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miércoles, 29 de julio de 2009

TUPAC AMARU Y LA EMANCIPACIÓN AMERICANA

Túpac Amaru II en un fresco de Tadeo Escalante.
Foto: Wilfredo Loayza.


La batalla de Sangarará: día de redención americana

Finalmente, en el apogeo de la primera Independencia americana, Túpac Amaru derrotó a las tropas españolas en la batalla de Sangarará el 18 de noviembre de 1780. Tal vez el máximo día de libertad e independencia americana desde la llegada de los españoles hasta entonces.

El terror se apoderó de los ibéricos:

"La tropa al mando del señor mariscal de campo, don José del Valle, volvió al Cuzco muy disminuida por muertos y desertores, y los que entraron en dicha ciudad causaban compasión, viéndolos cubiertos de piojos, muchos o los más descalzos y otros envueltos en pellejos. Fueron a alojarse en los hospitales, porque de los malos alimentos estaban padeciendo disentería; no tuvieron un colchón, casa de medicina, ni médicos para la curación de los enfermos, y las tiendas de campaña estaban hechas pedazos, de podridas y maltratadas. Dicen que no se puede leer sin lágrimas los diarios de los señores Valle y Avilés, y conviene en que aquellos infelices que dejaron el bello temperamento de Lima, la quietud y regalo de sus casas para servir al rey, como sus buenos vasallos, no han sido pagados."

Los españoles del Cuzco estaban espantados; no sólo se refugiaban en las Iglesias, sino que "pedían a los sacristanes les franqueasen las bóvedas para sepultarse vivos."

La pavura realista, llegó hasta Buenos Aires, donde el fiscal del Virreinato, doctor Pacheco, lanzó una proclama contra la rebelión: "Cree el fiscal poderse declarar por rebelde al cacique Túpac Amaru, y en caso no se entregue, o le entreguen sus partidarios a las reconvenciones o requerimientos que permitan las situaciones de cada partido, autorizarse a todo vasallo del Rey, tanto del partido rebelde como del que pase a subyugarle, para que le aprendan o maten para la más cabal inteligencia de aquel excelentísimo señor Virrey, y que las tropas de una y otra parte procedan con la mayor armonía. Buenos Aires y enero 15 de 1781." (1) (pag151)

Y pues, el indio ha exhortado
a criollos, atrevido;
a seguir el vil partido
que alevoso se ha fraguado,
para que entienda el alzado
que a todas luces se engaña.
Criollo es el que desengaña
y exhorta a la recia plebe,
que sólo conocer debe
por Padre y Rey al de España.

(Panfleto arequipeño español) (pag417)


Pero el terror de los españoles, no residía sólo en la posibilidad de perder la vida a manos de los esclavizados indios, sino en algo mucho peor para la hidalga raza ibérica: tener que trabajar con sus propias manos, la peor de las maldiciones para un señorito, caballero o hijodalgo español, que tenía prohibido ejercer oficios "serviles".

Nos hicieran (los victoriosos indios) trabajar
del modo que ellos trabajan.
Y cuanto ahora los rebajan, nos hicieran rebajar.
Ande pudiera esperar
casa, hacienda ni esplendores,
ninguno alcanzara honores,
todos fueran plebeyos.
Fuéramos los indios de ellos
y ellos fueran los señores.

(Copla colonial española-fragmento) (2)(pag412)


Luego del triunfo de Sangarará, Túpac Amaru expidió un mensaje a los pueblos del Perú, volviendo a convocar a los criollos a la unidad con la causa india: "Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles, criollos, mestizos, zambos e indios, por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen."

Relato español del regreso de las tropas imperiales vencidas en Sangarará) pag153, pag 151 cita original de De Angelis Pedro, Colección de obras y documentos…

Por Alberto Lapolla
agrolapolla@yahoo.com.ar
Ingeniero Agrónomo Fitotecnista (UBA)
Experto en Genética Vegetal
Historiador
Docente de la Universidad de La Matanza
Ex – Docente de la UBA
Autor de artículos y trabajos sobre la Problemática Agropecuaria Ambiental
Relato de dos Relaciones españolas de la época (2) (Pag420-421)

Imagen
amautacuna.blogspot.com

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2009/07/tupac-amaru-y-la-emancipacion-americana.html
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lunes, 27 de julio de 2009

TUPAC AMARU Y LA EMANCIPACIÓN AMERICANA




Túpac Amaru proclama la Independencia americana

Luego de liberar obrajes, indios esclavos y ejecutar corregidores, Túpac Amaru hizo públicas reiteradas proclamas, reclamando la libertad e Independencia de los pueblos de América.

Su proclama más difundida es, sin dudas, uno de los documentos preliminares de nuestra Independencia; la misma casi repite los argumentos del Manifiesto por la Independencia de América, de Juan Vélez de Córdova, proclamados en la Revolución India-Criolla de Oruro del 8 de julio 1739. Por supuesto, Vélez de Córdova sufrió la misma suerte de Túpac Amaru, a manos de los piadosos opresores españoles.

La diferencia entre el proyecto de Condorcanqui y el que luego triunfaría en el siglo siguiente, radica en que él proponía una nación India-mestiza-criolla, con hegemonía indígena, y no una nación hispano-blanca-criolla-británica, con exterminio y genocidio permanente del indio, como luego seríamos.

"Yo Don José I por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santa Fe (Bogotá), Quito, Chile, Buenos Aires, y continentes de los mares del sud, duque de la Superlativa, señor de los Césares y Amazonas con dominio en el gran Paititi, Comisario distribuidor de la piedad divina por erario sin par, etc. Por cuanto es acordado en mi Consejo por junta prolija por repetidas ocasiones, ya secreta, ya pública, que los Reyes de Castilla me han tenido usurpada la corona y dominio de mis gentes, cerca de tres siglos, pensionándome los vasallos con insoportables gabelas, tributos piezas, lanzas, aduanas, alcabalas, estancos, catastros, diezmos, quintos, virreyes, audiencias, corregidores, y demás ministros, todos iguales en la tiranía, vendiendo la justicia, en almoneda con los escribanos de esta fe a quien más puja y a quien más da, entrando en esto los empleos eclesiásticos y seculares, sin temor de Dios, estropeando como a bestias a los naturales del reino; quitando la vida a todos los que no supieron robar, todo digno del más severo reparo. Por eso y por los clamores que con generalidad han llegado al cielo, en el nombre de Dios Todopoderoso, ordenamos y mandamos que ninguna de las personas dichas, pague ni obedezca en cosa alguna a los ministros europeos intrusos, y sólo se deberá tener todo respeto al sacerdocio, pagándole el diezmo y la primicia como, que se da a Dios inmediatamente, y el tributo y el quinto a su Rey y Señor natural, y esto con la moderación con que se hará saber, con las demás leyes de observar y guardar. Y para el pronto remedio de todo lo suso expresado, mando se reitere y se publique la jura hecha a mi Real Corona en todas las ciudades, villas y lugares de mis dominios, dándome parte con toda la verdad de los vasallos prontos y fieles para el premio igual, y de los que se rebelaren, para la pena que les compite remitiéndonos la jura hecha, con razón de cuanto nos conduzca, etc."

Por Alberto Lapolla
agrolapolla@yahoo.com.ar
Ingeniero Agrónomo Fitotecnista (UBA)
Experto en Genética Vegetal
Historiador
Docente de la Universidad de La Matanza
Ex – Docente de la UBA
Autor de artículos y trabajos sobre la Problemática Agropecuaria Ambiental
Relato de dos Relaciones españolas de la época (2)(Pag420-421)

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cehmp.org

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viernes, 10 de julio de 2009

EL FANTASMA DE LA ESQUINA DE LAS MONJAS

En aquella época colonial en la que, según opinión de un reconocido autor, el diablo andaba suelto y los fantasmas proliferaban por todas partes, generalmente había detrás de cada uno de ellos una historia o una leyenda como la que se suscitó en nuestra ciudad alrededor de la llamada "Esquina de las Monjas".

