viernes, 13 de noviembre de 2009

AMOVINDO


Amovindo


Cuenta Félix Coluccio que este personaje de las costas del río Salado, en Santiago del Estero, debió vivir alrededor de 1785.


Este shalaco tenía campos y gran fortuna, con tesoros guardados en tinajones y ataúdes, los cuales, enterrados, ocultaban oro, plata y demás bienes de valor incalculables.


Se cuenta que lo visitaba un ser que vivía en la selva con varias formas, a veces como hombre, otras como toro con crines brillosas y astas doradas, y que se paseaba por todo el pago que formaban parte de Bandera Vieja, balando de una forma muy particular. El Toro Supay, o Toro Yacu.


Cuando muere Amovindo, el millonario estanciero, el toro llegó y reuniendo en un santiamén los animales del lugar, se alejó llevándoselos junto a todas las riquezas acumuladas hacia el monte.


Vocabulario:


Shalaco: Saladino/Saladina, de la costa del Río Salado de la Pcia de Santiago del Estero. Generalmente suele emplearse en sentido despectivo por: ignorante, atrasado, incivil…



jueves, 12 de noviembre de 2009

EL MITO DEL DUENDE





El duende es uno de los personajes míticos de mayor popularidad dentro del folklore del NOA.


El pueblo a partir de elementos culturales europeos ha creado una leyenda aureolada de travesuras y picardías, muy comedido en los infortunios humanos.


Dicen que su origen fue el ángel más bello del cielo, pero tenía el defecto de meterse en todas las cuestiones del Padre Eterno, por esta causa, Dios se sintió molesto y para deshacerse de él lo condenó al infierno, pero como la Virgen María lo quería mucho rogó al Señor revoque esta drástica medida; por esta causa Dios le ordenó bajar a la tierra a mezclarse con los hombres; quitándole toda su belleza física, haciéndolo petiso y cabezón, muy delicado para el sol, por lo que tiene que usar un sombrero de alta copa y anchas alas, andar sólo de día y en particular a la siesta.


Como el duende fue castigado por desobediencia, entonces con ese sentimiento de culpa persigue a los niños que no respetan las órdenes paternas, así durante los insoportables calores, cuando el sol quema como fuego, él sale de su cubil para castigar a los changos que en recuas, salen a robar sandías, melones; frutas y bañarse en ríos, estanques y acequias.


Otras de las grandes cualidades del duende es su dedicación al sexo femenino; siempre elige las mujeres más hermosas, esta cualidad ya la trajo desde el cielo, porque antes era el ángel más bello que había en la corte celestial.


miércoles, 11 de noviembre de 2009

Chiqui el Duende Malvado



Las siestas en las provincias del norte y noroeste, es una institución.

Para los grandes, naturalmente, que la dedican a descabezar un sueño. Encuentran en la siesta descanso reparador, paréntesis en relajamiento en el trajinar cotidiano.


En cambio para los niños, la siesta es todo lo contraria, es la hora de andar por las quintas, por el campo, por el cerro, honda en mano, en busca de pájaros, cuises, chelcos o lagartijas, pues es la edad de las primeras aventuras, cualquier bicho es bueno para el blanco del hondazo.


Es la hora que sale el Chiqui, que es el duende jefe de duendes. Es el más malo de todos. Aunque, como buen duende que es, tiene siempre en sus maldades un algo de travesura.


Muchos lo han visto, sobre todo las muchachas a los que él gusta aparecérsele, para regalarles fruta o flores o pájaros vivos, pero es malo con los muchachos que andan a la siesta por el monte.


...El Chiqui sabe cómo vengarse de quienes lo olvidan. Es el que tiene atado el viento y lo suelta, tiene en la mano los secretos del rayo y lo enciende, Illapa, el rayo cae sobre los cactus, los algarrobos y los destruye. Tiene las riendas del agua y la suelta o la sujeta, si quiere mandar inundaciones o declarar la sequía...”.

PROCLAMA DE FRANCISCO JAVIER MINA


Fragmento

"Soldados españoles del Rey Fernando:

Si la fascinación os hace instrumento de las pasiones de un mal monarca o sus agentes, un compatriota vuestro que ha consagrado sus más preciosos días al bien de la patria, viene a desegañaros, sin otro interés que el de la verdad y la justicia.

Fernando, después de los sacrificios que los españoles le prodigaron, oprime a la España con más furor que los franceses cuando la invadieron. Los hombres que más trabajaron por su restauración y por la libertad de ese ingrato, arrastran hoy cadenas, están sumergidos en calabozos, o huyen de su crueldad. Sirviendo, pues, a tal príncipe servís al tirano de vuestra nación; y ayudando a sus agentes en el nuevo mundo, os degradáis hasta constituiros verdugos de un pueblo inocente, víctima de mayor crueldad por iguales principios, que los que distinguieron al pueblo español en su más gloriosa época ¡soldados americanos del rey Fernando!...

¡Qué triste experiencia tenéis de la Metrópoli, y qué dolorosas lecciones habéis recibido de los malos españoles que para oprobio de los buenos han venido hasta aquí a subyugaros, y enriquecer a costa vuestra!...

Uníos, pues, a nosotros; y los laureles que ceñirán vuestras sienes, serán un premio inmarchitable superior a todos los tesoros.


Soto la Marina
Javier Mina"

Imagen: militar.org.ua

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/11/francisco-xavier-mina.html

martes, 10 de noviembre de 2009

EL SEÑOR DE MURUHUAY

Imagen del Cristo Crucificado de Muruhuay
Santuario

Existen numerosas leyendas que explican la aparición del Cristo Crucificado de Muruhuay, la más conocida es la siguiente:

Después de caer derrotados en los campos de Junín por las tropas patrióticas, el 6 de agosto de 1824, muchos soldados españoles salieron huyendo, fue así como llegó a la zona de Muruhuay un oficial que temía ser descubierto y victimado por los peruanos.

