Cuando el Sol y la Luna se encontraron por primera vez, se apasionaron perdidamente y a partir de ahí comenzaron a vivir un gran amor.
Sucede que el mundo aun no existía y el día que Dios decidió crearlo, les dio entonces un toque final... ¡El brillo!
Quedó decidido también que el Sol iluminaría el día y que la Luna iluminaría la noche, siendo así, estarían obligados a vivir separados.
Les invadió una gran tristeza y cuando se dieron cuenta de que nunca más se encontrarían, La Luna fue quedándose cada vez más angustiada. A pesar del brillo dado por Dios, fue tornándose Solitaria.
EL Sol a su vez, había ganado un título de nobleza "Astro Rey", pero eso tampoco le hizo feliz.
Dios, viendo esto, les llamó y les explicó: - No debéis estar tristes, ambos ahora poseéis un brillo propio. Tú, Luna, iluminarás las noches frías y calientes, encantarás a los enamorados y serás frecuentemente protagonista de hermosas poesías. En cuanto a ti, Sol, sustentarás ese título porque serás el más importante de los astros, iluminarás la tierra durante el día, proporcionaras calor al ser humano y tu simple presencia hará a las personas más felices.
La Luna se entristeció mucho más con su terrible destino y lloró amargamente... y el Sol, al verla sufrir tanto, decidió que no podría dejar abatirse más, ya que tendría que darle fuerzas y ayudarle a aceptar lo que Dios había decidido.
Aún así, su preocupación era tan grande que resolvió hacer un pedido especial a Él:
- Señor, ayuda a la Luna por favor, es más frágil que yo, no soportará la soledad...
Y Dios...en su inmensa bondad... creo entonces las estrellas para hacer compañía a la Luna.
La Luna siempre que está muy triste recurre a las estrellas, que hacen de todo para consolarla, pero casi nunca lo consiguen.
Hoy, ambos viven así... separados, el Sol finge que es feliz, y la Luna no consigue disimular su tristeza.
El Sol arde de pasión por la Luna y ella vive en las tinieblas de su añoranza. Dicen que la orden de Dios era que la Luna debería de ser siempre llena y luminosa, pero no lo consiguió.... porque es mujer, y una mujer tiene fases.
Cuando es feliz, consigue ser Llena, pero cuando es infeliz es menguante y cuando es menguante ni siquiera es posible apreciar su brillo.
Luna y Sol siguen su destino. El, solitario pero fuerte; ella, acompañada de estrellas, pero débil.
Los hombres intentan, constantemente, conquistarla, como si eso fuese posible. Algunos han ido incluso hasta ella, pero han vuelto siempre solos. Nadie jamás consiguió traerla hasta la tierra, nadie, realmente, consiguió conquistarla, por más que lo intentaron.
Sucede que Dios decidió que ningún amor en este mundo fuese del todo imposible, ni siquiera el de la Luna y el del Sol...
Fue entonces que Él creó el eclipse.
Hoy Sol y Luna viven esperando ese instante, esos raros momentos que les fueran concedidos y que tanto cuestan, sucedan.
Cuando mires al cielo, a partir de ahora, y veas que el Sol cubre la Luna, es porque se acuesta sobre ella y comienzan a amarse. Es a ese acto de amor al que se le dio el nombre de eclipse.
Es importante recordar que el brillo de su éxtasis es tan grande que se aconseja no mirar al cielo en ese momento, tus ojos pueden cegarse al ver tanto amor.
Tu ya sabías que en la tierra existían Sol y Luna... y también que existe el eclipse.... pero esta es la parte de la historia...
Ilustración de ‘La Pericana’
De Tres Estampas de mi tierra de Juan Pablo Echagüe (Jean Paul)
La Pericana es una mujer vieja, muy alta, de largos dientes.
Lanza fuego por los ojos y dicen que tiene una cola hecha de espinas, algunas versiones aseguran que la cola es de clavos. Además, lleva un rebenque largo con el que azota a los niños que, a la hora de la siesta, están fuera de sus casas sin permiso de los padres.
Se recogío una versión de un hombre mayor llamado Dante Montero, oriundo de la provincia de San Juan, que aseguró que en su infancia se encontró con la Pericana. Dijo que él y un grupo de amigos descansaban a la sombra de un árbol, y que de pronto, desde el lado de los viñedos se les apareció una figura de dos metros de alto que echaba fuego por los ojos y los amenazaba con un largo rebenque.
Uno de los temas de conversación de los niños en ese momento era la Pericana y mientras manifestaban su incredulidad acerca de la leyenda, se burlaban de ella y decían, en tono de broma, que si se les llegaba a aparecer la iban a aporrear entre todos.
Los niños, al ver esta aparición, se quedaron tiesos e imploraron que no les hiciera daño con la firme promesa de no volver a burlarse de ella.
No obstante, la Pericana los azotó y les dijo que nunca más quería volver a verlos andar solos en sus dominios y menos a la hora de la siesta.
Asimismo, les dijo que si llegaba a verlos nuevamente, los llevaría a su cueva y los obligaría a trabajar para ella por el resto de sus vidas.
Los turcos habían penetrado en Europa a lo largo de la edad media y habían avanzado a través de los Balcanes, siguiendo el Danubio, conquistaron Hungría hasta llegar a las puertas de la ciudad de Viena en 1529, último bastión oriental de la cristiandad, donde fueron detenidos y rechazados una y otra vez.
