martes, 8 de junio de 2010
EL PINCOY
El Pincoy es el hijo del Millalobo (el Rey de los mares), por tanto se le considera príncipe de los mares; es el administrador de los dominios marinos de su padre.
Es inspector severo del fiel cumplimiento de los mandatos de su padre, y el vigilante de que exista un normal desenvolvimiento de todos los procesos que se desarrollan en los mares, especialmente los relacionados con la reproducción de los peces y demás habitantes del mar. Por ello, siempre permanece atento a las actividades que realizan sus hermanas, la Pincoya y la Sirena chilota, a quienes ayuda y protege cuando ellas lo requieren.
Él canta una bella y extraña canción, para que la Pincoya inicie su baile. El Pincoy igualmente es el esposo de la Pincoya, siendo la pareja feliz de la mitología chilota, al contrario del caso del Trauco y la Fiura.
Los chilotes dicen que al Pincoy le agrada la música, especialmente la que produce la flauta Pincullhue (flauta hecha del bambú colihue). Además, es un ser que se caracteriza por sentirse atraído hacia las mujeres bellas, y por ello en algunas ocasiones se acerca a las playas de alguna isla, a contemplar a la mujer hermosa que se encuentre mariscando aguas adentro; siendo relativamente frecuente que logre conquistar los favores de ella. Si el Pincoy consigue conquistar a la mujer, se dice que ella tendrá un hijo con forma de lobo marino, y que sólo excepcionalmente la mujer revelará datos muy vagos de él, pues ha hecho la promesa de no hablar de él.
Los pescadores cuentan que, a corta distancia de sus embarcaciones, el Pincoy pasa nadando a una velocidad extraordinaria, brillando como un rayo plateado. Tiene el aspecto de una criatura tipo tritón, su cuerpo es el de un lobo marino de gran tamaño, color plateado brillante, con hermoso y varonil rostro humano, luce poblada melena dorada y tiene un aspecto atrayente para las mujeres.
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lunes, 7 de junio de 2010
LA LECHUZA DE DOÑA PANCHA

Érase que era, y el mal que se vaya y el bien que no venga, que allá por los años primeros de mis abuelos, existía en el tranquilo pueblo de Pocito doña Pancha, quien tenia tantos años, que ya no se acordaba cuantos años eran.
Pero lo curioso de lo que voy a contar es la compañía que ella tenía: Nada menos que una lechuza a la que llamaba Chinita.
Tal era la fama que le habían atribuido al pequeño animal que, cuando pasaban por la casa de doña Pancha, los vecinos se hacían la señal de la cruz.
Como para no hacerlo, si cuando se murió don Jacinto, el día anterior la lechuza Chinita se había asentado en el palo de la ramada de su rancho, había batido las alas y efectuado su característico ¡chis, chis!
Pobrecito el hijo de la Ramona: jugando en el patio se le acerco la lechuza, enfermo gravemente y murió.
Cuando se cayó la casita de doña Camila, ahí estuvo ella muy temprano, chillando y aleteando.
El accidente de Anacleto y una serie de tristes acontecimientos que seguían a su presencia en el lugar que ocurrían.
No faltara quien diga: “Es casualidad”: pero ¡Vaya que casualidad! y si a eso se agrega que, con el andar del tiempo, su dueña murió de extraña y mala muerte.
¿Que lo que cuento de la lechuza Chinita es mas extraño que cierto?
¿Qué no pueden creerse esas antiguas historias de superstición y miedo?
Testigos fueron los antiguos habitantes de Pocito de las andanzas de Chinita la lechuza de doña Pancha.
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sábado, 5 de junio de 2010
EL BUFEO COLORADO

Al delfín rosado del Amazonas la gente lo llama, simplemente, bufeo colorado y así lo distinguen de sus otros hermanos que son de color gris.
La leyenda de que el bufeo, como ser o duende “encantado” que es, puede transformarse en un hombre “gringo” al que le gustan las mujeres jóvenes.
Así, con esa apariencia, suele presentarse a la fiesta en la que participa la chica elegida. Como viajero de paso, baila y enamora a la muchacha, invita a beber a todos los participantes y así se gana la simpatía general. Pero él no come ni menos bebe licor, porque si se emborracha, se rompería el encantamiento y se descubriría quién es.
Cuando la muchacha ya es la enamorada del bufeo, él la colma de regalos y atenciones. La visita siempre por las noches y se marcha antes del amanecer.
Así al poco tiempo, la mujer enamorada empieza a mostrar una conducta extraña, porque quiere permanecer todo el tiempo junto al río y si ésta situación no es notada a tiempo por sus familiares y no la mandan a curar a un buen chaman, puede terminar desapareciendo, ya que en su deseo de estar siempre junto a su gringo “bufeo” enamorado, terminará arrojándose al río para no salir jamás.
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viernes, 4 de junio de 2010
EL URCUTUTO
El Urcututu es un búho de gran tamaño que vive en lo profundo de la selva amazónica, en la copa de los árboles más grandes, es un gran cazador nocturno.Cuenta la leyenda que ciertos brujos maleros, hechiceros practicantes de magia negra, llegan a tener “pactos secretos” con los urcututos y entonces lo utilizan para enviar virotes o dardos mágicos, que serán descargados sobre el enemigo elegido, con el fin de causarle daño por venganza.
También suelen ser enviados como mensajeros, para espiar el lugar donde se realizan las sesiones de ayahuasca, como cuidador, cuando se va a tratar a un enfermo que el mismo brujo daña.
Considerado como un animal de mal augurio por algunos y de buena suerte para otros, es el rey de la noche.
Entre la población de Iquitos y alrededores de esta ciudad, se cree que el canto de los urcututos son presagio de un embarazo de alguna mujer conocida por quienes escuchan el canto.
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jueves, 3 de junio de 2010
EL CHURRINCHE

Ulian era un indio tehuelche que poseía extraordinarios poderes. Todos lo amaban y respetaban en su tribu y no sólo sus hermanos, los indios; lo amaban también las plantas y los animales, con los que podía hablar porque conocía todos sus idiomas y podía entenderse con ellos a las mil maravillas.
Fueron ellos, los animales del bosque, los que, cuando Ulian era niño, lo salvaron de una muerte horrible...
Cierto día, el indiecito se sentó en el bosque para hablar seriamente con un insignificante pajarito gris al que él llamaba "Churrinche". Como tantas otras veces, Ulian trataba de convencerlo de que él era tan útil y bello como los otros pájaros, pero el churrinche no se convencía:
-¿No ves que no tengo ni una pluma de color? ¿No te das cuenta de que soy tan chiquito que casi no se me ve? Mírame bien: ¡Soy feo!... ¡muy feo!
Tan seguro estaba el pajarito de lo que decía, que creía que todos pensaban lo mismo que él y, por eso, andaba siempre solo, así nadie podría compararlo con las bellísimas aves multicolores que habitaban el bosque.
Tan ocupado estaba el indiecito con su pajarito desvalido, que no oyó acercarse a un gigante malvado que vivía en las cercanías y que tenía mucha envidia de los poderes mágicos de Ulian.
En un abrir y cerrar de ojos había atado pobre niño y lo había encerrado en una cueva, que había tapiado totalmente, esperando que muriera.
Pero... sin darse cuenta, el gigante había dejado una pequeña hendidura sin tapar, y por allí se coló el churrinche. Con su débil pico intentó desatar las cuerdas que inmovilizaban al prisionero, pero tenía tan poquita fuerza que no pudo conseguir nada. Además, el gigante, al darse cuenta de su presencia, lanzó un rugido tan fuerte que le arrancó todas las plumas de su copete.
