lunes, 2 de noviembre de 2009

KEO

Desde lo alto del cerro, el valle se percibe como una mancha oscura velada por la niebla.

Las montañas, gigantes de piedra que tratan de alcanzar el cielo, ostentan sus cimas blancas de nieve y sus quebradas profundas que, a manera de pliegues inmensos, surcan la ladera.
El silencio hondo y perfecto sólo es interrumpido por el vuelo de algún cóndor que, extendiendo majestuoso el abanico de sus alas y describiendo una espiral en el espacio, emprende vuelo hacia las alturas.

Silencio y soledad reinan en el gris azulado del instante que precede a la aurora. De pronto, sin transición, como bajo el influjo de algún genio misterioso, la nieve de las altas cumbres refulge con brillo de oro y el cielo se tiñe de rosa y de violado añil.

El paisaje toma vida y relieve. El verde se destaca sobre el castaño de la piedra, y la niebla, que envolvía al valle, comienza a desvanecerse. Es que el sol, venciendo a las tinieblas de la noche, llega a la tierra con sus rayos luminosos.

De pie, junto a un cardón que eleva sus brazos al cielo, una hermosa doncella en actitud ansiosa, la mirada hacia oriente, aguarda la caricia de esos rayos sobre su rostro, sobre sus manos, sobre su cuerpo todo, y el Inti, señor y rey de vida y de energía, que rige y gobierna los días, los años y las estaciones, magnánimo y generoso, la cubre con el calor de su luz.

Satisfecha en su deseo, la niña emprende el camino de vuelta hacia la aldea de donde salió cuando las estrellas salpicaban el cielo con puntos de luz y Mama Quilla iluminaba los caminos convirtiéndolos en cintas de plata...
Con mano suave toma los cordones de lana que caen del cuello de la llama blanca que siempre la acompaña, y seguida por el animalito, con paso elástico, ágil y esbelta, desciende por los senderos de la montaña.
La belleza de la muchacha la hace inconfundible en la región. Es Keo, la hija del cacique Choro que, como todos los días, acude a presenciar el nacimiento del día desde el cerro más cercano para que el sol llegue hasta ella antes que hasta los demás...

La joven se acerca. A corta distancia su belleza es bien visible. En su rostro fino, de color cobrizo, resaltan los ojos grandes y negros de mirada ausente y la boca roja de expresión cordial.

Sobre su cabello lacio y renegrido peinado en dos simbas, lucen su color azul violáceo las flores de tarco con que se ha adornado.

Sobre el vestido, especie de camisa larga con mangas, lleva una fina manta de lana de vicuña con diversas guardas de variados dibujos en colores brillantes y calza sus pies con ojotas de cuero que le permiten caminar segura sobre las piedras del camino.

Marcha, y su mirada ausente, levantada hacia el cielo, se posa en Inti, que a través de las nubes le envía sus rayos oblicuos.

Esa es su mayor felicidad, la que pone en su boca un gesto de dulzura, da brillo a sus ojos y firmeza a su andar.

Sin haber dejado un instante de mirar al sol, llega a la casa de su padre. Es de forma rectangular, construida en el valle con piedras colocadas las unas sobre las otras, de muros anchos y poco elevados y puertas bajas con marcos de madera cardón.

Grandes árboles la rodean. Detrás de la casa, un grupo de algarrobos ostenta su floración amarilla mientras a un lado, un yuchán y un samohú ofrecen la belleza de sus flores recortadas sobre el azul del cielo como estrellas blancas y rosadas.

Las mariposas cruzan el aire semejando pétalos desprendidos de alguna planta maravillosa, mientras los pájaros, con trinos de cristal y cantos melodiosos, se suman a la armonía del paisaje.

La niña se detiene. Extasiada contempla la fantástica belleza que la rodea y otra vez sus ojos se dirigen al cielo para fijarlos en Inti, que brilla y reina absoluto en las alturas. Una adoración sin límites transforma el rostro de Keo, sublimizando su expresión, cuando una voz, venida del interior de la casa, la vuelve a la realidad: -¡Keo...! ¡Keo...!
Se sobresalta la niña, y dando unos pasos continúa la interrumpida marcha al tiempo que responde: -¡Ya voy madre! ¡Ya voy...!
Su voz, de inflexiones cálidas, es tan dulce como la mirada tierna de sus ojos negros.

La madre sale a recibirla. Es una mujer joven, de mediana estatura, de tez cobriza, salientes pómulos y mirada vivaz. Peina su cabello lacio y negro en trenzas que, recogidas en forma de moños sobre ambos lados de la cabeza, sujeta con una vincha de color vivo.

Hay cierto reproche en la voz cuando se dirige a su hija: -¡Otra vez, Keo! ¿Qué fin te lleva tan temprano a lo alto de la montaña?

-Inti me llama, madre, y desde allí lo veo aparecer antes que nadie. Yo soy la primera que descubre su fulgor sobre las cimas nevadas y la primera a quien acarician sus rayos de fuego -respondió muy suave la niña.
Movió la madre la cabeza, mientras Keo conducía la llama hasta un corral de pircas donde la dejó. Luego, como acostumbraba hacerlo diariamente, se instaló ante un telar colocado bajo las ramas protectoras de un tarco en flor.