En el año 1683 los soldados otomanos, al mando del gran visir Mustafá Pachá, intentaron cavar unas trincheras por debajo de las murallas que desembocaran en el centro de la ciudad.
Trabajaban de noche para no despertar sospechas, pero no sabían que los panaderos vieneses también trabajaban a esas horas para tener listas sus viandas al amanecer y fueron ellos los que dieron la alarma a los soldados de guardia, al escuchar el ruido de picos y palas, quienes sorprendieron a los turcos, obligándoles a levantar el sitio en desorden, dejando atrás sus enseres y pertenencias.
Posteriormente, la caballería al mando del rey de Polonia Jan (III) Sobiesky relegó a los turcos más allá de las fronteras del estado austríaco.
Así, pues, Viena fue salvada gracias a sus panaderos, los cuales fueron recompensados.
El emperador de Austria, Leopoldo I, concedió honores y privilegios a los panaderos; el derecho de usar espada al cinto fue el más apreciado. Los panaderos, a su vez, inventaron dos panes: uno al que le pusieron el nombre de emperador, y otro, al que llamaron croissant, o sea media luna ("Halbmond" en alemán), éste último frágil, como mejor mofa del emblema de los musulmanes turcos.
El primer nombre asociado al croissant es el de Kolschitsky o Kolczycki, cafetero vienés de origen polaco, el cual recibió por su valeroso comportamiento durante la contienda unos sacos de café tomados al enemigo.
Este hombre tuvo la idea de servir el café con un bollo en forma de media luna y parece ser que fue cuando se abrió el primer café vienes que abrió la moda para el resto de la Europa cristiana, este café se llamó Zur Blauen Flasche “La botella Azul”, allí se servía un café más suave que el preparado por los otomanos, estaba filtrado, se eliminaban los posos y se le añadía crema de leche.
Más tarde se elaborarían otros tipos de croissant, conservando la forma como el Vanillekipferl, un croissant aromatizado a la vainilla, el Mandelbögen aunque más pequeño pero aromatizado a la almendra, el Mohnbeugel a base de una pasta rica en semilla de amapola, o el Nussbeugel con pasta con nueces y miel.
Fue la reina María Antonieta de Austria que se casó con Luis XVI la que popularizó el "croissant" en Francia a partir del 1770, convirtiéndolo en el desayuno típico francés con el nombre de Lune croissant, que el uso común acortó.
Así pues, "croissant" es una palabra francesa que tiene su traducción al castellano como "Creciente", aunque hay quien la traduce como "santa cruz o cruzada", haciendo derivar la etimología de la palabra "Croix-santé".
Nota al margen: Los franceses (no sería el primer caso…) lo hicieron "suyo", dándole la nacionalidad y oficializándolo con este nombre. Hay que reconocer que los pasteleros y panaderos franceses lo preparan de maravilla, casi confirmando que sólo ellos lo saben hacer bien, sabroso y crujiente. En efecto, en Francia, por la mañana, eso del croissant es un ritual: no hay "petit déjèuner" en los grandes hoteles, pero también en cualquier brasserie, que no lleve unos croissants en la bandeja, acompañando al café o lo a lo que sea, haciendo a menudo pareja con el brioche, que también éste tiene su leyenda, pero será en otra ocasión.
La ciudad de Esteco se ha perdido porque ha sido castigada, en su lugar se ha hecho un lago. Toda le gente de esa ciudad era mala o indecente. Cuenta que esta ciudad era muy hermosa, que tenía torre de oro y que las calles estaban afirmadas con oro. La gente era muy orgullosa y lo que se le caía, aunque fuera de valor, no lo levantaba del suelo.
Se dice que San Francisco Solano fue a esta ciudad, toda la gente de ella era atea y se burlaba de los sacerdotes. San Francisco les avisó que iba a venir un terremoto, un temblor, y que toda su ciudad estaría perdida, todos se reían y hasta los niños pedían cinta color temblor en las tiendas para burlarse del sacerdote.
San Francisco ha pedido un lugar donde dormir y nadie lo ha querido socorrer. Dicen que solo un matrimonio muy pobre, que tenían un niñito, le han alojado y le han dado de su propia comida. San Francisco les volvió a avisar que la ciudad de Esteco desaparecería y que sólo ellos se podían salvar.
También les dijo que a la madrugada tenían que salir con él porque eran los únicos caritativos y gracias a eso se podían salvar.
Al amanecer San Francisco salió con el matrimonio y les advirtió que no se den vuelta oigan lo que oigan porque ese pueblo se iba a perder. Ya cuando se encontraban en las afueras del pueblo oyeron que este se hundía entre ruidos y truenos de un gran terremoto y escucharon como la gente clamaba y lloraba.
El hombre siguió mirando al frente, pero la señora curiosa se dio vuelta llevando a su hijo en brazos y se convirtió en piedra.
Dicen que se la ve con el niñito en los brazos y que dan un paso cada año hacia la ciudad de Salta y que cuando llegue a su destino esta ciudad se perderá...
En la aldea de Guatavitá, enclavada en lo que más tarde fue Nueva Granada, se practicaba desde tiempos muy remotos un extraño rito.