- Andá y pedí ayuda a mis hermanos, los animales, ellos me ayudarán; dijo Ulian con el pensamiento, ya que estaba amordazado.
El churrinche estaba tan asustado y desesperado que se olvidó de su vergüenza y de un solo vuelo aterrizó en el claro del bosque, donde estaban reunidos los animales y les contó, casi llorando, lo que pasaba.
Rápidamente, se formó un congreso y quedó preparado el plan: el tucutuco cavaría un túnel desde su guarida hasta la cueva y por él sacarían a Ulian.
Esperaron a que se hiciera de noche y comenzó la tarea; si bien es cierto que el jefe era el tucutuco, todos los animales ayudaban a sacar la tierra y despejar el túnel, hasta que por fin llegaron a las paredes de la caverna.
Allí escucharon unos golpecitos que Ulian pegaba con los talones para indicar su posición y, en el mayor silencio, el tucutuco cavó un gran orificio.
El churrinche, mientras tanto, se había vuelto a meter en la cueva, para hacerle compañía a Ulian y ver los pormenores del rescate.
Entre todos los animales arrastraron al prisionero, todavía atado y amordazado, por el túnel recién cavado, rumbo a la guarida del tucutuco, donde pensaban esconderlo.
Ya estaban por empezar la marcha, cuando el gigante se despertó y lanzó un feroz rugido.
El churrinche se llevó un susto mayúsculo, pero lo primero que pensó era que debía avisar a sus amigos que el gigante estaba furioso, y lo primero que se le ocurrió fue ponerse a gritar tan fuerte como el gigante (en realidad, eso creía él):
- churruit... churruit... churruit... churruit...
churruit... churruit... churruit... churruit.
El gigante, más enfurecido que antes, por semejante batifondo, le arrojó una gruesa espina que se clavó profundamente en el pecho del pájaro, y se dedicó a perseguirlo.
Los animales aprovecharon para proseguir con el rescate, mientras el tucutuco iba taponando el túnel recién construido.
Cuando estuvo seguro de que Ulian estaba a salvo, el churrinche, totalmente ensangrentado, dejó de gritar y, con las pocas fuerzas que le quedaban, voló hasta un chañar, a cuyos pies cayó desmayado.
Allí lo recogió una calandria, que lo llevó hasta Ulian que, con unos pocos pases mágicos lo curó, pero decidió que para siempre llevara el color de la sangre en su plumaje, como muestra de su coraje y valentía.
Y, por esa causa, el churrinche ya no es gris, sino que tiene los colores que tanto envidiaba a las otras aves.
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
(Leyenda tehuelche).
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jueves, 27 de mayo de 2010
EL DORADO Y EL SOL
Es un pez que se encuentra en toda América, desde Venezuela hasta Argentina.
Es de un magnífico color dorado, excepto en la cabeza -que es verde oliva- y en el vientre -que es anaranjado-. Con manchas negras y bordes amarillos, su piel está protegida por grandes escamas, e incluye una aleta dorsal en la mitad del cuerpo.
Se han capturado especimenes de hasta 25 kilos, pero es más común dar con peces de hasta 20 kilos.
Esta especie se encuentra en el norte de Corrientes, Santa Fe, Río Paraná y en el Río de la Plata, donde busca sus afluentes para desovar.
EL DORADO Y EL SOL
En tiempos remotos, casi al comienzo de la Creación, el Sol era un inmenso disco de oro. Todo él brillante y dorado, encendiendo de luz y calor el mundo que nacía.
Como era redondo, viajaba infatigablemente por el firmamento, dejando que la noche llegase cuando él ya se había ido.
Tupá lo había hecho hermoso. Orgulloso del Astro Rey, creó la Tierra y las Aguas y las pobló.
Fue así como el Paraná corrió a raudales por la tierra, llenándose de peces.
El sol del amanecer aparecía puntualmente, se asomaba sobre el río, desparramaba su dorada luz sobre las aguas, haciendo que los peces salieran a admirarlo.
Pero tan soberbio andaba, mirándose tanto en el espejo del río, que terminó con forma de pez él también.
Ara-Abá era el guerrero más valiente de la tribu. Su lanza era certera. Su arco, cuando él lo tensaba, lanzaba una flecha segura.
Junto con los jóvenes de su grupo, salían de correrías que siempre terminaban en comida abundante para la tribu.
Ese día, afilando sus armas junto al río, escuchó que todos corrían buscándolo.
-¡Ara-Abá!, algo pasa.
-¡¡Algo pasa!!
Y entonces le mostraron el sol que se reflejaba en el agua: parecía un inmenso dorado hamacándose entre las nubes.
A ese pez espléndido había que derribarlo para atraparlo.
Todos los arqueros dispararon sus flechas. Una y otra vez, tantas y tantas ascendieron al cielo, que alcanzaron al sol.
Esa lluvia de flechas llegó hasta él. El astro se retorció, rodó sobre sí mismo para desprendérselas, pero ya estaban fundidas en su cuerpo.
Y dice la leyenda que el sol no pudo jamás quitarse esas flechas y que ellas son los rayos que tiene ahora el astro rey.
NOTAS
Tupá: en la mitología guaraní Tupá es la Deidad Suprema. El principio del bien. Dios.
Ara-Abá: tiene distintos significados. Ara es tiempo, estación, era, período, firmamento, cielo. Lo alto por excelencia. Y Abá, el indígena, el hombre como persona. Podría traducirse como "persona encumbrada".
Paraná: su nombre es traducido como "Pariente del Mar", o "Padre del Mar", por otros.
Dorado: Salminus maxillosus. Los guaraniés lo llaman "pirayú" (pira: pez, yú: oro, dorado). Su nombre proviene de su hermoso color amarillo naranja. Es dorado en los flancos y blanco en la zona ventral.
Tiene escamas. Es una presa cotizada entre los pescadores, no sólo por su buen porte (hay ejemplares que han llegado a pesar cerca de 30 kg), sino por lo exquisito de su carne. Es un predador nato y se alimenta preferentemente de sábalos, bogas, mojarras, etc.
Su fama de glotón al que toda comida le es poca, ha dado pie a otra leyenda.
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martes, 18 de mayo de 2010
LA BODA DE LA XDZUNUÚM

Una mañana llena de sol, el colibrí, o xdzunuúm que es su nombre en lengua maya, estaba parada sobre la rama de una ceiba y lloraba al contemplar su pequeño nido a medio hacer. Y es que a pesar de que llevaba días buscando materiales para construir su casa, sólo había encontrado unas cuantas ramas y hojas que no le alcanzaban. La xdzunuúm quería acabar su nido pronto, pues ahí viviría cuando se casara, pero era muy pobre y cada vez le parecía más difícil terminar su hogar y poder organizar su boda.
La xdzunuúm era tan pequeña que su llanto apenas se escuchaba; la única en oírlo fue la xkokolché, quien voló de rama en rama hasta encontrar a la triste pajarita.
Al verla, le preguntó:
— ¿Qué te pasa, amiga xdzunuúm?
— ¡Ay! Mi pena es muy grande —sollozó más fuerte la xdzunuúm.
—Cuéntamela, tal vez yo pueda ayudarte —dijo la xkokolché.
— ¡No! Nadie puede remediar mi dolor —chilló la xdzunuúm.
—Ándale, platícame qué tienes —insistió la xkokolché.
—Bueno —accedió la xdzunuúm—. Fíjate que me quiero casar, pero mi novio y yo somos tan pobres que no tenemos nido ni podemos hacer la fiesta.
— ¡Uy! Eso sí que es un problema, porque yo soy pobre también —respondió la xkokolché.