Una manta empezada mostraba la policromía de sus grecas variadas, en las que el blanco, el negro y el rojo, resaltaban sobre el ocre del fondo.
Trabajó Keo sin cesar. Muchas veces pasó el ovillo de lana de llama por los lizos, separados al golpe de los pedales, y muchas veces con el peine golpeó la tela para apretar el tejido y hacerlo compacto. Muchas veces cambió el color de la lana y el dibujo que formaba las guardas. Pero cumplía mecánicamente la tarea. Su pensamiento estaba en lo alto, donde Inti brillaba en todo su esplendor.

Con tenues pasos se acercó la madre. Su llegada no fue advertida por la joven que continuaba su tarea ensimismada y como ajena a todo lo que no fuera el Inti soberano, dueño de su alma y de sus pensamientos.
-Keo... Keo... -la llamó.

Volvió la niña la cabeza y recién notó la presencia de su madre.
-Keo... -insistió-, tu padre quería hablarte, pero te habías ido... Debe comunicarte algo importante... que tú tendrás que resolver...

-¿De qué se trata, madre?

-Ya te lo dirá él a su vuelta... Ha ido a consultar al machi...
Decayó el interés de la niña, que volvió a aislarse en sus pensamientos.

La madre, decepcionada, movió la cabeza con gesto impotente y se dirigió a la casa en busca de las madejas de lana que debía teñir.

Cerca del telar en el que trabajaba Keo, estaban dispuestas las ollas de barro conteniendo las tintas previamente preparadas. La primera, de color marrón, lograda con resina de algarrobo; la segunda, roja, con cochinilla colorada, y la tercera, amarilla, preparada con chilca.

Volvió la madre con las madejas listas para ser sometidas al teñido y las echó en los recipientes que colocó luego sobre el fuego a fin de hacer hervir su contenido.

Mientras tanto, Keo, callada y distante, continuaba su labor. Sólo se oía el ruido que hacía el pedal al ser golpeado para separar los lizos.

En ese instante en que el sol se ocultó detrás de una nube y la tierra, falta de su esplendor, pareció ensombrecida, Keo, libre del poderoso influjo ejercido por el astro, abandonó por un instante el telar y dirigiéndose a su madre, que en ese momento procedía a colocar las madejas teñidas en salvado de maíz y agua donde debían quedar durante tres días, le preguntó:

-Madre, ¿sabes para qué me buscaba mi padre?

-Sí, hija, lo sé.

-¿Para qué, madre? -volvió a preguntar, interesada-. Lo sabes y no me lo dices... Para nada bueno será, sin duda.

-Espera a tu padre. No debo ser yo quien te entere. Ten un poco de paciencia...
Keo no insistió. Por breves instantes quedó pensativa. De pronto todo su interés desapareció. Fue cuando el sol, libre ya de la nube que lo ocultaba, desde un cielo limpio y muy azul, la bañaba nuevamente con su luz de oro. Hacia él dirigió su mirada ausente y olvidó todo cuanto la rodeaba.
Momentos después llegaba el cacique, su padre, acompañado por dos extranjeros vestidos como para las grandes ocasiones.

Llevaban vinchas de colores que se prolongaban hasta el hombro izquierdo. Cubrían su cuerpo con túnicas blancas, sujetas a la cintura por ancho cinturón de plumas de suri cayendo hasta las rodillas y calzaban medias largas de lana y ojotas de cuero.

Llamó el cacique a su hija. Los extranjeros la hicieron objeto de los más respetuosos homenajes que asombraron a la niña, ignorante de la razón que los había llevado a las posesiones de su padre. Azorada, agradecía Keo tales atenciones, mientras con expresión interrogante miraba a su padre.

Uno de los desconocidos se adelantó, entregándole un manojo de valiosas plumas de suri, mientras el otro le ofrecía una finísima manta de lana de vicuña.

Volvió a agradecer la niña con palabra amable, cuando atónita oyó a su padre que decía:

-Carahuay y Huamango son los enviados del gran curaca Sinchica que, enamorado de tu belleza desea hacerte su esposa.

-¿A mí, padre? Si no me conoce...

-Eso crees tú, hija mía: pero te equivocas. Sinchica te ha visto en una de tus idas al cerro, de mañana muy temprano, y se ha enamorado de ti. Sus enviados vienen en busca de tu decisión.

-¡No puede ser, padre! ¡No puede ser! -lo interrumpió Keo, el acento implorante y la voz dolorida.

Choro frunció el entrecejo, clavó en su hija una mirada colérica y preguntó iracundo:

-¿Por qué no puede ser? ¿Quién lo impide?

-¡Es imposible, padre! Te lo suplico, ¡no me preguntes más! -agregó la niña en un ruego.

Intrigado quedó el cacique ante la insólita actitud de su hija, cuya sumisión a sus padres era uno de los más encomiables rasgos de su carácter.
Defraudado en sus esperanzas, el curaca hizo un gesto indignado, levantó el brazo derecho y señalando la casa de piedra que le servía de vivienda, ordenó:

-¡Ve a nuestra casa y espérame allí!