Su permanencia en el lugar era penosa, estaba asustado, estaba enfermo y no tenía que comer.

Su desesperación lo llevó a trazar la efigie del Cristo Crucificado en la faz de una roca, haciendo uso de su espada. Todas las noches le oraba y pedía clemencia.

Una noche, un humilde campesino notó que dos velas alumbraban el cerro, cuando se acercó vio la sorprendente imagen.

Inmediatamente avisó a sus patrones y al párroco, pero estos no le creyeron, por el contrario lo reprendieron diciéndole que eran alucinaciones producto de sus borracheras, y amenazaron castigarlo.

Pero, el indiecito insistía y se desesperaba, anta esto, ante esto el párroco decidió acudir al lugar y verificó que lo que le habían referido era cierto.


Fuente: http://tarma.8m.com/santuario.htm
Imagen peru.gob.pe

Nota:

Muruhuay se localiza en (Acobamba) a 10 km. de Tarma.

Muruhuay viene de las dos voces quechuas: Muru y Huayi; la primera que significa viruela y la segunda casa "casa de la viruela".


EL CHIQUI


Foto de Andalgalá, Pcia de Catamarca



El Chiqui



El Chiqui era el dios al que adoraban los autóctonos; el historiador Montesinos, dice: “chi” es cosa parada, “qui” partícula que significa ambigüedad, luego chiqui es, cosa doble, llena de falsía. El origen del Chiqui lo encontramos en la mitología peruana y que luego fue adoptado en todo el Valle Calchaquí, "...para el logro feliz de cualquier empresa, el indio tenía que invocarle, sino las cosas salían al revés. Imposible era la vida de la tribu, en la aridez de la llanura, sin el sustento de la algarroba y el maíz y había que implorar al Chiqui para que la cosecha fuera buena..."


Todas las inclemencias del tiempo (sequía, huracanes, temblores, etc.) que azotara con furia sus cultivos y cosechas era obra del Chiqui, el demonio Calchaquí (la tradición conservaba no hasta hace mucho tiempo que cada vez que aparecía un remolino de viento, la forma de hacerlo desaparecer era hacer la señal de la cruz, ya que el diablo estaba presente en el remolino).


En su homenaje se ofrecían las cabezas de los animales cazados, estas cabezas sin duda alguna son la emulación de las cabezas de humanos que se sacrificaban para aplacar su furia. Sobre este tema debemos aclarar que las comunidades indígenas en el Período Temprano (250 - 500 d. C.) y luego en el Período Medio (700 - 1.000 d. C.) con la cultura Ciénaga y Aguada, más tardíamente, representaban en su cerámica una compleja simbología, que representa las cabezas cortadas de sus enemigos, en la trilogía: guerrero - cabeza trofeo - felino. Las bacanales del Chiqui también se celebraban cuando sobrevenían las grandes sequías o sea cuando se evaporaba la humedad de la tierra, porque el sol quemaba (Intirupas tian), era el grito de la tribu sedienta, por ello los indios levantaban en alto sus cántaros vacíos en demanda de enseñaban a los cielos, haciendo saltar las cabezas sacrificadas de los animales, rociando con agua el suelo seco y tirando maíz molido, almidón, signos de fertilidad y fecundidad, tan grave debió haber sido la embriagues de éstos pueblos de indios que el Rey, S.M.D. Carlos 2º, por Real Cédula de 1.679, habla de la borrachera de los indios londinenses que no permitían la asimilación de la doctrina (cristiana), manifestando entre otros motivos fundados de la traslación (expatriación del pueblo indio): "...los inconvenientes que resultaban de asistir en ella y particularmente el de continuar los indios la idolatria antigua y otros vicios de embriaguez que ejercitaban con brebaxes fuertes que hacían de la algarroba que había en abundancia...".


Lo concreto que los Londres (de 1679 a 1689) estaban rodeados de tupidos y frondosos algarrobales que los indios desde que oían el silbo melancólico de los coyuyos que anunciaban la madurez de las vainas, se embriagaban con la aloja, el licor fermentado que da el algarrobo.

La representación del Chiqui en Andalgalá

El Chiqui en Andalgalá y en todo el Noroeste Argentino está representado por el duende, el relato de nuestros mayores perdura hasta la actualidad y da vida a un mito que sobrevive de generación en generación, dicen que anda a la siesta por el monte, tiene una mano de hierro y otra de lana, con esta lleva regalos a las mujeres, con la de hierro castiga a los changos. Es chiquito y usa un sombrero grande de alas muy altas, tiene en la cara siempre una sonrisita de picardía, cuando te corre y si hay una acequia con agua, te resguarda de su maldad, porque el duende no puede tocar el agua, ya que es bendita.


Su procedencia es el Perú y anda por estas tierras, vigilando las siestas, que es la hora que descansa la gente y la tierra trabaja, madurando a la algarroba, también se abren las flores, etc. El Jueves y Viernes Santo aprovecha para salir todo el día, valiéndose que el Hijo de Dios agoniza y luego muere, por ello ésos días es muy peligroso salir a cualquier hora.


El Chiqui también era el dador de la lluvia, que era lo que con amor le pedían los indios...”.


lunes, 9 de noviembre de 2009

EL BASILISCO


Era muy utilizado por nuestros padres y abuelos el término "Esta hecho un basilisco", o "Es un basilisco", en referencia a cuando alguien está como endiablado, enloquecido, enfurecido.