— ¿Lo ves? Te lo dije, nadie me puede ayudar —gritó la xdzunuúm.
—No llores, espérate, ahorita se me ocurre algo —aseguró la xkokolché.
Las dos aves pensaron un rato; desesperada, la xdzunuúm ya iba a llorar de nuevo, cuando la xkokolché tuvo una idea:
—Mira, tú y yo solas no vamos a poder con la boda. Tenemos que llamar a otros animales para que nos ayuden.
Apenas acabó de hablar, la xkokolché entonó una canción en maya, que decía así:
De esta forma, la xkokolché contaba que una pajarita se quería casar, pero no tenía recursos para hacerlo.
Luego repitió la canción; como su voz era tan dulce, algunos animales y hasta el agua y los árboles se acercaron a escucharla.
Cuando ella los vio muy atentos a sus palabras, les pidió ayuda con este canto:
Con esas palabras, la xkokolché les explicaba:
No tiene el collar, no tiene el vestido, no tiene los zapatos, no tiene el peine, no tiene el espejo, no tiene los dulces, no tiene las flores.
Mientras la xkokolché cantaba, la xdzunuúm derramaba gruesos lagrimones.
Así, entre las dos lograron que todos los presentes quisieran ayudar.
Por un momento, se quedaron callados, luego, se escucharon varias voces:
—Que se haga la boda, yo daré el collar —dijo el ave xomxaníl, dispuesta a prestar el adorno amarillo que tenía en el pecho.
—Que se haga la boda, yo daré el vestido —ofreció la araña y empezó a tejer una tela muy fina para vestir a la novia.
—Que se haga la boda, yo daré los zapatos —aseguró el venado.
—Que se haga la boda, yo daré el peine —prometió la iguana y se quitó algunas púas de las que cubren su lomo.
—Que se haga la boda, yo daré el espejo —afirmó el cenote, pues su agua era tan cristalina que en ella podría contemplarse la novia.
—Que se haga la boda, yo daré los dulces —se comprometió la abeja y se fue a traer la miel de su panal.
Con eso, ya estaba listo lo necesario para la boda. La xdzunuúm lloró de nuevo, pero ahora de alegría. Luego, voló a buscar al novio y le dijo que ya podían casarse.
A los pocos días, se celebró una gran boda, y por supuesto, la xkokolché fue la madrina.
En la fiesta hubo de todo, porque los invitados llevaron muchos regalos.
Desde entonces, la xdzunuúm dejó de lamentar su pobreza, pues supo que contaba con grandes amigos en el mundo maya.
Versión escrita: Gloria Morales Veyra
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sábado, 15 de mayo de 2010
LA SONRISA

En las lejanas tierras nevadas de Canadá, tuvo lugar la historia de cómo un lobo se convirtió en el mejor amigo del ser humano.
Cuenta la leyenda que en aquellas montañas vivía Skan (el cielo), el gran lobo gris plata junto a su manada de lobos árticos.
En aquellas tierras el viento soplaba con un cálido aroma de libertad, la luz dorada del sol bañaba un paisaje donde el equilibrio natural hacía que todas y cada una de las especies convivieran en paz y armonía.
Pero un día, con la llegada del hombre, la hermosura de aquellas tierras vírgenes y la pureza de sus aguas cristalinas empezó a desvanecerse, mientras el hombre avanzaba haciendo suyo todo lugar por el que pasaba.
Una mañana temprano, Skan se hallaba buscando una presa para poder llevar a su familia como desayuno, cayó mal herido en una de las trampas que los humanos habían colocado en el bosque.
Y cuando pensó que ya no tendría salida, alguien le agarró de cuello y lo montó en su mustang negro y lo salvó.
Sí, un humano lo había salvado, pero aquel,…aquel era diferente, se trataba de un joven indio de la tribu de los Lakota, de piel rojiza y cabellos largos y color negro azabache. Aquel muchacho lo rescató de una muerte segura en manos del depredador más temible de todos, el ser humano, el cual odiaba a los lobos.
Skan quedó completamente agradecido con aquel joven por su hospitalidad y cuidados... Al fin y al cabo, no era tan diferente a él, ambos luchaban por la libertad de los suyos y cruelmente eran rechazados y perseguidos.
Skan sentía de corazón que algún día no muy lejano podría devolverle el favor…
Así que por la noche, aulló a la luna en llamada a la Diosa Nokomi, (hija de la luna), para que le concediera el deseo de poder devolver el favor a aquel muchacho.
Ella le dijo que para protegerle debería aprender a sonreír… sólo así podría convivir en una comunidad humana sin que le tuvieran miedo… Skan aceptó y al día siguiente despertó diferente… su mirada de ojos pardos había retomado un brillo dulce color miel que emanaba ternura y sus dientes, ya no eran los de un lobo fiero y salvaje. Ahora en su rostro se dibujaba una hermosa sonrisa que desprendía simpatía y confianza…
Así pues, Skan se encaminó hacia la aldea de los Lakota y una vez allí algo mágico ocurrió…
La gente lo trataba como a un Dios, ¡Es nuestro salvador! Gritaban llenos de júbilo y alegría, era curioso porque todas aquellas gentes le sonreían! El hermano lobo gris que sonríe ha venido al fin para proteger a nuestro pueblo, es Nordic, el legendario lobo gris que según la profecía vendría para salvarnos…
Y así fue, Skan se convirtió en el fiel compañero y protector de la tribu de los Lakota, pasó de ser un lobo gris a un perro con una bonita sonrisa, siendo así el pionero de las generaciones de nuestros actuales nórdicos.
A partir de entonces, se dice que los perros nórdicos son poseedores de la más hermosa y sencilla de las sonrisas,… la sonrisa nórdica!
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jueves, 6 de mayo de 2010
EL HORNERO, POEMA

La casita del hornero
Tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala
Justamente el nido entero.
En la sala, muy orondo,
el padre guarda la puerta,
con su camisa entreabierta
sobre su buche redondo.
Lleva siempre un poco viejo
su traje aseado y sencillo,
que, con tanto hacer ladrillo,
se la habrá puesto bermejo.
Elige como un artista
el gajo de un sauce añoso,
o en el poste rumoroso
se vuelve telegrafista.
Allá, si el barro está blando,
canta su gozo sincero.
Yo quisiera ser hornero
y hacer mi choza cantando.
Así le sale bien todo,
y así, en su honrado desvelo,
trabaja mirando al cielo
en el agua de su lodo.
Por fuera la construcción,
como una cabeza crece,
mientras, por dentro, parece
un tosco y buen corazón.
Pues como su casa es centro
de todo amor y destreza,
la saca de su cabeza
y el corazón pone adentro.
La trabaja en paja y barro,
lindamente la trabaja,
que en el barro y en la paja
es arquitecto bizarro.
La casita del hornero
tiene sala y tiene alcoba,
y aunque en ella no hay escoba,
limpia está con todo esmero.
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miércoles, 5 de mayo de 2010
EL HORNERO

El hornero, es un ave que arma su nido, por lo general, en la cercanía de los humanos.
Ese nido tiene dos compartimentos, de los cuales el más protegido es el de la hembra y que es donde ésta empolla.
Además, una superstición dice que romper nido de horneros atrae a la tormenta. Cuando llueve el hornero se pasea por el nido, alborozado, dejando sus huellas.
Una leyenda de origen guaraní cuenta que Jahé, hijo único de su padre y criado en el monte alejado del contacto con los demás, un día, al salir en persecución de una carpincho, oyó un chapoteo en el río y acudió creyendo que se trataba del animal.