Cabizbaja acató la niña la orden del cacique y con paso lento marchó por el camino sombreado por añosos y corpulentos chañares.

En la casa, la madre esperaba ansiosa el resultado de la demanda.
Nada preguntó a Keo al verla llegar. La expresión de su rostro le dijo bien a las claras que su hija no había aceptado.

Lo lamentó la madre muy de veras. Sinchica era el más poderoso de los caciques de la región, famoso por su valor, por sus hazañas guerreras y por sus riquezas fabulosas que lo convertían en el pretendiente más codiciado del país. Eran muchas las doncellas que se hubieran sentido muy felices y orgullosas ante un requerimiento del apuesto Sinchica.

Nadie podía comprender la extraña actitud de la hija del curaca. Sin embargo, no era la primera vez que esto sucedía. Otros pretendientes fueron rechazados por la hermosa Keo en anteriores ocasiones.

Intrigado Choro, se propuso obtener de su hija una completa confesión. Llegó a su casa y la llamó a su presencia.

Se presentó la niña, y sin levantar la vista, en actitud sumisa, imploró:
-Perdóname padre, el disgusto que te he causado hace un momento; pero la respuesta no podía ser otra cosa... ¡Yo no puedo ser la esposa de Sinchica!

Volvió el padre a endurecer sus facciones ante la obstinación de su hija, y con cierta ironía preguntó otra vez:

-¿Es posible, por lo menos, conocer el motivo de tu resolución?

-¡No me preguntes, padre! ¡Hazme ese favor!

-¡No hay razón que yo deba ignorar! ¿O has olvidado que eres mi hija?

-y agregó enérgico-:

¡Ahora te exijo que confieses el motivo de tu negativa!
Los ojos de Keo se llenaron de lágrimas. Elevó su mirada al cielo, donde Inti seguía brillando a juzgar por el rayo que se colaba en la habitación a través de la puerta entreabierta, y como si lo llamara en su auxilio en una plegaria muda, salió al exterior y quedó contemplando el disco de fuego que la bañaba con su luz.

El curaca, que la había seguido, contemplaba atónito la actitud de su hija sin poderla comprender.

Luego de breves instantes, bajó Keo la vista y con palabra cortada por los sollozos, respondió a su padre:

-¡Padre mío! Inti me ha llamado desde el cielo y deseo consagrarme a él. ¡Yo seré una de sus ñustas y le ofrendaré mi vida! Sólo podré casarme si uno de sus rayos, encarnado en un joven guerrero, llega hasta nosotros. Mientras esto no suceda, aquí estaré yo, feliz con vosotros y feliz de cumplir el destino que Inti ha señalado para mí...
Trató de convencerla el padre. Trató la madre de explicarle la conveniencia de su unión con el poderoso Sinchica, mostrándole el brillante porvenir que la esperaba. Todo fue inútil. La doncella se había prometido a Inti y nada la haría desistir de su promesa.

No era Sinchica persona que se dejara vencer por un fracaso. Decidido a conseguir a Keo por esposa, resolvió ser él quien se dirigiera a la tribu de Choro para hacer la petición por sí mismo, y en un amanecer glorioso, en que el cielo parecía haber reunido las más hermosas tonalidades del iris, partió el joven cacique en dirección al sur, allí donde moraba la dueña de sus pensamientos que él deseaba convertir en soberana de su pueblo.

Lo acompañaba un séquito cargado con los presentes más valiosos, seguido por una recua de llamas blancas.

Al frente, destacándose entre todos por su apostura y por su altivez, la cabeza erguida, dominante, ornada por una diadema de plumas, iba Sinchica en su kallapu, conducida por cuatro fornidos muchachos.
Valiosas piezas de oro y de plata, cinceladas, adornaban al joven curaca.
Dos emisarios se adelantaron para anunciar la llegada del cacique. Conducidos a presencia de Choro, cumplieron la misión que les encomendara su señor, entregando de antemano los presentes que aquél enviaba al cacique, consistentes en una hermosa piel de jaguar, una manta de piel de guanaco y un collar de piedras blancas con manchas rojas.

Dio orden el viejo curaca de realizar los preparativos para recibir dignamente al honorable visitante.

Bajo el gran tacu cubierto de flores amarillas, se colocaron las vasijas de barro repletas de aloja.

Keo debió, a su pesar, engalanarse con las prendas más finas sujetas con topos de plata y esmeraldas.

Su cabello lacio y muy negro, dividido en el centro de la cabeza, repartía en dos simbas que caían sobre su espalda atadas entre sí por medio de una cinta de lana terminada con borlitas de colores.

Aros de finísimas láminas de plata en forma de trapecios, pendían de sus orejas pequeñas.

Llegado el instante de enfrentarse con el poderoso pretendiente, la doncella se negó a hacerlo; pero el padre, esperanzado hasta último momento, y midiendo las graves consecuencias que podría causarle este desaire hecho a la persona del altivo cacique, la obligó a presentarse.
Cuando el viajero y su séquito aparecieron a la distancia, el curaca y su hija lo esperaban bajo el árbol sagrado, el tacu secular, testigo de tantas escenas gloriosas.

Bajó Sinchica de su kallapu. Su apuesta figura se destacó sobre el fondo oscuro de la montaña, revelando al poderoso señor.