Este reptil es un animal muy extraño, semejante a una lagartija con un solo ojo redondo y sin párpados, en la frente.


En otros casos lo representan como una animal con cabeza de gallo y cuerpo de serpiente (seguramente proveniente de la mitología europea).


El Basilísco.

Dice la leyenda que nace de los huevos pequeños y sin yema que ponen algunas gallinas y en algunas regiones se comenta que de los huevos puestos por gallos viejos.

Paleari completa este concepto diciendo que nace de "un huevo sin yema puesto por un gallo y empollado por un sapo sobre el estiércol".

El basilisco puede esconderse en cualquier recoveco de la casa y la persona que lo vea al ojo puede morir de inmediato o quedar ciega.

Una forma de combatir a este prodigio es lograr que se observe en un espejo y muera del espanto.

La muerte del basilisco

Hay que tener cuidado de destruir los huevos antes de que el animal nazca, pues su gestación dura alrededor de un día.

Nos dice Antonio Paleari, en su completísimo Diccionario mágico jujeño, que el término proviene del griego "basiliskós", que significa reyezuelo, rey con menguado reino.

Es interesante la relación que hace el mismo Paleari entre este extraño ser y los animales de la mitología azteca, maya o chibcha; quizá estableciendo alguna relación primitiva entre las distintas civilizaciones y sus mitos.

En la zona de Jujuy y parte de la puna el reptil es semejante a cualquier lagarto, pero en la zona de los valles y parte de Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca, muchos paisanos aseguran que tiene un solo ojo en la frente, como hemos referido anteriormente.

Así como un espejo mata al basilisco, Paleari nos dice que el monstruo también muere si es visto antes por un hombre.

viernes, 6 de noviembre de 2009

ALFONSINA Y EL MAR



ALFONSINA Y EL MAR









Por la blanda arena que lame el mar
Su pequeña huella no vuelve mas,
Un sendero solo de pena y silencio llego
Hasta el agua profunda,
Un sendero solo de penas mudas llego
Hasta la espuma.

Sabe Dios que angustia te acompaño
Que dolores viejos callo tu voz
Para recostarte arrullada en el canto
De las caracolas marinas
La cancion que canta en el fondo oscuro del mar
La caracola.

Te vas alfonsina con tu soledad
Que poemas nuevos fuiste a buscar ...?
Una voz antigua de viento y de sal
Te requiebra el alma y la esta llevando
Y te vas hacia alla como en sueños,
Dormida, alfonsina, vestida de mar ...

Cinco sirenitas te llevaran
Por caminos de algas y de coral
Y fosforecentes caballos marinos haran
Una ronda a tu lado
Y los habitantes del agua van a jugar
Pronto a tu lado.

Bajame la lampara un poco mas
Dejame que duerma nodriza en paz
Y si llama el no le digas que estoy
Dile que alfonsina no vuelve ...
Y si llama el no le digas nunca que estoy,
Di que me he ido ...

Te vas alfonsina con tu soledad
Que poemas nuevos fuiste a buscar ...?
Una voz antigua de viento y de sal
Te requiebra el alma y la esta llevando
Y te vas hacia alla como en sueños,
Dormida, alfonsina, vestida de mar ...

Ariel Ramirez
Félix Luna

Nuestro adiós a Félix Luna. 05-11-2009

jueves, 5 de noviembre de 2009

EL CONVIDADO SOBRENATURAL



En una lujosa mansión, habitaba solo con sus criados un joven caballero apuesto y valeroso. Poseía una gran fortuna heredada de sus padres que el joven derrochaba continuamente en fiestas y devaneos amorosos.


No tenía temor a Dios ni al diablo, siempre estaba envuelto en disputas y retos.


Un día paseaba por el campo deseoso de encontrar alguna aventura nueva.

De pronto, destacando sobre el verdor de la hierba, encontró una calavera humana.

Sin respeto alguno, le dio un puntapié, la hizo rodar, jugó con ella y se burló de los restos; cuando ya se marchaba, se volvió y le dijo:

Calavera, -esta noche estás invitada a cenar conmigo.


Con voz de ultratumba, la calavera le respondió:


-No os voy a despreciar, estad seguro de que esta noche iré cenar con vos.


Muy impresionado quedó el caballero ante aquella respuesta sepulcral, marchando muy preocupado y triste, repasando sus muchos y grandes pecados que ahora le pesaban de una forma jamás sentida.


Tan angustiado se sentía que a la mitad del camino, dirigiéndose a un convento, pidió confesión. El sacerdote escuchó también cual había sido la causa de su conversión... aquella extraña calavera. El confesor le dio la absolución y le impuso varias reliquias, entre las cuales se encontraban un trozo de la cruz de Cristo. Más reconfortado, marchó el caballero a casa.


Esperó pacientemente que llegara la noche y la hora de la cena. Al anochecer se oyeron unos aldabonazos y envió al criado a abrir la puerta, pensando que podía ser algún amigo...

Desde la habitación en que se encontraba pudo oír como se abría la puerta y una voz cavernosa decía así:

-Dile a tu amo que he venido a cenar con él, que me invitó esta mañana.


Serenamente, el caballero dijo:

-Déjale entrar, será bien recibido.


Por la puerta apareció un esqueleto que infundía terror. Le seguía el criado, pálido y demacrado, casi a punto de desmayarse de miedo.


El caballero, aún también preso del pánico, tenía una gran serenidad y fortaleza, confiando en las reliquias que el sacerdote le había dado. Acercándose a la calavera, le invitó amablemente a sentarse en su mesa y a participar de su cena.


Más la calavera le dijo que no quería cenar, que había ido a llevárselo a la iglesia donde ella también lo iba a invitar.