En realidad, era una hermosa joven que desapareció de inmediato, pero que lo dejó prendado por su hermosura.
En la espera de poder volver a verla, el cansancio lo hizo dormirse a orillas del río.
Al despertar vio salir de las aguas a la hermosa joven y quedó totalmente enamorado. Pero como sucede generalmente en estos cuentos, sobrevendría un hecho trágico.
El premio de una dura prueba
Trastornado por la hermosura de la muchacha, hija de un jefe local, se dirigió al poblado, acompañado por su padre, a pedir la mano de la joven como esposa.
Pero había otros pretendientes, por lo que la costumbre establecía que todos ellos deberían someterse a tres pruebas; el ganador final se quedaría con la novia.
La última y definitiva era atroz: debían envolverse en cueros mojados de animales que, a medida que se secaban iban achicharrando a los muchachos.
El vencedor sería el último en sobrevivir. Una cruel prueba, cuyo resultado puede adivinarse.
Jahé triunfó en natación y triunfó en carrera. A la tercera prueba se sometieron muy pocos.
Rápidamente, la mayoría fueron abandonando; sólo quedaron Jahé y Aguará (el zorro).
Al noveno día, cuando Aguará no soportó más y pidió que lo sacaran, todos acudieron a ayudarlo y por un tiempo se olvidaron de Jahé.
Al ir a aflojar su tortura y proclamarlo vencedor y digno del amor de la doncella, vieron que de adentro del cuero salía un pajarito pequeño que, de inmediato comenzó a hacer su nido con paja y barro.
En ese mismo momento, ante la estupefacción de todos, la joven princesa se transformó a su vez en ave y lo siguió en su vuelo, triunfando así, el amor sobre el sufrimiento.
Desde entonces el hornero anda en pareja.
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miércoles, 14 de abril de 2010
EL PECHO COLORADO Y EL GORRIÓN


Ésta leyenda se refiere al origen del gorrión y del pecho colorado o estornino fueguinos.
Hace muchos años hubo entre los onas un guerrero de corta estatura, pero muy ágil, fuerte y valiente, que desafió a luchar a todos los hombres de una tribu vecina.
Estos eligieron como campeón a un gigante de poderosa musculatura que doblaba en estatura y peso al desafiante.
Llegado el momento de la confrontación de las dos tribus reunidas rodearon a sus campeones y comenzó el torneo.
De pronto el gigante agarró a su rival con una mano de los cabellos y con la otra del cuello, comenzando a tirar y apretar con fuerza creciente amenazando ahogarlo.
No por eso se amilanó el pequeño, en un momento oportuno, propinó a su rival un feroz golpe de puño en la nariz obligándolo a soltarlo, en tanto la sangre manaba en abundancia.
Cuando se separaron, el gigante con el pecho manchado de sangre se convirtió en el hermoso estornino fueguino, en tanto que el pequeño, con su copete y su mancha en el cuello, quedó transformado en el gorrión.
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martes, 30 de marzo de 2010
LA MUJER ARMADILLO Y LA MUJER TEPEZCUINTLE

Allá en el tiempo divino, primigenio, estaban la armadilla y la tepezcuintla originales haciendo sus camisas. La tepezcuintla, diligente, ya había bordado las flores.
La armadilla, en cambio, no había concluido la tela.
Llegó el momento en que todo quedaría fijo para que empezara a existir el mundo.
Salió el Sol, y la tepezcuintla se puso su camisa nueva, por lo que quedó con las bellas flores pintadas sobre la piel del dorso.
En cambio la armadilla apenas alcanzó a cubrirse con el telar, con todo y sus palos, y cuando la luz solar fijó las realidades.
Por eso, hasta la fecha, se le ven al armadillo unos escalones en la espalda, que son los hilos y los palos del telar.
La Tepezcuintle, en cambio, sí terminó su huipil; por eso, hasta la fecha, el animal tiene un traje bonito y elegante.
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domingo, 28 de marzo de 2010
CABURÉ

La penumbra, los rumores, la humedad y el calor de la selva despiertan la leyenda, impulsan a la gente a ver seres todopoderosos que los envuelven y dominan con su magia. Pero los que saben, aseguran que no todo es imaginación: la selva tiene una potencia muy real, representada por seres de carne y hueso capaces de reinar sobre los demás con la fuerza de su espíritu.
Uno de ellos es el Caburé. No es, como decimos, un demonio imaginario: es un ser vivo como nosotros, apenas un pajarito por su tamaño (no pasa de los quince centímetros); pero es la más poderosa de las aves. De allí su nombre: Rey de los Pajaritos.
A primera vista es una lechucita, de plumaje gris parduzco, que se confunde en la hojarasca. Llaman la atención sus garras, poderosísimas para su tamaño, y la cabeza, relativamente grande, armada de un afilado pico y un par de ojos capaces de dominar con la mirada.
¡Los ojos del Caburé! Innumerables testimonios aseguran que cuando el Rey de los pajaritos quiere saciar su voracidad, se posa en la rama de un árbol elevado, da un grito dominador y penetrante y mira rápidamente a su alrededor.
Los pajaritos que lo rodean se aterran y quedan casi inmóviles: no pueden huir ni volar.
Como atraídos por un imán, se acercan al Caburé saltando de rama en rama, torpemente, para que el Rey, impasible, elija su presa, que mata de un certero picotazo.
Otros testigos, en cambio, aseguran que no es cierto que el Caburé hipnotice con sus cloqueos y su mirada; lo que ocurre –dicen- es que el implacable cazador mata de noche, especialmente a pichoncitos tiernos. A la mañana siguiente, cuando los pajaritos descubren sus crímenes, se alborotan, lo rodean, chillan; como acusándolo de las muertes cometidas, mientras él permanece impasible, despreciativo, sabiendo que ninguno se atreverá a atacarlo.
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domingo, 7 de marzo de 2010
ELAL Y LAS AVES.
EL FORJADOR DE PÁJAROS
Dicen que no hubiera sido por los pájaros ni habrían existido los tehuelches.
Y es verdad, porque fueron las aves las que ayudaron a escapar del gigante que lo perseguía al pequeño Elal, el héroe que más tarde creo a los hombres de la Patagonia.
Ellas fueron su transporte y su escolta, su abrigo y su alimento. Y ocupando lagunas, grutas y acantilados, se quedaron para siempre en la Patagonia.
Cuentan que en la isla de Kóoch, apenas nacido Elal, una Tuco-Tuco lo oculto en su cueva para salvarlo de la furia de su padre, que lo buscaba para matarlo. Sin embargo Terr-Werr, la Tuco-Tuco, sabia que el escondite era inseguro y que tarde o temprano el gigante Nóshtex devoraría al bebe, para impedir que un día se volviera mas poderoso que el. Pero para salvar al niño la Tuco-Tuco necesitaba ayuda, y al primero que recurrió fue a Kiken, el chingolo.
Cerca de la laguna, Terr-Werr encontró a Kiken, que avanzo a los saltitos a su encuentro. La Tuco-Tuco le dijo que necesitaba hablar con el cisne, que nadaba muchos metros agua adentro, y le pidió por favor que volara hasta él y lo llamara. El chingolo cumplió con este primer encargo, y del mismo modo fue convocado a todos los animales para que se reunieran en la asamblea donde se decidiría el destino de Elal. Y por eso que aun hoy Kiken es amigo de todos, hombres y animales, cualquier sitio es su casa y es el primero en cantar cuando llega el amanecer.
Una vez reunidos los animales, Terr-Werr les contó a todos de la existencia de Elal, de cómo lo había salvado arrastrándolo hasta su cueva, de cómo Nóshtex, su padre, furioso, removía las rocas de la gruta para descubrirlo, de que el peligro era enorme...
