuando camina queda solo la huella del pie izquierdo, el derecho no se ve. Vive en lo profundo de la selva y come solamente huevos, miel y fruta.


Es dueño de muchísimas alhajas y de tesoros.


sábado, 6 de febrero de 2010

LA ANATA, CARNAVAL ANDINO


El Carnaval Andino se realiza siete semanas antes de Semana Santa.


La anata aymara (que empieza y termina un domingo), más conocida como carnaval, es una de las festividades más difundidas en la comunidad andina. Esta celebración está íntimamente ligada a las chacras pues se rinde culto al padre de ella ispallanaka.

La festividad se mezcla de concepciones cristianas.


La personificación del carnaval en un viejo o una vieja (ño carnavalón), la festividad con música de tarkas (que sólo puede ser tocada en épocas de lluvias), serpentinas y challa.


Anata Aymara


"La ch'alla de la Pachamama"

El mundo andino está organizado principalmente por el tiempo de producción agrícola de la papa. Dicho tubérculo andino significa la misma vida para los aymaras y es uno de los pilares que sustenta su sistema social, muy relacionado con el respeto a la naturaleza. Toda esta cosmovisión se traduce en la celebración de la fiesta aymara del Anata o juego en la traducción aymara.


El Anata o "juego" ritual agrícola se realiza en época de Jullapacha o lluvias. Para los aymaras es el tiempo femenino, tiempo de la Paxsi Mama (Luna) y de la Pachamama.

Todos los ritos están dirigidos a las sayañas y aynoqas de la papa, la quinua, la arveja y todo lo que en este tiempo esté floreciendo.


El Anata comienza el 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria, con la bendición de los productos agrícolas y fundamentalmente de la papa.


Todas las comunidades andinas se reúnen este día para agradecer simbólicamente a la Pachamama por la primera cosecha que se realizará después del Anata.


En la celebración se agradece la generosidad de la Pachamama y la papa con el ritual de la Ch'alla, en la que se usa azúcar, alcohol, flores, mixtura y vino.


A partir de esta celebración la producción agrícola, la vida y la muerte de las familias aymaras está sellada. Por ello esta fiesta es un ritual muy importante en el plano simbólico de la fertilidad, tanto de la actividad agrícola como la de los animales domésticos.


Después de la fiesta de La Candelaria, los comunarios y el sindicato se preparan para recibir a los Achachilas y a la Pachamama que cohabitan en los parajes, el campo, la casa y en los animales. Los preparativos se hacen en la familia, hay que estrenar ropa nueva, hay que visitar a los padrinos, a los compadres, hay que ir a la ciudad a comprar la mixtura, confites, serpentina, alcohol, vino, azúcar, frutas, globos para los niños.


Las autoridades se preparan para reunirse en comunidad, ch'allar la escuela, las carpas solares, el puesto médico, todo lo que es de la comunidad.


En algunos pueblos, se organizan prestes entre los comunarios y los familiares que viven en la ciudad. Los hermanos, los tíos, los padrinos que un día salieron a la ciudad de El Alto a buscar trabajo o se convirtieron en comerciantes prósperos o simples empleados de Estado.


La fiesta del Anata es un puente que restablece los lazos culturales con el rito y la familia.


Jisk'a Anata:


El Jisk'a Anata (juego pequeño) es el que se realiza en familia el domingo y lunes de carnaval, días dedicados a restituir los lazos familiares.


Es decir, hay que ch'allar las sayañas de la familia, los animales, las herramientas, la casa, etc.

También en algunos casos se realizan visitas entre familias; los ahijados van donde sus padrinos muy temprano y les agasajan en medio de juegos.


Bailan, toman, degustan manjares de la época y algunas veces t'iqanchan (adornar o marcar) con lanas de colores a los animales.


Este día en el lugar más vistoso de la casa se coloca una wiphala blanca, como mostrando a toda la comunidad que están celebrando el Jisk'a Anata.


Jach'a Anata:


En el Anata hay un día de festejo para el pueblo.


Las comunidades tanto de Alasaya (arriba) y Masaya (abajo) se reúnen en el taipi (centro) en la Marca (pueblo).


Los dirigentes del sindicato, al mando del Jilaqata, se reúnen con sus representados. Se organizan juegos deportivos entre comunidades, la ch'alla de la escuela, la posta sanitaria, las carpas solares, todo aquello que pertenece y sirve a la comunidad.


Para el Jach'a Anata llegan los residentes de la ciudad con una comparsa de los ch'utas. Son recibidos por las autoridades comunales. Luego pasan a festejar y adornar a las autoridades con phillos (adornos de pan, pasanqallas y frutas que se colacan en el cuello del Jilaqata y Mama T'alla), serpentinas, mixtura; y bailan durante varios días, animados con banda de cobres, pinquillos, tarqas y moceños.


