sábado, 29 de marzo de 2008

EL DUENDE


El Duende es un espíritu enamorado que siempre busca a las mujeres jóvenes y bonitas, a las cuales no deja en paz hasta que hacen algo desagradable para él.
Esto puede ser no bañarse o hacer cosas antihigiénicas.

Este espíritu no deja tranquila a la muchacha bonita que escoge por medio de ruidos por las noches, brisas y aromas, hasta causar que se quede solterona.

Pero en cuanto la joven realice actividades antihigiénicas el Duende se retira no sin antes causar un ruido estruendoso y soltar una carcajada.

viernes, 28 de marzo de 2008

LA DESCARNADA


Abundan los testigos que afirman haber tenido una experiencia tétrica con una hermosa mujer que se aparecía pidiendo ride o aventón en la carretera que conduce de Santa Ana a Chalchuapa.

La mujer en primera instancia se aparecía en la orilla de la calle con una vestimenta provocativa y con una actitud sensual y audaz llamaba la atención de los incautos que eran atraídos por su belleza y coquetería.

Cuando los conductores le preguntaban hacía donde se dirigía, ella les contestaba que a unos pocos kilómetros del lugar, entonces se montaba al auto y comenzaba a seducirlos. Cuando los hombres empezaban a tocarla y besarla, entonces sucedía algo espantoso, la piel se desprendía de su cuerpo hasta quedar totalmente convertida en pocos segundos en un esqueleto humano.

Minutos después sus víctimas eran encontradas en estado de total confusión y únicamente recordaban los instantes en que aquella escena tenebrosa había ocurrido.

Según los moradores del lugar, el espíritu de una bruja maligna es el protagonista de la lúgubre aparición.

jueves, 27 de marzo de 2008

TATUANA


La Tatuana fue una mujer que según cuentan tuvo realidad física en la ciudad de Santiago y que fue trasladada para la tradición oral a la Nueva Guatemala de la Asunción.

Se la menciona desde el período colonial hasta la década de los 30 en el siglo XIX.

Estudiosos de diversas épocas la refieren con certeza, entre ellos Ramón A. Salazar, Adrián Recinos. En tanto que José Milla incorpora el personaje a una de sus novelas históricas. “La Tatuana En La Nueva Guatemala De La Asunción”.

Había en la ciudad de Guatemala, a inicio del siglo XIX, una señora viuda que vivía en el barrio del Calvario, en medio de la mayor pobreza. Sus vecinos casi no le hablaban, pues creían que era una bruja.

Un día le pidió a la dueña de la tienda que le diera el pan a crédito, pero ésta como siempre se negó a hacerlo. Entonces la mujer le dijo:“Yo sé que su marido se fue de su lado, pero yo puedo arreglarle que vuelva con Ud. Tenga este cuerito, a las 8 de la noche llámelo por su nombre, golpee con él 3 veces la almohada y guárdelo debajo de ella”.
Agradecida la tendera le dio un canasto lleno de verduras.

En la noche hizo lo que la mujer le había aconsejado y en el acto se presentó su marido. Mientras tuvo el objeto su marido permaneció fiel.

Pasados cuatro días la extraña mujer se asomó a la tienda y le pidió el cuerito.

La tendera protestó: “Vea Ud, que mi marido se me volverá a ir”.

La viuda le contestó que lo usaría para otro trabajo.

La tendera se lo dio y ese mismo día su marido se fue de la casa.

Enojada la vecina la acusó de bruja, se fue con las autoridades y al cura de la iglesia. Entre todos decidieron llevarla a la cárcel. Pero ella, burlándose de quienes la tenían prisionera, organizó un plan de escape.

Con un trozo de carbón dibujó un barquito en la pared de la bartolina, se subió a él, pronunció algunas palabras mágicas y huyó.

En su lugar quedó un intenso olor a azufre. En adelante nadie volvió a saber nada de la extraña mujer, a quienes todos recuerdan como la Tatuana.

Por otro lado, algunos historiadores refieren que este personaje tiene sus antecedentes en los últimos años de la ciudad de Santiago de los Caballeros.

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/04/la-tatuana.html

miércoles, 26 de marzo de 2008

“LA GUERRA DEL SAPO CON EL TIGRE”.




El Tigre después de hartarse con alguna presa, acostumbraba ir a tomar agua de un pozo que había en el medio del monte, donde después podía echarse a dormir una buena siesta, sin que nadie lo molestara.

Bueno, un día, eso que estaba tomando agua, de repente...

-¡Ep amigo! Vea donde se mete... ¡Mire que hay gente! –Oye que le gritan de entre las patas.

-¡Ooooh, que jorobar! –dijo el Tigre pegando un salto... Yo que había creído que era un guano de vaca.

-¿Qué? ¡No se pase, le digo! ¡No porque me vea petiso le voy a permitir que se burle de mí! –Contestó hinchándose el Sapo.


-¡Buah! Salga de ahí hombre. Que vas a hacer con esa traza de... de montón de... bueno, de cosa fiera.

–Y bueno ya está –aceptó tranquilo el Tigre- decí nomás cuándo y dónde querés que peliemos.

Y allí no más fijaron fecha y lugar para la batalla.

El Tigre convocó a todas las fieras de la selva; leones, osos, chanchos del monte, zorrinos; y ha resuelto llevar de asistente a su sobrino El Zorro, por juzgarlo más diablo que todos.

El Sapo por su parte reunió a todas las avispas del monte, lechiguanas, guaycurús, caranes, carán colorado, carán negro y demás.

Como ya faltaba un día para la topada, dizque el Tigre había mandado a su asistente y sobrino a ver si ya estaba listo el Sapo.

-¡Como nó! ¡Que vengan nomás! –había contestado el Sapo muy seguro.

Al otro día al amanecer (cancha-cancha o alumbrando, dice el paisano), ya habían partido al encuentro los dos ejércitos.

Como bramido se oía el zumbido de la gente del Sapo, ¡que venían tapando el monte!

¡Por su parte la gente del Tigre dizque venían haciendo crujir los dientes, como si tostaran, arando el suelo con las garras, afilando los colmillos en los troncos, rugiendo muy fieramente!

Entre tanto el Zorro, que parece que ya había empezado a maliciar no sé que, dizque cada vez más atrás venía quejándose...

-¿Mi sobrino? ¿Mi asistente? –dizque el Tigre preguntando a cada rato.

-¡Aquí estoy yendo, Tío!... –dizque que contestaba el asistente, pero cada vez más lejos.

Hasta que los ejércitos llegaron al campo de batalla.

Y entonces el Tigre ordenó a su gente: ¡Muchachos, ataquen!

Y las fieras se lanzaron a la carga rugiendo.

¡Atropellen! –había mandado el Sapo por su parte.

¡Y ahí nomás los enjambres del Sapo habían tapado a las tropas del Tigre!

Revolcándose dizque andaban éstas, ¡sin poderse hacerse soltar de las avispas!, ¡y el Tigre mismo enloquecido!

-¡Socorro, sobrino! ¡Por favor defiéndame! –dizque le gritaba a su asistente.

Y el Zorro, de entre medio de unos yuyos: -¡Al agua Jefe!... ¡Al agua Tío!... –dizque le gritaba; pero el pobre Tigre, enloquecido no oía nada.

Hasta que desesperado el Tigre había conseguido meterse a una laguna que había por ahí, y zambulléndose, zafarse por fin de las avispas.

Cuando al rato asoma la cabeza, ¡ya dizque ni un solo de sus muchachos podía ser hallado por aquellos lugares!...