En un día determinado, uno de los jefes del poblado desnudaba su cuerpo y lo untaba cuidadosamente con una sustancia pegajosa. Seguidamente se cubría de pies a cabeza con una fina capa de purísimo oro molido, que, adherido a su piel, le daba un aspecto extraordinario.
Éste era el "hombre dorado".
Se aproximaban a él sus compañeros, y, entre ceremonias, le conducían a las orillas de un lago próximo y le colocaban sobre una balsa.
Impulsaban vigorosamente la almadía hasta llegar al centro del gran lago.
En aquel momento, el “hombre dorado” saltaba al agua y dejaba que se desprendiera de su cuerpo aquella refulgente y magnífica vestidura.
Sobre las aguas del lago aparecía una hermosa mancha dorada, que lentamente se hundía hasta desaparecer.
Luego,los hombres regresaban, después de concluir su mágico ofrecimiento, que debía atraer los beneficios divinos sobre la aldea.
Es de suponer que a estas misteriosas prácticas acompañaría un minucioso ritual que desconocemos, debido a que cuando los españoles tuvieron por vez primera conocimiento de tal ceremonia (1527), hacía ya unos 30 años que los sanguinarios indios Muysca, de Bogotá, habían exterminado a los pacíficos habitantes de Guatavitá.
A pesar de la extensión mítica que alcanzó la tradición de El Dorado, señuelo de la audacísima codicia de los españoles, hoy se defiende documentalmente la categoría histórica de esta narración, si bien se admite que, con posterioridad, sufrió deformaciones y variantes que justifican, por ejempor, la un poco absurda contracción de la palabra El dorado, en lugar de "El hombre dorado".
Arrojado de su lugar de origen, el mito erró de un punto a otro, alterándose y confundiéndose con otros semejantes.
Poco a poco, ya no era un “hombre dorado”, sino una tribu de oro.
Era una tarde sofocante de verano, Yasy (la luna) bajo la apariencia de dulce madre, con un hermoso niño de la mano, iba por la selva.
Tupá le había encomendado que averiguara cuales eran, entre los seres humanos, los buenos y los malos.
Torturados por la sed llegaron a un arroyo donde dos mujeres lavaban ropas. Yasy les pidió agua para ella y para el niño que padecía horriblemente.
Las lavanderas le señalaron la corriente enturbiada por su trabajo.
Inútiles fueron sus ruegos, inútil el llanto lastimero del niño.
Yasy se retiraba cabizbaja cuando llegaron los esposos de las lavanderas y la llamaron ofreciéndole agua en una calabaza.
Se aproximó presurosa, apremiada por el llanto del niño, pero no pudo beber: lo que le ofrecían era agua de jabón.
Los cuatro se reían de la pobre forastera, cuando les llegó el terrible castigo de Tupá: fueron metamorfoseándose en aves.
Al notar el cambio, una de las lavanderas quiso pedir perdón, pero sólo pudo exclamar: ¡Cha-jhá! (vamos), y los cuatro se alejaron chillando: ¡Cha-jhá! ¡Cha-jhá!!.
Desde entonces, en castigo de su impiedad, se vieron condenados a vivir por parejas entre las aguas cenagosas y su carne es fofa y con gusto semejante al de la espuma de jabón.
Por Lucila Gallino Mujer nómade nacida en territorio argentino y conocedora de su tierra Autora de “Mitos y Leyendas de la Tierra Argentina” nacida en Rosario, Argentina
El monte se vuelve un solo eco al unísono y los hombres se ensañan descargando su fuerza en los troncos.
Los golpes del hacha sobre la madera resuenan con fuerza.
Caen los trozos de leña partidos.
Dicen que los trabajadores a veces se detienen porque escuchan ruidos y sienten que alguien está espiándolos.
Numen Telar es el nombre más temido de la zona y por el que todos hacen silencio.
Quienes lo han visto dicen que es un hombre fuerte y malhumorado, con siniestra expresión en su mirada.
Cuentan que le han escuchado en las madrugadas cuando enloquece de soledad y grita su angustia con llantos que resuenan toda la noche.
Los días de luna llena, puede vérsele vagando por los montes comiendo animales muertos con las manos.
Numen Telar es el espíritu atormentado de un leñador que escapó por un crimen que cometió con su hacha, en venganza por el rapto de su mujer y se escondió en los montes huyendo de la justicia.
Cuenta la historia que a principios del siglo XVIII existió un hombre fornido llamado Numen Telar, quien tenía una esposa muy bonita, de ojos color azul-violeta y pelo negro como la noche.
Cuando los hombres miraban su hermoso cuerpo comenzaban a cortejarla.
Un día la mujer estaba bañándose en el río Salado y nadie sabe qué sucedió pero dicen que las aguas se la tragaron...
Soledad, nunca más apareció.
El hachero la buscó por todas partes pero no la encontró y jamás se le volvió a ver físicamente.
Desde entonces dicen que buscó vengarse de cualquier ser humano que le moleste con su presencia.
Sólo se comunica con la naturaleza y protege plantas y animales.
Le llaman Numen Telar porque su voz se asemeja al ruido de un hachazo. Con ella atrae a hacheros y meleros de caña, haciendo que sus cuerpos se pierdan para siempre en el monte. Los perros que lo persiguen jamás regresan.