Entonces Kíus, el cholo, pidió la palabra a la asamblea, y dijo:
- Fuera de la isla, hacia el oeste, más allá del mar, hay una tierra que solo yo conozco. Podemos mandar el niño allí, y de este modo Noshtex nunca podría alcanzarlo.
Y así se hizo, porque a todos les pareció bien la idea de Kíus.
Pero esa tierra desierta, la Patagonia, era el reino de Shíe, la nieve, y de Kókeske, el Frío.
Los dos hermanos, siempre juntos, siempre de acuerdo, recorrían permanentemente su territorio. Shíe llegaba quedamente, deshaciendo en motas su vestido blanco, acolchando las rocas y tachonando el mar. Luego Kokeske endurecía la nieve caída y la volvía filosa, brillante y resbaladiza. A veces convocaban a Máip, el viento helado, que jugaba con Shíe haciéndola volar y corría con Kókeske carreras velocísimas.
Los amos de la Patagonia se pusieron furiosos cuando descubrieron a Elal, que bajaba del cerro Chaltén, donde lo había dejado el cisne, para vivir en esa tierra y cambiarlo todo.
A pesar de que los dos hermanos atacaron al niño con todo su poder, no pudieron vencerlo y para siempre le guardaron rencor, a el y al Chorlo, que había trazado el camino del invasor.
Por eso Kíus solo vive en la Patagonia mientras el tiempo es cálido; emigra hacia el norte cuando el invierno se acerca, temeroso de la venganza de Kókeske y Shíe.
Kápenk-och era un pájaro negruzco, le gustaba caminar por la tierra buscando su alimento o posarse con su compañera en un arbusto bajo, cantando y silbando a los cuatro vientos. Él fue el encargado de distraer al padre de Elal, el gigante Nóshtex, mientras Terr-Werr se dedicaba a los últimos preparativos de la fuga.
El gigante, pisoteando los matorrales, recorría la isla en busca de su hijo, y Kápenk-och lo seguía volando bajo de rama en rama, aturdiéndolo con sus silbidos agudos y revoloteándole alrededor. Ya se acercaban al punto de la laguna desde donde partiría Elal cuando Nóshtex, irritado, ordeno al pajarito: - Cállate!!!
Pero Kápenk-och siguió cantando, cada vez mas fuerte.
Entonces el gigante grito: - Cállate de una vez, te digo!!!!! – y al mismo tiempo le arrojo una rama, de modo que una gruesa astilla se clavo en el pecho claro del pajarito.
Kápenk-och dio un grito de dolor y se escapo sangrando, mientras Nóshtex daba media vuelta fastidiando hacia su caverna.
Cuando el pajarito, desfalleciente, llego a la laguna, Elal curo con cuidado su pecho tembloroso, y dispuso que ostentara para siempre en el, como una insignia, el violento y hermoso color de la sangre. Y así distinguimos todos al pecho-colorado.
Cuando Terr-Werr, la Tuco-Tuco, mando llamar a todos los animales, le pidió al piche que buscara al flamenco para que fuera él, una de las aves más grandes, el encargado de transportar a Elal en su viaje hacia la Patagonia.
Cuentan que el pinche fue a buscar diligentemente a la otra orilla de la laguna, pero en el camino se encontró con un gigante que se detuvo a observarlo. Entonces el animalito quiso disimular su apuro, se puso a husmear la tierra y así, como quien no quiere la cosa, logro esconderse entre los juncales. Allí permaneció hasta que estuvo seguro de que el gigante se había ido y solo entonces retomo el camino.
Finalmente encontró al flamenco, que caminaba en círculos a grandes pasos removiendo el agua, muy cerca de la orilla.
Recibido el mensaje, el flamenco se apuro a cruzar la laguna para ir en busca de Elal, pero cuando llego ya el niño se trepaba a las blancas espaldas del cisne. Dicen que su desilusión fue tan grande que no dijo nada y, parado en donde estaba, se quedo quieto, muy quieto, doblando su ágil cuello y ocultando su cabeza debajo de un ala.
Entonces Elal, conmovido, quiso compensarlo con un regalo. Inspirado por la visión deslumbrante del horizonte teñido por la aurora, pinto para siempre sus plumas con el color rosado del amanecer.
Pero el cambio no calmo la pena del flamenco y, después de seguir a Elal detrás del cisne en su vuelo sobre el mar, se refugio en las ocultas lagunas de la Patagonia, donde vive rodeado únicamente de los suyos y se pasea con el cuello curvo y la cabeza gacha, para que nadie advierta su mirada de tristeza.
Otro que llego tarde a la cita de Elal fue Mexeush, el choique. Cuando Patenk, el zorro, fue a avisarle que el niño lo esperaba en la orilla de la laguna, tuvo intenciones de ir a su encuentro. Estaba por echarse a volar cuando advirtió que se acercaba uno de los gigantes; entonces, acobardado, decidió ir caminando en dirección opuesta y dar un rodeo. Cuando finalmente llego a donde todos lo esperaban, Elal, enojado, lo castigo quitándole la facultad de volar.
Por eso Mexeush, a pesar de que sus alas son grandes y poderosas, no puede planear como el con el cóndor por encima de las cumbres, ni seguir a las canoas por el mar como los cormoranes, ni revolotear de mata en mata como los chingolos.
Tiene que conformarse con correr, velocísimo, por la estepa, agitando vanamente sus alas inútiles.
Dicen que cuando los animales, reunidos en asamblea por el llamado de Terr-Werr, decidieron salvar a Elal enviándolo a la Patagonia, pensaron en que solamente tres aves reunían las condiciones necesarias para poder cruzar el mar llevando en su lomo al niño hasta su tierra. Por eso Terr-Werr convoco al cisne, al choique y al flamenco.
Pero, mientras los dos últimos se dirigían con retraso a la cita con Elal, Kòokne, el cisne, avisado por el chingolo, nado derechamente hacia el escondite y accedió sin vacilar al pedido del tuco-tuco.
Mientras escuchaba las indicaciones de Kius, y Terr-Werr, el cisne esponjo las blancas plumas de su espalda para recibir a Elal, que se acomodo allí como en un nido.
Carreteo un buen trecho por el campo y, con un grito de despedida, se elevo en el aire rumbo al oeste, con su vuelo vigoroso y sostenido, que parecía incansable. Nadie conoce los detalles del viaje, pero dicen los tehuelches que fue durante su transcurso que el niño y el cisne se hicieron amigos para siempre. Que fue allí, en las alturas, donde Kòokne llamo “Elal” por primera vez a esa criatura sin nombre.
Elal y el cisne volaron dejando atrás la isla, por encima del mar inmenso, hasta avistar la montaña azul de la que les había hablado Kìus. Allí, en la cumbre del Chaitén, se poso Kòokne y cuido a Elal durante tres días y tres noches, hasta que estuvo listo para bajar y comenzar su obra en la Patagonia.
Entonces el cisne se retiro a las lagunas y a las costas del mar, desde donde se dice que en todos los amaneceres recuerda a Elal y lo llama con un grito.
Así paso mucho tiempo y, una vez terminada su obra civilizadora, cuando Elal decidió marcharse de la Patagonia, volvió a buscar a Kòokne. Dicen que el héroe monto en el cisne y se fue volando, siempre hacia el este.
Cuentan que cuando Kòokne estaba cansado se lo decía a Elal, y el jinete lanzaba una flecha hacia el mar .
En ese punto surgía una isla, a donde Kòokne se posaba para recuperar sus fuerzas.