Tan pronto anochecía nadie se atrevía a pasar por la Esquina de las Monjas ubicada en ese entonces en la intersección de las calles Bernardo Valdivieso y 10 de Agosto, debido al terror que inspiraba una tétrica figura que allí se aparecía; y si la noche era obscura se destacaba más la figura de una masa informe que se movía en todas direcciones, mientras que si la noche era clara el fantasma brillaba a la luz de la luna como un bulto espectral al que nunca pudo vérsele la forma de su cara, ni sus brazos, ni sus pies…, nada que no fuere un enorme bulto blanco que inspiraba un indescriptible terror.

¿Qué misterio encerraba el fantasma de la Esquina de las Monjas?
Nadie se atrevía a encararlo. Todos huían despavoridos apenas escuchaban el rumor que escapaba del choque del viento con sus vestiduras y peor aún cuando su blanca figura se erguía imponente ante los desorbitados ojos del atrevido que osaba acercarse un poco más.

Así transcurrieron algunos meses y la ciudad estaba sobrecogida de temor. Pero un anoche en la que un grupo de jóvenes bebía y bromeaba alrededor de la mesa de una cantina, uno de ellos se levantó y dijo:

¡Vamos a pelear con el fantasma de la Esquina de las Monjas!

La mujer del cantinero se santiguó al escuchar semejante desacato, pero los otros jóvenes se pusieron de pie y llenos de euforia exclamaron:

¡Vamos!

No tardaron mucho tiempo en llegar al sitio elegido pues se encontraban cerca y para entonces la ciudad apenas tenía unas cuatro cuadras de ancho por el doble de largo. Mas cuando vieron de frente la blanca y espectral figura, retrocedieron amedrentados y pretendieron huir. Pero entonces escucharon la voz de su cabecilla que cerrando los ojos y tomando aliento gritó.

¡Alma de la otra vida!: ¿qué busacas en este mundo…?

Un silencio profundo fue la única respuesta cuando el viento empezó a agitar las vestiduras del fantasma, el joven abrió los ojos y se encontró con una sábana blanca que había sido estratégicamente colocada en lo alto de la Esquina de las Monjas para ahuyentar a los transeúntes. Al mismo tiempo un hombre salió furtivamente por una de las ojivas del campanario que quedaba justamente en dicha esquina y se dio a la fuga…

Una imprecación grosera salió entonces de los labios del valeroso joven que gritó a sus compañeros:

¡A él, amigos síganlo, que allí va el fantasma de la Esquina de las Monjas!

Y mientras ellos marchaban atrás del fugitivo, el joven cabecilla se introdujo al campanario por la misma ojiva por donde había visto salir al fantasma y allí se encontró con un bulto grácil y ligero que se apretujaba contra la pared como si quisiera desaparecer. Pensó proceder con el desprecio y la dureza de las circunstancias lo ameritaban, pero en ese instante una nube desgarrada dejó penetrar la luz de la luna por una de las ojivas del campanario e iluminó una faz pálida, hermosa y cubierta de lágrimas, lo cual lo hizo detenerse y su actitud hostil casi se troncó en reverencia.

Sin embargo, recordando al punto que esa mujer estuvo allí minutos antes con un hombre, volvió a sentir coraje y la obligó a descifrarle el enigma del fantasma.

Don Lucas Samaniego era entonces uno de los hombres más acaudalados de Loja. Heredó una gran fortuna y como en su hogar había un solo heredero, su hijo Santiago, no tuvo reparos en invertir gran parte de esa fortuna en educarlo de la mejor manera. Después de que terminó la educación primaria lo envió a la capital para que continuase los estudios secundarios y de allí paso nada menos que a París para seguir la carrera de medicina que había elegido.

Cuando regresó a Loja graduado de Médico todas las jovencitas suspiraban por él, pues a su profesión, a su fortuna y a su aire de elegancia que había adquirido en Francia, se sumaban sus cualidades morales y físicas que eran excelentes, todo lo cual hacía de él, definitivamente, el soltero más codiciado de la ciudad.

La familia de Santiago, por supuesto, ya le había elegido una novia entre las más distinguidas, bellas y acaudaladas damas de la alta sociedad lojana. Pero ello no impidió soñar con su amor a tantas lindas jovencitas que se hallaban en la flor de la edad, entre quienes se encontraba Amparito Espinosa, de familia decente pero pobre y que se enamoró perdidamente de Santiago desde el primer instante que lo conoció.

María Amparo no abrigaba ninguna esperanza de matrimonio con Santiago y simplemente lo amaba como se ama al amor, a la primavera, al sol y a la lluvia. Por eso se pasaba largas horas soñando con él ya sea en las noches que su amor le robaba el sueño o cuando se situaba en el balcón de su modesta casa sólo para verlo pasar. Al principio él ni siquiera se dignaba mirarla, pero cuando aquello ocurrió después de varios meses de constante espera se produjo el milagro de amor y comenzó un mudo idilio que jamás conoció de palabras bonitas, de promesas ni de nada… Sólo amor en la mirada de los dos que se atraían poderosamente en todos los sitios donde se encontraban y que más tarde el comenzó a buscar en sus ojos pasando repetidas veces frente al balconcito de su casa.

Al verla como se arreglaba y se ponía esplendorosa con el amor que el joven médico le inspiraba, su madre le repetía frecuentemente:

No te ilusiones, hija. Él nunca se casará contigo…

En medio de estas circunstancias un día tocó a la puerta uno de los jóvenes más apreciados de la ciudad y con todo respeto pidió hablar con los padres de María Amparo a quienes solicitó la mano de la joven. Nunca habían sido novios ni tampoco ella había sido consultada previamente, pero el joven creyó que su actuación era la más correcta para llegar a convertirse primero en el novio oficial y luego en el esposo serio y circunspecto que anhelaba ser.

Un violento rechazo fue el primer impulso que brotó del corazón de María profundamente enamorada de Santiago. Mas…, pensándolo bien, creyó que había llegado la oportunidad de saber si realmente era amada. Por eso no les dio una inmediata negativa a sus padres cuando fueron a comunicarle acerca de las buenas intenciones de ese improvisado pretendiente, sólo prometió pensarlo.
Largo se le hizo el tiempo que tuvo que esperar para tener la oportunidad de hablar con Santiago. Al fin se encontraron en una fiesta en casa de amigos comunes y cuando él la invitó a bailar, ingenuamente le contó que alguien había ido a pedirla en matrimonio.

Estaba segura que él habría de retenerla si es que verdaderamente la amaba.

Pero… cuán equivocada estuvo, él era un hombre maduro y de mucho mundo; ella una pobre muchacha sencilla e ingenua a quien él muy cortésmente dejó que se fuera.

Cuánto lloró y lamentó su error la enamorada joven, él también sintió esa despedida como un latigazo en su orgullo de dios herido. Pero no hubo vuelta. El formalizó su matrimonio con la elegante dama que sus padres le eligieron y a María Amparo no hubo quien la convenza de que acepte como esposo al que la pidió primero ni a ninguno de los que le propusieron después.

¡Me haré monja! dijo al fin un día la hermosa joven que apenas había cumplido los 18 años de edad y efectivamente entró en un convento de clausura que había en la ciudad.

Prematuras canas pintaban la cabeza del correcto cuando un día fue llamado de urgencia porque se moría una monja del convento de clausura. Tomó su maletín y acudió presuroso a la cabecera de la moribunda. Aquella aventura de su juventud y aquel platónico amor por una jovencita tonta e insignificante habían quedado tan hondamente sepultados en sus recuerdos que jamás pudo imaginarse que podrían revivir ante la presencia de esa religiosa que agonizaba y que, al mirarla con detenimiento, lo dejó paralizado por la sorpresa e involuntariamente pronunció su nombre:

¡María Amparo!

Y como ni siquiera él mismo se había dado cuenta de cuán fuerte fue ese sentimiento que una vez sintió en lo profundo de su alma, al volver a verla después de tantos años pudo reconocer que verdaderamente la había amado. En un instante pasaron por su mente todos esos imborrables momentos de amor purísimo y cristalino que vivió junto a la jovencita que amó con el más noble de los sentimientos humanos y sintió nostalgia por esa hermosa etapa de la juventud.