El espíritu de Numen Telar por represalia también se lleva al monte a las jovencitas más bellas a su rancho hecho de adobe y excrementos.
Muchos brujos dicen conocer el secreto del Numen Telar... consiste en volver a las personas invisibles... matar un gallo negro, enterrarlo bajo la luna llena y al tercer día, desenterrarlo, sacar el hueso del muslo, limpiarlo y llevarlo atravesado a la boca.
De esta forma el espíritu del hombre que perdió a su mujer puede hacerse invisible para acercarse a las mujeres de otros hacheros sin ser visto por nadie.
Si los golpes del hacha se oyen cerca hay que escapar apresuradamente siempre hacia atrás, de frente; si no, éste nos alcanzará y nos llevará a lugares infernales.
Cuentan en Santiago del Estero que aún continúan sus correrías, pues muchas veces las mujeres desaparecen en los montes y otras se vuelven locas.
El misterio permanece... por eso todos los hacheros son celosos guardianes de sus esposas.
Publicado por Editor Pueblo a pueblo en Julio 7, 2006
Dos tradiciones se juntan para conformar al Súpay o Zúpay.
Una de ellas arranca del Período Incaico, donde fue reconocido como principio o genio del mal que reinaba en el Supahuasin, inframundo situado en el centro ígneo de la Tierra. Era la encarnación de los misterios selváticos y causante de los maleficios, pestes, inundaciones, sequías y todo cuanto hiere la imaginación y horroriza.
La otra vertiente fue la leyenda de origen oriental que en la Edad Media, el catolicismo convirtió en verdad militante y centro de innumerables especulaciones teológicas, y los heresiarcas en puntal de complejas ceremonias y esotéricos cultos. Llamado entre nosotros Malo o Malú, Diablo, Demonio, Lucifer, Luzbel o el Maligno.
Señor de las Tinieblas que corporiza el mito de la tentación, que a su vez causa la caída. Multiforme en su personificación, quizás por su mismo origen mestizo.
Entre nosotros parece preferir la forma humana, y especialmente la de un gaucho rico y apuesto que viste ropa fina y negra con chiripá del mismo color, lleva puñal, espuelas y rebenque de plata y oro, y monta un caballo retinto de largas crines y muy enjaezado.
Otras veces viste cuero de ovejas, sombrero aludo y una especie de túnica granadina, como el Súpay de Copacabana, Santiago del Estero.
Se ha presentado también como un virtuoso payador que desafía a los más afamados practicantes del género, aunque en más de una ocasión salió derrotado de la contienda, como viejo filósofo de campo o un negro rotoso y hercúleo.
Suele presentarse a si mismo con la forma de una animal conocido, o más comúnmente como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuerno de chivatón, rostro de sátiro de larga pera y bigotes requemados, cuerpo velludo y piernas de chivo con impresionantes pezuñas, y con una capa negra.
Con frecuencia se presenta también como un remolino, y hasta como un árbol.
Sus apariciones vienen precedidas por un ruido como de tiro o trueno, y se dan en medio una llamarada que impregna el aire con un penetrante olor a azufre. Desaparece también entre una nube hedionda y amarillenta, tras cerrar el trato con el hombre dispuesto a darle su alma a cambio de riquezas, amores o habilidades.
Prefiere las noches de los martes y los viernes, que es cuando las almas y otros seres infernales salen a cometer fechorías.
Su templo es la Salamanca, gran cueva en la entraña de los cerros o subterránea en la que se dan cita las brujas y acuden iniciados en la práctica del maleficio. Es que funciona allí la universidad de las tinieblas, donde se enseña toda suerte de mañas, destrezas o habilidades y sobre todo el arte de dañar al prójimo y arrastrar su alma a la perdición.
Los animales del Súpay son los escuerzos, las víboras, los perros negros, los cerdos, los machos cabrios y las mulas. Sus cortesanas, las brujas, tanto viejas como jóvenes.
Adolfo Colombres "Seres Sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina".
Compilación. Prof. Teología y Antropología Social y Religiosa. Georgina Palmeyro.
Cuenta la leyenda que una de las tribus, que habíase detenido en las laderas de las sierras donde tienen sus fuentes el Tabay, dejó después de breve estada el lugar, y siguió su marcha a través de las frondas.
Un viejo indio, agobiado por el peso de los años, no pudo seguir a los que partieron obedeciendo el espíritu errante de la raza, quedando en el refugio de la selva en compañía de su hija, la hermosa Yarîi.
Una tarde, cuando el sol desde el otro lado de las sierras se despedía con sus últimos fulgores, llegó hasta la humilde vivienda un extraño personaje, que por el color de su piel y por su rara indumentaria no parecía ser oriundo de esos lares.
Arrimó el viejito del rancho un acutí al fuego y ofreció su sabrosa carne al desconocido visitante. El más preciado plato de los guaraníes, el tambú, brindó también el dueño de casa a su huésped.
Al recibir tan cálidas demostraciones de hospitalidad, quiso el visitante, que no era otro que un enviarlo de Tupá, recompensar a los generosos moradores de la vivienda. Proporcionándoles así, el medio para que pudieran siempre ofrecer generoso agasajo a sus huéspedes, y para aliviar también las largas horas de soledad, en el escondido refugio situado en la cabecera del hermoso arroyo.
