jueves, 3 de diciembre de 2009

EL CARDENAL


Cuando el añil y el rojo, el amarillo y el anaranjado, tiñeron el cielo y el cerro con los colores del crepúsculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles, las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaquí, descendían por los senderos de la montaña abrupta.

La brisa suave del atardecer llevaba hasta el valle el perfume de la jarilla, del ucle y de la flor del aire.

La distancia que separaba a aquellos hombres de su aldea indígena era grande aún. Tendrían que caminar toda la noche para llegar antes del amanecer.

El sol terminó de ocultarse por completo en occidente y el cielo perdió los brillantes colores que le prestaban sus rayos.

Comenzó a oscurecer.

Por oriente apareció la luna iluminando con luz tenue la bóveda azul.
Apuraban el paso los guerreros indígenas aprovechando la claridad de la noche de luna, que les permitía marchar con seguridad por los peligrosos senderos de la montaña.

Llegaron al bosque. El verde de los añosos chañares, de las talas espinosas, de los yuchanes de amplia copa, de los viejos algarrobos, se intensificaba al ser alcanzado por los rayos de la luna que, al filtrarse por entre el follaje, dibujaban en la tierra caprichosas figuras de plata.

Entraron al bosque los guerreros de Pusquillo. Marcharon por estrechos senderos acompañados por el misterioso rumor de la selva, por el suave rozar de las alimañas que la pueblan, por el vuelo de algún pájaro cuyo sueño interrumpió el paso de los intrusos...

Un deseo los animaba: llegar cuanto antes a su pueblecito del valle de donde salieran hacía ya cuatro lunas.

Marchaban callados. Sólo se oían sus voces cuando alguno de ellos, advertido de algún peligro, daba el alerta a los demás.

Al frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo, valiente como él y como él querido y respetado por su pueblo.

Llegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de improviso, indicando a los demás, con un gesto, que suspendieran la marcha. Su mirada sorprendida estaba fija en una figura extraña que su sagacidad había descubierto.

Se acercó a ella con toda precaución temiendo que se desvaneciera, y pudo comprobar que era real. Una hermosa joven, recostada contra un corpulento pacará, dormía plácidamente. Un rayo de luna iluminaba su rostro pálido, y arrancaba destellos de plata de la túnica con que cubría su esbelto cuerpo. En su regazo descansaba un manojo de rosadas flores de samohú cuyo perfume tenue percibieron los recién llegados.

Rumores de admiración de sus compañeros escuchó Ancali. Se acercó sigiloso para no despertar a la niña y, cuando se hallaba cerca, no pudo reprimir su entusiasmo:

-¡Acchachay! -exclamó muy bajo.

Como al conjuro de una orden misteriosa, despertó la joven y al verse rodeada por desconocidos, los miró azorada. Se levantó con presteza y su mirada sorprendida se fijó en Ancali, alto, fornido, de rostro recio y expresión cordial que en ese momento con voz afable le preguntaba:
-¿Quién eres y qué haces en los dominios de Pusquillo?
-Soy Vilca, hija de Chasca y de Mama Quilla. Mi madre me envía a la tierra para que siembre bondad entre los hombres -respondió la niña con dulce voz y expresión humilde.

Era tanta su belleza, tanta sumisión había en el tono y tanta ternura en las palabras, que Ancali se sintió atraído por la desconocida.

Siguiendo un impulso generoso le ofreció:

-Ven a la tribu de mi padre donde serás bien recibida. Ven con nosotros...
Un rayo de luna dio de lleno en el rostro de Vilca. Ella, entonces, creyendo ver en el hecho una demostración de la conformidad de Mama Quilla, su madre, aceptó agradecida.

Se unió a los guerreros y al frente del grupo, al lado de Ancali, marchó por el sendero del bosque entre lianas y plantas trepadoras que caían desde las ramas de los árboles semejando cascadas de verdura.
La calma era total. De improviso, un lamento extraño, doloroso, surgido del interior del bosque cruzó el aire sobrecogiendo de espanto, con el maléfico augurio de su grito, al grupo que marchaba desprevenido.
-¡El alilicucu! ¡El alilicucu! -dijeron en voz baja los guerreros de Pusquillo, capaces de las proezas más inverosímiles, pero que temían como si fueran niños los misterios que consideraban sobrenaturales.
Un nuevo lamento agudo y desesperado hendió el aire y otra vez se oyó como un murmullo, el temor pintado en cada sílaba:

-¡El alilicucu! ¡El alilicucu!

Al mismo tiempo, un solo pensamiento dominó a todos: "¿Qué desgracia presagian los gritos de esa ave nocturna que nadie ha podido ver, pero que a todos causa terror?" "¿Qué nos irá a suceder??
Atemorizados, como bajo el peso de un vaticinio funesto, cruzaron el bosque.
Cuando por fin salieron de él, el valle dormido les devolvió la tranquilidad perdida. La luna bañó con su luz de plata el sendero que debían recorrer...

Hicieron el camino bajo un cielo sembrado de estrellas.

Llegaron a los toldos cuando el lucero del alba brillaba con luz intensa en el firmamento. El sol asomó por oriente y las nubes se tiñeron de lila y de oro. Del bosque, convertido por influjo de la aurora en sonora caja musical, llegaban el trino alegre de los pájaros y el arrullo tierno de las palomas que despertaban con la naturaleza.
La brisa traía de la sierra esencias de tomillo y de azahar.

La vida recomenzaba. En la toldería fácil era comprobarlo. Todos estaban en movimiento. Madrugadores por naturaleza, los primeros rayos del sol marcaban el comienzo de la actividad diaria y desde ese instante cada uno cumplía con la tarea que tenía señalada.

Ancali y sus compañeros fueron recibidos con alborozo.

Los cazadores se despojaron de armas y flechas entregando a sus familiares el producto de tantos días dedicados a la caza: venados, guanacos, suris, plumas vistosas de raro colorido, pieles de jaguar...
Vilca, mientras tanto, permanecía ignorada. Nadie había reparado en ella. Junto a un arrayán florecido era muda espectadora de la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

De improviso oyó, a su lado, una voz que le preguntaba:

-¿Quién es la imilla que con asombro asiste a la llegada de nuestros cazadores?
Dióse vuelta la niña y vio, junto a ella, a un hombre de cierta edad, de tez cobriza, cabello lacio y mirada penetrante. Llevaba en su cabeza una toca redonda que caía hacia la espalda en un pliegue de forma triangular. Era la tanga usada por los hechiceros.

Segura, por este hecho, de que se hallaba ante uno de ellos, iba a responderle, cuando oyó al desconocido que, al tiempo que clavaba su vista penetrante en ella, sonriendo volvía a preguntarle:

-¿Quién eres, extranjera? ¿De dónde vienes?

-Soy Vilca -respondió medrosa-. Soy la hija de Quilla y de su reinado vengo.
-¿Cómo llegaste hasta los dominios del gran cacique Pusquillo?

-inquirió curioso el hombre.

-Los cazadores me encontraron en el bosque y con ellos he venido...
En ese instante, del grupo de cazadores se separó uno de ellos. Era Ancali, que con un precioso manojo de plumas de ave del paraíso se dirigía hacia donde se hallaba la extranjera.

Asombrados miraron todos al hijo del cacique, y su sorpresa fue mayor cuando distinguieron a la desconocida que conversaba con Suri, el hechicero.