Sin atreverse a contrariarla, el caballero la siguió. El reloj daba las doce campanadas de medianoche... la iglesia estaba desierta y, en medio de ella, había una mesa preparada, alumbrada por la tenue luz de una vela. Junto a la mesa, una losa levantada mostraba una sepultura abierta.


La calavera le dijo al joven:

-Ven conmigo, cenaremos juntos, que yo te invito.


Pero el joven declinó acercarse, y le dijo:

-Todavía no tengo licencia de Dios y no quiero enterrarme vivo.


Furiosa, la calavera le respondió:

-Si no llevaras unas reliquias que representan a Cristo, quieras o no te haría quedar ahí dentro para siempre, donde ibas a sufrir eternos martirios. Yo en la tierra fui profano e incrédulo como tu, sin respetar nunca nada sagrado. Como castigo me veo penando por los siglos de los siglos. Cuando te encuentres un hueso humano, llévalo a enterrar en sagrado, piadosamente mientras rezas un padrenuestro por su alma. Que mi pena te sirva de escarmiento, esto es lo que debes hacer, si quieres que los demás lo hagan contigo, porque serás medido con la misma medida que midieres.


Cuando terminó de hablar, se metió en la sepultura, cayendo pesadamente sobre ella la losa levantada.


Después de este incidente, el caballero, totalmente arrepentido, tuvo una vida ejemplar hasta el resto de sus días.


martes, 3 de noviembre de 2009

EL PALO BORRACHO

A este extraño árbol, con forma de botella, ciertas tribus de la zona del río Pilcomayo, lo llaman "Mujer" o "Madre pegada a la tierra" y esto viene porque...


En una antigua tribu que vivía en la selva, había una jovencita muy linda, a la cual codiciaban todos los hombres, pero ella sólo amaba a un gran guerrero.

Y se enamoraron profundamente... hasta que cierto día la tribu entró en guerra.

El partió a la contienda y ella quedó sola prometiéndole amor eterno...

Pasó mucho tiempo y los guerreros no volvían... mucho tiempo después, se supo que ya no lo harían.


Perdido su amor... la joven cerró todo sentimiento pues la herida abierta en su corazón ya no podría sanar... Se negó a todo pretendiente... Una tarde se internó en la selva, entristecida, para dejarse morir...


Y así la encontraron unos cazadores que andaban por allí... muerta en medio de unos yuyales.

Al querer alzarla para llevar el cuerpo al pueblo, notaron, asombrados que de sus brazos comenzaron a crecer ramas y que su cabeza se doblaba hacia el tronco. De sus dedos florecieron flores blancas. Los hombres salieron aterrados hacia la aldea.


Unos días después, se internaron los cazadores y un grupo más al interior de la selva y encontraron a la joven, que nada tenía de muchacha, sino que era un robusto árbol cuyas flores blancas se habían tornado rosas.

Comentan que esas flores blancas lo eran por las lágrimas de la joven derramadas por la partida de su amado y que se tornaban rosas por la sangre derramada por el valiente guerrero.




lunes, 2 de noviembre de 2009

KEO

Desde lo alto del cerro, el valle se percibe como una mancha oscura velada por la niebla.

Las montañas, gigantes de piedra que tratan de alcanzar el cielo, ostentan sus cimas blancas de nieve y sus quebradas profundas que, a manera de pliegues inmensos, surcan la ladera.
El silencio hondo y perfecto sólo es interrumpido por el vuelo de algún cóndor que, extendiendo majestuoso el abanico de sus alas y describiendo una espiral en el espacio, emprende vuelo hacia las alturas.

Silencio y soledad reinan en el gris azulado del instante que precede a la aurora. De pronto, sin transición, como bajo el influjo de algún genio misterioso, la nieve de las altas cumbres refulge con brillo de oro y el cielo se tiñe de rosa y de violado añil.

El paisaje toma vida y relieve. El verde se destaca sobre el castaño de la piedra, y la niebla, que envolvía al valle, comienza a desvanecerse. Es que el sol, venciendo a las tinieblas de la noche, llega a la tierra con sus rayos luminosos.

De pie, junto a un cardón que eleva sus brazos al cielo, una hermosa doncella en actitud ansiosa, la mirada hacia oriente, aguarda la caricia de esos rayos sobre su rostro, sobre sus manos, sobre su cuerpo todo, y el Inti, señor y rey de vida y de energía, que rige y gobierna los días, los años y las estaciones, magnánimo y generoso, la cubre con el calor de su luz.

Satisfecha en su deseo, la niña emprende el camino de vuelta hacia la aldea de donde salió cuando las estrellas salpicaban el cielo con puntos de luz y Mama Quilla iluminaba los caminos convirtiéndolos en cintas de plata...
Con mano suave toma los cordones de lana que caen del cuello de la llama blanca que siempre la acompaña, y seguida por el animalito, con paso elástico, ágil y esbelta, desciende por los senderos de la montaña.
La belleza de la muchacha la hace inconfundible en la región. Es Keo, la hija del cacique Choro que, como todos los días, acude a presenciar el nacimiento del día desde el cerro más cercano para que el sol llegue hasta ella antes que hasta los demás...

La joven se acerca. A corta distancia su belleza es bien visible. En su rostro fino, de color cobrizo, resaltan los ojos grandes y negros de mirada ausente y la boca roja de expresión cordial.

Sobre su cabello lacio y renegrido peinado en dos simbas, lucen su color azul violáceo las flores de tarco con que se ha adornado.

Sobre el vestido, especie de camisa larga con mangas, lleva una fina manta de lana de vicuña con diversas guardas de variados dibujos en colores brillantes y calza sus pies con ojotas de cuero que le permiten caminar segura sobre las piedras del camino.