Bernardo Canal Feijoo "La Leyenda Anónima Argentina". La Saga Popular.

martes, 25 de marzo de 2008

YAHÁ, YAHÁ


EL CHAJÁ:

El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.
Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el peligro.
Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y su salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.
Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.
Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara.
Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu. Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos.
Su corazón le pertenecía. Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.
La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde.
El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras.
Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo.
Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.
Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.
Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.
El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos. Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido. Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.
El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.
Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.
De los demás, ninguno quiso exponer su vida.
Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique.
En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida. Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará.
P eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo.
Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza.
Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa.
Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día.
Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo. Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó. Había sido una nueva víctima del jaguar.
Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió, nadie se presentó ante el Cacique.
Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.
Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo: Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de ustedes es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que ustedes, cobardes!
Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.
Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasados. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.
Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.
Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.
Padre, tus súbditos han demostrado ser cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu. ¡Permite q vaya, pdre mío!
El anciano tuvo q acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.
Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.
Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía ya una luna, se acercaban.
Estaban a corta distancia de los toldos.
Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al jaguar.
Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.
Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique.
Junto a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.
El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.
Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco.
El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.
Después, cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos.
El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.
En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija. Hijo mío, le dijo: un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más. Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá, imposible de vencer. Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.
Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿Qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los reemplace en sus obligaciones?
Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado.
Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.
No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla! Dentro de 1 instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.
No has de ir sola, Taca. Espera un instante y yo te acompañaré.
Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”, yahá!”, ¡vamos!, ¡vamos!
Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu.
La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencia a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba: -“yahá!”, “yahá!”
Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba.
Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban.
Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente.
Con paso felino se iba acercando, cuando Ara­Naró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera. Fueron momentos trágicos los que se sucedieron.
¡El hombre y la fiera luchando p su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje.
Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.
Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa. Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.
Pero fue en vano.
En esa prueba de valiente, ninguno salió triunfante. Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.
Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.
El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.
Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.
Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida.
En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando:
“Yahá!”, “Yahá!”
Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.
Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.
Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: "Yahá!, " "Yahá!"

FUENTE: El Mundo Guaraní.

lunes, 24 de marzo de 2008

"OTRAS" LLORONAS




La leyenda de la Llorona se extendió a otros lugares del país, manifestándose de diversas maneras. En algunos pueblos se decía que la llorona era una joven enamorada que había muerto en vísperas de la boda y traía al novio la corona de rosas blancas que nunca utilizó.

En otras partes, se creía que era una madre que venía a llorar a sus hijos huérfanos.
Algunos afirman que es una mujer que ahogó a uno de sus hijos y por la noche lo busca a lo largo de los riachuelos o quebradas, exhalando prolongados lamentos.

Otra descripción de la llorona es la siguiente:

Mujer de figura desagradable, alta y desmelenada, de vestido largo y rostro cadavérico. Con sus largos brazos sostiene a un niño muerto.

Pasa la noche llorando, sembrando con sus sollozos lastimeros, el terror en los campos, aldeas, y aún en las ciudades.

Se hace referencia a este personaje acorde con la tradición oral, donde se le define como una madre soltera que decidió no tener a su hijo y por eso aborta, acarreándole esto el castigo de escuchar permanentemente el llanto de su niño. Este castigo la desesperó y la obligó a deambular por el mundo sin encontrar sosiego, llorando, gimiendo e indagando por el paradero de su malogrado hijo.

Por: Knight

domingo, 23 de marzo de 2008

EL ORIGEN DE LA LLORONA




El antecedente mas conocido de la leyenda de la llorona tiene sus raíces en la mitología Azteca.

Una versión sostiene que es la diosa azteca Chihuacóatl, protectora de la raza.

Cuentan que antes de la conquista española, una figura femenina vestida de blanco comenzó a aparecer regularmente sobre las aguas del lago de Texcoco y a vagar por las colinas aterrorizando a los habitantes del gran Tenochtitlán.

"Ay, mis hijos, ¿dónde los llevaré para que escapen tan funesto destino?", se lamentaba.

Un grupo de sacerdotes decidió consultar viejos augurios. Los antiguos advirtieron que la diosa Chihuacóalt aparecería para anunciar la caída del imperio azteca a manos de hombres procedentes de Oriente. La aparición constituía el sexto presagio del fin de la civilización.

Con la llegada de los españoles al Continente Americano, y una vez consumada la conquista de Tenochtitlan, sede del Imperio Azteca, años más tarde y después de que murió Doña Marina, mejor conocida como la "Malinche" (joven azteca que se convirtió en amante del conquistador español Hernán Cortés), se decía que esta era la llorona, la que venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sometieran.


Por: Knight

sábado, 22 de marzo de 2008

COMUNIDADES ABORÍGENES ACTUALES


Al mirar el mapa de los pueblos indígenas del mundo, tal vez nos sorprende una población tan importante.

Todos esos pueblos hermanos, a pesar de las diferencias geográficas, de las distintas realidades sociales donde viven, mantienen: sus sistemas de valores, una cosmovisión propia, una identidad propia, estilos de vida sostenibles respecto a la naturaleza, una historia de marginación y resistencia para evitar la asimilación a la sociedad general, una larga lucha por sobrevivir a tanta opresión antigua y a condiciones adversas y difíciles en la actualidad.

Esa identidad cultural propia les permite desarrollar costumbres, normas, organizaciones sociales, políticas y religiosas propias.

En Argentina, el tronco del árbol indígena crece con fuerza.

Ellos son:

Chiriguanos
Chorotes
Chulupies
Diaguitas
Guaraníes
Kollas
Mapuches
Mocovíes
Onas

Pampas
Pilagás
Ranqueles
Tapietes
Tehuelches
Tobas
Wichi

Entre otros.



viernes, 21 de marzo de 2008

LA LLORONA - UN ALMA EN PENA


Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México se recogían en sus casas con el toque de queda, avisado por las campanas de la primera Catedral; a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.

Las primeras noches, los vecinos se resignaban a santiguarse por el temor que les causaban aquellos lúgubres gemidos, que según ellos, pertenecían un ánima del otro mundo; pero fueron tantos y tan repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir a las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las oscuras noches o en aquellas en que la luz pálida de la luna caía como un manto vaporoso lanzaba agudos y agónicos gemidos.

Vestía la mujer un traje blanco y un espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad, cada noche tomaba distintas calles, pero siempre pasaba por la Plaza Mayor (hoy conocida como el Zócalo de la Capital), donde se detenía e hincada de rodillas, daba el último angustioso y lánguido lamento en dirección al Oriente; después continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo y al llegar a orillas del lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sombra se desvanecía entre sus aguas.

"La hora avanzada de la noche, el silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar de aquella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas, formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de La Llorona."
Por: Knight

jueves, 20 de marzo de 2008

LA LLORONA


Aunque es una leyenda originaria de México, sus llantos han traspasado las fronteras y en más de una oportunidad escuché su llanto en las calles Salvadoreñas, recuerdo como si fuera ayer una noche que dormía en la cama de mi hermana, era la pieza trasera, contigua a la escalera, daba hacia el callejón, tenía 7 años, me costaba dormirme en esa pieza, habían unas muñecas tenebrosas, con trajes brillantes, me daban miedo, desperté para ir al baño, cuando al volver a acostarme empiezo a escuchar un llanto estremecedor, era el llanto femenino de alguien que sufría mucho, uno podría pensar de que era el viento, pero no, esa noche no había viento, abrí la ventana y pude escuchar más claramente el llanto, se me pararon todos los pelos del cuerpo y un escalofrío recorrió mi espalda, fui a despertar a mis padres, pero no me pescaron, me acosté en la cama de ellos y no pude dormir en toda la noche, escuché los alardes por más de una hora y luego un silencio sepulcral.