Pero todo eso no duró más que un instante e inmediatamente comenzó el médico a ejercer su noble profesión y aunque las manos le temblaban imperceptiblemente, examinó con cuidado a la religiosa y le prodigó las atenciones que fueron necesarias para salvarla del inminente peligro.

Antes de retirarse prometió volver cuantas veces fuesen necesarias y así lo hizo y continuó haciéndolo inclusive cuando la paciente había superado ampliamente el peligro de su enfermedad.

Por eso prudentemente un día la Madre Abadesa le agradeció sus servicios y el médico ya no pudo entrar en el convento.

Pero el recuerdo de María Amparo ahora convertida en una hermosa y dulce religiosa se clavó como una espina en el corazón de Santiago.

Ya no cabía duda de que el demonio andaba trabajando con habilidad en el alma de ambos, pues ella también no volvió a conocer la paz después de aquellas largas visitas del médico durante su penosa enfermedad. Y al fin él logró ingeniarse para citarla a las once de la noche en la torre del campanario de la iglesia, dónde siguieron viéndose por algún tiempo.

Y allí estaba ahora también, pero ya no en los brazos de su amante y protegida por el fantasma que él había inventado para ahuyentar a la gente, sino acosada por el enemigo que le exigía confesar la verdad, y la verdad fue dicha tal como acabamos de conocerla.

Esta es la historia del fantasma de la esquina de las monjas: una blanca sábana puesta allí por dos amantes para ocultar su prohibido amor.

Y cuenta la leyenda que el joven que logró descifrar el enigma, bajó del campanario asombrado de cuanto había escuchado, y cuando sus amigos le contaron que se había escapado el hombre al que persiguieron, no les reveló el nombre del respetable profesional que había andado enredado en esa aventura ni tampoco les dijo una palabra acerca de la enamorada religiosa que encontró en lo alto de la torre.

Esto se supo después de muchos años, cuando el médico se había convertido en un venerable anciano y la Religiosa murió como una santa dedicó el resto de su vida a expiar ese pecado de amor.

Fuente:
Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso
Loja, Ecuador
http://www.vivaloja.com/content/view/244/54/

viernes, 3 de julio de 2009

EL CABALLERO DE LAS ESPUELAS DE ORO




La feria del 8 de septiembre tan antigua como la historia de la ciudad de Loja, inicialmente atraía a muchos comerciantes peruanos y con ello generalmente venían sus familiares y amigos a disfrutar de la proverbial generosidad de los lojanos que siempre hemos sido capaces de "quitarnos el bocado de la boca según el decir de la gente para ofrecérselo al forastero que hacía "la merced" de llegar a visitarnos en esta lejana ciudad enclavada entre montañas y precipicios y a donde es tan difícil llegar por cualquier medio de comunicación.

Así, pues, lo cierto es que para una de aquellas ferias cierta ocasión llegó un grupo de cinco hermosas chiquillas nativas de Piura, Perú, tan esbeltas como las palmeras de su tierra, quienes habían venido solamente de paseo y con el afán de conocer nuevas tierras y amistades. Pero las familias lojanas les abrieron las puertas de sus casas y de su corazón y las bellas jóvenes comenzaron a danzar en los salones de la más alta sociedad, todos disputándose el honor de servirlas y halagarlas de la mejor manera.

Sin embargo las chicas lojanas pronto empezaron a ver que sus novios las dejaban para ir en pos de las hermosas piuranas y más tarde cundió la alarma inclusive entre las señoras casadas porque las cinco bellas se alcanzaban para todos y habían vuelto locos hasta a ciertos caballeros de respetable edad.

Entonces comenzaron a cerrárseles las puertas y no tuvieron otra opción que pensar en regresar a su tierra porque hasta la gente más humilde les negó no solamente vivienda sino inclusive un vaso de agua, tan estrecho y conservador era en esa época el ambiente que se vivía en esta apartada ciudad.

Pero como el diablo no descansa cuando de buscar adeptos se trata, un caballero de noble estirpe y cuantiosa fortuna que andaba loco por una de esas beldades a pesar de sus bien cumplidos cincuenta años de edad, después de mucho cavilar sobre la manera de retener a las piuranas ubicándolas en un lugar apropiado, al fin se acordó de una casa que la tenía abandonada y que anteriormente fue una hermosa Estancia situada más arriba del Molino de las Monjas, a un costado del "camino real" que conducía de Loja a Malacatos y Vilcabamba.

¡Hombre! le dijo de improvisto al amigo con el cual estaba tratando de solucionar el problema.

¿Qué pasa...? ¡Dilo!

¡Hallé el sitio preciso para llevar a las piuranas!

¡Otra vez me has de salir con que a esta hacienda o la de más allá, o la casa de ese o aquel arrimado...!

¡Olvídate de eso! ni el peón más humilde te las recibe por temor a Dios, a los curas e inclusive al diablo.

El diablo..., el diablo...

¡El diablo no existe!

¿Cuándo se convencerá de eso la gente y especialmente nuestros campesinos...?

¡Nunca! por eso ya debes convencerte tú también de que no hay más remedio que las piuranas se regresen a su tierra. Aquí ya nadie las quiere precisamente porque en ellas ven al mismo diablo en cuerpo de mujer.

Pues no se van a regresar, amigo… Se van a quedar y precisamente con nosotros…

!Ya verás como la vamos a pasar de lindo...!

Pero ¿dónde...amigo...dónde?

En la Estancia que tengo más arriba del Molino de las Monjas y a donde nadie llega precisamente por temor al diablo y los fantasmas.

Tan pronto las sombras de la noche cubrían la recoleta ciudad, un grupo de cinco elegantes caballeros cuyo rostro escondían parte bajo la angosta ala del sombrero de copa y lo más bajo el fino casimir de la amplia capa que cruzaban sobre el mentón, tomaba el estrecho sendero que conducía al Molina de las Monjas y después de este seguía adelante hasta llegar a la Estancia abandonada cuya gran casa de dos pisos había resistido tranquilamente el embate de los años y el descuido de sus dueños, empleados y cuidadores que no quisieron regresar más desde que alguien aseguró que allí se había aparecido el diablo.

Esto molestó mucho al dueño de la Estancia, quien decía que creía en Dios pero no en el demonio. Sin embargo nada pudo hacer debido al temor de la gente y como era dueño de muchas propiedades, a esa le dejó abandonada hasta el día que las bellas piuranas recibieron la noticia de que ya tenían a donde ir.

Los enamorados caballeros se las ingeniaron para comprar o sacar de sus casas de la ciudad o de sus haciendas todo lo que las bellas podrían necesitar en su nueva residencia, mientras que ellas se empeñaron en dejarla reluciente para las grandes fiestas que se daban por la noche. Así, tan pronto se apagaba la luz del día, en la casa de la Estancia se encendían los grandes candelabros que habían llevado los galanes y luego de que estos llegaban con su acostumbrada provisión de manjares y licores, comenzaba el baile que duraba hasta la madrugada.

Cuando las campanas llamaban a misa de cuatro en la iglesia de San Sebastián, los parranderos se acordaban de que debían retornar a sus hogares y emprendían el regreso evadiendo el encuentro con las personas que podían reconocerlos.

Una de esas noches en que se hallaba más animado el baile al calor de las copas y de los besos que repartían las bellas piuranas, al rayar las doce llegó un caballero muy alto que vestía traje negro, camisa blanca, corbata, capa y sombrero negros.

El sombrero no era de copa sino de ala ancha le cubría parte de su rostro moreno y en vez de zapatos calzaba botas de cuero negro con espuelas de oro. Al sonreír mostraba como si toda su dentadura fuese también de oro y sus ojos despedían raros fulgores.

Su inesperada presencia paralizó por un momento la fiesta, pero el forastero explicó que acababa de llegar del Perú y había ido a ver a sus paisanas.