Llevaba el cabello, largo y lacio, peinado en simbas que se anudaban artísticamente sobre la cabeza. El llauto con borla que caía hacia la izquierda, y un brazalete en su brazo derecho, eran símbolos de su autoridad.
Sobre su pecho, en un escudo de cuero, se hallaban pintados un uturuncu y un kúntur, correspondientes al signo de la tribu.
Saludó Sinchica, y Choro dio la bienvenida. Keo, sumisa, bajó la vista y detuvo su mirada en la tierra.

El más importante de los guerreros del séquito alcanzó a su señor una vasija de barro que él, a su vez, ofreció a la hermosa doncella. Ella, en sumisa actitud, no osaba aceptar el presente; pero una palabra de su padre fue suficiente para que la hija, extendiendo ambas manos recibiera la ofrenda de Sinchica y le agradeciera al poderoso curaca.

Este sacó de la vasija un collar de malaquitas que colocó alrededor del cuello de Keo y varios brazaletes de huaicas, de plata y de oro con los que adornó sus brazos.

Volvió a agradecer la doncella, pero la mirada suplicante con que acompañó sus palabras, dio a entender al noble pretendiente, que sólo un acto de obediencia al padre, había obligado a la niña a aceptar los principescos obsequios.

Una vez cumplidas estas ceremonias, el viejo cacique presentó a su huésped un vaso de barro colmado de alija y ambos jefes bebieron haciendo votos por una eterna amistad entre los dos pueblos.

Pero no debía durar mucho tiempo tanta cordialidad.

Cuando se trató el asunto, motivo de la visita de Sinchica, el ambiente cambió.
Keo, firme en su propósito, se negaba a aceptar por esposo al magnífico curaca.
De nada valieron los reiterados ruegos del padre hechos en todos los tonos. La decisión de la muchacha era irrevocable.

El orgullo de Sinchica no podía admitir un fracaso que suponía el derrumbe de sus más caros proyectos, y colérico emprendió el regreso a sus dominios no sin antes haber gritado su propósito de vengarse de la que él suponía orgullosa doncella.

Dolorosa era la tristeza que embargaba al altivo curaca, sólo superada por el profundo rencor que lo dominaba.

En el largo y penoso camino que debió recorrer, únicamente amargos pensamientos y funestos propósitos de venganza colmaron su mente.
Llegado a sus dominios, puso de inmediato el mayor empeño en llevar a cabo sus intentos.

Llamó a su presencia al machi más famoso de la tribu. Le ordenó que pidiera a los dioses un castigo para la doncella que lo hiciera víctima de su desprecio.

Hizo el adivino ciertas mezclas de hierbas secas que molió en un mortero de piedra; las quemó acompañándolas con saltos, movimientos de manos y palabras raras. Luego, abriendo los brazos, quedó ensimismado, mirando el humo que producían las hierbas al quemarse y que se elevaba en giros diversos.

De pronto su cara se iluminó y sus ojillos, de mirada penetrante, brillaron. Había interpretado, de acuerdo a su ciencia, las formas adoptadas por el humo al subir, y decía:

-Ampatu ha de ayudarnos. Necesito cuatro cabellos de la orgullosa doncella que hayan quedado en el peine, luego de peinarse.

-Los tendrás, machi, y también llegará tu recompensa si consigo ver cumplidos mis deseos.

Se retiró Sinchica esperanzado y esa misma tarde partió en emisario en busca de los cuatro cabellos de Keo.

Varios días tardó en volver; pero cuando llegó, traía triunfante lo que se le había encargado y mucho más. Dentro de una chuspa traía el peine tal como lo dejara Keo después de peinarse. Entre los dientes del mismo, consistentes en espinas de cardón sujetas entre dos palitos por ataduras de lanas que les prestaban resistencia, habían quedado muchos cabellos de las negras simbas de Keo.

Así fueron entregados al machi que, de todos, sólo tomó cuatro, los hizo ovillo y envolviéndolos en un trapo, lo traspasó varias veces con espinas.
Tomó luego un sapo, lo puso panza arriba en la puerta de la vivienda, y levantando en alto, sobre el animal, el pequeño envoltorio de cabellos, trapo y espinas, repitió varias veces el nombre de la víctima señalada, acompañándolo con sonidos guturales sin duda destinados a invocar la ayuda del ampatu, enviado de Súpay a la tierra.

De inmediato habló el hechicero: -Has sido complacido, mi señor. Keo, la ingrata que te despreció por el sol, perderá su forma humana y transformada en una ave pequeña e insignificante huirá de la tribu de su padre para vivir a la orilla de ríos y de lagunas adorando al sol que se reflejará en las aguas. A nadie responderá cuando la llamen. Sólo oirá la voz y obedecerá los mandatos de aquél que espera en vano sobre la tierra. De su persona, solamente quedará como recuerdo su nombre, pues así se la continuará llamando: -Keo... Keo...
Lo miró incrédulo el cacique y el machi, respondiendo a sus pensamientos, agregó: -Marcha hacia el cerro, y mañana muy temprano, cuando el Inti aparezca por oriente, verás a la nueva Keo que junto al arroyo que serpentea entre jarillas y achiras, la mirada dirigida al cielo y como ausente de la tierra, estará en muda contemplación de su adorado.