Por Francisco Esquivel Tapia
San Salvador.

miércoles, 19 de marzo de 2008

EL MITO DE LAS AMAZONAS

Peter Paul Rubens

Las Amazonas eran un pueblo de sólo mujeres descendientes de Ares, dios de la guerra y de la ninfa Harmonía.

Se ubicaban a veces al norte, otras en las llanuras del Cáucaso, y otras en las llanuras de la orilla izquierda del Danubio.

En su gobierno no interviene ningún hombre, y como jefe tienen una reina.

La presencia de los hombres era permitida siempre que desempeñaran trabajos de servidumbre.

Para perpetuar la raza se unían con extranjeros, pero sólo conservaban a las niñas.

Si nacían varones, se cuenta en algunas versiones, que los mutilaban dejándolos ciegos y cojos.

Otras fuentes indican que los mataban.

Por decreto, a todas las niñas les cortaban un seno, para facilitarles el uso del arco y el manejo de la lanza. De esta costumbre proviene su nombre 'amazonas' del griego 'amazwn' que significa 'las que no tienen seno'.

Eran un pueblo muy guerrero, por lo que su diosa principal era Artemisa, la cazadora. Debido a esto, se les atribuía la fundación de Éfeso y la construcción del Gran Templo de Artemisa.

De este pueblo, hay muchas leyendas donde grandes héroes tuvieron que enfrentarse a ellas. Por ejemplo, Belerofonte quien luchó contra ellas por mandato de Yóbates.

Una de las más conocidas es cuando Heracles (Hércules) cumple la misión que le asigna Euristeo, y se dirige a las márgenes del Termodonte a adueñarse del cinturón de Hipólita, reina de las amazonas. Ésta consintió en entregarle el cinturón a Heracles, pero la celosa Hera (esposa del dios Zeus) provocó una rebelión entre las Amazonas, y Heracles tuvo que matar a Hipólita. Teseo que acompañaba a Heracles en su misión, se llevó a Antíope, una de las amazonas. Ellas, molestas por este atrevimiento y para vengar el rapto, hicieron la guerra contra Atenas, pero fueron derrotadas por los atenienses que estaban liderados por Teseo.

Otra hazaña legendaria que las involucra, es la ayuda que le brindaron a los troyanos durante la guerra de Troya. Pentesilea, reina amazona, envió un grupo de apoyo a Príamo, rey troyano. Aquiles dio muerte a Pentesilea, quien antes de morir, hizo que éste se enamorara perdidamente de ella, lo que le infundió gran sufrimiento.

Dejando de lado la parte mitológica, las Amazonas sí existieron. Se trataba de una tribu de mujeres independientes que estaban diseminadas por toda Grecia.

Vivieron durante mil años en las zonas boscosas de este país, y rara vez se las veía por los acantilados o por el mar.

No es cierto que cercenaban uno de sus senos para poder manejar mejor el arco y la flecha, sino que se lo apretaban con fibras para que nos les molestara al usar sus armas.

Con respecto a que tomaban prisioneros a los hombres y luego de utilizarlos para procrear los mataban, es cierto, pero lo hacían fundamentalmente para que no dieran a conocer su escondite.

No le tenían fobia al hombre, sino que lo consideraban un ser más débil e inferior a ellas, por lo que no admitían su supremacía.

Llegaron a ser dos mil y existieron aproximadamente durante un milenio.

Horacio Velmont.

martes, 18 de marzo de 2008

EL FUTRE. I

Dibujo Jorge Bernard.

Una de las versiones más difundidas se remite a principios del siglo XX, momento de la construcción del Ferrocarril Trasandino en la montaña mendocina, y habla de un personaje inglés elegantemente vestido (de allí que los lugareños lo llamaran futre) que se ocupaba de los pagos del personal que trabajaba en la obra. Según relatan, este hombre vestido de negro con un sombreo de copa, se había instalado algunos días en las cercanías de la actual villa Las Cuevas para realizar los pagos a los trabajadores, cuando en plena noche fue asaltado por unos delincuentes.

Los malhechores lo mataron y robaron el dinero correspondiente al pago de los trabajadores.

Cuenta la leyenda que desde aquel entonces, por las noches, este personaje se aparece a quienes recorren las montañas mendocinas, se acerca, y les pregunta por su dinero robado para desaparecer luego misteriosamente en la oscura noche.

El nombre Futre viene del sobrenombre de este personaje, de apellido FOSTER, actualmente enterrado en el cementerio de Uspallata.

Otra versión, más conocida en el ambiente popular, habla de un trabajador ferroviario de nacionalidad Chilena, contratado con otros para construir el trazado del Ferrocarril Trasandino, que luego de cobrar su salario semanal concurrió como se acostumbraba a un bar (boliche) de la zona para darse unos tragos.

Al salir, totalmente alcoholizado, e incapaz de llegar a los dormitorios del obrador, se tumbó a dormir al descampado, dejando el cuello sobre uno de los rieles que se estaban tendiendo.

Desafortunadamente uno de los vehículos de servicio que circulaban ocasionalmente por ellos pasó en ese momento, seccionando por completo su cabeza. Aseguran que desde entonces su fantasma vaga en la noche por los cerros cargando su propia cabeza en una mano, amenazando de muerte a quien se cruza con él, mientras que otros aseguran que se trata de un espectro inofensivo que solo clama por un convite.

Otras versiones que hablan de un caballero que perdió su fortuna, y otras de un caballero que fue asesinado en un ajuste de cuentas, debido a una mujer.

Aparece en las noches de luna y en las noches oscuras, y aquellos que lo han visto, dicen que parece estar buscando algo...



lunes, 17 de marzo de 2008

LA ALGARROBA




En tiempos de los Incas. Los quichuas adoraban con sumo respeto y con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra.

Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir “Madre Tierra” y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.

Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.

Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.

Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.

Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, Ilicta, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.

Respetuoso de la tradición y de las costumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.

Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo para dedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.

Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.

Fue una época sin precedentes.

El vicio dominaba a hombres y mujeres. Ellos, en su inconsciencia, sólo pensaban en entregarse a los placeres bebiendo de continuo y con exceso, comiendo en la misma forma y danzando durante todo el tiempo que no dedicaban al sueño o al descanso.

Los depósitos repletos proveían del alimento necesario y nadie pensó que esa fuente que les proporcionaba granos y frutos en abundancia, se agotaría alguna vez.

El desenfreno continuaba y nada había que llamara a ese pueblo a la reflexión y a la vida ordenada y normal.

Llegó la época en que se hacía imprescindible sembrar, si se pretendía cosechar.

Pero nadie pensaba en ello.

Inti, entonces, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por la Pachamama, queriendo darles su merecido, resolvió castigarlos.

Con el calor de sus rayos, que envió a la tierra como dardos de fuego, secó los ríos y lagunas, los lagos y las vertientes, y como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas verdes y sus flores, los tallos se doblaron y los troncos y las ramas de los árboles, resecos y polvorientos, parecían brazos retorcidos y sin vida.

En los graneros aun quedaban alimentos, y en los cántaros, chicha.

¿Qué importancia tenía, entonces, para esas gentes, que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, y seco y sin vida, mostrara las paredes pedregosas de su lecho?

Mientras durara la chicha no podría desaparecer la felicidad ni la alegría.