Llegó Ancali hasta ella y ofreciendo a Vilca las hermosas plumas, la invitó:
-Toma, Vilca... Adorna tus cabellos y acompáñame. Mi padre, el cacique Pusquillo, quiere verte. Ven.

Obedeció la niña y pocos momentos después se hallaba ante el cacique quien, ganado por su simpatía y por su hermosura, la recibió afable y cariñoso considerando de buen augurio que Quilla, la reina de la noche, se hubiera dignado enviarles una hija suya.

Mientras tanto Suri, el hechicero, despechado por lo que él consideró un desprecio, al no ser llamado para la presentación de la extranjera al curaca de la tribu, sintió por ella, que absorbía la atención de todos, una envidia sin límites. Sus sentimientos mezquinos lo incitaron a cometer una injusticia, sintiendo desde entonces una marcada aversión por la dulce Vilca, ajena por completo a tal sentimiento. La odió y se prometió hacerle imposible la vida en la tribu hasta conseguir que la abandonara.

Ignorando tan bajos propósitos y sintiéndose, en cambio, querida por todos, Vilca era feliz, muy feliz en los dominios de Pusquillo.

Suave y delicada por naturaleza, se granjeó de inmediato la simpatía y el cariño de la tribu. Participó de las tareas de las mujeres y se adiestró en el tejido del algodón que cosechaban en las extensas plantaciones de la región, constituyendo una de sus principales riquezas. Aprendió a hilar la lana y a tejerla.

Esa mañana, muy temprano, Vilca, instalada frente a su telar, tejía una tela destinada a hacer una túnica por encargo del curaca, cuando llegó Ancali.

-Buen día, Vilca. ¿Qué tejes tan temprano? -la saludó.

-Buen día Ancali. ¡Qué pronto has vuelto! Tu padre me ha encargado que teja una túnica de cumbi para enviar a su Señor.

-Hermoso está quedando tu trabajo, Vilca. Su brillo y su finura harán que mi padre se sienta orgulloso de presentarla al Inca.

-Es un placer trabajar con lana de vicuña. La prefiero a la de guanaco que debo emplear para tejer nuestros vestidos de abasca, tan burdos y gruesos. Y tú ¿qué traes en tu llama cargada? ¿De dónde vienes?

-Acabo de llegar de Andalgalá, donde he ido en busca de anta.

-¿Lo conseguiste?

-¡Ya lo creo! Es metal que abunda en esa región, de modo que he traído en gran cantidad. Mira la carga de mi llama y dime si no tengo razón. Voy a descargarla, que el viaje ha sido largo y el animalito merece descansar; pero antes quiero darte esto que he traído para ti... -terminó diciendo, al tiempo que le entregaba un objeto de plata que Vilca tomó con cuidado.

-¡Oh, Ancali! ¡Qué topo precioso! Es de plata y de cobre -agregó colocándolo sobre su pecho como deseosa de ver el efecto que causaba.
Era un disco de metal del que se desprendía un alfiler.

-¿Te agrada mi regalo?

-¡Tanto...! que espero ansiosa que llegue la primera fiesta para lucirlo y con él prender mi manta. Eres muy bueno, Ancali. Muchas gracias
Ninguno de los dos suponía que en ese momento alguien, oculto muy cerca, observaba la escena con fastidio.

Era Suri, el hechicero, que, despechado y con odio, murmuró para sí:
"No te ha de durar mucho esta felicidad, Vilca, ambiciosa. ¿Crees que llegarás a ser la esposa del hijo del cacique? Ya verás que no podrás lograrlo. Yo lo impediré, intrusa..."

Ancali, mientras tanto, había ido a descargar su llama.

De allí volvía cuando lo alcanzó un muchacho que lo llamaba pues su padre deseaba verlo. Al pasar junto a Vilca, le dijo:

-Mi padre me llama. En cuanto pueda, volveré. Tengo deseos de conversar contigo. Hasta luego.

-Hasta luego, Ancali. Aquí estaré esperándote.

No creyó encontrar así a su padre. Estaba muy débil y su aspecto, su palidez y su falta de energía, decían bien a las claras que estaba enfermo. Ancali, sorprendido y ansioso, le preguntó:

-¿Qué te sucede, padre? ¿No te encuentras bien?

-Así es, hijo mío. Las fuerzas me faltan... ¡Me siento tan débil!
-Pero ¿qué ha sucedido durante mi ausencia? No estabas enfermo cuando me fui...

-No... Tienes razón. De pronto me he sentido débil... Las piernas no me sostienen y creo que cada día que pasa estoy peor. Temo que nuestros antepasados me llamen a su lado al País de las Almas...
-¡Eso no puede ser, padre! Te habrás descuidado. ¿Tomas los remedios que te indicó Suri?

-Sí... hijo... sí -balbuceó el viejo curaca.

-No serán suficientes. Si es necesario llamaremos a otro machi...
-No... No habrá necesidad. Suri me cuida con esmero. Todos los días a la caída de la tarde y mirando los últimos rayos esconderse detrás del horizonte, tomo en presencia del hechicero la poción de hierbas que él prepara para mí... Pero ya lo ves, nuestros dioses quieren llevarme de la tierra y yo siento que voy a morir...

-¡No será, padre! ¡Te curarás!

-Se cumplirá la voluntad de nuestros genios tutelares; pero es necesario estar preparado. Por eso te he llamado, Ancali. Tú has de sucederme en el poder y no quiero morir sin que hayas elegido a la compañera de tu vida. Elige entre nuestras doncellas... Que sea buena y justa como tu madre lo fue... Sólo así te hará feliz y hará la felicidad de tu pueblo. Y yo moriré tranquilo...

-Padre, mi elección está hecha y sólo aspiro a tu aprobación

-respondió Ancali-. Quiero a Vilca, padre, y si no me he animado antes a confesártelo, es que, por tratarse de una extranjera, temí tu desaprobación. Pero ahora sé que la quieres y que aprecias sus condiciones. ¿Conscientes, padre, en que ella y no otra sea mi compañera? Es buena, justa y humilde. Es la única capaz de hacerme feliz. ¿Lo consientes padre?

-No sólo lo consiento, sino que lo apruebo, hijo mío. Vilca es buena y afable y es hija de Quilla. Debemos sentirnos orgullosos de que nos haya entregado a su hija. Los dioses han querido favorecernos. Estoy muy contento con tu elección, hijo... Ve a buscar a Vilca... Quiero que conozca mi aprobación... Será necesario que la ceremonia se lleve a cabo cuanto antes... -terminó el curaca, desfallecido.

-No será tan pronto, padre. Antes quiero ir al Nevado de Pisca Cruz en busca de la raspadura de piedra de la cumbre, del lugar donde caen los rayos, que curará tus males. Vilca te cuidará durante mi ausencia y a mi vuelta, cuando te halles completamente restablecido, me uniré a ella para siempre. Mama Quilla nos protegerá desde el cielo. Voy en busca de mi novia, padre.

Al salir de la casa, Ancali se cruzó con Suri que llegaba, como todas las tardes, con la poción destinada a su padre.

En el horizonte, encendido en fulgores de incendio, el sol escondía sus últimos rayos.

Corrió Ancali en busca de su prometida. Cuando volvió con ella, feliz al poder realizar su mayor deseo, la presentó a su padre.