Los enamorados galanes creyeron que se trataba de un pariente a quien ellas habían dado la dirección y por ese motivo lo invitaron a entrar al salón y a disfrutar de la fiesta.

El forastero no se hizo repetir la invitación. Enseguida entró al salón y sacó a bailar a una de las jóvenes y lo hacía con tal desenvoltura y alegría que las muchachas también olvidaron sus recelos y empezaron a divertirse a lo grande con el nuevo galán, quien sacaba chispas del suelo cuando taconeaba con sus botas calzadas con espuelas de oro y al compás del taconeo siempre decía:

¡Que se te hunda...! ¡Que se te hunda...!

El estribillo del forastero al principio llamó la atención de los presentes, pero luego se acostumbraron a verlo bailar como un trompo siempre repitiendo:

¡Que se te hunda...! ¡Que se te hunda...!

Al fin acabaron bailando todos de la misma manera alegre y desenvuelta cantando siempre:

¡Que se te hunda...! ¡Que se te hunda...!

A la noche siguiente se repitió la escena del caballero de las espuelas de oro que llegó al baile cuando el reloj marcaba las doce.

Pero entonces su presencia ya fue familiar para todos y lo recibieron con exquisitas muestras de cordialidad y alegría cuanto más que la noche anterior había dejado sobre la mesa una bolsa de gamuza negra repleta de esterlinas.

Enseguida empezó a danzar indistintamente con todas y cada una de las muchachas, motivo por el cual sus galanes no se mostraron celosos y antes más bien parecían contentos con el ritmo frenético de la fiesta que hacía retumbar el piso al son del estribillo:

¡Que se te hunda...! ¡Que se te hunda...!

Además cuando los otros caballeros se retiraron también lo hizo el de las espuelas de oro dejando nuevamente sobre la mesa otra bolsa llena de monedas.

Las piuranas no cabían de gozo con tanto mimo de los caballeros lojanos que cada noche les llevaban golosinas y licores, mientras que el caballero peruano las llenaba de dinero. Por ello pensaron que ya podían darse el lujo de contratar servidumbre y empezaron a buscarla sin alejarse demasiado de la Estancia que había sido fichada como la "guarida del pecado" y por tanto no se acercaba nadie.

Ni aún sacando a relucir las monedas de oro que a montones que a montones les había regalado el caballero peruano pudieron conseguir sirvientes. El espíritu sencillo de la gente humilde se hallaba sobrecogido de temor por las maldiciones que de todo lado caían sobre las pecadoras que habían ido a habitar la Estancia abandonada.

A orillas del Río Malacatos

Pero un día que las piuranas se paseaban por la orilla del río Malacatos que corría cerca de allí, encontraron a una mujer flaca y escuálida que estaba lavando ropa y a su lado lloraba un niño de dos o tres años de edad tan débil y pálido como su madre.

Como en toda mujer por más disipada que fuese siempre late el corazón de una madre, las piuranas se compadecieron del niño y preguntaron a la madre por la causa de su llanto.

¡Tiene hambre! contestó simplemente la mujer.

¿Y por qué no le das algo? le interrogó una de las jóvenes.

Porque no tengo fue la respuesta seca y cortante, pero bajó la vista para que las jóvenes no vieran dos lágrimas que se cuajaron en sus ojos.

Entonces una de las muchachas tomó en brazos al niño tan liviano como una espiga y las otras pidieron a la mujer que las siguiera hasta su casa para darles de comer, como en efecto así lo hicieron minutos después.

Luego la mujer contó a las jóvenes que había sido echada de la casa de los padres cuando supieron que iba a tener ese niño de un hombre que la sedujo y la abandonó. Desde entonces había vivido caminando como un autómata y sustentándose con lo que le prodigaba la caridad de la gente no tenía fuerzas para trabajar, para sonreír y hasta para hablar, tal era el estado de desnutrición en que se encontraban ella y su niño. Por eso aceptó llena de felicidad la propuesta de que se quedase allí con su hijo puesto que nada sabía de cuanto murmuraba la gente acerca de la "guarida del pecado".

Los primeros días que la mujer y su hijo se quedaron a vivir en casa de las piuranas nunca se asomaron al salón de baile. Se limitaba la buena mujer a ayudar en las tares de casa y apenas obscurecía ella y el niño se retiraban a su cuarto y dormían largas horas reponiendo las fuerzas que poco llegaban a sus cuerpos debilitados por la desnutrición y la anemia.

Una noche, ya repuesta de esa debilidad que le producía tanto sueño, sintió curiosidad por lo que ocurría en la sala de baile y tomando a su niño en el regazo se sentó junto a la puerta del gran salón que estaba iluminado con muchas luces y parecía temblar con los taconazos de los bailarines que golpeaban el piso al tiempo que repetían el estribillo del caballero peruano:

¡Que se te hunda...! ¡Que se te hunda...!

En una de las vueltas del baile el caballero peruano acertó a pasar cerca de donde estaba la mujer con el niño. Entonces éste se aferró al cuello de la madre y rompió a llorar.

¿Qué te pasa hijito...? dijo la madre.

¡Ese hombre, mamita, ese hombre...! contestó el niño y señalaba con el dedo al caballero peruano.

¿Qué tiene ese hombre...?

¡Le salen chispas de los pies!

Son las espuelas de oro que calza sobre las botas.

¡También le salen chispas de la boca!

Es su dentadura de oro.

¡Pero también le salen chispas de los ojos...!

¿De los ojos...? preguntó la mujer e hizo un esfuerzo para fijarse bien, comprobando que en efecto al caballero peruano le salían chispas de los pies, de la boca y de los ojos.

¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal! dijo entonces la mujer acordándose de aquella invocación que había aprendido de niña para enfrentar los momentos de peligro y terminó persignándose al mismo tiempo que decía:

¡Líbranos, Señor de todo mal!

Todo fue pronunciar esa frase y hacer la señal de la cruz cuando el caballero de las espuelas dio un brinco que rompió el techo y por el boquete que quedó abierto como si hubiera pasado un cuerpo candente, volvió a regresar lanzando un fuerte alarido. Al caer al piso del salón volvió a pronunciar el estribillo:

¡Que se te hunda...! ¡Que se te hunda...!

Entonces el piso se hundió junto con todos los presente y sólo quedó junto al umbral de la sala aquella pobre mujer que tenía fuertemente abrazado a su hijo. Todos los demás desaparecieron con el piso del salón que se hundió hasta unos dos metros bajo tierra y de allí quedó saliendo humo durante varios días.

Fuente: Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso
Loja, Ecuador
http://www.vivaloja.com/content/view/244/54/

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viernes, 5 de junio de 2009

EL CRISTO DEL MILAGRO DE LOJA

Capilla Museo de las Madres Conceptas


El Convento o Monasterio de las Madres Conceptas fue fundado en 1596, con el patrocinio de don Juan de Alderete, Corregidor de Zamora y Yaguarzongo, quien donó la mayor parte de sus bienes para la fundación de los conventos de Santo Domingo y Conceptas de Loja. En su testamento otorgado en Valladolid. Ciudad del Corregimiento de Yaguarzongo, dispuso que después de su muerte su cuerpo fuera trasladado al convento de las Religiosas Conceptas, levantado con sus recursos, lo cual se cumplió e inclusive se conserva hasta la actualidad, en al iglesia del monasterio, un óleo de más de 300 años de antigüedad en el cual Alderete se encuentra bajo el manto de la Virgen junto a las primeras monjas del convento recién fundado.

La fundación del Convento de Madres Conceptas la hizo el Ilmo. Fray Luís López de Solís, Obispo de Quito, en su memorable visita pastoral a Loja, la realizó mediante solemne ceremonia en la iglesia matriz de la misma ciudad el 28 de agosto de 1596.

Más tarde, o sea el 28 de marzo de 1597, se suscribe otra acta en la que consta que, ante el Capitán Pedro de la Cadena, teniente gobernador y Justicia Mayor de la ciudad de Loja, se presentó la señora doña María Orozco, monja Concepta del Monasterio de Nuestra Señora de las Concepción de Quito, acompañada de dos monjas más, a tomar posesión en calidad de Abadesa, del Convento de Nuestra Señora de las Nieves de Loja, designada por Ilmo. Obispo de Quito. Estos datos constan en la "Historia de Loja y su Provincia" del Sr. Dr. Pío Jaramillo Alvarado, en la misma que se anota también este dato final relacionado con la fundación del Convento de Madres Conceptas.