Pero un día llegó en que, con asombro, comprobaron que los graneros no eran inagotables y que para servirse de sus granos y de sus frutos, era necesario depositarlos primero.

El alimento comenzó a escasear, y con ello las penurias, la miseria y el hambre hicieron su aparición.

Recapacitaron entonces los quichuas, decidiendo volver a trabajar los campos y a sembrarlos.

Pero el castigo de Inti no había terminado y la tierra, cada vez más reseca y dura, no se dejaba clavar los útiles con que pretendían labrarla y así era imposible poner la semilla.

La desolación y la miseria fueron las soberanas de ese pueblo que, en un instante, olvidó las leyes de sus dioses y sus obligaciones con la vida.

Los animales, flacos, sin fuerzas, morían en cantidad y parecía mentira que esos campos, que al presente se asemejaban al más desolado de los páramos, hubieran podido ser, alguna vez, praderas alegres cubiertas de hierbas y de árboles o de extensas plantaciones de maíz, en las que los frutos se ofrecían generosos.

Los niños, pobres víctimas inocentes de los pecados y de la disipación de los mayores, débiles, flacos, con los rostros macilentos, los ojos grandes y desorbitados, verdaderos exponentes de miseria y de dolor, sólo abrían sus bocas resecas para pedir algo que comer.

Los más débiles morían sin que nadie pudiera hacer algo por ellos.

El sol caía a plomo. De una de las casas de piedra que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer salió, corriendo desesperada.

Era Urpila, que, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed, arrepentida de las faltas cometidas en los últimos tiempos y enrostrando a todos su vergüenza, su pecado y su olvido de Inti y de la Pachamama, corría a la primera apacheta del camino a pedir protección a la Madre Tierra y a depositar su ofrenda de coca y de Ilicta, últimas porciones que había podido conseguir.

Llegó a la apacheta y casi sin fuerzas, clamó:

Pachamama,

Madre Tierra, Kusiya... Kusiya...

Lloró y se desesperó ante el altar de la diosa, prometiendo enmienda y sacrificios.

Extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo cansado en el tronco de un árbol que crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas parecían retorcerse en el espacio.

Tan grande era su fatiga, tanta su debilidad, que, vencida, bajó la cabeza y no tardó en quedarse profundamente dormida.

Tuvo sueños felices. La Pachamama, valorando su arrepentimiento, llenó su alma de visiones de esperanza y acercándose a ella, con toda la grandeza que como diosa le concernía, le habló generosa:

— No te desesperes, mujer. El castigo ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido como tú misma, de su ocio y de su desenfreno, retornará a su existencia anterior, que es la justa, la verdadera.

La vida renacerá sobre la tierra que volverá a brindar sus frutos y su belleza.

Cuando despiertes, y antes de irte, abre tus brazos y recibe las vainas que ha de regalarte este “Árbol”, desde hoy sagrado.

Que las coman tus hijos y los hijos de las otras madres, que con ellas calmarán su hambre y apagarán su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento han hecho posible este milagro que Inti realiza para ti.

Cuando Urpila despertó creyó morir, tal era su decepción. El aspecto de la tierra en nada había variado y la visión había desaparecido.

Se convenció de que su sueño había sido sólo eso: un sueño.

Pero, recapacitando, volvieron a su mente las palabras de la Pachamama y recordó al “Árbol”.

Levantó entonces sus ojos hacia las ramas que parecían secas, y tal como la diosa lo anunciara, las vainas doradas se ofrecían a su desesperación como una esperanza de vida.

Cambió en un instante su estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias.

Se levantó ansiosa y cortó los frutos generosos hasta que entre sus brazos no cupieron más.

Entonces corrió al pueblo, hizo conocer la nueva y todos se lanzaron a buscar las milagrosas vainas color castaño, mientras ella repartía entre sus hijos el tesoro que encerraban sus brazos de madre y que le había concedido la Pachamama...

El pueblo volvió a la vida y veneró desde entonces al “Árbol Sagrado” que fue su salvación y que, a partir de ese día, les brindan pan y bebida que ellos reciben como un don.

Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser, en tiempos de grandes sequías, el único alimento de los animales.

REFERENCIAS

La algarroba es el fruto del algarrobo, del que se conocen dos clases: el blanco y el negro.

Ambos son árboles, pertenecientes a la familia de las leguminosas.

El nombre científico del algarrobo blanco es: “Prosopis alba”.

Es este un árbol que proporciona grata y hermosa sombra, merced a su copa en forma de sombrilla, cubierta de espeso follaje.

El tronco es grueso y rugoso. Las hojas, caducas, son compuestas, formadas por gran número de hojuelas de color verde oscuro.

Las flores que cubren el árbol en primavera son pequeñas, amarillentas y se dan en espigas tupidas.

Contrariamente a lo que sucede en la generalidad de las plantas, en el algarrobo la parte más vistosa de la flor no es la corola, sino los estambres.

El fruto es una legumbre de color claro. Cuando maduran las semillas que contiene, se torna más o menos carnoso, de agradable sabor y muy comestible.

Molido, se transforma en una harina con la que se fabrica el patay, que es un pan o torta de alto valor alimenticio por contener albúmina y gran cantidad de azúcar, provenientes de la algarroba.

Dejando fermentar la algarroba pisada, mezclada con cierta cantidad de agua, se hace una bebida alcohólica llamada aloja.

Este fruto constituye uno de los principales alimentos de los naturales que habitan la región donde crece el algarrobo.

Como la producción de algarroba es muy abundante, se recogen las vainas en gran cantidad y se conservan durante mucho tiempo, recurriendo a esta reserva en la época en que escasean los alimentos.

Para el ganado, es nutritivo y muy eficaz.

Otra de las grandes utilidades del algarrobo reside en su madera dura, que se emplea en carpintería, en ebanistería —sobre todo en trabajos de torno—, en construcciones, para la fabricación de adoquines, etc..... Se la emplea como leña y para la fabricación del carbón de leña.
Existe, además del algarrobo blanco, como hemos dicho, el algarrobo negro, cuyas características son similares al que acabamos de describir, con la diferencia que el fruto maduro es una vaina negra.

Crecen ambas especies en nuestro país, en las provincias de Córdoba, San Luis, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Entre Ríos, Santiago del Estero, Chaco y en la provincia de Formosa.

El algarrobo, planta que brindó a los primitivos habitantes de nuestro suelo, tanta y variada utilidad y sobre todo, completa alimentación, fue conocido en algunas regiones simplemente con el nombre de: “EL ÁRBOL” y se lo consideró árbol sagrado.

Los quichuas lo conocían con el nombre de TACU; los guaraníes lo llaman IVOPÉ y al algarrobo blanco: “IVOPÉ MOROTÍ”.

Esta leyenda fue extraída de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Tomo XII: CAILALAY (Abeja)
Material compilado y revisado por la educadora argentina
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org)


VOCABULARIO

INCA: Príncipe, Hijo del Sol.
VIRACOCHA: Dios de los peruanos. Nombraban también así a los españoles, a los blancos.
PACHAMAMA: Madre Tierra. Diosa a la que adoraban.
COCA: Planta, cuyas hojas, secas, masticaban los indios.
LLICTA: La masa de ceniza o de cal con que se mastica la coca.
CHICHA: Bebida fermentada, generalmente de maíz.
URPILA: Palomita torcaza.
KUSIYA: ¡Ayúdame!
INTI: El Sol.

EL FUTRE

Dibujo Jorge Bernard.

Esta leyenda mendocina, se sitúa en Puente del Inca, Mendoza, Argentina, y de ahí con diversas variantes, se extendió a otros puntos de la provincia y San Juan.