Marchóse Sinchica.

Cuando amaneció tal como se lo indicara el machi, se hallaba en el cerro y tal como aquél lo predijera, también, allí había una especie de perdiz que, abstraída, mirando al sol, ni siquiera lo oyó llegar...

Referencias
El keo es un ave de la familia de la perdiz, aunque de mayor tamaño. Su carne es preferida a la de la perdiz por ser más delicada.

Habita en la falda de los cerros, cerca de las vertientes.

Se tiene la creencia de que cuando canta por la mañana va a hacer buen tiempo, y si lo hace por la noche, al día siguiente será ventoso.
Estos animalitos tienen una costumbre muy original. Cuando se reúnen varios de ellos, forman una rueda, afirmando cada uno su pico en el ala izquierda del que se halla a su lado. Cuando la rueda ha quedado cerrada, dan vueltas alrededor de uno de ellos que ha quedado en el centro. Después de algunos instantes y cuando seguramente comienzan a sentir los efectos del mareo, cambian de dirección y dan vueltas en sentido inverso.

Esto que podríamos llamar la danza de los keos, se repite por varios instantes

miércoles, 28 de octubre de 2009

EL FOMAGATA

EL FOMAGATA

Es un perverso personaje de la mitología colombina, descrito como un ser feo, zoomorfo, con un solo ojo, cuatro orejas y rabo, con funciones de demonio, malgeniado y cruel; también cuentan que había sido castrado y que tenía una fuerza similar a la de Hércules.

Estuvo gobernado por el terror durante cien años y al morir exhaló una nube hedionda que cubrió toda la tierra, marchitó las flores y apestó las mismas fieras. Se dice que este "dios borrachín" se divertía escondiendo los ríos debajo de la tierra y cierto día se devoró tres luceros, por lo que los dioses se enojaron. Luego de ello se escondió en las nubes, pero Quemuenchatocha, el dios del aire, lo derribó de una bofetada y no pudo escapar a su castigo.

domingo, 25 de octubre de 2009

CUNIRAYA WIRAQOCHA Y KAWILLAKA


En la zona de Cotapachi vivía Kawillaka, una diosa de asombrosa belleza de quien los dioses mayores y menores, Huacas y Huillcas, perdidos de amor estaban.

Un dios particularmente prodigioso y hábil transformista de nombre Cuniraya Huiracocha, se fijó en ella enamorándose con pasión casi humana, y la deseó irremediablemente.

Kawillaca, que nunca se había dejado tocar por un hombre, tejía bajo la sombra protectora de un árbol de lúcumo.

Entonces, se dice que Cuniraya Huiracocha, sabio como era, se subió a aquel árbol convertido en pájaro y allí encontró un fruto maduro donde puso su esperma haciéndolo caer delante de ella.

Ella, sin vacilar, atraída por el suculento fruto, lo engulló contenta.

Se dice que a los nueve meses dio a luz como toda mujer. Así parió, virgen como se hallaba.

Durante más o menos un año crió sola a su hijo, preguntándose siempre quién sería el padre.

Cuando el niño comenzaba a caminar a gatas, convocó a todos los dioses mayores y menores para que pudiera identificarse al progenitor.

Cuando llegaron al lugar donde residía Kawillaca, todos los huacas y huillcas, muy enamorados, querían atribuirse la paternidad.

Ante la dificultad de resolver la incógnita de la paternidad, Kawillaca decidió soltar a la wawa dejando que el niño reconozca a su padre por sí mismo, a quien se le dirigiría gateando para subirse en su regazo.

Y así lo hizo, pero cuando la doncella vio que el padre elegido por el niño era el andrajoso del rincón, ella exclamó: “Ay de mí ¿cómo he podido yo dar a luz el hijo de un hombre tan miserable?” y huyó con el niño rumbo a una laguna.

Entonces Cuniraya Huiracocha dijo: “¡Enseguida me ha de amar!” y, vistiéndose con un traje de oro, empezó a seguirla. “Hermana Kawillaca”, la llamó, “mira hacia aquí, ahora soy muy hermoso”, y se irguió iluminando la tierra.

Pero Kawillaka no volvió el rostro hacia él.

Con la intención de desaparecer para siempre por haber dado a luz el hijo de un hombre tan horrible y sarnoso, se dirigió hacia un lago y llegó al sitio donde, en efecto, todavía se encuentran dos piedras semejantes a seres humanos.

El hecho de su petrificación convirtió a Kawillaka en una nueva Pachamama.

Entonces el dios Cuniraya Huiracocha ordenó a su hijo el Inca realizar un culto en honor a su amada, durante los días de agosto en que el calendario agrícola andino fija el tiempo para la preparación de la siembra.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/cuniraya-y-cahuillaca.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/01/el-rito-de-urkupina.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/cuniraya-y-cahuillaca-continuacion.html

viernes, 23 de octubre de 2009

GATO FELIX Y RATÓN PÉREZ



Gato Felix y Ratón Pérez (enseñanzas)

Niño indio de los llanos,
conmigo ven a jugar,
todos los niños de América
siempre nos hemos de amar.