"La iglesia se reedificó siendo Abadesa doña Isabel de S. Bernardo, y su provisora la señora Sebastiana de S. Pablo que se comenzó el año de 1698, y se terminó hoy domingo 25 de octubre de 1705. Se colocó el Santísimo en su nueva y linda iglesia, y le damos infinitas gracias de que nos prestase la vida para ver ese día".

Pasaron los años y ya casi nadie recuerda aquella iglesia del Monasterio de las Madres Conceptas ubicada en la esquina de las calles 10 de Agosto y Bernardo Valdivieso donde luego se construyó el edificio del Banco del Azuay.

Junto a esa iglesia estaba el convento de las Madres Conceptas y su entrada principal era por las calles Bernardo Valdivieso, a mitad de la cuadra comprendida entre la Rocafuerte y la 10 de Agosto, allí había una ancha puerta de madera que, de acuerdo a la forma entonces usual de construir las "puertas de calle", constaba de dos hojas grandes que se abrían de par en par cuando era necesario que entren las acémilas que llevaban la "providencia" (provisiones alimenticias) al Monasterio o de lo contrario sólo se habría la pequeña puerta empotrada en la hoja derecha de la puerta grande. Tras de ella habían un patio empedrado largo y angosto, a cuyo extremo izquierdo se encontraba el torno mediante el cual las religiosas se comunicaban con el exterior y, orillando el patio, paralelos a la pared que daba a la calle, habían varios cuartuchos semejantes a celdas conventuales, en los que habitaba la portera y una viejecitas pobres de solemnidad que habían tenido esa merced de parte de la madre Abadesa.

Cuenta la tradición que aproximadamente a mediados del siglo XVIII la Madre Abadesa o Superiora de la Comunidad de Religiosas Conceptas era una persona extraordinariamente devota de Cristo Crucificado y le había hecho la promesa de mandar hacer una escultura de tamaño natural para colocarla en la iglesia del Monasterio. Con tal finalidad encargaba a todas las personas que podía que le buscasen un tronco o una rama gruesa de árbol de la cual fuera posible mandar a tallar el Cristo en una sola pieza, lo que resultaba una tarea un poco difícil si se toma en cuenta que la escultura iba a ser de tamaño natural.

Sin embargo la religiosa oraba todos los días pidiendo al Señor que le proporcione el madero hasta que, luego de una creciente del río Zamora, las aguas arrojaron a la orilla, justamente en dirección de la calle 10 de Agosto, un árbol que había sido arrancado de raíz por la fuerza de las aguas, de modo que los vecinos del lugar corrieron a darle la buena noticia a la madre Abadesa y luego se lo llevaron y lo dejaron en el empedrado patio exterior del Convento.

Una vez que contó con el material necesario para la escultura del Cristo Crucificado, la buena Religiosa se preguntaba:

¿Y ahora a quién puedo confiarle tan delicado y excelso trabajo...?

Su situación de estricto y permanente encierro, la enorme distancia con la capital de la república en donde conocía que podían realizar la obra, y hasta la dificultad de comunicarse por correo en aquella época en que una carta tardaba tanto en llegar a su destino, la hacían a veces perder las esperanzas de cumplir su objetivo, pero en cambio su devoción avivaba el fuego que por momentos estaba a punto de extinguirse y seguía orando para que Dios la ayudase en su loable empeño.

Se hallaban las cosas en tal punto cuando llegó un día al torno de las Madres Conceptas un hombre extraño, alto, blanco y barbado, quien solicitó hablar con la Abadesa. Ordenó ésta que lo hicieran pasar al locutorio, donde el hombre tomó asiento y luego le habló así a la religiosa que se hallaba al otro lado de la rejilla con malla de alambre que escondía el rostro de la interlocutora:

- He sabido que Ud. busca una persona para tallar un Cristo.

- Si, así es.

- Sé también que ya posee el madero apropiado y lo he visto en el patio antes de entrar aquí.

- Es verdad. Lo hallaron hacia algunos meses y es justamente como lo deseaba a fin de que el cuerpo del señor resulte entero, sin cortes...

- Está bien. Creo que de ese madero puede obtenerse el Cristo que usted desea.

-Lo grave es que no puedo encontrar la persona que realice esa obra.

-Por eso he venido. Para ofrecerle mí trabajo.

-¡Santo Cielo! ¡Dios me lo ha enviado a Ud.!

- ¿Cuándo puede comenzar y dónde...? Soy forastero. No tengo donde hospedarme. Si Ud. me diera uno de esos cuartos que dan al patio exterior, allí podría vivir mientras realizo la obra y éste lo haría en el mismo patio en donde se halla el madero.

- ¡Cómo no voy a darle uno de esos cuartos! Se lo doy con mucho gusto, pero temo que no va estar cómodo porque son muy estrechos.

- No se preocupe. Lo único que me interesa es realizar la obra.

- Y... ¿Cuánto nos cobraría usted por este trabajo? Pues somos pobres y tal vez no podamos pagarle dijo la religiosa con miedo.

- No se preocupe concluyó el forastero con aplomo y acento de hombre culto. Luego agregó:

- Hablaremos de eso cuando hubiere terminado y siempre que la obra estuviera a su entera satisfacción.

- Diciendo esto se despidió de la Abadesa y esperó afuera que le entregaran el cuarto en el cual se instaló y comenzó a trabajar desde la mañana siguiente.

- El extraño artífice trabajaba desde que aclaraba el día hasta que empezaban a caer las sombras de la noche y sólo descansaba los domingos y un corto momento después de la frugal comida que por el torno le pasaban las religiosas.

- Así cada día la obra iba tomando forma y convirtiéndose en un hermoso Cristo al que, al fin, sólo le faltaba la pintura para darlo por terminado. Creyendo las religiosas que allí finalizaría la misión de aquel silencioso forastero que trabajaba con tanto ahínco, pero grande fue la alegría de la madre Abadesa cuando le pidió que mandara a comprar las pinturas necesarias para comenzar aquella delicada fase, y cuando la hubo obtenido, se puso a trabajar de inmediato y con singular maestría.

Cuando el Cristo estuvo totalmente terminado las religiosas no podían creerlo, tal era la perfección con que había sido hecho; y especialmente la madre Abadesa no cabía de gozo al ver así cumplido su sueño y la promesa que le había hecho al Señor.

En mística procesión las religiosas cargaron sobre sus hombres la enorme cruz sobre la cual había sido clavado el Cristo y lo llevaron a la iglesia del Monasterio, en cuyo piso depositaron la preciosa carga a la espera de que más tarde fuera colocado en el Altar Mayor.

Mas, cuando hubieron pasado los momentos de euforia por la novedad del flamante y hermoso Cristo que ingresó a la iglesia del Monasterio, La Madre Abadesa regresó al torno para hablar con el artista acerca del precio que habría de pagarle por tan hermosa obra, pero no halló a nadie. Pidió a la portera que fuese al cuarto del forastero y le pidiera que se acercase al torno, pero la portera encontró el cuarto vacío y, más aún, nunca volvió a saberse de él porque desapareció tan misteriosamente como había llegado y jamás se supo de dónde vino ni a dónde se fue.

Esta es la tradición del Cristo del Milagro, tal como la contaron personas nacidas a fines del siglo pasado y conocieron los lugares y los hechos, ya sea por sí mismas o porque lo escucharon de sus antepasados.

El Cristo del Milagro se encuentra ahora al centro del costado izquierdo de la nueva capilla que se construyó hace pocos años y que está ubicada en la esquina de las calles 10 de Agosto y Olmedo, en donde recibe la veneración del pueblo católico de Loja.