Hay por lo menos dos versiones. Una dice que se trataría de un inglés bien vestido (de ahí su nombre, pues se llama “futre” en Cuyo, a toda persona que viste elegantemente) que, tras haberlo perdido todo en la sala de juegos del hotel de esa localidad, salió vestido de frac en plena noche y se perdió entre los cerros nevados.

La otra versión dice que se trataba de un hombre humilde que trabajaba en el ferrocarril, que fue asesinado y decapitado por el amante de su esposa en la misma estación de Puente del Inca.

Unos dicen que éste anda de noche con la cabeza en la mano y un hacha en la otra, amenazando a los que encuentra, mientras otros aseguran que se trata de un espectro inofensivo.

En ambas versiones a veces el Futre aparece a caballo.

domingo, 16 de marzo de 2008

BANCO HIPOTECARIO NACIONAL.





Si bien el Banco funcionó en la ciudad de Santiago del Estero a partir de 1887, la construcción de su actual sede se inició entre 1914 y 1916.

Es de estilo neoclásico diseñado y construido por organismos del Estado Nacional.

Los únicos subcontratistas de obras locales que participaron en los trabajos fueron Pablo Gallizia en yesería (1915) y Staffolani en herrería (1916).

Fue inaugurado en 1928.

Dirección: Avenida Belgrano esquina Sarmiento.

jueves, 13 de marzo de 2008

EL TORO SUPAY

Jorge Bernard


"EL TORO SÚPAY"[1] o Toro Diablo es conocido especialmente en Santiago del Estero, en los feroces montes del río Saladillo y el resto de la región Saladina.

Ricardo Rojas lo describe como de estatura gigantesca, cabeza redonda, entre humana y taurina, el cuello erguido; cola y nuca cerdosas.

Echa humo por las narices y su boca parece una trompa llena de bramidos.

Otras descripciones recogidas por Bravo y Franco destacan sus cuernos de oro.

Protege a la hacienda, y le da un grado de prosperidad inalcanzable por medios naturales. Pero es preciso para esto que el dueño de la misma haya realizado un pacto con el Súpay.

A la muerte del dueño, el Toro Diablo no solo se llevará su alma, sino también su hacienda.

Al amanecer del día siguiente, mientras aún dure el velorio, los corrales estarán vacíos.

[1] Adolfo Colombres "Seres Sobrenaturales de la Cultura Popular Argentina".

miércoles, 12 de marzo de 2008

LA MUJER EN LA CIVILIZACIÓN CHACO-SANTIAGUEÑA[1].


Conquista y la bien evolucionada Civilización Chaco-Santiagueña.
Investigando siempre sobre documentos arqueológicos que tan generosamente nos regalan los túmulos de Sgo del Estero y los que nos proporciona las Pcias circunvecinas, hemos podido conocer algunos peinados de la época y el cuidado que dedicaban al arreglo del cabello.
Un vaso antropomorfo que representa una mujer con los brazos en jarra nos da el Ej. de un peinado muy elegante que hoy en día no tendríamos a menos llevar. El se compone de una “banana” o rodete alargado y dos bucles que caen sobre la nuca.
Algunas estatuillas de la divinidad trinitaria que adoraban, muestran de una a tres trenzas y melena. Pero sus hermanas del NOA, les ganan con mucho en cuanto a peinados complicados. Allá los cabellos largos, divididos al medio, se levantan en alto, dando la sensación de mayor volumen a la cabeza y terminan
[1] Fich/lect: Olimpia Righetti: “Dos Conferencias Sobre el Imperio de las Llanuras Santiagueñas” BsAs 1942
2. antropo-ornito-ofídica. de forma: humana-pájaro-serpiente.
[3] René d`Harcourt.

