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lunes, 22 de diciembre de 2008

MUSICA MAPUCHE - "ARAUCANIA" Banda instrumenal mapuche



Composicion y video de Cecil Gonzalez, para instrumentos tipicos mapuches: trutruca, pifilka, kultrun, wadas,trompe, kullkull, Ñolkiñ.


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/05/la-ruka.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/10/pifilka-mapuche.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/10/historia-de-los-mapuches.html

domingo, 30 de noviembre de 2008

EL MISTERIO DEL BIENPEIDADO



Hace mucho tiempo, en Katrü-Katrü, junto al lago Nonthúe, un muchacho cuidaba sus ovejas. Todos los días las llevaba a pastar entre las grandes rocas partidas que tachonan el valle y las acompañaba hasta el borde del agua.

Un día, mientras el rebaño se dispersaba, el pastor advirtió sobre el suelo, entre las piedras, huesos, plumas, cueros y otros restos de animales que formaban una especie de huella. Intrigado, siguió el reguero que se adentraba un poco en la montaña y desembocaba en una cueva rocosa y oscura. La gruta parecía profunda, y el muchacho se interno en ella en cuatro patas, tanteando el suelo con sus manos a cada paso. Al tocar la superficie fría y húmeda, sentía que se apoyaba sobre muchas piedritas sueltas. Tomo un puñado, retrocedió y, a la luz del sol, vio con gran sorpresa que lo había juntado eran pepitas de oro.

Durante todo el día el muchacho pensó que hacer. Decidió contarles a sus amigos el descubrimiento que había hecho y explorar junto la cueva. Vendrían esa misma noche a llevarse el tesoro.

El grupo caminaba hacia la cueva guiado por el pastor. Cuando ya iban llegando no sé que temor los hizo detenerse a poca distancia de la entrada, iluminada por la luna llena. Entonces vieron, sentado en un peñasco a la vera de la cueva, a un hombre negro como un tronco chamuscado, con la cabeza erguida y el pelo prolijamente alisado. Mirándolo mejor, advirtieron que solo era hombre de la cintura para arriba, la otra mitad era el cuerpo grueso y largo de una gran serpiente, enroscado debajo de su torso. El susto fue tan grande que todos, menos el pastor, murieron allí mismo, fulminados por la terrible visión.

El muchacho se fue corriendo a buscar ayuda, pero cuando los familiares de los muertos llegaron al lugar a recoger los cadáveres y, lleno de furia, quisieron abalanzarse sobre el monstruo, les pasó lo mismo que a sus hijos y hermanos: cayeron aniquilados.

Entonces se decidió formar un ejercito para atrapar al hombre-serpiente, que seguía sentado en su roca, imperturbable, enroscando y desenroscando lentamente su larga cola. Provistos de grandes palos, los hombres lo rodearon y se le acercaron, amenazándolo con los garrotes. Así pudieron apresarlo. Lo subieron a un carro tomándolo de los sobacos, torpemente, porque nadie quería tocar el cuerpo escamoso y frío que le nacía de la cintura.

El Bienpeinado, como le decían todos, arrastro su cola por el suelo, con un ágil movimiento la levanto hasta el carro y la enroscó a un costado.

Los hombres llevaron al monstruo hasta una gran planicie, donde lo matarían. Lo empujaron para bajarlo del vehículo y allí quedo, sentado en el pasto ondulante, siempre con la cabeza erguida y la mirada dirigida al lago. Una multitud esperaba en el lugar para contemplar el espectáculo. Muchos gritaban desde el corro, pidiendo la muerte del hombre-serpiente, pero nadie se animaba a acercársele. Solo una pequeña vieja mapuche se adelanto lentamente y se sentó frente al monstruo, arrebujada en su mantón.

Entonces el Bienpeinado hablo por primera vez:

- ¡No me maten! – dijo – Si lo hacen, sufrirán una gran desgracia. El lago crecerá e inundara este campo, el valle sembrado, las casas y los bosques. Arrastrara los animales y los chicos, se quedaran sin nada. Y lo que no se haya llevado la inundación lo destruirán los terremotos. En cambio, si no me maltratan, les daré una buena cantidad de oro, que podrán repartir. Pero, antes, devuélvanme a mi cueva.

Y en medio del silencio que se produjo, a la vista de todos, el Bienpeinado comenzó a expulsar, como si fueran excrementos, pepitas de oro. En poco tiempo la planicie se cubrió de trocitos dorados que la gente, enloquecida, juntaba a manos llenas.

Solamente la vieja desprecio la cosecha. Se quedo sentada observando atentamente al Bienpeinado, y su mirada estaba llena de compasión. Por fin se levanto, se escupió en la mano derecha y se la tendió al hombre-culebra, que la estrecho con la suya. Y así compartieron sus grandes secretos. Agotado el oro, los hombres volvieron a cargar al Bienpeinado en el carro, que dio la vuelta y se marchó camino a la cueva, seguido por la multitud, dejando atrás solo a la vieja mapuche sentada en medio de la planicie.

Al llegar a las cercanías de la gruta los esperaba una sorpresa: el paisaje había cambiado, ya nada parecía ser como antes, y donde había estado la cueva se levantaban ahora dos árboles separados por cierta distancia que sostenían en el nacimiento de sus copas una estaca horizontal, de la estaca pendía un cuero de guanaco que el viento hacia ondular, azotándolo furiosamente.

La gente, que supo reconocer la señal, se detuvo. En silencio todos se volvieron hacia el prisionero, pero el carro estaba vacío, y ya nunca nadie vería otra vez al Bienpeinado. Cuando buscaron entre sus ropas las pepitas de oro que les había regalado, solo encontraron excrementos…

Volvieron entonces hasta la planicie donde había ocurrido el milagro, pero en su lugar había un bosque, cuyo suelo estaba cubierto de pequeñas y desconocidas flores doradas.

Los mapuches llamaron a la flor nueva “Kuram-filu”, que quiere decir “huevo de culebra”.

Y el que se fijó bien supo distinguir que sus pétalos formaban la figura de una mujer sentada y envuelta en su amplio Küpan, con el mentón saliente y tres pequeños rodetes en la cabeza.


Imagen
http://www.arteyfotografia.com.ar/6022/fotos/301984/
por cesarfotos

martes, 4 de noviembre de 2008

LAS TERMAS DE COPAHUE




Hace mucho tiempo, entre los mapuches que vivían cerca de la Cordillera del Viento, al Norte de Neuquén, hubo un cacique llamado Copahue. Dicen que era un jefe ambicioso y un guerrero valiente, pero no fue sino más tarde que su fama se extendió por todas las tribus, cuando hasta los de Chillimapu se alarmaban si los centinelas anunciaban su presencia en la cordillera. Cuentan que hizo muchas guerras, pero que su batalla más terrible la libro solo y por amor.

Una tarde, Copahue volvía de Chile con sus hombres. Ya estaban bien entrados en el paso cuando el viento, que los había acompañado desde el momento de iniciar el cruce, empezó a soplar más fuerte. En un rato mas se convirtió en huracán: corría desatado, loco, por las quebradas, levantando el polvo, arrastrando las piedras, empujando peligrosamente ladera abajo grandes rocas. La expedición se empecinaba por el camino: cada hombre avanzaba como podía, con la cabeza gacha, los ojos medios ciegos y las orejas heladas, mientras los perros se detenían, aullaban y, sin encontrar otro refugio, volvían corriendo junto a sus amos. Hasta que un derrumbe los disperso.