E hizo brotar una nueva planta en la selva, nombrando a Yarîi, Diosa protectora, y a su padre, custodia de la misma, enseñándoles a "sapecar" sus ramas al fuego, y a preparar la amarga y exquisita infusión, que constituiría la delicia de todos los visitantes de los hogares misioneros.
Y bajo la tierna protección de la joven, que fue desde entonces la CaáYarîi y bajo la severa vigilancia del viejo indio, que fue el CaáYará, crece lozana y hermosa la nueva planta, con cuyas hojas y tallos se prepara el mate, que es hoy genuina expresión de la hospitalidad.
La imagen da la Diosa ha sido esculpida por la naturaleza como símbolo imperecedero, en una roca de las imponentes Cataratas del Iguazú desde donde, en el centro geográfico mismo de su limitado reino, sigue esparciendo sus gracias y bondades sobre la planta que tutela.
Notas:
Acutí, roedor regional.
Tambú: Gusano de carne blanca y abundante, criado por el Guaraní en los troncos del pindó, que no solo proporciona su abundante carne, sino también un aceite muy codiciado, con él curaban algunos males, apuraban las digestiones y se precavían de los innumerables insectos de la selva.
Tupá: Dios del bien.
CaáYará y CaáYarîi: Dioses protectores del Yerbal.
Antiguamente el Miércoles de cenizas, se daba por terminado el carnaval, que la liturgia cristiana marca el entierro del Pucllay y el comienzo de la cuaresma.
Actualmente, y por conveniencias comerciales se da por terminado un fin de semana, en el cual se procede a la quema del Pucllay, colgado de un alambre, este muñeco andrajoso y relleno de paja, pacote y cuetes, arde desde los pies hasta su cabeza, con estruendos de la pirotecnia, mientras la viuda, de luto riguroso, llora en largos lamentos su infortunio, esta nueva figura que aparece en escena, "la viuda", en realidad representa al gentío que manifiesta la pena de la culminación de las fiestas del carnaval.
El Pucllay
Eric Borman afirma que: "...Pucllay no es una deidad o un ser mitológico como lo supone Adán Quiroga. Es simplemente un personaje disfrazado de una manera especial, que divierte con sus chistes y sus bufonadas.
Es el arlequín de los indios.
El Pucllay es el inspirador de la embriaguez y el gozo...".
Pucllay, según Torres Rubio significa jugar, representa al viejo alegre campesino y del cual suelen hacerse imágenes o muñecos pintados y andrajosos que se lo pasea por todos lados donde hay fiesta.
Este Baco indígena al cual se achaca toda la culpa o pecado del carnaval, en Santiago del Estero se lo denomina "Kacharpaya".
Pasado seis días de su comienzo, llega el día del "entierro del carnaval", donde el Pucllay se lo quema o se lo entierra.
Quiroga dice: “...es el héroe del carnaval. La gente hace muñecos de trapo que figura un viejo ridículo bonachón, de cabeza encanecida, en extremo andrajoso, como que no vive sino en orgías. Todos echan almidón en la cara del dios, del viejecito de trapo, con el cuello suelto como si no se pudiera tenerse de ebrio...”.
Por su parte Carlos Villafuerte en su libro "Voces y Costumbres de Catamarca", analiza al Pucllay, como la encamación de la fiesta del carnaval algo así como el dios de la fiesta. Se celebra cantando y bebiendo.
A lo lejos, la montaña imponente se levantaba como una franja azulada acercándose al cielo.
Las quebradas la recorrían en todas direcciones en pliegues profundos que llegaban hasta el valle, allí donde el pueblecito indígena, como formando parte de la misma montaña, vivía su vida recia, altiva y misteriosa.
Las casas, de grandes lajas colocadas las unas encima de las otras, sin cemento ni materia que las uniera entre sí, estaban formadas por muros anchos y poco elevados. Las habitaciones, cuadradas o rectangulares, tenían aberturas con marcos de madera de cardón.
En una de esas casas vivían Crespín y su mujer, Yurac, casados hacía poco tiempo.
Dedicados a las tareas de proveer a su nuevo hogar de los útiles y enseres necesarios, y a labrar la tierra para obtener el alimento indispensable, pocos eran los momentos del día que parecían ociosos.
Era entonces cuando hacían largas caminatas hasta el monte, las que aprovechaban para proveerse de frutos de chañar, de molle, de mistol y de piquillín, y de miel de lechiguana, de la que llenaban sendos cántaros de barro.
Crespín era muy hábil para labrar la tierra, trabajar el cobre, la plata y la piedra y para modelar la arcilla.
En piedra había pulido un hacha.
Su trabajo esmerado le valió la aprobación del cacique, cuya competencia en esta clase de menesteres era bien conocida. Se servía del hacha para cortar ramas de chañar y de algarrobo que empleaba luego en la construcción de telares, de armazones para cobertizos o cabañas, o que utilizaba para hacer el fuego donde cocinaban los alimentos.
Ídolos de barro cocido o esculpidos en piedra representando animales sagrados como ampatus, suris y víboras de dos cabezas figuraban entre sus trabajos preferidos, a los que se agregaban los cántaros de barro de las formas más diversas, que, pintados con guardas de colores, y cocidos, lo reputaban como un eximio alfarero.