Niño de los bosques
conmigo ven a cantar
todos los niños de América
haremos un solo hogar

Niño indio, niño indio:
yo te enseñarÉ a leer
todos los niños de América
tenemos sed de aprender,
pues la ignorancia esclaviza,
y el saber nos da el poder.


G. Aleman Bolaños

Colaboración de Sebastian

miércoles, 21 de octubre de 2009

OLLANTAY



Ollantay era un guerrero admirado y querido por todos. Llegó a conocer al Inca y a su familia, y al conocer a su hija Cusi-Coyllur (que significa "La Estrella" o Lucero Alegre), se enamoró profundamente de ella.

Pero estos amores fueron desgraciados, pues a pesar de ser un general importante, Ollantay era poca cosa para aspirar a desposar a la hija del Inca, quien podía aspirar a casarse solamente con alguien de su misma clase social, aunque la joven también correspondía a esos amores.


Los jóvenes decidieron consultar al sacerdote supremo, Willac-Uma, sobre cómo hacer ante los sentimientos que se profesaban.

El venerable anciano se espantó y les señaló que el Inca y su familia eran de origen divino, mientras que Ollantay era un simple mortal, por lo que no podían llevar adelante esos amores.

Los jóvenes decidieron no hacer oídos a los consejos del anciano sacerdote y desobedecer las leyes del Imperio, y se casaron en secreto.

Tiempo después, Cusi-Coyllur quiso ir a visitar a su padre, y prepararlo para la noticia de su matrimonio, creyendo que al verlos felices, aceptaría los hechos.

Cuando los jóvenes comenzaron a plantearle a Pachacutec que se querían, sólo de conocer que querían unirse, se enfadó sobremanera, recriminándoles que conocían las leyes incaicas. Dijo que enviaría a Cusi-Coyllur al Templo de Acllahuasi, la casa de la sacerdotisa suprema del Sol, y ordenó a Ollantay ir a su acuartelamiento.

Ninguno de los jóvenes se atrevió a enfrentarlo, ni le contaron de su matrimonio secreto y de que Cusi-Coyllur estaba esperando un hijo, pues sabían que se los condenaría a la muerte, de hacerlo en ese momento.

Partieron, pues, Ollantay hacia sus cuarteles, y Cusi-Coyllur hacia el Templo del Sol.

Pasados unos meses, Cusi-Coyllur, que era tratada bien por las otras mujeres, dio a luz a una niña, a la que llamó Ima-Sumac ("La más bella"). Se la quitaron inmediatamente, para llevarla a otra parte del Templo.

Ollantay, en sus cuarteles, estuvo preso de una gran melancolía, y razonando los hechos, llegó a la conclusión de que las leyes del Imperio Incaico eran injustas. Reunió a un grupo de guerreros y marchó hacia Ollantay-Tampu, en el Valle Sagrado de los Incas, decidido a rebelarse contra Pachacutec.

Los guerreros de Ollantay vencieron al ejército del Inca y ocuparon la fortaleza.

Pero un general del Inca, Ruminawi ("Ojo de piedra"), simulando ser desertor, se unió a los guerreros de Ollantay, y cuando éstos dormían, rendidos por las luchas, éste abrió las puertas a los soldados del Inca, que rápidamente redujeron a los durmientes.

El rebelde y su lugarteniente Urco-Warranca fueron enviados encadenados al Cuzco.

En el camino vieron llegar a un mensajero, que traía la noticia de la muerte del Inca Pachacutec, diciendo que al día siguiente asumiría su hijo Túpac Yupanqui, y que quería recibir a los prisioneros.

El prisionero Ollantay, preocupado por la situación en que se encontraba, la poco honorable muerte que le esperaba, y el ignorar qué había sido de su esposa y de su hija, fue llevado al mediodía ante el nuevo Inca, al que conocía desde chico.

Cuándo el Inca Túpac Yupanqui le increpó por su rebelión, Ollantay expuso sus ideas, diciendo que no se rebeló contra el Inca sino contra las injustas leyes del imperio, que un hombre puede ser Dios y otro simplemente humano, y que no se pueden unir ambos. Dijo también que esas leyes no sostenían el imperio, sino que el Imperio se mantenía a pesar de ellas.

El joven Inca lo miró, y dijo que esas palabras coincidían con lo que él siempre había pensado, por lo que lo perdonó y declaró un hombre libre con sus títulos y honores. Hizo traer a su hermana Cusi-Coyllur, declarando que era la esposa legítima de Ollantay, así como la hija, de su legítimo matrimonio.

Así, Ollantay y Cusi-Coyllur se radicaron en el Cuzco y vivieron allí, y formaron una familia que sirvió al imperio durante muchos años

Monumento a Ollantay en Ollantaytambo

martes, 20 de octubre de 2009

MITO HOPI DE LA CREACIÓN



Al comienzo del tiempo, una chispa de conciencia se encendió en el espacio infinito. Esta chispa era el espíritu del sol, llamado Tawa.


Y Tawa creó el primer mundo: una enorme caverna poblada únicamente por insectos. Tawa observó durante unos instantes cómo se movían y sacudiendo la cabeza pensó que aquella población hormigueante era más bien estúpida.