El viento se había calmado y Copahue, herido por los proyectiles, ahora caminaba solo, buscando orientarse en la semioscuridad del crepúsculo. De pronto vio en una altura un resplandor aislado, la curva de un toldo iluminado por el fuego. Hasta allí subió Copahue con dificultad, pero sus penurias parecieron esfumarse en cuanto levanto el cuero de la entrada. Sentada sobre las pantorrillas ante la hoguera, una mujer hermosa lo miraba entrar. Sin sorprenderse, le dijo:
- Podes entrar, Copahue, yo soy Pirepillan.

Pirepillan curo al cacique, le convido miel de shiumen y después, mientras Copahue terminaba su muschay, le vaticinó:

- Antes de que te vayas, quiero decirte algo: sin duda llegaras a ser él más poderoso de los mapuches, pero eso mismo te costara la vida.

– Entonces Pirepillan levanto el cuero y Copahue se fue, confundido, pensando en la gloria que llegaría, sin saber que se había enamorado de la hija de la montaña, el hada de la nieve.

Poco tiempo después Copahue fue, efectivamente, el cacique más rico y poderoso. Los negocios y las guerras lo hicieron señor de todos los mapuches, desde el Domuyo al Lanin. Cuando entraba en los valles al frente del ejercito, todo coraje y decisión, había muchos que lo creían invencibles, y se pasaban a su lado.

Pero Copahue, sobre todo después de las batallas, extrañaba a Pirepillan, que no era como ninguna de las mujeres que había querido. Y su recuerdo estaba siempre allí, por detrás de los asuntos propios de un jefe y de un guerrero, más tenue o más brillante, como una luz que nunca se apagara. Por eso, en sus horas tranquilas salía a caminar, la mirada siempre puesta en la montaña, escudriñando el crepúsculo, buscando en secreto el resplandor que le devolviera a Pirepillan.

Un día oyó contar a un mapuche del norte que el hada de la nieve estaba presa en la cumbre del volcán Domuyo, se decía que un tigre feroz y un monstruoso cóndor de dos cabezas no dejaban que nadie se le acercara. Y Copahue, feliz de contar con un dato que le permitiera explicarse se ausencia y seguirla con el pensamiento, con la seguridad de poder salvarla, con todo el entusiasmo que da el amor, se apuró a preparar la expedición. Había que marchar siempre hacia el noroeste, bordeando la Cordillera del Viento, y escalar la gran montaña.

Todos los machis desaprobaron la empresa y le dieron sus razones a Copahue: indudablemente todo era obra de un hechizo, y para vencerlo era necesario un talismán especial, más valioso que el oro, más fuerte que el poder. Pero Copahue no era hombre de retroceder. Era un gran cacique, tantas veces había lanzado su grito de guerra desde las cumbres y había bajado las laderas arrasando enemigos...

¿Quien sino él pelearía con un tigre, con un cóndor, con la misma Kai-Kai-Filu si fuera necesario? ¿Que botín más valioso que abrasar a Pirepillan y bajar con ella la montaña después de la gran batalla?

Copahue se despidió de sus hombres al pie del Domuyo y comenzó a subir solo, primero por las sendas y después, cada vez mas alto, por los diabólicos peldaños de la ladera rocosa, casi sin planos ni hoyos, solo filos y puntas traicioneras. Copahue estuvo a punto de abismarse muchas veces, arrastrado por un viento bramante, y aguardo los derrumbes aferrado como podía a las rocas cubiertas de hielo.

Ya cerca de la cumbre pensó que la empresa era imposible, tenían razón sus consejeros, y por primera vez se sintió vencido, solo, desesperado... entonces rogó a Nguenechen que lo ayudara, que le diera la oportunidad de pelear por lo único que quería ya, a cambio de su patrimonio y su poder. No había terminado su oración cuando vio el soñado resplandor brotando de una grieta. Entonces Copahue avanzo una vez mas, dispuesto a todo. No alcanzo a ver a Pirepillan porque un puma colorado, enorme y furioso, se le abalanzó.

Pero Copahue era rápido, y de un golpe tremendo de su lanza mando al animal montaña abajo. Camino hasta la gruta y allí estaba la hija de la nieve, hermosa y sabia como la había visto por primera vez.

- Por fin llegaste, Copahue – dijo Pirepillan tendiéndole la mano.

Copahue la retuvo y se agacho para abrazarla, pero un Cóndor arremetió contra ellos, tirando doblemente picotazos, clavándoles la mirada fría de sus cuatro ojos. Entonces Copahue levanto su pequeño cuchillo y de dos blandazos cerceno las cabezas del pájaro, que suavemente acaricio las rocas con sus alas inertes y cayo muerto a sus pies.

Ahora si se abrazaron Copahue y Pirepillan, y comenzaron a bajar juntos el volcán.

- Yo se el camino – dijo Pirepillan, y guío a su salvador por una pendiente accesible, empedrada de oro.

Copahue no podía creer lo que veía:

- ¡¡¡Era verdad!!! – Gritaba – Es el famoso tesoro del Domuyo! – y ya se agachaba a recoger las pepitas que iba pisando.

- No subiste hasta acá por el oro – dijo deteniéndolo, seria, Pirepillan

– El tesoro siempre fue de la montaña. ¿Quién sabe lo que podría ocurrirnos? Vamos, ya estamos juntos, no precisamos más que eso.

– Y Copahue se dejo llevar, dejando atrás el camino reluciente.

Copahue condujo a Pirepillan con su gente y vivieron muchos años como marido y mujer. Pero su pueblo nunca quiso a la hija de la montaña, la que había alejado al cacique de los suyos, la que se había llevado a Copahue más allá de la Cordillera del Viento y lo había devuelto sin ánimos de guerra... Y cuando los de Chillimapu los derrotaron y mataron a Copahue en una batalla, el odio contra Pirepillan se desato.

Una noche la fueron a buscar hasta su toldo, siempre nimbado de esa luz inexplicable. Se la llevaron a los empujones y a los golpes, insultada, en medio del griterío y el humo de las hogueras, hasta el extremo del valle, allí donde comienza la ladera. Condenada a morir, mirando con horror las lanzas que pronto arremeterían contra ella, Pirepillan llamo con todas sus fuerzas al muerto que una vez la había salvado:

- ¡Copaaahueee! ¡Copaaahueee!

El grito pareció enfurecer todavía más a los mapuches, que se apuraron a derribarla e hicieron brotar la sangre transparente del hada de la nieve. Y en el lugar de su muerte, al pie de la montaña, siguió corriendo para siempre su cuerpo deshecho en agua sanadora.


Una Vieja Leyenda

Imagen: celosenfermizos.blogspot.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/09/tenten-vilu-y-caicai-vilu.html
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http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/10/historia-de-los-mapuches.html

miércoles, 8 de octubre de 2008

SHOMPALHUE

Se podría decir que el Shompalhué es el Trauco versión mapuche pero… no, es muy distinto, el Trauco se trataría de un duende o trasgo o trasno y el Shompalhué (shomp-crespo y alhue alma) es un espíritu de los lagos, él cuando se acerca una joven hermosa a la orilla, la rapta y esta desaparece, pero a diferencia del Trauco el Shompalhué deja indemnización a los padres, la cual consiste en muchos pescados.


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2008/10/el-trasno.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/04/el-trauco.html

lunes, 6 de octubre de 2008

EL HUALA


Huala
Podiceps major



Hace muchísimo tiempo, vivía en un verde valle cordillerano, una familia mapuche. Estaban rodeados de cerros con espesos bosques y un lago azul y profundo se divisaba desde los toldos.

Entre sus hijos sobresalía por su belleza una niña. La llamaban Huala.

Su vida sencilla transcurría entre juegos y tareas para ayudar a sus padres. Todos los días iba con el cántaro a buscar agua al lago y allí solía lavarse y peinarse mirándose en el espejo límpido del agua.

El Espíritu Dueño del lago, que se enamora fácilmente de las adolescentes hermosas, estaba hechizado por la dulzura de los ojos negros de Huala.