Marcha, y su mirada ausente, levantada hacia el cielo, se posa en Inti, que a través de las nubes le envía sus rayos oblicuos.

Esa es su mayor felicidad, la que pone en su boca un gesto de dulzura, da brillo a sus ojos y firmeza a su andar.

Sin haber dejado un instante de mirar al sol, llega a la casa de su padre. Es de forma rectangular, construida en el valle con piedras colocadas las unas sobre las otras, de muros anchos y poco elevados y puertas bajas con marcos de madera cardón.

Grandes árboles la rodean. Detrás de la casa, un grupo de algarrobos ostenta su floración amarilla mientras a un lado, un yuchán y un samohú ofrecen la belleza de sus flores recortadas sobre el azul del cielo como estrellas blancas y rosadas.

Las mariposas cruzan el aire semejando pétalos desprendidos de alguna planta maravillosa, mientras los pájaros, con trinos de cristal y cantos melodiosos, se suman a la armonía del paisaje.

La niña se detiene. Extasiada contempla la fantástica belleza que la rodea y otra vez sus ojos se dirigen al cielo para fijarlos en Inti, que brilla y reina absoluto en las alturas. Una adoración sin límites transforma el rostro de Keo, sublimizando su expresión, cuando una voz, venida del interior de la casa, la vuelve a la realidad: -¡Keo...! ¡Keo...!
Se sobresalta la niña, y dando unos pasos continúa la interrumpida marcha al tiempo que responde: -¡Ya voy madre! ¡Ya voy...!
Su voz, de inflexiones cálidas, es tan dulce como la mirada tierna de sus ojos negros.

La madre sale a recibirla. Es una mujer joven, de mediana estatura, de tez cobriza, salientes pómulos y mirada vivaz. Peina su cabello lacio y negro en trenzas que, recogidas en forma de moños sobre ambos lados de la cabeza, sujeta con una vincha de color vivo.

Hay cierto reproche en la voz cuando se dirige a su hija: -¡Otra vez, Keo! ¿Qué fin te lleva tan temprano a lo alto de la montaña?

-Inti me llama, madre, y desde allí lo veo aparecer antes que nadie. Yo soy la primera que descubre su fulgor sobre las cimas nevadas y la primera a quien acarician sus rayos de fuego -respondió muy suave la niña.
Movió la madre la cabeza, mientras Keo conducía la llama hasta un corral de pircas donde la dejó. Luego, como acostumbraba hacerlo diariamente, se instaló ante un telar colocado bajo las ramas protectoras de un tarco en flor.

Una manta empezada mostraba la policromía de sus grecas variadas, en las que el blanco, el negro y el rojo, resaltaban sobre el ocre del fondo.
Trabajó Keo sin cesar. Muchas veces pasó el ovillo de lana de llama por los lizos, separados al golpe de los pedales, y muchas veces con el peine golpeó la tela para apretar el tejido y hacerlo compacto. Muchas veces cambió el color de la lana y el dibujo que formaba las guardas. Pero cumplía mecánicamente la tarea. Su pensamiento estaba en lo alto, donde Inti brillaba en todo su esplendor.

Con tenues pasos se acercó la madre. Su llegada no fue advertida por la joven que continuaba su tarea ensimismada y como ajena a todo lo que no fuera el Inti soberano, dueño de su alma y de sus pensamientos.
-Keo... Keo... -la llamó.

Volvió la niña la cabeza y recién notó la presencia de su madre.
-Keo... -insistió-, tu padre quería hablarte, pero te habías ido... Debe comunicarte algo importante... que tú tendrás que resolver...

-¿De qué se trata, madre?

-Ya te lo dirá él a su vuelta... Ha ido a consultar al machi...
Decayó el interés de la niña, que volvió a aislarse en sus pensamientos.

La madre, decepcionada, movió la cabeza con gesto impotente y se dirigió a la casa en busca de las madejas de lana que debía teñir.

Cerca del telar en el que trabajaba Keo, estaban dispuestas las ollas de barro conteniendo las tintas previamente preparadas. La primera, de color marrón, lograda con resina de algarrobo; la segunda, roja, con cochinilla colorada, y la tercera, amarilla, preparada con chilca.

Volvió la madre con las madejas listas para ser sometidas al teñido y las echó en los recipientes que colocó luego sobre el fuego a fin de hacer hervir su contenido.

Mientras tanto, Keo, callada y distante, continuaba su labor. Sólo se oía el ruido que hacía el pedal al ser golpeado para separar los lizos.

En ese instante en que el sol se ocultó detrás de una nube y la tierra, falta de su esplendor, pareció ensombrecida, Keo, libre del poderoso influjo ejercido por el astro, abandonó por un instante el telar y dirigiéndose a su madre, que en ese momento procedía a colocar las madejas teñidas en salvado de maíz y agua donde debían quedar durante tres días, le preguntó:

-Madre, ¿sabes para qué me buscaba mi padre?

-Sí, hija, lo sé.

-¿Para qué, madre? -volvió a preguntar, interesada-. Lo sabes y no me lo dices... Para nada bueno será, sin duda.

-Espera a tu padre. No debo ser yo quien te entere. Ten un poco de paciencia...
Keo no insistió. Por breves instantes quedó pensativa. De pronto todo su interés desapareció. Fue cuando el sol, libre ya de la nube que lo ocultaba, desde un cielo limpio y muy azul, la bañaba nuevamente con su luz de oro. Hacia él dirigió su mirada ausente y olvidó todo cuanto la rodeaba.
Momentos después llegaba el cacique, su padre, acompañado por dos extranjeros vestidos como para las grandes ocasiones.