Por eso los cisnes son sagrados para los tehuelches. No los cazan ni los domestican para no atraerse la desgracia y, cuando un cisne muere, ni siquiera los cóndores y otras aves carroñeras se animan a despedazar su cadáver. Así lo dispuso la voluntad de Elal.
Dicen que al principio los tehuelches enseñaban a sus hijos a cuidarse del cóndor, que de vez en cuando sorprendía en el cerro a un chico solitario y se lo llevaba para siempre a su guarida.
Elal, que tenia en ese entonces cuatro años, estaba un día echado boca arriba, mirando el cielo abierto, donde las nubes se unían y separaban en una ronda interminable, cuando vio un punto oscuro y lejano que, balanceándose, se acercaba cada vez mas.
Por la manera de planear, tardo un poco un reconocer al cóndor, entonces preparo una flechita para calzar en el pequeño arco que había fabricado y acostado, como estaba, apunto hacia arriba, hacia el vientre negro del gran pájaro que descendía. La flecha dio en el blanco y el cóndor bajo aleteando ensordecedoramente hasta donde estaba Elal, que le dijo: - solamente quiero que me des una pluma.
El cóndor gritaba: - No te voy a dar! No te voy a dar!
Y entonces Elal, de un manotón de su pequeña mano, le arranco todas las plumas de la cabeza y lo dejo pelado, tal como lo conocemos hoy.
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lunes, 15 de febrero de 2010
EL CHAJÁ
Era una tarde sofocante de verano, Yasy (la luna) bajo la apariencia de dulce madre, con un hermoso niño de la mano, iba por la selva.
Tupá le había encomendado que averiguara cuales eran, entre los seres humanos, los buenos y los malos.
Torturados por la sed llegaron a un arroyo donde dos mujeres lavaban ropas. Yasy les pidió agua para ella y para el niño que padecía horriblemente.
Las lavanderas le señalaron la corriente enturbiada por su trabajo.
Inútiles fueron sus ruegos, inútil el llanto lastimero del niño.
Yasy se retiraba cabizbaja cuando llegaron los esposos de las lavanderas y la llamaron ofreciéndole agua en una calabaza.
Se aproximó presurosa, apremiada por el llanto del niño, pero no pudo beber: lo que le ofrecían era agua de jabón.
Los cuatro se reían de la pobre forastera, cuando les llegó el terrible castigo de Tupá: fueron metamorfoseándose en aves.
Al notar el cambio, una de las lavanderas quiso pedir perdón, pero sólo pudo exclamar: ¡Cha-jhá! (vamos), y los cuatro se alejaron chillando: ¡Cha-jhá! ¡Cha-jhá!!.
Desde entonces, en castigo de su impiedad, se vieron condenados a vivir por parejas entre las aguas cenagosas y su carne es fofa y con gusto semejante al de la espuma de jabón.
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lunes, 11 de enero de 2010
EL UCUMAR
Es un ser con apariencia de hombre petiso y panzón.
Tiene el cuerpo todo cubierto de pelos con manos y pies muy grandes.
Se dice que posee una fuerza extraordinaria y que sus gruñidos ensordecen.
También se dice que es un oso y, a veces un hombre-oso, con los pies al revés. Sus correrías, siempre galantes, se desarrollan por todo el Noroeste y Noreste de Argentina.
Rapta mujeres para tener hijos.
El Ucumar también puede ser hembra, caso en el que obliga a los mozos a fecundarla.
Si los perros lo atacan, se defiende a garrotazos.
Se lo ha visto en la zona de pedemonte, por lo que se piensa que vive en cuevas de las montañas.
En Salta, se intentó ubicar a los ucumari conocidos como los únicos osos de Sudamérica, que habitaron, según se cree, hace miles de años.
Tenían un collar blanco y todas las características de los úrsidos europeos.
También se cree que es el oso de anteojos, difundido en parte de América del Sur, pudo haber sido el inspirador de este particular ser mitológico.

El Dr. Manuel Lizondo Borda, en su Estudio de las, Voces Tucumanas, (Derivadas del Quichua), explica así este vocablo: "Llamábase así a un hombre casi bestial, feo, peludo, que vivía en los montes tucumanos, hace varios anos, y que ocupó mucho la atención pública hasta que fue preso por las autoridades: Se le atribuían raptos de muchachas. (Con este nombre se asustaba a los chicos, para quienes significaba algo así como, el monstruo)".
Marcelo Mirabal, de Jujuy, cuenta esta versión: en la zona de las Yungas es muy conocido el Ucumar, al que también se le llama “UKUMAN” enuncia que proviene de la voz quichua y quiere decir “cuerpo, parte material de un ser animado”.
Esta aparente disidencia con el Dr. Borda puede ser debido a los diferentes préstamos lingüísticos existentes en cada región.
Eso es lo que era: sólo un cuerpo. Un cuerpo horrible sin alma aparente. Las cosas tan feas tienen prohibido rondar por el abanico de los sentimientos. Y era mujer, cubierta de pelos negros, largos, sucios, duros, pero elásticos.
De las líneas de su rostro sólo se destacaban dos ojos pequeños, intensos, oscuros y hundidos. Los pelos que le nacían en la frente caían sobre la nariz y la boca, separados apenas por bufidos y manotazos a uno y otro lado.
La boca era un tajo enorme y baboso, y los dientes salidos, aislados unos de otros, cada cual con su propio ángulo.
Si tenía senos o no era cuestión de polémica entre los habitantes de la aldea, mitad selva mitad andes.
Cuando nació, su padre quiso ahogarla. La madre, la protegió entre sus brazos y no la abandonó nunca. Tuvo más amor por el pequeño monstruo que por sus cinco hermosos hijos anteriores.
Por su celo y por su pena fue quedando sola y enfermó. Mientras agonizaba, con más fuerza que nunca abrazó y miró a ese cuerpo extraño que ella había parido.
Arrancaron de su cuerpo, rígido ya el engendro que bramaba y aullaba.
Quiso la suerte que fuera arrojada a un rincón de la enorme choza, hasta tanto se cumplieran los ritos funerarios con la madre.
Cuando regresaron los hermanos y el padre sin saber que hacer, entre los murmullos de la otra gente, la encontraron acurrucada y lanzado sonidos extraños, como si llorara.
No fue por misericordia que salvo la vida, había miedo en la choza.
Como no se le veían órganos genitales, pero sus piernas se manchaban de rojo cada luna, fue la “ucumara”.
Se hizo enorme, hosca y gruñona y al parecer, temerosa.
Uno de los hombres de la aldea, de su mismo tiempo, entre crepúsculos y soledades se acercaba furtivo a la aldea-choza con creciente asiduidad. No temía ni lo inmutaban los gruñidos y saltos ostentosos con que la “ucumara” retribuía sus visitas, que eran breves, pero tensas. Un día le arrojó frutas y otro día un trozo de carne humana. La tribu devoraba a los prisioneros de guerra y el dueño del enemigo muerto era el dueño del banquete.
La “ucumara” comió y no dejó restos. Estaba entendido entonces que apreciaba el obsequio y por consiguiente el hombre lo repitió tantas veces como pudo, recibiendo en pagos gruñidos más suspirados, saltos menos agresivos.
Un día la aldea en pleno se encaminó al río distante, para cumplir la ceremonia anual de adoración a la creciente tumultuosa y atronadora que traía el deshielo de las cumbres blancas.
El hombre regresó, eligiendo rincones para no ser visto y luego de una lucha feroz, violó a la “ucumara”.