Con el correr de los años la niña se convirtió en mujer y sin que ella lo supiera, ya tenía pretendiente.

Un día de tantos, mientras despreocupada llenaba su cántaro en un remanso, una garra emergió bruscamente del lago y la atrapó con fuerza arrastrándola hacia el fondo.

A los gritos desesperados de Huala pidiendo auxilio acudieron sus padres y hermanos armados con palos, pero ya era tarde. Las ondas concéntricas indicaban que la joven había sido raptada por el "Cuero del Lago" y nada podía hacerse: en sus dominios era invencible.

Como ocurrió en otras ocasiones anteriores, la costa se llenó de peces. Era el precio que el "Dueño" les pagaba por llevarse a su hija como esclava.

Huala fue llevada hasta una inmensa gruta en lo más hondo de las aguas. Allí vio horrorizada los cuerpos de otras víctimas a los que le faltaba la cabeza. Esas cabezas son las que el "Dueño del Lago" hace rondar desde las cumbres de los cerros en forma de bolas de fuego y que los Mapuches llaman "Cherufes". Ante semejante espectáculo la muchacha se desmayó.

Cual no sería su sorpresa cuando recobró el conocimiento, al ver que el "Dueño" se había convertido en un esbelto joven de rostro agradable. Con estupor escuchó que le hablaba.

- Huala, te conozco desde niña y siempre te amé. Te pido que seas mi esposa y tendrás todo mi cariño.

- ¡Por favor! - le contestó Huala con los ojos llenos de lágrimas-.

Quiero volver con mis padres y hermanos. ¡Déjame ir!.

-Ya es imposible. Estás en mis dominios y ya nunca podrás volver.

Por más promesas y ofrecimientos de riquezas y halagos que el joven le hacía no consiguió que Huala dejara de llorar y de reclamarle su libertad.

- Lo único que deseo es seguir viendo a mis padres y poder contemplar mi ruca, el valle y los bosques donde he sido siempre feliz.

Finalmente el muchacho, viendo que no podía convencerla le dijo:
- Te concedo tu pedido, pero con una condición: no podrás alejarte nunca de las aguas de mi lago.

Enseguida usó una fórmula mágica que solamente él conocía y convirtió a Huala en un ave parecida a un pato pero con las alas muy cortas y las patas colocadas muy atrás. Así se aseguraba su fidelidad ya que no podría volar lejos ni caminar bien en tierra.

Desde entonces el Huala habita nuestros lagos en los que nada ágilmente y se sumerge hasta lo profundo de las azules aguas puras y limpias.

Hace su nido suspendido entre las totoras y plantas de las orillas y desde allí contempla el cielo, el bosque, el valle y las personas que se acercan a la orilla.

A veces emite un gemido de angustia y dolor cuando ve a alguna persona, como cuando fue raptada por el dueño del lago, porque tiene la esperanza de que algún día termine el hechizo y pueda recobrar su primitiva forma y libertad.

Quizás alguien encuentre la fórmula mágica y su deseo se haga realidad.

Podrías ser vos...

En las creencias de los mapuches, todas las cosas de la naturaleza tienen un "Espíritu Dueño", que las cuida y vigila. Entre la gran variedad de seres mitológicos, hay dos en los cuales está basada esta leyenda: Shompalhué y Lafquén Trilque.

El Shompalhué, que significa "espíritu o alma crespa", es el dueño del lago y puede adoptar forma humana. Suele aparecer como un hombre pequeño, de piel morena y cabello crespo. Es enamoradizo de las jovencitas mapuches y en el fondo de sus dominios acuáticos posee casas y tesoros.

El Lafquén Trilque o "Cuero del Lago", vive también en el agua y tiene la apariencia de un cuero vacuno con garras en sus costados y varios ojos. Se estira disimulado en las orillas de los lagos entre la arena y si alguno desprevenido lo pisa, se enrolla sobre su víctima sujetándola con sus garras y rueda con ella al fondo del lago.


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/01/el-cuero.html

sábado, 27 de septiembre de 2008

CAHUÍN FIESTA

La Tejedora.
Fotos gentileza de Siringa Libros


Y en la noche del tiempo sin medida hubo Luz y hubo Creación...

Y así nació la Vida, y con ella los hombres...

Cuando el sol y la luna ordenaron sus ritmos y el tiempo se midió, los Chónek (hombres) supieron de la noche y el día, del trabajo y el sueño, del dolor y la risa...

Y entendieron oír fín la Fiesta, la fiesta de la vida..., la que baila Curruf la que canta Huenu Co, la que vibra sin pausa en todas criaturas...

Desde entonces los viejos dueños de las tierras australes celebraron también la Fiesta, y con ella honraron la Vida, y con ella la gloria del gran Futa Chao, el padre de todo cuanto existe.

Para tehuelches, araucanos y mapuches Fiesta-Vida y Rito están indisolublemente unidos y acompañan instancias decisivas de su existir. Por eso hay fiesta desde el nacimiento hasta la muerte, y aún más allá...

La primera ocasión festiva en la vida aborigen se da aproximadamente al año, cuando el niño sale de su cuna y se lo encierra en el corralito de caña o quelquel para que ensaye sin peligro sus primeros pasos primerizos...

Es el momento del lacutún o ceremonia de imposición del nombre...

El rito marca cuidadosamente cada paso del lectutún el que deberá ser respetado para que el sentido festivo y buen augurio no sufran daño ni disminución...

De este modo el padrino es el que se propone como tal, y con plena conciencia de su responsabilidad presente y futura para con su ahijado, elige el nombre del niño y ofrenda el animal para sacrificio divino. Así familiares y amigos se congregan para esta fiesta-ceremonia, e invocan al sagrado Nguenechen en favor de la criatura.

Poco a poco el rito va creciendo en emoción y misterio.

La vida nueva tendrá un nombre, pero el nombre debe consagrarse con una ofrenda de vida al Ser Supremo. Por eso, el niño es toda promesa en los brazos del padrino, el sacrificador hunde el cuchillo en el corazón de la víctima propiciadora... y recoge sangre en las cuatro jarras de la intercesión de los viejos. Las vasijas se elevarán al cielo con la misma plegaria: Que "el pequeño sea feliz y viva luengos años"... y los cuatro ancianos de la tribu marcarán, a su turno, cada uno con cuatro cruces de sangre la frente y mejillas del niño y su padrino...

El lacutún ha llegado a su clímax: el ahijado tiene un nombre, los taieles cantan su linaje, y lo que es más importante: la vida se ha consagrado... Por eso ahora la celebración se volverá festín humano, expresión de gozo, banquete de carne del sacrificio, muday, canto y danza... Y luego los días seguirán su ronda.

Pero si es niña..., ¡no puede olvidarse el catán cahuín! Y entonces lacutún y catán cahuín serán simultáneos o poco más o poco menos... La pequeña indiecita al cumplir el año debe tener su "fiesta de perforación de las orejas" o no podrá usar chahuaitos (aritos), y así no podrá estrenar su primera coquetería de mujer. La fiesta durará dos vueltas de sol, y parientes y amigos se sumarán al acontecimiento: todos participarán en él.

Cuentan quienes lo han visto que se voltea a una yegua de modo que quede con la cabeza señalando hacia el este y se la cubre con una matra de rica labor. Los hombres se ubican en fila a ambos lado del animal, y las mujeres en el centro, junto al caballo ceremonial. Sobre él se sienta el padrino, y en sus brazos sostendrá a la niña que ha llegado hasta él luego de haber pasado de brazo en brazo por todos los participantes de la catán cahuín. Entre tanto el ritmo del canto femenino crece y crece... hasta ser grito y quejido lastimero que acompaña el dolor de la indiecita ¡es que las orejitas han sido perforadas con la tepú de buena plata... y se las rocía con sagrado muday!