Fuente:
Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso

Loja, Ecuador
http://www.vivaloja.com/content/view/244/54/

Imagen
dabloja70.wordpress.com

viernes, 29 de mayo de 2009

DEVUÉLVEME MIS TRIPAS

Pintura, Serie, Loja
Autor: Christian Stephen Pintura y Diseño
(Ecuador)
Tecnica: Oleo sobre tabla
Año: 2005
Dimension: 22x30


Juan Pedro era un niño de once años que había quedado huérfano debido a que sus padres murieron en un accidente cuando él tenía pocos meses de nacido. Lo recogió su abuela materna doña Micaela una pobre mujer viuda que vivía sola y se mantenía vendiendo "chanfaina", apetitosa comida que preparaba con las menudencias del cerdo, o sea las tripas, el corazón, etc, todo lo cual lavaba bien y luego cocinaba y cortaba en pedacitos que aderezaba con sal, pimienta, ajo molido, cebolla picada, orégano y manteca de color, para finalmente revolver con arroz y papas cocidos.

Doña Mica, como la gente llamaba con cariño a la buena anciana, era todo un personaje en el apartado barrio en que vivía, desde las cuatro de la tarde comenzaba su recorrido, de puerta en puerta, vendiendo la sabrosa mercancía y a su lado siempre está Juan Pedro llevando el canasto con las hojas de achira que servían para el expendio de la fritura de doña Mica portaba en una gran cazuela que asentaba sobre la tiznada rosca de tela que llevaba sobre su cabeza.
Pero ése era solamente uno de los oficios del muchacho, pues muy de madrugada debía ir a comprar el mondongo o menudencias donde los peladores de cerdos, y luego de cumplir aquella tarea y de tomar su desayuno marchaba a la escuela, de donde retornaba al medio día para el almuerzo y entonces encontraba atareada en la cocina después de que había regresado del río con la batea llena de tripas bien lavaditas y que a la sazón estaban cocinándose en las grandes ollas de barro que la anciana tenía dispuestas para el efecto.

Después del almuerzo Juan Pedro regresaba a la escuela y ella se ponía a preparar la chanfaina, de modo que cuando el muchacho retornaba de la segunda sesión escolar, todo estaba listo para salir con la abuela a vender la fritura.

El barrio en que vivía doña Micaela era un barrio humilde donde a veces se refugiaba la gente del hampa para echarse un trago en algunas de las cantinas de ese lugar. Por eso doña Micaela acostumbraba cerrar sus puertas tan pronto regresaba de su recorrido, que generalmente era cuando ya empezaba a obscurecer. Al muchacho le servía como cena algún refrigerio que ella también lo tomaba acompañado de caliente café negro; luego lavaba los trastos ocupados en la confección de la chanfaina, mientras Juan Pedro se dedicaba a sus tareas escolares; y cuando ambos había cumplido esos menesteres, rezaban el rosario y se acostaban a dormir cansados de la faena del día.

Así transcurrieron los años de la infancia de Juan Pedro, pero pronto llegó la adolescencia con sus tentaciones y peligros y el rato menos pensado el muchacho se encontró metido en un torbellino de pasiones.

El sueño que antes llegaba tan tempranamente a sus ojos, comenzó a serle esquivo y se pasaba horas pensando en lo que le comentaban sus compañeros del centro artesanal al que empezó a concurrir una vez terminada la instrucción primaria.

No lo ponga al colegio había dicho a su abuela el Dr. Arriaga, su padrino, agregando: Con seis años de instrucción secundaria no saca nada porque el título de Bachiller no le sirve para ganarse la vida. En cambio tres años en una academia artesanal lo capacitan para aprender un oficio y comenzar a trabajar de inmediato, ayudándola a usted que tal vez dentro de algunos años ya no estará en capacidad de seguir trabajando como lo hace ahora.

Así mismo es, mi doctorcito había contestado la abuela. Y el chico fue a parar al único centro artesanal que había en el lugar y en el cual se enseñaban diversos oficios tales como carpintería, mecánica, sastrería, etc.

Juan Pedro optó por la mecánica, pero entre sus compañeros se encontró con unos muchachotes de 15, 16 y hasta 18 años de edad, quienes ya trabajaban de ayudantes durante sus horas libres en diversos talleres particulares y con el dinero que ganaban iban por las noches a las cantinas para jugar naipes, fumar y hasta tomar algunos tragos.

Esto se lo contaban a Juan Pedro en la academia artesanal, haciendo alarde de hombría y hasta lo invitaban al muchacho para que los acompañara, pero como él no disponía de dinero ni podía dejar de ayudar a su abuela durante sus horas libres, por la noche se le quitaba el sueño pensando y cavilando sobre la manera de conseguir fondos para él también ir con sus compañeros a las cantinas.

Cierta noche encontró una pequeña solución: Me haré quedar una parte del dinero del mondongo se dijo y al día siguiente pidió al pelador de chanchos que le diera menos de lo convenido. Este se sorprendió y preguntó al muchacho:
¿Qué pasa Hombre? ¿Acaso está malo el negocio?

Así es ayer se perdió un poco de chanfaina que la gente no quiso comprar.

Qué lástima pensó el buen hombre y luego murmuró en voz alta:
No sé lo que estará ocurriendo ahora, pero la verdad es que siempre la chanfaina le ha faltado a doña Mica antes que sobrarle. ¡Si es para chuparse los dedos muchacho!

No sé señor contestó Juan Pedro bajando los ojos para ocultar su mentira y cortando la conversación pidió que le despachara pronto arguyendo que se atrasaba a la academia.

Está bien dijo el buen hombre aquí está lo que me has pedido.

Ese fue el comienzo. Aquella noche, luego de la rutinaria tarea, la abuela apagó la luz y se quedó profundamente dormida. Ella siempre decía que el primer sueño era el mejor "porque el cuerpo cae rendido" y eso aprovechó el muchacho para levantarse sigilosamente e ir a la cantina en donde lo esperaban sus amigos.

¡Vaya Juan Pedro! ¿Por fin te liberaste de las polleras de tu abuela...? le dijo groseramente el más viejo de todos apenas lo vio llegar.

Los otros festejaron con risotadas el pesado chiste y enseguida entro Juan Pedro al juego de cartas y a las libaciones en su honor, con lo cual lo comprometieron más para que gastara el dinero que había llevado y que no era mucho por cierto.

Transcurrió un tiempo en ese estado de cosas. La abuela notaba que Juan le llevaba cada vez menor cantidad de mondongo, pero el muchacho se disculpaba diciendo que había subido el precio y por eso tenía que comprar menos. Más llegó un momento en que acosado por las deudas de apuestas hechas con sus amigos, tubo que pensar en otra manera de hacer dinero.

Había oído contar en alguna ocasión, que "el mondongo del cristiano era igual al del cerdo" y allí encontró una fatídica solución. Esa noche, en vez de ir a la cantina, se fue al cementerio en busca de un muerto que había sido enterrado esa tarde.

Al principio tuvo miedo y estuvo a punto de abandonar de abandonar su macabro plan, pero acordándose de que no había otra manera de solucionar su problema de deudas y hasta de honor frente a los amigos que lo extorsionaban se armó de valor y se arriesgó a cumplir su propósito.

No le fue difícil retirar la tierra recién amontonada sobre el pobre cajón de madera que guardaba el cadáver, ni tampoco levantar la tapa con la punta que había llevado y que le sirvió también para partir el abdomen del muerto y sacarle todo el mondongo que luego guardó en la misma bolsa encauchada que acostumbraba llevar al camal con igual finalidad.

Sin embargo sentía que un sudor frío le corría por la frente y un intenso escalofrío sacudía todo su cuerpo. Hubo un momento en que estuvo a punto de desfallecer a causa del miedo y la repugnancia que esa horrible tarea le producía, pero alcanzó a colocar nuevamente la tapa del ataúd, encima la tierra y luego echó a correr como un loco hasta llegar a su casa, en donde escondió la bolsa cerca de su cama y se acostó a dormir rendido por el cansancio y la fatiga.

Largo tiempo permaneció sin poder conciliar el sueño, pero al fin se quedó dormido.