Yurac, por su parte, se distinguía en el arte de la tejeduría. Hilaba la lana de vicuña y de guanaco con gran destreza y las telas que producía en su telar eran siempre perfectas.
Ambos esposos labraban la tierra, cultivando zapallos, papas, maíz y porotos.
Estos eran también los trabajos a que se dedicaban los restantes pobladores del valle calchaquí y que matizaban con ceremonias religiosas o fiestas a las que eran muy afectos.
Una de ellas, tal vez la más esperada, era la de la recolección de la algarroba, fruto tan apetecido y alimento tan completo que les proporcionaba pan y bebida.
Justamente en esa época, verano, los árboles cargados de frutos en sazón, señalaban la época de la cosecha.
Los coyuyos, por su parte, con el interminable concierto de sus violines incansables, que desde hacía días no cesaban de sonar de la mañana a la noche, eran como el alerta del algarrobal que en forma tan ruidosa avisaba a los habitantes del valle y de la sierra que sus vainas, doradas de madurez, se ofrecían generosas en promesa de nutritivo patay y de abundante aloja.
Esa mañana, muy de madrugada, una columna de hombres, mujeres y niños salió en dirección al monte de algarrobos llevando consigo los materiales necesarios para instalarse allí.
Iban contentos y dispuestos a despojar a los árboles de sus frutos azucarados con los que llenarían los depósitos en previsión de épocas de escasez.
Se instalaron en el monte. Allí levantaron sus toldos, los que ocuparían mientras se llevara a cabo la cosecha. Varios días duró la faena.
Una vez terminada la recolección, hombres y mujeres se dedicaron a los festejos que se realizaban todos los años en ocasión semejante.
Era la "Fiesta de la Algarroba", ritual que se ofrendaba a la Pachamama y que esta vez fue, como siempre, alegre y bulliciosa.
Ese día, muy temprano, grandes cantidades de vainas de algarroba, molidas, se habían puesto a fermentar en agua, llenando bilquis colocadas a la sombra de los árboles.
Horas más tarde, este líquido sería la tan codiciada aloja, bebida fresca que encendía el espíritu y alegraba el corazón, y que constituía con la chicha, el elemento principal de toda fiesta.
Llegó la noche, y a los sones de la quena y de la caja comenzaron los cantos y la danza
El entusiasmo fue en aumento a medida que los vasos repletos de aloja pasaban de mano en mano y su contenido desaparecía como por arte de magia.
En forma continuada cantaron y danzaron la noche entera.
Llegó un momento en que los bailarines, extenuados y turbados sus sentidos por las continuas libaciones, quedaron dormidos bajo los árboles, al amparo del follaje protector.
Así los sorprendió la aurora.
Días después, la vida cotidiana, sin variantes ni alternativas, había retomado su curso en la tranquila aldea indígena.
Los alfareros volvieron a modelar las vasijas de arcilla; las tejedoras a tejer mantas y yacollas de vicuña y de guanaco; los labradores a labrar la tierra, a recoger maíz, zapallos o papas; y los cazadores a buscar en el llano o en la montaña el guanaco, el suri o el armadillo que les sirvieran de alimento.
Fue uno de ellos, uno de los cazadores, el que dio la noticia.
En su peregrinar por valles y sierras, había oído hablar a los indígenas de otras tribus de la llegada de hombres extraños, de hombres blancos, que, manejando armas diabólicas, invadían los territorios de los indios, esclavizaban a los hombres, a los que obligaban a trabajar en su beneficio, y se hacían servir por sus mujeres.
Pronto corrió la noticia por toda la tribu.
Los rebeldes calchaquíes no podían admitir la idea de verse privados de su libertad y de las tierras que les pertenecían, y desde ese momento no se pensó en otra cosa que no fuera en prepararse para combatir a los invasores, dándoles su merecido.
El pueblo entero se dedicó a la fabricación de arcos de maderas flexibles, de flechas de piedra pulida con devoción, tarea ésta que realizaban dominados por el odio que les merecía el extranjero.
Unidos en su ideal de amor a la tierra de sus antepasados y a su propia libertad, los calchaquíes, raza belicosa y valiente, se preparaban para dar su merecido a los invasores, haciéndose el firme propósito de vencer o morir en la contienda.
Crespín, uno de los más valientes guerreros de la tribu, pulía con ensañamiento, puede decirse, su flecha de obsidiana, y cada golpe a la piedra era una tácita, pero real, promesa de lucha a muerte.
Junto a él, su mujer, Yurac, lo incitaba a la pelea en defensa de sus más legítimos derechos.
Pasaron varias lunas. Las noticias de la llegada de los extranjeros eran cada vez más desalentadoras. Se acercaban, y a su paso, los pueblos eran dominados por sus armas poderosas.
Las flechas fabricadas por Crespín sumaban ya una gran cantidad, pero no había una sola entre todas ellas que no llevara entre sus bordes aserrados el mismo valiente y leal propósito: expulsar al enemigo, guardando intacta y con el mayor celo la tierra de los antepasados.
Y llegó el día en que se tuvo la certeza del momento decisivo: los extranjeros estaban muy cerca.
El Consejo de Ancianos se reunió de inmediato y se tomaron decisiones inminentes.