El rol de la mujer es ciertamente importante, sino preponderante, podemos juzgar del hecho que, las estatuillas de la divinidad antropo-ornito-ofídica (2) son mucho más numerosas bajo la forma femenina que masculina.
Por otra parte, el trabajo tan complicado de la cerámica, que sorprende por la variedad de sus formas y encanta los ojos por la elegancia, la pureza y el sentido artístico de sus motivos simbólico-decorativos, es uno de los atributos de la mujer.
La impresión de sus dedos pequeños y fusiformes se encuentra constantemente en el modelado de las cerámicas o de las estilizaciones ofídicas muy usadas como las barretas en relieve, portadoras de cúpulas dejadas por las yemas de los dedos.
Esas impresiones provienen de dedos redondos, delgados y terminados por uñas redondeadas y poco salientes; la costumbre de dejar crecer las uñas como armas defensivas, no parece haber estado de moda, entre las morenas alfareras de manos livianas y ágiles de la prehistoria, que nos han dejado tantas pruebas de su habilidad en la fabricación de las más finas y delicadas alfarerías, modeladas todas con maestría, muchas de las cuales, deben considerarse como obras maestras del arte cerámico prehistórico.
Entre estas últimas se destacan las fusaiolas, provenientes de las excavaciones del subsuelo y de los túmulos de Sgo del Estero, de las cuales poseemos 6.000 ejemplares de todas las formas y dimensiones. La gran mayoría están grabadas o esculpidas en bajo relieve u ornadas con motivos simbólicos hechos por una sucesión de pequeñas impresiones practicadas en su superficie cuando la arcilla estaba aún fresca, antes de la cocción, o trabajadas con una punta aguda de bordes cortantes, que dejó trazos tan netos como los que hace un grabador sobre el metal.
No sabríamos admirar demasiado la precisión del trabajo y la seguridad de las manos que las hacían; es evidente que eso ha sido conseguido merced a una educación especial y a una gran práctica.
Estos pequeños instrumentos de terracota, llamados comúnmente torteros, fusaiolas por los arqueólogos y muyunas en lenguaje quichua, se colocaban en la base del huso para hilar. De este modo mantienen el impulso de los dedos de la hilandera y contribuyen a mantener la posición vertical del huso.
Vale decir que su función es práctica, en otras palabras, es un instrumento. Recalcamos con intención este hecho, porque en la Civilización Chaco-Santiagueña, este instrumento ha llegado a ocupar una posición importante y dentro del conjunto rico de cerámicas, se presenta como un objeto de lujo, en el que las alfareras prehistóricas parecen haber querido voltear toda su sensibilidad artística y su habilidad manual.
La infinita variedad de formas y decorados y el cuidado que ha presidido su fabricación, indican que servían para trabajos de hilandería muy fina.
El empleo del hilo delgado, parece haber sido común para la fabricación de telas de igual calidad. Esta aseveración está reforzada por la lógica de las conclusiones que surgen, de los documentos; pues, en razón del peso del tortero, está el espesor del hilo. Vale decir que un tortero chico debe producir hilos delgados. Y aquí viene lo interesante de esta verdad: en la magnífica colección que nuestro Museo posee, hay un porcentaje notable de torteros pequeños entre los cuales, algunos sólo alcanzan a pesar 1 gr.; 1,10 gr. Y tienen una circunferencia menor que la del anillo de un dedo de bebé. Los más comunes sólo pesan 9,30 gr.
Además, no debemos despreciar la elocuencia de los números. 6.000 torteros ¿no sugieren la idea de 6.000 mujeres entregadas al útil arte de hilar para cubrirse? Tomamos el número íntegro, porque si bien es cierto que una misma tejedora podía ser dueña de varios de estos instrumentos como ocurre en el Viejo Perú, no debemos olvidar que el tiempo, agente destructor, ha debido hacer perecer muchísimos más, y así las colecciones reunidas en nuestro Museo constituyen una parte ínfima del tesoro arqueológico que duerme en las entrañas de la Pcia. de Santiago del Estero.
No solamente los magníficos ornamentos de los torteros, el cuidado de su pulimentación, la prolijidad de su aspecto, la variación en su forma, las elegantes combinaciones en sus decorados, denuncian el refinamiento de aquellas hábiles artistas, alfareras y tejedoras, sino que también hay un hecho que resalta y hace pensar con admiración en sus gustos y costumbres; es el de haberse encontrado en las excavaciones que practica la Misión Arqueológica de Sgo del Estero, uno de estos torteros trabajado en una piedra semi-preciosa.
Las cerámicas chaco-santiagueñas, pintadas o grabadas caso sin excepción, indican que las telas que se hacían con aquellos hilos debían llevar también esos mismos dibujos, ya en colores o hechos en la trama, como ocurre con los tejidos encontrados en las tumbas peruanas.
Un tejido del Viejo Perú que forma parte de las colecciones del Museo de Santiago, hace ver el empleo de los motivos simbólicos-decorativos de esa Pcia.
El único fragmento de tela, milagrosamente conservado fue encontrado adherido al fondo de una urna funeraria. Es sumamente delgado y evidentemente se usó para el vestido. Su estudio practicado por René d`Harcourt, especialista en tejidos americanos, confirma lo que, el examen cuidadoso de los torteros sugería. “Presenta sobre una de sus caras, líneas paralelas de pequeñas riendas dobles incorporadas regularmente en la tela a distancias fijas. Todo el interés del análisis de tejido reside en la demostración del modo de la obtención de esas riendas...” “Por cada cm2, se cuentan 30 hilos de cadena más o menos, contra 23 hilos de trama...” “No he encontrado hasta ahora tejidos del (Viejo Perú ofreciendo iguales sistemáticas comparables a las descriptas. Se puede admitir una intención decorativa si el hilo de la trama, es de un color diferente del hilo de la cadena; en ese caso, siendo la trama casi invisible en las partes tejidas, el género presentaría un fondo de color liso sobre el cual se destacaban en claro o en oscuro, pequeñas líneas paralelas constituidas por las riendas”[3].
La descripción da una idea, clara sobre la técnica complicada y elegante, que es indicio de pueblos muy evolucionados y de cierto refinamiento.
Con esa tela fina, adornada con motivos tomados directamente de la alfarería, de un puco policromo, se ha vestido la mujer chaco-santiagueña.
Sus vestidos sencillos se componen de una especie de camisa larga que le llega a mitad de piernas y otra más corta que toca la altura de las rodillas.
Ya dijimos que estas joyas arqueológicas ennoblecidas y embellecidas por manos femeninas, llevan ornamentos de carácter simbólico-religioso.
Las agujas de hueso: para hacerlas, el material mismo parece haber sido ennoblecido por el hombre y por magia de algún procedimiento hoy desconocido, les dieron el aspecto del marfil. En ellas como en todas las piezas de esa vieja civilización, el arte y la fe aunados nos regalaron objetos que además de su belleza artística, son índice de un verdadero refinamiento en las costumbres y en el espíritu.
Un Ej. de esto lo das esas agujas cuyo fin era separar los hilos que enreda el continuo cruzar y descruzar de la tela.
En una de ellas, sobre su superficie finamente pulida, se ha dibujado un reticulado, que estiliza el cuerpo de la serpiente sagrada; en otra extiende zigzagueante su cuerpo ofídico. Así los objetos de uso práctico conservaban en su delicadeza, su carácter religioso.
“Vuestras lejanas abuelas americanas tenían el gusto y diremos refinamiento de trabajar sus finos tejidos...” Emilio R. Wagner.
Después de conocer estos detalles no está permitido seguir confundiendo la Civilización Chaco-Santiagueña con los grupos indígenas de la Conquista.
Para apreciar mejor esta diferencia veamos párrafos del cronista Diego Fernández, que se refieren a los indios que poblaban Sgo del Estero: “Andan los hombres atados por la cintura, con una cuerda llena de plumas de avestruces muy largas, que les llegan a las rodillas, con las que cubren sus vergüenzas, y otras plumas también por encima de los hombros que llegan hasta la cintura, de manera que su vestido, es de plumas. Cóbrense con unas mantas en que traen chaquiras de huesos de buitres. Las mujeres traen mantas de la cintura abajo y otra por debajo de un brazo y un nudo al hombro, a manera de las mujeres de Egipto.”
Nada más concluyente que la comparación de los documentos arqueológicos con los históricos.
Ya que el cronista Diego Fernández menciona las “chaquiras”, nombre que los españoles dieron a las cuentas para collar, bueno es conocer las que usaban las hijas de nuestra tierra en la prehistoria.
Las palas de la Misión Arqueológica dirigida por Wagner, han exhumado de los túmulos precolombianos, riquezas considerables de estas cuentas, que demuestran claramente la opulencia de aquella época. Muchas de ellas están trabajadas en nácar de los bivalvos perleros que antaño ofrecían para la codicia y el lujo, cuentas rosadas que sin duda debían ser bien apreciadas por los elegantes chaco-santiagueños.
Largos viajes debían emprender para conseguir objetos de adorno.
La turquesa, que en abundancia se usaba, tanto para collares como para adornos del vestido, proviene del Norte y de las costas chilenas y el Urosalpinx Rushi, Pilsbry, pequeño caracol marino que ensartado se llevaba en collares, habita las aguas del Atlántico.
Entre las “chaquiras de huesos de buitres”, que menciona el cronista, y las cuentas de nácar, turquesa y lapislázuli que fueron encontradas con tanta abundancia en los túmulos de Santiago, hay una considerable diferencia. Las primeras están al alcance del rústico cazador, las segundas exigen vencer muchos obstáculos para llegar a conseguirlas, y corresponde a un pueblo evolucionado, que las aprecia en gran parte por el valor que les confieren esas dificultades.
Sin olvidar las palabras del cronista, sigamos analizando los adornos, y veamos lo que dice Emilio, refiriéndose a un alfiler de hueso por él encontrado en los túmulos del Chaco Santiagueño, el que según toda probabilidad servía para prender las mantas que llevaban las mujeres de aquella lejana época. “Esta aguja fue obra multimileraria de cazador artista, que al ver deslizarse un cisne sobre las aguas de una laguna notó que el elegante ave dejaba tras de sí al nadar, una larga estela sobre el espejo de las aguas dormidas y compendió que había allí un motivo para hacer un alfiler para asegurar la manta de una persona querida, o tal vez adornar sus cabellos.
Con admirable paciencia y la ayuda de una astilla de silex cortante entre sus hábiles dedos, un fragmento de hueso cobró vida y se trasformo en el hermoso cisne[4]. Veamos los pequeños triángulos que acompañan el borde inferior de la aguja. Sobre el lado derecho, han sido llenados con líneas paralelas y sobre el otro costado estas se hallan reemplazadas por puntitos. Este ínfimo pormenor de rebuscamiento de variación en el decorado, pone en evidencia el extremo cuidado que presidido la confección de esta prenda. El conjunto es de una acabada perfección y si analizamos psicológicamente esta obra, nacen espontáneamente un romance y una historia: el romance del cazador artista, hábil y paciente, que llevaba un sueño de amor en la cabeza y destreza en las manos, que al ver deslizarse un cisne sobre las aguas tranquilas de una laguna del Chaco-Santiagueño, hizo el hermoso alfiler para la mujer que amaba: y el hallazgo del fino presente de amor, guardado celosamente por la tierra milenaria, que permite conocer por ese solo rasgo, la historia de la civilización de un pueblo amable y refinado.
No se puede pasar por alto tales hechos, sin faltar a nuestro más estricto deber de arqueólogos, ya que no consiste esta ciencia en el mero hecho de conocer y describir detalladamente los restos de pueblos desaparecidos, sino también en el de comprender lo que nos enseña la psicología que emana de aquellos y tratar de descubrir “el alma del pasado”. Sería un error figurarse que los vestigios arqueológicos están totalmente muertos. Ellos están impregnados de la vida de los pueblos que los han creado, y algo de esa vida perdura en el tiempo, a través de las vicisitudes de los acontecimientos, y así, aunque sea un tiesto, y al parecer insignificante, él ha formado parte de una pieza entera, salida de las manos de una hábil alfarera, cuyo soplo creador, para emplear una metáfora bíblica, le ha comunicado la vida y su pensamiento, destinándolo a desempeñar un papel activo en la civilización pasada. Al quebrarse en varios pedazos, aunque su alma se haya escapado por el intersticio dejado a propósito en la línea ritual que la circunscribe, como nos enseñan los sacerdotes de los indios Pueblos del Arizona, algo del espíritu inmortal ha quedado en los fragmentos cuidadosamente recogidos, hábilmente unidos y restaurados.
Por estas razones sencillas es que, atenerse únicamente al aspecto exterior de las piezas arqueológicas, sería incurrir en error y confusión.
Encontrar al lado del precioso alfiler del cisne nadando, otras agujas menos labradas y también algunas sumamente sencillas y lisas indica que el uso era general y que su belleza debía corresponder a las diferentes clases sociales que existían en esa civilización.
No se concibe una civilización sin diferencias de clases. Hay diferencias señaladas por obra de la inteligencia, el saber, las virtudes heredadas y la posición alcanzada por el trabajo. La comunidad es propia de los pueblos primitivos. La igualdad sólo puede y debe existir en los derechos emanados de la naturaleza humana.
La existencia de numerosos alfileres de este tipo nos advierte que era costumbre llevar mantas cruzadas y prendidas sobre el pecho como en el Perú y no con “un ñudo al hombro” como las mujeres encontradas en Santiago en la época de la Conquista.
Otro adorno, pero ya de carácter religioso, lo constituía la nariguera o nesem, la cual se hacía extensiva a los animales sagrados o totémicos, como el puma. En Santiago consiste en un cilindro pequeño de arcilla cocida y pintada que se atravesaba en el tabique nasal.
Ningún cronista de la Conquista, cuando habla de las costumbres de los individuos que poblaban el territorio santiagueño hace alusión a este adorno que hubiera llamado la atención. Sin duda, las viejas costumbres y usos del Imperio de las Llanuras no se transmitieron a las tribus de la Conquista, o sencillamente, sus costumbres desaparecieron con el arrasamiento de la barbarie. De sobrevivir la Civilización Chaco-Santiagueña hasta la Conquista, los cronistas hubieran guardado aún en sus cantos, sus danzas, sus cuentos, sus supersticiones, sus leyendas, sus industrias, sus costumbres, algo que nos evoque esa desaparecida civilización. Nada ha quedado que la recuerde o la vincule con los pueblos de la Conquista, más bien, todo la aleja y desliga, marcándose claramente la diferencia que existe entre los pueblos decadentes de la