Entonces le envió a la Abuela Araña que dijo a los insectos:

-Tawa, el espíritu del sol que os ha creado, está descontento de vosotros porque no comprendéis en absoluto el sentido de la vida. Así que me ha ordenado que os conduzca al segundo mundo, que está por encima del techo de vuestra caverna.


Los insectos se pusieron a trepar hacia el segundo mundo. La ascensión era larga, tan larga y tan penosa que, antes de llegar al segundo mundo, muchos de ellos se habían transformado en animales poderosos.


Tawa los contempló y dijo:

-Estos nuevos vivientes son tan estúpidos como los del primer mundo. Tampoco parecen capaces de comprender el sentido de la vida.


Entonces pidió a la Abuela Araña que los condujera al tercer mundo. En el transcurso de este nuevo viaje algunos animales se transformaron en hombres.


La Abuela Araña enseñó a los hombres la alfarería y el arte del tejido. Los instruyó convenientemente y en la cabeza de hombres y mujeres comenzó a despuntar un destello, una vaga idea del sentido de la vida. Pero los brujos malvados, que sólo se sentían a gusto en las tinieblas, extinguieron aquel destello de luz y cegaron a los humanos. Los niños lloraban, los hombres peleaban y se lastimaban: habían olvidado el sentido de la vida.


Entonces la Abuela Araña volvió a ellos y les dijo:

-Tawa, el espíritu del sol, está muy descontento de vosotros. Habéis desperdiciado la luz que había brotado en vuestras cabezas. Por consiguiente, deberéis ascender al cuarto mundo. Pero esta vez, tendréis que encontrar por vosotros mismos el camino.


Los hombres, perplejos, se preguntaban cómo podrían subir al cuarto mundo.


Durante largo tiempo permanecieron en silencio. Al fin, un anciano tomó la palabra:

-Creo haber oído ruido de pasos en el cielo.

-Es cierto -asintieron los demás-. También nosotros hemos oído el caminar de alguien allá arriba.


Así pues, enviaron al «pájaro gato» a explorar el cuarto mundo que parecía habitado. EI pájaro gato se coló por un agujero del cielo y pasó al cuarto mundo, donde descubrió un país semejante al desierto de Arizona. Sobrevoló el país y divisó a lo lejos una cabaña de piedra.

Al aproximarse, vio delante de la cabaña a un hombre que parecía dormir, sentado contra la pared. El pájaro gato se posó junto a él y el hombre despertó. Su rostro era extraño, pavoroso; completamente rojo, cubierto de cicatrices, quemaduras y costras de sangre, con unos trazos negros pintados sobre los pómulos y sobre la nariz. Sus ojos estaban tan hundidos en las órbitas que eran casi invisibles, a pesar de lo cual el pájaro gato vio brillar en ellos un resplandor aterrador.

Reconoció a aquel personaje: era la Muerte. La Muerte miró detenidamente al pájaro gato y le dijo gesticulando:

-¿No tienes miedo de mí?

-No-respondió el pájaro-. Vengo de parte de los hombres que habitan el mundo que está debajo de éste. Quieren compartir contigo este país. ¿Es eso posible?


La Muerte reflexionó unos momentos.

-Si los hombres quieren venir -dijo finalmente con aire sombrío-, que vengan.


El pájaro gato volvió a bajar al tercer mundo y contó a los hombres lo que había visto.

-La Muerte acepta compartir con vosotros su país- les comunicó.


-¡Gracias le sean dadas! -respondieron los hombres-. ¿Pero cómo podremos subir hasta allá arriba?


Pidieron consejo a la Abuela Araña y ésta les dijo:

-Plantad un bambú en el centro de vuestro poblado y cantad para ayudarle a crecer.


Así hicieron los hombres y el bambú creció. Cada vez que los cantores tomaban aliento entre dos estrofas, se formaba un nudo en el tallo del bambú. Cantaban sin cesar y la abuela araña danzaba y danzaba para ayudar a que el bambú creciera bien derecho. Del alba hasta el crepúsculo cantaron sin tregua hasta que, por fin, la Abuela Araña exclamó:

-¡Mirad! ¡La punta del bambú ha pasado por el agujero del cielo!


Entonces los hombres empezaron a trepar por el bambú, alegres como niños. Nada llevaban consigo, estaban desnudos, tan desprovistos como el primer día de su vida.

-¡Sed prudentes! -les gritó la abuela-. ¡Sed prudentes!


Pero ya no le oían, estaban demasiado arriba. Alcanzaron el cuarto mundo y en él construyeron poblados, plantaron maíz, calabazas y melones, hicieron jardines y huertos. Y esta vez, para no olvidar el sentido de la vida, inventaron las leyendas. (*)


(*) Fuente: El árbol de los soles. Mitos y leyendas del mundo entero,
Henri Gougaud, Editorial Crítica, Barcelona.

domingo, 18 de octubre de 2009

EL DÍA DE LA MADRE



Breve Reseña sobre el Origen del Día de la Madre.


Las celebraciones por el día de la madre se iniciaron en la Grecia antigua, en las festividades en honor a Rhea, la madre de Júpiter, Neptuno y Plutón.



Los cristianos modificaron la tradición para adorar a la Virgen María.