Los guerreros prepararon sus armas, se alistaron, se impartieron órdenes para organizar la lucha...
Era necesario esperar a los invasores en la montaña, allí donde el indio encontrara una defensa natural que lo pusiera a cubierto de los ataques de los blancos. Estos, por el contrario, preferían el llano para combatir, pues la montaña, con sus vericuetos desconocidos, con sus hondas quebradas y sus peligrosos desfiladeros, favorecía las emboscadas de los naturales, profundos conocedores de sus secretos y de sus posibilidades.
Ya se hallaban todos preparados. Entre ellos se distinguían los jefes, en cuyas cabezas lucían la vincha sosteniendo la pluma roja que los señalaba como tales.
Allí estaba Crespín, valiente y decidido, que, al despedirse de su esposa, sintiendo bullir en su sangre guerrera el entusiasmo por la lucha, prometió:
-¡Hasta la vista, Yurac! ¡Venceremos a los invasores y los arrojaremos de la tierra de nuestros antepasados! ¡No abandonaremos la lucha hasta haberlo conseguido! ¡Si así no sucediera, si nuestros genios protectores nos abandonaran, una de mis flechas acabará con mi vida! -agregó con amargura.
-¡Vuelve victorioso, Crespín! El honor de nuestra raza reclama el valor y el arrojo de sus hijos. Él está en vuestras manos, heroicos guerreros del cacique Callpanchay...
-Si no volviera... -continuó más bajo Crespín- ¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la tuya...
Yurac bajó la cabeza. Las lágrimas daban a sus ojos renegridos un brillo de azabache que intensificaban el deseo y la esperanza del triunfo.
Se despidió el guerrero. Desde lejos, las huankaras, con sus sones monótonos y graves, llamaban a la lucha.
Crespín, bravo y decidido, marchó al combate.
Los picos nevados de la cordillera fueron testigos de largas caminatas por el llano y de penosas marchas por los escarpados senderos y vericuetos de la montaña, realizados por los guerreros.
Muchos habían quedado en el pucará para impedir la entrada de los extranjeros a la aldea indígena donde quedaban sus mujeres y sus hijos.
Los otros, continuaban adelante.
Entre estos últimos iba Crespín, cuyo valor y entusiasmo lo colocaban siempre en primera línea.
Pasaron varias lunas y los guerreros no habían vuelto aún.
Pero una noche en que la luna, desde el cielo, con la mansedumbre de sus rayos de plata, velaba sobre el pueblito indígena, la tranquilidad de la aldea fue interrumpida por los gritos de uno de los muchachos que, llegado del Pucará, traía una noticia que encerraba una esperanza:
-¡Ya vienen! ¡Ya vienen! -no cesaba de gritar.
Por la quebrada del Runaorko bajaban los guerreros. De lejos se los veía como una sierpe enorme deslizándose por la falda de la montaña.
A mediodía, cuando el sol enviaba sus rayos más fuertes a la tierra, llegaron los guerreros de Callpanchay.
Los recibieron con estridentes gritos de júbilo. Parecía que habían vuelto todos... Los dioses los habían protegido permitiéndoles el regreso.
Sin embargo, no estaban todos.
Yurac, con mirada ansiosa buscó a su marido. No lo halló. Preguntó angustiada.
Allpacinchi le respondió: -Crespín, osado como siempre, sin medir las consecuencias de su impulso, en un arranque de audacia y de rebeldía, protegido por las sombras de la noche, corrió al campamento extranjero decidido a dar muerte al jefe de la expedición.
Yurac lo escuchaba ansiosa, temiendo conocer el fatal desenlace de tan arriesgada aventura.
Allpacinchi continuó:
-Crespín fue descubierto antes de lograr su intento y tomado prisionero. Pero su rebeldía y su orgullo lo obligaron a realizar una acción desesperada. Tomó la flecha envenenada que llevaba en previsión del fracaso de sus planes y en el silencio de la noche y en la soledad del calabozo donde fuera recluido, se la clavó en el corazón.
Un sollozo contenido se escapó del pecho de Yurac, que, creyendo morir, volvió a su casa, y allí se entregó a la más cruel desesperación, llorando amargamente.
Cuando se hubo calmado, recordó a su marido los momentos felices vividos en él, sus conversaciones, sus consejos...
De improviso se reprodujeron en su mente las palabras de Crespín antes de partir: -Si no volviera... ¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la tuya...
Esas fueron las últimas palabras oídas a Crespín. Agradeció Yurac a los genios tutelares que las habían traído a su memoria, y decidió cumplir el deseo del esposo.
Sonrió dulcemente, como si hubiera hallado la forma de unirse a su marido, tomó la yacolla, la pasó por su cabeza y así defendida y preparada para soportar los fríos intensos de la cordillera, salió en dirección a la montaña, en dirección al lugar donde había quedado Crespín.
Mucho tuvo que andar, muchos fueron los peligros a que estuvo expuesta, pero nada logró detenerla. Un propósito firme la sostenía y le daba fuerzas: iba en busca de Crespín y tenía que hallarlo.
Cuando llegó al lugar donde su esposo encontró la muerte, lo llamó con suavidad: -¡Crespín...! ¡Crespín...!
Nadie le respondió. Nadie acudió a su llamado ansioso.