Es grito de sangre el de esta ceremonia, porque es rito de familia, de acompañamiento en el sentir... por eso todos acompañan a la niña con su propia sangre: padre y madre reciben pequeñas incisiones: el rodilla el uno en la oreja o el seno la otra, y mezclarán con su sangre las sangre de los lóbulos heridos de su hija... y al resto de los invitados, se les hará un tajito sobre la muñeca... ¿por qué la sangre? ¿Para qué? ¿Que sacralidad revela?

Quizás no lo entendemos, pero la sangre si sabe del compartir secreto que es la vida en la vida... y es algo que el aborigen parece haber interpretado desde hace lunas seculares, aunque no sepa o no quiera explicarlo. Pero como sí sabe del compartir, luego que una viejita pase la lanilla del guanaco con vistosos blancos o rojos o azules por los orificios para que no se cierren y pueda lucir con el tiempo la niña sus chahuaítos, también compartirá los regocijos y banquetes... y el tiempo que vendrá, hasta que la catan cahuín sea solo un grato recuerdo del ayer.

Andando los soles y las lunas por fin llega el día en que la pubertad canta su posibilidad de generar nueva vida y con ella viene la ceremonia de la iniciación para los jóvenes...

Los varones tendrán sus pruebas de bravura, autodominio y soledad. En las cuevas desafiarán sus miedos y ancestrales a gualichú, probarán ayunos y mortificaciones, harán sus propias flechas y saldrán por bosques, montañas o planicies para medir sus fuerza, y astucia para la cabeza... sólo cuando consigan la presa que habla de valor para subsistir podrán regresar... ¡y la tribu tendrá nuevos hombres para defenderla y perpetuarla!

Las niñas, en tanto, tienen su üllchatún o fiesta de la nubilidad, la que reviste un caracter celebratorio muy especial y gozozo durante cuatro largos días.

Ante las primeras manifestaciones del desarrollo se organiza las cuatro jornadas rituales, que comienzan con el aislamiento de la jovencita en la "casa bonita" o ruca de la iniciación. Y mientras todos festejan afuera y danzan y cantan, ella ayuna con agua y jugo de orejones hervidos y se purifica...

¿Piensa? ¿añora? ¿recibe información de las mujeres experimentales que la acompañan?

¡¿Cómo saberlo, si es un secreto de iniciación nubil?!

Pero el cuarto día trae también la fiesta para la niña-mujer. Vestida y adornada para la ocasión se la pasa sobre una tarima, bailan en su honor en una algarabía de sonidos en que se entremezclan chillidos, gritos, música..., y por fín la llevan a casa paterna.

Allí precidirá el sacrificio ritual de la yegua por una mujer, el cuereo por otras mujeres y finalmente: o festín de la carne asada, y las redobladas danzas y canciones...

Que continuarán hasta el silencio arrope el cansancio y los sueños de los fiesteros... y la vida reinicia sus causes habituales, porque ahora hay una mujer, para cuidar más su fuego sagrado.

Y así creciendo y madurando los cuerpos y las ansias, un día la urgencia humana agita sus inquietudes porque el amor entona su antigua y eterna canción.

¿Hechizo mágico? ¿Voluntad divina? ¿Juego seductor de la vida para asegurar la perpetuación de la raza?

Acaso no importen las respuestas en un sentir tán misterioso...

Pero ha sucedido y es imposible ocultar su fuerza...

Su consecuencia natural será el nguillán zugún o pedido de la mano a la mayor brevedad, no vaya a ser que el alboroto de la sangre debilite la voluntad y se vuelva al campo propicio para que el maligno gualichú y la hechicera de los brujos.

Son los padres los que tramitan el casamiento y acuerdan el pago de los gastos que ha requerido la buena crianza de la novia. Por lo que la familia del novio aporta objetos de plata, animales, y demás, hasta completar el valor establecido para el acontecimiento final...

¿Y se celebran el curritún (casamiento aborigen)? ¿A que esperar? ¿No se han ido preparando durante todos esos años para este momento?

Los novios se sentarán en matras de vistosos dibujos y colores siempre mirando al este mítico... Y a su alrededor se extenderán cueros curtidos para los alimentos de la fiesta, para los regalos, y para los invitados...

Cuando la pareja de los ancianos se ubica frente de los novios el silencio y la emoción domina el entorno: porque en ellos espera el espíritu paternal del divino futachao, porque con ellos habla la voz de una vida...

¡Y la experiencia tiene valor de tesoro para las razas de América!

Luego de los consejos la fiesta irá creciendo más y más...

Los recién casados comen su piuque yeguam, que no es sino el corazón asado de un animal del curritún, porque tiene valor simbólico de unión: significa "quedamos en un solo corazón".

El alimento debe ingerirse limpiamente y sin ruidos o... el espíritu diabólico tendrá ocasión para interferir trayendo disgustos a los recién unidos...

Sin embargo, pasado el trance de prueba que marca el buen o el mal augurio nupcial, ya nada puede contener el desborde de la alegría.

Si hay abundancia de carne sabrosa, vinos, cantos, baile, conjunción festiva, ¿puede el hombre rumiar sus tristezas?

¡No!, el aborigen de las tierras del sur..., el que tiene los secretos simples y sabio del ritmo natural...

Por eso festeja la unión, de la que vendrá la nueva vida de los hijos y con ellos las ceremonia festiva del al imposición del nombre, de la iniciación púber, del casamiento... y el ciclo de la vida rodeará sus días y sus noches... hasta que la muerte señale el fin del "mas acá" y el principio del "mas allá" con otra vida y con otra vida y con otro tiempo tal vez...

El indio sabe que habrá duelo en su tránsito a las sobras... pero aún así canta el ser inmortal, porque confía en que su espíritu desencarnado podrá ver a los que quedaron, y participar en el banquete ritual, que harán los suyos cuando se cumplan el año de su partida...

¿Cabe una mayor exaltación del existir?

Como antes, como siempre, Fiesta-Vida- y Rito siguen viviendo y marcando un sentido para la tierra de los hijos del mito y la esperanza...


Fuente: UNA VIEJA LEYENDA
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/walichu.html

lunes, 22 de septiembre de 2008

EL FUEGO SAGRADO

El Volcán Domuyo
Neuquén, Argentina



Una antigua leyenda cuenta que los mapuches no conocían el fuego, pero que lo aprendieron de los niños, más exactamente de dos hermanitos, se desafiaron para ver quien hacía girar más rápidamente un palito en un nido de pasto seco...

¡Y el resultado fué que casi queman todo con su juego inocente!

Parece se que el gran incendio devoró los bosques y corrió los animales hasta atraparlos...

De este modo los indios se quedaron sin caza.

¿Cómo harías para sobrevivir sin un alimento tan importante?...

Pero los ancianos de la tribu dijeron que la carne de esos animales quemados no podía ser impura porque el fuego venía del Dios Padre...

Y comieron así carne asada y la hallaron sabrosa...

Tanto que, a partir de entonces, también los mapuches quisieron hacer fuego y conservarlo... porque les permitía no sólo cocinar sus alimentos sino disfrutar de su luz y su calor, todos reunidos en torno de la llama que era como el Sol.

Como todos los pueblos primitivos, los que habitaban las mágicas tierras de la Araucanía lograron encender el fuego por fricción de un palo sobre un lecho de yesca, o por percusión de piedras de pedernal hasta que el saltar de la chispa hace arder la hierba seca...

Y si resultaba laborioso encenderlo, aún más difícil era conservarlo...
¿Cómo lograr que no lo apagaran los vientos que trae y lleva Elëngansen?

¿Cómo protegerlo del enviado de Gualichú que intentaría robarlo?