A partir de entonces su hosquedad fue total y su furia aumentó. Odió a los hombres y al mundo circundante. Las piedras de su choza desaparecieron, arrojadas con increíble fuerza contra todo ser viviente que se aproximara.
Cuando no tuvo más piedras, huyó.
Regresó una tarde tormentosa y raptó a su violador sin que nadie se atreviera a detenerla, menos aún la víctima, vencida su resistencia a golpes y arrastrado de una pierna por los peñascos y huaycos hasta la pétrea guarida donde, imaginamos, llegó mas muerto que vivo.
Allí tuvo que elegir entre la vida y las nupcias: escogió el amor, y por un tiempo su ritmo fue el ritmo de la “ucumara” que, ya grávida y desconcertada, con el abdomen hinchado y palpitante, pensaba más en sí, que en su complaciente prisionero.
Un día creyó encontrar oportunidad, cuando el monstruo gemía con los dolores del parto.
Huyó de la caverna, rápido y temeroso, pero la “ucumara” entre rugidos y dolor, lo alcanzó. Le arrancó la cabeza y arrastró el cuerpo de su amor hasta la caverna.
Entre llantos y convulsiones se lo comió.
Poco después nació otra UCUMARA, toda cubierta de pelos, negros, duros, pero elásticos, de la cabeza a los pies. Amamantó a su hija, le enseñó a comer carne roja y cuando el retoño ya cazaba con sus manos, con un rugido del alma, murió de muerte sencilla y se fue al cielo de los monstruos, en la paz de la montaña.
La leyenda se bifurca a partir del nacimiento del UCUMAR.
Una vertiente afirma que el llanto del monstruo, por la muerte de su madre, era tan fuerte y desgarrados que llegó a los oídos de Wiracocha –espuma de mar- dios blanco de largas barbas rubias que gobernaba el Cuzco y para calmar su pena, le prometió la inmortalidad.
Otro venero mitológico sostiene que Wiracocha se presentó al ucumar y para castigarlo por sus crímenes y lascivia, le dio la vida eterna vagando por los cerros y selvas.
Así también lapidan a los violadores sobre quienes pendía la permanente amenaza de ser devorados por el ucumar.
La leyenda, de origen peruano, está muy difundida en Salta y Jujuy.
En Jujuy se ubica al monstruo en los departamentos de San Pedro y Ledesma rondando los ingenios azucareros.
La imaginación popular lo hacía prisionero o accionista de uno de ellos.
Nota
Ucumar: voz quichua, quechua y aymara que significa, Oso
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miércoles, 2 de diciembre de 2009
EL ATAJACAMINOS
Su nombre científico: Hydropsalis torquata furcifera, en Argentina lo encontramos en Misiones, Chaco Formosa, N.O. y San Luis hasta
En Perú se lo denomina Chotacabras, en nuestro país también se lo conoce como dormilón de cola larga.
En Santiago del Estero es conocido como Yanarca.
Habitante de sectores de matorrales de ecotono, estepas arbustivas, claros del bosque y los caminos de esos ambientes.
Come invertebrados.
Es de hábitos nocturnos y de canto muy monótono, hacia la hora del crepúsculo se sitúa en los caminos para salirle de repente a los transeúntes.
Cuenta Félix Coluccio que en algunas regiones traducen el canto del atajacaminos como "chorizo gordo" o "clarito había sido", en alusión a la añapa de algarrobo que no es suficientemente espesa como a él le gusta.
Es un pájaro de plumaje negro y del tamaño de un zorzal, con un grito áspero que según la leyenda es un brujo transformado.
Su grito dice: piruí-piruí, y se tiende en los caminos fingiendo estar muerto, según la leyenda su canto anuncia la muerte próxima de los que lo oyen.
En otros lados se cuenta que el atajacaminos era un gaucho bandido, que asaltaba caminos y que fue condenado a vivir así, a la vera del camino y perpetuo sobresalto.
Se dice también que sobre los huevos de este animal existe la creencia de que al que los saca de su nido les produce un adormecimiento casi cataléptico.
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viernes, 27 de noviembre de 2009
EL BENTEVEO
Cuando Akitá y Mondorí se casaron, ocuparon una cabaña construida con varios horcones clavados en la tierra y cubiertos con ramas y con hojas de palmera.
La nueva oga mí estaba en plena selva misionera.
Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.
Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la edad y las enfermedades habían restado energías y capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que le era posible.
Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al presente contaba ocho años.
Una de las tareas del abuelo, y que por cierto cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse de la cabaña.
Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto.
Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha y nada había que distrajera más al niño que ir con él a pescar a la costa del río.
Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo mostrarles el surubí, el pirayú, el pacú o el patí que habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando en un asador de madera dura.
Otras veces, era una vasija repleta de miel de lechiguana que lograran en el bosque no sin grandes esfuerzos.
Para el pobre tuyá no había más deseos que los de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios, muchas veces, su mayor felicidad era complacerlo.
Valido de tanta condescendencia, el niño era un pequeño tirano que no admitía peros ni réplicas a sus exigencias.
Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos de la incapacidad del abuelo, restringían sus pretensiones, Sagua-á se reprimía.
A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.
Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para su nieto.
Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.
Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el niño no se movía de su lado, dejaban tranquilos la cabaña para cumplir su trabajo en el algodonal.
El anciano, por su parte, jamás había dicho una palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar a sus hijos.
Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más que de costumbre en sus correrías por el bosque con otros niños de su edad y al llegar Akitá y su tembirecó Mondorí a la cabaña, hallaron al abuelo que no había probado alimento por no haber tenido quien se lo alcanzara.
Sus piernas ya no le respondían y era incapaz de moverse sin la ayuda de otra persona.
Indignado Akitá quiso conocer el comportamiento de su hijo en días anteriores, haciendo preguntas al abuelo; pero éste, pensando siempre en el nieto con benevolencia y cariño, contestó con evasivas, evitando acusarlo y encontrando en cambio disculpas que justificaron su alejamiento.
Cuando Sagua-á llegó corriendo y sofocado, tratando de adelantarse al arribo de sus padres, Akitá lo reprendió duramente, enrostrándole su mal proceder, su falta de piedad y de agradecimiento hacia el pobre abuelo que tanto le quería y que no había hecho otra cosa que complacerlo siempre.
Sagua-á nada respondió. Bajó la cabeza y su rostro adquirió una expresión de ira contenida. En su interior no daba la razón a su padre sino que, por el contrario, juzgaba injusto su proceder.
¿Por qué él, sano y fuerte, que podía correr por el bosque, trepar a los árboles, recoger frutos y miel silvestre, o llegar a la costa, echar el anzuelo y pescar apetitosos peces, debía quedarse allí, quieto, junto a una persona inmóvil?
¿Acaso al abuelo, cuando podía caminar, no le gustaba acompañarlo en sus excursiones?
¿Qué culpa tenía él, ahora, de que no pudiera hacerlo?
Y en último caso, si no podía caminar, que se quedara el abuelo en la cabaña, que él, por su parte, nada podía remediar quedándose también.
El tirano egoísta había aparecido en estas reflexiones, que si bien no exteriorizó con palabras, lo decían bien a las claras su ceño fruncido y su expresión airada que en ningún momento trató de disimular.
Desde entonces, varios días se quedó la madre en la cabaña. El padre iba solo a trabajar.
El abuelo se había agravado y ya no podía abandonar el lecho de ramas y de hojas de palma.
Era necesario atenderlo y alcanzarle los alimentos, pues él era incapaz de moverse por su voluntad.
Ese día muy temprano, cuando las estrellas aun brillaban en el cielo, Akitá salió a trabajar. Su tembirecó iría algo más tarde pues era imprescindible su ayuda ese día. Sagua-á quedaría cuidando al abuelo.