Llevaban vinchas de colores que se prolongaban hasta el hombro izquierdo. Cubrían su cuerpo con túnicas blancas, sujetas a la cintura por ancho cinturón de plumas de suri cayendo hasta las rodillas y calzaban medias largas de lana y ojotas de cuero.

Llamó el cacique a su hija. Los extranjeros la hicieron objeto de los más respetuosos homenajes que asombraron a la niña, ignorante de la razón que los había llevado a las posesiones de su padre. Azorada, agradecía Keo tales atenciones, mientras con expresión interrogante miraba a su padre.

Uno de los desconocidos se adelantó, entregándole un manojo de valiosas plumas de suri, mientras el otro le ofrecía una finísima manta de lana de vicuña.

Volvió a agradecer la niña con palabra amable, cuando atónita oyó a su padre que decía:

-Carahuay y Huamango son los enviados del gran curaca Sinchica que, enamorado de tu belleza desea hacerte su esposa.

-¿A mí, padre? Si no me conoce...

-Eso crees tú, hija mía: pero te equivocas. Sinchica te ha visto en una de tus idas al cerro, de mañana muy temprano, y se ha enamorado de ti. Sus enviados vienen en busca de tu decisión.

-¡No puede ser, padre! ¡No puede ser! -lo interrumpió Keo, el acento implorante y la voz dolorida.

Choro frunció el entrecejo, clavó en su hija una mirada colérica y preguntó iracundo:

-¿Por qué no puede ser? ¿Quién lo impide?

-¡Es imposible, padre! Te lo suplico, ¡no me preguntes más! -agregó la niña en un ruego.

Intrigado quedó el cacique ante la insólita actitud de su hija, cuya sumisión a sus padres era uno de los más encomiables rasgos de su carácter.
Defraudado en sus esperanzas, el curaca hizo un gesto indignado, levantó el brazo derecho y señalando la casa de piedra que le servía de vivienda, ordenó:

-¡Ve a nuestra casa y espérame allí!

Cabizbaja acató la niña la orden del cacique y con paso lento marchó por el camino sombreado por añosos y corpulentos chañares.

En la casa, la madre esperaba ansiosa el resultado de la demanda.
Nada preguntó a Keo al verla llegar. La expresión de su rostro le dijo bien a las claras que su hija no había aceptado.

Lo lamentó la madre muy de veras. Sinchica era el más poderoso de los caciques de la región, famoso por su valor, por sus hazañas guerreras y por sus riquezas fabulosas que lo convertían en el pretendiente más codiciado del país. Eran muchas las doncellas que se hubieran sentido muy felices y orgullosas ante un requerimiento del apuesto Sinchica.

Nadie podía comprender la extraña actitud de la hija del curaca. Sin embargo, no era la primera vez que esto sucedía. Otros pretendientes fueron rechazados por la hermosa Keo en anteriores ocasiones.

Intrigado Choro, se propuso obtener de su hija una completa confesión. Llegó a su casa y la llamó a su presencia.

Se presentó la niña, y sin levantar la vista, en actitud sumisa, imploró:
-Perdóname padre, el disgusto que te he causado hace un momento; pero la respuesta no podía ser otra cosa... ¡Yo no puedo ser la esposa de Sinchica!

Volvió el padre a endurecer sus facciones ante la obstinación de su hija, y con cierta ironía preguntó otra vez:

-¿Es posible, por lo menos, conocer el motivo de tu resolución?

-¡No me preguntes, padre! ¡Hazme ese favor!

-¡No hay razón que yo deba ignorar! ¿O has olvidado que eres mi hija?

-y agregó enérgico-:

¡Ahora te exijo que confieses el motivo de tu negativa!
Los ojos de Keo se llenaron de lágrimas. Elevó su mirada al cielo, donde Inti seguía brillando a juzgar por el rayo que se colaba en la habitación a través de la puerta entreabierta, y como si lo llamara en su auxilio en una plegaria muda, salió al exterior y quedó contemplando el disco de fuego que la bañaba con su luz.

El curaca, que la había seguido, contemplaba atónito la actitud de su hija sin poderla comprender.

Luego de breves instantes, bajó Keo la vista y con palabra cortada por los sollozos, respondió a su padre:

-¡Padre mío! Inti me ha llamado desde el cielo y deseo consagrarme a él. ¡Yo seré una de sus ñustas y le ofrendaré mi vida! Sólo podré casarme si uno de sus rayos, encarnado en un joven guerrero, llega hasta nosotros. Mientras esto no suceda, aquí estaré yo, feliz con vosotros y feliz de cumplir el destino que Inti ha señalado para mí...
Trató de convencerla el padre. Trató la madre de explicarle la conveniencia de su unión con el poderoso Sinchica, mostrándole el brillante porvenir que la esperaba. Todo fue inútil. La doncella se había prometido a Inti y nada la haría desistir de su promesa.

No era Sinchica persona que se dejara vencer por un fracaso. Decidido a conseguir a Keo por esposa, resolvió ser él quien se dirigiera a la tribu de Choro para hacer la petición por sí mismo, y en un amanecer glorioso, en que el cielo parecía haber reunido las más hermosas tonalidades del iris, partió el joven cacique en dirección al sur, allí donde moraba la dueña de sus pensamientos que él deseaba convertir en soberana de su pueblo.

Lo acompañaba un séquito cargado con los presentes más valiosos, seguido por una recua de llamas blancas.

Al frente, destacándose entre todos por su apostura y por su altivez, la cabeza erguida, dominante, ornada por una diadema de plumas, iba Sinchica en su kallapu, conducida por cuatro fornidos muchachos.
Valiosas piezas de oro y de plata, cinceladas, adornaban al joven curaca.
Dos emisarios se adelantaron para anunciar la llegada del cacique. Conducidos a presencia de Choro, cumplieron la misión que les encomendara su señor, entregando de antemano los presentes que aquél enviaba al cacique, consistentes en una hermosa piel de jaguar, una manta de piel de guanaco y un collar de piedras blancas con manchas rojas.