El Anata es tiempo de florecimiento de los productos agrícolas, en agradecimiento a la Pachamama (tierra), por eso también se realizan libaciones, se adornan las chacras y se baila y danza alegremente alrededor de las siembras.


La palabra Ch'alla es un término aymara que quiere decir "echar".


En este sentido, es una acción de esparcir, rociar elementos simbólicos tradicionales sobre la tierra como ser bebida espirituosa, coca, flores, frutas, etc.


Desde tiempos inmemoriales, en el Anata los aymaras realizan la ch'alla de las chacras, los ganados, las herramientas, en solemne pago a la Pachamama y los Achachilas por su protección y sus bendiciones.


Cacharpaya o Tentación:


La despedida o cacharpaya es el próximo domingo después del Anata. Es conocido también como domingo de tentación, pues, según se dice, despierta la tentación de robarse una warmi (mujer), para jaqicharse (hacerse de familia).


Todos salen bailando al cerro más alto llamado Munaypata (cerro del amor), allí las tawaqos (mujer joven) son tentadas por los waynuchos (joven soltero) para irse a su uta (casa).

Es el tiempo propicio para contraer nupcias, para la fertilidad y tener hijos.


Con el Anata se despide el período de lluvias, y se retorna al círculo de siembra y cosecha.



Por David Mendoza

Fuente: http://www.bolivia.com/empresas/cultura/Fiestas_Tradicionales/Anata_aymara.asp


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/06/la-cacharpaya.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/01/la-cacharpaya-danza.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/la-cacharpaya.html

viernes, 5 de febrero de 2010

EL ORIGEN DE LA CONFEDERACIÓN INCAICA




Pachacutej, dios de todas las cosas y Hacedor Supremo, dispuso en cierta ocasión que el Sol y la Luna, siempre tan distantes el uno del otro, tuvieran contacto, siquiera por unos momentos, y se conocieran para entablar amistad.


Y tal como lo dispuso sucedió.

El Sol y la Luna se acercaron, y los hombres, entonces, ajenos a los designios del Supremo Hacedor, comprobaron únicamente que una enorme mancha oscura aparecía sobre la superficie del astro rey.

Esta sombra, que aterrorizó a todos los humanos, persistió mientras la Luna y el Sol estuvieron juntos para conocerse y amarse.

Antes de separarse, nacieron de sus amores dos hijos: un varón, fuerte y dorado de piel, y una delicada y pálida doncella de misteriosa bellaza. Ambos predestinados a cumplir en el mundo una difícil misión, se establecieron en el lago Sagrado, de donde recibieron del Sol las órdenes de dominar el mundo y convertir a los hombres en siervos del rey de los astros.


Los dos hermanos, obedientes a la consigna recibida, marcharon por el mundo y se encontraron con la presencia de unos hombres cubiertos con pieles de animales salvajes, hambrientos y luchadores, como las mismas fieras. Comprendieron entonces que su misión consistiría en redimirlos de aquella esclavitud de la naturaleza indomable, y decidieron enseñarles el contenido de una nueva vida.


El hijo del Sol subió a lo alto de la colina Huanacauti, y desde la misma cima habló a todos los hombres que le escuchaban en las laderas. Les hizo saber que él era hijo del gran astro que daba la vida al mundo y que venía enviado por su padre para enseñarles a trabajar y a formar una sociedad en la que llegarían a gozar de una vida mil veces mejor.


Mientras esto hablaba a los hombres el hijo del Sol, su hermana se dirigía a las mujeres en el mismo sentido, dándose a conocer como enviada e hija de la Luna. Las reunió en el llano y les prometió enseñarles a vivir una existencia mejor por medio del amor, la bondad y la prudencia.


Los hombres y las mujeres, desde aquel día, empezaron a cambiar su vida y agradecieron el favor que los hijos del Sol les habían hecho redimiéndolos.


A él le llamaron "Inca"; es decir, emperador, príncipe, suprema jerarquía. Y a ella, Mamauchic, o lo que es igual, "madre nuestra".


Pero conforme pasaban los días y crecía el agradecimiento de los hombres hacia el enviado del Sol, se sentían más inclinados a adorarle y a demostrarle el amor que le profesaban con un sin fin de adjetivos que fueron poco a poco añadiendo a su nombre.

Le llamaron Manco-Capaj, que quiere decir "rico en justicia y en bondad", y también Zapallan-Inca, que significa "señor de los señores".


Desde el río Pancarpata al Apurimac, los hombres iban construyendo el Imperio Inca bajo las indicaciones de Manco-Capaj.

Las cabañas de barro y paja poblaron poco a poco todo el Tahuantin, que desde entonces empezó a llamarse Hanan y Hurin Cuzco.