El anciano se hallaba tendido en el lecho, con los ojos cerrados, respirando con dificultad.

Desde un rincón en sombras, observaba Suri. Ancali tuvo un sobresalto. Su padre estaba peor que cuando él lo dejara hacía unos instantes. Vilca frotó la frente del anciano con hierbas aromáticas y el viejo cacique abrió los ojos. Después, con dificultad, levantó una mano y con voz desfallecida balbuceó:

-Que seáis felices, hijos míos. Que nuestros dioses os protejan...
Cerró los ojos nuevamente y recostó pesadamente la cabeza.

Vilca y Ancali se miraron consternados.

El hijo tomó una resolución:

-Quédate con él, Vilca. No te separes de su lado. Yo corro al Nevado de Pisca Cruz a buscar la piedra que cura...

Al oír estas palabras salió el machi de la sombra y encarándose con los jóvenes, profetizó:

-Los dioses no están contentos, por eso quieren la muerte del curaca. Hay en la tribu alguien que provoca la ira de nuestros antepasados. Alguien a quien debe haber enviado Zupay... ¡Ten cuidado, Ancali!
Con paso mesurado y una significativa mirada cargada de odio dirigida a Vilca, salió el hechicero.

-¿Qué ha querido decir el machi, Ancali? ¿Por qué me miró con encono? ¿Por qué sospecha que soy enviada de Zupay?

-Nada puedo explicarme -repuso consternado el joven-. Pero en cambio desconfío... Desconfío de Suri. Sus pócimas empeoran a mi padre. Creo que en lugar de buscar la salvación de su vida, trata de darle muerte. Y mi padre, en cambio, ¡confía en él! ¡Con qué fe sigue sus consejos y toma los brebajes preparados por él! Yo, por mi parte, he creído comprender que Suri nos odia... Pero, ¿por qué? -terminó ansioso.
-Ancali... escucha... Nunca quise hablarte de esto porque no hallé razón para hacerlo. Pero ahora es necesario que sepas... A quien odia el machi es a mí... Me lo dijo hace tiempo... para convencerme de que abandonara la tribu... Y me amenazó con males irreparables... de los que habría de sentirme culpable... No lo creí. Sin duda ha llevado la venganza contra tu padre por haberme admitido en sus dominios...
-¡Cómo es posible! -le interrumpió Ancali indignado-. ¿Qué razón puede tener?

-Supone que yo, hija de Quilla, poseo facultades superiores a las suyas y desea arrojarme de aquí. El no ve con buenos ojos nuestro matrimonio. Cree que es la oportunidad que busco para ejercer luego mis poderes contra él y quiere vengarse en ti para que me arrojes de tu lado. ¡No permitas que continúe atendiendo al cacique!

-Tú confirmas mis sospechas... No abandones a mi padre mientras dure mi ausencia. Correré tan rápido como el venado y dentro de dos días, cuando Inti envíe sus rayos más cálidos a la tierra, estaré de vuelta con la piedra milagrosa que salvará a mi padre...

Se despidió Ancali y desde ese momento Vilca no se separó del anciano curaca. Este, agobiado por la fiebre yacía inconsciente, mientras de sus labios brotaban palabras entrecortadas pronunciadas en el delirio.

La noche fue terrible. Entre estertores y gemidos pasó el enfermo sus horas.
Vilca, con el cariño y la suavidad que le eran propios, cubría la frente ardorosa con hierbas aromáticas.

Un rayo de luna penetraba por la abertura de la entrada.

A la madrugada creyeron que el enfermo reaccionaba. Su lucidez era completa y aunque se expresaba con dificultad, sus ideas eran claras.

Llamó a la futura esposa de su hijo para decirle:

-Vilca, hija... ya puedo llamarte así porque te considero hija mía... Voy a morir... Lo presiento... Nuestros antepasados me llaman a su lado y mi hora llega. Haz feliz a Ancali y dile, cuando llegue, que espero que su gobierno sea justo... que no descanse hasta lograr la mayor felicidad y el completo bienestar de su pueblo...

Ahora, hija mía, llama a Llamta. Es el más adicto de mis guerreros. Quiero morir mirando el cielo...

Quiero que me lleven bajo los árboles...

Los deseos de Pusquillo se cumplieron.

Entre varios fornidos guerreros lo transportaron fuera, colocándolo bajo la sombra de un añoso y corpulento chañar cuyas flores amarillas caían como lluvia de oro sobre el cuerpo del cacique.

Rodearon el lecho del enfermo con flechas clavadas en el suelo para evitar que la muerte pasara.

Luego, el machi, presidiendo las ceremonias para rogar por la salud del curaca, invocó a Yastay, diciendo con voz monótona y dolorida:

Yastago, abuelo viejo, perdone si le han hecho mal, ¡padrecito viejo, kusiya!

De inmediato, con tutusca y maíz bien yuto, amasaron una figura de guanaco, lo bañaron en chicha y lo cubrieron con hojas de coca.

Una vez así preparado, pasaron el pequeño guanaco por el cuerpo del enfermo haciéndolo con especial cuidado sobre la cabeza. Limpiaron con cunti la grasitud dejada sobre la piel del curaca por la figura del animalito, y una vez cumplido este rito, enterraron al pequeño guanaco en un lugar cercano a donde se hallaba el cacique moribundo, y lo rociaron con abundante chicha.

Mientras tanto, grandes orgías acompañadas por cantos y súplicas se realizaban en las proximidades de este sitio, ofrecidas a los dioses para que tomaran a su cargo la salvación del enfermo.

Al lado de éste se encontraba Vilca, que, como lo prometiera, no abandonó un instante al padre de su novio.

En el cielo temblaban las estrellas...

La respiración del viejo curaca era penosa y entrecortada. De vez en cuando un rictus de dolor se dibujaba en su rostro. Sus manos se crispaban sobre la manta que lo cubría, y sus labios resecos balbuceaban apenas:

-Agua...
Vilca, entonces, con suma dificultad lo incorporaba y valiéndose de un puco le daba de beber.

Así pasó la noche.

Al amanecer, cuando el cielo comenzaba a trocar los oscuros tintes por los celestes grisáceos de la aurora; cuando la vida volvía a renacer, el alma del anciano cacique voló a la región de lo desconocido.

Al aparecer los primeros rayos del sol, abriéndose camino en las tinieblas, Pusquillo murió.

Al mismo tiempo se oyeron estridentes gritos, alaridos podría decirse. Eran los súbditos del anciano curaca que así exteriorizaban su dolor.
Los plañideros contratados para el caso no tardaron en hacerse presentes, y a poco de llegar dieron comienzo a su obligación consistente en llantos ruidosos y tristes cantos, en los que se hacía referencia a las hazañas cumplidas en vida por el difunto, y se ensalzaba su obra, sus condiciones y sus bondades.

Cerca del cadáver, en una fogata encendida al efecto, quemaron hojas que despedían espesas columnas de humo.

Mientras tanto, hombres y mujeres, uniéndose al duelo, saltaban y danzaban a su alrededor.

Suri, con expresión maliciosa, observaba desde lejos, comprobando satisfecho el logro de sus deseos. Una parte de su venganza se había cumplido: el veneno, suministrado diariamente al cacique en pequeñas dosis, había surtido el efecto esperado.

Vilca, por su parte, pensaba desesperada en Ancali, cuyo viaje al Nevado Pisca Cruz resultaba inútil.