Pocos momentos después, y como viniendo de muy lejos, empezó a escuchar una voz cavernosa que decía:

¡Devuélveme mis tripas...! ¡Devuélveme mis tripas...!

El corazón casi se le paraliza de espanto. Pero se tranquilizó a si mismo diciendo que era algo lejano e irreal. Mas, pasados unos minutos, volvió a escuchar la misma voz, ahora ya más clara y más cercana, que decía:
Ya estoy llegando a tu casa... ¡Devuélveme mis tripas...!

¿Qué es esto...? se dijo el muchacho y agregó:
No puede ser. Debo estar oyendo mal.

Pero la voz se iba acercando más y esta vez le gritaba.
¡Ya estoy en tu puerta...! ¡Devuélveme mis tripas...!

Juan Pedro se envolvió la cabeza con las cobijas y se hizo un ovillo en la cama. Pero entonces sintió que alguien se lanzaba sobre él, al mismo tiempo que mascullaba con odio y rencor.

¡Ya estoy aquí, infeliz! ¡Devuélveme mis tripas...! ¡Devuélveme mis tripas...! ¡Devuélveme mis triiiiipas...!

El muchacho dio un salto en la cama y se despertó mascando espuma.

Había sido una horrible pesadilla. Pero Juan Pedro no pudo sobrevivir sino contadas horas para narrar lo sucedido, ya que después fue víctima de un ataque cerebral que lo condujo a la muerte.

Prefiero llorarlo así antes que en una cárcel decía su abuela mientras que un río de lágrimas recorría los surcos de sus arrugadas mejillas.

El pueblo quedó horrorizado de semejante suceso y no quiso en mucho tiempo, volver a probar la apetitosa chanfaina que, por otro lado, ya no volvió a prepararla doña Mica, quien murió como una santa en un asilo de ancianos donde pasó el resto de su vida besando y pidiendo perdón por un crimen que ella no había cometido.

Fuente: Loja de Ayer; Relatos, Cuentos y Tradiciones de Teresa Mora de Valdivieso.
Loja, Ecuador
http://www.vivaloja.com/content/view/255/54/

Imagen:

10000artistas.com

viernes, 1 de mayo de 2009

EL AYLLU

Comuna Tola Chica
Tumbaco - Ecuador
Escuela Comunitaria Samay

El hombre no tejió la trama sagrada de la vida, es apenas un hilo...

El Ayllu Andino comprende todo lo que nos rodea. No es solamente la unión de determinado grupo de gente unido por consanguinidad, ni tampoco solamente por afinidad, va mucho mas allá de lo social.

Para los Runas Andinos, el Ayllu es todo, es decir, son los Runas (personas), pero también son parte los Urkus (cerros), pues ellos son nuestros padres, por eso decimos Tayta Imbabura, Tayta Puklla, las Kuchas (lagunas), Yakumama (madre agua, pues nos cría), los antepasados, los espíritus de las plantas, los animales, las piedras, las cuevas, la chacra, las semillas, en definitiva todo lo que esta presente en ese mundo vivo e interrelacionado que es el Ayllu o comunidad.

Recordemos que para los Runas Andinos, todo esta vivo, todo habla, todo escucha, todos estamos relacionados entre si, y todos somos necesarios para la continuación de la vida, pues todos criamos todo y todo nos cría al mismo tiempo. Dentro del Ayllu están implícitos básicamente los humanos, la chacra, la naturaleza y lo sagrado espiritual, ya que los antepasados y las energías de la naturaleza también están siempre relacionándose con los humanos que viven dentro de la comunidad.

Los hombres andinos al concebir como uno de los principios fundamentales la interrelación de todo los seres, no separa al humano del resto de la naturaleza de forma tan radical como lo hace occidente al concebir al ser humano como "el rey y señor de la creación", categoría que lo pone por encima de los demás seres vivos del cosmos. Para los runas andinos, y para muchos otros pueblos indígenas el ser humano no está por encima de los demás seres, es uno más que, más bien tiene que guardar un equilibrio para poder sobrevivir junto a todos los demás seres.

De igual forma la concepción de lo espiritual dentro de la comunidad es cotidiana y de cariño hacía la Pachamama, la madre naturaleza, pues las deidades andinas no están lejos en un sitio llamado cielo, mas bien están cerca están dentro y son parte de la comunidad, se los puede ver, no escuchan y nos hablan también, ya que ellos también dependen de nosotros para vivir, y nosotros dependemos también de su ayuda para continuar el ciclo de la vida, por eso decimos siempre somos hijos de la Pachamama, y hay que estar bien con ella, para que ella también nos brinde sus frutos, nos críe con cariño.

Así la comunidad andina o Ayllu es toda la vida que florece en su conjunto, pues todo nos criamos con cariño y nos dejamos criar con ese mismo cariño.

Otro atributo del Ayllu andino es la interconexión entre los humanos, la naturaleza y lo sagrado, es decir entre los runas, la sacha y las wakas. Pues en cada ser humano Runa hay también algo de sacha, de naturaleza, hay algo también de waka, y en un animalito de la sacha también hay algo de runa y waka, y en las wakas también se manifiesta lo runa y la sacha, todo dependiendo de las circunstancias, es decir esta Runa, Sacha, y Waka al mismo tiempo y una de ellas brota con mas fuerza dependiendo de las circunstancias. Por eso algunos mayores dicen que las semillas "se fueron a caminar", que el Tayta Imbabura ha tenido celos (como los runas), pues para los Runas no existe la separación con la naturaleza ni con lo sagrado.

Occidente ha radicalizado esa separación entre lo humano y lo natural y mucho mas con lo sagrado, dando lugar al surgimiento de una cultura antropocéntrica, donde solo se vive y se hace y piensa en función del bienestar humano, en contraste con la vivencia andina de que cuando alguien está mal todos estamos mal, cuando todos estamos contentos todos estamos contentos, no solo las personas sino también los animalitos, el cerro, la luna, las piedras.

Una característica mas del Ayllu es que siempre se regenera de forma cíclica, una wata decimos en kichwa, y como no existe la visión lineal progresiva ilimitada del tiempo, sino ciclos naturales de la vida nadie se considera mejor ni mas avanzado que sus antepasados, son nuestros abuelos actuales que además viven aquí dentro del Ayllu.

Y para que esa regeneración y la vida vuelva a empezar un nuevo ciclo mas, todos somos necesarios, por que como dijo una compañera kichwa "la vida es un inmenso poncho en donde todos estamos entretejidos, si se rompe una hebra se lastima el poncho".

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jueves, 23 de octubre de 2008

LA RECIPROCIDAD



La reciprocidad en los inicios de la expansión inca

Después del triunfo sobre los chancas, los incas no podían aspirar a una mayor expansión territorial sin antes dar pasos para adquirir una mayor autoridad.

Si bien Pachacutec gozaba de prestigio militar, estaba lejos de poseer dominio sobre los señores vecinos. No podía ordenar ni realizar las obras necesarias para afianzar su supremacía.

En aquel entonces, la autoridad no se ejercía directamente sino a través de la reciprocidad, es decir de la minka y del ayni a nivel del Estado. HabÍa que "rogar a fulano me ayude prometiéndole algo en compensación".

El cronista Betanzos narra cómo el Inca organizó las tareas necesarias valiéndose de la reciprocidad. Para ello reunió en la gran plaza de Aucaypata a los señores comarcanos y los agasajó con fiestas, comidas rituales, regalos, ofreciéndoles mujeres para establecer con ellas lazos de parentesco. Sólo después les planteó las obras que deseaba ejecutar. La primera fue la construcción de numerosos depósitos en el contorno de la ciudad. El Inca al mostrarse generoso satisfizo a los curacas quienes aceptaron el "ruego".

Poco después regresaron los señores al Cusco trayendo lo necesario para la edificación de las trojes que no tardaron en construir.

En una segunda convocatoria, el Inca pidió que los curacas llenaran los depósitos con alimentos y objetos manufacturados. Poseer los depósitos llenos permitía a Pachacutec mostrarse "generoso" y seguir solicitando la colaboración de los señores.