¿Cómo entretenerlo para que no se cansara de arder y se fuera de nuevo...?

Por eso los tehuelches lo encerraban en vasijas de barro, y le prodigaron alimento y cuidados.

Las mujeres eran las que se ocupaban del fuego, y cuando lo necesitaban secaban brasitas y con ellas encendían nuevos fuegos...

Pero, ¡ay si se apagaba el fuego!

Muchos relatos cuentan de los terribles castigos para la mujer que se dormía o se olvidaba...

Es que fueron tiempos muy duros y los hombres no podían permitirse perder el sagrado tesoro.

Porque era un don de Dios, el fuego volvía a Dios a través de ceremonias donde ofrendaban al Supremo, en el pillan quitral, animales o frutos de la tierra, o bien objetos culturales de manufactura indígena.

También celebraron con homenajes y regalos el fuego de Pillán, el fuego de lo más hondo de la tierra que escupen las bocas enojadas o dolientes volcanes.

¿Acaso Pillán, el que vive arriba de las montañas, no comanda las terribles tormentas de fuego del Cielo y de la Tierra?

¿Sus rayos no destruyen y queman el corazón de la vida?

Por eso lo respetan y veneran, para que no se enoje y traiga el fuego que devora...

Y sacralizaron el cherufe, el fuego celeste de los aerolitos que caen y que misteriosamente se vuelven piedra colorada y ya nunca más arden...

Aunque: ¿qué habrá pasado con el fuego?, ¿estará sólo dormido o se habrá ido como los innombrables al más allá?

Y hasta honran mudamente a los fuegos fríos de las lejanas estrellas, porque los viejos de los loncos dicen que allí viven los espíritus de los antepasados, las almas de los que se fueron, y desde arriba contemplan sus parientes con el permiso del Elal...

Es creencia aborigen del Sur de América, que viven desde hace incontables lunas, entidades mágicas en relación con fuegos malditos... como los de Anchimallén araucano, el duende enano que sirve a los brujos del diablo, el que roba para "el daño", el que ciega con su presencia por que la luz en la que se transforma es maligna... cuando su radiación brillante y fugaz aparece en los campos o en las montañas o en las ramas de los árboles o en los techos de las rucas...el indio tiembla porque significa la muerte para alguien: ¿a quién se llevará esta vez la luz mala?

Dicen en voz baja que los anchimallén son criaturas que los brujos alimentan con las míticas leche, sangre y miel, y que quién posea uno multiplicará su hacienda y tendrá protegidos sus ganados...

Hay quién paga mucho al brujo para tener un niño anchimallén, y también quien lo roba, y hasta quien lo seduce para sus propios huertos, observando bien cuál es el alimento que le gusta más y poniéndola su alcance en abundancia en determinados lugares del campo... y es fama entonces que "por goloso pierde la vida" el anchimallén, pues los astutos hechiceros, sus verdaderos dueños, siempre se enteran, ¡y lo castigan con la muerte por su negligencia!...

Claro que la memoria de los mapuches siempre ha tenido un lugar para el ideal luminoso de la mítica Antú Malguén.

Es la joven, y bella amada de Antú (el sol), la que parece flotar, delicada y frágil, junto al estanque de las totoras, allá en la cumbre del Domuyo.

Dicen que cantan melodías que son como suspiros de la brisa mientras peina sus largos cabellos rubios con peine de oro reluciente...

¿Por qué a veces su canto es un lamento y otra una risa feliz?

Nadie lo sabe, pero la fina voz que parece agua y que parece viento rueda ladera abajo por las rocas del volcán divino.

Sólo unos pocos osados que burlaron al toro y al potro del Domuyo han logrado ver Antú Malguén en la cima sagrada. Para unos huye disuelta en llama de cherufe al sentirse sorprendida, para otros se sumerge veloz en las aguas porque es la sirena Coñi Lafquén (hija del lago)... pero ni unos ni otros han podido olvidar el hechizo fascinador de la doncella de oro luz.

Tal vez se deba a que Antú Malguén se funden el fuego de la creación: el Sol.

Por eso mientras viva en el gran volcán andino y peine sus fantásticos cabellos los fuegos de las tribus milenarias no se apagarán, y los viejos continuarán contando y recordando su historia y las historias de todos los mitos, nacidos al calor de la llama que un día les regalará Elal...


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domingo, 7 de septiembre de 2008

EL GUALICHO

Salina del Gualicho
Bajo del Gualicho en Río Negro



El gualicho, el diablo, la salamanca, parecen todos términos sinónimos, sin embargo no lo son. Han sufrido transformaciones, readaptaciones y re-significaciones.

Gualicho es, según Casamiquela, un término que proviene de Walichum o Wasichem.

En lengua tehuelche representa un remolino (una deidad femenina que se roba a los niños y es identificada como una anciana) que se encuentra en los grandes bajos (depresiones entre pampas-mesetas) típicos del paisaje patagónico. Muchos de ellos, se hallan bajo nivel del mar y constituyen verdaderos espacios, ecosistemas auto integrados: ese es el caso en particular del Bajo del Gualicho en un amplio espacio en la provincia de Río Negro, con una entidad e identidad definida.

A partir de la intervención del catolicismo se produce una re-significación del complejo conceptual “gualicho” y se asimila a la idea del diablo, y la salamanca, antigua tradición criolla (heredada a su vez del imaginario árabe-español)

Entonces debemos hablar de la idea del gualicho asimilado a lugares (geográficos) que por determinadas características se consideran “especiales” esto es dotados de características mágicas o sobre naturales. Esto es así por lo menos en el caso del Bajo del Gualicho en Río Negro, las distintas cuevas de la Salamanca (la Salamanca de Anecón Grande o Renüpülli, por ejemplo) y las cuevas del Gualicho en Santa Cruz, donde encontramos también pinturas rupestres.

Para los aborígenes dentro del complejo gualicho se instalaba todo aquello sobrenatural que escapaba a la comprensión racional. Así lo vemos en el libro de Lucio V. Mansilla “Una excursión a los indios ranqueles” cuando le muestra al caciquejo Caiomuta de la tribu ranquel una brújula y él lo increpa diciendo: “¿qué hace midiendo tierra, gualicho redondo?”.

Uno de los efectos que dicen que provocan las depresiones bajo el nivel del mar es una especie de desorientación y/o mareo que hacía que los arrieros temieran atravesarlos, y para hacerlos se protegían con “propiciamientos” “mandas”; dejando paquetitos de yerba, ofrendas de comida, dinero y hasta trocitos de tela atados a los arbolitos, a los que se llama “solitos” y se los considera entidades protectoras de los bajos.

En la pronunciada depresión que separa Puerto Madryn y Trelew conocida como Bajo Simpson existe un arbolito llamado “el solito” al que los camioneros cuidan y riegan. También suelen encontrarse restos de tela de diferentes colores.

En el famoso Bajo del Gualicho de Río Negro (aclaro porque hay muchos bajos denominados así) existía una famosa rastrillada que llevaba ese nombre. Con el advenimiento de la población blanca estos sitios peligrosos, de largos trayectos donde falta el agua, pasan a denominarse “travesías” temidas por los viajeros por la reverberación de la blancura implacable de la salina, el aire denso y enrarecido ya que uno tiende a perder todo tipo de referencia estable.

Esto abona a la idea de esos bajos como los sitios donde el diablo espera a sus víctimas, eventuales, para darles esos dones sospechosamente “sobrenaturales” (el caso de Bernabé Lucero, el guitarrista famoso de la zona) a cambio del alma del salamanquero.


Bwugan: poeta, escritora, investigadora, coordinadora de talleres y critica literaria.
Vive en Puerto San Julián, e investiga Literatura Patagónica.