El sol, mientras tanto, enviaba los rayos que hacen madurar la mies y germinar la semilla. Y como siempre, junto a la muerte, vibraba la vida en un canto de fe y esperanza infinitas...

Dos días después regresó Ancali. Llegaba triunfante, después de haber arrancado a la cumbre mágica de la montaña el remedio maravilloso capaz de devolver a su padre la salud perdida.

Poco duró la expresión alegre de su rostro. Al acercarse a los alrededores de su pueblo, fácil le fue adivinar la tragedia ocurrida durante su ausencia y convencerse de la inmensa desgracia que lo había alcanzado. Su padre había muerto. No tenía necesidad de preguntarlo. Lo leía en los rostros amigos que lo miraban con compasión, en las bocas cerradas de la tribu que no se animaban a darle la fatal noticia.

Arrojó Ancali la chuspa que contenía las raspaduras de la piedra milagrosa y corrió al lugar donde yacía su padre muerto. Ya no le quedó ninguna duda.

El plañidero coro de las endecheras, con sus cuerpos envueltos en mantas de colores, continuaba relatando con cantos y sollozos las hazañas y glorias del difunto, mientras el resto de los presentes, incansables, seguía acompañando la ceremonia con danzas, saltos y alaridos de dolor.

De vez en cuando, sobresaliendo del coro, se oía algún grito estridente destinado a conjurar a Zupay o a Chiqui, que sin duda rondaban por allí.

Frente al sepulcro preparado, colocadas en palos, estaban las ovejas asadas de las que se valía el machi para conocer el destino del difunto en el "país de los muertos".

Encontró a Vilca, tal como se lo prometiera, junto al curaca muerto.

Al llegar Ancali, cedió al hijo el puesto que le correspondía dirigiéndose ella a la orilla del arroyo que, con sus aguas, fertilizaba el valle. Se sentó en una piedra y quedó pensativa.

De su abstracción la sacó una voz conocida y repulsiva que le decía:

-¿Has venido a gozar de tu obra? ¿Tienes ya proyectos para el futuro?
Era Suri, que con todo cinismo acusaba a la inocente Vilca de la muerte de Pusquillo.

-¿Mi obra, has dicho? -preguntó a su vez, iracunda, la doncella.
-Tu obra, ¡sí! En una oportunidad te dije que si no abandonabas la tribu, la desgracia caería sobre los que te quisieran, y he cumplido. Hoy vuelvo a decirte: Si no abandonas estos lugares, te juro que te arrepentirás y cuando lo hagas, ¡será tarde!

-Nada podrás en contra de mí... Muy pronto seré la esposa de Ancali y él, como jefe, sabrá dar cuenta de tu osadía -respondió Vilca indignada.
-Ya sabré impedir que tus planes prosperen -dijo con sorna el machi, y agregó: Yo indicaré quién ha de suceder al viejo curaca, y no será por cierto Ancali como tú mal supones -terminó el malvado hechicero con una mueca desdeñosa.

Suri era muy respetado en la tribu. Los poderes sobrenaturales que se le reconocían hacían considerarlo un ser superior enviado por los dioses tutelares. Su palabra se oía con interés y sus consejos eran seguidos sin discusión.

Valido de estas prerrogativas, el terrible hechicero, siguiendo un plan trazado de antemano, dejó a Vilca para dirigirse a la casa de Anca, el más anciano y más respetado de los que formaban el Consejo de Ancianos, que era el que debía designar al nuevo jefe de la tribu.

Con palabra persuasiva y acento terminante, como si se tratara de la más cierta de las revelaciones, le dijo:

-A tu gran sabiduría e inigualada experiencia, quiero librar el secreto que me han revelado los astros. Una gran desgracia se cierne sobre nuestra tribu... Horas amargas tendremos que pasar, pues estamos a merced de una impostora que miente, diciéndose hija de Quilla para ser admitida con confianza entre nosotros. Pero mi poder ha descubierto su superchería y yo puedo decirte, ¡oh gran Anca!, que la extranjera miente. ¡Es una enviada de Zupay llegada para labrar nuestra desgracia! Por lo tanto, debe ser condenada a morir. ¡Si así no lo hiciéramos, los mayores malos acabarán con nosotros como lo ha hecho con nuestro gran cacique!

Impresionado por tales palabras, apresuróse Anca a convocar al Consejo de Ancianos que de inmediato resolvió condenar a muerte a la infortunada Vilca.

Nada se le participó a Ancali, temerosos de que se opusiera al designio de los astros por salvar a su prometida, y esa noche, cuando todo era quietud y paz en la tribu, los que debían hacer cumplir la pena, amparados por la oscuridad de la noche sacaron a Vilca de la casa donde estaba descansando y la llevaron a la montaña en la cual le darían muerte, luego de cumplir ritos establecidos.

Una vez allí, buscaron una piedra alta y angosta a la cual la ataron.

De inmediato, a cierta distancia esparcieron hierbas olorosas y, mientras Suri hacía conjuros para alejar a Zupay, uno de los ancianos encendió las hierbas que desprendieron un humo denso de olor acre.
La infeliz Vilca gritaba su inocencia y lanzaba desesperados llamados a su prometido a quien pedía socorro.

La luna, desde el cielo, era mudo testigo de esta escena desgarradora.
Suri, por el contrario, se sentía muy feliz. Todo sucedía de acuerdo a sus más íntimos deseos y a sus bien trazados planes. ¡Por fin iba a lograr la desaparición de la intrusa!

Sin embargo, no contaba el malvado hechicero con el cariño y el respeto que sentían por Ancali sus subordinados.

Uno de ellos, joven audaz y valiente era Guasca. Volvía de acompañar hasta el límite de los dominios de Pusquillo al cacique de una tribu vecina venido para asistir a las ceremonias fúnebres del difunto curaca.

Al pasar cerca del lugar señalado para el sacrificio de Vilca, Guasca, favorecido por la luna que continuaba iluminando la escena, notó que algo insólito sucedía. Los angustiosos gritos de la doncella atrajeron su atención.

Se acercó cauteloso tratando de no ser visto y observó. Reconoció a Vilca, y al oír que se repetían sus desesperados llamados a Ancali abandonó el lugar, corriendo a avisar a su jefe.

Pronto estuvo ante él poniéndolo al tanto de lo que ocurría.

De inmediato partió Ancali al frente de varios guerreros que no lo abandonaban nunca.

Cuando llegó al lugar del sacrificio, los conjuros y las ceremonias continuaban. Vilca, desfalleciente, la cabeza caída sobre el pecho, lloraba su infortunio.

Corrió Ancali a librarla de las ligaduras y cuando ya la creyó salvada, una lluvia de flechas partió del grupo de verdugos de la hermosa y dulce Vilca.

Decididos, respondieron al ataque los jóvenes guerreros de Ancali y cuando descontaban la victoria, un grito angustioso de éste les indicó que su jefe había sido alcanzado por alguna flecha enemiga.

Así era en efecto. De la cabeza del intrépido muchacho manaba abundante sangre que Vilca trataba de restañar con sus manos cariñosas.
La vida huía por la herida abierta y Ancali comenzó a desfallecer.
Angustiada, un gemido brotó de la garganta de la infortunada doncella que se abrazó a su prometido como queriendo infundirle la energía que le faltaba.