En México, los aztecas ya honraban la maternidad a la madre de Huitzilopochtli




Durante el siglo XVII en Inglaterra comienza una celebración llamada “Domingo de Servir a la Madre” en la cual se honraba a las madres de Inglaterra y ese día los criados tenían permiso y el día pagado para ir a visitar a sus madres.


Después se comenzó a preparar una torta especial, llamada “Servir a la Madre” y se llevaba para celebrar ese día como un acto festivo en honor de las madres.

En Estados Unidos el primer día fue sugerido en 1872 por Julia Ward Howe como un día dedicado a la paz.


Otros cuentan que el “Día de la Madre” vino dado por Ana Jarvis, (norteamericana) quien luego de la muerte de su madre en 1905, decidió escribir a maestros, religiosos, políticos, abogados y otras personalidades, para que la apoyaran en su proyecto de celebrar el “Día de la Madre” justo el día del aniversario de la muerte de su madre, el segundo domingo de mayo. Tuvo muchas respuestas, y en 1910 ya era celebrado en casi todos los estados de Estados Unidos.

Posteriormente otros países se fueron sumando a la celebración y Ana Jarvis pudo ver a más de 40 países de diferentes partes del mundo en este acontecimiento sentimental que no tenía otro fin que rendir homenaje y enaltecer a esa mujer que da parte de su ser para dar vidas, y aún su vida por el fruto de sus entrañas.

En Venezuela, se organizó el primer "día de las tres madres" el 24 de mayo de 1921 en Valencia (Edo. Carabobo) por el Dr. Jesús María Arcay Smith, presidente de una asociación llamada "Caridad y Concordia", quien logró que fuera oficializado por el Concejo Legislativo.

Al tiempo, 82 Concejos Municipales de Venezuela decretaron por igual esta celebración, hasta que en el año 1924 una ley del Congreso Nacional decretaba la celebración anual, en todo el territorio Nacional de "el día de las tres madres".

En Argentina se celebra el tercer domingo de octubre.


Esta celebración, poco a poco fue adaptándose a las festividades internacionales y perdió su nombre original...

Hoy la conocemos simplemente como el "Día De Las Madres".



¡¡MUCHAS FELICIDADES EN TU DÍA!!



miércoles, 14 de octubre de 2009

EL LAZO


EL LAZO

En la mayoría de los rodeos del mundo (en Argentina se llaman Yerras o Corridas), se utiliza una herramienta fundamental para el baqueano: el Lazo.


Este adminículo, es una soga de cuero (por lo general de vaca y guanaco: llamados mixtos) trenzado y con una argolla de cuero o metal en uno de los extremos y una presilla: asidero de cuero, en el otro.


Entre las destrezas que realizan los gauchos con el lazo tenemos: la enlazada propiamente dicha y la pialada.


· Enlazada: se lanza al cogote del animal: si es equino o vaca mocha, o a las astas: si es vacuno.

Existen distintos modos de arrojar el lazo: de media espalda (tomando al animal por sus "omoplatos" y pecho), de revés (cuando el animal viene por las espaldas del enlazador), de derecho (cuando el animal viene de frente al caporal).


· Pialada: se debe introducir la armada del lazo en las manos (patas delanteras) o patas (traseras) del animal, la idea es tomar al cuadrúpedo de ambas (manos o patas) a la vez, calzar el lazo a la cintura para poder aguantar el "cimbronazo" y una vez caído el vacuno o equino atar sus extremidades para trabajar con él: marcarlo con un hierro al rojo, desinfectar alguna herida, untarle cura bichera, limpiar infecciones, etc.



lunes, 12 de octubre de 2009

RIÑA DE GALLOS




LAS RIÑAS



Después de las carreras de caballo, la diversión predilecta de los argentinos es la riña o pelea de gallos.


Durante el verano se ven en patios y delante de casas, grandes jaulas de cañas, en las que está encerrado el gladiador con la única compañera que se le concede.

El gallo es preparado para la lucha con un régimen dietético, reglamentado por leyes severas y principios científicos, se procura fortificar su fibra muscular. De cuando en cuando se educa al gladiador en luchas de batalla, cubriendo su espolón con una camisa de cuero para que no pueda herir, y en estas pruebas se calcula el valor del campeón.


Cuando el gallo está compuesto, se lo lleva al reñidero, verdadero teatro, que paga un derecho al gobierno, y en el que se exhiben, escritas sobre una gran tabla, las leyes de guerra gallesca.


Después, al campeón, en medio de la arena, se le busca un rival, al que se pesa y confronta, para igualar en lo posible a los combatientes en tamaño y peso.


Las armas son las espuelas naturales u otras postizas de latón o de plata. Las de acero están prohibidas por reglamento, porque se las cree venenosas.


La riña puede durar hasta la muerte de uno de los gladiadores, o hasta que uno de ellos cede el campo y huye por una pequeña salida que está siempre abierta, para los cobardes, en una esquina de la arena.


También se considera derrotado el gallo que sangrando, bizco y tal vez caído de pico, canta, llamando a su socorro a las gallinas de su harén.


Este reclamo supremo a las compañeras de sus placeres es, considerado como la más segura demostración de cobardía.