Los campos eran trabajados de tal forma, que todos podían comer hasta saciarse. Eran los hombres los encargados de la labranza y los que proporcionaban, por lo tanto, la comida, mientras las mujeres, que habían aprendido a hilar, tejían los vestidos.

En poco tiempo, la vida de los Incas quedó perfectamente organizada, convirtiéndose socialmente en un pueblo admirable: tenían sus hogares seguros, comían en abundancia y se abrigaban del frío en invierno, sin necesidad de luchar con las fieras.

El Sol, entonces, comprendió que su hijo había cumplido ya su misión en el mundo, y quiso arrebatarlo de allí.

Manco-Capaj, como un ser humano cualquiera, cayó enfermo y entró en agonía rápidamente. Previendo su muerte, todos los habitantes del Cuzco, entristecidos, fueron desfilando ante su lecho para despedirse de él. Los sacerdotes y los soldados no podían contener el llanto.

Y Manco-Capaj, viendo la tristeza de todos, trataba de consolarles y hasta su último momento estuvo aconsejando que se mantuvieran, como hasta aquel momento, fieles cumplidores de sus deberes; que, para mantener entre todos, la paz y la armonía, se comportaran bien entre sí y trabajasen. Que no robaran nunca y que no mintieran, porque cualquier cosa mala que hicieran tendría para ellos consecuencias fatídicas.

Así murió Manco-Capaj, a quien su padre, el Sol, reclamaba para sí. Pero aseguran los habitantes de Cuzco que nunca desde entonces se olvidaron de él y que cumplieron fielmente sus consejos.



jueves, 4 de febrero de 2010

EL UTURUNCO




EL UTURUNCO


Algunos dicen que:

Es un hombre que vendió su alma al Diablo para convertirse en "tigre".

Para convertirse en el animal, extiende un cuero de tigre sobre el piso y girando sobre él dice unas palabras mágicas.

Posee una gran fuerza y ferocidad y por su inteligencia ataca a los hombres sin que ellos se den cuenta siquiera.

Devora todo tipo de animal, por lo general los más grandes y gordos.
Cuando se lo mata recobra su forma humana.

Otra forma de romper el encanto o combatirlo es quemando el cuero que le da el poder.

miércoles, 3 de febrero de 2010

BRAHMA


Brahma nace al principio de la gran era cósmica dentro de una flor de loto que surge del ombligo de Vishnu.

Luego de nacer, Brahma comienza a recitar los Vedas, manifestando una nueva versión del mundo.

Brahma como divinidad surge en a época de las Upanishad, alcanzando su esplendor en los siglos II y I a.C.


Brahma es la primera divinidad de la tríada hindú formada con Vishnu y Shiva.


En esta trinidad, Brahma representa el equilibrio entre las fuerzas opuestas de Vishnu y Shiva, al tiempo que es una deidad que todo lo engloba y que está detrás de todos los dioses.


Se le atribuye a Brahama la creación del mundo y se le suele representar con cuatro rostros mirando hacia los cuatro puntos del espacio.


Esto es a su vez, símbolo de los cuatro Vedas o las cuatro edades del mundo.


En su mano lleva un vaso de agua y cabalga sobre una oca salvaje.


martes, 2 de febrero de 2010

COATLICUE


Coatlicue o “La de la falda de serpientes,” era la diosa azteca de la vida y la muerte, de la tierra y de la fertilidad.


Ella es la Madre Universal y los aztecas le dedicaron toda su devoción.


Su representación más conocida es una figura antropomorfa que lleva una falda de serpientes y un collar de manos y corazones, arrancados de las víctimas.


Su cabeza se forma por dos serpientes enfrentadas, símbolo de la dualidad, un concepto básico en la cosmovisión de las civilizaciones precolombinas.


Coatlicue era una diosa feroz, sedienta de sacrificios humanos.


Sus afiladas garras en manos y pies remiten a la ferocidad del jaguar, animal sagrado por excelencia, y las serpientes que la cubren, sustituyendo incluso partes de la anatomía, simbolizan a la humanidad.


Coatlicue fue madre de todo y de todos, incluso de los dioses aztecas, como el dios de la guerra y el sol Huitzilopochtli.


La leyenda dice que quedó embarazada de él cuando una pluma entró en su vientre mientras ella estaba barriendo.


Esta misteriosa concepción ofendió a sus otros cuatrocientos hijos, pues una diosa podía concebir hijos con otros dioses solamente, por lo que alentados por su hija, la diosa Coyolxauhqui, decidieron matar a su deshonrada madre.


Así fue que le cortaron la cabeza a Coatlicue, pero en ese mismo momento, Huitzilopochtli nació armado y mató a muchos de sus hermanos y hermanas, cuyos cuerpos se convirtieron en estrellas.


A Coyolxauhqui la desmembró y arrojó su cabeza al cielo, donde pasó a ocupar el lugar de la luna, mientras que el resto del cuerpo fue a parar a la profunda y oscura garganta de una montaña, donde permanecería por toda la eternidad.