Ese fue el momento que quiso aprovechar Suri para apoderarse de los jóvenes; pero cuando ya creyó tenerlos a su alcance, debió sufrir la más cruel de las derrotas.

Los cuerpos de Vilca y de Ancali se achicaron y perdieron su forma humana tomando, en cambio, las de dos hermosos pajaritos grises, cuyas cabecitas blancas estaban adornadas con un llamativo penacho rojo, tan rojo como la sangre que manaba de la herida que la flecha traicionera causó a Ancali.

Aun así, Suri quiso tomarlos, pero las dos avecillas, abriendo las alas echaron a volar hasta posarse, muy juntas, en la rama de un tarco para entonar desde allí una melodía muy dulce, conjunción de amor y libertad que pobló los aires con armonías de cristal.

No desesperó el malvado Suri, y tomando el arco y las flechas arrojó una a las avecillas. Mas, ¡oh justicia de los dioses buenos!, la flecha mal arrojada se volvió contra el hechicero, incrustándose en su corazón y terminando con un ser tan perverso que sólo causó males entre los que le rodearon.

Mientras, desde la rama del tarco en flor, llegaba el canto alegre de las nuevas avecillas...

La luna continuaba enviando a la tierra sus rayos de plata.

En esta forma, dicen los calchaquíes, nacieron los cardenales, que así acrecentaron el número de las aves que regalan nuestra vista y deleitan nuestros oídos con las más exquisitas melodías.



VOCABULARIO

Pusquillo: Cardón

Ancali: Hombre valiente

¡Acchachay!: ¡Qué hermosa!

Vilca: Ídolo

Chasca: Lucero

Mama Quilla: La luna

Imilla: Doncella

Tanga: Toca usada por los hechiceros

Suri: Avestruz

Anta: Cobre

Machi: Curandero, hechicero

Zúpay: El demonio

Kusiya: Ayúdame

Llamta: Leña

Cunti: Lana de alpaca

Tutusca: Grasa de pecho de llama

Yuto: Molido

Puco: Escudilla

Chuspa: Bolsa o talega

Endecheras: Plañideras

Chiqui: Divinidad de la fortuna adversa. La Fatalidad

Guasca: Soga.

Anca: Águila

Tala, Mistol, Jarilla, Algarrobo, Guayacán, Chañar, Pacará, Yuchán, Samohú, Tarco: Nombres de árboles a excepción de la jarilla que es un arbusto.

Alilicucu: Ave nocturna cuyo grito como un lamento causa un temor supersticioso

Cumbi: Tela muy fina, generalmente de vicuña, usada para confeccionar la ropa del Inca y de los nobles

Abasca: Tela burda usada en los vestidos de la gente del pueblo.

Topo: Alfiler largo de plata terminado en uno de sus extremos con un disco trabajado en el mismo metal o cobre

Nevado de Pisca Cruz: Cerro que se halla al norte, cerca de la frontera con Bolivia.


Referencias
El cardenal es un pájaro de tamaño mediano y de agradable aspecto que nidifica en los montes.

De plumaje compacto, tiene el lomo de color gris acero; el pecho y el abdomen, blanco ceniciento; la garganta y la cabeza, rojo vivo, lo mismo que el penacho de suaves plumitas en que ésta termina. Una línea blanca separa el rojo de la cabeza del gris del lomo.
El pico es casi recto, fuerte, con la particularidad de tener el maxilar superior que sobresale del inferior.

Las alas son estrechas y puntiagudas y la cola, larga y cuadrada.
Movedizo, ágil y vivaz, es muy cantor. Su canto, en forma de gorjeos o silbidos, es fuerte y muy agradable, y se asemeja a los sonidos que brotan de una flauta.

El nido, de paja, plumas y cerda, muy liviano, lo construye en los árboles y arbustos.

Los huevos son pardo verdosos con pequeñas manchas blancas.
Habita lugares donde existen plantaciones de árboles y arbustos.
Se alimenta especialmente de granos; pero come frutas, hortalizas, insectos y hasta carne.

Los guaraníes lo llaman acá pitá (cabeza roja).

Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.



miércoles, 2 de diciembre de 2009

EL ATAJACAMINOS


Su nombre científico: Hydropsalis torquata furcifera, en Argentina lo encontramos en Misiones, Chaco Formosa, N.O. y San Luis hasta La Pampa, más fácilmente a los 1000 m.s.n.m.


En Perú se lo denomina Chotacabras, en nuestro país también se lo conoce como dormilón de cola larga.


En Santiago del Estero es conocido como Yanarca.


Habitante de sectores de matorrales de ecotono, estepas arbustivas, claros del bosque y los caminos de esos ambientes.


Come invertebrados.


Es de hábitos nocturnos y de canto muy monótono, hacia la hora del crepúsculo se sitúa en los caminos para salirle de repente a los transeúntes.


Cuenta Félix Coluccio que en algunas regiones traducen el canto del atajacaminos como "chorizo gordo" o "clarito había sido", en alusión a la añapa de algarrobo que no es suficientemente espesa como a él le gusta.


Es un pájaro de plumaje negro y del tamaño de un zorzal, con un grito áspero que según la leyenda es un brujo transformado.


Su grito dice: piruí-piruí, y se tiende en los caminos fingiendo estar muerto, según la leyenda su canto anuncia la muerte próxima de los que lo oyen.


En otros lados se cuenta que el atajacaminos era un gaucho bandido, que asaltaba caminos y que fue condenado a vivir así, a la vera del camino y perpetuo sobresalto.


Se dice también que sobre los huevos de este animal existe la creencia de que al que los saca de su nido les produce un adormecimiento casi cataléptico.


martes, 1 de diciembre de 2009

EL ÁRBOL DE LA SAL




Los mocovíes, indígenas del norte argentino, conocen un helecho llamado Iobec Mapic, al que muchos confunden con un árbol, por que tiene un gran porte y puede llegar a los 2 metros de altura.


Dice la leyenda que cuando Cotaá (Dios) creó el mundo hizo esta planta para que alimentara al hombre; la planta se expandió rápidamente y fue de gran utilidad para la humanidad que la consumía agradecidamente.


Neepec (el diablo), sintió envidia de ver lo útil que era esta planta y se propuso destruirlas a todas, de la forma en que fuese necesario y posible.


Se elevó por los aires y fue a las salinas más cercanas, llenó un gran cántaro con agua salada y los arrojó sobre las matas con la intención de quemarlas con el salitre.


Fue entonces que las raíces absorbieron el agua; la sal se mezcló con la savia y las hojas tomaron el mismo gusto.


Cotaá triunfó una vez más porque la planta no perdió su utilidad, ya que con ella sazonan las carnes de los animales salvajes y otros alimentos...

lunes, 30 de noviembre de 2009

DON CÓNDOR


Don Cóndor había bajado al valle en ocasión de unas chinganas que se celebraban con motivo de Semana Santa.

En uno de los bodegones cerca de una plaza, conoció a un compadrito charlatán y pendenciero, conocido con el apodo de Chusclín.

Se trataba nada menos que de un vulgar chingolo.

Luego de una entretenida charla, en la que don Cóndor y el Chusclín alardeaban de hazañas y chupaderas, como fin de la charla formularon entre sí una singular apuesta: el que chupara (bebiera) más sin curarse (embriagarse), ganaría la apuesta y el perdedor pagaría el vino consumido y la vuelta para todos.