Cuando despuntaba la aurora, Mondorí consideró que era hora de salir. Antes de hacerlo, despertó a su hijo que dormía profundamente.
El niño se despertó de mala gana, refregándose los ojos con el dorso de sus manos. Malhumorado al tener que dejar el lecho tan temprano, respondió irritado al llamado de la madre:
-¡Qué quieres! ¿No puedes dejarme dormir?
-No seas egoísta, Sagua-á. Tu abuelo no puede quedar solo y además es necesario atenderlo. Su enfermedad le impide moverse por su voluntad y es justo que se lo cuide. Tu padre y yo debemos trabajar y tú tienes la obligación de dedicarte al pobre abuelo enfermo.
-¿Por qué tengo que atenderlo? -insistió iracundo-.
¡Yo había decidido ir al río a pescar y por culpa de él debo quedarme acá como si estuviera prisionero!
¡Ya he preparado la igá y yo iré a pescar!
¡El abuelo no necesita nada!
-¡No seas malo, Sagua-á! Recuerda que tu abuelo fue siempre muy bueno contigo y que sólo bondades y mimos has recibido de él. Ahora te necesita, ¡es justo que le dediques tu atención! ¡Te prohíbo que te muevas de casa! ¡Ya irás a pescar cuando hayamos vuelto tu padre y yo!
-¿Exiges que me quede? Muy bien... ¡me quedaré!
¡Pero te aseguro que no me obligarán a hacerlo otra vez! -concluyó amenazante el desesperado Sagua-á.
Triste se fue Mondorí al reconocer los sentimientos mezquinos que dominaban a su hijo.
Mientras iba caminando, pensó en Sagua-á cuando era pequeñito y recordó la bondad que albergaba entonces su corazón...
Con su manecita tierna acariciaba a los animalitos que se acercaban a la cabaña en busca de alimento y a los que era capaz de dar lo que él estaba comiendo...
Y no olvidaba el día cuando, entre dos de sus deditos traía una florecilla silvestre cortada por él mismo que le entregó mirándola con expresión tan alegre y orgullosa como si le hubiera dado un tesoro...
¡Cómo había cambiado su hijo!
¡Qué malos sentimientos se habían apoderado de su alma!
¿Cuál sería la causa de este cambio?
Temió la madre por él. Tupá, el Dios que premiaba a los buenos, no dejaba sin castigo a los malos.
¿Qué tendría reservado para Sagua-á?
Dominada por tan tristes pensamientos hizo el camino hasta la plantación de algodón, donde su marido ya estaba trabajando desde tan temprano, y lamentó que la inminencia de la recolección no le hubiera permitido quedarse junto al abuelo enfermo.
No tenía confianza en que Sagua-á le prestara la atención necesaria.
Mientras tanto, allá, en la cabaña de la selva misionera, su triste presentimiento se cumplía.
Sagua-á obedeció a su madre: no se movió de la casa; pero se dedicó a arreglar sus útiles de pesca y a preparar los elementos que utilizaría al día siguiente cuando pudiera ir al río como él deseaba.
Del pobre abuelo ni se acordó siquiera.
En cierto momento oyó que lo llamaba con voz débil y entrecortada:
-¡Sagua-á...!
¡Sa... gua...á...!
Malhumorado el niño al verse molestado e interrumpido en su ocupación de mala gana respondió:
-¿Qué quieres? ¡Ya voy!
Pero ni se movió.
El anciano, mientras tanto, se debatía en su lecho con un desasosiego que crecía por momentos.
Sagua-á oyó que lo volvía a llamar:
-¡Ven... Sa...gua...á...!
¡Ven... por... favor...!
Acudió por fin el niño de mala gana.
Cuando estuvo junto al inimbé donde yacía el enfermo, airado volvió a preguntar:
-¿Qué quieres?
-¡Alcánzame un poco de agua...!
-¿Tu vida se apaga?
¿Se apaga como un cachimbo?
-y continuó riendo divertido por la gracia que le habían hecho sus propias palabras.
-Sí... mi vida se apaga... como un pito güé...
Alcánzame un poco de agua...
Hazme ese favor...
Pero el desalmado, sólo pensaba en reír y repetía sin cesar:
-Pito güé... Pito güé...
El viejo, mientras tanto, llegados sus últimos momentos, con los labios resecos, vencido por una sed abrasadora, expiró.
Al mismo tiempo el niño, que asistía impasible a la escena, continuaba repitiendo las palabras que le habían hecho tanta gracia:
-Pito güé... Pito güé...
Nada le hizo pensar en la transformación que se producía en esos momentos en él.
Su cuerpo se achicaba, se achicaba más y más, cubriéndose de plumas de color pardo. Su cabeza, ya pequeñita, se alargaba y su boca se transformaba en un pico con el que hallaba cierta dificultad para seguir gritando:
-Pito güé... Pito güé...
Momentos después, en la cabaña, sobre su lecho de palma yacía exánime el anciano, mientras en un rincón, junto a la ventana, un pájaro de lomo pardo y pecho amarillo, que tenía una mancha blanca en la cabeza, no cesaba de repetir:
-Pito güé... Pito güé...
Era Sagua-á, que, castigado por su egoísmo y su mal proceder, fue transformado en ave por uno de los genios buenos que enviaba Tupá a la tierra. Ellos eran los encargados de premiar a los buenos y dar, a los malos, su merecido.
Cuando Akitá y Mondoví volvieron, encontraron al anciano muerto en su inimbé.
En el momento de entrar, un pájaro de plumaje pardo y amarillo voló pesadamente, saliendo de la habitación por la abertura de la puerta.
Una vez en el exterior, parado en una rama del jacarandá que crecía junto a la cabaña, no dejaba de gritar con tono lastimero:
-Pi...to güé... Pi...to güé... Pi...to güé...
Este, decían los guaraníes, había sido el origen de nuestro benteveo, al que ellos llamaban pito güé, imitando su grito, en el que creían ver reproducidas las palabras que causaran tanta gracia al pequeño egoísta cuando las oyó de labios del abuelo moribundo.
Referencias
El benteveo es un pájaro americano de treinta centímetros de longitud más o menos.
Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte del pecho son blancos; el resto de este último y el abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce también en el copete, que termina en negro.
El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es tan largo como la cabeza, terminando en un gancho bien pronunciado.
Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.
Aunque se alimenta también de lombrices y de otros gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente puede vivir en cautividad.
Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con lanas, ramitas y pajas en horquetas o en las ramas de los árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos de color amarillento con manchas parduscas.
Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente cerca de poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que otros pájaros.
Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que obliga a alejarse de las cercanías de su nido, favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las aves de corral.
Su grito agudo y prolongado, en el que algunos creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá, quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre que lleva y que varía según las diferentes regiones que habita.
En Argentina vive desde Buenos Aires, San Luis y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones.
En algunos lugares se tiene la creencia que cuando el benteveo grita al mediodía, junto a una casa, avisa la llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas extrañas.
En otras partes atribuyen su grito cerca de una casa a un anuncio de nacimiento.
Vocabulario:
Akitá: Terrón.
Mondorí: Cierta clase de abeja.
Tuyá: Anciano, viejo.
Pirayú: Dorado (pez).
Pacú: Pez grande de agua dulce.
Patí: Pez grande sin escamas.
Surubí: Especie de bagre grande.
Sagua-á: Arisco.
Cuminí: Niño.
Tembirecó: Esposa.
Igá: Canoa.
Inimbé: Lecho.
Pito Güé: Cachimbo que fue
Tupá: Dios bueno
Oga mí: Casita
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