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sábado, 30 de agosto de 2008

RENÜPULLI, SALAMANCA DEL LAGO LÁCAR

Panorámica Lago Lacar
Esteban Gryszczuk
22.04.2008


Mi abuelo siempre sabía buscar la famosa Renüpulli, la salamanca que hay a las orillas del Lago Lácar. La cueva de brujos de la que su padre, que se llamaba Cheukemilla, tantas veces le habló.

Por aquel entonces, el padre de mi abuelo no vivía en el lago, pero se fue a perder por ahí.

Siempre había querido descubrir la Salamanca, quería estudiar la brujería para ser brujo. Pero no conocía la palabra santa, nunca la supo hallar.

La noche estaba oscura y no encontró el camino. De aquí para allá andaba, en la orilla andaba, y no oía más que el sholpín de la diuka de noche, que se va a dormir después que despierta la diuka del día.

Pero él no sabía salir de la maraña de las rocas partidas, aunque había habido buen agüero, que a la mañana, cuando salió de su casa, un zorro se le cruzó de izquierda a derecha.

¿Dónde andaba la suerte ésa?

Sin querer dijo una palabra muy mala, que a veces había escuchado, que no sabía qué quería decir.

¡Ay, ay, ay, ay! Entonces, de repente, oyó voces, cantos, música, risa de chicos. Había caballos que relinchaban, gatos maullaban, ladraban perros, mugían vacas, de toda clase de animales se oían, que parecía que salía de abajo de tierra.

Fue detrás de los ruidos, tanteando y golpeando las rocas, hasta que vio una abertura que no había visto, que quedaba a la izquierda del lago, si se mira de Pukaullu.

Estaba ahora parado en una cueva y una muchacha había, una linda muchacha que lo llamaba, que le hacía entender que hiciera la señal de la cruz y avanzara no más.

La cueva era de más o menos una cuadra de largo, igual de ancho y muy alta, que llenaría una montaña. Dentro salían caminos, pasillos que debían ir a otras cuevas.

Clarito, pero clarito, se oía bramar el lago. Y todavía más claro se sentían las voces que había oído.

¡Ay, ay! Se persignó de la sorpresa, anduvo hacia la luz y, de repente, lo dieron vuelta muchas veces y era oscuro de nuevo.

Asustado, seguía tanteando hasta que vio un poco de luz y tropezó sobre un cadáver ensangrentado, que solamente se pudo librar diciendo la palabra.

Apenas anduvo un rato, un sapo enorme se le tiró encima, le ensuciaba la manta de piel y lo escupía.

De nuevo dijo la palabra santa y lo soltó el sapo.

Pero en otro pasillo vino a salirle un chivo con cuernos afilados, que lo tiró al suelo.

En su aprieto volvió a santiguarse, y se escapó el chivo.

Y entonces una víbora, gorda como un brazo, llena de escamas y peluda, se le largó sobre el pecho como para ahogarlo. Pero él no supo mostrar miedo, ni cuando el bicho se le enroscó en el cuello y silbaba y le ponía la lengua cerca de la boca. Y tampoco perdió su fuerza esta vez.

La palabra santa espantó a la víbora y él pudo seguir andando hasta la pieza principal, que representaba una escuela.

Había allí muchos conocidos y parientes, sobre todo estaban los mellizos de la región, pero nadie se ocupaba de él, nadie le hacía caso al otro. Nadie saludaba: como desconocidos se trataban.

¡Ay, ay, ay, ay! Y hablaban todos en el Chilidugu, en la lengua de las brujas.

Y como había muchas cosas buenas que das, y mucha alegría, él no hizo caso y agarraba lo que le daban: ¡Lo mejor de lo mejor había ahí! Se bailaba, se bebía, gritaban, cantaban. Juguetones estaban, alegres estaban todos los que ahí había, que no tomaban clase en el momento. Porque él vio que ésa era la famosa escuela de Salamanca, la escuela de los brujos, que entran los verdaderos mapuche nada más, los verdaderos araucanos.

A esta cueva venían los brujos más grandes del mundo para aprender y enseñar. La más grande escuela era. Y, si aún hoy en día hay brujos, por esta escuela es, que aún hoy está y que siempre sigue enseñando, la renüpülli en el Lago Lácar.

Cuando había comido y bebido bastante, miró alrededor y pudo ver la enseñanza. Ahí estaban los mellizos, por ejemplo, que, según dicen, tienen mucha habilidad para ser brujos. Los trataban con mucho cuidado, tenían una enseñanza especial.

Algunos alumnos querían aprender la curandería, para sanar a los hombres.

Otros querían tener poder sobre animales sanos y enfermos, los querían tratar.

Otros querían saber dañar.

Otros aprendían la lengua de los animales para mandarlos que dañen a los hombres.

No se puede contar todo. Muchas cosas hay que pueden saber pocos hombres no más, los elegidos no más.

Ahí había uno que quería aprender a dañar a un enemigo, pero de lejos. La machi mayor agarró un sapo gordo, viejo. Lo ató fuerte y lo colgó. Así le iba a pasar al enemigo. Se iba a sentir apresado. El tiento mojado se le iba a ajustar cada vez más. Aplastado se iba a sentir. Hasta morirse de dolor y de hambre y sed.

Había una que preguntó cómo podía enamorar y tenerlo enamorado al hombre.

Entonces, la machi mayor agarró una rana grande -posiblemente era un sapo también- y mostró cómo hay que pasar la panza blanca por la cara del hombre diciendo palabras para tenerlo enamorado siempre.

Otros querían aprender a hacer llover. Un sapo vivo y otro muerto ponían, panza arriba, sobre el suelo, y decían la palabra, y en seguida, pues, caía la lluvia.

Lo principal siempre era la palabra. En otra pieza se enseñaba a los veterinarios.

Justo practicaban el ampiñ, colocar plantas secas molidas y otras cosas que no se pueden llamar buenas. Ahí aprendían cómo se trata heridas abiertas, cómo se libra de gusanos a los animales; contarlos, medirlos, mandar que debieran abandonar el animal.

Aquí había unos mellizos que él conocía bien, pero que no le hacían caso, y que aprendían el arte de curar. Porque nacen para brujos ésos.

Ahí llegaba un zainu, un caballo oscuro, que en la paleta derecha tenía una herida llena de gusanos.

La bruja mostró cómo se podían contar y medirlos. Primero rezó un rezo que él no pudo recordar y los alumnos lo repetían. Luego agarró una varita fina y rompió un pedacito, de modo que tenía el largo de los gusanos.

"En nombre de la virgen digo yo: este zaino tiene veinticinco lombrices de este tamaño. Ya viene uno, quedan veinticuatro si lo mato." En eso cayó de la herida un gusano y ella lo echó al fuego. Después vino a caer otro. Ella decía: "quedan veintitrés si yo lo mato". Y siempre lo mismo, hasta que la herida estaba limpia de bichos. Con cada gusano tiraba un pedacito de madera al fuego, hasta que había terminado con el último gusano. El zaino estaba curado.

Muchas de estas cosas vio el padre del abuelo.

También que a los gusanos que están en las heridas de los árboles, en nombre de Jesús, María y José, se les pone tres días de tiempo para dejar el sitio, irse a otro lado, a otros campos o animales. También obedecían en seguida.

Ahí vio cómo los dueños de rebaños se procuraban anchimallén, porque necesitaban ovejeros sin entrañas, que no comían carne, que toman sangre no más, así no les robaban animales.

Traían chicos robados, les quebraban el espinazo, les sacaban la tripa gorda y los dejaban achicados cosiéndolos.

Así se convertían en fantasmas, en duendes, en enanos que ya no crecen y usan el chiripá no más o que tienen un pedazo de cuero sobre el pecho, con la cola colgando sobre el pecho, que brilla.