Se inició la competencia: don Cóndor, de buena fe, trataba de agotar el vino de una sentada, sin advertir que Chusclín arrojaba al suelo cada sorbo.

Pronto don Cóndor comenzó a sentir dolor de cabeza y para atenuarlo se ató un pañuelo a modo de vincha.

Cuando advirtió el juego de Chusclín, lo apostrofó y se le fue encima.

Chusclín, veterano peleador, lo esperó sereno y confiado y con un certero golpe sangró la nariz de su oponente, que sólo atinaba a defenderse. En la pelea, el pañuelo que don Cóndor tenía atado a la cabeza se le cayó y desde entonces lo lleva allí: es la golilla que lleva en su cuello.



sábado, 28 de noviembre de 2009

AHÓ AHÓ

Pintura: Jorge Bernard


Mito de la región guaraní, representado por un animal cuyo pelo se asemeja a un poncho (ahó significa ropa en guaraní).


Es semejante a una oveja pero con grandes garras y de aspecto terrible que devora a los que encuentra en el monte.


La única salvación es subirse a una palmera, árbol sagrado que no se atreverá a profanar.


Si el perseguido se trepa a cualquier otro árbol, el Ahó - Ahó lo derribará cavando con sus potentes uñas, para devorarlo no bien caiga.


Ambrosetti sospecha que esta leyenda fue difundida por los padres jesuitas en las misiones del Alto Paraná, para evitar que los guaraníes se alejaran de las reducciones, por temor a que desertaran, se perdieran en el monte o fueran victimados por los tigres o los indios no reducidos, que siempre merodeaban por los alrededores.


Sin embargo bien puede darse el caso contrario, los guaraniés a fin de preservar su espacio, hayan rescatado una antigua leyenda propia y agregado algunos elementos culturales de los jesuitas.


En Paraguay, más que a una gran oveja, se lo asemeja a un oso.


Bibliografía.


Adolfo Colombres: Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina, con dibujos de Ricardo Deambrosi. Edic. Del Sol, Bs. As., 1999.





viernes, 27 de noviembre de 2009

EL BENTEVEO

Cuando Akitá y Mondorí se casaron, ocuparon una cabaña construida con varios horcones clavados en la tierra y cubiertos con ramas y con hojas de palmera.


La nueva oga mí estaba en plena selva misionera.


Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.


Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la edad y las enfermedades habían restado energías y capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que le era posible.


Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al presente contaba ocho años.


Una de las tareas del abuelo, y que por cierto cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse de la cabaña.


Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto.


Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha y nada había que distrajera más al niño que ir con él a pescar a la costa del río.


Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo mostrarles el surubí, el pirayú, el pacú o el patí que habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando en un asador de madera dura.


Otras veces, era una vasija repleta de miel de lechiguana que lograran en el bosque no sin grandes esfuerzos.


Para el pobre tuyá no había más deseos que los de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios, muchas veces, su mayor felicidad era complacerlo.


Valido de tanta condescendencia, el niño era un pequeño tirano que no admitía peros ni réplicas a sus exigencias.


Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos de la incapacidad del abuelo, restringían sus pretensiones, Sagua-á se reprimía.


A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.


Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para su nieto.


Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.


Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el niño no se movía de su lado, dejaban tranquilos la cabaña para cumplir su trabajo en el algodonal.


El anciano, por su parte, jamás había dicho una palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar a sus hijos.


Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más que de costumbre en sus correrías por el bosque con otros niños de su edad y al llegar Akitá y su tembirecó Mondorí a la cabaña, hallaron al abuelo que no había probado alimento por no haber tenido quien se lo alcanzara.


Sus piernas ya no le respondían y era incapaz de moverse sin la ayuda de otra persona.


Indignado Akitá quiso conocer el comportamiento de su hijo en días anteriores, haciendo preguntas al abuelo; pero éste, pensando siempre en el nieto con benevolencia y cariño, contestó con evasivas, evitando acusarlo y encontrando en cambio disculpas que justificaron su alejamiento.


Cuando Sagua-á llegó corriendo y sofocado, tratando de adelantarse al arribo de sus padres, Akitá lo reprendió duramente, enrostrándole su mal proceder, su falta de piedad y de agradecimiento hacia el pobre abuelo que tanto le quería y que no había hecho otra cosa que complacerlo siempre.


Sagua-á nada respondió. Bajó la cabeza y su rostro adquirió una expresión de ira contenida. En su interior no daba la razón a su padre sino que, por el contrario, juzgaba injusto su proceder.


¿Por qué él, sano y fuerte, que podía correr por el bosque, trepar a los árboles, recoger frutos y miel silvestre, o llegar a la costa, echar el anzuelo y pescar apetitosos peces, debía quedarse allí, quieto, junto a una persona inmóvil?


¿Acaso al abuelo, cuando podía caminar, no le gustaba acompañarlo en sus excursiones?


¿Qué culpa tenía él, ahora, de que no pudiera hacerlo?


Y en último caso, si no podía caminar, que se quedara el abuelo en la cabaña, que él, por su parte, nada podía remediar quedándose también.


El tirano egoísta había aparecido en estas reflexiones, que si bien no exteriorizó con palabras, lo decían bien a las claras su ceño fruncido y su expresión airada que en ningún momento trató de disimular.


Desde entonces, varios días se quedó la madre en la cabaña. El padre iba solo a trabajar.


El abuelo se había agravado y ya no podía abandonar el lecho de ramas y de hojas de palma.


Era necesario atenderlo y alcanzarle los alimentos, pues él era incapaz de moverse por su voluntad.


Ese día muy temprano, cuando las estrellas aun brillaban en el cielo, Akitá salió a trabajar. Su tembirecó iría algo más tarde pues era imprescindible su ayuda ese día. Sagua-á quedaría cuidando al abuelo.


Cuando despuntaba la aurora, Mondorí consideró que era hora de salir. Antes de hacerlo, despertó a su hijo que dormía profundamente.


El niño se despertó de mala gana, refregándose los ojos con el dorso de sus manos. Malhumorado al tener que dejar el lecho tan temprano, respondió irritado al llamado de la madre:

-¡Qué quieres! ¿No puedes dejarme dormir?

-No seas egoísta, Sagua-á. Tu abuelo no puede quedar solo y además es necesario atenderlo. Su enfermedad le impide moverse por su voluntad y es justo que se lo cuide. Tu padre y yo debemos trabajar y tú tienes la obligación de dedicarte al pobre abuelo enfermo.


-¿Por qué tengo que atenderlo? -insistió iracundo-.


¡Yo había decidido ir al río a pescar y por culpa de él debo quedarme acá como si estuviera prisionero!


¡Ya he preparado la igá y yo iré a pescar!


¡El abuelo no necesita nada!


-¡No seas malo, Sagua-á! Recuerda que tu abuelo fue siempre muy bueno contigo y que sólo bondades y mimos has recibido de él. Ahora te necesita, ¡es justo que le dediques tu atención! ¡Te prohíbo que te muevas de casa! ¡Ya irás a pescar cuando hayamos vuelto tu padre y yo!


-¿Exiges que me quede? Muy bien... ¡me quedaré!


¡Pero te aseguro que no me obligarán a hacerlo otra vez! -concluyó amenazante el desesperado Sagua-á.


Triste se fue Mondorí al reconocer los sentimientos mezquinos que dominaban a su hijo.