Dio orden el viejo curaca de realizar los preparativos para recibir dignamente al honorable visitante.

Bajo el gran tacu cubierto de flores amarillas, se colocaron las vasijas de barro repletas de aloja.

Keo debió, a su pesar, engalanarse con las prendas más finas sujetas con topos de plata y esmeraldas.

Su cabello lacio y muy negro, dividido en el centro de la cabeza, repartía en dos simbas que caían sobre su espalda atadas entre sí por medio de una cinta de lana terminada con borlitas de colores.

Aros de finísimas láminas de plata en forma de trapecios, pendían de sus orejas pequeñas.

Llegado el instante de enfrentarse con el poderoso pretendiente, la doncella se negó a hacerlo; pero el padre, esperanzado hasta último momento, y midiendo las graves consecuencias que podría causarle este desaire hecho a la persona del altivo cacique, la obligó a presentarse.
Cuando el viajero y su séquito aparecieron a la distancia, el curaca y su hija lo esperaban bajo el árbol sagrado, el tacu secular, testigo de tantas escenas gloriosas.

Bajó Sinchica de su kallapu. Su apuesta figura se destacó sobre el fondo oscuro de la montaña, revelando al poderoso señor.

Llevaba el cabello, largo y lacio, peinado en simbas que se anudaban artísticamente sobre la cabeza. El llauto con borla que caía hacia la izquierda, y un brazalete en su brazo derecho, eran símbolos de su autoridad.
Sobre su pecho, en un escudo de cuero, se hallaban pintados un uturuncu y un kúntur, correspondientes al signo de la tribu.
Saludó Sinchica, y Choro dio la bienvenida. Keo, sumisa, bajó la vista y detuvo su mirada en la tierra.

El más importante de los guerreros del séquito alcanzó a su señor una vasija de barro que él, a su vez, ofreció a la hermosa doncella. Ella, en sumisa actitud, no osaba aceptar el presente; pero una palabra de su padre fue suficiente para que la hija, extendiendo ambas manos recibiera la ofrenda de Sinchica y le agradeciera al poderoso curaca.

Este sacó de la vasija un collar de malaquitas que colocó alrededor del cuello de Keo y varios brazaletes de huaicas, de plata y de oro con los que adornó sus brazos.

Volvió a agradecer la doncella, pero la mirada suplicante con que acompañó sus palabras, dio a entender al noble pretendiente, que sólo un acto de obediencia al padre, había obligado a la niña a aceptar los principescos obsequios.

Una vez cumplidas estas ceremonias, el viejo cacique presentó a su huésped un vaso de barro colmado de alija y ambos jefes bebieron haciendo votos por una eterna amistad entre los dos pueblos.

Pero no debía durar mucho tiempo tanta cordialidad.

Cuando se trató el asunto, motivo de la visita de Sinchica, el ambiente cambió.
Keo, firme en su propósito, se negaba a aceptar por esposo al magnífico curaca.
De nada valieron los reiterados ruegos del padre hechos en todos los tonos. La decisión de la muchacha era irrevocable.

El orgullo de Sinchica no podía admitir un fracaso que suponía el derrumbe de sus más caros proyectos, y colérico emprendió el regreso a sus dominios no sin antes haber gritado su propósito de vengarse de la que él suponía orgullosa doncella.

Dolorosa era la tristeza que embargaba al altivo curaca, sólo superada por el profundo rencor que lo dominaba.

En el largo y penoso camino que debió recorrer, únicamente amargos pensamientos y funestos propósitos de venganza colmaron su mente.
Llegado a sus dominios, puso de inmediato el mayor empeño en llevar a cabo sus intentos.

Llamó a su presencia al machi más famoso de la tribu. Le ordenó que pidiera a los dioses un castigo para la doncella que lo hiciera víctima de su desprecio.

Hizo el adivino ciertas mezclas de hierbas secas que molió en un mortero de piedra; las quemó acompañándolas con saltos, movimientos de manos y palabras raras. Luego, abriendo los brazos, quedó ensimismado, mirando el humo que producían las hierbas al quemarse y que se elevaba en giros diversos.

De pronto su cara se iluminó y sus ojillos, de mirada penetrante, brillaron. Había interpretado, de acuerdo a su ciencia, las formas adoptadas por el humo al subir, y decía:

-Ampatu ha de ayudarnos. Necesito cuatro cabellos de la orgullosa doncella que hayan quedado en el peine, luego de peinarse.

-Los tendrás, machi, y también llegará tu recompensa si consigo ver cumplidos mis deseos.

Se retiró Sinchica esperanzado y esa misma tarde partió en emisario en busca de los cuatro cabellos de Keo.

Varios días tardó en volver; pero cuando llegó, traía triunfante lo que se le había encargado y mucho más. Dentro de una chuspa traía el peine tal como lo dejara Keo después de peinarse. Entre los dientes del mismo, consistentes en espinas de cardón sujetas entre dos palitos por ataduras de lanas que les prestaban resistencia, habían quedado muchos cabellos de las negras simbas de Keo.

Así fueron entregados al machi que, de todos, sólo tomó cuatro, los hizo ovillo y envolviéndolos en un trapo, lo traspasó varias veces con espinas.
Tomó luego un sapo, lo puso panza arriba en la puerta de la vivienda, y levantando en alto, sobre el animal, el pequeño envoltorio de cabellos, trapo y espinas, repitió varias veces el nombre de la víctima señalada, acompañándolo con sonidos guturales sin duda destinados a invocar la ayuda del ampatu, enviado de Súpay a la tierra.