martes, 11 de marzo de 2008

EL ZORRO Y EL HOMBRE. [1]


El zorro sabía que el hombre era el que tenía más poder de todos, de todos los que había.

Y justamente tenimos más poder, aunque no quiera el zorro.


-Pero a mí no mi hai de embromar -que dijo el zorro.

Y él sabía que el hombre acostumbraba a hachar.

Y había sentido una hacha en el monte y se dirigió áhi.

Y áhi 'taba un hombre hachando. Y saludó y preguntó si era él el hombre.

Le dijo que sí.


-¿Y qué 'tá haciendo, usté, aquí?

-Estoy rajando una viga -le dice el hombre.

-Vengo -es que le dice- para que me dé alguna idea cómo puedo hacer yo.

Y usté, que dicen que es más poderoso, pero más poderoso que yo, no hai ser.


Bueno, diz que el hombre estaba con una hacha partiendo una viga con cuña, ¿no?, porque se usaba con cuña efectivamente, para que el trozo se vaya abriendo, ¿no?

Y lo llamó el hombre al zorro para que le pusiera la cuña.

Claro, pega el hachazo el hombre y lo abre con la hacha, y el zorro viene y le pone la cuña.


-Más, más adentro -es que le dice-, más adentro un poco.

Hasta que el zorro mete la mano en la rajadura y le saca la hacha y quedó prendido el otro.

Y así lo embromó.

Y ya no pudo embromarlo al hombre.

Y claro, y el hombre lo embromó y lo dejó prendido áhi.


José Ignacio Herrera, Nueva Villa Río Hondo. Río Hondo. Santiago del Estero, 1970.

El narrador es originario del viejo pueblo de Río Hondo que ha quedado bajo las aguas del dique de Termas de Río Hondo, se ha radicó en la Nueva Villa a donde fue trasladada parte de la población desalojada.

[1] Recopilada por Vidal de Battini, Berta Elena en su libro Cuentos y Leyendas Argentinas Tomo III. SANTIAGO DEL ESTERO

lunes, 10 de marzo de 2008

MUSEO DE BELLAS ARTES

MUSEO DE BELLAS ARTES “RAMON GOMEZ CORNET”
Av. Belgrano (S) 1560

"El pintor no tiene literatura sino esencia. Se pinta mejor lo que se conoce".
"Un día queremos hacer pueblos y no supimos hacer hombres".
"Siempre estoy aprendiendo"
Ramón Gómez Cornet.





Contiene la labor de los plásticos más representativos del arte provincial, regional y nacional.


Fue fundado en el año 1943 por el artista plástico cuyo nombre lleva el museo.

En su valiosa pinacoteca se reúnen obras de Benito Quinquela Martín, Juan Carlos Castagnino, Leopoldo Presas, Enrique Policastro, Raúl Soldi, Rodrigo Bonomo, Carlos Alonso, Antonio Berni entre otros, y las expresiones plásticas de los mejores artistas del noroeste argentino y de la provincia.

En su jardín y galerías exhibe esculturas de exquisita belleza.

Posee además una biblioteca de arte especializada y varias dependencias en las que permanentemente se realizan exposiciones.

domingo, 9 de marzo de 2008

SANTIAGO PIONERO DE LOS DERECHOS HUMANOS

SANTIAGO PIONERO EN DERECHOS HUMANOS.
DEFENSORES DE ABORÍGENES.[1]

LUIS DE ABREU Y FIGUEROA:


Al ser designado gobernador de Santiago cometió todos los excesos de poder pero tuvo el mérito de inspirarse en las ordenanzas dictadas por el virrey del Perú, Dn Fco Toledo, para proteger a los yanaconas de Charcas, los cuales conoció en Tucumán en el año 1574 de su promulgación.

Dos años después, desde Sgo del Estero Abreu propició las suyas, y su acierto salva su memoria de los malos actos gubernativos.

Estas primeras normas protectoras del aborigen, dictadas el 10-4-1576, “Para el buen tratamiento de los indios en las Pcias de Tucumán y estableciendo reglas para su trabajo”, fueron iniciales del territorio argentino y procuraban “conciliar las exigencias del trabajo con los derechos del indio a la libertad”.