Mientras iba caminando, pensó en Sagua-á cuando era pequeñito y recordó la bondad que albergaba entonces su corazón...


Con su manecita tierna acariciaba a los animalitos que se acercaban a la cabaña en busca de alimento y a los que era capaz de dar lo que él estaba comiendo...


Y no olvidaba el día cuando, entre dos de sus deditos traía una florecilla silvestre cortada por él mismo que le entregó mirándola con expresión tan alegre y orgullosa como si le hubiera dado un tesoro...


¡Cómo había cambiado su hijo!


¡Qué malos sentimientos se habían apoderado de su alma!


¿Cuál sería la causa de este cambio?


Temió la madre por él. Tupá, el Dios que premiaba a los buenos, no dejaba sin castigo a los malos.


¿Qué tendría reservado para Sagua-á?


Dominada por tan tristes pensamientos hizo el camino hasta la plantación de algodón, donde su marido ya estaba trabajando desde tan temprano, y lamentó que la inminencia de la recolección no le hubiera permitido quedarse junto al abuelo enfermo.


No tenía confianza en que Sagua-á le prestara la atención necesaria.


Mientras tanto, allá, en la cabaña de la selva misionera, su triste presentimiento se cumplía.


Sagua-á obedeció a su madre: no se movió de la casa; pero se dedicó a arreglar sus útiles de pesca y a preparar los elementos que utilizaría al día siguiente cuando pudiera ir al río como él deseaba.


Del pobre abuelo ni se acordó siquiera.


En cierto momento oyó que lo llamaba con voz débil y entrecortada:

-¡Sagua-á...!

¡Sa... gua...á...!


Malhumorado el niño al verse molestado e interrumpido en su ocupación de mala gana respondió:

-¿Qué quieres? ¡Ya voy!


Pero ni se movió.


El anciano, mientras tanto, se debatía en su lecho con un desasosiego que crecía por momentos.


Sagua-á oyó que lo volvía a llamar:

-¡Ven... Sa...gua...á...!

¡Ven... por... favor...!


Acudió por fin el niño de mala gana.


Cuando estuvo junto al inimbé donde yacía el enfermo, airado volvió a preguntar:

-¿Qué quieres?


-¡Alcánzame un poco de agua...!


-¿Tu vida se apaga?


¿Se apaga como un cachimbo?


-y continuó riendo divertido por la gracia que le habían hecho sus propias palabras.


-Sí... mi vida se apaga... como un pito güé...


Alcánzame un poco de agua...


Hazme ese favor...


Pero el desalmado, sólo pensaba en reír y repetía sin cesar:

-Pito güé... Pito güé...


El viejo, mientras tanto, llegados sus últimos momentos, con los labios resecos, vencido por una sed abrasadora, expiró.


Al mismo tiempo el niño, que asistía impasible a la escena, continuaba repitiendo las palabras que le habían hecho tanta gracia:

-Pito güé... Pito güé...


Nada le hizo pensar en la transformación que se producía en esos momentos en él.


Su cuerpo se achicaba, se achicaba más y más, cubriéndose de plumas de color pardo. Su cabeza, ya pequeñita, se alargaba y su boca se transformaba en un pico con el que hallaba cierta dificultad para seguir gritando:

-Pito güé... Pito güé...


Momentos después, en la cabaña, sobre su lecho de palma yacía exánime el anciano, mientras en un rincón, junto a la ventana, un pájaro de lomo pardo y pecho amarillo, que tenía una mancha blanca en la cabeza, no cesaba de repetir:

-Pito güé... Pito güé...


Era Sagua-á, que, castigado por su egoísmo y su mal proceder, fue transformado en ave por uno de los genios buenos que enviaba Tupá a la tierra. Ellos eran los encargados de premiar a los buenos y dar, a los malos, su merecido.


Cuando Akitá y Mondoví volvieron, encontraron al anciano muerto en su inimbé.

En el momento de entrar, un pájaro de plumaje pardo y amarillo voló pesadamente, saliendo de la habitación por la abertura de la puerta.


Una vez en el exterior, parado en una rama del jacarandá que crecía junto a la cabaña, no dejaba de gritar con tono lastimero:

-Pi...to güé... Pi...to güé... Pi...to güé...


Este, decían los guaraníes, había sido el origen de nuestro benteveo, al que ellos llamaban pito güé, imitando su grito, en el que creían ver reproducidas las palabras que causaran tanta gracia al pequeño egoísta cuando las oyó de labios del abuelo moribundo.


Referencias


El benteveo es un pájaro americano de treinta centímetros de longitud más o menos.


Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte del pecho son blancos; el resto de este último y el abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce también en el copete, que termina en negro.


El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es tan largo como la cabeza, terminando en un gancho bien pronunciado.


Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.


Aunque se alimenta también de lombrices y de otros gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente puede vivir en cautividad.


Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con lanas, ramitas y pajas en horquetas o en las ramas de los árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos de color amarillento con manchas parduscas.


Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente cerca de poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que otros pájaros.


Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que obliga a alejarse de las cercanías de su nido, favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las aves de corral.


Su grito agudo y prolongado, en el que algunos creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá, quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre que lleva y que varía según las diferentes regiones que habita.


En Argentina vive desde Buenos Aires, San Luis y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones.


En algunos lugares se tiene la creencia que cuando el benteveo grita al mediodía, junto a una casa, avisa la llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas extrañas.


En otras partes atribuyen su grito cerca de una casa a un anuncio de nacimiento.


Vocabulario:


Akitá: Terrón.

Mondorí: Cierta clase de abeja.

Tuyá: Anciano, viejo.

Pirayú: Dorado (pez).

Pacú: Pez grande de agua dulce.

Patí: Pez grande sin escamas.

Surubí: Especie de bagre grande.

Sagua-á: Arisco.

Cuminí: Niño.

Tembirecó: Esposa.

Igá: Canoa.

Inimbé: Lecho.

Pito Güé: Cachimbo que fue

Tupá: Dios bueno

Oga mí: Casita



jueves, 26 de noviembre de 2009

AILEN MULELO



Fuegos fatuos a los que el indígena considera manifestaciones de ultratumba.


Cuando en el camino aparece uno de estos fuegos, el mismo deja de ser transitado por largo tiempo.


Los criollos por lo general, los llaman: LUZ MALA, FAROL DE MANDINGA o FAROL DEL DIABLO, son reales y obedecerían a varios fenómenos naturales: pueden ser emanaciones de metano, comunes en terrenos pantanosos, otras veces, producidos por gases de la descomposición de sustancias orgánicas, sobre todo grasas, enterradas muy cerca de la superficie y también por la fosforescencia de las sales de calcio componentes de esqueletos de animales esparcidos en el campo (osamentas).


En los dos primeros casos la luminosidad es tenue e intermitente oscilando o trasladándose de un punto a otro, impulsadas por la mas leve brisa, en el caso de la fosforescencia de las "osamentas" pese a estar fija, concurren varios factores, como el agotamiento visual, el miedo, la falta de puntos de referencia en la oscuridad y la imaginación que hacen que el observador las vea moverse.


Esos movimientos, virtuales o reales, hacen que las "Luces Malas" sean temidas también por que imaginan ver en ella el alma de algún difunto que no ha purgado sus penas y que, por ello, sigue de esa forma en la tierra manifestando a su vez su deseo de vincularse a un alma viva para que le sirva de compañía.