En el Museo de Antropología e Historia de la Ciudad de México se puede ver a la colosal Coatlicue, la Diosa Madre aparece aquí representando en sí misma al universo de las realidades divinas y humanas.


Las culturas precolombinas, observando los cambios de la naturaleza, comprendieron que a lo largo del año había una temporada de sequías y otra de lluvias, es decir, de vida y muerte en un ciclo constante.


Este concepto de dualidad quedó plasmado en la concepción del universo, en sus dioses mismos y en el quehacer cotidiano.


Coatlicue sintetiza esta cosmovisión del hombre mesoamericano, su mundo de opuestos y complementarios y el deber de mantener el equilibrio universal.



Foto vía: artehistoriaciencia

28-02-2009 -Anabella Squiripa



lunes, 1 de febrero de 2010

EL POMBERO


Algunos dicen que parece un hombre alto, flaco, de abundante vello y que luce un enorme sombrero de paja y, a veces, andrajoso y con una bolsa al hombro.


Otros lo pintan petiso, retacón, gordo, negro, peludo y feo.


En Paraguay se lo describe como un niño rubio que anda por los árboles con un bastón en la mano, o como un enano fornido que camina con los pies para atrás para despistar a los que pretendan seguirlo (fundiendo tal vez su figura con la del Yasí-Yateré).


Tampoco se ponen de acuerdo con su nombre: en el litoral argentino lo llaman Pombero (nombre derivado del verbo "pomperiar" o "espiar"), aunque en algunas zonas de Corrientes se usa el vocablo guaraní Py-ragüe, "pies con plumas". En Paraguay le dicen Karai-pyhare, el "señor de la noche". Y otras versiones, menos generalizadas, lo presentan como Kuarahy-Yara, (léase Cuarahú-Yará), el "Dueño del Sol", un viejo color rojo con un solo ojo en el medio de la frente, dientes de perro, brazos largos y manos muy grandes. Así se lo emparenta con el mito mbyá del sur de Brasil.


Casi todos acuerdan en que tiene la boca grande y alargada y los dientes muy blancos; los ojos chatos, como los del sapo, que miran fijo, como la lechuza; y las cejas de pelo largo. Que pía y silba como un pájaro y camina sin hacer ruido.


Lo cierto es que al Pombero, Señor de los Pájaros y de la Noche, muy pocos lo han visto en persona. Y sin embargo, es el duende más popular y multifacético de la región guaraní.


En sus inicios era el genio protector de los pájaros de la selva, sin embargo a través del tiempo fue adquiriendo las más diversas habilidades: se mimetiza con facilidad transformándose en indio, tronco o camalote; puede hacerse invisible cuando quiere, puede deslizarse por los espacios más estrechos y aun atravesar el ojo de las cerraduras; puede correr en cuatro patas, es ventrílocuo y puede imitar el canto de todas las aves de preferencia las nocturnas, el silbido de los hombres y de las víboras y el grito de los animales. Puede incluso tomar la forma de cualquier animal: algún viajero ha dicho que a la distancia parece un carpincho parado en las patas traseras. Se dice que habita en el monte, en casas abandonadas o taperas y que le gusta pasear en los meses de octubre y noviembre, cuando empieza el calor en la zona guaraní.


Incluso se habla de un pombero llamado el Dueño de Octubre que aparece una vez, el primero de ese mes, armado con un rebenque con el que azota a todo aquel que no coma en su honor hasta atragantarse.


Las versiones modernas, en general lo dan como a un hombre bajo y retacón que puede perjudicar, pero que puede hacerse amigo de los campesinos que le ofrecen tabaco y algún alimento, y en ese caso les hace grandes favores.


Es común a la tradición popular del Paraguay. Debemos agregar que en la sociedad paraguaya y guaraní, el Pombero tiene una significación mayor: él es el responsable del nacimiento de los niños extramatrimoniales, visto desde el lado "occidental".


El relato paraguayo es que el Pombero llega de noche a la casa donde existen mujeres solas, y que si ellas no les dan un cigarrillo y un poco de vino, con sólo tocarles el vientre las embaraza.


domingo, 31 de enero de 2010

EL BARCHILA


Duende que se aparece en la iglesia de la localidad salteña de San Carlos, acecha a las mozas y apedrea casas, desordena roperos, vuelca ollas y tumba muebles, entre otras travesuras.


Los sábados por la noche recorre las pulperías propinándoles palizas a los borrachos.


Abandona eventualmente este hábito cuando se enamora de alguna moza.


En este caso resulta difícil alejarlo: ella deberá abandonar su casa hasta que el Duende la olvide o, de otra manera, realizar, en presencia de su enamorado, algún acto vergonzante.