De noche, el anchimallén anda por las montañas y las rocas y se le ve brillar la luz mala, que siempre anda con él.

Fuerte ladran los perros cuando ven la luz, y tiemblan y se esconden.

Lo mismo hacen los hombres. Porque sabe que ésos son sirvientes de los brujos, y que conocen la palabra y que matan, no más, con la palabra.

En esta cueva, pues, se hacían los anchimallén, los "hombres sin tripas".

Y también enseñaban el granizo, la fuerza para sostener una avalancha de nieve o para hacerla caer sobre un enemigo, hasta en el verano.

Enseñaban a soplar enfermedades y otros males, manejar la piedra hueca.

Y todo eso y mucho más se sabía aprender ahí.

El chilidugu sabía. Secretos eran esos que no había que descubrir fuera de la cueva. Todo poder perdían los que contaban algo. Ya no se pueden volver animales o ser invisibles. Fieles tenían que ser en guardar el secreto, la palabra santa. Así les insistía la machi mayor.

En la escuela no más se los dejaba pronunciar la palabra santa; si no, los iban a perseguir y matar.

El camino tenían que ocultarlo a los padres, a las otras personas. Con relbún les escribían los signos que los podían ayudar, que para los que no saben son garabatos no más, que no permiten hallar la entrada.

Brujos tiene que haber siempre, hacen falta los brujos, hacen falta espíritus, las almas de los finados esperan que las llamen.

Mientras que la machi mayor decía estas cosas y otras más, Cheukemilla se dio cuenta que la camisa de la víbora le envolvía el pecho y la espalda. Se había sacado la camisa la víbora cuando se le enroscó al pescuezo.

Con rabia y con asco, a tirones la sacó y la tiró al fuego.

Entonces, de repente, se hizo oscuro alrededor.

Cuando se recobró, estaba echado sobre las rocas de luko, que entran bastante en el lago, a la otra orilla del Lácar, a la derecha, mientras que él había entrado en la cueva por la izquierda.

Tenía el cuerpo herido, machucados los huesos y nunca más volvió a sanarse del todo.

Lo peor del caso, es que probó muchas veces y no supo hallar más la entrada de la cueva; nunca más supo hallar la escuela de los brujos, la Salamanca ésa.

A pesar que más tarde se fue con la tribu donde creía que estaba la cueva, a la orilla izquierda del Lácar. Tampoco supo acordarse del chilidugu, de la lengua de los brujos.

Ni de la palabra santa se sabía acordar.


Recopilado por Bertha Koessler, 1962.
Narrado por el cacique Abel Kurüuinka.
Fuente: http://ar.geocities.com/argentinamisteriosa/


http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/03/la-leyenda-de-la-cueva-de-la-salamanca.html
http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/01/la-salamanca.html

sábado, 23 de agosto de 2008

NQUILLIÚ

Araucaria o Pehuén
Araucaria araucana


Antes, mucho antes de que el huinca viniera por estos lados, hubo un invierno muy frío.

Casi no había más comida. Se moría la gente de hambre.

Habían desaparecido el pudú, el choique, el luan.

No se sabía adónde se habían escondido.

Los coná salían a buscar animales y volvían peor que antes.

Y algunos morían en el viaje.

Comían hasta raíces de plantas.

Entonces se reunieron todos los loncó. Una gran junta hicieron.

Así que mandaron delegaciones para conseguir ayuda.

Lo poco que tenían era repartido.

Al tiempo volvió un coná.

Traía nquilluú.

Dijo que cuando estaba en la cordillera se encontró con un anciano.

Cuando le contó lo que le estaba pasando a su gente, el viejito le preguntó por qué no se alimentaban con los piñones, que ésa era la verdadera comida mapuche que Nguenechén había enviado.

Habló de todas las formas de aprovechar el piñón.

Después el coná no supo más del füchá huentrú, que desapareció entre la nieve.

Se reunió toda la gente a escuchar la novedad que traía el recién llegado.

Y entonces uno dijo: -Ese era un mandado de Nguenechén.

Buscaron todos los piñones que pudieron hallar.

Los juntaron y comieron.

Y para agradecer a Nguenechen, por haberlos salvado de morir, hicieron una gran rogativa.

Y desde entonces, cuando se hace nguillatún el rehue se pone en el pehuén y se toma chafí.

Huinca: hombre blanco , no mapuche.

Choique: Avestruz o ñandú americano.

Luan: guanaco. Coná: joven fuerte y valiente.

Loncó: Jefe, cacique.

Nguenechén: Principal deidad en la cosmogonía mapuche.

Fücha huentrú: anciano , de fücha, viejo y fuentrú, hombre.

Rehue: Altar formado por un tronco, árbol o conjunto de árboles en torno del cual se ruega.

Nguillatun: adorar a Dios. Ceremonia con la cual se le piden favores y beneficios al Ser Supremo, Nguenechén. Se conoce también con el nombre de camaruco, término quechua que es utilizado con mayor frecuencia en las zonas este y sur del área neuquina.

La ceremonia antiguamente no revestía el carácter de anual, era celbrada en ocasión de interpretar, como presagio de un porvenir incierto o adverso, cualquier fenómeno que se presentaba con características extrañas o amenazadoras.

Chafí: bebida obtenida de la molienda de los piñones o nquillú.

Nquiluú: piñón, fruto de la Araucaria o Pehuén


Guillermina Imiguala, Chapelco. 1973

Del libro Relatos y romanceadas mapuches, compilación e introducción de César Fernández

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/08/el-pehuen.html

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/03/el-pino-cordillerano.html

viernes, 22 de agosto de 2008

TRENTRÉN Y CAICAI




Esto pasó en los tiempos de antes, cuando sólo había reché, los antiguos y verdaderos mapuches.

Si no llovía se hacía una gran rogativa.

Había que ir al Lago Lácar y golpear el agua con ramas de pehuén para que viniera la lluvia.

Y después, cuando venía la tormenta, había que estar a pura panza no más.

Nada de protegerse con un toldo o ponerse al reparo.

Decían los abuelos, cosas que a ellos les habían contado, que una vez apareció un hombre que decía que era el mandado de Nguenechén.

Contó que se iba a enojar Caicaifilú y todo se iba a inundar.

Había que ir a la mahuida Trentrén para salvarse.

Se cansó el hombre de hablar, pero nadie le hacía caso y se fue.

Ese año hicieron la rogativa.

Y llovió y llovió.

No sabían qué hacer para que no diluviara más.

Y ahí fue cuando la Caicaifilú, que vivía en el fondo del lago y estaba muy rabiosa con los mapuches, empezó a golpear el agua con su cola para hacer subir más el agua todavía.

La Caicaifilú llamaba al Pillán del Mahún.

Y los mapuches disparaban para todos lados.

Algunos se acordaron del mandato de Nguenechén y empezaron a subir el Trentrén.

También iban los animales como el choique, luan, pudú, pangui, nahuel...

Sombrero de palo tenían que ponerse para subir, si no Antü los dejaba sin pelos.

De esa vez quedaron con el color de piel oscura, por estar cerca del sol.

Los mapuches que caían al agua se hacían peces y los animales, rocas.

Tanto batifondo armó Caicaifilú que Trentrén se despertó.

Estaba en su cueva, en la punta de la montaña.

La Trentrén, para que los hombres y los animales no se murieran, se encorvaba y así subía la mahuida.

Todo se había inundado y sólo el cerro flotaba.

Pero la Caicaifilú se revolcaba y levantaba el agua.

La filú buena gritaba: -¡Trentrentrentren! Y la montaña subía.

La filú mala decía: -¡Caicaicaicai! Y aumentaba el agua.

Mucho tiempo dicen que duró la pelea.

Pasó entonces que la Caicai quiso ir a sacar a los mapuches de la cueva del Trentrén, donde se habían metido.