Estas almas andan errantes porque sus pecados no le permiten entrar al cielo, pero tampoco son tan graves como para merecer el infierno.


Según la superstición, buscan esta compañía hasta que algún familiar realice algún acto que las redima. Para liberarse de la LUZ MALA el paisano reza y luego muerde la vaina de su cuchillo, ya que el arma blanca es la única defensa posible.


AILEN MULELO significa "Brasa ardiente que anda o camina"; pues AILLIÑ es brasa y AMULEN es andar, deambular, caminar.


También se lo conoce con el nombre de BOY TATA.


miércoles, 25 de noviembre de 2009

AGUA Y SOL EN EL PRINCIPIO. Tonada cuyana.


La Laguna del Rosario hierve levantando grandes olas y arroja piedras en siniestros remolinos.


Los pobladores de esa región huyen despavoridos.


¡Tuve que hacerlo, Padre Sol!


La melodiosa voz femenina une la determinación de la queja.


La vertiente se va secando bajo la mirada implacable del Sol.


-Está bien, está bien. De alguna forma tienen que aprender los hombres. Ahora sabrán en esas tierras que hay que cuidar lo sagrado, que vos Madrecita del Agua, sos sagrada, imprescindible.


El ceño fruncido del Sol contrasta con su actitud consoladora.


La Madre del Agua ahoga un sollozo, y empieza a peinar sus rubios y largos cabellos.


El Sol lamenta la altanería y la estupidez de los vecinos de las Lagunas del Rosario, que le habían robado el peine de oro y el rosario mientras cantaba bajo la higuera en el hueco de piedra a la orilla del remanso que ahora es un ojo de agua seco.


Sin nosotros, Padre, nada sería posible. Pero no lo entienden y nos desafían- exclama la Sirena- y esto del Rosario fue por la codicia de mi peine y mi rosario de oro pero son peores los que envenenan a mansalva y matan a mis peces y hacen que nadie pueda beber...


Es verdad, es verdad. Pero no se quedarán sin castigo.


La Madre del Agua invoca con una sonrisa diabólica las calles como ríos sucios en las ciudades.


-Tienen que aprender que no se juega con la vida -ruge inflamándose el Padre Sol y un verano intenso se hace en todo el planeta.


La misma Madre transpira a mares y sus piernas de pez se resecan.


-Padrecito, por favor -urge casi friéndose. -Sí, sí -se calma-.


Ellos han creado al monstruo que los destruirá, un monstruo que no sé si podrán detener.


El Sol enfoca su mirada implacable sobre la Tierra que sufre.Escucha el lamento musical de las Madres del Agua y una sombra de preocupación se le instala en el cuerpo como intenso agujero negro.


-¿No se dan cuenta de que cada cosa que existe tiene su razón de ser, que cada vacío ha de cubrirse, que lo que da vida puede matar, que lo que hoy es exceso se transformará en escasez en el futuro?




lunes, 23 de noviembre de 2009

HUIÑAJ

Hacia el norte de la provincia de Santa Fe hay una región en la cual en una época del año escasean las lluvias, produciéndose grandes sequías, principalmente en la Provincia de Santiago del Estero.

Hace mucho tiempo en ese lugar se levantaba una toldería de indios, cuyo cacique tenía una hija muy dulce y tierna. Sisa se llamaba y parecía ser como todas las jóvenes del lugar, pero tenía una particularidad: demostraba una marcada predilección por el color amarillo. Siempre se la veía vestida con túnicas de ese color, se adornaba con plumas de ñandú teñidas, flores de retama y collares de cuentas amarillas.


Por lo general le gustaba quedarse en su choza tejiendo e hilando y salía sólo de tarde en tarde. Entonces recorría toda la región que pertenecía a su padre.


Aprovechaba este paseo para observar las plantas, por las que tenía gran admiración. Decía que también sentían cuando se las tocaba y escuchaban cuando se les hablaba; por eso a menudo la veían conversar con ellas mientras les removía la tierra endurecida o podaba sus ramas enfermas y secas. Otras veces preparaba mezclas de yuyos y rociaba sus ramas. Aunque a la gente le costaba creer en los efectos de ese tipo de cuidado, comprobaban con sorpresa que las plantas crecían con mayor fuerza.


Sin embargo habían observado algo más importante en Sisa: cada vez que salía de paseo, al día siguiente caía una copiosa lluvia y todos estuvieron convencidos, que gracias a un poder sobrenatural Sisa provocaba la lluvia y todos sintieron un profundo respeto por la hija del cacique.


No era raro entonces, que en épocas en que escaseaba el agua, todos solicitaron su ayuda, pidiéndole que realizara uno de sus benéficos paseos. Nadie dudaba que al otro día el cielo les enviara la lluvia tan esperada.


Así pasaba el tiempo. La vida transcurría tranquila en la tribu hasta que corrió la voz que Sisa había enfermado. Un mal desconocido la aquejaba y se sentía tan débil que permanecía constantemente postrada en su lecho. Las curanderas más famosas de la tribu fueron consultadas, no hubo remedio que no se le diera, pero el mal no quería ceder. La gente toda ofrecía sacrificios a los dioses, pero nada lograba devolver la salud a Sisa quien empeoraba día a día.


Mientras tanto una gran sequía comenzó a inquietar a todos; las nubes cargadas de agua no se acordaban de aquella región y seguían su camino hacia otros lugares.


El tiempo pasaba; la tierra reseca empezó a levantarse en turbias polvaredas por el viento y el aire se hizo cada vez más irrespirable. Los árboles y las plantas se marchitaban; los animales buscaban ansiosos una gota de agua donde saciar su sed, pero el río se iba secando poco a poco.


La tribu entera pensaba en Sisa, pero, la joven nada podía hacer; sus fuerzas eran cada vez más débiles y su vida se fue apagando sin remedio.


Un día el viento comenzó a soplar con mayor intensidad y el aire caliente se hizo sofocante. Entonces la vida de Sisa se extinguió para siempre.


La desesperación se apoderó de la tribu y como última esperanza invocaron a PachaMama, pidiendo que les devolviera su alma. Todo fue inútil y se sintieron abandonados por los dioses, creyendo que la tranquilidad y la felicidad ya no reinarían más en aquel lugar. Miraron a su alrededor como buscando algo que los aliviara de esa triste situación; la sequía había hecho grandes estragos y los campos se veían tristes y desolados.


Entonces les llamó la atención la aparición de un árbol cubierto de delicadas campanillas amarillas, fresco y lozano como si la sequía no se hubiera percatado de su existencia.




Todos intuyeron que esa planta era regalo de Sisa y una tenue esperanza alivió sus corazones. Al día siguiente cuando el cielo se cubrió de negros nubarrones y se desencadenó la lluvia, nadie dudó que la joven no se olvidara de su gente.


Desde entonces y hasta ahora Sisa está permanentemente presente entre ellos en esa extraña planta; cada vez que va a llover se asoma por las ramas en forma de flores amarillas, sin tener en cuenta la estación que en ese momento reina en la tierra.

La gente llamó a esa planta huiñaj, y aún sigue floreciendo para anunciar la lluvia.


Cuando visites Santiago del Estero, la podrás ver en la plaza principal Libertad, casi en la esquina Avellaneda e Independencia.


Sisa: Flor.