De inmediato habló el hechicero: -Has sido complacido, mi señor. Keo, la ingrata que te despreció por el sol, perderá su forma humana y transformada en una ave pequeña e insignificante huirá de la tribu de su padre para vivir a la orilla de ríos y de lagunas adorando al sol que se reflejará en las aguas. A nadie responderá cuando la llamen. Sólo oirá la voz y obedecerá los mandatos de aquél que espera en vano sobre la tierra. De su persona, solamente quedará como recuerdo su nombre, pues así se la continuará llamando: -Keo... Keo...
Lo miró incrédulo el cacique y el machi, respondiendo a sus pensamientos, agregó: -Marcha hacia el cerro, y mañana muy temprano, cuando el Inti aparezca por oriente, verás a la nueva Keo que junto al arroyo que serpentea entre jarillas y achiras, la mirada dirigida al cielo y como ausente de la tierra, estará en muda contemplación de su adorado.

Marchóse Sinchica.

Cuando amaneció tal como se lo indicara el machi, se hallaba en el cerro y tal como aquél lo predijera, también, allí había una especie de perdiz que, abstraída, mirando al sol, ni siquiera lo oyó llegar...

Referencias
El keo es un ave de la familia de la perdiz, aunque de mayor tamaño. Su carne es preferida a la de la perdiz por ser más delicada.

Habita en la falda de los cerros, cerca de las vertientes.

Se tiene la creencia de que cuando canta por la mañana va a hacer buen tiempo, y si lo hace por la noche, al día siguiente será ventoso.
Estos animalitos tienen una costumbre muy original. Cuando se reúnen varios de ellos, forman una rueda, afirmando cada uno su pico en el ala izquierda del que se halla a su lado. Cuando la rueda ha quedado cerrada, dan vueltas alrededor de uno de ellos que ha quedado en el centro. Después de algunos instantes y cuando seguramente comienzan a sentir los efectos del mareo, cambian de dirección y dan vueltas en sentido inverso.

Esto que podríamos llamar la danza de los keos, se repite por varios instantes

miércoles, 28 de octubre de 2009

EL FOMAGATA

EL FOMAGATA

Es un perverso personaje de la mitología colombina, descrito como un ser feo, zoomorfo, con un solo ojo, cuatro orejas y rabo, con funciones de demonio, malgeniado y cruel; también cuentan que había sido castrado y que tenía una fuerza similar a la de Hércules.

Estuvo gobernado por el terror durante cien años y al morir exhaló una nube hedionda que cubrió toda la tierra, marchitó las flores y apestó las mismas fieras. Se dice que este "dios borrachín" se divertía escondiendo los ríos debajo de la tierra y cierto día se devoró tres luceros, por lo que los dioses se enojaron. Luego de ello se escondió en las nubes, pero Quemuenchatocha, el dios del aire, lo derribó de una bofetada y no pudo escapar a su castigo.

domingo, 25 de octubre de 2009

CUNIRAYA WIRAQOCHA Y KAWILLAKA


En la zona de Cotapachi vivía Kawillaka, una diosa de asombrosa belleza de quien los dioses mayores y menores, Huacas y Huillcas, perdidos de amor estaban.

Un dios particularmente prodigioso y hábil transformista de nombre Cuniraya Huiracocha, se fijó en ella enamorándose con pasión casi humana, y la deseó irremediablemente.

Kawillaca, que nunca se había dejado tocar por un hombre, tejía bajo la sombra protectora de un árbol de lúcumo.

Entonces, se dice que Cuniraya Huiracocha, sabio como era, se subió a aquel árbol convertido en pájaro y allí encontró un fruto maduro donde puso su esperma haciéndolo caer delante de ella.

Ella, sin vacilar, atraída por el suculento fruto, lo engulló contenta.

Se dice que a los nueve meses dio a luz como toda mujer. Así parió, virgen como se hallaba.

Durante más o menos un año crió sola a su hijo, preguntándose siempre quién sería el padre.

Cuando el niño comenzaba a caminar a gatas, convocó a todos los dioses mayores y menores para que pudiera identificarse al progenitor.

Cuando llegaron al lugar donde residía Kawillaca, todos los huacas y huillcas, muy enamorados, querían atribuirse la paternidad.

Ante la dificultad de resolver la incógnita de la paternidad, Kawillaca decidió soltar a la wawa dejando que el niño reconozca a su padre por sí mismo, a quien se le dirigiría gateando para subirse en su regazo.

Y así lo hizo, pero cuando la doncella vio que el padre elegido por el niño era el andrajoso del rincón, ella exclamó: “Ay de mí ¿cómo he podido yo dar a luz el hijo de un hombre tan miserable?” y huyó con el niño rumbo a una laguna.

Entonces Cuniraya Huiracocha dijo: “¡Enseguida me ha de amar!” y, vistiéndose con un traje de oro, empezó a seguirla. “Hermana Kawillaca”, la llamó, “mira hacia aquí, ahora soy muy hermoso”, y se irguió iluminando la tierra.

Pero Kawillaka no volvió el rostro hacia él.

Con la intención de desaparecer para siempre por haber dado a luz el hijo de un hombre tan horrible y sarnoso, se dirigió hacia un lago y llegó al sitio donde, en efecto, todavía se encuentran dos piedras semejantes a seres humanos.

El hecho de su petrificación convirtió a Kawillaka en una nueva Pachamama.

Entonces el dios Cuniraya Huiracocha ordenó a su hijo el Inca realizar un culto en honor a su amada, durante los días de agosto en que el calendario agrícola andino fija el tiempo para la preparación de la siembra.

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