Se enroscó en una roca muy grande para poder llegar hasta arriba.

Pero Trentrén le dio un golpe con la cola y la tiró al fondo del lago.

Ahí cayó la filú y la roca encima. Murió.

Al poco tiempo dejó de llover.

Entonces los mapuches hicieron una gran rogativa para agradecer a Trentrén por haberlos salvado de Caicaifilú.

Dicen que esa montaña está apoyada en cuatro patas y si vuelve a diluviar se va a levantar de nuevo.

Hay varios Trentrén por San Martín de los Andes, Junín, Bariloche, Aluminé y también en Chile.

Hay piedras con forma de animales que están en las islas de los lagos que son de los animales del tiempo de antes.

Quedaron así desde el diluvio.

Y ésta es la historia que pasó hace tantísimo tiempo cuando sólo había mapuches.

Caicaifilú: animal mitológico, mitad serpiente y mitad caballo.

Trentrén : Serpiente mítica que en el diluvio salvó a los mapuches.

Reche: mapuche puro. De re , sin mezcla , puro y che, persona, gente .

Nguenechén: principal deida de la cosmogonía mapuche.

Mahuida: montaña.

Pillán: alma de un muerto que mora en un cerro o volcán.

Mahün: lluvia.

Choique: avestruz o ñandú americano.

Luan: guanaco.

Pangui: puma, león americano.

Filú: culebra, víbora.


Trentrén y Caicai Pedro Curruhuinca, Quila Quina, 1968
Del libro Relatos y romanceadas mapuches, compilación e introducción de César Fernández.

lunes, 11 de agosto de 2008

KOONEK



EL CALAFATE



Koonek, la anciana hechicera de la tribu estaba demasiado agotada para continuar caminando hacia el norte, el invierno estaba próximo y había que buscar lugares donde no faltara la caza.

Como era habitual en estos casos, se le construyó un buen kau y se le dejó abundante comida, pero seguramente no le alcanzaría para todo el invierno.

Para esa época no existían los caballos ni los calafates.

Quedó totalmente sola, hasta los pájaros emigraron con la llegada de las primeras nieves, pero ella subsistió inexplicablemente.

A la llegada de la primavera se asomaron las primeras golondrinas, algunos chorlos y unas inquietas ratoneras.

Koonek les increpó la actitud por haberla dejado sola, sumida en el silencio, a los que las avecillas respondieron que ello se debía a que durante el invierno no tenían donde resguardarse del viento y del frío, además en el otoño el alimento les era escaso.

Koonek, sin salir del toldo les respondió.

–“Desde ahora en adelante podrán quedarse, tendrán abrigo y alimento”.

Cuando abrieron el kau, la anciana hechicera ya no estaba, se había convertido en una hermosa mata espinosa de perfumadas flores amarillas que al promediar el verano ya eran moradas frutas de abundantes semillas.

Los pájaros comieron sus frutos, también los Tsonekas y desparramaron las semillas de aike en aike.

Ya nunca más se fueron las aves y las que se habían ido volvieron al enterarse.

Por eso: “El que come calafates, vuelve”.-

Notas:

Koonek: calafate
Kau: Toldo, Casa
Tsonekas: nombre verdadero de los llamados: Tehuelches, Aónikenk o chonkes Aike
Joiuen: leyenda

Joiuen Tsoneka (leyendas tehuelches) de Mario Echeverría Baleta

miércoles, 11 de junio de 2008

KULTRUN




El Kultrun es el microcosmos simbólico de la Machi y de la Cultura Mapuche, en el cual se plasma su particular concepción espiritualista del universo.

Es un tambor ceremonial que usa la machi en rogativas y rituales.

Su membrana dibujada representa la superestructura cósmica y sus diversos componentes inmateriales, ella representa por tanto, a las cuatro divisiones de la plataforma cuadrada terrestre orientada según los cuatro puntos cardinales a partir del Este, a la tierra de los Cuatro Lugares, o Meli Witran Mapu.

Por otra parte, la vasija de madera del kultrún, junto a los objetos simbólicos introducidos en ella, representa a la infraestructura cósmica y terrestre con sus diversos componentes materiales.

Según la creencia mapuche, desde ese momento permanecerá para siempre la voz y la energía de su dueña dentro del kultrún, produciéndose así una identificación de la machi con su instrumento, el cual simbolizará su propia voz y su propio poder chamánico.

Una vez concluida la introducción de la voz de la Machi el instrumento se cierra fuertemente amarrando el bordón.

Fuente: Ser Indígena

jueves, 8 de mayo de 2008

LOS SUMPALL




Los Sumpall son seres cambiantes, que generalmente presentarían una apariencia mitad humano y mitad pez, muy similar a las sirenas y tritones; aunque en algunas ocasiones también pueden tomar una forma completamente humana. Su parte humana sería muy hermosa y tendrían el pelo largo y de color brillante.

Existen Sumpall femeninas y masculinos.

Son los encargados de cuidar las aguas de los ríos, lagos y mares; y en aquellos lugares donde viven, nunca se secaría el agua. Ellos habitarían en su mayoría en los ríos y lagunas.

Igualmente serían seres que dependiendo del género que tuvieran, raptarían a los hombres o las mujeres; pero esto ocurriría comúnmente con la voluntad del secuestrado o secuestrada, quienes escuchaban encantados sonidos y voces maravillosas llamándolos desde el fondo de las aguas.

Los ahogados eran frecuentemente niñas, que según la leyenda a veces volvían cargadas de frutos marinos y pescados, a consolar a sus padres y pedirles que no lloren.

Al ser llevada la persona al fondo del río o el lago, en un lugar llamado Sumpallhue, también se transformaría en un o una Sumpall.

Otras fuentes señalan que se convertían en aves; a veces en una huala, que no vuela bien pero si es excelente nadadora; esto porque el Sumpall todavía la retiene.

Si el Sumpall se ha raptado a una mujer, la familia de la mujer recibiría un pago (el gapitún) por el robo de la novia; ya que es una costumbre del pueblo mapuche, cuando alguien secuestra a una mujer para casarse con ella.

(La retribución que debe hacer el Sumpall está muy arraigada en la cultura mapuche como una ley natural; todo lo que se quita debe ser repuesto; por eso hay muchos ritos en los que se hacen ofrendas y regalos antes de cosechar o quitar. Como por ejemplo las ofrendas que se hacen al mar, poniendo ollas de comida en hilera, sobre la arena; el mar se las lleva, pero debe devolverlo todo con peces abundantes; a veces no es la ola quien trae las retribuciones sino una sirena, una niña que sale del agua con un canasto de peces y mariscos).

La Sumpall femenina igualmente en algunas ocasiones puede dar un pago a la madre del hombre que ella ama, pero el hecho sería contrario a lo común en la tradición Mapuche. También se dice que los sumpall masculinos fecundan a las mujeres que van a las orillas de los ríos solas.

Los primeros Sumpall habrían sido creados por Trentren-Vilu, a partir de los hombres que se ahogaron en la gran batalla de las serpientes míticas.

Los Sumpall se caracterizan por ser seres que pueden realizar el bien o el mal dependiendo el caso. Así, igualmente puede cobrar venganza contra las personas que hacen daño a los ríos, lagunas y otros lugares relacionados con el agua; cumpliendo en estos casos el mismo papel que los Ngen-ko (espíritus dueños del agua).

Hay decenas de relatos y leyendas en torno a los ríos, costas, lagos y lagunas donde interviene el Sumpall.

Fuente: Wipipedia
Referencias
• Alberto Trivero (1999); Trentrenfilú, Proyecto de Documentación Ñuke Mapu.
• María Ester Grebe, Sergio Pacheco y José Segura; Cosmovisión mapuche