Volvió a repetir el nombre amado, esta vez con mayor energía, con el propósito de que su voz llegara hasta los confines de la montaña. Fue en vano. Nadie respondió a sus llamados insistentes...
Medio enloquecida por el dolor y la desesperación, corrió en todas direcciones, repitiendo angustiada:
-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!
El resultado fue el mismo. Ni una voz, ni una respuesta en esas soledades. Sólo el eco se encargaba de reproducir el doloroso llamado que era ya un lamento:
-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!
La razón de la infeliz Yurac comenzó a nublarse. Su desesperación la llevó hasta la locura, impulsándola a recorrer en carreras locas la montaña, el llano y la quebrada, repitiendo sin cesar la única palabra que eran capaces de pronunciar sus labios: -¡Crespín...! ¡Crespín...!
En su extravío, vio de pronto una mancha oscura en la cima de la montaña. Creyendo que fuera por fin su marido, intentó llegar hasta él y siguió su ascensión por las escarpadas laderas, sin sentir las piedras que se clavaban en sus pies y desgarraban sus manos.
Sólo el hambre, la sed y la fatiga la vencían. Entonces, caía al suelo rendida y al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos por llegar a la cumbre, lloraba su desgracia, desesperanzada e impotente.
Al pasar los días, su aspecto se fue transformando. Su piel, merced a los rigores del clima y a los vientos recios que soplan continuamente en la montaña, se fue endureciendo y secando su rostro enjuto del que resaltaban los ojos, rojos y cansados de tanto llorar.
Sus ropas, deshechas por las piedras, caían en sucias hebras de lana que apenas la cubrían.
Un único indicio de vida quedaba en ese cuerpo desfallecido y aniquilado que sólo alentaba para repetir incesante: -¡Crespín...! ¡Crespín...!
Un día no pudo levantarse más. Estaba extenuada. Sus ojos, en ansiosa mirada hacia la cumbre, expresaban su angustioso deseo de llegar.
Levantó con dificultad sus brazos en un último, desesperado esfuerzo, y entonces, sin poder creer en lo que le ocurría -tan maravilloso era-, se sintió levantada por una fuerza poderosa... los jirones de sus ropas se transformaban en plumas de color pardo, como el de la yacolla que la cubría, y sus brazos, convertidos en dos alas, la ayudaban a elevarse más y más en el espacio...
Una alegría inmensa la invadió. ¡Ahora sí que podría llegar hasta la cima! ¡Ahora sí que podría reunirse con su esposo que allí la esperaba! Su deseo se convertiría en realidad.
La esperanza volvió a su alma y en un grito, mezcla de contento y de dolor contenido, no cesó de llamar: -¡Crespín...! ¡Crespín...!
Desde entonces, este pájaro, nacido de la conjunción del amor y de la fidelidad de una esposa, deja oír el tono lastimero de su grito, llamando al esposo que aun no ha podido encontrar: -¡Crespín...! ¡Crespín...!
Referencia
El Crespín pertenece a la familia de los cucúlidos.
Es un ave de plumaje pardo ceniciento; en el pecho, blanco pardusco, lo mismo que en la garganta y el abdomen. Tiene una estría blanca sobre los ojos.
Se caracteriza por tener el pico fuerte, de tamaño regular y un poco encorvado hacia abajo, sobresaliendo el maxilar superior.
Las alas son cortas y la cola larga, abierta.
Es ave inquieta, errante y desconfiada, que habita en bosques y montes, aprovechando para vivir los nidos de otras aves.
Pone huevos blancos.
Tiene un grito triste, en cuya interpretación se origina su nombre.
En Santiago del Estero, la mayoría lo llama Crespín, otros: Chic-kin, Chid-kin, Chip-kin o Chif-kin; en Corrientes, Chochí; los guaraníes le decían Che-cy.
Es notable cómo engaña con su grito en lo referente al lugar donde se encuentra.
Vive escondido en los montes, dejándose ver y oír, preferentemente por la tarde, de noviembre a enero, época que coincide con la cosecha, volando muy veloz sobre los trigales maduros.
Siempre anda solo.
El naturalista argentino Dr. Eduardo Holmberg observó que su canto tristísimo, es diferente cuando hay mal tiempo, y cuando esto sucede, anuncia lluvia con dos horas de anticipación.
Díaz Usandivaras señala que no canta, sino que silba.
En nuestro país habita en Córdoba, Santiago del estero, Tucumán, Salta, Catamarca, la Rioja, Chaco, Formosa, Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires.
VOCABULARIO
Yurac: Blanca
Ampatu: Sapo
Suri: Avestruz
Coyuyos: Cigarras de la algarroba
Patay: Especie de pan hecho con harina de algarroba
Aloja: Bebida que se obtiene poniendo a fermentar en un poco de agua las vainas de algarroba, molidas
Lechiguana: Avispita que fabrica miel
Pachamama: Diosa que adoraban. Madre Tierra
Bilquis: Tinajas
Quena: Instrumento musical, especie de flauta de caña
Caja: Especie de tambor
Yacollas: Ponchos
Pucará: Fuerte.
Huankara: Caja, especie de tambor
Allpacinchi: Tierra fuerte
Chañar, Molle, Mistol, Piquillín: Nombres de árboles