Así, la reciprocidad jugó un rol primordial como eje de los éxitos inca y cumplió un papel crucial en el nacimiento del Estado cusqueño.

En culturas que desconocían el uso del dinero, la reciprocidad era un sistema organizativo socio-económico que regulaba las prestaciones de servicios a diversos niveles y servía de engranaje en la producción y la distribución de bienes. Se trataba de un ordenamiento de las distribuciones entre los miembros de una sociedad cuya economía desconocía el empleo del dinero. Existió en todo el ámbito andino y actuó como un eslabón entre los diversos modelos de organizaciones económicas presentes en el amplio territorio.

La reciprocidad durante el Estado

La reciprocidad experimentó cambios durante el posterior desarrollo del Estado, cuando los incas dejaron de ser un simple señorío perdido en la inmensidad de los Andes. Los incas expandieron sus fronteras hasta dominar buena parte del continente sudamericano con vistas al Pacífico.

Para entonces, su poder era absoluto y es posible que la reciprocidad tal como la hemos descrito llegara a ser un estorbo y una demora. Un ejemplo es lo sucedido durante el gobierno de Huayna Cápac. El Inca mantenía una serie de guerras contra las tribus norteñas del actual Ecuador y en una de ellas, el soberano cayó de sus andas. Furioso, Huayna Cápac hizo su entrada a Tumibamba a pie para mostrar su descontento.

Entonces llegaron refuerzos compuestos por nobles señores cusqueños comandados por el general Mihi quien portaba la estatua de la importante huaca de Huanacauri.

En su prisa, Huayna Cápac ordenó a los recién llegados marchar al frente y borrar el desacato hecho a su persona olvidando los ritos, obsequios y comidas públicas. Ofendido, el general Mihi decidió regresar al Cusco con su ejército. Avisado el Inca, hizo remitir a los nobles grandes regalos y sólo entonces entraron en la lucha saliendo victoriosos.

Estos hechos juzgados bajo el punto de vista europeo era una traición, pero para los andinos el soberano no cumplió con las tradiciones y estaba en falta. Para evitar en algo los continuos "ruegos" y ritos, los incas escogieron con bastante frecuencia curacas de categoría social yana, o sea servidores con los cuales no cabía la reciprocidad.

http://incas.perucultural.org.pe/hisasp6.htm

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martes, 21 de octubre de 2008

JUMANDI




SEMILLA DE LIBERTAD DESDE EL CORAZÓN DE LA SELVA

Estrategia enemiga: Dividir y utilizar en contra de su mismo pueblo

Históricamente la realidad del pueblo quechua amazónico en comparación al resto de los andinos o de Latinoamérica no fue diferente. Obligados a trabajar en los lavaderos de oro, en las encomiendas, a pagar tributos, a realizar viajes a Quito y otras zonas utilizándonos como bestias de carga, etc.

No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante, también se aplicó en la colonia. Ante la situación inhumana de explotación y segregación permanente la respuesta fue la lucha por su dignidad. El levantamiento que se realizó en 1560 contra los españoles asentados en Baeza.

Dos años más tarde tuvo lugar un segundo levantamiento y en 1578, talvez el más importante dirigido por Jumandi, quien unificó bajo su dirección a varias comunidades quechuas. Incendiaron Avila y Archidona.

Tras la victoria Jumandi es nombrado como Jatun Apu, encargado de conducir hacia la libertad. La próxima ciudad a ser atacada es Quito. Jumandi concibe que “la expulsión del invasor debe ser total, nuestro sufrimiento es el mismo que el de nuestros hermanos de las montañas, la libertad de los Quijos comienza en libertad de todos”.

Los chaskis llevan el mensaje a los indígenas de las tierras altas para que se sumen al levantamiento…

Eso no ocurre, y una gran expedición militar sale de Quito para defender Baeza del ataque de los Quijos, al frente del ejército español están los traidores Francico Atahualpa y Jerónimo Puento, junto a cientos de indígenas admiradores de sus dueños. El Ataque a Baeza es sofocado y el alzamiento derrotado.

Pero el último grito del cacique rebelde retumbó iluminando distintos rincones de la geografía, y nuevos levantamientos surgieron: En 1760 San Miguel de Molleambato; 1764 Riobamba; 1768 Cualaceo; 1777 Cotacachi; 1778 Guano, Otavalo y Cayambe; 1781 Alausí.

Hoy la amazonía ecuatoriana está dividida entre las empresas petroleras, madereras, agrícolas o mineras, se han contaminado ríos, exterminado especies animales y vegetales y varios grupos están a punto de extinguirse…

Por eso en junio de 1990, de la Amazonía al Cotopaxi, del Cotopaxi al mar, los indígenas del Ecuador volvieron a sonreír cuando todas las nacionalidades juntas realizaron su mayor levantamiento en años. Ocuparon carreteras, entraron en latifundios, detuvieron soldados, no sacaron productos al mercado, tomaron oficinas públicas, realizaron movilizaciones y concentraciones.

Fuentes:
Rebeliones indígenas y negras en América Latina, Kintto Lucas, 3ra. Edición. Quito. 1997.

Las nacionalidades indígenas en el Ecuador, Ed. Tincui-Conaie, 2da. Edición, Quito, 1989.

José M. Atupaña G. Comunicación Intercultural
atuplan1@hotmail. com
www.dineib.edu. ec

Imagen: rebeliones indígenas y negras
http://www.elortiba.org/kl.html

sábado, 9 de agosto de 2008

RUMIÑAHUI



LA RESISTENCIA DE EN QUITO


Rumiñahui había nacido en Quito por el año 1486.

Descendía directamente de los Atis Puruhaes, y muchos historiadores aseguran que fue hijo del Inca Huayna Cápac y de la princesa Nary Ati, hija de Pillahuaso, cacique de Panzaleo, Mulalillo, San Miguel y Píllaro, siendo por lo tanto medio hermano de Atahualpa.

Sebastián de Benalcázar, quien había fundado Guayaquil, fue el encargado de marchar con su ejército en busca del líder indígena.

Antes envió un mensajero con una cruz y la oferta de amistad.

Los rebeldes devolvieron su cadáver. En Cajamarca habían visto un símbolo de madera igual, en las manos de un tenebroso fraile que secundaba a Pizarro.

Después Rumiñahui se preparó para recibir a Benalcázar. Reunió a su gente y le dijo: "Es preferible morir que aceptar la esclavitud de estos hombres que robarán tesoros, mujeres y tierras".

Al hablar, un volcán parece salirle desde adentro, arde su voz, sonríe su corazón y vibran sus guerreros. Benalcázar consigue una alianza con los indios cañaris para combatir a los rebeldes.

El jefe indígena se adelanta y le sale al encuentro en las llanuras de Tiocajas. El lugar, favorable para el andar de los caballos españoles, no impide que los rebeldes anulen el poder del enemigo. Cada vez que matan un caballo le cortan la cabeza para mostrar que no son inmortales. La batalla va desde el mediodía hasta que la noche oscura obliga a suspenderla y continúa al día siguiente con la salida del sol.

Las llanuras de Tiocajas estaban llenas de trampas para que los europeos y sus potros quedaran ensartados.

Un traidor avisa a Benalcázar el lugar y muestra un camino seguro para retirarse a Riobamba. Rumiñahui no se desanima y decide atacar la ciudad. En la hora del ataque el volcán Tungurahua entra en erupción.

Muchos indígenas, aterrados, creyendo que se trataba de un mal augurio, huyeron bajo la lluvia ardiente.

Los españoles no se cansaron de matar gente que corría indefensa.

Rumiñahui se retira con sus soldados más fieles hacia Ambato. Luego se va a Quito, envía a lugar seguro a los más débiles y esconde los tesoros de Atahualpa en la zona sureña de Sigsig, en las estribaciones de la Cordillera Oriental o de los Llanganates.


Nota

Rumiñahui significa Cara de Piedra

http://compartiendoculturas.blogspot.com/2010/04/r-u-m-i-n-w-i.html