Cuidaban su reducción, la obligación de enseñarles la doctrina y los deberes de los encomenderos.
Establecían las nuevas formas a que debía ajustarse el trabajo de los naturales. Recomendaban no fuesen empleados más de 5 días a la semana, descansando las fiestas de Pascuas y de guardar, se les diera a mediodía libertad para comer y “que dejen de trabajar; tejer e hilar, media hora que se ponga el sol”.
Los jóvenes de 10 a 15 años, que por su edad no debían entrar a la mita, servían en su pueblo y las muchachas tejerían calcetines y recogerían el algodón y la grana.
Los viejos de 50 a 70 años y las indias de 50 a 55 años sólo debían servir en trabajos livianos y las mujeres embarazadas de 8 meses no podían ocuparse en tejer sino en hilar con un descanso desde que diera a luz hasta 1 mes después del parto.

Otras medidas complementarias.

Mandaban a los encomenderos a adoctrinar sus indios, darles vacaciones en diciembre y enero “dichos meses han de holgar y trabajar para sí, y cultivar en cada pueblo de indios una chacra de la comunidad para sustentar a los pobres huérfanos y viudas del pueblo”.
Éste era el régimen expresamente legislado para el laboreo de algodón en los obrajes textiles que comenzaban a dar fisonomía distintiva a la economía santiagueña.

No desdecía con las magníficas Leyes de Indias y el cuerpo doctrinario humanista y cristiano que ha hecho de ellas el mejor monumento jurídico-social de todas las épocas.

RAMÍREZ DE VELAZCO.[2]

Posicionado del cargo de Gob el 17-7-1586, Ramírez de Velazco fue también un celoso custodio de la integridad humana de su pueblo y combatió los excesos del obraje textil al denunciar que: “los indios son muy vejados y trabajados y se van consumiendo y acabando y las mujeres son tributarias porque las hacen hilar una onza de algodón cada día y no pueden acudir a servir a sus maridos y criar sus hijos, a cuya causa se huyen los maridos y los hijos a otras gobernaciones”.

Ordenó que se pagara a los indios puntualmente sus jornales los fines de semana, combatió el amancebamiento y la corrupción y prohibió se sacaran indígenas de la Pcia, pues en tráfico a Potosí eran llevados como ganado de venta a Chile o Charcas, habían desaparecido casi 8000 indios de la jurisdicción.

Para evitar esos excesos, el gobernante creó en cada Cdad un juez de registro e impulsó medidas por cada nativo que faltara.

DIEGO DE TORRES cj.

Provincial de la Orden Jesuita, en carta del 14-9-1610 al rey dice: “lo mucho que impide la conversión de los indios infieles de las Pcias de Chile, Paraguay y Tucumán, el servicio el servicio personal que se usa en ellas con el derecho natural y divino y cédulas de VM y de sus predecesores, porque priva al indio de sus mujeres e hijos de toda libertad y dominio desde que nacen hasta que mueren y los constituye en estado mucho más miserable que si fueran esclavos e imposibilita a todos de vivir como cristianos.”

Desde Santiago partían las voces más ilustres en defensa de la dignidad humana con una prédica que no caería en el vacío pues pronto iba ser recogida por autoridades religiosas y civiles sensibles al valor de la libertad.

GOBERNADOR. LUÍS DE QUIÑONES OSORIO.[3]

Caballero de la orden de Alcántara venía celebrado por la honestidad demostrada al administrar la Real Hacienda de Potosí, en contacto directo con el padre Torres cj recorrió constatando los excesos contra el indígena. Asesorado por el obispo y el gob, por los franciscano, previo dictamen protocolizado por el P Torres a nombre de la Cía de Jesús, publicó las célebres Ordenanzas que lo han inmortalizado en Santiago del Estero el 7 de enero de 1612.

[1] Luís Alén Lascano. “Historia de Santiago del Estero” pp 67
[2] Luís Alén Lascano. “Historia de Santiago del Estero” pp 69
[3] Luís Alén Lascano. “Historia de Santiago del Estero” pp 16.

SANTIAGO TIERRA ADENTRO, ASHPA YAICÚCHIY


SANTIAGO TIERRA ADENTRO, ASHPA YAICÚCHIY.

La Ciudad de Santiago del Estero tiene ese no se qué, que hace sentir ese que se yo.
Santiago no tiene riendas pero sujeta.
Y, ¿que tiene Santiago adentro que seduce al corazón?
¿A de ser esa magnética atmósfera cargada de símbolos?
¡Cuantos secretos guarda en los arcanos[1] del tiempo!

Para develar estos interrogantes, hay que adentrarse en Santiago.
Al abrir la puerta imaginaria del aura que envuelve a la Ciudad sorprende al viajero en primer lugar, el paisaje agreste: un monte que sin ser bosque ni selva tiene características de ambos, una llanura que nos es la pampeana, ve un desierto que en realidad no es tal, se asombra con el salitre que cubre en el invierno los campos y que desaparece con las primeras lluvias. Salinas que no son salinas y esteros que no son charcos ni lagunas.

En este juego de ser y no ser, Santiago le está mostrando su peculiaridad, le dice al viajero: este es el monte santiagueño, esta es la llanura de estas tierras, estos son los ríos de mi mesopotamia, lo que ves como desierto está lleno de vida.
No busques conceptos hechos en otros lados para describir lo que ves, sin agregarle el término santiagueño.

El paisaje santiagueño hace aflorar al de afuera: asombro, curiosidad, a nosotros, nos provoca un sentimiento de nostalgia.
Tanto el viajero como el local, comenzamos a añorar “algo”, nos atrapa el anhelo de sacarle a ese paisaje ese algo que presentimos esconde.
Para nuestros antepasados el mundo era una superposición de dimensiones que interactuaban permanentemente.

Respetaban y veneraban a sus muertos. Ellos creían que seguían viviendo en algún lado, no muy lejos, no más allá de la realidad de la comarca.
Podían ver a los elementales [2] y a quienes creían sus dioses custodios tanto del hombre como de la naturaleza.

Según el decir de ancianos contadores de tradiciones, que sólo las personas con inocencia de niños, con humildad y sencillez y rectitud de corazón los podían ver y comunicarse con ellos.

Este ethos[3] cultural nos aflora de tanto en tanto, a veces de modo suave y casi imperceptible y otras fuerte y muy claramente. Testimonios de esto encontramos en los escritos de nuestros poetas, obras de artesanos, músicos, bailarines, etc…

Santiago está inundado de evidencias y vivencias.

Es la esencia espiritual que se manifiesta en los actos cúlticos y las devociones populares.
Personajes y recordatorios que marcan un antes y después en un tiempo y un lugar, que son: otro tiempo y otro lugar. Es el ámbito de lo mítico que aún hoy late constante y fuertemente en Santiago del Estero.
Es ese algo que nos embruja, es el anhelo y desafío de búsqueda de los arcanos del tiempo, es la rienda que nos sujeta, es la voz de los ancestros que aún hablan a sus hijos y que no permanecen ajenos a la realidad de la comarca.
Es la madre tierra la que nos llama.

[1] Dicho especialmente de las cosas: Secretas, recónditas, reservadas. Secreto muy reservado y de importancia. Misterio, cosa oculta y muy difícil de conocer.
[2] Espíritus, por Ej. númen custodio; del bosque: Sachayoj, del agua: Mayumama, etc…
[3] Ethos Cultural, raíz o núcleo de que se alimenta la Cultura.
Autor: Luis Atilio Toledo Lescano

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